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Se esté gestando una gran batalla entre las fuerzas de la luz y la oscuridad. La vida de todo ser humano es amenazada por los planes de un ser oscuro y sin piedad. Solo los elegidos pueden usar los elementales para detenerlo. ¿Están preparados para tomar la desición correcta y luchar?
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Seitenzahl: 204
Veröffentlichungsjahr: 2021
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Ojeda, Ana Carolina
Zodiacus / Ana Carolina Ojeda. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2021.
174 p. ; 21 x 14 cm.
ISBN 978-987-708-909-7
1. Novelas. 2. Novelas de Aventuras. 3. Novelas de Misterio. I. Título.
CDD A863
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2021. Ojeda, Ana Carolina
© 2021. Tinta Libre Ediciones
ZodiacuS
ALGUNAS PALABRAS...
Desde el comienzo de los tiempos, el hombre se ha valido de varias cosas para subsistir. La naturaleza le ofrece la tierra donde crecen los árboles que, a su vez, proveen frutas, maderas. Lugares donde se puede cultivar.
El agua del cielo, indispensable para todo. Los vientos, que dependiendo de cuánto dure el sol en el cielo, soplan fuertes o suaves, fríos o cálidos.
Otra de las cosas con las que cuenta la humanidad es el vasto universo y todo lo que en él habita. Se les otorga a todos la posibilidad de ser orientados por las estrellas. Cada planeta, cada constelación determina un signo del zodíaco. Eso permite que las personas que nacen en determinado momento del año compartan ciertas características.
El poder que encierran los signos es tan valioso como poderoso. A medida que los conocimientos sobre este tema avanzan, la humanidad crece espiritualmente. Además, en cada rincón del universo hay distintas civilizaciones con diferentes grados de evolución.
En algunos casos, como en el planeta Tierra, se ha mantenido a sus habitantes ajenos a ciertos conocimientos con el simple objetivo de cuidar su propia y delicada existencia. Hay cosas más oscuras y viejas en el universo de lo que cualquiera puede imaginar.
El ser superior Deyávios decide mantenerlos así, en la dulce y pacífica ignorancia sobre cuestiones que podrían crear caos y oscuridad. Conocimientos sobre sí mismos… secretos que se guardan desde el principio, relacionados con el uso del zodíaco. Nadie se atreve a pensar qué sucedería si ese poder estuviera al servicio de almas oscuras… hasta ahora.
PRIMER CAPÍTULO
Yeliar
Todo se conecta y subsiste en armonía. Toda forma de vida responde a un ser superior llamado Deyávios. Junto con los tres ancianos, está encargado de vigilar el avance y los descubrimientos de los habitantes de cada rincón del universo. En cada uno de esos lugares, lo llaman y representan de manera diferente.
En nuestro planeta, algunos lo llaman Dios; otros, Alá; otros, Jehová. Para todos es el mismo ser, que nos da las posibilidades de elegir qué hacer con lo que nos ha permitido descubrir a lo largo de nuestra existencia.
Pareciera que no existe nada malo con los planes superiores, ya que tienen base en el amor y el respeto. Pero desde siempre han coexistido el sí y el no, el bien y el mal, la luz y la oscuridad. Y es esta última la que provoca todas las calamidades e infortunios que acompañan a la evolución de la vida en cada rincón.
Por esto Deyávios decide crear un guardián para cada planeta, que recibe el nombre de sacerdote Yeliar. Cada uno es designado a un rincón del universo. Su misión es proteger y orientar los caminos y las acciones de cada civilización, según lo que se les permite descubrir. Cada guardián cuenta con altos valores de honestidad y coraje. Encargados de los habitantes, deben cuidarlos y a veces protegerlos de ellos mismos.
—Es momento de empezar —dice Deyávios mientras termina de acomodar su túnica—. Vamos, trae mi báculo.
—Sí, amigo —contesta su fiel compañero Gamios—. Voy detrás de ti.
La ceremonia se realiza en la Gran Cámara de los Símbolos. Esta tiene forma de óvalo y es muy amplia, y tiene paredes blancas que hacen juego con el piso de color marfil. Está totalmente iluminada, y en el medio del salón, sobre el suelo, hay un gran ojo dibujado en dorado. Por encima, en el techo, hay un gran espacio con la misma forma ovalada, por donde entra la luz durante el día y se puede contemplar el vasto universo durante la noche.
Hacia el norte, se encuentra el altar con el gran sillón de Deyávios. Detrás están los Pilares Sagrados de Piedra, doce en total, pertenecientes al zodíaco. Enormes varas hechas con las piedras de cada signo. La influencia de los astros y la energía de los planetas en la vida humana es algo que está en pleno descubrimiento en nuestro planeta.
Ha llegado el momento de designar a cada protector un planeta y un signo zodiacal. Todo subsiste en armonía y cada sacerdote va a estar al cuidado del planeta y del signo que le corresponda.
Los doce Yeliar se colocan frente a Deyávios, cada uno vestido con inmaculadas túnicas blancas. El amor con que el ser superior mira a sus elegidos es tan grande que una lágrima amenaza con escapar de sus ojos. Los tres ancianos también fueron creados por el ser superior y así fueron nombrados: Senex, que en latín significa “anciano”; Prudens, que significa “sabio”; y Dux, que significa “líder”.
Estos tienen sus túnicas coloridas en suaves tonos pastel, debido a que no pertenecen a un planeta o signo determinado. Con toda la ceremonia que el momento amerita, esperan a que todos estén en sus lugares y proceden a cerrar las puertas. La ceremonia comienza.
Se hace en el momento exacto en que los rayos del poderoso sol entran por el gran agujero apostado en el techo del salón. Estos iluminan el gran ojo del suelo y rebotan dando directamente sobre los Sagrados Pilares de Piedra, cargándolos de poderosa energía universal. Es un espectáculo increíble, tan hermoso que todos quedan extasiados. A medida que el rayo de luz entra, va alcanzando a cada una de las piedras, las ilumina y estas comienzan a brillar con intensidad. El poder de la luz se hace cada vez más grande y cada pilar brilla con más intensidad. En un momento, todos los presentes cierran sus ojos y reciben una suave descarga de energía positiva, es como un abrazo cálido que los envuelve de manera indescriptible e inigualable.
Pasados unos segundos, las varas de piedra están cargadas, el momento ha llegado. Cada sacerdote se ubica frente a ellas y abren sus brazos, para recibir la energía de cada pilar. El color de cada una pasa suavemente a las vestiduras blancas y estas toman así el color que les corresponde. Al mismo tiempo, cada pilar de piedra va reduciendo su tamaño hasta ser un simple báculo listo para ser tomado por el Yeliar al que pertenece. La ceremonia llega a su fin y Deyávios está listo para dejarlos partir.
—Es un orgullo estar entre tan grandiosos seres… Todos juraron proteger el planeta que les fue otorgado. Como ya saben, tienen el deber de orientar a las civilizaciones de cada rincón de este hermoso universo y el báculo es lo único que se les permite poseer. Nada de lo que suceda entre esos seres va a hacer que ustedes intervengan a favor o en contra. Solo deben guiar y orientar.
—Este es el orden según la elección —dice Gamios mientras despliega un pergamino:
Cevint, sacerdote de la Tierra
Curmerio, sacerdote el planeta Mercurio
Nusev, sacerdote de Venus
Remsat, sacerdotisa de Marte
Jetpiur, sacerdote de Júpiter
Tasunor, sacerdotisa de Saturno
Narúo, sacerdote de Urano
Pontune, sacerdote de Neptuno
Nalu, sacerdotisa de la Luna
Kame, sacerdotisa de Makemake
Isre, sacerdotisa de Eris
Maehau, sacerdotisa de Haumea
Es una vista imponente. Cada sacerdote viste su túnica con el color concedido por las piedras sagradas y posee a estas en sus manos, en forma de báculo, dependiendo del planeta que le tocó.
—Perfecto… es hora de partir —comenta Deyávios mirando a los ancianos mientras inclina la cabeza asintiendo—. ¡Abran el portal!
Los ancianos se colocan frente al gran ojo dibujado en el suelo y golpeando con sus báculos se produce una pequeña explosión de luz que se eleva hasta perderse en el cielo oscuro. El portal que se abre es de un intenso color naranja, rodeado por poderosas llamaradas de fuego. Cada Yeliar se coloca rodeando el dibujo y en ese instante todos dan un paso hacia el portal y su destino.
La sensación de los que quedan es de alivio y de gozo, está hecho y cada uno deberá buscar la mejor manera de asistir a la civilización que le tocó. Luego de la ceremonia, Deyávios, Gamios y los tres ancianos se dirigen hacia la parte posterior de la Gran Cámara de los Símbolos. Allí deben hacer algo más para que todo quede en perfecta armonía.
—Bien —dice Senex—, sigo pensando que hubiera sido mejor ponerlos en conocimiento de las reliquias. Que supieran sobre ellas.
—Ellas tienen un poder enorme y en manos equivocadas son muy peligrosas —responde el Gamios—. Si Deyávios así lo ha decidido, así se hará.
—Gracias, amigo mío, sin tu apoyo hubiera sido un desastre —dice Deyávios.
—Te vi —dice Gamios sin mirarlo.
—¿A qué te refieres?
—Casi lloras… una lágrima… una simple lágrima… —contesta Gamios preocupado.
—Lo sé, tranquilo —dice Deyávios poniendo la mano sobre el hombro de su compañero—. Estoy bien. Las cosas sucederán en el momento correcto… ni antes ni después.
Ambos traen ante los demás un cofre mediano, lleno de símbolos e inscripciones en un antiguo y olvidado lenguaje. Lo colocan frente a todos y lo abren. Deyávios saca de a uno los elementos. Un jarrón roto perteneciente a los signos de agua. Un cuerno desgastado y sucio, perteneciente a los signos de aire. Luego saca una tosca y opaca piedra en forma de triángulo, símbolo de los signos de tierra. Y por último, un feo candelabro con una sola vela amarillenta, que simboliza los signos de fuego. Lo último que saca es un pequeño libro que contiene solo cinco páginas. Está sucio y viejo, como todo lo demás. Sin embargo, es a lo que más respeto le tienen y lo tratan con suma delicadeza. Si bien no todos piensan igual, se ha decidido que serán guardados en un lugar donde nadie pueda extraerlos. Son objetos muy peligrosos. No son cosas que cualquiera pueda usar, deben ser manejadas con mucha responsabilidad.
—Es momento —dice Deyávios y todos se toman de la manos—. Por el poder de los aquí presentes, es nuestro deseo que las reliquias queden guardadas en el limbo, donde nadie pueda encontrarlas. —Hace silencio unos segundos y el cofre se eleva frente a todos—. Ahora.
A continuación, todo desaparece quedando fuera del alcance de cualquiera que los busque. Los hechizos y palabras para ocultarlos son recitadas por los cinco allí presentes. Es una especie de pacto para proteger al universo del mal uso de las reliquias.
Han pasado varios siglos y las cosas no están bien, hay oscuridad en una parte del universo, Deyávios lo siente. Con gran pesar, teme buscar de dónde viene, pero no puede seguir ignorando las evidencias. Hay planetas en los que sus habitantes están más evolucionados y hay otros en los que recién están descubriendo los recursos básicos para sobrevivir. Por eso, a los primeros se les permitirá conocer la identidad de cada sacerdote y a otros menos evolucionados, no.
En la Tierra, no están preparados para ciertos conocimientos, por eso se le permite al sacerdote Yeliar Cevint otorgar algo de su poder a ciertas personas que pasan a ser parte de su ayuda en la evolución de los habitantes. Esas personas son los curanderos de la época antigua y los videntes de los tiempos modernos. Siempre bajo la mirada del ser superior Deyávios y la guía del Yeliar encargado.
Los humanos están llenos de virtudes y defectos. A lo largo del tiempo van aprendiendo… evolucionando… y es esa misma curiosidad por lo nuevo la que los lleva siempre a rozar lo peligroso, lo desconocido. La oscuridad, que existe por la falta de luz en los corazones, los lleva a tomar malas decisiones. De a poco las personas se olvidan de los valores con los que cada uno nació. Dejan de lado al prójimo y tratan de locos o ridículos a los que van por ahí demostrando solidaridad y empatía. Eso provoca una profunda tristeza en Cevint.
A lo largo de la existencia, se ha ido deteriorando todo el amor con el que los humanos fueron puestos en este planeta… guerras, hambre, delitos, y se podría llenar varias páginas con lo que está mal.
Este camino tomado por mujeres y hombres en el planeta Tierra habla muy mal del sacerdote a cargo, preocupa a los demás y entristece al mismo Deyávios. Es una lucha por ver quién obtiene más cosas. No hay conciencia para dejarse guiar por los que saben, por los que mandan mensajes a través del cielo. A través de las constelaciones, de los mapas del universo.
Debido a todo el caos que reina en el mundo de los humanos, el ser supremo ha decidido visitar el planeta. Es algo que nunca se ha contemplado, pero justamente necesario. El ser humano está perdiendo el rumbo y Cevint debería estar ayudando y orientando a los elegidos… pero ha desaparecido. Por eso debe dar explicaciones y enfrentar a los demás sacerdotes. En una de las habitaciones del gran salón, Deyávios y Gamios discuten la manera de enfrentar los hechos.
—Debemos buscar a Cevint, el planeta está sumido en caos y… —Gamios no termina de hablar, el tema es más grave de lo que puede expresar en palabras.
—Lo sé —dice tranquilamente Deyávios—, es tan grande la pena… pero no puedo retrasar lo inevitable.
—Lo sé, Cevint siempre fue especial.
—Por eso es que antes de juzgarlo lo buscaré y le daré la oportunidad de defenderse.
—El planeta Tierra está en plena destrucción, en todos los ámbitos.
—Llama a los ancianos y trae mi báculo. Es momento de partir.
Apresuradamente, Gamios sale de la habitación y prepara todo para la partida de su amigo. Los ancianos se colocan alrededor del gran ojo y golpeando el piso tres veces con sus báculos abren el portal. La imponente luz se traga instantáneamente al ser superior.
PESTE
1348. Francia. La peste negra está en pleno auge, por todos lados hay muerte… dolor. Llanto de madres sin hijos, viudas, huérfanos. La enfermedad no distingue entre ricos y pobres…. no tiene en cuenta nacionalidades o color de piel, ataca a todos por igual y va creando grandes áreas de despoblamiento.
Saint Pierre es un pequeño poblado casi perdido al norte de Francia. Con orgullo, su pequeño territorio se alza entre las grandes provincias de Normandía, Orleanesado Maine y Perché. Su economía se basa en la agricultura y en el ganado, como en la mayoría de las poblaciones. Los señores feudales tienen tierras, gente que trabaja para ellos y todo a su alcance. Comida, refugio, animales y criados, pero tampoco escapan a la maldita enfermedad. El miedo a una muerte dolorosa y agónica hace que cada vez sea menos creíble una cura. Ponen su fe en los encargados de la salud. Valientes enmascarados al cuidado de los enfermos.
No importa si son inexpertos, jóvenes y desconocidos. Toda palabra de consuelo es una pequeña luz a la cual aferrarse. Aunque cuentan con bolsas llenas de monedas, al morir, luego de una dolorosísima agonía, son tirados a una fosa común. Al lado, encima y debajo de otros. Esclavos y señores. Todos sometidos al fuego, para evitar que siga propagándose esta terrible enfermedad.
De la noche a la mañana, aparecen extraños símbolos en algunas paredes del pueblo. Al principio pasan desapercibidos, puesto que todos están preocupados por la peste. Pero con el tiempo aumentan, hasta llegar a cada pared del lugar. A Nadine le llama mucho la atención, aunque es como la mayoría del pueblo, analfabeta. Ella tiene un par de teorías y le da a cada dibujo un nombre.
En un pueblo tan pequeño, todos se conocen. Están los que trabajan para Thierry, el señor feudal, y los que tratan de sobrevivir. Ya sea robando o pidiendo limosnas.
—Esta maldita enfermedad va a acabar con la mayoría de la población —comenta ofuscado Didier, el encargado del ganado—. Encima esos dibujos siguen apareciendo en todas las paredes. Cada vez son más.
—Es verdad, pero no hay manera de detener al que los dibuja… al igual que con esta mortal enfermedad. Sería bueno tener suficientes provisiones para sobrevivir un tiempo. Deberías dejar de estar al aire libre, estás muy expuesto. Quédate en casa conmigo —le dice su esposa—. Thierry exige más de lo que consume.
—¡Mujeeeer, basta de palabras sin sentido! —le grita el hombre enojado—. ¡Sabes que lo que tenemos guardado no alcanza para pasar el invierno! Y ya sé que Thierry cada vez exige más de la producción. Pero peor sería no tener ni una migaja de pan.
—Pero… —la mujer no termina su frase y las lágrimas inundan su rostro.
El esposo la abraza fuertemente y trata de calmarla. Ambos saben que es verdad. Sacando lo que le corresponde por derecho a Thierry y lo que ellos consumen, no llegan a pasar el invierno. Es más peligroso estar desnutridos enfrentando la peste.
—Entiendo tu preocupación, Nadine —dice calmadamente Didier—, hemos salido de muchos aprietos y Thierry confía en nosotros, sabe que somos gente de buen corazón, honestos. ¿Qué más podemos pedir...? Nadine, ¿qué más podemos pedir?
—Pediría que tengamos que entregar menos producción a un señor que solo come de más... —Nadine siente la angustia de su esposo y decide cambiar de tema—, o por lo menos saber el significado de los símbolos en las paredes del pueblo, eso me distraería un poco de tanta muerte.
Luego de un tierno beso, Didier vuelve a su trabajo y la mujer comienza una conversación sin esperar respuesta, las palabras salen de su boca sin filtro, habla de los nuevos muertos entre todos los que conocen y se entretiene sacando conjeturas descabelladas acerca de los símbolos. Que, por cierto, tienen a más de uno aterrorizado.
—Deben ser obra del diablo, para hacer ver a Thierry que está haciendo mal las cosas… uno parece un toro, otro es como agua. Me gusta el de la balanza…
—¿A qué te refieres, Nadine? —pregunta mientras la toma del brazo—. Espero que estas conjeturas las guardes para nosotros dos… sabes que en el pueblo muchos quieren mi puesto. No quiero darle motivos a nadie para que me causen problemas con Thierry. Necesito que dejes de hablar locuras… cualquiera puede escucharte y estaríamos en serios problemas.
—Tranquilo, esposo. Solo pienso en voz alta —dice poniendo su mejor cara de inocencia—. Son tonterías que me entretienen nada más. Te juro que no he hablado con nadie. Además… ¿Quiénes son? —pregunta para sí la mujer mientras observa sobre el hombro de él.
Desde lejos se ve venir a dos personas, una de ella es Thierry. A medida que se acercan, la mujer se da cuenta de que sus semblantes son de mucho enojo, eso la asusta y pone en alerta a su marido. Esto no es bueno.
—¡Didier…! —grita el señor al mismo tiempo que propina un golpe en el rostro del hombre—, ¿cómo pudiste… maldito ladrón? —Las palabras salen una detrás de la otra, al igual que los golpes, por lo que el acusado no logra contestar y solo cae—. Siempre desconfié de tu graaaaan honestidad…. Nadie es tan bueno como dice ser. —Está tan cerca de Didier que su soplido le mueve a este el cabello.
—¡Didier! —alcanza a gritar Nadine antes de que el golpe del otro hombre le diera justo en el estómago.
—¡Nooooo…! ¡Nadine! —Como puede, el esposo se arrastra hasta su mujer, que está hecha un ovillo tratando de recuperar el aire—. Señor… Thierry…. Se lo suplico, no entiendo qué sucede… no golpee a mi mujer… ella es inocente de cualquier cosa.
—Didier… —susurra la mujer—, juro que no hice nada. —Como puede, se sienta mientras se aferra más a sus brazos.
—Lo sé, amor mío, lo sé. Tranquila, todo se va a arreglar.
Didier logra ponerse de pie y ayuda a Nadine a hacer lo mismo, ambos están temblando. Saben que Thierry es uno de los señores feudales más temibles y determinados. Alguien debe haber envenenado sus oídos para provocar semejante reacción. Didier sabe que muchos están deseosos de ocupar su lugar. No solo ganarían el favor del señor, también se asegurarían sustento para esta época de peste y malaria.
—Maldito pueblerino —susurra el señor con tanto asco que asusta aún más a la pareja—. Antoine me dijo la verdad. ¡Tú y tu maldita esposa me han estado robando! —A medida que escupe las palabras, da pasos hacia ellos con la intención de tomar a Nadine por el cuello.
—¡Deténgase, Thierry! —grita Didier mientras se coloca entre el enfurecido hombre y su esposa—. ¿Quién le ha dicho cosa alguna para que desconfíe de mí? ¡He trabajado día y noche para producir más de lo que se espera, a fin de ser bien visto por usted! ¡De ninguna manera dejaré que nadie invente mentiras!
Didier está enojado y mira al otro hombre que acompaña a Thierry, el cobarde que le dio el golpe a su mujer, del cual no se había percatado. ¡Es su primo! Siempre aguantó que le diera indicaciones de cómo haría él para llevar adelante su trabajo, pero nunca imaginó que lo denunciaría.
—¡Tú, maldito infeliz! ¿Qué mentiras dijiste sobre mí? —pegunta enfurecido Didier y se coloca frente a su primo Antoine.
—Detente, maldito ladrón. —Thierry se da vuelta y pide al otro que se acerque—. Habla —le ordena firmemente—, di todo lo que sabes.
—Yo…. Yo….
—Escupe de una vez lo que me dijiste… ¡Ahora! —grita Thierry levantando la mano amagando a golpearlo.
—Yo… escuché cuando ella hablaba de guardar un poco más de... carne para sí —dice entrecortadamente el otro—. Usted no se daría cuenta, pues solo come… come sin parar y es un maldito desgraciado.
—Pero… pero… nunca dije eso. Yo… —Nadine esta pálida, sabe que sus palabras suenan tan vacías como la moral de aquellos dos tipos—. Yo solo bromeaba, jamás me quedaría con nada de nada… yo…. Perdóneme, señor…
—¡Ves! ¡Tu esposa se ha encargado de decirlo! ¡Esas palabras sí salieron de su boca! ¡Maldita ramera…!
Thierry levanta su mano con la intención de golpearla, pero Didier le asesta un fuerte golpe en el estómago que lo hace retroceder y doblarse en dos para permitir la entrada de aire. La rápida reacción del esposo hace que su primo quede paralizado ante la idea de recibir el mismo golpe. Didier se da vuelta y, con la mirada llena de amor, le dice a Nadine:
—Vete, escóndete…
—No te dejaré… enfrentaremos esto juntos… como siempre. —El temor se abalanza sobre ella.
—Nadine, necesito hacer esto solo. Yo le explicaré… corre… ¡Corre ahora! —Necesita que lo escuche y se ponga a salvo, está desesperado.
El grito sorprende a la asustada mujer y reacciona como puede. Al principio, solo da pasos torpes hacia el bosque. Luego, sin darse cuenta, está corriendo como si su vida dependiera de ello. Sabe que es así. Thierry no tendrá piedad si la encuentra. Debe correr.
—Bien… —dice el señor mientras se recupera del golpe—, si así lo deseas.
Se le acerca y con furia clava su cuchillo en el vientre de Didier, la sangre empieza a manar de la herida a borbotones. Sin dudar, comienza a girar la hoja del arma a fin de hacer el mayor daño posible, dejando nula la posibilidad de ser salvado.
Didier no alcanza a gritar, por su mente solo pasa una cosa... Nadine. Ante las puertas de la muerte, no puede dejar de pensar en qué será de ella. Sola y a merced de los malnacidos que provocaron todo esto. «Noooo… piensa rápido», se dice a sí mismo… «debes pen…».
Su mente se nubla, el dolor hace que sus manos se entumezcan. Ya no puede moverse… apenas puede respirar.
A unos metros, dentro del bosque, Nadine observa todo. Es como si pudiera sentir el dolor de su marido… algo tiene que hacer… algo.
Ante la desesperación, corre por el bosque tropieza, cae, se lastima el rostro con algunas ramas. A pesar de todo eso, sigue avanzando, sabe que, si alguno de ellos la alcanza, será su fin. Las lágrimas nublan su visión, el aire entra tan frío que le duele el pecho. Todas las mañanas son frías, pero esa, en particular, es helada.
Su corazón está desecho, sabe que Didier ya está muerto… Dios… por qué… El dolor en el alma es insoportable, su cuerpo está medio entumecido, solo piensa en Didier. Su amado esposo. La angustia termina por ganar y Nadine lanza un grito de pena tan fuerte que los pájaros salen despedidos y asustados.
Ya no la sostienen sus piernas y cae, no le importa nada. Si la han escuchado y vienen por ella, mejor. Así podrá reunirse con su amado esposo. Sí… es lo que quiere, es más, se da cuenta de que nunca quiso nada con tantas fuerzas. Está decidida a volver y enfrentar el mismo destino… ya nada importa.
La mujer apenas logra ponerse de pie. Se da cuenta de que no está sola. Una extraña figura está frente a ella, a unos metros de distancia. Debe taparse con la mano, pues la luz brilla demasiado fuerte para sus lastimados ojos. Apenas si puede abrirlos, seca un poco sus lágrimas y se da cuenta de que no es luz... es la túnica… es tan blanca que parece brillar.
