Amor en público - Penny Jordan - E-Book
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Amor en público E-Book

Penny Jordan

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Beschreibung

Ella quería que el amor que él le demostraba en público no fuera fingido. El millonario Marco di Vincenti necesitaba una esposa para poder conseguir la custodia de la pequeña Angelina... así que decidió proponerle un matrimonio de conveniencia a Alice Walshingham, la niñera de su hija. Alice habría hecho cualquier cosa para proteger a Angelina, incluso casarse con Marco di Vincenti. Lo que él no sabía era que Alice estaba totalmente enamorada de Marco, y por eso aquel matrimonio era una verdadera tortura para ella. Todo el mundo esperaba que se comportaran como una pareja apasionada y parecía que Marco estaba dispuesto a cumplir con su papel en público, pero ¿qué pasaría cuando estuvieran en privado?

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Seitenzahl: 199

Veröffentlichungsjahr: 2017

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2002 Penny Jordan

© 2017 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Amor en público, n.º 1415 - julio 2017

Título original: Marco’s Convenient Wife

Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-9170-092-0

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Prólogo

 

QUE tengas buena suerte con la entrevista. Aunque seguro que vas a conseguir el trabajo, porque no hay una niñera mejor que tú, Alice. Lo único malo es que te encariñas demasiado con los niños.

Mientras correspondía al abrazo de su hermana mayor, Alice intentó sonreír. Aunque hacía un mes que había dejado su trabajo anterior, todavía echaba de menos a los dos pequeños a los que había estado cuidando. Sin embargo, no echaba de menos al padre, que con sus continuas insinuaciones sexuales y le había hecho muy difíciles los últimos meses de trabajo.

Incluso aunque no hubiera tenido que soportar aquello, sabía que no habría podido aceptar el ofrecimiento de su señora para trabajar con ellos en Nueva York, donde la habían destinado. Era una mujer que anteponía su carrera profesional a todo, y aunque necesitaba una persona para cuidar de sus hijos, a menudo la molestaba el papel que ella desempeñaba en la casa. Pero aquel era el precio que tenía que pagar por trabajar en lo que había elegido.

En aquel momento estaba a punto de viajar hacia Florencia para hacer una entrevista. El trabajo consistía en cuidar a un bebé huérfano.

–Y muchas gracias por llevar a Louise –continuó su hermana, Connie–. Sé que le va a encantar Florencia, sobre todo porque le gusta el arte. La vida no ha sido muy fácil para ella últimamente, así que espero que este viaje resulte de ayuda.

Alice pensaba que Louise, la hijastra de su hermana, estaba decidida a mostrar su tristeza e inseguridad haciendo que Connie y su padre se sintieran culpables por haberse casado, y que nada de lo que hicieran iba a agradarle, ni siquiera aquel viaje de cuatro días a Florencia. De todas formas, había accedido a que fuera con ella a Italia.

Alice tenía que entrevistarse con un hombre llamado conde de Vincenti, que había puesto un anuncio en el que buscaba una niñera inglesa que hablara perfectamente italiano para cuidar a una niña de seis meses.

Y aquel detalle exactamente, «una niña de seis meses» era lo que le había llamado la atención y le había llegado al alma. Le había parecido frío y distante, como si aquel conde no tuviera ningún lazo que lo uniera emocionalmente a la pequeña, y aquello había hecho que todo el instinto de protección de Alice se pusiera en alerta.

Después de los niños, su segundo amor eran los idiomas; no solo hablaba italiano con fluidez, sino también francés y alemán, lo cual representaba una considerable ventaja para una niñera. Así se lo habían dicho en su agencia.

La última vez que había visitado Florencia tenía ocho años, y su hermana quince. Guardaba muy buenos recuerdos de aquel viaje. Entonces, ¿por qué sentía tanta aprensión ante el hecho de volver?

Porque Louise estaría bajo su responsabilidad, y la chica estaba pasando los peores momentos de su adolescencia, o quizá porque había algo acerca del que podría ser su jefe que le resultaba antipático.

Alice no sabía exactamente el motivo, pero por encima de sus propios sentimientos estaban las necesidades de un bebé huérfano de seis meses.

Capítulo 1

 

FLORENCIA estaba bajo los efectos de una ola de calor y las temperaturas eran aún más altas de lo que Alice había pensado. Louise, que se había escapado durante la noche, no quiso acompañarla a dar un paseo a primera hora de la mañana y se quedó de mal humor en el hotel, durmiendo, así que aprovechó el momento de soledad para explorar la ciudad.

Mientras cruzaba la calle con la intención de comprar un helado en un puesto que había en la acera de enfrente, vio un deportivo rojo que estaba esperando a que un camión de unas obras dejase el paso libre. Intentó no prestarle atención, pero fue consciente de su presencia mientras pedía un helado de tiramisú. El vendedor le lanzó un piropo descarado que la hizo ruborizarse, lo suficientemente alto como para que lo oyese el conductor del deportivo.

Sí lo había oído y probablemente había sentido desprecio por la escena, pensó Alice cuando vio cómo la miraba con expresión desdeñosa.

Alice se sintió completamente mortificada y notó que le ardía la cara. Sin duda alguna, él creería que era una estúpida turista del norte de Europa que estaba pasando unas vacaciones baratas, pensó, mientras le devolvía una mirada corrosiva. Sin embargo, no se dio cuenta de que el helado se estaba derritiendo bajo el sol abrasador y de que estaba goteando sobre su camiseta.

Y por eso, en aquel momento tan inoportuno, sintió cómo sus pezones se le endurecían, lo cual fue más que evidente. Durante todo el tiempo que estuvo esperando para cruzar la carretera, él tuvo fija la mirada en la suave curva de su pecho.

«Un hombre horrible», pensó Alice. Pero tenía que reconocer que era el hombre más sensual que había visto en su vida. Su magnetismo resultaba peligroso.

Solo mirarlo a los ojos, de un color topacio intenso, habría sido suficiente para fundir un glaciar, por no hablar de su helado, pensó temblorosa.

Y eso sin que él hubiera intentado nada. No sabía lo que podría ocurrir si realmente aquel hombre quería lanzarle una mirada sensual a una mujer. Aunque ella no tenía ningún interés en averiguarlo, por supuesto. Nunca jamás.

Con respecto al coche descapotable, y su pose, Alice estaba segura de que solo tenían un propósito: exhibir su poder masculino. Despreciaba a los machistas como aquel.

 

 

«Demonios, ¿dónde se habrá metido esa mujer?», pensó Marco con irritación. Miró la hora y frunció el ceño. Estaba en el vestíbulo de un hotel de cinco estrellas a las afueras de Florencia, donde se suponía que había concertado una cita con la mujer inglesa con la que tenía que entrevistarse. Se paseaba a grandes zancadas y su magnetismo de depredador hacía que las mujeres presentes en la estancia sintieran escalofríos.

Sin embargo, no era consciente del efecto que tenía en ellas. Continuaba frunciendo el ceño.

El hecho de que la persona a la que iba a entrevistar no hubiera llegado puntual a la cita, ni hubiera tenido la educación de avisarlo de alguna manera de que se iba a retrasar no era, en su opinión, una buena tarjeta de presentación. A pesar de que su agencia la hubiera recomendado con toda clase de alabanzas.

De todas formas, no estaba de buen humor. Su coche había tenido una avería y estaba en el taller, por lo que había tenido que tomar el Ferrari rojo de Aldo, su primo, que había permanecido en el palacio desde su muerte. Aquel era un coche que llamaba mucho la atención, un tipo de atención que a Marco no le gustaba. Entrecerró pensativamente los ojos mientras recordaba a la chica rubia que había visto en la ciudad. Aunque había visto en su mirada que le encantaba el coche, también había visto una advertencia: «No me mires de esa forma».

Personalmente, él habría preferido que una mujer se sintiera atraída por él mismo y no por su coche. Era evidente que Aldo no había compartido esa opinión.

¿Dónde se había metido aquella mujer?

Para ser sincero, le había molestado un poco que hubiera rechazado alojarse en el hotel que él había propuesto, con el pretexto de que quería visitar la ciudad, y aquel hotel estaba muy lejos del centro.

Su irritación crecía por momentos. Angelina, el bebé, se habría despertado y lo estaría echando de menos. La pérdida traumática de su madre había dejado a la niña en manos del único adulto que sería una constante en su vida, con quien parecía que se sentía segura. Aquel adulto era él. Y Marco no estaba contento con los cuidados que le proporcionaba la chica que su fallecida madre había contratado.

Marco sabía que Angelina había pasado a ser su hija, y que dependía totalmente de él. Era su primera preocupación, y por eso quería encontrar la mejor niñera para ella. Necesitaba una persona que estuviera dispuesta a comprometerse firmemente, durante algunos años, a estar con la niña. De repente, su gesto de irritación cambió por uno de paternalismo. Tenía tal sentimiento de responsabilidad hacia Angelina, que la única mujer a la que podría confiarle su cuidado tendría que darle todo el amor y la seguridad que había perdido al morir su madre. Tendría que ser alguien responsable y en quien se pudiera confiar.

Y ya que la madre era británica, había decidido que la niñera fuera también una británica que hablara perfectamente italiano, de manera que la pequeña pudiera crecer aprendiendo los dos idiomas.

La chica que había encontrado finalmente parecía demasiado buena como para ser real, y además su agencia la había recomendado especialmente. Sin embargo, en aquel momento creía que las dudas que hubiera podido tener se habían confirmado. Miró la hora de nuevo.

Desprendía un aura de poder y una sexualidad tan fuerte que resultaba peligroso. Ni siquiera la gracia felina con la que caminaba podía disimular toda aquella masculinidad, ni el traje elegante e impecable podía esconder la magnífica musculatura de su cuerpo. Ninguna mujer podría ser inmune a toda aquella sensualidad, que ni el dinero, ni la posición podían comprar.

Sin embargo, en la firmeza de su boca podía apreciarse una determinación que establecía una distancia entre los demás hombres y él, una altivez que desafiaba a cualquiera que intentara acercarse sin ser invitado.

A sus treinta y cinco años, llevaba diez dirigiendo una complicada empresa que pertenecía a su numerosa familia: tías, tíos y primos.

Sus padres había muerto en un accidente de aviación, junto a su tío más joven y Marco, o, para dar su nombre completo, Semperius Marco Francisco, conde de Vincenti, recién licenciado en arquitectura a los veinticinco años, se había encontrado en el papel de guardián de la historia y el futuro de la familia. En aquel momento, le había parecido una carga demasiado pesada.

Pero se las había arreglado para cumplir con su deber. Sin embargo, había perdido algo de la espontaneidad, el amor por la vida y la alegría, y la capacidad de vivir el momento. Por el contrario, Aldo, huérfano como él a causa del accidente, había empezado a disfrutar en exceso de todo aquello. Marco sabía que muchos miembros de su familia pensaban que había dejado que Aldo se aprovechara de él. Pero los dos habían perdido a sus padres, y su primo solo tenía dieciséis años cuando ocurrió aquella tragedia. Todo había sido mucho más duro para alguien tan joven.

El gesto de Marco se hizo más triste mientras pensaba en su primo. Él nunca había estado de acuerdo con que se casara con aquella preciosa modelo inglesa. La boda se había celebrado a las pocas semanas de conocerse, y Marco no se había sorprendido mucho al constatar que habían dejado de amarse tan rápidamente como se habían enamorado.

Pero ya no tenía remedio. Aldo se había casado con Patti y habían tenido a Angelina, aunque los dos se habían arrepentido amargamente.

En su papel de cabeza de familia, Marco se sintió obligado a invitarlos a que pasaran una temporada en el palacio de la Toscana, con la esperanza de que pudieran encontrar la solución a todos los problemas de su matrimonio. Después de todo, aunque él no hubiera aprobado la boda, habían tenido una niña, y aquello era más importante que los errores de sus padres.

Pero el intento no funcionó, y después de una terrible discusión, Aldo y Patti habían salido de la villa en coche, furiosos el uno con el otro.

Probablemente, nunca se llegaría a averiguar cuál fue la causa del terrible accidente que había dejado una criatura huérfana, pero Marco se sentía culpable por haberlos llevado al palacio.

Al ser el pariente más cercano de Aldo, se había hecho responsable de Angelina, y era evidente que en tres meses la niña se sentía muy unida a él. El fuerte instinto paternal de Marco le hizo tomar la determinación, por el bien de la niña, de contratar a una persona que se encargara de su cuidado.

Para no perder el tiempo haciendo entrevistas que no le llevarían a ninguna parte, había estudiado minuciosamente todas las solicitudes que la agencia le había enviado, y al final, Alice Walsingham había sido la elegida. Aquello le hacía sentirse aún más furioso, porque ella ni siquiera se había dignado a ir a la entrevista. Eran las once, media hora más tarde de lo que habían convenido. Se le había acabado la paciencia, ya había esperado suficiente. Si la señorita Walsingham decidía aparecer, por fin, desde luego no era la persona a la que le confiaría a su preciosa niña.

Cuando salió del hotel, los rayos de sol se reflejaron en su pelo negro perfectamente peinado, y puso de relieve sus rasgos marcados y la fuerza de su cuerpo de uno noventa de altura. Se puso unas gafas oscuras para protegerse de la luz cegadora, y se dirigió enfadado hacia el Ferrari de Aldo. Al poner las llaves en el contacto, se dio cuenta de que no había dejado ningún mensaje para la niñera, en caso de que esta decidiera aparecer. Dejó las llaves puestas, salió del coche y se dirigió al hotel.

 

 

–Oh, por Dios, ¿quieres dejar de darme la lata? No eres mi madre, ni nada mío, y solo porque tu hermana se las haya arreglado para atrapar a mi padre no tienes derecho a decirme lo que tengo que hacer.

Mientras escuchaba lo que decía Louise, Alice contó mentalmente hasta diez. Eran las once y cinco, y ya llegaba más de media hora tarde a su cita. Había sido imposible dejar a Louise sola después de cómo se había comportado durante el viaje. La noche anterior, la chica se había escapado del hotel, había vuelto de madrugada y bebida y no había querido decirle con quién había estado. Alice se moría de ansiedad.

Luego, se había enterado de que Louise había pasado la noche con unos estudiantes americanos que estaban en el hotel y que la habían vigilado mientras había estado con ellos; pero una de las chicas le contó a Alice que Louise había estado casi toda la noche hablando con un individuo poco recomendable que se había unido al grupo y que habían quedado para verse al día siguiente.

Para evitar que aquello sucediera, Alice había obligado a Louise a que la acompañara a la entrevista. La muchacha no había escatimado esfuerzos para demostrarle a Alice todo el resentimiento y la hostilidad que sentía hacia ella, y había hecho todo lo posible para hacer que llegara tarde.

Por fin llegaron al hotel. Alice pagó al taxista e intentó hacer caso omiso de las miradas que les estaba lanzando. Louise iba muy maquillada y llevaba unos vaqueros ajustados y una camiseta que dejaba al descubierto su vientre, y que atraía las miradas de todos los hombres. Parecía mucho mayor de lo que en realidad era, al contrario que Alice, que no se había pintado en absoluto y llevaba una blusa y una falda que hacían que no representara los veintiséis años que tenía.

La muchacha estaba de muy mal humor y fingió que no escuchaba nada de lo que le decía Alice para que se apresurara a entrar al hotel.

En otras circunstancias, habría disfrutado de lo que las rodeaba, puesto que según la guía turística, aquel hotel era un edificio renacentista que había pertenecido a un príncipe, y había sido magníficamente remodelado y convertido en un lugar en el que alojarse era todo un privilegio. Pero en vez de dejarse llevar por el deseo de admirar la belleza y la simetría de las formas, Alice solo estaba pendiente de lo que hacía Louise.

–¡Guau! ¡Mira qué coche! Daría cualquier cosa por conducir uno como ese.

Volvió la cabeza y se quedó perpleja al encontrarse un descapotable rojo que había visto antes. Empezó a acordarse del conductor, aquel hombre tan masculino, moreno, peligroso, que la había mirado como si… De repente, se dio cuenta de que Louise había salido disparada hacia el coche.

–¡Louise! No… –intentó advertirle ansiosamente.

Pero era demasiado tarde. La chica saltó al asiento del conductor y dijo triunfante:

–Las llaves están puestas. Siempre he querido conducir una máquina así…

–¡No, Louise! No puedes… –protestó horrorizada Alice, sin llegar a creerse que la muchacha se estuviera comportando de un modo tan irresponsable.

–¿Y quién dice que no? –Louise giró la llave y Alice oyó cómo se encendía el motor.

Su hermana ya le había dicho que la chica podía ser muy testaruda. El divorcio y los nuevos matrimonios de sus padres habían supuesto un trauma para ella, y además el nuevo marido de su madre había dejado claro que no quería una adolescente escandalosa causándole problemas.

Pero incluso así…

–Louise, no –protestó Alice, e instintivamente rodeó el coche para llegar a la puerta del asiento del copiloto y entrar. Antes de que pudiera evitarlo, Louise puso el coche en marcha y empezaron a moverse. El acelerón aplastó a Alice contra el asiento.

Con el corazón en la boca, le rogó a la muchacha que parase el coche, pero todo lo que dijo no hizo más que incitarla más. Oía cómo sonaban las marchas mientras Louise maniobraba torpemente por la carretera. Acababa de sacarse el carnet de conducir, y no tenía ni la experiencia ni la seguridad suficiente para conducir un coche como aquel. Se quedó horrorizada cuando notó que Louise empezaba a acelerar y vio que casi derribaba a dos motoristas que iban delante de ellas.

La carretera se ensanchaba a poca distancia, pero había mucho tráfico. A un lado se alzaba un muro, y más allá había un río; en el otro lado había edificios y aceras llenas de tiendas.

Alice estaba muerta de miedo y muy preocupada, pero consiguió reprimir su deseo de agarrar el volante. De repente, pasó a su lado un coche, acelerando para adelantarlas; ella gritó para avisar a Louise, pero la muchacha, en vez de aminorar la velocidad aceleró también, y Alice contuvo la respiración y puso todo su cuerpo en tensión a la espera del choque, que supo que sería inevitable.

Capítulo 2

 

EL inconfundible sonido del motor del Ferrari de Aldo, arrancado por manos inexpertas, alertó a Marco.

Salió corriendo hacia la calle, y acertó a ver las dos cabezas rubias de las ladronas que se estaban llevando el coche. Estaba claro que no sabían conducirlo.

Pero lo que más tensión le causaba no era el coche en absoluto, sino la posibilidad de que se produjera un accidente. Había sufrido la experiencia de tener que identificar los cuerpos de su primo y de su esposa después de la tragedia, y no tenía ganas de repetir la historia.

Estaba a punto de llamar a la policía para denunciar el robo cuando vio el choque que había estado temiendo.

Aliviado, se dio cuenta en seguida de que había sido un golpe sin ninguna importancia. El conductor del otro coche había salido del vehículo y se dirigía hacia el Ferrari.

Marco colgó el teléfono y corrió hacia ellos.

 

 

Por encima de los gritos histéricos de Louise, Alice oyó voces de italianos. Le dolía la cabeza porque se había dado un golpe contra el parabrisas, y mientras abría y cerraba los ojos se dio cuenta de que Louise ya estaba de pie en la calzada, al lado del coche. Intentó concentrar sus pensamientos para conseguir salir del estado de shock.

Alguien, seguramente un hombre, estaba consolando a Louise, que lloraba en medio de la histeria. Pero nadie se molestaba en ayudarla a ella. Sin embargo, consiguió salir del coche, justo en el momento en que la multitud que las rodeaba se abrió para dejar paso a un hombre alto y moreno, que le dio su tarjeta al otro conductor.

Después, la miró y ella lo reconoció al instante. Alice pensó que iba a desmayarse. Habría reconocido aquellos ojos en cualquier parte, y se dio cuenta, al ver la forma en que él la miraba, de que también la recordaba perfectamente.

Era el hombre que había visto aquella mañana… La cabeza empezó a darle vueltas y se apretó la sien con una mano. Estaba muy mareada y no sabía cómo desviar su mirada de la de aquel hombre furioso y hostil. La impresión por lo que había ocurrido le había desprovisto de todo control y madurez para enfrentarse a la situación. Se sentía indefensa y necesitaba que alguien fuera amable con ella.

Aquel hombre de mirada dura y facciones marcadas continuaba mirándola tan fijamente, que se sentía como un espécimen bajo el microscopio.

Alice oyó que Louise decía entre sollozos:

–No ha sido culpa mía. Yo no he hecho nada. Era ella la que conducía, no yo…

Aquellas palabras no le causaron mucho impacto, porque estaba concentrada en las palabras de aquel hombre, que con un perfecto inglés le estaba preguntando:

–Si usted es la culpable de esta… atrocidad, déjeme decirle que me voy a ocupar de que pague por ello. ¿Tiene alguna idea de lo que ha hecho? ¿Del peligro de que alguien muriera? –la voz se tornó más aguda y amarga–. ¿Alguna vez ha visto la víctima de un accidente grave?

Alice sintió náuseas. Él no le estaba diciendo nada que no supiera, pero Louise, que también lo estaba escuchando, se había quedado silenciosa y avergonzada. Alice sintió que su deber era protegerla. En aquel momento pudo por fin fijarse en los dos coches y se dio cuenta de que él había reaccionado desproporcionadamente. La puerta del conductor del Ferrari estaba abollada y se había roto un cristal, y el otro coche también tenía una abolladura, pero el conductor no estaba herido y estaba consolando a Louise, que temblaba y le decía a todo el mundo que era Alice la que conducía el coche.

Alice abrió la boca para corregirla y defenderse, pero volvió a cerrarla.

Louise tenía diecisiete años, y acababa de sacarse el carnet de conducir. La noche anterior había estado bebiendo y probablemente todavía tenía alcohol en la sangre, y además estaba a su cargo. Y ella le había prometido a su hermana que la cuidaría…

Sin saber muy bien lo que hacía, levantó la vista hacia el propietario del coche y le dirigió una mirada de indefensión.

Marco se quedó rígido al ver cómo lo estaba mirando. Parecía más una niña que una mujer; estaba muy pálida, tenía un golpe en un ojo y le temblaba la boca. Su cuerpo era muy esbelto y delicado. Pero él conocía la sensualidad que irradiaban sus pechos, aunque en aquel momento estuviese disimulada por la blusa y no fuera tan evidente como cuando llevaba la camiseta y el helado caía a gotas…