Al otro lado del paraíso - Clémence Michallon - E-Book

Al otro lado del paraíso E-Book

Clémence Michallon

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Beschreibung

DOS HERMANOS. Los hermanos Frida y Gabriel llegan al lujoso Hotel Ara en busca de un nuevo comienzo para su relación. Antes eran tan cercanos que terminaban las frases el uno del otro, pero después de huir dramáticamente de una secta aislada en el norte del estado de Nueva York, y de la posterior tragedia que impactó a la familia, sus caminos se separaron. UNAS VACACIONES IDÍLICAS EN EL PARAÍSO. Todo parece ir bien en ese retiro, hasta que el descubrimiento del cadáver de una hermosa joven, huésped junto a su poderoso marido, mucho mayor que ella, reabrirá viejas heridas. UN CRIMEN QUE PONDRÁ EN DUDA CUÁNTO CONOCEMOS A QUIENES QUEREMOS. Alternando entre el pasado y el presente, Al otro lado del paraíso avanza hacia una historia que nos lleva a preguntarnos: ¿hasta qué punto conocemos realmente a quienes amamos?

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Seitenzahl: 397

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Índice

1. ESCALANTE, UTAH

2. ESCALANTE, UTAH

3. EL ÚNICO PUEBLO QUE CONOCÍAMOS, VALLE DEL HUDSON

4. ESCALANTE, UTAH

5. ESCALANTE, UTAH

6. ESCALANTE, UTAH

7. EL ÚNICO PUEBLO QUE CONOCÍAMOS, VALLE DEL HUDSON

8. ESCALANTE, UTAH

9. EL ÚNICO PUEBLO QUE CONOCÍAMOS, VALLE DEL HUDSON

10. ESCALANTE, UTAH

11. EL ÚNICO PUEBLO QUE CONOCÍAMOS, VALLE DEL HUDSON

12. ESCALANTE, UTAH

13. EL ÚNICO PUEBLO QUE CONOCÍAMOS, VALLE DEL HUDSON

14. ESCALANTE, UTAH

15. ESCALANTE, UTAH

16. EL ÚNICO PUEBLO QUE CONOCÍAMOS, MÁS UN RADIO DE CINCO KILÓMETROS ALREDEDOR, VALLE DEL HUDSON

17. ESCALANTE, UTAH

18. EL ÚNICO PUEBLO QUE CONOCÍAMOS, VALLE DEL HUDSON, Y EL «AFUERA DEL TODO»

19. ESCALANTE, UTAH

20. EL ÚNICO PUEBLO QUE CONOCÍAMOS, VALLE DEL HUDSON, Y EL «AFUERA DEL TODO»

21. ESCALANTE, UTAH

22. EL ÚNICO PUEBLO QUE CONOCÍAMOS, VALLE DEL HUDSON

23. ESCALANTE, UTAH

24. ESCALANTE, UTAH

25. EL ÚNICO PUEBLO QUE CONOCÍAMOS, VALLE DEL HUDSON

26. ESCALANTE, UTAH

27. EL ÚNICO PUEBLO QUE CONOCÍAMOS, VALLE DEL HUDSON, Y EL «AFUERA DEL TODO»

28. ESCALANTE, UTAH

29. EL ÚNICO PUEBLO QUE CONOCÍAMOS, VALLE DEL HUDSON. Y ENTONCES, EL MUNDO

30. ESCALANTE, UTAH

31. NUEVA YORK

32. ESCALANTE, UTAH

33. BLOOMFIELD, NUEVA JERSEY Y SPRING LAKE, NUEVA JERSEY

34. ESCALANTE, UTAH

35. SPRING LAKE, NUEVA JERSEY

36. ESCALANTE, UTAH

37. ESCALANTE, UTAH EL PRIMERO, EL SEGUNDO, EL TERCERO, EL CUARTO

38. NUEVA YORK

39. ESCALANTE, UTAH

40. NUEVA YORK Y NUEVA JERSEY

41. ESCALANTE, UTAH

42. ESCALANTE, UTAH

43. ESCALANTE, UTAH

44. NUEVA YORK

Epílogo. NUEVA YORK

Agradecimientos

Título original: Our last resort.

© del texto: Clémence Michallon, 2025.

© de la traducción: Mireia Rué Gòrriz, 2026.

© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S. L. U., 2026.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

rbalibros.com

Primera edición: abril de 2026.

REF.: OBEO070

ISBN: 979-13-7031-184-1

Composición digital: www.acatia.es

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

Todos los derechos reservados.

PARA TYLER, DE NUEVO,

Y PARA LOS LECTORES

¿Acaso no era yo el mundo entero, y no se desmoronaría el universo cuando yo dejara de existir?

ÉMILE ZOLA

La muerte de Olivier Becaille

Uno puede sentarse en una duna

del desierto. No ve nada, no oye nada.

Y, sin embargo, algo resplandece

en el silencio...

ANTOINE DE SAINT-EXUPÉRY

El principito

1

ESCALANTE, UTAH

LA CUARTA NOCHE

Hay momentos en los que la alegría se acomoda perfectamente en mi cuerpo. Lo noto.

Hace unos años, el mundo que me rodeaba cambió por completo. Mi cerebro se reprogramó para mantenerme a salvo. «Antes de acostarte, comprueba que no te hayas dejado la puerta abierta —me dice—. Una, dos, tres veces. Haz girar la llave a la derecha para asegurarte de que habías cerrado bien. Y luego vuelve a girarla hacia la izquierda».

«Mira por la mirilla. Asegúrate de que la estufa está apagada. ¿Y el perro? ¿Está bien? ¿Respira? No importa que ya lo hayas comprobado. Hazlo una vez más».

Mi mente, siempre alerta. Mi mundo es como una casa de muñecas. Sé dónde está cada cosa, cómo funciona todo. No hay sorpresas.

Por eso vivo las excepciones con tanta intensidad. La felicidad aparece en los lugares más insospechados: un brote de hiedra enredándose en un alambre de espino, una flor abriéndose en el manto verde de una tumba poco profunda.

Como ahora. Gabriel durmiendo en nuestra suite compartida, mientras yo estoy en nuestra terraza privada. Arriba, el cielo del desierto.

Dentro de apenas unas horas saldrá el sol. El hotel, nuestro increíble oasis de líneas rectas y arquitectura moderna, se inundará de luz natural. Los olores de la mañana impregnarán el aire: el aroma intenso del café, las oleadas frescas de perfume, la fragancia dulzona del protector solar. La piscina brillará, dorada y azul, como un espejismo. Los huéspedes bajarán a desayunar medio dormidos, arrastrando los pies.

Pero por ahora todo está en silencio. Todo es mío. El privilegio del insomne.

Me meto la mano en el bolsillo de la sudadera, saco un cigarrillo del paquete y trato de encender el mechero. Agotado. Dudo un segundo y uso el que el hotel deja junto a la chimenea de gas.

Primera calada. Una ráfaga de viento juguetea con el dobladillo de mis pantalones cortos, levantándolo justo hasta las tres rayas blancas.

«No estoy sola».

El pensamiento me atraviesa la mente como una cuchillada roja.

Dos voces rompen el silencio de la noche.

Las conozco. Las he oído varias veces en los últimos cuatro días: susurros cerca del spa, frases entrecortadas en la mesa del comedor.

La joven mujer y su marido viejo.

Los reconocí el primer día, al lado de la piscina: salieron en un reportaje que vi el año pasado, en 60 Minutes. Casi todo lo que sé del mundo lo he aprendido en la televisión.

—Mira —le dije a Gabriel, clavándole el codo en las costillas—. Es William Brenner.

Como no respondió, aclaré:

—Es un tipo famoso que sale en las revistas. Rico. Creo que ella es su… ¿tercera mujer?

Menuda pareja. Sabrina Brenner: ni siquiera debe de haber cumplido los treinta y ya se ha estirado la piel con pinchazos. Pelo largo, rubio platino, brillante. En ella todo es delicado, etéreo: la envuelve una nube de perfume dulce, un aroma que recuerda a feria, a azúcar y a vainilla.

Detrás de ella, la figura rotunda de su marido. William Brenner irradia una confianza tosca, desde su calva reluciente hasta sus mocasines lustrados, impecables. También luce esa sonrisa: la mueca astuta de un hombre al que nunca le ha faltado la compañía femenina, que sabe que no es guapo, pero sí encantador, y que tiene claro que con encanto puede conseguir lo que quiera.

El reportaje de 60 Minutes hablaba de la cultura de los tabloides a principios del 2000, de cómo arruinó la vida de muchas personas. «A la gente le gustan las buenas historias —decía William Brenner en su apartamento del Upper East Side, con ese corpachón suyo hundido en un sillón muy historiado—. Y nosotros estamos aquí para dárselas».

¿Qué estará diciendo ahora?

Mi cigarrillo chisporrotea cuando lo aplasto contra la suela de la sandalia. En el hotel Ara no existe el concepto del tabaco, ni tampoco el de los ceniceros. Dentro, en el baño, paso la colilla bajo un hilo de agua, la envuelvo en papel higiénico y la entierro en el cubo de basura.

Gabriel sigue durmiendo, encogido en posición fetal. Está exactamente como cuando éramos niños: con las extremidades recogidas delante del cuerpo, convertido en un nudo, como si quisiera protegerse del mundo.

Cojo la llave electrónica y salgo sin hacer ruido.

Las voces me conducen hasta el límite del complejo, hasta la última extensión de piedra arenisca. Después ya todo es desierto.

Ahí están. Los Brenner.

Sabrina se aleja de su marido, todavía con el vestido de satén blanco y los zapatos de tacón que llevaba en la cena. Bajo la luz de la luna parece casi fluorescente, como un pez luminoso deslizándose por el fondo de un acuario, agitando los pliegues del vestido a modo de aletas.

William la sigue, tambaleante. También él lleva la ropa de la cena: camisa blanca y un traje oscuro de una tela demasiado gruesa para el calor del desierto.

Estoy a unos seis metros de ellos. Me encojo de hombros, deseando volverme invisible.

—Lo siento —dice Sabrina, con la voz de una mujer que lleva mucho tiempo pidiendo perdón, y siempre en vano.

¿Alguien más se ha dado cuenta?

¿De que Sabrina evita el contacto físico con su marido? ¿De que alza la mirada cada vez que él se pone de pie? ¿De que está pendiente de todos sus movimientos, del mismo modo que controla sus cambios de humor?

—Ah —gruñe William—. ¿Ahora lo sientes, de verdad?

Trata de agarrarle el brazo, falla, y tropieza hacia delante.

—Deja de mentirme.

Sabrina levanta las palmas y repite:

—Lo siento. No te estoy mintiendo. Volvamos al…

William la sujeta por las muñecas. Un dolor fantasma me recorre el costado derecho: el tirón que sufrí en el hombro hace ya años, mi brazo colgando sin fuerza.

William masculla:

—Zorra estúpida.

Me doy cuenta de que estoy conteniendo la respiración.

«Apártate de ella. Déjala en paz, joder».

Sabrina se vuelve hacia su marido.

—No soy estúpida —dice.

Ya no hay rastro de disculpa en su voz. Esta versión de Sabrina es fuerte, decidida, y se muestra indignada por su propia situación.

William se queda inmóvil.

—¿Qué acabas de decir?

—He dicho que no soy…

Al acercarse a él, Sabrina eleva la mirada por encima del hombro de su marido.

Y me ve.

Juraría que se le tensan los hombros.

Debía de creer que estaban solos. Los otros huéspedes están durmiendo en sus suites, a salvo, detrás de gruesos muros de piedra y ventanas de triple cristal.

El Ara se ha preocupado de crear burbujas discretas, silenciosas, por todo el complejo, lugares para el disfrute de sus visitantes. Las suites son edificios independientes, situados al final de senderos privados. Las mesas del comedor están lo bastante separadas para que las conversaciones ajenas queden reducidas a un murmullo. Esto es lo que pretende el hotel: convencernos de que no tenemos por qué preocuparnos por los demás, de que estamos a salvo unos de otros.

Durante medio segundo, Sabrina me observa. Luego niega sutilmente con la cabeza.

«No».

Entiendo. Cuando era niña, las madres se enfurecían si pedíamos ayuda. Sus voces se alzaban, indignadas: «¿Qué demonios crees que estás haciendo?». Y si ya iban a azotarte, lo hacían aún más fuerte. Se aseguraban de que lamentáramos haber buscado un salvavidas. Siempre.

William sigue la dirección de su mirada.

«Mierda».

Me agacho detrás de una jardinera grande. Hay docenas repartidas por el hotel: ovaladas, del tamaño de una bañera pequeña, cada una con un solo árbol. La tierra está cubierta por una capa de piedras decorativas. «En el desierto, muchos árboles crecen en las grietas abiertas en la roca», nos explicó Catalina, la gerente del hotel, cuando nos guio por las instalaciones en una visita el primer día. Su coleta oscura brillaba al sol. «Le sirvieron de inspiración a nuestro arquitecto».

Estas piedras, sin embargo, son especiales. En el Ara, todo lo es. «Trozos de mármol blanco, traídos de Italia —añadió Catalina—. No los encontraréis en ningún otro lugar de la región».

Me agacho todo lo que puedo detrás de la jardinera con sus piedras carísimas. El corazón me late con fuerza. Lo noto en los oídos.

—¿Qué estás mirando? —pregunta William con autoridad.

¿Oigo su voz más cerca o me lo estoy imaginando?

—Nada. No estoy mirando nada.

Aún agachada, me deslizo hasta una pared cercana.

«Como una cobarde».

No.

Sabrina no quiere que me meta.

—Déjame en paz —le dice ella a su marido.

—¿Y qué harías si te dejara en paz?

Sus palabras se apagan mientras retrocedo hacia la suite. No alcanzo a entenderlas todas, y luego oigo:

—Viviría.

Lo ha dicho con firmeza y orgullo: el tono de una mujer con infinitos mundos interiores, cansada ya de ocultarlos.

Mañana hablaré con ella.

No le diré nada sobre su marido. No soy idiota. Pero haré lo que llevo cuatro días evitando: me presentaré, le preguntaré cómo le va la estancia. Haré algún comentario sobre el tiempo.

Le diré que no está sola, que, si quiere, puede tener a una amiga.

Mañana. Dentro de unas horas.

Todo es más fácil a la luz del día. Todos somos más valientes por la mañana.

2

ESCALANTE, UTAH

LA CUARTA NOCHE

Hace una década, un promotor contempló esta zona llana del desierto de Escalante y pensó: «Voy a construir un hotel de siete estrellas». Así nació el Ara. Invisible desde la autopista, accesible por un único camino de tierra sin señalizar. Tiene gimnasio, spa, boutique. Y, por supuesto, piscina. Un vestíbulo al aire libre conduce a la recepción, que a su vez lleva al comedor. Las líneas pulidas del hotel se funden con el paisaje del desierto. No hay barreras a nuestro alrededor, ni vallas.

Agua fría en la cara. La luna entra de lleno en nuestro baño, iluminando el vientre lechoso de la bañera bajo la ventana arqueada. Cuando vuelvo a la habitación, todo está en silencio.

Demasiado silencioso.

Contemplo las dos camas tamaño queen. La mía, a la derecha, con las sábanas de algodón italiano de mil hilos dobladas. En el lado de Gabriel, un revoltijo de ropa donde debería estar su cuerpo. Las almohadas conservan la huella de su cabeza. La manta de lana de alpaca que había tomado del sofá yace abandonada en el suelo.

—¿Gabriel?

Enciendo la luz del techo.

No está.

Cojo el móvil de encima de la mesita de noche, busco nuestro último mensaje (de ayer por la tarde, cuando Gabriel me escribió desde el bar de la piscina para preguntarme si me apetecía un batido) y pulso el botón de llamada.

Un zumbido rompe el silencio. Mi mirada cae sobre su teléfono, que vibra sobre su propia mesita.

«Mierda».

¿Dónde está? A estas horas, lo único que puede hacerse en el Ara es dormir. Estamos a media hora en coche del pueblo más cercano. Y aunque Gabriel tuviera algún motivo para ir a visitarlo a medianoche, no tenemos vehículo propio. Un chófer vino a recogernos al aeropuerto en una de las flamantes furgonetas del hotel, una cápsula con aire acondicionado desde la que el desierto parecía otro planeta.

—¿Gabriel?

Miro en la terraza. Vacía. Debe de haber salido mientras yo estaba fuera.

«Tranquila. Ya no eres la misma persona que hace quince años». Aquella chica cuya vida era una página en blanco, que lo tenía todo por aprender. Arrojada a un mundo en el que solo se sentía a salvo con un hombre a su lado.

El pomo de la puerta se mueve.

Se oye un clic y el mecanismo se abre al leer la tarjeta.

Gabriel se sobresalta al verme.

—Ah, ahí estás —dice.

—Yo… ¿qué?

—¿Dónde te habías metido?

Sin esperar a que responda, cierra la puerta tras de sí y entorna los ojos para protegerse de la luz del techo.

—¿Te importa si la apago?

—Adelante.

Incluso en la penumbra distingo su silueta. Sus brazos desnudos, las palabras blancas estampadas en su camiseta: TIBERIO & DOMICIANO & NERÓN & CALÍGULA. (Cuatro emperadores romanos, cuatro formas de locura. Lo supe hace ya tres años, cuando elegí los nombres antes de enviarle la camiseta como regalo de Navidad. Los cuatro, en orden: tirano; paranoico; un apasionado de quemar a la gente viva; un petulante que exigía ser adorado como un dios).

—Te estaba buscando —digo—. Justo ahora.

Gabriel desaparece en el baño. Se oye correr el agua y el chapoteo del jabón contra la piel.

—No sé qué decirte —responde desde el otro lado de la puerta—. Me he despertado y no estabas.

Vuelve a salir, secándose las manos en los pantalones de chándal. Un rayo de luz de luna se cuela por un instante; luego la puerta del baño se cierra, y volvemos a quedar a oscuras.

—¿Adónde habías ido? —pregunta.

—Estaba… fuera. Fumando.

No distingo su cara, pero creo que niega con la cabeza.

—Si por tu culpa nos echan antes de que acabe la estancia, pagas tú la factura.

Habla con ligereza y un aire burlón. Intento fabricar una risa, pero solo consigo toser.

Un rumor de sábanas y mantas: Gabriel se está acomodando en la cama. No necesito verlo para saber que tiene las piernas ligeramente dobladas. La maldición del hombre alto: siempre encogiendo el cuerpo, agachándose para pasar por las puertas o los vagones de tren.

—¿Vas a intentar dormir? —pregunta—. ¿O…?

—He visto algo.

Me sale en un susurro.

—¿Qué? —dice—. ¿Qué has visto?

Se me cierra la garganta. No quiero hablar de eso con Gabriel: de Sabrina y William Brenner, de los maridos y las cosas que les hacen a sus mujeres.

Eso es lo que lo apartó de mi vida hace casi nueve años.

Ahora tratamos de volver a encontrarnos. Aun así, en los cuatro días que llevamos en el Ara, se ha ausentado ya en varias ocasiones. Se retiró a la suite mientras pasábamos una tarde junto a la piscina y, durante la cena, lo he visto con la mirada perdida, desconectado de la conversación.

Ayer mismo, se saltó una caminata matinal arguyendo que tenía migraña. Le creí. Gabriel las sufre desde los quince años. Pero hace tiempo, cuando por fin encontró el tratamiento adecuado, me dijo: «Ahora solo tengo migrañas cuando mi cuerpo lo quiere».

Lo que significaba que sus migrañas ya no eran aleatorias. Las sufría cuando trabajaba demasiado o cuando estaba deprimido. Era el recurso que encontraba su cuerpo para obligarlo a descansar, para sacarlo de situaciones que no quería afrontar.

Como la caminata de ayer.

Vinimos aquí para hablar. Sin embargo, de momento no hemos intercambiado opiniones sobre el documental, que es lo que nos trajo a este hotel. He intentado sacar el tema un par de veces, pero Gabriel ha escurrido el bulto en ambas ocasiones: que si tenía que hacer una llamada, que si debía preguntar algo en recepción.

Entre nosotros hay capas. Cosas que no se han dicho, abrazos que nunca se han dado.

Aun así, sigo intentándolo.

—Nuestros vecinos —digo—. Los Brenner. El viejo y su mujer.

—¿Qué pasa con ellos?

Hay calidez en su voz, paciencia.

—Estaban discutiendo —le cuento—. Se peleaban.

—Pasa en las mejores familias.

Niego con la cabeza, aun sabiendo que no puede verme.

—Esto era distinto. Malo. Me recordó a…

La voz se me apaga en la garganta.

Hay cosas que no puedo decir. Ni siquiera a mi hermano. Ni siquiera a oscuras.

—Ven aquí —dice él.

Me asalta una imagen mental de nuestra infancia: yo en la litera de arriba, Gabriel en la de abajo. Cuando la valiente era yo.

Me deslizo hasta el suelo y avanzo a tientas hacia él. Al sentarme a su lado, la madera del somier de su cama se me clava entre los hombros.

—Todo está bien —dice.

—Sabrina Brenner —susurro—. A su marido le ocurre algo.

—Como a la mayoría de los maridos.

Antes de que pueda preguntarle qué quiere decir con eso, antes de que pueda asegurarle «no, en serio, Gabriel, no estoy exagerando», mi hermano se mueve bajo la manta.

—Tranquila —dice, ahogando la última sílaba en un bostezo—. Todo va a ir bien.

Y así, sin más, vuelve a dormirse.

Me quedo sentada junto a su cama. En otras circunstancias, me habría dormido allí mismo, acunada por el ritmo regular de su respiración.

Pero esta noche no.

Sigo en el suelo, con los ojos abiertos. Escuchando. En guardia.

Como he hecho tantas otras veces.

3

EL ÚNICO PUEBLO QUE CONOCÍAMOS, VALLE DEL HUDSON

VEINTICINCO AÑOS ATRÁS

Al principio, nuestro único referente era Émile.

Émile lo sabía todo. Tenía la cabeza llena de ideas, de historias, de música. Había utilizado sus pensamientos para construirnos todo un mundo.

En el universo de Émile, los cumpleaños se recordaban, pero no se celebraban. No había ni tarta ni canción. Saludábamos el paso del tiempo, y luego seguíamos adelante.

El día que cumplí ocho años, Edwina, una niña alta de doce años que había empezado a dirigir nuestros talleres de carpintería, vino a buscarme.

Yo estaba fuera, dibujando un número ocho en la tierra con la ayuda de un palo. Ya era casi la hora del almuerzo, la hora de ir al comedor. Pero Edwina tenía otros planes.

—Ven —me dijo.

La seguí. Cruzamos el viejo patio del colegio y dejamos atrás las duchas, el comedor, los dormitorios, la antigua capilla…

Se me hizo un nudo en el estómago.

—¿Adónde vamos…?

—Chist.

—Pero…

Edwina se volvió con brusquedad.

—Nada de preguntas.

Por difícil que me resultara de creer, me estaba llevando al edificio de Émile.

Aquel territorio prohibido, la única parte del recinto que seguía en perfecto estado. Nunca había entrado allí. Sabíamos que el despacho de Émile estaba en la planta baja y sus habitaciones, también prohibidas, arriba. Vivía allí solo y, por lo general, también trabajaba solo.

La falda de Edwina soltó un frufrú al rozar las paredes del estrecho vestíbulo. Me empujó para que me detuviera delante de una puerta de madera.

—Quédate aquí.

Llamó y, antes de que pudiera preguntarle qué pretendía, echó a correr.

Hice de tripas corazón. Portarse mal siempre tenía un precio. Habíamos aprendido a temer las manos que nos agarraban, los pies que nos golpeaban.

También corrían rumores. De que se pasaba hambre. Y sed. De un lugar oscuro y secreto donde se encerraba a los niños desobedientes.

Al otro lado de la puerta, la voz de Émile sonó clara.

—Adelante.

Parecía tranquilo, como si me esperara.

Abrí la puerta.

A los ojos de un niño, el despacho de Émile era enorme. Tenía un escritorio. Una estantería para sus escritos, alta como tres niños plantados uno encima del otro. Un globo terráqueo sobre una consola.

Y, en el centro, estaba Émile. Sus ojos, de un gris azulado, brillaban detrás de unas gafas de lectura. Me señaló una de las dos sillas que había frente al escritorio.

—Siéntate.

Obedecí.

—¿Sabes por qué estás aquí?

Negué con la cabeza.

—Voy a hacerte una pregunta —dijo—. Quiero que la respondas tratando de no faltar a la verdad, de ser sincera contigo misma.

La verdad era un concepto del que hablaba a menudo. Émile insistía mucho en que miráramos hacia dentro, en que no nos mintiéramos acerca de quiénes éramos.

—Esto es una prueba —dijo—. Aquí todo el mundo debe pasarla. Tu respuesta nos dirá mucho sobre tu persona.

Émile se levantó de detrás del escritorio. A mí me parecía un anciano. Años después, me llevé una sorpresa al leer su edad en los periódicos. Tenía treinta y muchos el día de aquella prueba, y poco más de cuarenta cuando su mundo se vino abajo.

La pregunta era tan simple que resultaba insultante. Mucho después comprendí que la había sacado del más trivial de los contextos.

Visto con perspectiva, era evidente que la había oído en un avión.

Entonces no lo sabíamos. No viajábamos. Émile sí. No con frecuencia, pero debía hacerlo. Era un hombre importante. Tenía que reunirse con dignatarios, con la gente que le tomaba el pulso al mundo.

(Bueno, o eso decía él. Cuando todo salió a la luz, supimos que solía ir a visitar a su familia. No a su Francia natal —por varios motivos, Émile no podía cruzar fronteras internacionales—, sino a Florida, donde tenía un tío y algunos primos. Por increíble que parezca, una vez llegó a conocer al primer ministro de Canadá, en el extremo norte del estado de Nueva York. Sobre su escritorio, había una foto enmarcada de los dos, estrechándose la mano, que más tarde apareció en todos los periódicos).

—¿Pollo o pescado?

La pregunta no cobraba sentido para un niño del mundo de Émile. No comíamos animales. Eran veneno, decía él. El suyo era un mundo de plantas, legumbres, cereales. Las madres cocinaban juntas, en grandes ollas. Los guisos eran fáciles de repartir: una olla y un cucharón. Por las mañanas, avena cortada con cuchillo: tenía un tacto áspero contra el paladar.

Émile debió de notar mi desconcierto. Encendió el pequeño televisor que había junto a la pared del fondo y metió una cinta VHS negra.

—Pollo —anunció.

Las imágenes aparecieron en la pantalla: trozos mullidos de carne blanca bañados en salsa marrón; una fuente con pedazos más oscuros y una familia sentada a una mesa, tomándose de las manos. Porciones más pequeñas, rebozadas y sumergidas en aceite caliente hasta quedar tostadas y —Émile ajustó el volumen— crujientes.

Se oían diálogos fragmentados, una cacofonía de músicas y sonidos que empezaban y se interrumpían sin ningún orden. Debía de haber extraído los vídeos de anuncios de televisión y escenas de series y películas. En aquel momento, sin embargo, no lo comprendía. Lo único que sabía era que tenía hambre.

Me quedé allí, con el estómago revuelto y la boca llena de saliva.

—¿O pescado?

Más delicias: pescado horneado bajo una costra dorada, asado sobre piedras calientes y acompañado de tomates jugosos. Filetes rosados que se abrían bajo la leve presión de un tenedor. Trozos de carne blanca envuelta en un rebozado finísimo, apretujados en un cucurucho de papel, junto a un montón de patatas fritas.

Había todo un mundo allá fuera, un mundo de tesoros y tentaciones.

¿Pollo o pescado?

Era la pregunta más importante de mi corta vida, y no tenía ni idea de cómo responderla.

Émile eliminaba a la gente mala. Los arrancaba de nuestras vidas y desaparecían para siempre. Nunca supimos qué les pasaba. En ese agujero negro de ignorancia vivían todas las pesadillas imaginables.

Émile empezó a golpetear el suelo con el pie.

Tenía que decir algo. Lo que fuera.

—¿Pollo?

Los ojos de Émile brillaron. Inhaló.

Luego exhaló con un suspiro.

Sacó la cinta del VHS y metió otra en el reproductor.

—Esto —dijo— son las consecuencias de tu elección.

Las nuevas imágenes tampoco tenían sentido. Polluelos en una cinta transportadora: una aberración que la naturaleza jamás permitiría. Manos enguantadas irrumpían en el plano, agarrando los pollitos como si fueran tomates hervidos listos para aplastar. Escenas insoportables: polluelos devorados por una máquina metálica, atrapados entre sus mandíbulas. Vidas tiernas que terminaban con salpicaduras de sangre.

En nuestro recinto había gallinas. No nos las comíamos: solo consumíamos los huevos que recogíamos con el máximo respeto, envolviendo la cáscara con los dedos, con sumo cuidado, sin romperla, agradecidos por el regalo.

El corazón me latía con fuerza. Los pollitos masacrados eran una herejía para Émile. Todo el que pudiera asociarse con semejante maldad no tenía lugar en su mundo.

Apagó el televisor. Nos quedamos en silencio durante lo que fue un minuto entero.

—¿Qué crees que debería hacer? —dijo al fin.

Otra pregunta imposible. Solo Émile sabía lo que debía hacer cada uno.

—Lo siento.

Se recostó en la silla, cruzando las manos sobre el abdomen.

—Dices que lo sientes. ¿Sabes cómo puedes demostrarlo?

No hubo más palabras. Solo mi mirada esperanzada, alzándose hasta casi encontrarse con la suya. Solo mi corazón abierto, por si quería servirse de él.

—Recuerda esto —dijo—. Recuerda las consecuencias de tus actos. Recuerda que dentro llevas una fuerza, y que no sabes cómo manejarla.

Asentí.

Émile se inclinó sobre el escritorio.

—Por eso debes escuchar. Aprender. Recuerda que no sabes nada. Necesitas que te guíen. Si escuchas, tendrás una oportunidad.

Volví a asentir, retorciéndome los dedos, con las palmas hacia arriba, como si rezara. Pero no. Émile no quería que lo adoraran. No quería que nadie lo llamara gurú ni sabio.

Con un leve movimiento de muñeca, me despidió.

—Puedes irte ya.

La puerta de su despacho se cerró tras de mí, silenciosa.

Lo que no sabía, lo que no descubriría hasta mucho después es que también había otra cinta para el pescado. Esa mostraba escenas de pesca en alta mar: cientos de criaturas atrapadas en redes, agitándose, con los ojos hinchados y el estómago saliéndoles por la boca, incapaces de soportar el cambio de presión que sufrían al ser arrastradas demasiado deprisa a la superficie. Depredadores majestuosos reducidos a la nada por la insensatez de los hombres.

La pregunta era: «¿Pollo o pescado?». La única respuesta correcta era: «Ni una cosa ni la otra».

¿Por qué nadie me había advertido?

Todos hacíamos la prueba, según me dijo Émile, y, sin embargo, nadie hablaba de ella. Nunca oí una palabra de advertencia, ni un susurro, ni un rumor.

Por supuesto.

Todos hicimos la prueba y ninguno la pasó.

Y por eso guardamos silencio. Todos y cada uno de nosotros.

Émile no tuvo que pedírnoslo. No tuvo que fiarse de nuestra lealtad.

La vergüenza nos mantuvo la boca cerrada.

Yo, desde luego, no tenía ganas de contarle a nadie lo que había vivido.

Más tarde, cuando todo se vino abajo, la gente se hacía siempre la misma pregunta: «¿Cómo es posible que tantas personas confiaran en él durante tanto tiempo?».

No lo entendían. Para los niños, todo había empezado al cumplir los ocho años. Llevábamos la lección de aquella prueba sobre los hombros, como si fuera una armadura de malla: en nuestro interior había huracanes, y en nuestros cuerpos, devastación. Si Émile no hubiera estado allí para impartirnos sus enseñanzas, para salvarnos de nosotros mismos, lo habríamos destruido todo. Nuestros corazones negros habrían acabado con el mundo.

4

ESCALANTE, UTAH

EL QUINTO DÍA

Cuando Gabriel se mudó a Seattle —después de la desaparición, el cadáver y los interrogatorios de la policía— supimos mantenernos en contacto continuo. Nos escribíamos correos casi a diario; iba a visitarlo tres veces al año. A veces viajábamos juntos. Nos encontrábamos en Yosemite, en Portland, incluso en Vancouver. Pero el tiempo siempre deja mella. Nuestros correos se hicieron más cortos, menos detallados. Empezaron a reducirse a uno al mes. Las visitas en persona desaparecieron de nuestros calendarios. Nos veíamos dos veces al año, luego solo en Navidad, y después —¿cómo ocurrió?— prácticamente nunca.

Hasta que llegó el documental. Los productores decidieron preparar algo para el décimo aniversario de la muerte de Annie. Hace un mes le reenvié a Gabriel el mensaje que me mandaron.

De: [email protected]

Para: [email protected]

¿Has recibido este?

De: [email protected]

Para: [email protected]

Sí.

Esperaba que me hiciera un comentario sarcástico, o que admitiera que había mandado el correo a la papelera. Pero entonces:

De: [email protected]

Para: [email protected]

Creo que voy a hacerlo.

De: [email protected]

Para: [email protected]

¿¿En serio??

Nunca habíamos participado en los documentales. Pero, al parecer, Gabriel estaba listo para un cambio.

De: [email protected]

Para: [email protected]

Han pasado casi nueve años. Todos han dicho lo que han querido menos yo.

De: [email protected]

Para: [email protected]

Estoy listo. Creo.

De: [email protected]

Para: [email protected]

Hay cosas que necesito decir.

De: [email protected]

Para: [email protected]

Si tú participas, yo también.

Siempre había sido así entre nosotros. «Si tú saltas, yo salto».

Para entonces, hacía ya cinco años que no nos veíamos.

De: [email protected]

Para: [email protected]

Me gustaría verte. Antes de la grabación. Creo que sería bueno hablar sin cámaras alrededor.

Me costó escribir eso: «Me gustaría verte». Fue Gabriel quien se marchó. Fue él quien dejó de escribirme. Pero tenía que intentarlo.

Me sorprendió que quisiera hacer el documental. Gabriel se había mudado a más de tres mil kilómetros de casa buscando el anonimato. Y, aun así, nunca consiguió escapar del todo de la mirada ajena. ¿Y ahora quería mostrarse al mundo otra vez?

No solo eso: ¿había «cosas que necesito decir»?

¿Qué cosas?

Tenía que hablar con él. En persona, y con toda libertad. No por teléfono ni por correo electrónico. De algún modo que no pudiera rastrearse.

Gabriel fue a verme. Tomó un vuelo desde Seattle. Yo salí de Nueva York para encontrarme con él en el aeropuerto municipal. Se materializó con suma facilidad. Casi demasiada. Hacía cinco años que no lo había visto y, de repente, ahí estaba: alto, con sus ojos dispares —uno marrón, el otro azul—, agarrándome las manos con firmeza.

Algunas cosas, por supuesto, habían cambiado. Cinco años no pasan en balde. El rubio de sus cabellos era ahora algo más oscuro. Nuevas arrugas en la frente. Incluso se había hecho un tatuaje: su año de nacimiento —el mismo que el mío— grabado en números romanos en la parte interior de la muñeca izquierda.

Eso es lo que hace el tiempo: deforma a las personas, las convierte casi en extraños.

Los primeros rayos del amanecer perfilan nuestras cortinas opacas. Afuera, las montañas se teñirán de un ámbar luminoso. Los animales del desierto volverán a sus madrigueras. Catalina nos lo advirtió el primer día: «Por la noche quizá vean algún coyote». Así es el desierto: un mundo en la oscuridad de la noche, y otro muy distinto a la luz del día.

Por un instante, consigo creer en el día de hoy.

Hoy hablaré con Sabrina Brenner.

Hoy, pequeños actos de bondad darán frutos impensables.

Lo siento incluso antes de oírlo.

Está por todas partes: una vibración en el suelo. En pocos segundos sacudirá a los pájaros de las ramas, arrancará a los huéspedes de sus camas, acelerará sus latidos, agudizará sus sentidos.

Esta cosa.

Este sonido.

Este grito febril, agudo, como un martillo que golpea la sagrada cúpula de silencio del desierto.

5

ESCALANTE, UTAH

EL QUINTO DÍA

Gabriel se incorpora con una aspiración, presa del pánico.

—¿Qué ha sido eso? —susurra, con la voz quebrada por el sueño.

Antes de que pueda responderle, ya ha saltado de la cama. Hago un esfuerzo por ponerme en pie: tengo las piernas entumecidas después de pasarme la noche en el suelo.

Gabriel ha agarrado la lámpara de la mesilla. La levanta, con los dedos cerrados alrededor de su base de hierro, preparado para golpear... ¿a qué? ¿A quién?

—Deja eso —le digo.

Fuera de la suite, oigo acercarse unos pasos apresurados. Luego se alejan.

Extiendo la mano hacia el pomo de la puerta.

—¡Espera!

Gabriel me sujeta por el brazo.

—No tenemos ni idea de lo que está pasando ahí fuera —dice.

Yo sí.

Las imágenes ya están en mi cabeza.

—Vamos —digo.

Descorro el pestillo sin darle tiempo a protestar de nuevo.

«Mierda, mierda, mierda, mierda, mierda».

Sé adónde ir.

Tres empleados del hotel ya se han reunido allí. Dos de ellos están de pie; el tercero, arrodillado en el suelo.

Nos encontramos en la frontera entre dos mundos: justo donde el hotel se funde con el desierto. A pocos metros de donde los Brenner discutieron anoche.

Los tres empleados tienen la cabeza gacha.

Gabriel se acerca a ellos. Yo lo sigo. No quiero mirar, pero tengo que hacerlo. No puedo saltarme esta parte.

Sabrina Brenner yace en el suelo.

Su cuerpo tiene la forma de un relámpago, y su cabeza parece la caja de Pandora: el cráneo sería la tapa abierta. Hay sangre —mucha sangre— sobre la preciosa piedra arenisca del Ara.

Me fallan las rodillas.

Gabriel me sujeta del brazo y me sostiene.

Más huéspedes llegan corriendo, en pijama, envueltos en albornoces, en jerséis anchos. Se agrupan en semicírculo, con las caras hinchadas de sueño y los párpados entornados por el sol de la mañana. Las bocas se abren. Algunos apartan la mirada.

Uno de los empleados que están en pie —ahora reconozco a Catalina— se inclina sobre su compañera arrodillada, la que evidentemente encontró el cuerpo, la que nos arrancó del sueño con su grito. Catalina la abraza con fuerza.

—¡Apártense, por favor!

Dos paramédicos se abren paso entre la multitud: sus botas resuenan sobre el suelo de piedra. Los huéspedes se retiran para dejarles vía libre. Uno de los paramédicos se arrodilla junto a Sabrina. El otro se acerca la radio a los labios:

—Unidad uno-tres-cuatro a base. Necesitamos personal médico y policía.

—Déjenme pasar.

«Esa voz».

William Brenner aparece a empujones entre los paramédicos. El albornoz, mal anudado, deja a la vista parte de su vientre pálido. El hombre que siempre habíamos visto impecable —con traje en la cena, con polo incluso junto a la piscina— ahora está expuesto: el vello blanco que le cubre el pecho, la piel moteada de manchas, el torso reluciente por el calor matinal. Sus piernas huesudas asoman de unos calzoncillos de un azul desteñido.

William mira a Sabrina y se dobla sobre sí mismo.

—Mi mujer —dice, con el jadeo desconcertado previo al sollozo—. Mi mujer —repite, ahora con lágrimas en los ojos—. Dios mío —implora—. Mi amor. Cariño mío.

Se lleva las manos a la cabeza. Le tiemblan los hombros cada vez que respira con agitación.

—Amor mío.

Cae de rodillas y extiende las manos para abrazarla.

—Señor, por favor, aléjese —dice la paramédica que está arrodillada en el suelo. Es joven y se mueve con competencia cuando acerca dos dedos al cuello de Sabrina para tomarle el pulso.

—No me diga lo que tengo que hacer —le grita, agarrando la mano de su mujer.

La paramédica mira a su compañero. Él se aproxima despacio a William y le pone una mano en el hombro.

—Señor, por favor —dice—. Tiene que dejarnos trabajar. Es mejor que…

—He dicho que no me diga lo que tengo que hacer —le ataja con un rugido.

Extiende el brazo y hace retroceder al joven de un empujón. Durante unos segundos, nadie se mueve, nadie dice nada.

William vuelve a llorar, con el pecho agitado.

La reducida multitud se desplaza a mi izquierda.

Gabriel.

Avanza, con la mirada fija en el cuerpo de Sabrina y los brazos colgándole a los lados.

—Eh —susurro.

Gabriel se agacha hasta el suelo con los movimientos descoordinados de un sonámbulo.

William alza la cabeza. Al ver a Gabriel, su rostro se contrae de rabia.

—¿Qué coño quieres?

Gabriel no se mueve.

—A ver —dice William, incorporándose—, ¿qué pasa? ¿Por qué la miras así?

Se acerca a él con paso firme.

—Levántate —digo, esta vez elevando la voz. Y tiro de Gabriel para que se ponga en pie.

Algo parece reactivarse en su mente. Parpadea, mira a William como si lo viera por primera vez y retrocede un paso.

—Lo siento —dice—. No pretendía…

William no lo escucha. Se adelanta un paso y, con la cara casi a tocar de la suya, lo agarra de la camiseta con ambas manos.

—Esa es mi mujer —dice.

Gabriel cierra los ojos levantando las manos, inútiles contra la furia de William. Parece una imagen sacada de nuestra infancia: mi hermano en apuros, preparándose para el golpe, y la mano de una de las madres sujetándole la muñeca.

—Esa es mi mujer muerta —prosigue William. Lo ha dicho gritando, con el rostro enrojecido—. ¿Te gusta mirarla así? —Con cada palabra, William zarandea a mi hermano—. ¿Te excita, pervertido de mierda?

«Estaba en shock —dirán luego—. No sabía lo que decía».

Me interpongo entre ellos.

—Déjalo en paz.

Intento apartar las manos de William de la camiseta de Gabriel. William me da un empujón. Es fuerte y su golpe, preciso y doloroso, me sacude la clavícula. Lo agarro del albornoz, que amenaza con abrirse.

—Basta —susurra alguien.

William lo busca con la mirada y luego se vuelve hacia mí.

—No te metas en esto, zorra.

Abro la boca para gritar… ¿el qué? Antes de que tenga tiempo de decidirme, Gabriel interviene:

—Está bien.

Con un movimiento rápido, se libera del agarre de William y retrocede unos pasos, con la mano extendida para crear distancia.

—Lo siento —dice, jadeando—. No quería ofenderle. Lo siento.

Se alisa la camiseta. William lo observa, desconcertado, como si para él fuera impensable retirarse de una pelea.

—No te disculpes —digo—. Te ha atacado…

—Está bien —me ataja Gabriel—. Ha sido culpa mía. Lo siento. Lo siento mucho.

Mi hermano mira a la multitud.

—Perdonadme todos. No quería provocar nada.

Niego con la cabeza.

Gabriel me pasa un brazo por los hombros y me aleja de allí.

—Está bien —murmura, pero sé que está hundido. Noto el temblor de su mano sobre mi brazo, el latido de su corazón contra mis costillas.

Gabriel sigue andando. Al cabo de poco ya no me guía: se aferra a mí para sostenerse.

Le paso un brazo por la espalda.

Compartimos algo. Recuerdos cargados de ansiedad, el oscuro vacío que casi devoró la vida de Gabriel hace una década. Lo que les ocurre a los maridos cuando sus mujeres aparecen muertas.

6

ESCALANTE, UTAH

EL QUINTO DÍA

La mayoría de las personas viven una sola historia criminal en su vida, a lo sumo. A Gabriel le han tocado dos.

Primero fue Émile. Luego, Annie.

Gabriel tenía veintiún años cuando se conocieron. Su amor se desplegó con rapidez, como el montaje de una película de Hollywood: citas, copas, cenas. A los seis meses de salir juntos, un anillo. Una casa en Nueva Jersey.

Fue rápido, pero su amor tenía prisa. Tal vez intuían que no les quedaba demasiado tiempo.

Una tarde, dos años después de casarse, Gabriel regresó a una casa vacía. Esperó. Intentó contactar con Annie. Nada. Marcó el 911 y denunció la desaparición de su mujer. Luego me llamó. Cuando llegué a su casa, la policía ya había tomado el control de la vivienda y le había pedido a Gabriel que esperara fuera mientras hacían el registro. Se lo llevaron a la comisaría para interrogarlo.

Al cabo de dos semanas, encontraron el cuerpo de Annie en el agua, a unos kilómetros de una cascada, cerca de uno de los senderos en los que más le gustaba ir a correr.

Aquel mes, la policía volvió a citar a Gabriel dos veces más. Y lo dejaron ir. Nunca lo acusaron de nada.

Pero la gente no supo pasar página. Los titulares estuvieron anunciándolo a gritos durante meses. No ayudó que la policía se negara a dar el nombre de un nuevo sospechoso o a presentar cargos contra alguien más. Toda la atención seguía centrada en Gabriel. Todas las televisiones y los periódicos se hicieron eco del caso. Según la versión publicitada, el asesinato de Annie era una tragedia doméstica que pertenecía a toda la nación. «Fuentes anónimas» estaban más que encantadas de hablar del día en que oyeron una discusión en casa de los Miller. Tal vez un llanto. Tal vez a Annie quejándose del dinero.

Yo hice lo que pude. Cuando la gente murmuraba, yo alzaba la voz. Cuando lo miraban con desprecio, yo hacía lo mismo con ellos.

Pero no bastó. Una mañana, Gabriel se encontró los espejos retrovisores del coche rotos. Aquella misma tarde, al llegar al garaje, lo recibió una escandalosa pintada en la puerta principal: «ASESINO», escrito con un espray rojo que goteaba como si fuera sangre.

¿Quién podría vivir así? Gabriel no. Se mudó a la Costa Oeste y empezó de nuevo en Seattle.

Entendí su necesidad de marcharse. Pero ¿Seattle? ¿En serio? Nunca habíamos estado allí.

—Exacto —me dijo cuando cuestioné su decisión.

—¿Y Florida? —pregunté—. ¿Y Texas? ¿Illinois?

«¿No podrías elegir algún lugar alejado de Nueva York pero al que me resultara más fácil acceder?».

Pero no cedió. Estaba decidido a poner toda la distancia posible entre él y el estado de Nueva Jersey.

¿Y para qué?

El caso se le pegó como una segunda piel. Un grupo de internet se ha pasado estos nueve años alimentándose de él, inventando teorías, pidiendo documentos oficiales.

Intenté aferrarme a Gabriel. Sin embargo, al final lo perdí en todos los sentidos posibles.

No pienso dejar que vuelva a ocurrir.

Gabriel abre una botella de agua del minibar. Después de unos tragos, me la pasa.

Podría coger una para mí. El minibar es gratuito, se repone como por arte de magia cada vez que salimos. A pesar de ello, hay costumbres que no se pueden cambiar. Nos pasamos demasiados años sin tener suficiente para comer. Y seguimos viviendo así. Nos acabamos todo lo que hay en el plato. Guardamos las barritas medio mordisqueadas. Volcamos las bolsas de patatas para aprovechar hasta la última miga. En casa, cuando Charlie deja el desayuno sin tocar, vuelvo a meter su pienso en la bolsa.

Bebo de la misma botella que mi hermano y la devuelvo al minibar.

Gabriel se sienta en el borde de su cama. Yo hago lo mismo en la mía, delante de él, y me cubro la cara con las manos.

—Tengo que hablar con la policía —digo entre las palmas.

—¿Qué? —pregunta, mirándome fijamente.

—Sobre lo que vi anoche —respondo—. Sabrina y William. La policía debería saberlo.

—Ah. Sí.

Se me ocurre algo. Levanto la cabeza.

—Oye, ¿tú no los viste? ¿A los Brenner?

Gabriel frunce el ceño.

—Anoche —aclaro—. Cuando volví y tú no estabas. Habías salido, ¿no? ¿Los oíste?

Algo se apaga en su mirada. Ya sé lo que va a decir.

—Sí —responde—. Oí... algo. Fragmentos. Se notaba que discutían.

¿Pero?

—Me fui en la dirección contraria. Hacia el vestíbulo.

Gabriel baja la mirada. Un rubor rosado le sube por las mejillas.

—No quería involucrarme —dice—. No podía. Intento evitar la confrontación.

Se pasa la mano por las arrugas de la camiseta, justo donde se han cerrado los puños de William Brenner.

—Bueno, cuando puedo.

Me imagino a mi hermano: somnoliento, en pantalones de chándal bajo el cielo nocturno. Las voces elevándose en la oscuridad. Su determinación flaqueando. Ese es el Gabriel que conozco: siempre un poco asustado para enfrentarse solo al mundo. Es capaz de hacer grandes cosas, osadas, pero solamente si tiene a alguien al lado.

Levanta la vista y se muerde el interior de la mejilla.

—Ojalá hubiera prestado más atención —dice—. Tal vez podría haber…, no sé.

Se le quiebra la voz.

—Nosotros dos... —empieza—. Sabrina, nosotros dos…

Le brillan los ojos. Mira hacia la ventana, dándome la espalda.

«Sabrina, nosotros dos…», ¿qué?

¿«Sabrina, nosotros dos podríamos haber hecho algo»?

¿«Sabrina, nosotros dos podríamos haberla salvado»?

¿O cuando dice «nosotros dos» se refiere a «Sabrina y yo»?

Recuerdo que solo los vi interactuar una vez. Fue el día en que llegamos al hotel. Gabriel y yo volvíamos de la piscina y nos dirigíamos a la suite. Mi hermano chocó con Sabrina, o quizá ella con él. Se detuvieron. Ambos se disculparon. Nadie se enfadó, ni hubo tensión. De hecho, parecían amables. Todavía puedo verla llevándose la mano al lado de la cabeza, tocándose el prendedor con forma de mariposa que le sujetaba el pelo. Acarició con los dedos el contorno de la figura mientras sonreía a Gabriel, diciéndole que no tenía por qué disculparse. «No, no, ha sido culpa mía. Andaba distraída».

Gabriel se pellizca el puente de la nariz.

—¿Qué crees que le ha pasado? —pregunta.

Me encojo de hombros.

—Discutieron. Él la empujó. O la atacó con algo.

Guardamos silencio.

Hasta yo estuve a punto de tragarme el postureo de los Brenner la primera vez que los vi juntos. Antes de reconocer a William. Antes de saber quiénes eran. Todo lo que vi entonces fue la imagen que querían proyectar, como la secuencia inicial de una película: el rugido del coche cuando William aparcó delante del hotel, la energía cinética que circuló entre la gente, todo el mundo con la mirada fija en el vehículo. Un modelo elegante, un cupé de líneas deportivas. Brillaba bajo el sol, rojo, con un aire atrevido que recordaba a una guitarra eléctrica.

William, con un traje de lino blanco, entregándole la llave al aparcacoches. Sabrina, abandonando el asiento del copiloto con los ojos ocultos tras unas gafas de montura verde esmeralda y cristales opacos, como una pantalla de cine apagada.

Después de unas pocas horas observándolos, todo mi optimismo se desvaneció. Pero ¿una muerte violenta? ¿En serio?

Claro que también hay otra posibilidad. Podría haber sido un accidente. Técnicamente, es posible.

Pero sé lo que vi: Sabrina Brenner boca abajo, sin vida, con la parte posterior del cráneo abierta.

Gabriel se masajea las sienes. Tal vez también esté repasando la lista de posibilidades, tachándolas una por una.

Si lo de Sabrina hubiera sido un accidente —si se hubiera caído—, la herida estaría en la frente, o en el lado sobre el que hubiera impactado contra el suelo. Y habría seguido apoyada sobre ese lado cuando alguien la encontrara.

A menos que... hubiera intentado moverse. ¿Podría haber reptado unos metros, en busca de ayuda, antes de perder el conocimiento?

«No».

¿Por qué no?