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Alma ha llegado del mar. Otto no entiende su idioma y, desde que está en su casa y le ha tenido que dejar su habitación, se siente desplazado. La atención de sus padres, su abuela y hermanos ahora se dirige a Alma. Y a Otto, el pequeño de la familia, esto no le hace mucha gracia. A pesar de todo, la comunicación entre ambos irá más allá de las palabras y la amistad trascenderá la posible distancia que aparece en un primer momento. Gracias a la presencia de un amuleto, Otto entenderá mejor el origen de Almaz Sebhat, el verdadero nombre de la niña que vino del mar.
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Seitenzahl: 66
Veröffentlichungsjahr: 2016
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Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Apéndice
Créditos
LLEGÓ DE LA mano de mi padre. Era muy negra. Solo se le veían los ojos blancos y asustados y los bucles cayéndole por las mejillas.
Para llegar hasta aquí había hecho un viaje muy largo. Yo lo sabía. Pero a mí solo me parecía un demonio.
Ella se escondió detrás de mi padre. Hubo un momento de forcejeo y yo vi la cabeza rizosa agitarse y el brillo fugaz de una dentadura blanca y perfecta. Después, todo fue oscuridad en su rostro. Ni siquiera se le veía el blanco de los ojos. Apretaba los párpados muy fuerte y temblaba. Hablaba en un idioma extraño, incomprensible.
Había llegado del mar y las casas de acogida estaban atestadas.
Mi padre, que es pescador y que la había sacado de las aguas, decidió traerla a casa.
A veces, algunos pescadores hacían eso: se llevaban a niños que venían del mar a sus casas hasta encontrar una solución.
Nadie sabía su nombre, pero mi padre dijo que se llamaba Alma.
LA MAYORÍA DE la gente de la isla se dedica a la pesca, pero también hay pequeños agricultores, comercios, ebanistas. Las calles del puerto descienden en un zigzagueante remolino y van a dar al mar.
El azul lo rodea todo, llena las calles con su olor penetrante y profundo. En sus rincones y sus aguas crecieron mis hermanos y eran alegres, revoltosos como la espuma que rompe contra los farallones. Entonces el viento era aún apacible y también el mar. Las barcas de colores de los pescadores se balanceaban suavemente en la bahía. A veces, las gaviotas trazaban círculos; otras, se posaban sobre las proas o los puentes y picoteaban los restos de pescado.
Toda la isla respiraba al ritmo del azul.
Así son las islas del Mediterráneo.
Al atardecer, las mujeres se sentaban en sus sillas de caña, rodeadas del viento y del azul que entonces se oscurecía. Algunas remallaban redes, cosían y hablaban. Otras, como mi madre, acunaban al menor de sus hijos entre los brazos. Y ese era yo, Otto, una criatura gordezuela a la que todos contemplaban. De cuando en cuando, las mujeres levantaban la vista hacia la tarde impenetrable, hacia el mar que era su vida y su descanso. Chismorreaban sobre la gente de la isla, sobre las últimas mareas y, cuando todo era casi negro y las estrellas se apretaban en lo alto, narraban historias fabulosas.
Se sentían seguras mirando aquel mar.
Escuchando su arrullo.
Mi abuela era de las que mejor contaba. Se apretaba en su chal y miraba con aquellos ojos que guardaban mucho de lo azul y que eran pequeños y brillantes, escondidos en el ovillo de sus párpados llenos de arrugas.
Su voz era la voz de todas las mujeres que habían contado antes que ella.
Mis hermanos la escuchaban fascinados, con las mejillas encendidas por el viento y por el bullicio del día, hasta caer rendidos en un sueño protector. Aquella voz y el alegre alboroto de mis hermanos, que eran muchos y todos chicos, acompañaron mis primeros años.
Entonces los hombres no estaban presentes. Se iban a los bares del puerto y fanfarroneaban sobre sus capturas, bebiéndose a traguitos el vino dulce de la isla. Los niños mayores decidían pronto cambiar el círculo de mujeres por el desorden de los hombres. Al principio no les gustaba. Pero era la vida, y a la vida uno acaba acostumbrándose, como dice mi padre.
Había también una parroquia a la que se acudía los domingos. Al cura, como al maestro, se le tenía mucho respeto. Nos gustaba el sonido de las campanadas de la iglesia.
Todo era hermoso como una infancia inacabable.
Y entonces, empezaron a llegar.
YO TENÍA CUATRO años e iba de la mano de mis hermanos. Corríamos con los demás hacia la playa y nos hicimos sitio para ver aquel bulto que la marea empujaba hacia nosotros. Mis hermanos estaban excitados y también sobrecogidos. Alguien me puso la mano en los ojos para que no lo viera, pero yo lo veía. Era un cuerpo negro y flotaba boca abajo. Era un ahogado. En casa no se habló de otra cosa en muchos días.
Después, llegó el primer barco. Una embarcación pequeña, atestada de hombres, la mayoría negros. Alguien la señaló desde la orilla y miramos hacia allí y vimos cómo los hombres saltaban de la barca y corrían o nadaban cada uno hacia un lugar de la playa.
Algunos besaron la arena.
Mis padres, mis hermanos y todos los demás estaban tan pasmados que no supieron qué hacer.
Fueron el cura y el maestro quienes lo organizaron todo.
Suleman venía entre aquellos hombres. Solo tenía diecisiete años. Los echaron a todos menos a Suleman. Los devolvieron a sus países de donde se habían escapado a causa de la miseria y de la guerra, y de otras cosas así.
Yo los veía caminar y tiritar con aquellas bocas grandes, llenas de dientes, y unos ojos rebosantes de oscuridades y también de esperanzas. Iba de la mano de mi madre y berreaba ante aquella escena que me sobrecogía. Lo recuerdo porque Suleman se detuvo, miró hacia nosotros, bajó la vista y me vio. Lloré más fuerte y entonces él se quitó una bolsita de cuero que llevaba colgando del pecho y me la puso en el cuello.
Dejé de llorar de puro miedo.
A Suleman lo llamaron y corrió a la fila de hombres maltrechos y negros.
Los alojaron en la parroquia hasta que todo estuvo resuelto y pudieron devolverlos.
Solo se quedó Suleman por ser menor de edad.
Guardé aquella bolsita de cuero entre mis canicas, sin saber sus cualidades, y la olvidé.
Todo pareció volver a la normalidad. Las mujeres regresaron a sus sillas y los hombres a la taberna. El mar era una línea apacible y azul. Las campanas sonaban de tarde en tarde.
Y el viento.
La isla.
Pero ese fue solo el principio.
EL MAR DEJÓ de ser azul.
No fue fácil acostumbrarse a ver los cuerpos meciéndose entre las olas. O las filas de muchachos, de mujeres, de hombres empapados, tiritando bajo las mantas que les entregaban los de salvamento.
Porque empezaron a llegar otras barcas, muchas barcas llenas de hombres, de mujeres y de niños. A veces entre los rostros negros y desesperados se descubría una sonrisa, frágil como una mariposa.
Pensaban que aquí sus vidas valdrían algo.
Pero muchos no llegaban. Se los quedaba el mar.
Vinieron de la península y construyeron casas de acogida. Organizaron el centro de salvamento y el de inmigración. Y cuando llegaban niños, los montaban en un autobús y los llevaban a una parcela de la parroquia, a la salida del pueblo, y les dejaban jugar.
Nosotros veíamos sus caritas detrás de las ventanillas del destartalado autobús y el polvo que levantaba el vehículo al alejarse. A veces nos saludábamos con la mano.
Y el tiempo pasaba y seguían viniendo.
Las mujeres dejaron de sentarse en sus sillas para mirar el mar que traía barcas y también ahogados. Los hombres a veces se quedaban con las mujeres y no iban a la taberna. Por las calles se veían las sombras negras de los venidos del mar.
No fue fácil acostumbrarse, no.
Pero nos acostumbramos.
Y entonces mi padre trajo a Alma.
C
