Vivir el cuento - Uriel Quesada - E-Book

Vivir el cuento E-Book

Uriel Quesada

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Beschreibung

¿Cuántos mundos se pueden crear en más de dos décadas de carrera como cuentista? ¿Cuántos personajes? ¿Cuántas historias? Vivir el cuento no solamente procura contestar esas preguntas, sino que nos muestra a Uriel Quesada como artista y como persona de su tiempo. Dice el autor que una antología es a la vez una biografía. "Vivir el cuento" nos permite recorrer la evolución literaria, ética y vivencial de uno de nuestros grandes escritores.

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Uriel Quesada

Vivir el cuento

Antología personal 1985-2008

Estimado lector: Muchas gracias por adquirir esta obra y con ello, apoyar los esfuerzos creativos de su autor y de la editorial, empeñada en la producción y divulgación de bibliodiversidad. Su apoyo implica impedir copias no autorizadas de la misma y confiamos plenamente en su honestidad y solidaridad.

Colección Sulayom San José, Costa Rica

Primera edición, 2021. © Uruk Editores, S.A. © Uriel Quesada. San José, Costa Rica. Teléfono: (506) 2271-6321. Correo electrónico: [email protected] Internet: www.urukeditores.com. Fotografía de portada: Nadia Reiman Prohibida la reproducción total o parcial por medios mecánicos, electrónicos, digitales o cualquier otro, sin la autorización escrita del editor. Todos los derechos reservados. Hecho el depósito de ley. Impresión: Publicaciones El Atabal, S.A., San José, Costa Rica.

Para La Macha, Juanito y Carlos

Una buena ley sería que el cuentono fuera ni novela ni poema ni ensayo,y que a la vez sea ensayo y novela y poema siempre que siga siendo esa cosa misteriosaque se llama cuento.Augusto Monterroso

Introducción

Las antologías personales pueden ser muchas cosas, pero principalmente son un espejo en el que el escritor se contempla a sí mismo. Por esa razón, en una primera instancia son un acto narcisista, y lo peor que le puede pasar a un autor es caer en la tentación de convertir una antología personal en una especie de «obras completas», donde todo cabe porque uno se cree imprescindible. Muy pocos escritores en el mundo han podido a lo largo de su carrera mantener un nivel de calidad –o de interés para los lectores– que permita que toda su obra sea legible o digestible con el paso del tiempo.

Si uno trata de renunciar a ese primer impulso narcisista, llega el lento y doloroso proceso de selección. Al menos en mi caso, en el que escribir desata muchas de mis inseguridades, cada texto es sospechoso de tener muchas fallas, de haber envejecido mal y, sobre todo, de no decirme a mí como lector lo que me que decía años atrás. Para balancear la parte más narcisista con los temores, las demandas editoriales a veces ayudan. En mi caso, fue el número de páginas del manuscrito. Al momento de escribir esta introducción apenas he transgredido ese límite, aunque el primer borrador de este libro tenía muchos más cuentos. Como cuentista, sin embargo, las restricciones me guían y desafían, pero creo firmemente que me permiten llegar a mejores resultados.

Al seleccionar cuentos la antología también se convierte en otra cosa, sobre todo en un documento biográfico. Queda lo que uno considera que debe quedar, lo que parece relevante o posible dentro de los límites que se han acordado con el editor. Como antólogo de la obra propia, uno debe tomar unos pasos atrás para poder ver lo hecho desde cierta distancia. Mis primeros cuentos datan de principios de los ochenta. Los últimos incluidos en este libro fueron escritos más de veinte años después de los primeros. La persona que escribió Te hemos traído el mar no es, ni por asomo, la misma que escribió Retrato hablado o la que escribe estas líneas. Ha pasado mucha agua bajo el puente, incluyendo muchas páginas y proyectos.

En 1985 publiqué mi primer libro, Ese día de los temblores. En aquel entonces el mundo estaba a mis pies, pero no lo sabía. Tampoco estaba consciente de lo que significaba la carrera de escritor. Simplemente confiaba en que las cosas saldrían bien y que, de una manera u otra, llegaría a ser un escritor de tiempo completo. Al releer Ese día de los temblores encuentro ya una cuidadosa elaboración del lenguaje. Tal vez esa sea la mayor virtud de un libro que intenta recuperar una cotidianeidad, un mundo del cual el escritor apenas estaba aprendiendo. Creo que las historias, en su mayoría, quedan supeditadas al lenguaje, en lugar de que este sirva a las tramas. Como diría Alfonso Chase con respecto a El Ángel y Te hemos traído el mar, los dos incluidos en Vivir el cuento: «El elemento de belleza natural de la palabra construye el fondo de lo narrado, con nostalgia y maestría, escritos en lo profundo de la consciencia, poética que define lo narrado con elementos esenciales a su arte personal». Te hemos traído el mar ha sido reproducido múltiples veces, incluso apareció en una antología en inglés compilada por Barbara Ras. En 2007, el cuento se leyó como parte del currículo de un colegio universitario de Virginia. Fui invitado a dar una charla y a participar en otras actividades con estudiantes. Al final de la jornada, camino al hotel, mi anfitriona hizo el siguiente comentario: «No entiendo cómo una persona tan afable como usted pudo escribir un cuento tan triste». Guardo esas palabras como uno de los más intrigantes elogios que he recibido.

El atardecer de los niños (1990) representa a la vez una continuación y una ruptura. El libro, además, ganó los premios Editorial Costa Rica y Aquileo J. Echeverría. En un breve prólogo, Carmen Naranjo resume así el razonamiento del jurado del premio ECR: «Exquisito empleo del idioma, en cuanto a construcción y expresión cabal; la variedad temática; el amplio conocimiento del arte de narrar y la diversidad de técnicas narrativas empleadas». Gastón Gaínza, uno de los miembros del jurado, dijo en un artículo que el libro se imbricaba en un espacio de lo maravilloso y que, como ejemplo de la literatura del post-boom, su tema predominante era la indagación de la identidad. A más de treinta años de haber escrito esos cuentos, concuerdo como lector con las apreciaciones sobre El atardecer de los niños. Alguien me decía no hace mucho que la identidad (o identidades) era el tema al que volvía una y otra vez. Probablemente es cierto, pero me gustaría pensar que mis preocupaciones en torno a la identidad han madurado, se han vuelto al menos más concretas y más cercanas a los lectores. Para esta antología he incluido un par de cuentos fantásticos, Soñar lo soñado y Detrás de la puerta, así como el que da título al libro. El atardecer de los niños me gusta porque la trama se torna más relevante que los juegos de lenguaje. También me agrada que en pocas páginas se retratan varios personajes, todos vulnerables y en procura de resolver las tensiones entre tradición y cambio, entre ser niño y volverse adulto, entre vivir y enfrentarse a la muerte.

Hacia mediados de la década de 1990 aparece Larga vida al deseo, un libro que marca un antes y un después en mi producción literaria. Si bien todavía hay cuentos fantásticos a la manera de Julio Cortázar –Cómo prepara la vajilla para un desastre es un claro ejemplo– la colección busca otros derroteros con historias que hablan abiertamente sobre la muerte, la responsabilidad civil, el amor y el deseo. Es un libro también más maduro, más enfocado en el desarrollo de los personajes y sus avatares. Dos cuentos me parecen particularmente relevantes. Larga vida al deseo se refiere a la búsqueda de una familia de elección. A pesar de las muchas mujeres que se cruzan en su camino, la atracción que Mesías, el protagonista, siente por ellas no es necesariamente sexual. Por el contrario, se basa en complicidades, en el hecho de haber sufrido bullying, en la discriminación por ser diferente. Si hay algo de experimentación con el cuerpo, esta se da desde el anonimato y el secreto, y es la posibilidad de «llamar las cosas por su nombre» lo que rompe el hechizo. Esta historia sin historia, por su parte, se contradice a sí misma en cada párrafo, o tal vez se refiere a una historia que no puede ser nombrada: la de los deseos imposibles, o más bien contenidos por algo que está dentro de los personajes. Es también un cuento sobre el voyerismo, como si el placer de ver fuera un paliativo a la imposibilidad de poseer.

Mi siguiente libro, Lejos, tan lejos, es una obra de exilio. Su escritura refleja un desplazamiento: Nuevo México, Nueva Jersey, Florida, La Habana, Cartago… lo mismo ocurre con sus temas y sus paisajes, desde lo más urbano hasta los maravillosos espejismos del desierto norteamericano. Este libro también muestra un cambio de influencias. Lo maravilloso ha dado paso a la alucinación, los juegos de lenguaje procuran estar al fondo, como escondidos, para que la trama sea más transparente. Estos cuentos beben más del realismo sucio estadounidense que del realismo mágico latinoamericano, aún muy en boga en aquel tiempo, aunque transformado y asimilado por otras culturas. Ciudades como Las Cruces o Nueva Orleans se vuelven protagonistas centrales del relato, influyen en los personajes a tal punto que determinan su estado emocional. Esos personajes se extravían en las calles, pierden consciencia de sí mismos ante la riqueza que ven o por la inclemencia de un clima que jamás imaginaron que podía existir. Este es el libro que ha viajado más, y se ha dicho mucho de historias como Bienvenido a tu nueva vida oEl elefante birmano. Un cuento que personalmente me resulta muy significativo es Lejos, tan lejos, que podría agruparlo con otros en torno a un problema central: la disolución del ser. Basado en un hecho real, mis primeras experiencias en Nueva Orleans, la trama se refiere a esos momentos límite en que todas las certezas están en crisis y el futuro se limita al instante mismo que se está viviendo. Sin embargo, al contrario de otros cuentos, Lejos, tan lejos ofrece una salida en la solidaridad entre marginados, en el cariño, en el contacto físico, en el calor humano. Creo que el personaje de La Figura, con su espíritu de lucha, su simpatía y generosidad, le permite al narrador retomar su vida y seguir adelante.

El último libro que forma parte de esta antología es Viajero que huye, de 2008. Quisiera referirme a un ensayito al final de la colección titulado Post Scriptum, principalmente al siguiente párrafo: «las referencias a lugares y fechas al final de cada historia tienen el propósito de integrar a la ficción la circunstancia vital en la que el cuento ha sido escrito, algo así como una biografía oculta, apenas mencionada como dato». Esa idea de la biografía oculta me lleva de vuelta al principio de esta introducción. Si un libro como Ese día de los temblores es una búsqueda de la identidad desde un espacio cultural y político local/nacional, con un futuro que parecía cierto dentro lo que era la cultura costarricense de los años ochenta, Viajero que huyees su opuesto: la identidad no se encuentra ni aquí ni allá, se construye desplazamiento a desplazamiento, carece de asidero, emigra, deambula. Es, por lo tanto, un elemento fluido, capaz de cambiar y contradecirse. Tres de los cuentos incluidos en esta antología se refieren a ese fluir: Escuchando al maestro, Madame Sessmá y Retrato hablado. Por su parte, Todos los poetas muertos parte de una anécdota que me contó la escritora nicaragüense Irma Prego sobre el día en que se publicó la noticia de la muerte de Yolanda Oreamuno. Ese hecho afectó a quienes la conocían y admiraban, y me permitió componer un homenaje a gente fundamental en mi etapa de formación como escritor.

Vivir el cuento está organizado en cuatro secciones con temáticas comunes. La primera, Las transformaciones tiene cuentos sobre personajes que experimentan profundos cambios, aun a su pesar. Esos cambios son un paso hacia otras realidades y experiencias vitales. Los deseos agrupa historias sobre amor, sexo y voyerismo. La mayoría de mis cuentos sobre la experiencia homosexual se encuentran en esta sección. Los mundos muestra algunas de las historias fantásticas (en los noventa se hablaría de «lo maravilloso») que se hallan dispersas en todos mis libros. La última sección, Los ausentes, aborda el tema de la muerte y el cambio, pero desde una perspectiva distinta a Las transformaciones. El morir es aquí más sombrío, con pérdidas que los personajes apenas empiezan a procesar.

Durante los meses que he trabajo en la preparación de esta antología, he visto casi todos los episodios de una serie producida por la Universidad de Guadalajara, titulada Café Chéjov. Como su nombre lo sugiere, el programa se dedica al cuento. Por él han desfilado decenas de autores de habla hispana –apenas un centroamericano, Sergio Ramírez– que tienen una obra cuentística importante. También han participado algunos críticos y editores. El show siempre se inicia con una primera reflexión sobre lo que es un cuento, y quisiera referirme a ideas que me han gustado y que comparto en alguna medida. La escritora boliviana Liliana Colanzi, por ejemplo, habla de la extensión del texto como propósito y de la intensidad en la prosa que hermana al cuento con la poesía. El mexicano Ignacio Padilla llama al cuento un género utópico, que busca una imposible perfección –la imperfección, por contraste, sería el rasgo distintivo de la novela–, y así, lo que llega a manos del lector es el resultado de una derrota, los restos de un intento por encapsular un mundo completo en un texto caracterizado por la concentración e intensidad de los hechos narrados y la austeridad de los elementos de la historia. Clara Obligado habla de contar más con menos elementos; nos dice también que un cuento crece a través del despojo –de lo superfluo, aclararía yo–, de la condensación y contención. El editor Juan Casamayor insiste en la importancia de la elipsis en la composición de un relato, y nos advierte que la escritura final de un cuento ocurre en el acto mismo de su lectura.

Personalmente creo que en la escritura del cuento hay un propósito de brevedad. Claro que breve es un concepto esquivo. Yo mismo he escrito cuentos de un par de renglones y cuentos de casi cincuenta páginas. La brevedad, sin embargo, se logra por un uso muy consciente de los recursos narrativos (las musas no existen, al menos no para mí), guiados por la concisión, la precisión y la economía. Como han señalado varios de los escritores antes citados, el lector juega un papel central en completar el sentido, expandiendo sin necesariamente proponérselo las posibilidades de significado del texto. Ese reto no es nuevo, viene de una larga tradición en la que los cuentos –orales o escritos– plantan en nuestra imaginación un mundo que vamos haciendo más y más complejo cada vez que leemos u oímos la historia. Como lector, me gustan las historias que me causan un impacto inicial, que no me dejan indiferente, que me invitan a volver para descubrir lo que está implícito o sugerido, lo que se dice como por casualidad pero forma el corazón del conflicto, lo que explica la reacción o el destino de los personajes.

Algunos escritores clásicos se mencionan una y otra vez en Café Chéjov como fundamentales en la formación de las nuevas generaciones. Antón Chéjov, por supuesto, y en menor medida Edgar Allan Poe. También Guy de Maupassant, John Cheever, Flannery O’Connor, Alice Munro… De América Latina, Jorge Luis Borges, pero más aún Julio Cortázar. Juan Rulfo tiene sus seguidores, sobre todo en México, y de Brasil las referencias más recurrentes son Clarice Lispector y Rubem Fonseca. En mi altar personal están, además, Juan Carlos Onetti, Augusto Monterroso, Raymond Carver, Rodrigo Rey Rosa, Carmen Naranjo y Myriam Bustos. No puedo decir exactamente qué aprendí de cada quien. Sus influencias las descubro en detalles, en homenajes que pongo en mis cuentos a manera de pistas, en preocupaciones éticas y estéticas que han guiado la escritura de mis cuentos.

Nueva Orleans, Louisiana, 11 de julio de 2019

I Las transformaciones

Abuela anda de viaje

Abuela horneaba pan, galletas y bizcochos, como toda abuela. Le encantaba la sopa de verduras y sorber el café ruidosamente. Era una señora especial, tan distinta, tan contenta de ser quien era.

Les rezaba a muchos santos, pues nunca quiso aburrir a uno solo con todos los milagros que necesitaba. A San Antonio, por ejemplo, le pedía únicamente la oportunidad de vernos a todos casados; a Santa Elena Mártir, que le dijera al oído el número premiado de la lotería; y al Santo Job que le diera paciencia para soportar a Santa Elena y sus malos consejos con la lotería.

Vivía en una casa grande y cansada con mi abuelo el viajero, que andaba siempre visitando amistades, comiendo en las ferias, rezos y turnos, o cargando el santo principal en las procesiones. Como mucho tiempo pasaba sola, mi abuela tenía por amiga a una lora sin nombre y sin edad conocida. La lora se paseaba por una percha que mi abuelo puso en la cocina, llamándonos a todos. Alrededor de las tres decía: Fina, café. Mi abuela preparaba dos tazas y remojaba pedazos de pan español, unos para la lora, otros para ella.

A veces hacía recuerdos de épocas alegres, riéndose sola en aquella casa donde ya no corrían niños. Entonces, la lora soltaba tales carcajadas que abría sus patas y dejaba caer el pan al suelo, perdiendo su merienda. A la abuela le conmovía el escándalo de la lora porque el pájaro había aprendido la forma de reír de todos, y como respuesta a sus cuentos la abuela escuchaba las carcajadas del abuelo viajero, de padrino, de papá, los primos, mis hermanos y yo. Era como si todos nos sentáramos a recordar con ella el tiempo de antes y nos hiciera mucha gracia.

De cuando en cuando, con su bolsa de mecate y su mantilla bordada, se iba a los mercados, a las iglesias y las tiendas. Compraba estampas con oraciones, imágenes de santos, melcochas, alguna tela para sus vestidos largos de siempre, y todo tipo de hierba que pudiera curarle sus males. Era feliz así.

Un día se le olvidó quién era mi abuelo. Se le quedó mirando largo rato antes de preguntarle si se conocían de algún lado. A mi abuelo viajero le dio un susto tan grande que llamó a los tíos y a papá para pedirles consejo. A ellos más bien les pareció muy cómico, podría ser una broma de la abuela, y decidieron no preocuparse.

Yo fui a verla y la encontré tan alegre como siempre. De pronto, interrumpiendo su charla, me dijo: vaya a buscar mi pupitre y mi pizarra porque ya debo irme a la escuela.

Yo no entendí qué ocurría, pero a mis tíos les hizo gracia y me dijeron que los viejitos, a veces, viajan al pasado. Debés estar listo, ellos simplemente hacen la valija y se marchan sin avisar. Parecía cierto. A ratos abuela era la de siempre, enseñándole palabras a la lora, horneando pan o tratando de mantener limpia la casa fatigada. A ratos era una muchacha que iba hacia la costa en carreta, o la señora que recibía visita de sus viejos amigos, gente que yo no podía ver pero ella sí.

La abuela viajaba a su pasado. Cuando yo le pedí el secreto, llevame con vos, abuela, enseñame esos paisajes y esos caminos, y presentame a tus amigos invisibles, se sorprendió y, muy triste, no supo qué decir. Le pregunté a mis papás. Ellos respondieron: eso es secreto de viejos. Cuando yo lloraba queriendo irme con ella dentro de una historia, el abuelo viajero me daba un abrazo gentil, me explicaba que ella no podía llevarse a nadie, y lloraba unas lágrimas conmigo.

¡Seguro era un mundo tan bello! Una tarde entró en él y no quiso regresar de nuevo al nuestro. Ella seguía allí de carne y hueso, pero su pensamiento ya no estaba ni en la sala, ni en la cocina, ni frente al horno de asar bizcochos. Conversaba con los amigos invisibles, se iba a lugares que ya no existían, trabajaba con una máquina de coser imaginaria, escribía en su pizarra, o llamaba al cochero para ir a pasear en un domingo inacabable.

Mi abuelo el viajero dejó de andar de sitio en sitio para estar con ella. Le dio de comer, arregló su cama, tuvo siempre a mano un espejo, un cepillo y colorete para peinarla y poner algo de rubor en sus mejillas. Al tiempo regaló la lora, pues había olvidado las risas de todos. La casa cansada se volvió triste. La abuela se acomodó en su cama para no salir nunca más. ¡Había tanto que soñar!

Una tarde me dijeron: no la vas a ver de nuevo, no es conveniente. Quise una explicación y papá dijo: es mejor recordar a la gente cuando está sana y feliz. Tu abuela se siente muy mal, no es justo verla así.

Entonces pusieron en mis manos una foto suya. Estaba sentada entre los maceteros de geranio, con su vestido de ir al mercado y la misa. La mano izquierda apretaba un pliegue de su vestido. La derecha estaba extendida frente a la cámara como diciendo adiós. Parecía mirarme con sus ojillos sonrientes. Parecía estar en paz, con ese gesto hermoso de las personas para quienes soñar significa vivir para siempre.

Te hemos traído el mar

Hace diez años que no voy al mar. Tengo tantos deseo de verlo que esta mañana le rogué a mamá hasta hacerla llorar. Lo recuerdo muy bien, a pesar del tiempo y de lo pequeño que era cuando lo conocí. Casi puedo sentir su movimiento acompasado, el sonido como si estuviera masticando la arena, los botes a lo lejos sube y baja sobre las olas.

Tenía seis años en aquel entonces. Fue la primera vez que lo vi, y papá me prometió regresar los veranos siguientes. Nunca cumplió. Luego vinieron los dolores, el día de octubre cuando por primera vez no pude sostenerme en pie, estos aburridos años en cama ocupados en inventar y creer promesas que, como la de regresar a la playa, nunca serán realidad. Recuerdo una a una las más importantes: primero curarme, después la maestra para completar mis estudios, la silla de ruedas para salir a la calle, el sillón para que no estuviera siempre en la cama, los libros con dibujos grandes, el radio portátil. Pronto me ofrecerán un sacerdote para ponerme en paz con Dios y sé que no lo traerán. ¿Alguien con tanto tiempo alejado del mundo, preso sin culpa, sin oportunidad de escapar de un cuarto viejo, qué daño o mal puede causar a nadie?

Sin embargo, no debo ser malagradecido, algo me han dado sacrificándose en su pobreza para hacer soportable mi invalidez. Convencidos de la ineficiencia de la Seguridad Social, pagaron un par de consultas privadas a un especialista con la esperanza de que el diagnóstico estuviera equivocado. Oí cuando el doctor les dijo que lo único por hacer era esperar y pedir un milagro al Señor. Respiré más tranquilo, el doctor se despidió diciendo que no regresaría. Así no tuvieron que admitir que no tenían plata para continuar el tratamiento.

También me han comprado algunos caprichos inservibles para mí: unos anteojos oscuros, una bola de baloncesto, un par de latas de melocotones y un turrón importado de España. A cambio les recibí una Biblia, los dejé que me llevaran a los actos de Semana Santa y a hacer una promesa a la Virgen.

Los santos no nos han escuchado, ni Dios. Mi familia se ha empobrecido más de lo que estaba y todos se han privado de muchas cosas por alegrar mi lenta agonía.

Sofi y Lalo trabajan, Cuyo quiere abandonar la escuela para seguirlos. Papá toma mucho más ahora, y en algunas ocasiones lo he escuchado decir que es por mí. Mamá ya no necesita llorar tanto como antes. Sus ojos se han hundido y hasta sus sonrisas tienen una amarga impaciencia y resignación: tal vez fue lo único que Dios nos concedió.

Ya no leo la Biblia, ni siquiera la parte de Lázaro ni la del ciego ni la del endemoniado. Solo quiero morirme. Sé que voy a morirme, ellos no me lo han dicho, pero lo sé. Se siente en la casa, se ve en sus gestos, en su hablar bajito. Llevo tantos años sufriendo que ya me acostumbré al dolor, no necesito las pastillas ni los jarabes. Hace meses que no los tomo, tiro los remedios por las hendiduras del piso para que crean que sigo los tratamientos. No me engaño, lo que deseo es morirme. Sonrío, no me quejo, los complazco con mi entusiasmo piadoso, pero ya no me queda ninguna esperanza, solo estoy seguro de morir y lo deseo pronto, hoy, ahora mismo.

Como una última ilusión, me encantaría ver el mar. Durante el sueño entró en mí ese anhelo, ese imposible, esa burla, porque cualquiera, menos yo, puede llegar al mar con solo dos horas de viaje. Es como un impulso por romper alguno de los muros de estos años. Le rogué a mamá que me llevara hasta que nos separamos llorando. Porque, ¿cómo llegaré al mar? ¿Quién estaría dispuesto a la aventura de llevar a un moribundo desde aquí hasta la costa? ¿De dónde sacarían ellos la plata para llevarme?

Llegó el mediodía sin que mamá dejara de sollozar. No arregló la casa ni preparó el almuerzo. Los tíos llegaron con papá y los primos. Al otro lado de la pared los oí discutir antes de que entraran los mayores a intentar convencerme, a decirme que pidiera otra cosa. No es solamente cuestión de dinero, dijo papá, no aguantarías un viaje tan pesado.

Insistí hasta creer que los conmovía. Se fueron en busca de un carro, y todos colaboraron con algo de dinero. Pero cuando vino el sopor de la una no se sentía la más remota posibilidad de viaje. Antes de dormirme, los primos pequeños se acercaron para preguntarme si en realidad quería ver el mar. Yo les respondí soñoliento que sí, que era lo más anhelado.

Estoy nuevamente despierto. Mamá ha entrado en el cuarto. Tiene el rostro pálido y una línea amoratada alrededor de los ojos. Tiembla.

He vivido lo suficiente para escuchar a mi madre decir un no rotundo: no hay automóvil, no hay plata, usted no puede viajar en tren, no habrá viaje hoy, pero tal vez mañana…

—¿Y si mañana es muy tarde?

Mamá se ha ido a llorar de nuevo a la sala, y la casa está silenciosa porque los tíos no quieren entristecerse con su llanto.

—¡Quiero ver el mar! –repito a voces–. ¡Quiero ver el mar!

Entonces entran los primos de nuevo. Uno se ha quedado en la puerta, vigilando. Otro ha abierto la ventana y junto con las niñas arrastra el camastro para que vea el cielo limpio, descubriéndome porque la brisa va entrando. Otros han tomado una sábana hasta tensarla, produciendo un sonido acompasado que conocemos todos los primos. He sentido en mi boca el gusto salado del agua mientras los niños imitan gaviotas o las sirenas de los barcos. La más pequeña de las primas se me ha acercado con una concha, que encierro en mis manos, y un caracol para poner junto a mi oído. En nombre de todos ha dicho:

—Te trajimos el mar. Ahora, si querés verlo, solamente hay que cerrar los ojos.

El atardecer de los niños

Hoy, muy temprano, se llevaron a Silvia para el hospital. Está enferma. Mamá creyó que hasta ese momento se sintió mal, pero yo sabía que desde mucho antes andaba molesta. Mamá no reconoce a la gente preocupada. Yo sí. Mamá, por ejemplo, acostumbra morderse los dedos hasta arrancar ese pellejito de los uñeros y comérselo. Papá se enoja por cualquier motivo y se queda inútil: no encuentra el periódico, ni su radio a la hora de las noticias, nada. A Raúl le da por caminar con las manos entre las bolsas del pantalón y se va por la finca pateando piedras.

Raúl es mi hermano y algo le preocupa. Yo no tengo más hermanos, pero Silvia, hija de otra Silvia, mi tía, vive con nosotros desde hace tiempo. Silvia, la tía, se fue para Estados Unidos y dejó a la prima a nuestro cuidado. Ella ya está grande. El año pasado cumplió quince años y vinieron sus amigas del colegio a celebrar porque nosotros tenemos un gran comedor, muy bueno para hacer fiestas. Sin embargo, se fueron por la finca más largo de donde está el maíz, en la parte de los pastos, y montaron a caballo y se metieron al río, aunque en la parte menos profunda y no se quitaron la ropa.

A Raú1 no le celebraron cuando cumplió quince años. Supe de su cumpleaños porque mamá lo mencionó, pero lo único especial fue que comimos arroz con pollo el domingo siguiente. Ni siquiera hubo queque. Raúl tiene ahora diecisiete años, y está preocupado. Me asomo a la puerta y lo veo poner ropa en un maletín, como si fuera de viaje. Eso me da miedo. No quiero que me deje solo aquí en la casa. Papá y mamá salieron. Los trabajadores no llegan en estos días porque papá no está. Anda lejos, donde mi abuela. El otro día lo llamaron porque abuela se puso muy grave. No quiso que fuera con él. Yo le dije y me respondió que no le parecía bien que perdiera clases.

Sin embargo, hoy no fui a la escuela.

No quiero decirle a Raú1 que tengo miedo, me llamaría maricón. Pero tal vez me atreva. Puedo ver que Raúl también tiene miedo.

Cuando Silvia se puso mal, Raúl casi no salía de su cuarto. No fue a verla. Antes eran sonrisillas en la mesa y mamá torcía los ojos y papá se quedaba con el tenedor suspendido en el aire, observándolos. Por eso empezaron a hacer cosas a escondidas. Yo me di cuenta: Raúl buscaba las manos de Silvia por debajo de la mesa. Cuando lo conseguía nuevamente eran risa y risa.

Una tarde papá se lo llevó al maizal. Cuando yo me acerqué se volvió y dijo brusco: andate a los establos. No me fui. Tenía curiosidad, quise oír. Sin embargo, casi no pude. Papá hablaba con grandes gestos y Raúl revolvía la tierra con un pie. Solamente alcancé a comprender una frase que papá repitió varias veces en voz alta: tomá precauciones, sos un hombrecito.

Me sentí celoso, Raúl empezó a caerme mal. Él era un hombrecito, ¿acaso yo no?

Pasé varios días con el resentimiento, pero no notaron mis cambios como yo noto los de ellos. Una noche, cuando papá se sentó con los libros de columnas a hacer números, se lo pregunté. Me miró un poco extrañado, pero rápido reaccionó revolviéndome el pelo con cariño:

—Claro que sos un hombrecito.

Yo subí a nuestro cuarto orgulloso de estar otra vez al nivel de mi padre y mi hermano. En el cuarto, sin camisa, Raúl se observaba cuidadosamente en el espejo del armario.

—Ya soy un hombre también –le dije.

Raúl se volvió burlón.

—A los hombres se nos endurece la voz y nos sale barba y pelo por aquí.

Me señaló una pelusa rizada que le asomaba por debajo del ombligo y los brazos y unos pelillos aislados que tenía sobre el pecho. Se sentía muy seguro de ser hombre. Me hizo avergonzar, me humilló.

Esa noche empezó a salir. Se iba a la ciudad y regresaba en el último autobús. Aún así debía andar bastante por el camino a oscuras. Pero Raúl no le teme a la oscuridad.

Pronto llegó más y más tarde. Tenía llave y trataba de entrar en silencio, pero a veces tropezaba en los muebles. Entonces papá se levantaba y durante los días siguientes lo castigaba exigiéndole mucho trabajo.

Por eso me pidió ayuda. Cuando olvidaba la llave, o no podía abrir la puerta por borracho, tiraba piedrillas como aviso y yo bajaba para ayudarlo a subir y desvestirse. A veces no podía ponerle la piyama y se dormía así, en calzoncillo o con la ropa de calle puesta. En esas ocasiones los papás adivinaban la cosa y otra vez lo castigaban. Parece que cuando uno se vuelve hombre tiene que aguantar muchísimos castigos.

Raúl no dejaba de mirar a mi prima. Después de otra conversación con papá, Raúl dejó un poco las llegadas a deshoras. Se quedaba en casa jugando naipe o Nibanco con Silvia y conmigo, o la llevaba a la ciudad, pero volvían temprano. A veces yo iba con ellos al cine. Raúl pasaba su brazo sobre el hombro de la prima, y se decían cosas al oído, como en las películas.

—Te voy a acusar –le dije–. Te enamoraste de Silvia.

Él se encogió de hombros y se marchó.

En una ocasión fuimos los tres al río. Vi cómo le daba un beso en la boca y la abrazaba muy fuerte. Silvia trató de separarlo, pero no la soltó.

Entonces yo le conté a papá.

Por la noche no nos dejaron jugar después de la comida. Papá me señaló la escalera y mamá me dio una nalgada cariñosa, apurándome. No cerré la puerta. Sin embargo, tenía miedo de escuchar. Fui hasta la cómoda, recordando las miradas de Raúl y encontré la llave de su gaveta encima del mueble. Lleno de curiosidad abrí y empecé a registrar entre sus camisas. El miedo era de ese que se siente como un hueco en el estómago, pero me arriesgué. Tembloroso, encontré una revista. Traía montones de fotos de mujeres enseñando las partes de arriba y las de abajo. El asombro me hizo olvidar la discusión del primer piso. Miraba largo rato cada foto, hasta que me detuve en una donde también había un hombre sin ropa. Estaba encima de la muchacha y se abrazaba a ella como Raúl hizo con Silvia en el río. El trasero del hombre casi no se veía porque la mujer lo tapaba con sus piernas.

De repente la luz apareció frente a mis ojos. Me di cuenta de la magnitud de mi falta. Había descubierto un secreto. Guardé la revista rápidamente y me acerqué a la puerta. Mamá les decía, muy brava, nunca más, ¿oyeron?, nunca más, si no hacen caso enviaremos a Silvia donde mi hermana.

Cuando los oí subir, rápido me quité la ropa y me acosté. Raúl tiró la puerta y abrió la cómoda buscando la piyama. Yo me volví hacia la pared para hacerme el dormido. Mi hermano hablaba bajito, como para él mismo. Apenas apagar la luz, me gritó:

—Sos un chismoso del carajo, un maricón.

Yo me senté en mi cama y lo vi tirarse en la suya y llorar.

Desde ese día se volvió imposible. A nadie hacía caso. Se iba los sábados a la ciudad y a veces volvía hasta el lunes. Mamá se preocupó, pero papá, cansado de la majadería, no le dio mucha bola.

—Vas a ver cuando terminen las vacaciones y entre a clase. Con el trabajo no va a tener ganas de irse por allí.

También seguía viendo a Silvia. Se topaban en el maizal, en los establos, se tocaban las rodillas por debajo de la mesa.

Yo los espié. Sin embargo, me guardaba la imagen de sus manos, de sus miradas, porque no quería seguir siendo un chismoso del carajo, un maricón. Hasta que un día en que mamá no estaba y papá tuvo que salir de emergencia porque la abuela se había caído y la tenían toda quebrada en el hospital, Raúl y Silvia se miraron con complicidad y me dejaron cuidando la casa. Se fueron, Raúl nervioso un poco adelante, Silvia como que se iba y regresaba.

Luego empezó a enfermar. Le decía cosas en secreto a mamá, pero ella la tranquilizaba: debe ser un pequeño sangrado, algo pasajero. Raúl se ponía más nervioso.

Y se la llevaron. Mamá llamó y dijo que no volvería esa noche. Yo contesté, pero ella quiso hablar con Raúl y le preguntó muchas cosas, casi a gritos: qué había hecho, si habían cometido alguna tontera con los curanderos de por ahí cerca, esperá, verás cuando llegue a casa. Raúl lloraba, aunque apretando los dientes y el gesto para que ella no se diera cuenta al otro lado de la línea. Lo oí prometer que sí, no cometería más estupideces, aguardaría tranquilo.

Pero no va a hacer caso. Yo quiero molestarlo porque tiene miedo de mamá, pero la cosa es muy seria: parece que me deja solo. Yo también temo.

Lo acompaño hasta la puerta. Me toma por los hombros.

—Tía vendrá dentro de un rato. Sos un hombre, podés quedarte solo, nada te va a pasar.

Me da la mano y se hunde en la noche. Sé que miente. Tía no vendrá, pero no importa. Al menos puedo probar que soy hombre. He visto cómo se forman y puedo llorar tranquilo, temer sin pena, porque el miedo también es un paso inevitable de este camino.

El ángel

Prueba la leyenda que es mentira que los sucesos insólitos ocurrieron solamente en épocas remotas, que las cosas extrañas e incomprensibles necesitan un paisaje campestre y gente sencilla que solamente acepte los hechos sin cuestionárselos. No, aún en nuestro tiempo se materializan los sueños y seres más grandes que nosotros esparcen sobre las ciudades sus rencores y bendiciones. Aún en nuestro mundo deambulan espíritus, acaso en peores condiciones que antes, porque las calles de asfalto y los pisos de terrazo ahogan sus intentos por hacerse oír, las paredes de concreto son muy frías y duras para resguardar sus penas, y ya casi nadie reza por las almas que no pueden abandonar la tierra.

Lo que cuenta la leyenda le pasó a alguien de este mundo, quien usaba pantalones de mezclilla y zapatos tenis y camisetas con rótulos, conocía algo de cultura y mucho de deporte, y masticaba alguna especulación sobre el sexo. Le pasó a alguien que, como en las viejas leyendas, deseó más de lo que al hombre le han permitido los dioses.

Creo que no tuvo nombre o nadie lo conoció a ciencia cierta. Para algunos se llamó Antonio o Guillermo; otros los llamaban con nombres un poco más extraños como Yosef o Maiquel; unos pocos argumentan que tenía de esos nombres tan comunes en los personajes, esos nombres que ya nadie cree, como Juan o José. Lo conozco como Fernando. Es un nombre muy común, vulgar y silvestre, pero se pierde en la historia de la humanidad igual que Arturo y otros, y me parece que es entre todos el que más se ajusta al actor de la leyenda. Además, cuando me contaron la leyenda por primera vez, ese fue el nombre que oí.

Dicen que la verdad es que Fernando no fue alguien perfecto, y algunos opinan que ni siquiera digno de lo que ocurrió: nunca fue un buen cristiano, faltaba mucho a misa, disfrutaba de pecados capitales como la gula y la lujuria. Aunque no a menudo y de forma continua, sí pecó, y parece que jamás se arrepintió de ello. Al contrario, siempre se mostró muy satisfecho de sus cosas.

Los más dicen que fue un juego del azar, que pasó por el lugar adecuado en el momento preciso; otros lo atribuyen a los caprichos de la divinidad o a alguno de esos errores que tienen los dioses. Pero no lo creo así. Para mí los dioses no se equivocan: Fernando fue elegido porque lo encontraron generoso y bueno dentro de sus humanas imperfecciones, y le dieron la oportunidad de morir noble y sabio.

Sucedió que Fernando tenía algo de lo que carecía y aún carece mucha gente: la capacidad de creer, de entender las cosas y perdonar. Creo que Fernando, con su obsesión por las putas y las borracheras, fue como un niño inocente que, con su modesta ignorancia y su sonrisa amplia, guardaba páginas blancas al saber. Si no fueran así las cosas, ¿de qué otro modo se explica lo que Fernando pidió? Porque no fue un instrumento de los dioses: todos sabemos que al ser humano le queda como mínimo cierta luz para elegir, un grado muy pequeño de libertad para decir sí o decir no.

La verdad es que Fernando venía de no sé dónde un día de madrugada. De dónde regresaba en ese momento es algo que a mí no me ha interesado mucho, aunque sí sé que era de un lugar al sur de la ciudad, no porque ahí estén los mejores burdeles sino porque los ríos que la rodean y abrazan vienen del este y la cercan hacia el sur, en los barrios pobres y prostituidos. Pues bien, Fernando andaba por allí, por una calle oscura y silenciosa a aquella hora y vio la luz sobre el río: era una luz azul, de un tono extraño que no tienen los fantasmas ni otros seres inmateriales. Los primeros que se dieron cuenta de la luz pensaron que se trataba de algún terrible espanto, o los más materialistas dijeron que era un cuerpo que se descomponía porque a los fantasmas los había enterrado el siglo XX. Pero ninguno se atrevió a acercarse, y solo fueron los testigos del inicio de Fernando. Él venía solo, algo extraño porque siempre lo acompañaban otros buenos muchachos. ¿Acaso así estaba previsto?

Lo importante es que Fernando supo que tenía que acercarse al río, y así lo hizo. Llegó a la orilla y deseó que la luz detuviera la corriente y elevara las aguas en una aparición milagrosa. Nada de esto pasó. Esperó buen rato, con tanta fe que decidió al fin ayudar y metió sus manos en el río para detener la corriente como en una represa y tirarla hacia la luz para que se transformara en algo, al fin y al cabo no importaba qué, pues el azul solamente cosas buenas puede traer. Pues Fernando lo intentó sin que nada absolutamente pasara y, es extraño, no dijo ninguna palabra soez de las que acostumbraba. Por el contrario: ni siquiera sintió desazón ni tristeza. Lo volvió a intentar hasta darse cuenta de que una luz muy blanca lo rodeaba. Entonces, lentamente, sonriendo mucho y conteniendo su corazón frenético por la alegría y la emoción, fue dándole vuelta a su cabeza hasta que, en el punto más brillante de la luz, vio al ángel sentado en una gran piedra, cruzado de piernas y apoyando en la rodilla más alta el brazo sobre el que descansaba su rostro aburrido e indiferente. Fernando lo miró con admiración, sin miedo; el ángel con pereza y una sombra de decepción. Sin esperar mucho le dijo a Fernando:

—Desde hace rato estoy esperando que te volvás, güevón.

***

Los que aquella noche venían por la callejuela de las diversiones carnales se dieron cuenta de que Fernando hablaba con una aparición. Como ocurre siempre, hubo quien dijera que eso no era posible, y desterró al ángel de su memoria. Hubo también quien pensara que ese ángel era un exhibicionista, porque se puso para que todos los vieran. Hubo quien simplemente lo creyera un hombre (o una mujer) envuelto en luz. También lo ignoraron o dijeron: ¡Mirá, un ángel!, y se quedaron curioseando.

Sucede que cuenta la leyenda que el ángel se levantó de la roca, se acercó al río con pasos lentos y, volviéndose de pronto hacia el camino, les lanzó una piedra a los curiosos.

—Váyanse, miserables. Parece que en su vida han visto a un ángel –gritó indignado–. ¡Mierda!

Luego trató de sonreírle a Fernando, pero casi no pudo:

—Bueno, aquí estamos. ¿Podríamos terminar esto de una vez? Quiero irme a descansar.

Fernando, dice la leyenda, ahora sí miraba con abierta sorpresa, y su rostro iluminado parecía tan inocente que al ángel le chocó.

—¿Qué te pasa, Fernando? ¿Nunca has visto un ángel sin alas? Poné atención –con gran esfuerzo, el ángel levantó los brazos y dio una torpe vuelta sobre su pie izquierdo–. Ya sabía que te ibas a sorprender, pero te recomiendo que nunca mostrés lo de adentro, no te hagás vulnerable ante los demás. Te cuento algo: los ángeles también envejecemos, ¿sabés? Se nos marchitan las alas y nos ponemos negros y hediondos por dentro, pero generalmente no morimos, no porque seamos eternos, sino porque no tenemos dónde ir. ¿Vos sabés lo terrible que es morirse sin tener dónde ir? No, no lo sabés. Yo sí porque allá arriba soy lo que para ustedes es alguien mentalmente muerto: ya no se le toma en cuenta, ya no sirve de nada y lo que se discute es si se le quita o no la vida artificial –su rostro sobrehumano se llenó de algo parecido a la furia; luego se acercó a Fernando, que se había sentado en la piedra, y con su índice celestial de dio empujoncitos al muchacho–. Pero yo estoy más fregado que uno de esos humanos vegetales. ¿Por qué? Porque ustedes, malditos, decidieron no declararme muerto, sino inexistente. ¡Mierda! ¿Cómo es posible que una partida de seres humanos te arruine tu eternidad? ¿De qué valió todo lo que hice en la guerra entre el Cielo y el Infierno, si al final llegan los hombres a decir que el libro donde se describen los hechos, mis hechos, es falso, que nada de lo que ahí dice ocurrió?¿Sabés lo que se siente que te declaren nada? Y es que allá arriba todas las voces de los hombres se escuchan e influyen, y yo caí, dejé de existir también para ellos, y después de todo lo que luché me dejaron de lado y ahora debo agradecer cuando no me ignoran completamente o cuando se dignan a enviarme a algún recado insignificante. Allá nadie quiere hablar conmigo y me he hecho viejo cuidando beatas enloquecidas por la soledad… –suspiró profundamente– y hoy que me han elegido, que me envían con tres dones, encuentro que el lugar es frío y huele mal y está lleno de bichos y… ¡es un barrio podrido! Y resulta que quien viene por los dones es un chiquillo. ¡Dios mío!

El ángel tomó otra piedra y la arrojó con fuerza a la calle para advertir a los curiosos que no se acercaran.