3,99 €
Niedrigster Preis in 30 Tagen: 3,99 €
"Empecé a amarte en este mismo lugar la primera vez que intenté seducirte" Tras conocer la intención de su hermano, el marqués de Somerset, de desposarla con un viejo noble, Elisabeth Alwood abandona el hogar de su familia en Londres dispuesta a embarcarse rumbo a Europa junto a su dama de compañía. De camino hacia Portsmouth, y con el fin de reunir el dinero necesario para el pasaje en barco, ambas se emplean temporalmente en el castillo de Greyswood, confiando en que sus propietarios se encuentren en Londres disfrutando del inicio de la temporada. Sin embargo, no todo sale como Elisabeth ha planeado. La misma noche de su llegada al castillo, el primogénito del duque, Robert, conde de Downey, aparece en él escondiéndose de su familia mientras trata de recuperar la vista, que ha perdido al participar en un duelo. Elisabeth, haciéndose pasar por una doncella del castillo, termina trabajando para él, un hombre malhumorado y enojado con el mundo que, a pesar de ello, no logra que ella ceje en su empeño de ayudarle. Por su parte, Robert descubre en la joven doncella un inesperado motivo para seguir adelante: convertirla en su amante. - Finalista del XI Premio Internacional Hqñ, el jurado la ha catalogado como "Una novela deliciosa, donde la trama fluye y se lee de un tirón". - Una historia basada en la esencia de los personajes. - Dulce y bonita, con un punto de sensualidad y donde los personajes evolucionan en una ambientación perfecta. - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, , romance… ¡Elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección! El jurado ha dicho: "La química entre la pareja me pareció perfecta". "Una novela deliciosa, donde la trama fluye y se lee de un tirón".
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 318
Veröffentlichungsjahr: 2023
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.
Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.
www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S. A.
Avenida de Burgos, 8B - Planta 18
28036 Madrid
© 2023 Beatriz O’Shea
© 2023 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S. A.
Un buen motivo para mentir, n.º 359 - mayo 2023
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S. A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Shutterstock.
I.S.B.N.: 9788411418942
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Agradecimientos
Si te ha gustado este libro…
Desde que lady Elisabeth Alwood y la señora Smith abandonaron Londres no había dejado de llover. Era una lluvia fuerte y uniforme que hacía que pareciera que el cielo y la tierra estaban hechos de la misma húmeda materia, y que, además, así sería por siempre jamás. Los cascos de los caballos resbalaban a cada rato mientras trataban de avanzar por el embarrado camino que atravesaban y el ruido del agua golpeando el techo del carruaje amenazaba con terminar de despertar la locura de sus ocupantes.
Durante horas, Elisabeth tuvo que escuchar además las plegarias de la señora Smith, quien estaba convencida de que aquella lluvia no podía ser otra cosa más que un mal augurio y una señal de que la joven se había equivocado al abandonar su hogar con tanta precipitación. Elisabeth, por su parte, se sentía tan sombría como el clima, y agradecía no tener que ver brillar la luz del sol. Mientras miraba por una pequeña rendija que había abierto en la cortinilla del carruaje, deseaba con fuerza que aquella lluvia la hiciera desaparecer a ella igual que parecía haber hecho con el paisaje.
Se dirigían a Portsmouth, donde Elisabeth tenía la esperanza de encontrar algún barco que la alejara lo más posible de su hermano. No le importaba a dónde ir: Francia, España, Italia… Tampoco sabía todavía cómo iba a ganarse la vida una vez que llegara a su destino, como tantas veces le había recordado la señora Smith. Pero eso no le preocupaba en exceso. Podía ejercer de institutriz, o de señorita de compañía de alguna dama mayor. Cualquier cosa sería mejor que el futuro que le hubiera deparado de haber permanecido en Inglaterra.
De pronto, el landó se detuvo, sacando a Elisabeth de sus pensamientos y despertando a la señora Smith, que había empezado por fin a cabecear a su lado. Tras unos instantes, el cochero abrió la portezuela del carruaje, prestando mucho cuidado para que el agua no se colara en el interior.
—¡Milady! —El muchacho tuvo que gritar para hacerse oír—. Si no os parece mal, deberíamos detenernos a pasar la noche. El camino por esta zona está demasiado encharcado; no es seguro para los caballos, ni para nadie, seguir adelante.
Elisabeth echó un vistazo a la señora Smith, quien le devolvió una mirada aterrorizada. Tarde o temprano tendrían que detenerse a descansar, y aquel momento parecía tan bueno, o tan malo, como cualquier otro.
—Está bien —respondió, y el cochero respiró aliviado.
Aquellos nobles solían anteponer sus necesidades a todo lo demás y se alegraba de que en aquella ocasión no fuera a ser así.
—Estamos frente a una posada. Preguntaré si tienen habitaciones. ¡Volveré en seguida, milady!
El muchacho cerró la puerta y Elisabeth y la señora Smith se arrebujaron bajo sus mantas. En el poco tiempo que el chico había mantenido la puerta abierta, el interior del coche se había quedado helado; o tal vez fuera el miedo que tenían las dos mujeres a lo que se avecinaba lo que les hacía tiritar de ese modo.
El chico volvió al cabo de un rato y las ayudó a alcanzar una pequeña cabaña que hacía las veces de posada. Su interior, de piedra y madera, le daba un aspecto inesperadamente cálido.
Una mujer regordeta salió de detrás de la barra para encontrarse con ellas.
—Están ustedes empapadas. Cualquiera diría que han llegado aquí a pie.
La mujer fue a quitarle la capa a Elisabeth, pero esta se lo impidió dando un paso hacia atrás. Debajo del abrigo llevaba uno de sus elegantes vestidos y, si aquella mujer lo veía, querría cobrarle por su estancia más de lo debido. Y no podían permitirse gastar mucho dinero, ignorando como ignoraban aún cuánto les costaría el pasaje que las alejaría de Inglaterra.
—¿Sería tan amable de acompañarnos a nuestra habitación? —le preguntó Elisabeth a la mujer en cambio, con la voz algo temblorosa por la precipitación y el frío.
—¡Ja! —Rio esta, ofendida por el gesto que Elisabeth había tenido con ella instantes antes—. Me temo que Su Alteza tendrá que acompañarse solita. Su habitación es la tercera, al final del pasillo —indicó, acompañando sus palabras con un gesto.
Elisabeth necesitó unos segundos para contener su orgullo. Después, se volvió para indicarle a la señora Smith que la siguiera.
La habitación que les habían asignado era increíblemente pequeña. Apenas cabían en ella una cama, un taburete y un pequeño fuego. Aquello, unido a la baja altura del techo, provocaba una profunda sensación de ahogo.
—Por lo menos aquí estaremos calientes —se consoló Elisabeth.
—Y nos servirá de entrenamiento para la travesía en barco —añadió la señora Smith, a la que la idea de abandonar tierra firme no le atraía ni un ápice.
Elisabeth sonrió con tristeza.
—Deje que le quite la capa, milady, no vaya a ser que encima se nos ponga mala.
Elisabeth dejó que la sirvienta cumpliera su propósito.
—Este vestido le sienta muy bien —dijo la vieja señora Smith, con los ojos brillando de maternal admiración al contemplarla.
Elisabeth sonrió condescendiente, a sabiendas de que no destacaba especialmente por su físico. Tenía el rostro bañado de unas inoportunas pecas y su cabello era de un castaño indefinido, al igual que sus ojos. Nada que ver con las muchachas rubias de ojos claros con las que había tenido que competir durante su primera temporada.
Pero, para la señora Smith, Elisabeth siempre había sido la muchacha más bonita de Inglaterra. La había cuidado desde su nacimiento y, probablemente, era la persona que más la quería en el mundo. Por eso, aunque aquella aventura no le parecía bien, la había seguido sin pensarlo, y la seguiría allá donde decidiera ir. Y Elisabeth sabía que no estaba bien que ella se aprovechara de eso.
—Debería quedarse aquí, señora Smith —insistió una vez más.
La mujer la miró ofendida.
—¡Ni hablar! ¿Cómo se le ocurre? Su madre y su hermano me matarían.
Elisabeth suspiró.
—Mi madre y mi hermano nos van a matar de todos modos a las dos en cuanto tengan la ocasión; me temo que eso ya no tiene remedio.
La mujer chistó y negó con la cabeza, como si lo que acababa de decir Elisabeth fuera una tontería.
—Su madre y su hermano la quieren demasiado como para hacer algo así.
—Claro. Y por eso quieren casarme con un anciano…
—No quieren casarla con nadie. Su hermano se limitó a decirle que el conde de Weiss se había interesado por usted y había hecho una propuesta matrimonial, pero no dijo nada de que tuviera que aceptarla.
—Era cuestión de tiempo —se defendió Elisabeth, quien había temido no ser capaz de atraer a un partido mejor durante la temporada y verse finalmente obligada a aceptar al viejo conde—. Me hubiera obligado cualquier día de estos. O hubiera tratado de convencerme, lo que es aún peor.
—Eso no lo sabemos, ni lo sabremos nunca, porque usted no le dio a su hermano la oportunidad de explicarse.
Elisabeth tragó saliva, rezando porque la sirvienta no tuviera razón. Porque eso convertiría su huida en una estupidez.
—Bueno, en cualquier caso, lo hecho, hecho está. Ya no podemos dar marcha atrás.
—Sí podríamos, si…
—Agnes, no siga. Este es mi destino y así lo tengo que aceptar.
La señora Smith reconoció la habitual determinación de Elisabeth y supo que no tenía nada más que hacer.
—En ese caso, lo mejor será que bajemos a comer algo —resolvió, tan práctica como siempre.
Elisabeth, que se había sentado sobre el pequeño taburete que había en la habitación, se puso en pie, y la seda verde de su falda se meció alrededor de sus piernas.
—No puedo bajar así vestida —observó—. Tendrá que conseguirme otra ropa.
La señora Smith dirigió su mano hacia la bolsita en la que guardaban el dinero.
—No, espere —la detuvo Elisabeth—. Venda este vestido. Es demasiado elegante y en el baúl llevo otros que me servirán mejor en el viaje.
Se dio la vuelta para que la señora Smith pudiera desabotonarla.
—Espero que nos den por él lo suficiente para pagar mi nueva ropa y nuestra estancia aquí. Así podremos reservar todo nuestro dinero para el viaje.
Cuando bajaron a cenar, Elisabeth apenas se reconocía a sí misma dentro del vestido de tosca lana que la señora Smith había conseguido para ella. De hecho, en aquel momento la propia Agnes iba mejor vestida que ella, toda una incongruencia que a la buena mujer le había costado un buen rato aceptar.
Se acomodaron en una de las pequeñas mesas de madera que había en el comedor y pidieron unos cuencos de sopa que Elisabeth tuvo que obligarse a tomar. No tenía hambre y se sentía extenuada por el viaje y por la excitación de aquel día, pero sabía que tenía que mantenerse fuerte para poder seguir adelante con su plan.
Mientras ambas vaciaban sus platos en silencio, Elisabeth no pudo evitar escuchar la conversación que la posadera mantenía con una joven que guardaba un gran parecido con ella.
—Es la cuarta muchacha que deja el castillo de Greyswood. Las jóvenes ya no tenéis el aguante que teníamos las mujeres de mi época.
—Es que esa mujer es demasiado dura —protestó su interlocutora, mientras la ayudaba a recoger unos vasos.
—Tienes razón. Pero también por eso pagan tan bien el trabajo allí.
En ese momento, la señora Smith se puso de pie, dispuesta a iniciar el recorrido de vuelta hasta su habitación, pero Elisabeth la detuvo con un rápido gesto.
—Esta mañana vino Johnny a preguntarme si conocía a alguien que pudiera estar interesado en sustituir a la muchacha. Al parecer, hay dos doncellas enfermas y los demás no dan abasto —dijo la posadera, antes de desaparecer por una puerta, seguida de su joven ayudanta.
Más tarde esa noche, mientras escuchaba los ronquidos de la señora Smith, con quien no había dudado en compartir la única cama que había en la habitación, Elisabeth recordó la conversación de la posadera con su hija. Se encontraban a principios de febrero, el parlamento había inaugurado sus sesiones y la temporada londinense acababa de arrancar. Con casi total seguridad, el duque de Greyswood se habría trasladado ya con toda su familia a la capital. Por otro lado, el tiempo aquellos días era horrible y Elisabeth dudaba de que ningún barco fuera a zarpar hasta que hubieran transcurrido varias jornadas. Tal vez la señora Smith y ella pudieran quedarse unos días en el castillo y engrosar su pequeño saco de dinero antes de continuar su viaje hacia Portsmouth. Si la cantidad de la que disponían no era suficiente para comprar los dos pasajes, el trabajo en Greyswood sería sin duda más digno que lo que pudieran encontrar en el puerto.
Al día siguiente, Elisabeth se levantó temprano y, para su enorme satisfacción, pudo vestirse sola y dejar la habitación de la posada sin necesidad de despertar a la agotada señora Smith. Algo bueno tenía que tener aquel ropaje tan sencillo que llevaba…
Antes de desayunar, se dirigió a las cuadras y llamó a su cochero.
—¿Está todo bien, milady? —le preguntó el muchacho, mientras repasaba el atuendo de Elisabeth con asombro.
—Buenos días, Billy. Todo está en perfecto orden. Hasta parece que ha dejado de llover —respondió Elisabeth con optimismo, aunque las nubes que se arremolinaban por encima de sus cabezas anunciaban que la tregua sería corta.
—Entonces, ¿es su deseo que partamos ya? —adivinó el chico, lamentando no haberse despegado antes de su cama de paja para echarse algo al estómago antes de proseguir el viaje.
—No, no se preocupe. La señora Smith y yo continuaremos solas a partir de aquí. —El muchacho la miró dudando si le estaba tomando el pelo—. Buscaremos un transporte más sencillo y menos… reconocible.
El carruaje del hermano de Elisabeth tenía el emblema del marquesado de Somerset grabado en sus laterales, y no podían presentarse con él a pedir trabajo en el castillo.
—Pero, milady… —comenzó a protestar el cochero—. ¿Y qué se supone que debo hacer yo?
—Descanse un poco aquí y en dos o tres días emprenda el regreso a Londres. Una vez allí, le dirá a mi hermano que nosotras seguimos viaje hasta Portsmouth.
El chico asintió.
—Está bien, milady. Haré como usted ordena.
Elisabeth sonrió satisfecha y sus expresivos ojos castaños acompañaron el gesto.
Le costó un poco más convencer a la señora Smith del cambio de planes, pero la posibilidad de postergar el embarque unos días logró persuadirla.
A media mañana, con la lluvia de nuevo anegándolo todo, Elisabeth contrató una carreta y las dos mujeres partieron de inmediato en ella. Una hora más tarde, aparecía ante sus ojos el grandioso castillo de Greyswood.
A diferencia de Loseley Park, la residencia del marqués de Somerset en el poblado de Artington, una acogedora mansión de estilo tudor rodeada de jardines llenos de flores donde prácticamente se había criado Elisabeth, el gótico castillo de Greyswood resultaba intimidante. Con sus altos muros de piedra y sus cinco amenazadoras torres, sin duda había logrado el objetivo de arredrar a cualquier posible enemigo en el pasado. Elisabeth se imaginó lo que escondería la historia de aquellos muros, y sintió cómo un escalofrío le recorría la espalda. A su lado, la señora Smith emitió un sollozo.
—Serán solo unos días —dijo Elisabeth, sin saber si con ello pretendía consolar a su dama de compañía o a sí misma.
La carreta se detuvo frente a la puerta de servicio y las mujeres, empapadas por la lluvia a pesar del abrigo de sus capas, descendieron de la misma.
La señora Smith, conocedora de los protocolos de las zonas de servicio, se adelantó a Elisabeth y abrió la puerta sin llamar.
La cocina del castillo de Greyswood tenía dos veces el tamaño de la de Loseley Park. Sin embargo, al contrario de lo que siempre sucedía en la mansión de Artington, en la cocina de Greyswood parecía haber muy poca actividad. Las cazuelas y sartenes de cobre pendían impolutas de las paredes, la mitad de los fuegos estaban apagados y la cocinera parecía estar trabajando solamente con uno de los tres grandes hornos que a primera vista Elisabeth pudo contar. Tal y como ella había sospechado la noche anterior, toda la familia debía de encontrarse en Londres disfrutando de la que tenía que haber sido su segunda temporada.
La señora Smith miró a Elisabeth esperando sus instrucciones y la encontró empapada y aterida de frío. La ayudó a deshacerse de su capa y la empujó con suavidad hacia uno de los fogones para que entrara en calor. Cuando estuvo segura de que la joven estaría bien, se acercó a la cocinera.
—Nos gustaría hablar con quien esté al mando —le dijo.
La mujer cerró el horno, supervisó el contenido de un par de ollas humeantes y se limpió las manos antes de preguntar:
—¿Para qué?
—Buscamos trabajo. En la Posada del Ciervo nos dijeron que aquí lo encontraríamos.
—¿Saben cocinar?
La señora Smith miró a Elisabeth, quien negó con un gesto. Si las ubicaban en la cocina, su inexperiencia haría que no tardaran en hacerles abandonar el castillo.
—No, señora.
La mujer soltó un bufido.
—¡Grace!
A su llamada acudió una muchacha que no parecía mucho mayor que Amy, la hermana menor de Elisabeth.
—Grace, acompaña a estas mujeres a ver a la señora Carlton. Y regresa aquí lo más rápido que te dejen tus piernas; todavía tienes mucho por hacer.
—Sí, señora Arnold —respondió la muchacha antes de dirigirles a Elisabeth y a la señora Smith una tímida sonrisa.
Comenzaron a seguir a Grace a través de los húmedos y fríos pasillos del castillo, y Elisabeth agradeció el gesto que la señora Smith había tenido con ella en la cocina. Si sus ropas y su cabello no se hubieran secado en parte, no sabía si habría sido capaz de llegar hasta la señora Carlton sin congelarse por el camino.
—¿Quién es la señora Carlton? —le preguntó entonces a la joven Grace.
—Es el ama de llaves —respondió la muchacha, regalándoles otra breve sonrisa.
Elisabeth se preguntó si el ama de llaves sería la mujer de cuyo terrible carácter había oído hablar en la posada.
Continuaron andando hasta abandonar la zona de servicio y dieron a parar al monumental recibidor que había tras la puerta principal del castillo. Este estaba construido con la misma ruda piedra del exterior, prescindiendo de todo revestimiento o adorno, como si los primeros moradores del castillo hubieran querido advertir a los visitantes de que, aunque hubieran llegado hasta ese punto, la fortaleza seguía siendo inexpugnable. Alguien había tratado de suavizar dicho efecto más tarde cubriendo las escaleras que partían hacia el piso superior con tupidas alfombras y repartiendo por doquier espejos y candelabros que trataban, sin mucho éxito, de dar más luz a aquel lúgubre lugar.
Tras atravesar el recibidor, Grace enfiló un nuevo pasillo, notablemente más amplio que el de la zona de servicio. Allí sí había cuadros, aparadores y telas que alegraban las diferentes estancias. Elisabeth pensó que debía de tratarse de la zona privada de la familia.
Por fin, Grace se detuvo frente a una de aquellas habitaciones, un amplio despacho con las paredes totalmente cubiertas de libros salvo por una ventana desde la que, de no haber sido por la manta de agua que de nuevo caía del cielo, se habría podido ver el jardín.
En el centro de la estancia, una mujer alta y delgada daba órdenes a varios sirvientes que estaban extrayendo los libros uno por uno para limpiarlos.
—Las habitaciones tienen que estar siempre listas para ser utilizadas, aunque nuestros señores no estén. Esta casa es el espíritu de la familia; descuidarla supondría traicionar la confianza que los duques han puesto en nosotros —recitaba la mujer, cuyo rígido peinado la hacía parecer todavía más alta.
Elisabeth hizo el amago de adelantarse para hablar con ella, pero la señora Smith la detuvo.
—Déjeme a mí —le indicó, antes de carraspear para llamar la atención de la señora Carlton—. Señora Carlton, hemos venido a solicitar trabajo.
—¿Qué saben hacer? —preguntó el ama de llaves, sin dignarse a detener en ellas su mirada.
—Yo he trabajado como doncella y primera doncella, señora.
La mujer asintió y miró a Elisabeth de reojo.
—¿Y la joven?
—Como doncella, señora —se adelantó Elisabeth, confiando en que no le asignaran tareas demasiado complicadas.
El ama de llaves la miró con un gesto de escepticismo.
—Está bien —le dijo a la señora Smith—. Las probaremos durante tres días. A usted como doncella y a la chiquilla de moza.
La señora Smith fue a protestar; era impensable que la señorita Elisabeth hiciera las tareas más sucias de la casa. Sin embargo, esta le advirtió con un gesto que se detuviera. No estaban en posición de elegir.
—¿Sus nombres?
—Yo soy la señora Smith; Agnes Smith —dijo esta y, antes de que pudiera continuar, Elisabeth se le adelantó de nuevo, dirigiéndole una significativa mirada:
—Y yo soy Mary, señora. Mary Smith.
La señora Carlton volvió a mirarla con incredulidad, haciendo que Elisabeth se planteara si aquella mujer tendría la capacidad de leer los pensamientos de los demás.
—Te levantarás con Grace —le dijo con cierta inquina—. La ayudarás a servirnos el té al mayordomo, el señor Wilson; a la cocinera, la señora Arnold; y a mí. Después, repondréis el carbón y procederéis a encender las chimeneas, abrir las cortinas y preparar el comedor de los señores. Y todo antes de acudir al pase de revista que el señor Wilson hace a las siete en punto. Más tarde, participarás en la limpieza de la casa y, cuando esta esté lista, ayudarás a la señora Arnold en la cocina: ordenando la despensa, pelando patatas o lo que sea menester. Por la tarde limpiarás nuestras habitaciones y ayudarás a fregar los utensilios de la cena. ¿Entendido?
Elisabeth empalideció. ¿Era posible que una sola persona hiciera todo lo que había mencionado la señora Carlton?
El rostro de la señora Smith reflejaba la misma preocupación que el de Elisabeth. Grace, sin embargo, le dirigió una mirada divertida.
—Eso será a partir de mañana —siguió la señora Carlton—. Hoy ya está casi todo hecho, así que puedes ir directamente a echar una mano en la cocina. Señora Smith, usted quédese conmigo. Le mostraré la casa.
Cuando Elisabeth se alejó de la señora Smith, sintió todo el peso de lo que había hecho caer sobre ella. Huir de su casa había sido una estupidez. Si hablaba con Sebastian, probablemente este se apiadaría de ella. Su hermano era un hombre bueno y las quería, a Elisabeth y a sus hermanas menores, más que a su propia vida. Además, aquella habría sido solamente su segunda temporada; seguramente Sebastian le permitiría esperar uno o dos años más a ver si conseguía atraer a algún pretendiente más adecuado para ella que el conde de Weiss. O, por lo menos, más joven. Aún estaba a tiempo de volver.
—No te preocupes, Mary. Esto no es tan duro como ella quiere hacerlo parecer —oyó que decía Grace.
—¿No lo es? —dudó, con un involuntario temblor en la voz.
Grace rio.
—No, mujer. Lo hace siempre con los nuevos empleados.
—¿Con el fin de asustarles? —preguntó Elisabeth, poniéndose a la altura de Grace, que rio de nuevo con su comentario.
A Elisabeth empezaba a gustarle esa muchacha.
—Eso creo yo también, aunque a ella le gusta decir que lo hace para ahuyentar a los vagos.
Las jóvenes intercambiaron otra sonrisa.
—Ya verás que entre nosotros nos llevamos muy bien, y los duques son muy correctos. El único hueso duro de roer en esta casa es la señora Carlton; pero siendo moza apenas mirará hacia ti.
Aquello le dio a Elisabeth un poco de ánimo y decidió que ya pensaría qué hacer cuando volviera a reunirse con la señora Smith esa noche. Por lo pronto, se concentró en ayudar en la cocina, limpiar las habitaciones de los demás miembros del servicio (labor que le pareció de lo más indiscreta), y fregar los pocos cacharros que se utilizaron durante la cena. Al no estar los señores, las tareas en el castillo se reducían a la mitad, y los miembros del servicio, a los que la señora Smith y ella pudieron conocer durante la cena, estaban más animados y relajados.
Cuando el señor Wilson y la señora Carlton se retiraron a sus habitaciones, todos los demás se fueron marchando tras ellos. Las últimas en hacerlo fueron Grace y Elisabeth, que debían dejar todo listo para el día siguiente. La señora Smith se ofreció a ayudarlas, pero Elisabeth le pidió que se retirara ella también a la habitación que compartirían. Sentía un gran remordimiento por ella. Su dama de compañía era ya una mujer mayor y hacía tiempo que no tenía que soportar el ritmo de trabajo que iban a tener que llevar durante los siguientes días. Intentaría convencerla de nuevo para que volviera a casa, aunque no tenía claro si sería capaz de seguir adelante sin ella.
Eran casi las ocho de la tarde cuando por fin Elisabeth se pudo tumbar en su cama. Le dolían las manos y la espalda de fregar, y tenía la certeza de que el día siguiente sería aún peor. La pobre señora Smith roncaba en la cama que había a su lado.
Aparte de las dos camas de hierro, en la habitación había una mesita de noche y un armario donde las mujeres podían colgar sus uniformes. Y, además, estaba el baúl de Elisabeth. Tendría que buscar algo con lo que ocultarlo; si alguien daba con él, les sería muy difícil justificar de dónde habían sacado todos aquellos valiosos enseres.
Emitiendo un profundo suspiro, Elisabeth volvió a preguntarse si no sería mejor regresar a casa. Pero entonces se le ocurrió que tal vez ahora su hermano, por el hecho de haber huido, creyera que había perdido su control, y que lo mejor sería delegar la responsabilidad que tenía para con ella en un marido.
Pensó también en el conde de Weiss, a quien apenas había visto en un par de bailes y que tenía la edad de su difunto padre. Aquello le provocó una punzada en el corazón. Echaba terriblemente de menos al hombre dulce y atento que le había dado la vida. Elisabeth, al ser la hermana mayor, siempre había sido objeto de las atenciones de su padre, y estaba convencida de que él no hubiera permitido jamás que le hicieran aquello a su amada hija.
Agotada, Elisabeth se limpió las lágrimas de impotencia que rodaban libremente por sus mejillas y apagó el candil que había dejado sobre la mesita de noche. Al día siguiente decidiría qué hacer con su vida.
Unos golpes en la puerta en mitad de la noche arrancaron a Elisabeth y a la señora Smith del profundo sueño en el que estaban sumidas.
—Vístanse, ¡rápido! —las apremió uno de los lacayos.
Las dos mujeres salieron trastabillando de sus camas y tropezaron varias veces entre sí, hasta que Elisabeth logró acercarse a la mesita de noche y encender la vela que había puesto allí la noche anterior.
—¿Qué sucede? —le preguntó a la señora Smith, pensando que tal vez aquello fuera algo habitual en los aposentos del servicio.
—No lo sé —respondió esta, igual de asustada que ella.
—Tal vez haya habido un accidente, o un incendio —vaticinó Elisabeth, mientras su vieja dama de compañía la ayudaba, sin que ella se diera cuenta, a vestirse.
En la cocina se encontraron con toda la servidumbre; nadie parecía saber lo que estaba sucediendo. Elisabeth buscó a Grace y se situó a su lado. Esta trató de sonreírle, pero el sueño que aún sentía le impidió hacerlo. De pronto, la puerta de la cocina se abrió y la señora Carlton entró como una exhalación.
—Lord Downey está aquí.
Elisabeth miró a Grace, quien, sin apartar su vista de la señora Carlton, le aclaró en voz baja:
—Es el hijo del duque.
El conde de Downey… Elisabeth estaba segura de que había oído a su hermano hablar de él. Sin embargo, no formaba parte de su círculo de amistades más cercano, y ella creía que nunca se había cruzado con él. Sintiendo cómo un nudo de nervios crecía en su interior, rezó porque así fuera. De lo contrario, ya podía dar su aventura por finalizada.
Estaba cayendo un aguacero de mil demonios, ni siquiera el tiempo parecía quererle poner las cosas más fáciles aquel día. Robert tomó su capa dispuesto a echársela sobre los hombros antes de salir del carruaje, pero en el último momento cambió de opinión y la utilizó para proteger su cabeza de la lluvia. El lacayo que había acudido a abrir la portezuela del coche se sorprendió al ver aparecer a su señor escondido tras su abrigo, pero su exquisita formación impidió que aquello se reflejara en su semblante.
El conde subió titubeante los escalones que antecedían a la puerta principal y, como si fuera completamente ebrio, caminó tanteando a su alrededor hasta que dejó de sentir la lluvia caer sobre su cabeza. No oyó nada al detenerse, pero tenía la certeza de que los quince miembros fijos del servicio de Greyswood estaban formados frente a él, mirándole con asombro.
El señor Wilson, el mayordomo, le hizo una señal a uno de los lacayos para que se acercara a ayudar a Robert a quitarse la empapada capa de la cabeza. Cuando lo hizo, el conde casi pudo oír cómo las respiraciones se cortaban a su alrededor.
—Milord —logró decir Wilson, sin poder apartar su mirada de la venda que envolvía la cabeza de su señor—. Bienvenido a Greyswood.
Robert levantó la barbilla, en un gesto perfeccionado por su familia durante generaciones. Su solo porte hubiera sido suficiente para robarles el aliento a todos los empleados del castillo. Aunque ahora estuviera algo mojado y arrugado por el viaje, su traje era exquisito y se le ceñía al cuerpo con adoración. Las piernas musculadas, el torso plano y los anchos hombros hablaban de la afición del conde a practicar todos los deportes conocidos. Y, aunque la venda ocultaba gran parte de su rostro, aún se podían apreciar su nariz afilada y su fuerte mandíbula. Sin embargo, algo en su aspecto daba la impresión de que se sentía tan inquieto como un león acorralado.
Robert sabía que a continuación se esperaba que saludara al ama de llaves y dirigiera unas breves palabras a los demás sirvientes, a quienes su presencia habría seguramente sacado de la cama. Pero no tenía ninguna gana de explicarse en ese momento y, dada la situación, nadie se lo iba tampoco a reprochar.
—Señor Wilson, ¿sería tan amable de acompañarme a mis habitaciones? —pidió.
—Por supuesto, milord. Será un placer —respondió Wilson solícito, acercándose más a él y dudando unos segundos antes de tocar su brazo.
Inmediatamente, Robert se aferró a él.
Los empleados que estaban en la escalera se hicieron a un lado y se quedaron observando cómo aquellos dos hombres emprendían un lento ascenso.
—Vamos, todo el mundo a sus habitaciones —ordenó entonces la señora Carlton, tratando de ocultar que estaba tan impresionada como los demás—. Ustedes dos, vengan conmigo.
Elisabeth le hizo un gesto tranquilizador a la señora Smith antes de seguir, junto a uno de los lacayos, al ama de llaves.
—Henry, encienda el fuego de la habitación del señor, y usted, Mary, el de la recámara que está a su lado. Si no, con esta humedad, aquello no se calentará jamás.
El lacayo subió troncos de madera para los dos cuartos antes de dejar a Elisabeth a solas. A esta le costó un gran esfuerzo hacer que los leños húmedos ardieran, más todavía por su falta de experiencia en aquella tarea. Casi una hora más tarde, tras asegurarse durante un buen rato de que la llama que había logrado prender no volvería a extinguirse otra vez, Elisabeth dio su trabajo por finalizado.
Salió de la habitación sin hacer ruido y observó que tampoco salía sonido alguno de la habitación contigua; probablemente el conde ya se había acostado.
Se dirigió sigilosa hacia la escalera y, cuando la alcanzó, un fuerte golpe la sobresaltó. Miró a su alrededor; no había nadie. Entonces, decidió acercarse a la puerta de la habitación del conde y oyó un juramento.
—Milord —dijo, llamando suavemente a la puerta—. ¿Se encuentra bien?
—¡Pase! —ordenó el conde.
Elisabeth abrió la puerta y se encontró con la habitación en penumbra, iluminada tan solo por la chimenea que acababa de encender el lacayo.
El conde de Downey estaba al lado de una mesa, vestido con su camisa de dormir, a punto de pisar con sus pies descalzos un jarrón que acababa de caer al suelo.
—¡No se mueva! —gritó Elisabeth, haciéndole detenerse—. El suelo está lleno de cristales; se lastimará.
Se acercó hasta él y, tomándole la mano, se la colocó en su brazo.
—Venga por aquí, milord —dijo, alejando al hombre de aquella peligrosa alfombra de vidrio y guiándole hacia una butaca—. Siéntese aquí un momento mientras yo recojo los cristales.
El conde orientó la cabeza hacia el fuego, que ya ardía con fuerza e hizo brillar la parte de su cabello que no cubría la venda. Elisabeth apreció que tenía la mandíbula muy tensa.
—Váyase —pidió él de pronto, con una voz tenebrosa—. Y llame al señor Wilson.
Elisabeth le miró un instante y pensó en lo mal que debía de sentirse aquel hombre por estar privado de la visión. Con bastante probabilidad, estaría poco acostumbrado a depender de los demás y no sabría cómo manejar aquello. Se preguntó qué le habría llevado a ese estado.
—Sí, milord —respondió, antes de abandonar la habitación.
Corrió escaleras abajo y se dirigió al dormitorio del mayordomo. Una vez delante de su puerta, dudó un instante antes de golpearla con los nudillos. Al no recibir respuesta, volvió a llamar con más fuerza y aproximó sus labios a la hoja de la puerta para decir en una especie de susurro que pretendía no alertar a los demás miembros del servicio:
—Señor Wilson, soy Mary. El conde le necesita.
Como si de unas palabras mágicas se tratara, la puerta del dormitorio se abrió y el señor Wilson apareció en ella introduciendo ya su camisón por dentro de sus pantalones.
En la misma puerta, Elisabeth le explicó lo sucedido y el mayordomo insistió en que le acompañara de vuelta al cuarto para limpiar los cristales.
—Milord —saludó al conde cuando estuvieron de nuevo en la habitación, pero este no respondió.
Elisabeth corrió a acuclillarse en la alfombra, dispuesta a recoger hasta la última punzante pieza del jarrón. El conde seguía sin apartar su atención del fuego, como si de algún modo pudiera verlo a través de los horribles vendajes que rodeaban su cabeza. A pesar de su silencio, Elisabeth podía sentir su presencia en la habitación mejor que si hubiera estado hablando. Aquello la ponía muy nerviosa, hasta el punto de que varias veces tuvo que sacar trocitos de cristal de su piel, maltratada ya por las pocas horas que había estado trabajando aquel día. Tenía ganas de salir corriendo de allí y no volver jamás, pero también veía una tonta responsabilidad en lo que estaba haciendo. De algún modo, sentía que de ella dependía que aquel hombre no se hiciera todavía más daño.
Cuando terminó de recoger los cristales, Wilson comprobó su trabajo y la dejó que se marchara.
Robert esperó hasta oír la puerta cerrarse antes de decir:
—Despídala.
—¿Milord? —preguntó el mayordomo confundido, creyendo no haberle entendido bien.
—Mañana no quiero ver a esa mujer por aquí —insistió Robert, antes de emitir un bufido por la ironía que escondía su frase: él ya no podía ver nada.
Elisabeth apenas tuvo tiempo de dormir un par de horas antes de iniciar la que sería su primera jornada laboral en el castillo. Todavía no había pasado un solo día allí y ya se sentía agotada. Y muerta de frío. Incluso pensó si no iría a caer enferma. Solo la sonrisa con la que la recibió Grace cuando fue a reunirse con ella esa mañana pudo aliviar un poco su malestar.
Prepararon juntas el té para los jefes de servicio, mientras Grace le contaba a Elisabeth anécdotas acerca de Greyswood. La apacible vida que le relataba la joven no parecía tener nada que ver con lo que Elisabeth había experimentado hasta el momento, y se dijo que tal vez solo tuviera que aguantar un poco más para que todo mejorara.
Un poco más tarde, el señor Wilson apareció en el lugar y se dirigió directo hacia ella:
—Mary, esta mañana no tendrá que encargarse de las chimeneas, lo hará Grace con la ayuda de uno de los lacayos —dijo, para añadir después, con un halo de misterio—: Así podrá reponerse un poco después de lo de ayer.
Elisabeth pudo sentir cómo la señora Carlton y Grace la miraban de reojo. La señora Arnold, la cocinera, no lo hizo; estaba demasiado concentrada dándole forma a la masa de uno de los tres bizcochos que pensaba preparar para el desayuno del señor de ese día.
Elisabeth asintió y el señor Wilson la correspondió. No sabía qué había hecho aquella pobre muchacha para que Robert actuara así con ella. El hijo del duque no solía ser impulsivo y la chiquilla parecía muy discreta. Tenía que tratarse de un malentendido. Por eso, Wilson había tomado la arriesgada decisión de dejarla trabajar una jornada completa en el castillo. Así, al menos, tendría la excusa para darle unas monedas por sus servicios cuando finalizara el día.
A pesar del cansancio que sentía, a Elisabeth le gustó recorrer el castillo en compañía de todas las doncellas y lacayos, abriendo habitaciones, descorriendo cortinas y descubriendo muebles. Era una parte del trabajo del servicio que ella nunca había visto hacer ya que, cuando su familia cambiaba de residencia, las casas siempre se preparaban antes de su llegada.
A pesar del polvo, pudo admirar algunos muebles, traídos desde todos los rincones del mundo por los distintos duques de Greyswood, y distinguir los puntos comunes que tenían algunas de las habitaciones, que indicaban que habían sido decoradas en torno a las mismas fechas.
Había tanto por hacer en la casa que aquel día Elisabeth tampoco tuvo que ayudar en la cocina.