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HQÑ 379 «¿Julia Frances Spelman? ¿El avezado J. F. Spelman con quien Sebastian había mantenido una correspondencia cada vez más tensa durante los últimos meses era una mujer?» Tras heredar el marquesado de Somerset, Sebastian sabe que su vida no volverá a ser la misma. Ahora deberá hacerse cargo de su madre y de sus hermanas y, sobre todo, buscar una solución para saldar la deuda que dejó su padre. Lo que nunca hubiera imaginado era que tendría que hacerlo de la mano de aquella odiosa americana… Julia Frances Spelman no es una mujer cualquiera. Hija del fundador del Banco de Nueva Jersey, su mente está hecha para las finanzas. Tras adquirir un viejo banco inglés, decide trasladarse desde Nueva York a Londres para terminar personalmente la colaboración con algunos de sus clientes menos solventes, como el arrogante marqués de Somerset. Lo que Julia no sabe es que esa se va a convertir en la negociación más importante de su vida. - Personaje femenino fuerte e independiente, a la altura de los todopoderosos personajes masculinos de la época - La fascinación de la revolución industrial y una ambientación detallada y cuidada. - La novela que consolida a Maia Clark, finalista del XI Premio Internacional HQÑ, como una autora imprescindible en el panorama nacional de la novela romántica histórica. - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, romance… ¡Elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!
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Seitenzahl: 319
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S. A.
Avenida de Burgos, 8B - Planta 18
28036 Madrid
© 2024 Beatriz O’Shea
© 2024 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S. A.
Acuerdo vinculante, n.º 379 - febrero 2024
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S. A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Shutterstock.
I.S.B.N.: 9788411806015
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Sebastian aceleró el paso para alcanzar al empleado del banco encargado de guiarle hasta la oficina donde iba a tener lugar la reunión. Sabía que llevaban tiempo esperándolo y aquello no era de su agrado, pero había estado reunido con lord Leicester hasta el último momento, tratando infructuosamente de que este le concediera un préstamo en honor a la amistad que durante tantos años lo había unido a su padre, el antiguo marqués de Somerset. Sebastian prácticamente había llegado a rogar a Leicester para que avalara al menos una parte de su deuda, pero el viejo zorro no había cedido. Algo que, en el fondo, era comprensible; muchas de las grandes fortunas británicas se habían visto afectadas por la crisis que había seguido a la estrepitosa caída de la bolsa de valores, la misma que había llevado al cierre de más de sesenta bancos en Inglaterra a lo largo de las últimas semanas, entre ellos el Doherty Bank, la institución que había financiado al marquesado de Somerset durante los últimos cien años. Y aunque Sebastian no creía que la fortuna de Leicester se hubiera visto muy afectada con aquel descalabro, era de entender que, dada la incertidumbre reinante, el hombre hubiera preferido guardarse su dinero en los bolsillos.
Así que el nuevo marqués sabía que estaba vendido; que el futuro del marquesado y, lo que le preocupaba más, de los arrendatarios de sus tierras y de su propia familia dependía de la buena fe de los hombres con los que se iba a reunir esa mañana. Y mucho se temía que los americanos no se distinguían precisamente por dejarse llevar por sentimentalismos.
Continuó caminando detrás del empleado del banco; subiendo las escaleras que este subía, doblando las esquinas cuando él lo hacía, sintiendo cómo sus botas se hundían en la mullida moqueta que marcaba el camino hacia la zona noble del edificio, aquella donde se encontraban los despachos de la dirección. No quiso pensar en la cantidad de veces que había recorrido ese mismo camino con un ánimo bien diferente, cuando el director del banco todavía salía a su encuentro tan pronto como alguien le anunciaba su llegada, o la de su padre, cuando este todavía vivía y se hacía acompañar por su primogénito para que fuera aprendiendo su futuro oficio.
Todo en esas oficinas era muy distinto por aquel entonces. Las miradas amables y el silencio reinaban en las áreas de trabajo, y los empleados realizaban sus labores a un ritmo sosegado que transmitía la sensación de que todo iba bien.
Aquel día, en cambio, los ejecutivos del Banco de Nueva Jersey, la entidad que se había hecho con las riendas del viejo Doherty Bank, parecían haber invadido todos los rincones del edificio, decididos a tomar el control del pequeño banco inglés sin perder más tiempo del estrictamente necesario. Todo el mundo se veía nervioso, entre ellos se hablaban a voces, y los pobres empleados del Doherty trataban de seguir el ritmo de los americanos y de facilitarles con rapidez las toneladas de información que estos les requerían a cada momento.
Por fin, el acompañante de Sebastian se detuvo ante una puerta. Antes de que pudiera llamar a la misma, un chico joven se les adelantó para arrancar un cartel que pendía de ella y en el que Sebastian tuvo tiempo de leer: «Lord Henry F. Doherty, director general del Doherty Bank».
El muchacho los miró con cara de circunstancias y se marchó con el cartel bajo el brazo y la misma celeridad con la que había hecho su aparición.
El secretario que había acompañado a Sebastian hasta allí golpeó finalmente la puerta. Desde dentro, un hombre la abrió y, tras cederle el paso a Sebastian, salió de la habitación y cerró de nuevo detrás de él.
El silencio que reinaba en la sala contrastaba profundamente con el bullicio del exterior.
Sebastian tomó aire y observó a las dos personas que ocupaban el despacho, sentadas en sendas butacas, frente a una mesa baja que lucía completamente atestada de papeles. Se trataba de un hombre y una mujer. «Deben de ser el famoso J. F. Spelman y su secretaria», pensó.
—Buenos días —dijo, acompañando su saludo de una leve inclinación de cabeza—. Lamento el retraso. Espero no haberles hecho esperar demasiado tiempo.
El hombre de la pareja se puso en pie para tenderle la mano mientras que la mujer se limitó a levantar la mirada y recorrerlo con ella, con una expresión que a Sebastian le pareció de profundo disgusto.
Era cierto que no había sustituido el traje de montar con el que salió de casa esa mañana por uno más apropiado para un evento de esa índole, pero había preferido no hacer a los concurrentes a la reunión esperar todavía más.
Con el ceño fruncido por la desagradable reacción de la secretaria, Sebastian devolvió su atención al jefe de esta, decidido a concentrar todos sus esfuerzos en lograr una ampliación para el vencimiento de la deuda que tenía con el banco. Sin embargo, en el momento en el que se volvió hacia el hombre, este anunció:
—Soy Thomas Mars, director de inversiones del Banco de Nueva Jersey. —Sebastian lo miró confundido y el señor Mars se volvió hacia la mujer—. Y ella es Julia Frances Spelman.
La mujer volvió a levantar la mirada hacia Sebastian y asintió levemente, antes de seguir estudiando con atención los papeles que tenía entre las manos.
¿Julia Frances Spelman? ¿El avezado J. F. Spelman con quien Sebastian había mantenido una correspondencia cada vez más tensa durante los últimos meses era una mujer?
—Siéntese —lo invitó el señor Mars, acercando otra butaca a la mesa para él.
Sebastian hizo lo que le indicaba el señor Mars sin poder apartar la mirada de la mujer.
Imaginó que debía de ser hija de Benjamin Spelman, el singular fundador del Banco de Nueva Jersey. Y no parecía mayor que el propio Sebastian. ¿De veras esa joven iba a ser la responsable del futuro de su familia? Aquello tenía que ser una broma.
—Señor Alwood —dijo entonces la señorita Spelman con una voz melodiosa—. Hemos estado revisando las cuentas y debe usted cerca de treinta mil libras al banco. Eso es mucho dinero.
Sebastian reaccionó a sus palabras y abrió la carpeta que llevaba con él.
—Veintisiete mil ochocientas —precisó—. Y pueden dirigirse a mí como lord Somerset.
La mujer dejó lo que estaba haciendo y, entonces sí, puso toda su atención en Sebastian. Él pensó que si se obviaba su gesto arisco como el de un gato, podía resultar agradable. Pero la expresión de su mirada no admitía confusión y Sebastian tuvo la impresión de que acababa de cavar su propia tumba.
—Lord Somerset —repitió entonces ella lentamente, tras observarlo durante unos segundos en silencio—. El Banco de Nueva Jersey, al que represento, no está interesado en tenerlo como cliente. ¿Está usted en disposición de saldar su deuda o prefiere que procedamos al embargo de sus bienes?
—Lady Spelman —empezó Sebastian.
—Señorita —lo interrumpió ella—. Puede llamarme señorita Spelman.
—Señorita Spelman —retomó Sebastian, remarcando el tratamiento igual que había hecho ella previamente con el de él—. En realidad había pensado que tal vez pudiéramos llegar a un acuerdo para ampliar el plazo de la deuda. Apenas hace un año y medio que heredé el marquesado y desde entonces he estado trabajando arduamente para hacerlo rentable. Creo que de aquí a un par de años este podría dejar de dar pérdidas y en no más de diez estaría ofreciendo suculentos beneficios si solo me permitieran…
—Si eso es tal y como afirma —lo interrumpió la señorita Spelman—, no me cabe duda de que no le costará mucho esfuerzo encontrar otro banco que le dé el crédito que necesita, lord Somerset.
—No tal y como está actualmente la situación en Inglaterra, señorita Spelman. Ustedes la conocen igual o mejor que yo; ningún banco está ofreciendo créditos a sus clientes en estos días.
—En ese caso, puede intentar que algún amigo suyo lo avale.
Sebastian negó.
—Creo que está emparentado con el duque de Greyswood —trató de ayudar el señor Mars.
Al parecer, los representantes del Banco de Nueva Jersey habían hecho muy bien sus deberes.
—El duque podría redactar una carta de confianza hacia mí —admitió Sebastian—, pero no me puede dejar treinta mil libras de la noche a la mañana.
—Veintisiete mil ocho…
—Por favor, señorita Spelman —la cortó esta vez Sebastian—. Permita al menos que le muestre los planes que tengo para mis propiedades antes de tomar una decisión.
Julia cogió uno de los documentos que había sobre la mesa.
—Tiene usted una propiedad agraria en Artington, en el condado de Surrey, que entró en pérdidas hace al menos quince años.
—Hace más de dos décadas que Loseley Park no da dinero —admitió Sebastian—, pero he invertido en mejorar la raza de nuestras reses y estamos ayudando a los arrendatarios a optimizar los cultivos.
La señorita Spelman torció el gesto con incredulidad antes de tomar otro documento.
—También hay una propiedad en Escocia que directamente no ha dado nunca nada.
—Está en Inglaterra, en Northumberland, y, por lo que he podido descubrir recientemente, podría tener carbón para abastecer a toda la industria de Gran Bretaña durante varios años.
Julia fijó en Sebastian sus bonitos ojos ambarinos.
—Un yacimiento de carbón que por algún motivo no está explotando.
—No lo estoy explotando porque para eso hace falta dinero —argumentó él.
Sebastian trató de sonreír, pero solo logró apretar los dientes, y Julia dejó los documentos que tenía sobre la mesa. Entonces, se llevó una mano al cuello y emitió un suspiro. Estaba cansada. Sebastian siguió el movimiento de su pequeña mano y pensó que un masaje en sus esbeltos hombros la ayudaría a deshacer la contractura que la incomodaba. Y se preguntó cómo sería el tacto de su piel.
—Lo siento, lord Somerset —dijo entonces ella, devolviéndolo a la realidad—. Como ya le he dicho, el banco no está interesado en mantener clientes como usted.
—¿Clientes como yo? —preguntó Sebastian, sin poder evitar que un deje de desesperación se filtrara en su voz.
Por un segundo Julia estuvo a punto de sentir compasión por el hombre que tenía delante, pero se recordó a tiempo que el marqués representaba todo lo que ella más podía odiar en una persona, y se obligó a reforzar las defensas que siempre mantenía erguidas en torno a ella.
—Lo lamento —sentenció.
Sebastian miró al señor Mars y este contrajo los labios, dándole a entender que él también sentía la decisión, pero que esta era inamovible.
«Malditos americanos».
Sebastian tomó su carpeta y se levantó.
—Muy bien. Pues si no puedo ayudarlos en nada más, nos vemos aquí mañana, a la misma hora.
No pudo ver cómo la señorita Spelman asentía, porque evitó volver a posar su encendida mirada sobre ella, ni permitió que el señor Mars lo acompañara de vuelta hasta la puerta del banco.
Una vez de regreso en la seguridad de su carruaje, Sebastian no pudo evitar pensar en su madre y en sus hermanas, Olivia y la pequeña Amy. En la negociación que iniciaría al día siguiente, esperaba conseguir una pequeña renta a cambio de todos sus bienes que les permitiera, a su madre y a él, vivir lo que les quedara de vida. No podrían hacerlo como estaban acostumbrados, evidentemente, pero si se trasladaban a algún pueblo alejado de Londres donde nadie supiera de su triste caída podrían empezar una nueva vida. Él montaría allí un nuevo taller y tal vez pudiera trabajar para algún amigo suyo, administrando sus bienes.
En cuanto a sus hermanas, agradeció a Dios que Elisabeth, la mayor de ellas, se hubiera casado meses atrás con el conde de Downey, y pensó que Olivia tendría que seguir su ejemplo con celeridad. De hecho, era imprescindible que Olivia encontrara un esposo antes de que corriera la voz de que estaban arruinados. Si no recordaba mal, esa misma noche se celebraría un baile en casa de los condes de Clifford. Él mismo se encargaría de acompañarla y de estudiar a sus posibles pretendientes.
Lo de Amelia, sin embargo, era otra historia. La menor de las hermanas Alwood era todavía demasiado joven para pensar en el matrimonio y, además, últimamente no estaba bien de ánimo. Había sido ella quien había encontrado el cuerpo sin vida de su padre hacía menos de dos años, algo que todavía no había logrado superar y que había acentuado aún más su ya de por sí retraído carácter. Tal vez Amy pudiera plantearse ingresar en alguna orden religiosa… Sebastian se revolvió en el asiento del carruaje solo de pensarlo. Otra opción sería que se fuera a vivir con Elisabeth. Seguro que su hermana mayor la acogería encantada y, si aquel era su deseo, su esposo, Robert, no lo cuestionaría. El conde de Downey estaba perdidamente enamorado de su mujer.
Por algún motivo, la imagen de la señorita Spelman decidió atravesar en ese momento la mente de Sebastian.
«Maldita mujer», pensó, aunque en el fondo sabía que aquella bruja combativa no era la culpable de sus desgracias, sino que el único responsable de ellas era su propio padre.
Su padre, que al descubrir el maltrecho estado de sus finanzas, había decidido quitarse de en medio casi dos años atrás.
Él, que tantas veces le había hablado de lo que eran la responsabilidad y el compromiso, el honor y el deber, para luego volarse la cabeza de un día para otro, abandonándolos a todos sin ni siquiera pensarlo. Había dejado viuda a su amante esposa y huérfanas a sus amadas hijas, y lo había cargado a él con todas esas obligaciones que aún no tenían que haber sido suyas.
Porque él todavía no estaba preparado para todo aquello; algo que acababa de quedar más que demostrado en el banco.
No fue hasta media tarde cuando Julia terminó por ceder a los insistentes ruegos de Thomas y se marchó a la casa que había alquilado en Londres para tratar de descansar un poco.
Lo cierto era que estaba agotada; no tanto por los treinta y siete larguísimos días que había permanecido encerrada en el barco que la había llevado desde Nueva York a Liverpool, como por las últimas cuatro jornadas en las que había atravesado Inglaterra, desde el puerto de Liverpool hasta Londres, como si la persiguiera el mismísimo diablo. Aquel intento por recuperar parte del tiempo que había perdido en mitad del océano esperando a que una brisa piadosa ayudara al Savannah, el barco en el que había viajado desde América, a alcanzar su destino final había logrado agarrotar cada uno de los músculos de su cuerpo.
Julia volvió a llevarse una mano al cuello, tal y como había hecho en el despacho del banco varias veces a lo largo del día, y pensó en el baño que iba a tomar nada más entrar en la que, durante los próximos días, sería su residencia.
Se trataba de la vivienda en Grosvenor Square de un noble venido a menos que había aceptado marcharse a otra casa que tenía en el campo y rentársela por un tiempo al banco de su padre a cambio de una cuantiosa suma de dinero. «A nuestro banco», se recordó Julia; al suyo y de su hermano. Su padre hacía tiempo que los había dejado.
Entró en la casa y dio la orden de que le prepararan la tina. El servicio respondió con celeridad; no en vano Julia había dejado claro desde el primer momento que mientras durara su estancia allí les pagaría un cincuenta por ciento más que el mejor empleador de Londres. Le gustaba tener a la gente contenta y, sobre todo, no quería arriesgarse a tener que dedicar su limitado tiempo en Inglaterra a buscar y formar empleados nuevos.
Entró en el despacho que había en la planta baja de la casa, una habitación oscura y demasiado recargada para su gusto, y dejó el maletín que llevaba sobre la mesa. Ya estaba de vuelta en la puerta cuando algo la hizo regresar y extraer unos documentos de la cartera. «Por si me sobra un poco de tiempo», pensó.
Con los papeles bajo el brazo, subió las escaleras y se detuvo en el rellano, tratando de recordar cuál era su habitación. Entonces vio a una doncella salir del dormitorio que estaba ubicado al final del pasillo e imaginó que tenía que ser ese.
El cuarto era muy pequeño para lo que ella estaba acostumbrada y, de nuevo, los muebles necesitaban una revisión, pero Julia había preferido dejarlo todo como estaba para no sentirse tan cómoda como para tener la tentación de alargar su estancia en Inglaterra.
Entró en el cuarto de baño y suspiró al ver la humeante bañera sostenida por cuatro patas de cobre que imitaban la forma de las garras de un león.
—¿Necesita que la ayude, milady? —preguntó una tímida voz a sus espaldas.
—Sí, por favor —aceptó Julia, que acostumbraba a desvestirse sola pero aquel día tenía prisa por meterse en la bañera—. Pero no me llame milady, llámeme señorita Spelman.
La muchacha asintió; la habían preparado para las excentricidades de la extranjera.
Empezó por quitarle a Julia de las manos los papeles que sostenía y dejarlos con cuidado sobre una banqueta. Tras ello, le desabrochó la falda y la ayudó a salir del miriñaque antes de quitarle la blusa y el corsé. Una vez que estuvo en ropa interior, Julia despidió a la doncella y terminó de desnudarse por sí misma. Cuando estuvo lista, introdujo un pie en la tina. La temperatura del agua era perfecta. Se apresuró a sumergir el resto del cuerpo en ella y emitió un suspiro. Después, apoyó la cabeza en el borde de la bañera y cerró los ojos.
Por su mente comenzaron a circular imágenes de las reuniones que había mantenido a lo largo del día. No lo podía evitar; le costaba mucho relajarse. Como habituaba a hacer cuando eso le sucedía, procuró dejar pasar las imágenes sin centrar la atención en ninguna de ellas, para ver si así lograba hacerlas desaparecer. Pero, entonces, el rostro del marqués de Somerset se dibujó con claridad ante ella y no supo dejarlo ir.
Julia pensó que ese hombre era la pura imagen de un libertino londinense. Haciéndose esperar, llegando a la reunión con aspecto de no haber dormido mucho y vestido como si estuviera a punto de dar un paseo a caballo y no de perder absolutamente todo lo que poseía, el marqués de Somerset le había hecho sentir a Julia un rechazo frontal y, aun así, no podía dejar de reconocer que tenía cierto atractivo.
Julia pensó en su padre, en la cantidad de veces en las que los había prevenido, a su hermano y a ella, acerca de ese tipo de hombres.
—Utilizan su encanto única y exclusivamente para asegurar su propio bienestar. Desprecian a los de nuestra clase, pero se tragarán sus envenenados escrúpulos si creen que pueden sacar algo de nosotros. Mirad lo que le pasó a la pobre tía Dorothy…
La desgracia de la tía Dorothy, la hermana menor del abuelo paterno de Julia, que había desembarcado en Nueva York con el hijo del hombre al que servía en Inglaterra creciendo en sus entrañas, había servido como ejemplo de en quién no se debía confiar para varias generaciones de Spelmans. Pero ni siquiera el rechazo de la familia a ese grupo de privilegiados por la gracia de la primogenitura que no sabían hacer nada por ellos mismos había sido impedimento para que Julia cayera en esa misma trampa poco tiempo atrás.
En vista de que no iba a lograr dormirse, Julia abrió los ojos, se secó las manos en una toalla que colgaba del borde de la bañera y alargó una de ellas hasta alcanzar los papeles que había subido con ella y que la doncella había dejado sobre un taburete minutos antes.
Se trataba de la información sobre las propiedades del marqués de Somerset. Tendrían que valorarlas y decidir con qué parte de ellas se quedaría el banco. Julia se inclinaba por Loseley Park. Sería fácil de vender y los resultados negativos de los últimos años no iban a ayudar al marqués a conservarla. «He estado trabajando arduamente para hacerla rentable», recordó Julia que había dicho este. Era cierto que el Doherty Bank le había concedido al marqués nuevos préstamos en los últimos tiempos con el fin de que introdujera mejoras en sus propiedades, pero todavía estaba por ver si lo había hecho.
Julia dejó los papeles otra vez en su lugar y volvió a acomodarse en el borde de la bañera.
Cerrando los ojos, invocó de nuevo el rostro del marqués, esta vez conscientemente. Recordó su forma cuadrada y su barbilla partida, el oscuro cabello ensortijado que cubría su frente y sus ojos de color azul cobalto, que parecían haberse oscurecido cuando ella se había llevado la mano al cuello en el despacho del banco para aliviar su tensión.
Sin apartar su mirada de Julia, el marqués de Somerset se había acercado a ella lentamente y, con gran delicadeza, había tomado su mano y la había volteado para besarla.
Julia había podido sentir la calidez de sus labios sobre la muñeca y la suavidad con la que oprimían su piel, y un cosquilleo había atravesado como un rayo en ese instante todo su cuerpo.
—Milady.
La voz de la doncella sobresaltó a Julia haciendo que se agitara en el agua y provocara un pequeño oleaje a su alrededor. Al hacerlo, la americana sintió cómo el líquido, ya frío, trepaba por su piel. Al parecer, había logrado quedarse dormida.
—Señorita. Llámeme señorita Spelman —le recordó a la doncella, algo desorientada—. Y, por favor, alcánceme una toalla. Creo que me he quedado dormida.
Julia comprobó que no le quedaba mucho tiempo si no quería llegar tarde a la fiesta de los condes de Clifford. No tenía especial interés en codearse con la nobleza británica, pero lord Clifford era el propietario de una industria textil en la que su banco había puesto el ojo y, además, se había mostrado muy amable ofreciéndose a presentarle a otros hombres con intereses empresariales parecidos a los suyos.
Una vez de vuelta en su habitación, tomó uno cualquiera de sus vestidos —todos ellos eran magníficos y nuevos— y le pidió a la doncella que la peinara. La muchacha dedicó un buen rato a ir colocando cada mechón de su rubia melena en un recogido alto que después rodeó cuidadosamente de pequeños brillantes, creando la sensación de que Julia llevaba puesta una corona. Esta se quedó asombrada con el resultado; nunca se había sentido tan deslumbrante. Sin duda, aquellos ingleses les llevaban años de ventaja a los americanos en lo que a refinamiento se refería…
A la hora que había acordado con su cochero, Julia estaba lista para dejar su residencia. Echó una última mirada al despacho de la planta baja, pensando en la cantidad de trabajo que habría podido adelantar si se hubiera quedado en casa esa noche, y, con un suspiro de resignación, abandonó el edificio.
La fiesta parecía muy similar a las que se celebraban en Nueva York, aunque los asistentes a la misma tenían un aspecto algo diferente.
Se podía distinguir claramente a las jóvenes casaderas, ataviadas con vestidos en tonos pastel que las hacían parecer más tiernas, de las mujeres que ya no estaban en edad de merecer, que utilizaban colores más oscuros y escotes más generosos, como si quisieran desviar la atención de los varones desde las arrugas de sus rostros hacia lugares más atractivos.
Por un momento, Julia tuvo la esperanza de que su traje, de un color borgoña apagado, la hiciera pasar por una de ellas, pero no tardó en darse cuenta de que todos allí sabían bien que no lo era.
Saludó a su anfitrión, el agradable conde de Clifford, y en cuanto dio dos o tres pasos para internarse en el elegante salón, decorado con grandes espejos barrocos, cortinas de seda y gigantescas lámparas colmadas de velas, media docena de hombres se acercaron a ella para pedirle un baile. Y no se atrevió a decirles que no; si lo hacía, correría la voz por todo Londres de que era una extranjera engreída, y por nada del mundo quería atraer sobre ella tanta atención.
Pero no por ello dejaba de resultarle angustiosa la idea de pasarse toda la noche en la pista de baile, en lugar de tratando con las personas que, desde sus fábricas, estaban liderando una auténtica revolución en Inglaterra y en el mundo.
Tras cruzar unas animadas frases con los organizadores de la fiesta, buenos amigos de su familia, Sebastian, Olivia y la madre de ambos entraron en el salón en el que varias parejas bailaban ya al ritmo de las primeras piezas que iba interpretando la orquesta.
Se detuvieron a pocos metros de la entrada, cada uno de ellos en busca de algo diferente. Sebastian miró hacia la zona en la que trabajaban los camareros, tratando de localizar a alguno de sus amigos con la esperanza de encontrar más tarde el momento de compartir una copa con ellos. Olivia, por su parte, deslizó la mirada por la pista de baile para ver quién estaba emparejado con quién. Parecía que los pretendientes favoritos de la próxima temporada se encontraban ya ocupados, algo que a ella, en realidad, le daba igual. Olivia ya tenía claro con quién deseaba casarse, y ese hombre se encontraba muy lejos de allí. Y la madre de ambos, lady Somerset, se aseguraba de que todas sus conocidas la vieran entrar cogida del brazo de su apuesto hijo el marqués. Y no fueron solo estas las que se percataron de su presencia; la mitad de los invitados a la fiesta se volvieron para observar la llegada de los Alwood.
—¿Quién es esa mujer? —preguntó de pronto Olivia.
Sebastian y su madre se volvieron hacia ella para después buscar al objeto de su extrañada mirada. No parecía haber nada insólito en aquella zona, salvo una amplia falda color borgoña.
Sebastian sintió cómo el corazón le daba un vuelco mientras observaba dar vueltas a aquella maldita mujer. Había confiado en que tendría un pequeño margen de tiempo antes de que se supiera que estaba en la ruina; que iba a perder sus tierras y con ellas el marquesado. Había creído incluso que todavía podía suceder un milagro, que quizás un día se despertaría y se daría cuenta de que todo aquello no había sido más que un mal sueño. No se le había pasado por la cabeza pensar que la mujer que lo iba a despojar de todo lo que tenía se iba a presentar en casa de los condes de Clifford esa misma noche y que bailaría con sus conocidos, y hasta podía ser que hablara con ellos y les hiciera algún comentario sobre lo que había ido a hacer a Inglaterra.
—Parece extranjera —observó su madre.
Sebastian buscó el rostro de la pareja de baile de la señorita Spelman. Se trataba de un barón con quien él apenas había tenido relación. Pero, a pocos metros de ella, descubrió a varios hombres mirándola sin ocultar su interés, entre ellos a varios de sus amigos.
—Americana —añadió Olivia, con cierto disgusto en la voz.
Las herederas americanas estaban causando estragos entre las jóvenes inglesas en edad de merecer. Muchas familias nobles habían ido viendo reducirse sus fortunas con el paso de los años y otras tantas habían salido trasquiladas de las inversiones en las colonias. Y eso sin contar las que, como la propia familia del marqués de Somerset, estaban viendo como, en los últimos tiempos, los bancos suspendían sus créditos por culpa del descalabro de la bolsa.
Las herederas de las grandes fortunas del otro lado del charco se habían convertido en la tabla de salvación para muchos de ellos, adquiriendo un brillo del que antes parecían carecer y provocando que los que solían menospreciar a aquellas jóvenes a causa de sus orígenes mundanos estuvieran ahora más que dispuestos a obviarlos.
La madre de Sebastian entornó los ojos para ver mejor a Julia.
—La condesa de Clifford no mencionó la asistencia a la fiesta de ninguna americana cuando vine a visitarla hace un par de días. Tendré que preguntarle qué se supone que ha venido a hacer aquí.
Las alarmas que habían saltado en la mente de Sebastian redoblaron su intensidad, y su mandíbula se tensó mientras seguía observando cómo la señorita Spelman giraba en los brazos del barón.
Todavía no había hablado con su madre acerca de la situación en la que los había dejado su padre. No había querido preocuparla y, sobre todo, no había querido manchar la imagen que ella tenía del que había sido su esposo.
En varias ocasiones Sebastian había estado a punto de confesarlo todo para tratar de aliviar la angustia que su madre había sentido al no comprender por qué su marido la había abandonado sin previo aviso. Pero después se recordaba que su padre habría podido dejar una carta explicándole la situación a su mujer, y que, si no lo había hecho, debía de haber sido porque no quería que esta la conociera. O porque había preferido dejar la decisión acerca de si contárselo todo o no a su esposa también en manos de su primogénito, algo que Sebastian creía que no le podría perdonar jamás.
La pieza de música terminó y el barón acompañó a la señorita Spelman hacia el lugar donde la esperaban los demás hombres, que se apresuraron a rodearla como hienas asediando a una presa. Sebastian vio como lord Gilbert, el vizconde Byron, un par del reino que no destacaba precisamente por su discreción, intercambiaba unas palabras con ella y extendía su mano en el aire, sin duda pidiéndole un baile. Y se dijo que no podía permitir que ella hablara con él.
—Voy a ver si puedo averiguar algo más sobre ella —les dijo a su madre y a su hermana, ofreciéndoles una gran sonrisa.
Julia estaba sobrepasada. Todos aquellos caballeros se estaban mostrando verdaderamente amables, pero ella comenzaba a sentirse mareada a causa de tanto baile y tantas atenciones.
—¿Me concedería la siguiente pieza, lady Spelman? —le pidió uno de los hombres que la rodeaban ofreciéndole su mano.
—Señorita Spelman —lo corrigió ella con una sonrisa apagada—. Es usted muy amable, milord, pero creo que necesito tomarme un pequeño respiro. En América acostumbramos a hacerlo cada quince o veinte bailes.
Su círculo de admiradores rio la broma, pero el vizconde Byron no se dio por vencido.
—Por favor, milady. No puede negarme algo por lo que llevo toda la velada esperando.
Aquella declaración hizo a lord Gilbert merecedor de varias miradas de reproche; un caballero no debía mostrar sus intenciones de forma tan evidente, por muy acaudalada que fuera la dama objeto de las mismas.
—Milord, yo…
—Le prometo que será el último, por favor.
Los hombres volvieron a dirigir sus miradas de indignación hacia el joven lord, y Julia fue incapaz de seguirse negando. Pero, cuando ya había comenzado a extender la mano hacia la del vizconde, una alta figura se interpuso entre ellos.
—Señorita Spelman. —La grave voz del marqués de Somerset resonó en el pecho de Julia, al tiempo que su mano tomaba la que ella tenía en el aire—. Le ruego que disculpe mi retraso. Creo que esta es la pieza que me prometió bailar conmigo esta mañana.
Julia lo miró sorprendida, pero, tras un instante de duda, asintió levemente. Le resultaría mucho más fácil librarse del marqués que de toda su tropa de pretendientes.
—Vamos —resolvió él, tirando de ella hacia la pista de baile.
Tomaron posiciones y Julia sintió la cálida mano del marqués en su cintura. Aquello le hizo recordar el sueño que había tenido esa tarde en la bañera y se sintió algo confundida. Sebastian, por su parte, se sorprendió de lo bien que encajaba el cuerpo de ella en el hueco de la palma de su mano.
La música comenzó a sonar y Julia no tardó en recuperar el control de sí misma.
—Parece habituado a disculparse por llegar tarde a sus citas —observó, sin disimular cierto tono de reproche. Sebastian no contestó—. Y no recordaba haber acordado un baile con usted —insistió ella.
En esta ocasión el marqués resopló, aunque de una forma muy contenida, como solo podía hacerlo un hombre con su educación.
—Me da la impresión de que mi intervención tampoco le ha venido tan mal… Y precisamente de nuestros acuerdos quería hablar con usted —dijo—. Necesito pedirle que no le diga nada a nadie sobre mi situación por el momento.
Julia estuvo tentada de responderle que aquella no era la forma más adecuada de pedir un favor, pero prefirió dejarlo pasar y aclarar algo a cambio:
—No sé qué es lo que tiene en mente, lord Somerset. Pero si alguien acudiera a mí para interesarse por el estado de sus finanzas con el fin de cerrar algún tipo de negocio con usted, debe saber que no voy a mentirle al respecto.
Sebastian le dirigió una mirada airada.
—No estoy planeando estafar a nadie, señorita Spelman. Solo pretendo proteger a mi familia.
Julia lo miró sin comprender.
—Mi madre y mis hermanas no saben nada del estado en el que mi padre dejó el marquesado —aclaró Sebastian, algo incómodo—. Y preferiría ser yo quien se lo comunicara, llegado el momento.
Julia atisbó una preocupación sincera en las palabras del marqués, pero no iba a dejarse invadir por la lástima. No cuando la negociación con él estaba a punto de comenzar.
—Solo le pido unos días, hasta que determinemos cómo queda todo —insistió él.
El hombre sonaba desesperado.
—El Banco de Nueva Jersey no tiene ningún interés en hundir su reputación, milord —aclaró Julia—. El señor Mars y yo solo hemos venido a hacer nuestro trabajo. Puede confiar en nuestra discreción.
Sebastian le sostuvo la mirada un instante antes de apartarla para ofrecerle un escueto:
—Gracias.
Siguieron bailando en silencio, Sebastian reflexionando acerca de si habría llegado el momento de afrontar la conversación que tenía pendiente con su madre antes de que la desgracia en la que se había visto sumida su familia llegara a sus oídos de otro modo, y Julia rezando por que la pieza que estaban bailando no tardara mucho en terminar.
Al día siguiente, Julia se levantó decidida a terminar el trabajo que había ido a hacer a Inglaterra y regresar a Estados Unidos cuanto antes.
A primera hora tenía una reunión con los ejecutivos del Banco de Escocia y del Barclays, con quienes deseaba negociar el traspaso de las cuentas de varios de sus clientes. Creía que no le costaría mucho; se había preocupado de añadir alguna perla al saco de piedras que eran los clientes del Doherty Bank.
Más tarde, antes del almuerzo, el señor Mars y ella tenían la reunión con el marqués de Somerset, al que había decidido no presionar tanto como tenía pensado inicialmente. Por más que aborreciera a los de su clase, la noche anterior había tenido la oportunidad de observar a Somerset con su hermana y su madre y, muy a su pesar, no le había parecido tan mal tipo. Y, aunque su padre les había enseñado a ser pragmáticos, un buen banquero tenía que fiarse también de su intuición. Nunca llegaría a congraciarse con Sebastian Alwood, pero trataría de ser lo más objetiva posible con él. Alguien más debería encargarse de vengarlas a ella y a la pobre tía Dorothy…
Por la tarde, Julia se reuniría con el personal del departamento de inversiones y establecería las nuevas directrices del banco en dicha materia. Y, por fin, a última hora del día, trataría de resolver el objetivo más personal de su viaje: localizar la casa en la que había nacido su padre. Aprovecharía para hacerlo después de visitar una de las fábricas que el conde de Clifford tenía en el East End londinense, cerca del barrio de Whitechapel, del que procedía su progenitor.
Además de todo ello, en algún momento de la larga jornada que tenía por delante, Julia esperaba también encontrar el proyecto de inversión que le diera el espaldarazo definitivo a su carrera.
Hacía unos meses su hermano la había llamado para contarle una propuesta que tenía sobre la mesa. Varios bancos estatales estaban en conversaciones para asociarse y fundar una entidad nacional que tuviera presencia en todo Estados Unidos.
Aquel había sido el sueño de su padre: llegar a ser el pulmón que insuflara oxígeno a los proyectos más relevantes que tuvieran lugar en Norteamérica.