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Dieron rienda suelta a su pasión en el desierto Petra había viajado hasta el reino de Zuran para conocer a su abuelo... y allí descubrió que él había concertado su matrimonio con el rico jeque Rashid, al que ella jamás había visto. Así que ideó un plan que consistía en arruinar su reputación con el fin de que el jeque la rechazara como esposa... para ello le pidió a Blaize, el guapísimo empleado de su hotel, que se hiciera pasar por su amante. Blaize era perfecto como amante fingido... pero también demostró ser un excelente amante. Entonces descubrió algo increíble: el hombre al que acababa de entregarle gustosa su virginidad no era otro que ese con el que se suponía se tenía que casar... ¡el jeque Rashid!
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Seitenzahl: 221
Veröffentlichungsjahr: 2013
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2003 Penny Jordan. Todos los derechos reservados.
AMOR EN EL DESIERTO, Nº 1449 - marzo 2013
Título original: The Sheikh’s Virgin Bride
Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.
Publicada en español en 2003
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.
Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.
® Harlequin, logotipo Harlequin y Bianca son marcas registradas por Harlequin Books S.A.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
I.S.B.N.: 978-84-687-2709-7
Editor responsable: Luis Pugni
Conversión ebook: MT Color & Diseño
www.mtcolor.es
Te fijaste en el atractivo monitor de windsurf que te señalé?
–¡Sí! Era exactamente como me lo describías, pero su potencial es enorme. Subirá a mi habitación más tarde. Pero hay que estar prevenida. Me dijo que tenía que ir con cuidado. Ya ha recibido un toque de atención por parte de ese jeque Rashid, copropietario del hotel, por confraternizar con los huéspedes.
–¿Y tú hiciste algo más que confraternizar, verdad?
–Sí, ya lo creo.
Desde su asiento, bajo una enorme sombrilla que la protegía del sol en el bar de la azotea del Restaurante de la Marina, donde acababa de almorzar, la conversación de las dos mujeres, de pie junto a su mesa, llegaba nítida a los atentos oídos de Petra. Sin abandonar la discusión acerca de los atributos sexuales del monitor de windsurf, que desplegaba sus habilidades en el complejo turístico de Zuran, las dos mujeres se encaminaron hacia la salida. Petra, atenta a sus movimientos, observó que una de ellas había olvidado el pareo. Se agachó para recuperarlo e interrumpió la charla de las dos amigas para devolvérselo a su propietaria, que se lo agradeció sin excesivo entusiasmo.
Mientras se alejaban, todavía enfrascadas en su apasionante discusión, Petra esbozó una amplia sonrisa para sí misma.
–¡Gracias a ti! –masculló entre dientes de todo corazón.
Si bien no habían sido conscientes de su aportación, gracias a ellas había encontrado la fórmula perfecta que tan desesperadamente había buscado durante los últimos dos días.
Tan pronto como se perdieron de vista se levantó y tomó su propio pareo, si bien había decidido, al contrario que ellas, presentarse en el restaurante con unos pantalones anchos de seda sobre el biquini, en lugar de llevar únicamente el bañador. Entrecerró los ojos frente al reflejo del sol y llamó al camarero que le había atendido.
–Disculpe –preguntó–, ¿podría indicarme dónde están los surfistas?
Media hora más tarde, Petra estaba cómodamente instalada en una tumbona gracias a la amabilidad del empleado, que le había preguntado dónde deseaba situarse para disfrutar con tranquilidad de la asombrosa bahía artificial donde se había acondicionado el área recreativa del complejo turístico. Una posición que también le permitía regalarse la vista con la figura del monitor de windsurf que había sido objeto de tanta admiración durante el almuerzo. Ahora comprendía por qué esas mujeres se habían deshecho en elogios hacia él.
Petra estaba acostumbrada a los hombres atractivos y atléticos. Había estudiado en una universidad de Estados Unidos y, desde la muerte de sus padres en un accidente cuando ella tenía diecisiete años, había viajado mucho tanto por Europa como por Australia junto a su padrino, un diplomático británico jubilado que había sido el mejor amigo de sus padres. En consecuencia se había familiarizado con esa clase de tipos, chulos y holgazanes, que se consideraban a sí mismos un regalo del Cielo para el sexo femenino.
¡Y ese hombre cumplía todos los requisitos físicos que definían el arquetipo! ¡E incluso añadía algunos extras!
Petra asumió que el tipo podría ganarse la vida perfectamente como modelo de ropa interior de diseño, y ese pensamiento vino acompañado de un extraño calor que ruborizó sus mejillas. Había sido tan imprevisto que se sintió incómoda.
Pero mientras lo miraba se vio forzada a admitir, contra su voluntad, que poseía algo más, una cualidad especial que iba más allá.
Estaba apilando las tablas en mal estado. Pero incluso los pantalones cortos que lucían todos los empleados del hotel realzaban su sexualidad en vez de ocultarla.
A pesar de la distancia que los separaba, Petra podía, hasta cierto punto, sentir su masculinidad; y casi podía identificar la capa de testosterona que lo rodeaba en forma de aura. Los movimientos de su cuerpo mientras trabajaba recordaban a Petra la agilidad de una pantera durante la caza. Cada gesto representaba una combinación perfecta de fuerza y precisión, en armonía con la respiración, de modo que ni un solo gramo de energía se malgastara o resultara superfluo.
Apreciaba el modo en que la luz del sol destacaba la musculatura de su brazo mientras sostenía la tabla y el modo en que la brisa despeinaba su pelo negro. Sospechaba que todas las mujeres de la playa, amparadas en el anonimato de sus gafas de sol, estaban mirándolo y que, al igual que ella, contenían la respiración. Había algo irremediablemente fascinante en su presencia que resultaba abruptamente sexual, una atracción animal que Petra sabía que resultaba irresistible, provocativa y peligrosamente excitante. ¡Sí, desde luego! ¡Era exactamente lo que ella necesitaba! Y cuanto más lo miraba mayor era su convencimiento.
Petra continuó observándolo compulsivamente desde la seguridad de la distancia que los separaba.
Una hora más tarde, de camino a la lujosa suite que tenía asignada en el hotel, Petra planeaba su estrategia cuidadosamente. Mientras cruzaba las instalaciones del complejo, a la altura del zoco, se detuvo un instante para admirar el trabajo de un artesano, que moldeaba con un martillo una pieza de metal incandescente hasta darle forma.
No era de extrañar que ese complejo turístico hubiera recibido el unánime reconocimiento de todo el mundo. El atractivo de su diseño morisco, los jardines vallados de exóticas fragancias, el espectáculo arquitectónico de sus boutiques palaciegas y el aroma tradicional del zoco, recreado con detalle, todo en el complejo respiraba magia, romanticismo y, ante todo, mucha riqueza.
Petra todavía no se hacía a la idea de que existieran, a lo largo de todo el complejo, más de veinte restaurantes en los cuales se podía degustar la comida típica de casi cualquier parte del mundo. Pero, en esos momentos, esa era la menor de sus preocupaciones.
Desde su habitación del hotel tenía una vista parcial de la playa. El atractivo monitor de windsurf había desaparecido a media tarde tras subir a una lancha motora entre las muchas que se avistaban amarradas en el puerto deportivo. En la última visión que había tenido de él, subido en el fueraborda, el sol brillaba en su espesa cabellera negra y en el dorado bronceado de su piel tostada.
Ahora había regresado, si bien la playa ya estaba desierta y el sol se hundía bajo la línea del horizonte. Estaba recuperando metódicamente las tablas abandonadas en la arena, así como el resto de embarcaciones de placer que el complejo ponía al alcance de sus huéspedes.
Era la oportunidad perfecta para hacer lo que tenía en mente desde que había escuchado la animada charla de las dos mujeres en el restaurante.
Eligió una chaqueta y, antes de que su valor flaqueara, se dirigió hacia la puerta de la suite.
En la playa ya casi había anochecido. La brisa marina recordó a Petra que, pese a que durante el día la temperatura casi alcanzaba los treinta grados, en esa parte del mundo seguía siendo invierno.
Durante un instante creyó que había llegado demasiado tarde y que el monitor de escultural cuerpo ya se había marchado. La desilusión embargó su triste corazón mientras escrutaba con la mirada la playa oscura.
Estaba tan absorta recorriendo con la vista el recoleto puerto deportivo, que la aparición súbita de una sombra en medio de la penumbra la sobrecogió.
Giró sobre sí misma y aguantó la respiración al comprender que el objeto de sus sueños estaba de pie, frente a ella, y tan cerca que un solo paso al frente hubiera bastado para juntar sus cuerpos.
Su primer instinto fue dar un paso atrás, pero el orgullo que, según le había contado su padre, había heredado de su abuelo, no se lo permitió.
Levantó la cabeza, respiró hondo y soltó el aire de un modo inseguro mientras comprendía que no había levantado la vista hasta el punto de encontrar la mirada del hombre, sino que sus ojos reposaban directamente, indefensos, en la comisura de su boca.
¿Qué solían decir de los hombres que tenían el labio inferior grueso? Comentaban que eran personas muy sensuales, muy táctiles... ¿Hombres capaces de discernir todos los matices del placer que el roce de esos labios podía producir en una mujer?
Petra se sintió levemente mareada. No había caído en la cuenta de que fuera tan alto. ¿De dónde sería? ¿Italiano? ¿Griego? Tenía el pelo fuerte, muy negro, y su piel, tal y como había tenido la oportunidad de comprobar a lo largo de la tarde, poseía un intenso color tostado, cálidamente dorado. Ahora estaba completamente vestido. Llevaba zapatillas de deporte, vaqueros y una camiseta blanca. Y, pese a su aspecto informal, resultaba desconcertantemente más formidable y su presencia imponía más autoridad de lo que hubiera esperado.
Ya era casi noche cerrada. Estaban rodeados por pequeñas luces decorativas que iluminaban el puerto deportivo y sus alrededores. Petra podía ver el ardiente brillo de sus ojos mientras su mirada la rodeaba en un abrazo invisible. Al principio notó cierto desdén que, de pronto, se mudó en apreciación. El cuerpo de su presa se tensó, como alertado por algo en ella que hubiera llamado su atención, y que transformó el desinterés, que Petra hubiera jurado que había observado inicialmente en sus ojos, en una intensa concentración que la dejó inmóvil.
Si decidía volverse y huir a la carrera, estaba segura de que él se divertiría. Pero se divertiría persiguiéndola, atormentándola. Al menos eso había decidido. ¡Era esa clase de hombre!
A pesar de que llevaba unos pantalones vaqueros perfectamente respetables y una camisa, tuvo la repentina sensación de que él podía penetrar en su ropa con la mirada, hasta su misma piel, que ya conocía cada curva de su cuerpo, cada secreto oculto, cada uno de sus puntos débiles. No estaba acostumbrada a esa clase de sensaciones y se sintió indefensa.
–Si ha venido para las clases particulares, me temo que ha llegado un poco tarde.
Petra no había esperado el abierto cinismo en su voz, y tanto eso como la mirada que le estaba dirigiendo le atravesaron la piel como un hierro incandescente. Sospechó que en sus palabras vibraba el desprecio de varias generaciones de férrea masculinidad frente a cierto tipo de mujeres de moral disipada.
–La verdad es que no necesito clases –replicó, de nuevo en posesión de su orgullo.
Había aprendido windsurf en su adolescencia y, si bien él nunca lo sabría, había alcanzado un alto nivel competitivo.
–¿No? Entonces, ¿qué es lo que está buscando? –preguntó con sarcasmo, conocedor de la respuesta, y su tono la conmocionó.
¡Petra comprendía la excitación que esas mujeres habían demostrado hacia él! Poseía una cierto aura, un magnetismo sexual que embriagaba los sentidos. El control y la confianza se insinuaban de un modo burlón ante la certeza que lo llevaba a considerarse capaz de sojuzgar su voluntad si se lo propusiera, perfectamente consciente del efecto que tenía sobre su sexo. Era la clase de hombre cuya sola existencia delataba con nitidez la presencia de un inminente peligro, de orden masculino, en cualquier idioma. Y esa era precisamente la razón que lo hacía ideal para su propósito, recordó mientras se debatía frente al vergonzoso impulso que la empujaba a escapar corriendo mientras tuviera alguna opción.
Molesta ante su propia debilidad, rechazó esa posibilidad. A lo largo de su vida había hecho frente a una buena colección de hombres, en virtud de una amplia lista de motivos, y de ninguna manera pensaba dejarse amilanar por ese.
Aunque fuera la primera vez que se sentía tan consciente de la sexualidad de un hombre, que apenas podía respirar; el aire que los rodeaba estaba impregnado con la testosterona pura de un cazador solitario.
Ignoró sus propios sentimientos, respiró hondo y tomó la palabra.
–Quisiera hacerte una proposición –dijo.
Petra dedujo que, en el silencio que siguió a su declaración, tendría que haberse desplazado ligeramente porque ahora podía verle la cara. Y lo que vio hizo que el aire se congelara en sus pulmones. Había observado durante el día que poseía el clásico atractivo que no podía imitarse ni conseguirse en un gimnasio, pero ahora asumía que sus rasgos eran tan genuinamente perfectos que habrían arrancado lágrimas de envidia a los mismísimos dioses del Olimpo.
Tan solo permanecía oculto el color de sus ojos. Pero estaba segura de que, en virtud de su pigmentación, tenían que ser marrones. ¡Marrones! Petra se permitió un mínimo descanso. Los hombres de ojos marrones nunca la habían atraído. Secretamente siempre había anhelado un hombre con los ojos grises, puros como la plata, desde que se había enamorado de un héroe literario en una novela que había leído en su adolescencia y cuyos ojos eran descritos de ese modo.
–¿Una proposición? –el cínico desinterés del tono de su voz enardeció ligeramente a Petra–. Soy un hombre. Y no me acuesto con mujeres que me lo proponen. Me gusta acechar a mis presas, pero no que me cacen a mí. Claro que, si estás desesperada, puedo facilitarte la dirección de algunos locales donde quizá tengas más suerte.
Mientras sus dedos se cerraban sobre sí mismos hasta dibujar dos pequeños puños, Petra tuvo que reprimir la instintiva tentación de reaccionar ante su insulto a la manera clásica de las mujeres. Por muy satisfactorio que en principio pudiera ser abofetearlo, no resultaría muy beneficioso para llevar su plan a buen puerto. Al menos la actitud del tipo confirmaba que se trataba de un depredador sexual. En ningún caso la clase de hombre que un futuro marido quisiera ver en compañía de su futura esposa. En definitiva, era el hombre perfecto para su plan.
–No se trata de esa clase de proposición –negó con firmeza.
–¿Ah, no? ¿Y de qué se trata? –preguntó con voz retadora.
–Es una proposición legal y que está bien pagada –se apresuró a decir, cruzando los dedos, esperanzada en que sus palabras hubieran picado su curiosidad.
Se había desplazado nuevamente. Ahora le había llegado el turno a ella de desvelar sus rasgos, iluminada por las luces decorativas del puerto deportivo.
No era una persona vanidosa, pero sabía que la mayoría de los hombres la encontraban atractiva. Pero la expresión del monitor no reflejaba esa impresión. Se sintió vulnerable bajo la mirada fría de él y se refugió instintivamente en las sombras, los brazos alrededor del cuerpo.
–Parece fascinante –replicó él, lacónico, en tono de burla–. ¿Qué tengo que hacer?
–Tienes que acosarme y seducirme –explicó algo más relajada–. ¡Y debe ser público y notorio!
Durante un instante obtuvo la satisfacción que le proporcionó la sorpresa reflejada en su rostro. Abrió los ojos de par en par hasta que recuperó el control.
–¿Seducirte? –repitió él.
Y entonces fue ella quien se sorprendió, de un modo muy desagradable, mientras apreciaba la sequedad de su tono abrupto, exageradamente agudo.
–Solo en apariencia –apuntó entonces, antes de que él dijera algo más–. Solo quiero que finjas que me seduces.
–¿Quieres que finja? ¿Por qué? –preguntó sin rodeos–. ¿Acaso quieres poner celoso a tu pareja? ¿Se trata de eso?
–No, no es eso –dijo, la mirada fija en él–. Quiero pagarte para que te asegures de que mi reputación queda... en entredicho.
Durante un momento Petra observó su expresión y se preguntó qué significaban exactamente el profundo surco en su frente y la absoluta inmovilidad de su cuerpo.
–¿Puedo preguntarte cuál es el motivo de que quieras perder tu reputación?
–Puedes preguntarlo –señaló Petra–. Pero no tengo la menor intención de contártelo.
–¿No? Bien. En ese caso, no me interesa ayudarte.
Ya se estaba alejando de allí y Petra se sintió presa del pánico.
–Estoy dispuesta a pagarte cinco mil libras –gritó.
–Diez mil y, en ese caso, quizá tengamos un acuerdo –deletreó lentamente mientras se detenía y daba media vuelta.
Diez mil libras. Petra empezó a ponerse enferma. Sus padres le habían dejado un fondo fiduciario muy generoso, pero no podría disponer de ese dinero hasta que cumpliera veinticinco, y no había manera de que pudiera sacar una cantidad tan desorbitada sin la aprobación de los administradores de su fortuna. Y uno de ellos era su padrino, cuya presencia la obligaba a llevar a cabo su plan en primer lugar.
Su cuerpo se desplomó ante la inevitable derrota.
El monitor seguía alejándose de ella y casi había alcanzado el extremo de la playa. En unos segundos habría desaparecido.
Tragó saliva, teñida con el amargo sabor de su propia derrota, y se alejó en dirección contraria.
Decidida a renunciar a la tentación de verlo desaparecer en la noche, Petra fijó la mirada en el mar.
Mucha gente, al verla por primera vez, asumía que por sus venas corría sangre española o italiana. Su piel poseía una cálida coloración crema y su pelo, castaño oscuro, era fuerte y lustroso. Su estructura ósea era elegante y delicada, levemente patricia. Tan solo sus brillantes ojos verdes y la rectitud de su pequeña nariz, en combinación con su naturaleza apasionada, delataban sus genes de origen celta, herencia de los antepasados irlandeses de su padre. Muy pocas personas sabían que sus peculiares rasgos nacían de la exótica mezcla de esos genes con la sangre beduina de su madre.
Podía sentir la brisa marina acariciando su cabello y la incipiente piel de gallina en todo su cuerpo. Pero no fue nada comparado con la intensa emoción que emergió en su interior al sentir, de pronto, la presión de una mano masculina sobre su nuca.
–Entonces, digamos cinco mil libras... y el motivo –susurró una voz sedosa que ya le resultaba familiar.
¡Había vuelto! Petra no sabía si debía regocijarse o sentir pánico.
–¡No admito regateos! –anunció la misma voz aterciopelada–. Cinco mil y el motivo, o no habrá trato.
Petra sentía que tenía la garganta seca. No quería decírselo, pero ¿qué otra opción le restaba? Y además, ¿qué daño podía hacer?
–Está bien.
¿Qué estaba provocando que su voz sonara tan trémula? ¿No sería el hecho de que su mano siguiera firme sobre su nuca?
–Estás temblando –dijo, tan preciso a la hora de adivinar sus sentimientos que su intuición alarmó a Petra–. ¿Por qué? ¿Tienes miedo? ¿Estás excitada?
Al tiempo que alargaba deliberadamente las palabras en un interminable susurro, acarició con el pulgar el lateral de su garganta y atrapó su pulso nervioso.
Petra se libró de su cercanía con firmeza y se mostró resolutiva.
–¡Nada de eso! Solo tengo un poco de frío.
Adivinaba la crueldad burlona reflejada en la curva de sus labios.
–Por supuesto –accedió–. Así pues, ¿quieres que, públicamente, te acose y te seduzca?
Parecía que, de pronto, se hubiera cansado de atormentarla. ¡Pero ese hombre no era ninguna mascota doméstica acurrucada junto a la chimenea! Había algo indómito y salvaje, decididamente peligroso, en cada una de sus acciones, una advertencia camuflada bajo la burla aparente.
–¿De qué se trata? ¡Dímelo!
Petra tomó aire y respiró hondo.
–Es una larga historia, muy complicada –advirtió.
–¡Adelante!
Petra cerró los ojos un instante y trató de ordenar sus pensamientos con lógica. Después volvió a abrirlos y tomó la palabra.
–Mi padre era un diplomático estadounidense. Conoció a mi madre aquí, en Zuran, donde lo habían destinado. Se enamoraron, pero el padre de ella no aprobaba la relación. Tenía otros planes en mente para su hija. Cree que es deber de su hija ofrecerse como moneda de cambio en el imperio empresarial de la familia.
Mientras hablaba podía sentir la rabia y la amargura en su propia voz, igual que sentía cómo esos sentimientos crecían en su interior, una mezcla de un dolor muy antiguo al recordar a su madre y un dolor nuevo, propio y terrible.
–Mi abuelo renunció por completo a su hija después de que se escapara con mi padre. Y también prohibió a su familia, los hermanos de mi madre y sus esposas, que mantuviera relación alguna con ella. Pero mi madre me lo contó todo. ¡Y hasta qué punto había llegado su crueldad! –dijo, la mirada encendida.
»Mis padres vivían bendecidos por una inquebrantable felicidad, pero fallecieron en un accidente cuando yo tenía diecisiete años. Me fui a vivir a Inglaterra con mi padrino que, al igual que mi padre, era diplomático. Así se conocieron, mientras mi padrino estaba destinado aquí, en Zuran, en la embajada británica. Todo iba bien. Terminé mis estudios en la universidad, viajé junto a mi padrino, trabajé para una agencia de ayuda humanitaria y estaba... estoy planeando hacer un curso de postgrado. Pero, ahora... Hace poco, mi tío vino a Londres y se puso en contacto con mi padrino. Le dijo que mi abuelo deseaba verme. Y que quería que viniera a Zuran. Yo no quería saber nada de él. Sabía lo mucho que había herido a mi madre. Ella nunca perdió la esperanza de que algún día él la perdonaría, que contestaría sus cartas, que aceptaría hacer las paces, pero nunca cedió. Ni siquiera cuando murieron.
Los ojos de Petra se inundaron con lágrimas de rabia y dolor, pero prosiguió su relato con determinación.
–Mi padrino me rogó que pensara en ello. Me dijo que esa hubiera sido la voluntad de mis padres, en virtud de la reconciliación con la familia. Me dijo que mi abuelo era uno de los principales accionistas de este complejo y que había sugerido que nos alojáramos aquí para que así pudiéramos conocernos mejor. Estaba decidida a rechazar su oferta, pero... –hizo una pausa y sacudió la cabeza–. Sentía que, por la memoria de mi madre, tenía que venir. Pero si entonces hubiera sabido la auténtica razón por la que me han hecho venir...
–¡La auténtica razón! –intervino él con una brusquedad que hirió las emociones de Petra, a flor de piel.
–Sí, el verdadero motivo –reiteró con amargura–. El día que llegamos vino a vernos mi tío con su mujer y su hijo, mi primo Saud. Tan solo tiene quince años, y... Me dijeron que mi abuelo no se encontraba bien, que sufría del corazón y que su médico le había recomendado reposo absoluto y nada de emociones fuertes. Yo creí en su palabra. Pero entonces, cuando nos quedamos a solas, Saud descubrió accidentalmente el pastel. No pensaba que yo desconociera la verdadera razón de mi presencia.
Petra movió la cabeza de lado a lado al sentir que la voz le temblaba nuevamente.
–Nada más alejado de sus intenciones que estrechar los lazos con la familia y rectificar todo el daño que le había hecho a mis padres. ¡Me ha hecho venir hasta aquí porque quiere casarme con uno de sus socios! E, increíblemente, mi padrino cree que es una buena idea. Al principio trató de convencerme de que había interpretado erróneamente las palabras de Saud, pero de hecho cree que es tan buena idea que ahora está incomunicado en el Este, en misión diplomática, ¡y tiene mi pasaporte! Quiere que conozca al tipo y le dé una oportunidad –e imitó el acento británico de su padrino–. «Quizá te guste después de todo. Fíjate en la nobleza británica. Todos los matrimonios son convenidos y, en general, los resultados han sido muy satisfactorios». Todas esas tonterías del amor. No siempre funciona, ¿sabes? Y, según las palabras de tu tío, parece que ese jeque Rashid y tú tenéis muchas cosas en común. Una herencia cultural parecida. Buenas relaciones con la Oficina de Asuntos Exteriores y el Primer Ministro. Muy inteligente en este terreno, ya sabes. Me ha contado un pajarito que la Casa Blanca apoya incondicionalmente la idea.
–¿Tu abuelo quiere que te cases con un compatriota de Zuran, colega suyo en los negocios, como muestra de buenas relaciones, por motivos diplomáticos? ¿Es eso lo que intentas decirme? –interrumpió él.
Petra reconoció el cínico escepticismo en su voz y no lo culpó por esa reacción.
–Bueno, mi padrino desearía que pensara que esa es la única motivación para ese comportamiento, pero mi abuelo no es así de altruista –replicó, mordaz.
–Gracias a lo que he podido sonsacar a mi primo Saud, mi abuelo quiere casarme con ese compatriota porque, además de ser accionista de este complejo, parece ser que está en muy buenas relaciones con la Familia Real de Zuran, ¡nada menos! Mi madre estaba destinada a contraer matrimonio, en principio, con un primo segundo de la Familia Real, antes de conocer y enamorarse de mi padre. Mi abuelo consideraba ese enlace muy prestigioso y estaba seguro de que le reportaría pingües beneficios. Supongo que ahora solo piensa en atar los cabos sueltos conmigo y que ocupe el lugar de mi madre para satisfacer su ambición y su avaricia.
–¿Acaso tu herencia mixta te molesta? –preguntó, y eso desconcertó a Petra.
–¿Si me molesta? –se tensó, presa de la furia y el orgullo–. ¡No! ¿Por qué iba a molestarme? Me siento orgullosa de ser el fruto del amor de mis padres y orgullosa también de mí misma.
–Me has malinterpretado. La molestia a la que me refería nace de la mezcla volátil de la frialdad del norte con el fuego del desierto. La sangre sajona mezclada con la sangre beduina, la llamada de las raíces y la fuerza que alimenta a los nómadas. Todo lo que rodea dos polos tan opuestos. ¿Nunca te has sentido desgarrada, atraída hacia lados opuestos por dos culturas diferentes? ¿Parte integrante de ambas y, al mismo tiempo, totalmente ajena?
Sus palabras resumían con tanto acierto los sentimientos que la habían atormentado desde su más tierna infancia que se quedó sin capacidad de respuesta. ¿Cómo podía calibrar con tanta exactitud su estado de ánimo? Sintió cómo se le erizaba el vello de todo el cuerpo. Estaba frente a una presencia cuya fuerza no llegaba a comprender, una fuerza y una perspicacia tan desarrolladas que sentía auténtico pavor.
–Yo soy lo que soy –señaló con firmeza, mientras procuraba combatir los efectos que el monitor le causaba.
–¿Y qué es lo que eres?
La ira ensombreció su mirada.
–Soy una mujer moderna e independiente que no permitirá que la manipulen al servicio de los planes de un anciano maquiavélico.
Petra observó cómo él se encogía de hombros.
–Si no quieres casarte con el hombre que tu abuelo ha elegido para ti, ¿por qué no se lo dices? –preguntó.