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Félix y Temujín, dos amigos que viven en el Barrio Chino son los protagonistas de esta novela. Félix es descendiente de italianos y Temujín, de mongoles. Una de las cosas que ambos más disfrutan es compartir historias familiares, sobre todo, las de Temujín que tiene por antepasado a un personaje legendario: Gengis Kan, el conquistador mongol y fundador del imperio de tierras contiguas más extenso de la Historia. La personalidad de este guerrero despierta una gran curiosidad en Félix, quien, para ayudar a Temujín y a Narantuyaa, la hermana de su amigo, se convierte en la llave que les permite viajar al siglo XIII. Su misión es reparar ciertos hechos realizados por el Kan.
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Seitenzahl: 90
Veröffentlichungsjahr: 2020
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A los pies del halcón
Mónica López
Ilustraciones:
Emilio Rubione
“Ten el valor de la astucia que frena la cólera y espera
el momento propio para desencadenarla.”
Gengis Kan
A Macarena, Valentina y Lautaro, mis hijos.
Agradezco a Gustavo, a mis compañeras de corrección
profunda y a Graciela Repún por la confianza en mí,
la calidez y el acompañamiento, siempre.
1. Temujín
En la ciudad de Buenos Aires, exactamente en el conocido “Barrio Chino”, vivía Félix. Su casa era la única con aspecto diferente, sin inscripciones, ni ideogramas, ni coloridos farolitos, ni adornos; más bien era una construcción sencilla de dos pisos que permanecía intacta luego de que su abuelo pusiera los primeros ladrillos.
Félix no alcanzó a darse cuenta cuándo ese par de cuadras cambió su aspecto, su idioma, su color y hasta su aroma.
A pesar de formar parte de la única familia con los ojos redondos y grandes como luna llena, nada lo hacía distinto a los chicos de la cuadra, que debían esquivar cajones y jaulas con la bicicleta, evitar los encuentros con Toshi, el más malhumorado de todos los tintoreros, y ser amables con los ancianos.
En ese par de cuadras, los abuelos eran verdaderos sabios, que conocían los secretos de la vida y tenían mucha experiencia. Por eso, todos los cuidaban y respetaban.
Aún hoy, se pueden recorrer las veredas y descubrir en el frente de las casas símbolos o inscripciones que identifican parte de la historia, el origen de cada familia. Lo que a simple vista resulta algo pintoresco, a veces, contiene una enseñanza milenaria, ese es el caso de la casa de Temujín.
Todos los días, a pesar de la tarea, las clases particulares de inglés, atletismo y los intentos por unir un par de acordes en el bandoneón, Félix salía a la calle a encontrarse, al menos, cinco minutos con su amigo.
Intercambiaban figuritas o completaban juntos algún álbum o programaban un encuentro en la plaza; pero lo que más le gustaba a Félix era cuando se contaban historias de familia. La de su amigo, la única mongol en todo el barrio, era para él la más atractiva.
Historias de espadas y de ejércitos, hombres de mirada filosa y palabras de hielo. Gente que no conocía el miedo y que todo lo podía. Luchas y conquistas que ponían en juego el honor.
Y lo que más le gustaba era cuando la historia era solamente la excusa para imaginar, un hecho rodeado de emociones, razones y sentimientos que lo dejaban viajar a tiempos remotos. Tal como se las contaba el abuelo al nieto, Temujín se las contaba a Félix.
Tres casas separaban las viviendas de ambos y, entre las cinco y las seis de la tarde era el momento de encuentro. Félix confirmaba la presencia de su amigo desde la ventana de su cuarto y bajaba.
—Ma, estoy en la puerta –gritaba y salía.
Pocas veces llegaba a escuchar la respuesta de su mamá “¡Cerrá la puerta!” o “No te muevas de la vereda” o “No te demores” o “Cuidado que no salga la gatita”.
Seguía las recomendaciones de manera natural; las escapadas de Shun, la gata blanca que le habían regalado a su hermana eran el único problema.
Sin embargo, el destino hizo que su vida cambiara completamente luego de una de las tantas escurridizas huidas de Shun, donde “la mala suerte” encontró su razón de ser.
2. Las dos caras de la misma moneda
Shun se había tomado la costumbre, apenas la puerta se abría, se asomaba, afinaba el cuerpo y salía. Primero hacia la derecha, luego trepaba una paredcita, el pilar de luz y una pared más grande que daba directamente al fondo de la casa de Temujín.
Al rato nomás, se escuchaba desde adentro:
—Ma, no encuentro a Shun, ¿dónde está…? ¡Shun, Shun!
—Debe andar durmiendo entre los almohadones o entre los zapatos de papá, llenándolos de pelos; anoche no pegó un ojo y se la pasó chillando… o, tal vez, esté afilándose las uñas en la cómoda de mi cuarto…
—No es para tanto, ma. ¡Shun, Shun…!
—Al menos, podría atrapar algún ratón.
La verdad es que Félix nunca había prestado atención al hecho de que la gata tomara siempre la misma dirección. Tampoco le importaba si alguna vez decidiera no volver. Si fuera por él, podría irse a vivir a donde lo prefiriera. El problema eran su hermana y su mamá.
Su mamá también, porque es de esas personas que se quejan, que la gata esto, que la gata lo otro, pero en el fondo la quiere, se encariña. Estaba seguro de que si un día decidiera no volver a la casa, las dos le echarían la culpa.
Definitivamente que Shun aprovechara que él estuviera afuera para iniciar sus aventuras era lo que se dice “mala suerte”. Se suponía que debería cuidarla. ¿Cómo se la puede cuidar si no obedece, no reconoce la autoridad, es caprichosa...?, pensaba mientras observaba con qué seguridad se desplazaba por las baldosas, prolija y ordenada, ajustando la velocidad de sus pasos a imperceptibles cambios del viento, las proximidades de un perro o el ruido de los autos. No dudaba, conocía el camino y no podía ocultar su entusiasmo.
Los ojos rasgados de Temujín habían seguido el recorrido de la gata. Luego volvieron a toparse con los de Félix. Sin más, sacó del bolsillo del pantalón una bolsa llena de bolitas de vidrio. Los dos se agacharon al mismo tiempo. El bolón largó la partida.
Félix estaba convencido de que la “mala suerte” estaba de su lado, sin embargo, una vez más el “viento de los dioses” sopló suave y la suerte cambió de mano.
3. A buen entendedor, pocas palabras
Temujín perdió cinco bolitas y el bolón. No dijo nada. Los únicos momentos en que se quedaba mudo y las pupilas se paseaban por las rendijas de sus ojos mostrando al resto de las personas que estaba inquieto eran cuando perdía o ganaba.
Tenía los cachetes y la punta de la nariz rojos. Tal vez por el frío o por la bronca que le daba perder. Ni un gesto ni una palabra, ni siquiera cuando Félix le preguntó:
—¿Por qué Shun quiere ir a tu casa?
Quiso decir que no sabía nada. Levantó los hombros e hizo una mueca con la boca.
—¡Esa no es mi casa! Es la de mi abuelo, vive en el fondo.
Félix conocía más historias y costumbres del abuelo de su amigo que del suyo propio y nunca antes le había preguntado algo tan simple como “¿vive?”, “¿dónde?”. El abuelo de Temujín, descendiente del Gran Kan, vivía a pasos de su casa y él no lo sabía. Nunca lo había visto. Inmediatamente, se le cruzó por la cabeza la sospecha que, tal vez, estaba engordando a Shun para comérsela. Los mongoles no comían ni pan ni verduras, pero sí carne de caballo, de lobo, de zorro y de perro. Temujín no le había comentado nada respecto de los gatos, pero tal vez…
—No te preocupes, no come carne de gato –se adelantó su amigo.
Félix no dijo nada y respiró aliviado.
—Bueno, me tengo que ir. Voy a comprar un planósfero para hacer la tarea –dijo mientras sacaba un papel doblado del bolsillo, lo estiraba y leía ¡pla-nis-fe-rio! Félix se despidió.
—Nos vemos.
No eran las siete de la tarde y casi no quedaba gente en la calle. La noche y el viento habían metido a todas las hormigas dentro del hormiguero. El aroma del pescado hirviendo, frituras y dulzores se escapaba por la ventana.
Sostuvo el planisferio, a puño cerrado sobre el pecho para que ni las monedas ni el papel se escaparan.
El viento soplaba como flechas silbadoras. Imaginó que la luz de los autos era una lluvia de flechas y que los animales ardían en la punta, entonces el tren desplegaba el grito de sus pulmones y emprendía la retirada, como lo hacían los enemigos de los mongoles.
El abuelo de Temujín había sido un gran arquero y lo tenía ahí, a metros. Félix caminó contra el viento con la valentía de un guerrero. Pasó por la puerta de la casa del anciano y recordó a Shun. Volvió la cabeza para descubrir el lugar exacto por donde entraba la gata. Y la vio escondida detrás de una rosa china. Las manos y los brazos delgados como tallos de orquídeas se elevaban y ayudaban a Shun a trepar el tapial. Le pareció que se trataba de una chica. Le estaba diciendo unas palabras extrañas a la gata cuando el viento le corrió el cabello que se abrió como el telón de un teatro y dejó su cara al descubierto. ¡Una chica!
Félix se quedó inmóvil. Su rostro blanco y brillante había brotado de la noche. Apenas llegó a ver las pinceladas rojas de los labios y las líneas de los ojos.
No lo podía creer, hasta dudó de lo visto. Shun se le adelantó y llegó antes que él a la puerta de su casa. Entraron y subieron la escalera a oscuras.
No encendió la luz, la imagen de la chica aún brillaba en sus pupilas.
4. La casa del vecino
El viento golpeó las puertas y ventanas durante toda la noche. Ráfagas de flechas de los guerreros enemigos buscaban el hueco para ingresar a la casa. Las sombras de los árboles de la calle desataban un silencioso combate en el centro de la habitación.
Félix no podía dormir, apenas cerraba los ojos imaginaba que monstruos de barba larga lo atacaban. Se tapó la cabeza con la sábana, frazadas y el acolchado. Trató de quedarse lo más quieto posible, mientras murmuraba para sus adentros un “Padre Nuestro”, esa oración siempre lo tranquilizaba. El problema era que no la sabía completa y para peor, el viento había iniciado la batalla. “Padre nuestro que estás en el cielo…”. Mientras buscaba lo que seguía, el ruido del forcejeo entre la ventana y el viento lo distraían. Otra vez volvía a empezar y otra vez se perdía en el intento. Después de un buen rato, se quedó dormido.
Al día siguiente, el viento había dejado el barrio patas para arriba; los árboles, más que gigantes despeinados, parecían espantapájaros fuera de línea. Les colgaban bolsas y prendas que se habían volado de alguna casa. Los tachos de basura, habían vaciado sus barrigas en la vereda y por las zanjas no corría agua, sino descansaban hojas. Lo único limpio era el cielo, ni una nube ni una manchita.
Félix volvía de la escuela, su guardapolvo dejaba sentado que era viernes. Sentía el cansancio de una mala noche, sin embargo, no estaba dispuesto a desperdiciar un viernes por la tarde. Había un misterio que tenía que descubrir, mejor dicho, unos cuantos misterios.
