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Frida Kahlo fue una pintora mexicana original en
el arte, en su modo de vivir ¡y en el de peinarse y
vestirse! Le gustaba hacerse autorretratos y se pin-
tó como era: con grandes cejas y un cuerpo lleno de
cicatrices de las muchas operaciones que sufrió
tras un accidente que tuvo cuando era adolescente.
Nació, vivió y murió en la Casa Azul, situada en
un barrio de Ciudad de México. ¡Qué nombre
tan apropiado para la casa de quien llegaría a ser
una pintora universal! Como tenía dificultades
para moverse, el patio era el lugar preferido de
la pintora. Ella y su esposo Diego Rivera, tam-
bién artista, lo convirtieron en un espacio lleno
de naturaleza por el que deambulaban libres sus
exóticas mascotas. En él, Diego había construi-
do una pequeña pirámide azteca que su águila
pescadora se empeñaba en ensuciar con sus ex-
crementos, para enfado de este, y por eso la lla-
mó Gertrudis Caca Blanca. Frida tenía ternura
de sobra para todas ellas. Intentaba educar a los
impertinentes monos, daba de comer a las coto-
rras, jugueteaba con el señor Xóloltl, uno de sus
raros perros de raza azteca, o acariciaba al mi-
moso Granizo, el venadito que criaron en la casa
como una mascota más. Granizo creció y le salió
cornamenta, pero eso no era obstáculo para acu-
rrucarse en la cama junto a la artista.
Los animales no solo fueron una compañía para
Frida, también le sirvieron para expresar sus emo-
ciones a través de sus obras. Granizo aparece en
dos de las más importantes:
La mesa herida
, la de
mayor tamaño, donde aún es un bambi con man-
chas blancas, y seis años después, ya adulto, en su
famoso
El venado herido
. En él se pintó a sí misma
como un ciervo herido y sin salida al saber que la
medicina ya no podría hacer más por curarla.
Frida Kahlo (1907-1954)
A los dieciocho años, sufrió un accidente
cuando volvía de la escuela a casa en autobús.
El accidente fue tan grave que le dejó secuelas
de por vida: le costaba moverse y caminar,
no podía tener hijos, tuvo que someterse
a treinta y dos operaciones y acabó postrada
en su cama, desde donde pintaba. La pintura
y sus muchos animales fueron la mejor
ayuda contra el dolor.
UN VENADO EN LA CASA AZUL
Granizo
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UN AMIGO INSEPARABLE
Andy Warhol, el padre del arte pop, no estaba muy
convencido de tener un perro, porque desde su in-
fancia en Pittsburgh solo había convivido con ga-
tos. Hasta que en la Navidad de 1973 llegó Archie,
un teckel de pelo corto y oscuro que acabaría sien-
do una parte muy importante de su vida. Por aquel
entonces, Warhol ya era un artista famoso por sus
ilustraciones y por convertir en creaciones artís-
ticas objetos populares de la cultura americana,
de ahí lo de arte «pop». Pintaba series de imágenes
de un mismo tema con distintas facetas y colores,
ya fueran latas de sopa Campbell, botellas de Co-
ca-Cola, tiras de cómic, artistas de Hollywood o
animales, muchos animales. Era algo tan diferen-
te a la pintura tradicional, y al mismo tiempo tan
cercano y comprensible, que todos querían tener
un Warhol en su casa.
Como artista famoso, lo invitaban a muchos even-
tos, a los que desde entonces acudía con el peque-
ño Archie entre sus brazos, como si fuera una par-
te inseparable de sí mismo. Si era un restaurante
de lujo, lo ponía en su regazo y lo tapaba con la
servilleta, y si era una entrevista, desviaba al can
las preguntas que no quería responder, dicién-
dole: «Habla, Archie, habla». Pero como Archie
eran tan poco hablador como Andy, no obtenían
ni un ladrido de aquel pequeño hocico alargado.
Luciendo en su collar una placa de oro de Tiffany,
una joyería neoyorquina muy lujosa, Archie pare-
cía disfrutar de las cámaras tanto como su amo.
Hasta que en 1976 Andy le buscó un compañero,