Amor indeciso - El amor más poderoso - Una noche con su marido - Meredith Webber - E-Book

Amor indeciso - El amor más poderoso - Una noche con su marido E-Book

Meredith Webber

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Beschreibung

Amor indeciso Meredith Webber En el hospital, Nick tenía fama de conquistador; pero en realidad él solo intentaba recuperarse de un fracaso matrimonial. El amor más poderoso Barbara Wallace Chloe Abrams había sido abandonada tantas veces en su vida que ya no quería depender de nadie. Una noche con su marido Cara Colter Jessica Brennan siempre había querido que su marido Kade y ella llenaran su destartalada casa de hijos. Pero habían acabado separándose.

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Seitenzahl: 504

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

N.º 531 - septiembre 2021

 

© 2001 Meredith Webber

Amor indeciso

Título original: A Very Precious Gift

 

© 2014 Barbara Wallace

El amor más poderoso

Título original: Swept Away by the Tycoon

 

© 2015 Cara Colter

Una noche con su marido

Título original: The Pregnancy Secret

Publicadas originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2002, 2016 y 2017

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-1375-940-1

Índice

 

Créditos

Amor indeciso

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Epílogo

El amor más poderoso

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Una noche con su marido

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

SE ACABÓ. No quiero saber nada más de él. ¿Cree que soy idiota? ¡La primera vez que tenemos lo que podría llamarse una cita de verdad y la cancela!

Phoebe salió de la consulta de Charles Marlowe sin mirar y se chocó con su colega.

Nick David tuvo que sonreír al ver la expresión furiosa de la joven.

–Ah, por fin. Estaba deseando que te mostraras como eres en realidad.

Phoebe apretó los puños, como haciendo un esfuerzo para no darle una bofetada.

–¿Qué quieres decir con eso?

Nick soltó una risita.

–Tanto «claro que sí, Charles», como «por supuesto, Charles». Conmigo nunca has sido tan amable. Todo lo contrario, me dices cosas horribles. Aunque, en realidad, tu jefe soy yo, no Charles.

–Yo no te digo cosas… –empezó a decir Phoebe, pero no terminó la frase–. Solo cuando esa pobre secretaria temporal que estaba loca por ti sufrió un desmayo a causa de tus ladridos.

Después de soltarlo, se dirigió a la pequeña habitación en la que estaba la cafetera. Nick la siguió dispuesto a discutir, pero cuando ella le ofreció una taza, decidió llevar el asunto en otra dirección.

–Si tanto éxito tengo con las mujeres, ¿cómo es que estás loca por Charles y no por mí?

Phoebe siguió preparando el café, sin mirarlo.

–Me inmunicé contra los hombres como tú hace mucho tiempo. Y no estoy loca por Charles. Cuando llegué al hospital, el pobre estaba pasando un mal momento y me dio pena. Después, me atrajeron sus buenas cualidades.

La risotada incrédula de Nick hizo que ella se diera la vuelta, indignada.

–Perdona, no quería reírme.

–Además, ya da igual –dijo Phoebe entonces, moviendo la cucharilla como si fuera un arma–. Se acabó, ya no hay nada que hacer. Le he dicho que pienso salir con el primer hombre que me lo pida.

–Ese sí que es un reto, doctora Moreton –sonrió Nick, pensando que quizá debería enfurecerse más a menudo. Furiosa estaba mucho más guapa.

–¿Qué quieres decir?

–Que yo soy un hombre ¿Quieres salir conmigo?

Un temblor, que podría haber sido un presentimiento, recorrió el cuerpo de Phoebe.

O quizá había pillado la gripe.

–No seas bobo. No lo he dicho literalmente. Hasta ahora no he querido salir con nadie más porque pensé que había algo entre Charles y yo.

De repente, se sintió triste. Estaba segura de que había algo entre ellos. O que lo habría habido algún día.

Sabía que él era un hombre dedicado por completo a su trabajo, lo cual no le dejaba mucho tiempo para hacer vida social, pero Charles era exactamente el tipo de hombre con el que siempre había soñado casarse.

Serio, profesional, nada autoritario…

¿Todo lo que no era su padre?

No quería contestarse a esa pregunta, pero no hacía falta ser psicólogo para saber por qué se sentía atraída por un hombre como Charles Marlowe.

–Oye, que no pasa nada –dijo Nick entonces, levantando su barbilla con un dedo.

Phoebe miró sus ojos; azules, pero no azul cielo como los de Charles, sino de un azul zafiro con puntitos verdes. Ojos impenetrables.

Especialmente en aquel momento.

«Eres inmune a hombres como Nick», se recordó ella. Y entonces se dio cuenta de que no lo estaba escuchando.

–¿Qué has dicho?

–He dicho que quizá no es mala idea. Quizá lo que necesita es verte con otro hombre. No se da cuenta de que está siendo injusto contigo, pero si ve que lo pasas bien con otro, despertará de una vez.

–¿Darle celos? –murmuró Phoebe, arrugando el ceño–. Pero Charles no es un hombre celoso, todo lo contrario. Uno de los problemas de nuestra relación… si esto puede llamarse relación, es que él siempre está preocupado por lo que hace su ex mujer.

Nick miró al techo, incrédulo. ¿De verdad se creía esa mentira? Pero no quería ser él quien la desilusionara. Si de verdad estaba enamorada de Charles, señalar sus defectos sería contraproducente.

–Podrías intentarlo. Es mejor que quedarse llorando en casa.

–Tienes razón –sonrió Phoebe. Por un momento parecía casi contenta, pero después dejó escapar un suspiro–. No funcionará. Charles está siempre trabajando o en casa escribiendo artículos… o ayudando a Anne con sus problemas. Nuestra vida social ha consistido en un par de comidas, alguna salida al cine y alguna tarde en el laboratorio. No se daría ni cuenta de que estoy saliendo con otros hombres a menos que vinieran a buscarme a la puerta del hospital cargados con ramos de flores.

–Yo no creo que esa sea buena idea –sonrió Nick.

Pero era una sonrisa falsa. No le hacía gracia ver cómo la trataba Charles, pero tampoco quería verla con un montón de desconocidos. Aunque no era nada personal, por supuesto. Phoebe estaba haciendo su residencia en la unidad que él dirigía y se sentía en cierto modo responsable por ella.

–Además, yo creo que la respuesta la tienes aquí mismo. Has dicho que saldrías con el primer hombre que te lo pidiera y yo te lo he pedido.

–¿Contigo?

–Soy un hombre, ¿no? –sonrió él, divertido e irritado a la vez.

–Pero tú solo sales con rubias. Charles sabría enseguida que es una treta.

El comentario lo indignó. Durante los últimos meses, alguna vez había estado a punto de decirle la verdad sobre Charles: que era un hombre incapaz de cortar los lazos con su ex esposa, por muy guapas e inteligentes que fueran otras mujeres interesadas por él.

Jessica, por ejemplo.

Pero no era el momento de decírselo. Ni de mencionar a Jess.

–De vez en cuando salgo con una pelirroja. Y también he salido con alguna morena.

Phoebe hizo un gesto de incredulidad.

–¿Y qué pasa con Olivia… digo Ophelia? ¿No era tu chica del mes? ¿Qué piensas decirle?

–Juliet –la corrigió Nick–. Por lo visto, le gustan más los abogados que los médicos. Está saliendo con otro.

–¿Te ha dejado ella o la has dejado tú?

–No me acuerdo –contestó él, mirando el reloj–. Por cierto, Charles está a punto de salir de su consulta. ¿No deberíamos hacer algo en lugar de discutir?

Después de decirlo, la tomó del brazo para sacarla al pasillo.

Phoebe estaba acostumbrada a tomarle el pelo con lo de sus novias, pero usar a Nick para darle celos a Charles… Quizá estaba metiéndose en terreno peligroso.

–¿Qué vamos a hacer? –preguntó, sorprendida, cuando Nick la colocó contra la pared.

–Has dicho que saldrías con el primer hombre que te lo pidiera –murmuró él, con un brillo burlón en los ojos–. Y en cuanto Charles aparezca en el pasillo…

Phoebe apenas había asimilado esa información cuando la puerta de la consulta empezó a abrirse.

Y antes de que pudiera protestar, Nick inclinó la cabeza y los labios con los que había soñado tantas veces… porque eran unos labios perfectos, no porque los hubiera deseado, aplastaron los suyos.

«Aplastaron» literalmente. No había nada suave en aquel beso. Nick la obligó a abrir la boca y buscó su lengua con una pasión que casi la hizo olvidar por qué estaban haciendo lo que estaban haciendo.

Un escalofrío la recorrió entera, instalándose entre sus piernas. Los músculos de sus zonas más secretas se contrajeron y eso hizo sonar una campanita de alarma.

Seguramente los besos de Nick eran adictivos. Phoebe quería parar para analizar aquel fenómeno, pero a la vez no quería parar porque le gustaba demasiado.

Era una sensación completamente nueva para ella.

Pero la voz de Charles la sacó de aquel estado semiletárgico:

–¡Phoebe!

–Recuerda que es por una buena causa –dijo Nick en voz baja, su aliento haciéndola sentir de nuevo un escalofrío.

«Una buena causa», se repitió a sí misma. Y entonces siguió besándolo, con la devoción de un explorador dispuesto a descubrir un continente nuevo.

Escuchó pasos en el corredor, alguna puerta que se cerraba… pero todos eran sonidos periféricos que no significaban nada. Y sintió una excitación que nunca había sentido. Que ni siquiera sabía que pudiera sentir.

De repente, el beso terminó y Nick se pasó una mano por la frente, como si acabara de subir cinco pisos cargado con un sofá.

–¡Puf! Fíate de las aguas mansas. Si has besado a Charles de esa forma, no me extraña que el pobre esté hecho un lío.

Phoebe hubiera querido decir algo, pero estaba sin aliento.

Y antes de que pudiera decirle que nunca había besado a Charles ni a nadie con el abandono con que lo había besado a él, Nick se alejó hacia su consulta, pero antes de entrar se detuvo en la puerta.

–Muy bien –dijo, aparentemente tranquilo–. ¿Qué hacemos ahora?

Debería haberle dicho que no iban a hacer nada, que eso era todo. La idea de que Charles se pusiera celoso era simplemente ridícula. Pero no le salieron las palabras. Era como si el beso hubiera provocado un cortocircuito en su cerebro.

–No sé.

–Evidentemente, besarse en el pasillo tiene sus límites –dijo Nick entonces, como si estuvieran discutiendo un tratamiento–. ¿Qué tal el baile del hospital? Charles irá seguro porque él nunca se pierde esas cosas. ¿Quedamos para ir juntos?

Phoebe sabía que debía reaccionar. Había quedado con Charles para ir al baile. ¿O no? Entonces sacudió la cabeza… sí, había quedado con él.

–Estupendo –dijo Nick, antes de entrar en su consulta.

Inmediatamente, ella se dio cuenta del error. No había querido decir que sí.

Aunque Charles iría al baile, con o sin acompañante…

Nerviosa, se apartó de la pared para ir a la taquilla.

En casa recuperaría la tranquilidad, pensó. Aunque temía que solo un trasplante de cerebro consiguiera borrar el recuerdo de aquel beso.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

LA UNIDAD de dermatología del hospital Southern Cross estaba en la parte trasera del edificio, con aparcamiento propio. Phoebe había entrado por allí cada día durante seis meses, siempre satisfecha no solo por su trabajo como médico, una profesión que le daba muchas alegrías, sino por estar en una de las mejores unidades de tratamiento e investigación del cáncer de piel en Australia.

En el pasado, además, contaba con la alegría de ver a Charles cada mañana, trabajar con él y compartir los retos de la investigación.

Pero aquel tenía un presentimiento. Era como un peso en el corazón, algo que le impedía caminar alegremente hacia la puerta como solía hacer.

–¡Pero bueno…! ¿Dónde está la mujer que entra bailando cada mañana?

Nick apareció tras ella en el aparcamiento y la tomó por la cintura.

–Esto te hace gracia, ¿verdad? –murmuró Phoebe–. Todo el mundo conoce tu reputación con las mujeres, pero yo… ¿Cómo voy a enfrentarme con Charles?

–Como todos los días –contestó Nick–. Con una sonrisa y un «buenos días, Charles». ¿No estás intentando que se espabile de una vez? Echarte atrás ahora no serviría de nada.

Phoebe tardó unos segundos en asimilar la información. El brazo de Nick en su cintura le recordaba la sensación del cuerpo masculino aplastado contra el suyo en el pasillo. El beso…

Los recuerdos eran turbadores.

–De hecho, dado el objetivo del ejercicio, ¿no crees que debemos besarnos otra vez? Charles acaba de llegar al aparcamiento. Lo de ayer debe haberlo dejado hecho polvo, porque él nunca llega tarde.

–Seguramente ha tenido que visitar a Anne –murmuró Phoebe.

Y entonces se preguntó por qué no sentía la ya familiar irritación cada vez que pensaba en Anne.

¿Era por la falsa seguridad que le daba el brazo de Nick en la cintura o porque estaba dándole besitos en el cuello?

Absolutamente sin sentido, por supuesto. Seguramente, estaba mirando a Charles de reojo, encantado de poner celoso a su colega.

Lo cual no era justo y ella debería resistirse. Pero, quizá como resultado del cortocircuito del día anterior, no lograba apartarse.

–Creía que tenías una reunión con un posible patrocinador –dijo Charles, cuando se cruzó con ellos en el vestíbulo.

–Es a las nueve y media –sonrió Nick–. Aunque deberíamos empezar a movernos, cielo.

Charles hizo una mueca de disgusto al escuchar el cariñoso término dirigido a Phoebe que, para entonces, había conseguido apartarse de Nick.

«Es culpa tuya», le habría gustado decirle. Aunque no lo era; no del todo. Charles había cancelado una cita para cenar porque tenía que consolar a Anne, pero cuando estaban juntos se portaba como un caballero.

¿Un caballero?

¿Por qué seguía preocupándose tanto por Anne?

–Buenos días, Charles –lo saludó.

Después salió prácticamente corriendo hacia la consulta.

Con un poco de suerte ellos se irían al despacho donde Sheree, su secretaria, tendría una montaña de papeles esperándolos.

Phoebe se puso la bata blanca, se atusó un poco la melenita que Nick había despeinado y entró en la consulta donde estaban instalados la cámara y el ordenador.

Joanne, su enfermera, estaba de baja y no había ni rastro de la persona que debía reemplazarla, una mujer muy antipática que había dejado claro desde el primer día que lo de la piel le parecía muy aburrido. «Tantos metros de piel que no sirven para nada», solía decir.

Phoebe dejó escapar un suspiro. Hasta que consiguieran otra enfermera tendría que ser ella quien le explicara a los pacientes lo que estaban haciendo.

Y la primera era la señora Dixon, que estaba esperando para hacerse un chequeo.

–No hace falta que me lo cuente –dijo la mujer–. Los médicos llevan años haciendo fotos de mis lunares. ¿Me quito la ropa ya?

–Esa es una pregunta que uno oye pocas veces en boca de una mujer guapa –escucharon entonces una voz masculina.

La señora Dixon soltó una carcajada al ver a Nick.

–El doctor David y yo somos viejos amigos. Lleva haciéndome fotografías desnuda desde que me encontró un melanoma en la pierna hace cinco años.

–Un melanoma superficial –explicó él.

–¿Lo descubriste antes de que fuera maligno? –preguntó Phoebe, sabiendo por experiencia que un melanoma solo es peligroso cuando se convierte en un bulto.

–Eso eso –le confirmó Nick, de espaldas, comprobando los cables que unían la cámara al ordenador.

Mientras la señora Dixon se metía tras la cortina para quitarse la ropa, Phoebe estudió esa espalda.

Con la bata blanca podría ser cualquier médico del hospital. Pero ningún médico tenía esos hombros.

Aunque ella era inmune a los hombres como Nick David, se recordó a sí misma, concentrándose en el historial de la paciente.

–¿La señora Dixon es parte del grupo de investigación?

–Desde el principio –contestó él, pulsando el botón de la cámara.

Phoebe se vio a sí misma en la pantalla del ordenador, pero eso no consiguió distraerla de su otra «investigación».

Cuando Nick sonreía, se le formaban arruguitas alrededor de los ojos. ¿Por qué nunca antes se había fijado?

–¿Preparados? –preguntó la señora Dixon, colocándose frente a la cámara como una profesional.

Era Phoebe quien la examinaba, subiendo y bajando para comprobar toda la extensión de piel de la paciente.

–Lo haré yo –dijo Nick–. Tú estudia las imágenes en el ordenador. Si algún lunar o marca de nacimiento ha cambiado de tamaño, lo verás marcado en rojo. Dímelo si es así.

Eso era un paso adelante y debería sentirse contenta, pero la presencia de su colega empezaba a hacerla sentir incómoda.

Recordándose de nuevo el asunto de la inmunidad, se sentó frente al ordenador y buscó las anteriores imágenes de la señora Dixon en el archivo.

–¿Tienes el plano frontal de cuerpo entero? –le preguntó Nick.

–Sí.

–Ahora vamos con el pecho y el cuello.

Phoebe pulsó el botón de zoom para aumentar el tamaño de la imagen y la mezcló con las antiguas fotografías.

–No hay color rojo –confirmó.

Él le puso una mano en la espalda para estudiar la imagen por encima de su cabeza. Estaba muy cerca y la ponía nerviosa.

Pero estaban trabajando, sencillamente, se dijo a sí misma. Y como él parecía tan tranquilo, lo mejor sería seguir como si tal cosa.

–Este es el último plano –dijo Nick, diez minutos después–. Plano de la espalda y fusión.

–¿Qué es eso de la fusión, doctor David? –preguntó la señora Dixon.

–Es un nuevo programa de ordenador en el que estamos trabajando –explicó él–. Y esperamos que sirva para indicar incluso el cambio de pigmentación o textura de un simple grano.

–¿Y no se puede hacer mirando las fotografías? –preguntó su paciente–. ¿Qué pasa con las que me han hecho?

–Es usted una mujer muy chismosa –bromeó Nick.

–Me gusta saber las cosas –rio la mujer.

–Y me parece muy bien. Pero ahora mismo tengo que ir a suplicar dinero de un posible patrocinador para que podamos seguir jugando con esta cámara. Phoebe se lo contará todo mientras le hace una revisión.

Nick se inclinó de nuevo para comprobar la imagen y después de darle un golpecito en el hombro, salió de la consulta.

–Es un hombre encantador –dijo la señora Dixon.

Como no quería decir que el jurado seguía deliberando sobre ese asunto, Phoebe asintió. Y decidió cambiar de tema.

–Las fotos que le han hecho sirven para meterlas en el ordenador e ir superponiéndolas en cada revisión. El escáner del ordenador nos dice si hay algún cambio.

Después, le pidió a la señora Dixon que se tumbara en la camilla para examinarla.

–Yo no sé nada de esas cosas técnicas –dijo la paciente–. ¿Qué es un escáner?

Phoebe le explicó cómo el aparato transfería las imágenes al disco duro del ordenador.

–Las fotos se van superponiendo y así podemos comparar.

–Pero el médico podría comparar simplemente mirando las dos fotografías juntas –replicó la señora Dixon, de nuevo tras la cortina después del reconocimiento.

–Es verdad, pero el ordenador nos ahorra tiempo. Además, es más fiable que el ojo humano. Una persona puede mirar un lunar durante horas para comprobar si ha cambiado de color y el ordenador te lo dice inmediatamente.

–Entonces, ¿por qué no instalan esas cosas en todas las clínicas? Así no tendría que venir hasta aquí para hacerme la revisión.

Phoebe sonrió ante la persistencia de su paciente.

–En realidad, usted nos está ayudando a desarrollar un programa que hará las cosas más fáciles para todos los médicos. Como sabe, cuanto antes se detecte un cáncer de piel, más posibilidades hay de curación. Si esto del ordenador funciona, podremos convencer a la Administración de que son necesarios en todas las consultas médicas.

–Pero la Administración no se gastará ese dineral…

–No, es verdad. Pero seguramente podremos convencerlos para que financien unidades móviles con estos aparatos, como las que hay para donar sangre.

–Ah, eso está muy bien. Así podrían ir a las playas en verano –sugirió la señora Dixon–. Hay un montón de anuncios diciéndole a la gente que se protejan la piel del sol, pero yo creo que no hacen caso.

–Me temo que así es.

Después de vestirse, la mujer salió de la consulta y Phoebe llamó al segundo paciente del día: Ryan Abrams, de treinta años, en tratamiento después de la extirpación de un melanoma maligno.

La señora Dixon tenía mucha razón sobre la gente que no se protege la piel. Los peligros del sol eran conocidos desde hacía años, pero Ryan Abrams era un ejemplo de los que no habían prestado atención a los avisos.

–Hombre, joven e idiota –dijo Charles más tarde, cuando los tres estaban en la consulta de Nick para discutir el caso del señor Abrams–. Son los casos de mayor riesgo.

–Un tipo de treinta años no se pone sombrero, camisa de manga larga y kilos de crema protectora para ligar en la playa –le recordó Nick.

–Hace falta un actor famoso, alguien que tenga muchos fans y que se atreva a ir vestido así para que la gente empiece a copiarlo –sonrió Phoebe.

–No me imagino a un cantante de rock con camisa de manga larga abrochada hasta el cuello –sonrió Nick.

Y era una sonrisa de pecado.

Pero ella era inmune, se recordó a sí misma, cuando la mirada azul verdosa hizo que su pulso se acelerase.

–Os enseñaré las imágenes –murmuró, sin mirarlo.

Nick era como su padre. Su padre, que se había casado cinco veces.

–¿Tú qué piensas, Phoebe? –preguntó él, señalando la pantalla del ordenador.

–En el historial se describe como un nevus con posibilidad de degeneración neoplásica…

–Un lunar sin potencial maligno. Muchas personas los tienen –la interrumpió Charles con tal desdén que Phoebe levantó la cabeza, sorprendida.

–Lo sé, pero este ha cambiado de color desde la última visita del señor Abrams hace un mes.

Nick se inclinó para estudiar las imágenes.

–¿Has hecho una impresión de densidad? –le preguntó, tan cerca de su cara que podía notar el aliento del hombre.

El aliento que tan nerviosa la había puesto el día anterior.

–Sí. Y no hay ningún cambio. Eso es lo que me preocupa.

–El programa no parece reconocer una diferencia de densidad, aunque yo diría que hay una diferencia.

–Si el ordenador no encuentra cambio, es que no hay cambio –dijo Charles, poniendo una mano sobre el hombro de Phoebe de una forma tan posesiva que ella estuvo a punto de apartarla de un manotazo.

–Ryan Abrams es un chico alto y rubio, ¿no?

–Sí, uno con cara de susto –murmuró Charles.

–Yo también tendría cara de susto si me hubieran diagnosticado un tumor maligno a los veintiocho años. ¿No es tu paciente?

–Sí, pero lo de hoy era una revisión rutinaria. Phoebe podía hacerla igual que yo.

–No he dicho que no pudiera hacerla –dijo Nick entonces.

Para entonces, ella tenía dos manos sobre los hombros. Nick, en el derecho, Charles en el izquierdo.

¿A qué estaban jugando?

–Por supuesto que puedo hacer una revisión. Para eso estoy en prácticas, ¿no?

–Sí, pero con el señor Abrams hay un problema añadido –suspiró Nick–. Una vez intentó engañarme cuando Charles estaba de vacaciones. Se pintó una especie de halo alrededor de un lunar para que pareciese un melanoma. Yo diría que hoy ha hecho lo mismo.

–¿Y por qué el ordenador no lo ha visto? –preguntó Phoebe, sorprendida.

–¿Por qué hace tamaña estupidez? –preguntó Charles.

–El ordenador muestra un aumento de densidad natural, que se produce cuando las células malignas proliferan. Como en este caso no hay aumento de densidad, el ordenador lo ignora –contestó Nick a Phoebe. Después se volvió hacia Charles–. Y no creo que lo haga como una estúpida broma. El pobre está muerto de miedo y teme que no nos demos cuenta si aparece otra lesión. Lo hace para probarnos. A nosotros y a nuestro equipo.

–Pues está haciéndonos perder el tiempo –replicó Charles.

–Y el suyo. ¿Le dijiste que habría que hacer una biopsia, Phoebe?

–Sí. Le he pedido que venga mañana, pero puedo llamarlo y…

–No hace falta. Será mejor hablar con él para decirle que sabemos lo del jueguecito.

–Espero que de verdad no sea nada –dijo ella, mirando las fotografías de nuevo.

–Todos lo esperamos –asintió Nick.

Aunque la mirada que Charles lanzó sobre ellos sugería que en ese «todos», él no estaba incluido.

Capítulo 3

 

 

 

 

 

CUANDO Charles salió de la consulta, Nick vio preocupación en los ojos de Phoebe y supuso que estaba dispuesta a confesarle que todo había sido una treta para llamar su atención.

Personalmente, a él no le importaba lo más mínimo que Charles estuviera de los nervios. El pesado de su colega le había dado una charla sobre el beso del día anterior, como si en lugar de un beso le hubiera arrancado la ropa en medio del pasillo.

–Debería decirle que lo del beso solo fue una broma.

–¿Solo una broma? –repitió Nick.

Pero tenía razón. Phoebe no era la clase de mujer con la que él solía salir. Era demasiado joven, demasiado ingenua para alguien como él. Nick prefería mujeres que solo buscaran pasar un buen rato, no una relación seria.

Por el momento, su trabajo era más importante que cualquier relación amorosa. Y en cuanto al compromiso… esa palabra iba ligada a un montón de cargas y obligaciones familiares a las que él no estaba dispuesto.

En cuanto a Phoebe, era un buen médico, pero a pesar de los años de universidad y prácticas en hospitales, seguía siendo una chica muy inocente.

Una inocencia que despertaba su instinto protector.

–Era solo una broma, Nick.

–¿No querías que se pusiera celoso? ¿Tú crees que va a funcionar si te rindes después de verlo haciendo pucheros?

Ella lo miró, insegura. Y su expresión hizo que deseara besarla de nuevo.

Para animarla, por supuesto.

Pero seguía sin entender bien su reacción ante el beso del día anterior, de modo que besarla no entraba en su agenda.

–No quiero seguir jugando. Es como las falsas alarmas del señor Abrams.

Nick consideró la alternativa, que era ver a Phoebe infeliz porque en cuanto Charles la tuviera de nuevo, volvería a dejar de prestarle atención. Ya había tenido que pasar por eso con Jess, otra mujer de corazón blando que se había enamorado del «pobrecito» de su colega.

Y él no quería ver a Phoebe infeliz.

–Yo diría que es más bien exigir lo que quieres. Un ultimátum. Creo que ya le has dado mucho tiempo para que decida si quiere seguir manteniendo una relación con Anne o contigo.

Phoebe sonrió.

–Tienes razón. Lo que pasa es que no me gusta verlo triste.

–Sí, claro –murmuró Nick. Tampoco a él le gustaba verla triste–. Así que será mejor que tracemos un plan. Pasado mañana vamos a cenar con un grupo de especialistas que vienen de Estados Unidos. ¿Te lo ha dicho Charles?

Phoebe abrió la boca para decir que Charles nunca la invitaba a lo que él llamaba «cenas profesionales» y después decidió que sería desleal hacerlo.

Pero, ¿por qué nunca había querido llevarla? Al fin y al cabo, ella era una colega. Estaba haciendo sus prácticas en la unidad durante seis meses.

–¿Esa mirada ausente significa que sí? –preguntó Nick.

–¿Qué mirada ausente? Estaba pensando.

–¿Vienes a cenar el viernes o no?

Estaba preguntando como si comprobase el horario de la semana. Y así debía ser. No era una cita, era una cena de trabajo.

–De acuerdo. ¿A qué hora?

–Iré a buscarte a casa a las nueve. He reservado en el Printemps, así que tendrás que ponerte guapa.

–De acuerdo –sonrió Phoebe.

Nick conocía los mejores restaurantes… y seguramente sabría mejor que ella la ropa que debía ponerse.

–La semana que viene tendremos que coordinar nuestro horario para comer juntos en la cafetería. Y el sábado que viene, tenemos el baile.

La confusión que había sentido el día anterior cuando mencionó el baile se repitió de nuevo.

–No sé si puedo… –empezó a decir Phoebe. Pero tampoco quería herir sus sentimientos; al fin y al cabo, estaba echándole una mano–. Que yo sepa, las parejas que van juntas a ese baile son consideradas parejas estables.

La sonrisa de Nick hizo que le diera un vuelco el corazón.

–¿Te da miedo que nos consideren una pareja estable?

¿Miedo? Pánico. Pero no pensaba decírselo.

–Claro que no.

–No te preocupes. Yo voy al baile con una chica diferente cada año.

–¿Por qué?

No había querido preguntar, pero cuando vio que él dejaba de sonreír se alegró de haberlo hecho. Quería saber la respuesta.

–Para que nadie piense que tengo pareja estable.

–¿Por qué no? ¿Te da miedo comprometerte?

–Me da pavor –contestó él, levantándose.

–¿Pavor? –sonrió Phoebe entonces, como siguiendo la broma.

–Si conocieras a mi madre y sus ideas sobre la santidad del matrimonio… o más bien la longevidad del matrimonio, también tú te lo pensarías dos veces. Entre eso y el trabajo, seguro que yo no valgo para estar casado.

–Ya, claro.

No pensaba seguir preguntando. Sobre todo, porque no le interesaba. Al fin y al cabo, su relación solo era una broma.

–Bueno, como ya tenemos un plan, ¿qué tal si cenamos juntos? Tengo una reunión a las nueve, pero podríamos cenar algo en la cafetería. Charles estará allí porque viene a la reunión conmigo.

Había esperado que ella aceptase inmediatamente, pero Phoebe arrugó el ceño.

–Mira, yo creo que no. Lo de los celos ha sido una tontería. Sencillamente, le dejaré claro que nuestra relación… si lo que teníamos era una relación, se ha terminado.

–Como la idea de los celos ha sido mía, me niego a considerarla una tontería. No te toma en serio, Phoebe. Y yo creo que debe darse cuenta de que tiene competencia.

Ella no parecía muy convencida.

–No sé…

–Además, tienes que cenar –siguió él. Quería cenar con Phoebe por razones que no tenían nada que ver con Charles, pero no pensaba decírselo–. Desde que han aumentado el presupuesto de la cafetería, no se come mal.

Ella estudió la cara del hombre durante unos segundos, intentando entender sus motivos.

Pero su piel bronceada la distraía y la sombra de barba por la que hubiera querido pasar la mano…

Entonces sintió un escalofrío parecido al del día anterior.

¿Por qué sentía eso simplemente mirándolo?

–Vamos, Phoebe. Que no muerdo –murmuró Nick entonces.

–Eso no es lo que me preocupa –sonrió ella.

–¿Cenamos entonces?

Phoebe se encogió de hombros.

–Vale.

–Sí, eso, no te entusiasmes. A ver si me lo voy a creer –bromeó Nick.

–Intentaré no hacerlo –prometió ella, aliviada porque la tensión había desaparecido.

Ese Nick no le resultaba peligroso.

¿O sí?

La duda se despertó cuando él la tomó del brazo para llevarla a la cafetería. Los pasillos del hospital estaban llenos de gente y tenían que ir muy pegados. Esa proximidad la ponía nerviosa y lo peor, sentía la absurda tentación de apoyar la cabeza en su hombro.

–¿Qué es más peligroso que un océano infestado de tiburones? –le preguntó, recordando una broma de cuando era pequeña.

Habían llegado a la cafetería y él abrió la puerta, sonriendo.

–Me rindo.

–Una habitación llena de médicos.

Nick soltó una carcajada y Phoebe sonrió.

Pero no debía hacerlo, por muy cómoda que se sintiera con él. Era un hombre peligroso. Más que eso, a juzgar por la reacción que despertaba en ella solo con tocarla.

–¿De qué os reís?

Charles apareció a su lado y Phoebe intentó recordar que el brazo que rodeaba su cintura solo era un escaparate.

–De una tontería.

Si Nick se ofrecía a echar un cable, lo menos que podía hacer era seguirle el juego, pensó.

–¿Has cenado, Charles?

–Sí, pero me quedaré para tomar un café con vosotros.

–Estupendo –sonrió Nick–. ¿Por qué no buscas una mesa mientras nosotros te pedimos el café? ¿Solo, con leche?

Phoebe vio que Charles tenía una expresión muy poco amistosa.

–Solo.

–Yo creo que nos estamos pasando –sugirió ella, mientras esperaban en la cola.

–No empieces a sentir pena por él –gruñó Nick.

Pero con la mano de aquel hombre apretando su cintura lo último que Phoebe sentía era pena por Charles.

Nick podía sentir la tensión a través de la bata y maldijo a su colega en silencio por hacerle daño a Phoebe y por meterlo a él en un lío.

Aunque Charles no tenía culpa de lo que estaban haciendo. Eso había sido idea suya.

Pero estaba harto de que se aprovechara de ella.

Phoebe, la dulce Phoebe, la chica de serena belleza. Con un pelo tan brillante que le hubiera gustado hundir los dedos en él. Siempre le gustó su pelo, desde el primer día.

Y su cara, que le recordaba al retrato de una Madonna que vio en Italia. La mujer del cuadro tenía tal expresión de serenidad que le habría gustado tocarla para llevar un poco de paz a su frenética vida.

Y esos eran pensamientos peligrosos para un hombre que no estaba buscando una relación seria. Tan peligrosos que se sintió aliviado cuando Phoebe empezó a mostrar cierto interés por Charles.

–¡Nick! ¿Dónde has estado? Te he llamado un montón de veces.

Nick se volvió, contento de que alguien le hiciera olvidar aquellas turbadoras imágenes. Pero la última persona a la que esperaba ver en la cafetería era la antigua novia de Charles. Jessica.

Esa sí que era una complicación inesperada, pensó mientras besaba a la imponente rubia.

–Hola, Jess.

–¿Por qué no me has devuelto las llamadas?

–Lo siento, pero se me rompió el contestador. Acabo de poner uno nuevo, pero no he oído ningún mensaje. ¿Qué tal el viaje?

–¡Fantástico! Me tomé dos semanas de vacaciones y fui a esquiar a las Rocosas. Ha sido increíble.

Estaba hablando con Nick, pero miraba a Phoebe con un interés más que pasajero.

–Jessica, te presento a Phoebe Moreton, nuestra nueva colega en la unidad de Dermatología. Phoebe, Jess es quien creó el programa de ordenador.

–Encantada de conocerte. ¿Has estado haciendo algún curso?

–Sí, en Estados Unidos. Informática aplicada a la Medicina. ¿Dónde está Charles?

La pregunta, hecha como sin darse cuenta, no engañó a Nick.

–Buscando una mesa –contestó Phoebe, sin saber que Jess había sido el colchón para las penas de Charles antes de irse a Estados Unidos.

¿O sí lo sabía?, se preguntó Nick, al notar cierta frialdad en su tono.

–Ah, ya lo veo. Voy a saludarlo.

–¿Otra de sus rubias, doctor David? –le preguntó Phoebe.

Sí, desde luego había cierta frialdad en su tono.

–Trabajamos juntos durante un tiempo.

Afortunadamente, estaban llegando a la barra y ella se distrajo pidiendo la cena:

–Escalopines con patatas, calabaza, coliflor y judías verdes. Pero no quiero salsa.

Nick la miró, sorprendido.

–Me alegra saber que los problemas amorosos no te quitan el apetito.

–Dudo que lo mío con Charles pueda llamarse «problemas amorosos». Aunque esperaba que un día pudiéramos llegar a algo –suspiró Phoebe–. Pero nada me quita el apetito. Nunca podría ser modelo porque no soporto las dietas y ya me resigné hace tiempo a ser lo que llaman una mujer «llenita».

Nick observó su figura. A él no le parecía nada «llenita». Y si lo estaba, era por donde debía estarlo. Tenía un trasero respingón que cabría perfectamente en la mano de un hombre…

–Si no quiere pedir nada, deje a los demás –lo regañó alguien.

Nick se volvió hacia la barra, cortado.

–Tomaré lo mismo que ella –dijo, señalando a Phoebe, que estaba mirando los postres con cara de niña golosa.

–¿Vas a tomar uno de cada?

–No me tientes –sonrió ella–. No, creo que tomaré tarta de queso. La conciencia me dice que el yogur sería mejor, pero me apetece más la tarta. A la porra las calorías.

Nick asintió, sonriendo. Phoebe no solía mostrar su lado humorístico y le resultaba intrigante.

–Voy a pagar. Tú puedes irte a la mesa.

–Pagamos a medias.

–De eso nada. Pago yo –insistió él.

–Charles no sabrá si has pagado o no, así que da igual. Será un gasto absurdo –protestó Phoebe, sacando el monedero del bolsillo.

–Pero es que quiero pagar…

–Pues te aguantas –dijo ella, dándole los billetes al cajero–. Al fin y al cabo, estás haciéndome un favor.

Nick dejó escapar un suspiro.

Cómo un hombre tan ocupado como él se había metido en aquel quijotesco lío era algo incomprensible.

Pero había sido idea suya. Seguramente, porque lo molestaba que Phoebe hubiera preferido a su colega.

Ella tomó los cubiertos y se dirigió hacia la mesa donde Charles y Jess estaban charlando como viejos amigos. Por un momento, deseó que fuera así, que Jessica hubiera sido la novia de Charles, no de Nick.

Y el pensamiento la alarmó.

–Qué suerte, poder comer así y no engordar –dijo Jess entonces.

Phoebe pensó que era una ironía, pero la joven estaba sonriendo de forma muy amistosa. Era lógico que a Nick le gustase…

En ese momento él tomó su mano, haciendo su papel, naturalmente. O quizá quería poner celosa a Jessica. Pero ese roce le recordó que estaban jugando a un juego peligroso.

La conversación en ese momento versaba sobre el señor Abrams.

–Phoebe se dio cuenta de que había algo raro –estaba diciendo Nick–. Y sospecho que Abrams ha vuelto a jugárnosla. No que sea un problema del ordenador.

–Le echaremos un vistazo cuando terminéis de cenar –dijo Jess.

Él miró su reloj.

–Yo no tengo tiempo, pero quizá Charles y tú…

Phoebe miró a Charles. No parecía contento, todo lo contrario. Pero suponía que su expresión de disgusto era por algún problema con Anne, más que por su jueguecito con Nick.

–Parece nervioso –murmuró, cuando Jess y él salieron de la cafetería.

–Y debe estarlo –sonrió Nick, haciendo que su corazón se acelerase de nuevo.

¿Por qué? ¿Qué había sido de su inmunidad? ¿Por qué reaccionaba ante una simple sonrisa de Nick y Charles no la afectaba lo más mínimo?

Confusa, se concentró en su plato, aunque había perdido el apetito. Lo cual era otro problema. Ocurriera lo que ocurriera en su vida, ella nunca perdía el apetito.

–Si no quieres las patatas, me las comeré yo –dijo Nick entonces.

Phoebe asintió, sin mirarlo.

Quizá si pensaba en el trabajo…

–El señor Abrams debe de estar aterrorizado si se dedica a hacer tonterías como pintarse un lunar. ¿Cómo podemos asegurarle que todo va bien?

–Es un problema, desde luego –admitió él–. Pero debemos convencerlo de que está en buenas manos.

–¿Podrías extirparle las lesiones que tiene? Quizá eso lo animaría.

–Eso es lo que él quiere, que le quitemos todos los lunares y manchas de la piel para eliminar cualquier posibilidad.

Phoebe se quedó pensativa.

–¿Y por qué no?

–Porque, en mi opinión, podría darle al paciente una falsa sensación de seguridad y dejaría de venir a las revisiones. Como sabes, un melanoma puede ser algo muy difícil de detectar, una capa de piel de un tono ligeramente más oscuro por ejemplo.

–Sí, es verdad. Y si está en una zona poco accesible… –murmuró ella, tomando un trozo de tarta–. Pero si no podemos quitarle los lunares, ¿qué otra cosa podemos hacer?

–Quizá pedirle que venga más a menudo. O sugerir que vaya a un psicólogo para que lo ayude con sus miedos.

–¿Alguien que ha tenido un melanoma maligno puede olvidar sus miedos?

Nick vio sus propias inquietudes reflejadas en el rostro de Phoebe.

–No, supongo que no.

Ella tomó un trozo de tarta, esperando que el azúcar devolviese la normalidad a aquella absurda situación.

–Quizá un psicólogo podría ayudarlo. No se puede vivir pendiente de un cáncer que puede aparecer o no.

–Eso digo yo. Por cierto, Charles no está aquí, así que deberíamos aprovechar su ausencia para ensayar.

El cambio de conversación debería haberla sorprendido, pero no fue así. En el fondo, lo estaba deseando.

Nick se inclinó entonces y rozó sus labios. Y allí, sentados en la cafetería, delante de todo el mundo, Phoebe le devolvió el beso.

¿En la cafetería?

La incredulidad luchó contra el deseo durante unos segundos… y perdió la batalla. En su interior, explotaron un millón de sensaciones nuevas. Los besos de aquel hombre la hacían olvidarse de todo.

Unos segundos después, Nick se apartó.

–Sabes a tarta de queso –susurró, mientras Phoebe intentaba recuperar la tranquilidad.

Por primera vez en su vida, entendía lo que era perder la cabeza por un beso. Su corazón latía acelerado, sentía una sensación de escalofrío en la piel y un deseo absurdo de aplastarse contra el pecho del hombre.

Eran esos besos lo que estaba destrozando su inmunidad. Y lo último que deseaba era enamorarse de Nick. Se parecía demasiado a su padre. Él mismo había admitido que la idea de comprometerse lo aterrorizaba.

–Mira, yo…

–Dudo que un solo ensayo sea suficiente, pero tengo que dejarte –dijo él entonces–. El deber me llama.

Después de inclinarse para besar su pelo, Nick salió de la cafetería, dejándola mareada y nerviosa.

–Estás perdiendo la cabeza, mona –murmuró para sí misma.

Dejando la tarta de queso a un lado, Phoebe apoyó los codos en la mesa y dejó escapar un suspiro.

Su cerebro, normalmente rápido y preciso, parecía incapaz de entender lo que estaba pasando.

Cuanto más le recordaba Nick a su padre, más entendía por que se había sentido atraída por Charles. Conocerlo fue como conocer al hombre de sus sueños, el tipo de hombre con el que siempre había soñado casarse y formar una familia. A partir de ahí, le resultó fácil imaginar que estaba enamorada de él.

Muy fácil creer que la cena ocasional en la cafetería o las salidas al cine significaban algo.

Y, en realidad, Charles le había hecho creer que estaba interesado, que su amistad podía convertirse en algo más.

Pero la verdad, y debía reconocerlo de una vez, era que no estaba enamorada de Charles, sino de la idea de estar enamorada de Charles. De modo que lo de los celos era una tontería y debía terminar de una vez por todas.

La idea, sin embargo, la llenó de tristeza.

Insegura, se quedó mirando al vacío, intentando descubrir por qué los besos de Nick la hacían perder la cabeza.

–¿Puedo sentarme contigo?

Era Jessica.

–Sí, claro.

–¿Sabes cuándo tiene que venir el señor Abrams?

–Mañana a las ocho, antes de que empiece la consulta.

–Ah, estupendo. Llevo algún tiempo pensando en una cosa que los pacientes pueden hacer en su casa. Una especie de auto reconocimiento con una cámara digital. Si el señor Abrams tiene un ordenador, quizá podrá aliviar sus miedos.

–Eso suena muy bien, pero… no sé, quizá sería peor. Ya sabes que la gente puede volverse paranoica. Muchos médicos están preocupados por los aparatos que venden en las farmacias para tomarse la tensión. Por lo visto, no todos son fiables y acaban enviando pacientes histéricos a las consultas.

–Si el señor Abrams entiende esto como algo extra, que debe hacer sin dejar de venir a revisión…

–Y si podemos convencerlo de que puede venir cada vez que esté preocupado.

–Eso es –sonrió Jess.

Phoebe sonrió también. Le gustaría conocer más a aquella chica. ¿Se habría marchado a Estados Unidos esperando que Nick cambiara de opinión sobre el matrimonio?

Aquella idea la puso tan nerviosa que decidió concentrarse en la conversación.

–Pero dices que estás trabajando en ello… Entonces, ¿el procedimiento aún no existe?

–Aún no –contestó Jess–. Pero si el señor Abrams está interesado, puedo utilizarlo como cobaya.

Phoebe apartó a Charles y a Nick de sus pensamientos. Hablar con Jess sobre la posibilidad de tranquilizar a los pacientes era el antídoto que necesitaba.

–¿Llevas mucho tiempo saliendo con Nick?

La pregunta, después de una larga discusión técnica sobre melanomas y aparatos digitales, pilló a Phoebe por sorpresa.

–Yo no salgo con Nick.

Iba a contarle que había salido con Charles de cuando en cuando, pero decidió no tocar el tema.

–¿Ah, no? Perdona, me había parecido que había algo entre vosotros.

–Muchas broncas –intentó reír ella–. Estamos todo el día discutiendo.

–A mí me pasaba lo mismo.

Al notar la tristeza que había en su voz, Phoebe decidió poner fin a la charada.

Tanto por ella como por la pobre Jess.

 

 

–A Jess no le importa nada lo que yo haga –dijo Nick al día siguiente, cuando Phoebe le contó su conversación con Jessica.

De nuevo se habían encontrado en el aparcamiento y, de nuevo, él le pasó un brazo por la cintura.

–Aunque tú lo creas, no te ha olvidado.

Nick soltó una carcajada.

–Por cierto, Charles a la izquierda. No mires…

Era una broma, pero eso le recordaba que lo que estaban haciendo era mentira y los besos de Nick, pura interpretación.

Phoebe se apartó y entró en el edificio con algo muy parecido al desencanto pesándole en el alma.

Capítulo 4

 

 

 

 

 

EL SEÑOR Abrams entró en la consulta con Jess, a quien se había encontrado en el pasillo.

Charles lo saludó con un formal apretón de manos. Parecía incómodo, pero miraba más a Jess que a ella misma y, por lo tanto, su incomodidad no era por haberla visto en el aparcamiento con Nick.

–A la doctora Moreton ya la conoce. La señorita Hunter es una especialista en tecnología médica.

–Nos hemos encontrado en el pasillo y le he dicho que me llame Jess –sonrió Jessica–. Por cierto, si tienes consulta puedes irte cuando quieras. Así podré explicarle al señor Abrams lo que vamos a hacer.

Phoebe vio que Charles se ponía colorado y se preguntó si era de rabia o de vergüenza. Fuera lo que fuera, era una reacción más fuerte de la que ella había podido generar en aquel hombre.

Entonces Nick entró en la consulta y dejó de pensar en Charles.

Y pensó en el hombre con el que en absoluto, para nada, nunca querría mantener una relación.

Afortunadamente, él se dedicó al señor Abrams.

–Creemos que ha sido usted quien ha coloreado ese lunar, como hizo con otro hace unos meses –le dijo, yendo directamente al grano.

Ryan Abrams se puso como un tomate.

–Yo…

–Entiendo que quiera ponernos a prueba –siguió Nick–. Pero tenemos muchos pacientes esperando, gente que podría tener un melanoma maligno, algo serio.

–Pero ustedes ven a cualquiera que el médico les mande a la consulta –protestó el señor Abrams.

–Por eso hay listas de espera.

–¿Y estoy haciéndoles perder el tiempo? Es eso lo que quiere decir, ¿verdad?

–Mire…

–¿Y mi tiempo qué? ¿Cuánto tiempo me quedaría si volvieran a aparecer células malignas?

–Nosotros estamos pendientes de cualquier cambio, Ryan –intentó tranquilizarlo Jess–. Para eso estamos aquí.

Ryan Abrams los miró a todos, furioso.

–Si me hubieran quitado todos los lunares, no tendría que estar eternamente preocupado.

Phoebe pensó que aquello era casi una admisión de culpa, pero decidió no comentar nada.

–Quitarle todos los lunares no nos aseguraría nada –dijo Nick entonces–. Supongo que el doctor Marlowe le ha explicado que el setenta por ciento de los melanomas aparecen en trozos de piel sin lunares ni manchas. Solo treinta por ciento aparecen en lunares o verrugas.

–¿El setenta por ciento aparecen en trozos de piel sin manchas? –repitió Abrams, incrédulo.

–Empiezan con una proliferación de melanocitos, las células que pigmentan la piel y el pelo. Una quemadura de la infancia podría afectar a esas células y, aunque estén dormidas durante mucho tiempo, pueden empezar a multiplicarse. Por eso tiene que venir aquí de vez en cuando, para que comprobemos si esas células se han multiplicado.

–Y para eso estoy yo aquí –sonrió Jess–. En realidad, soy yo quien creó el programa de ordenador y me gustaría trabajar contigo para ver si es práctico que algunos pacientes tengan un programa en casa.

Ryan Abrams se volvió hacia ella, apretando su brazo como un náufrago se agarra a un salvavidas.

–¿Puedes hacerlo? ¿Puedes darme un programa para que yo me revise en mi casa?

–Pero tendrá que seguir viniendo a las revisiones –le advirtió Nick.

–De acuerdo.

–Ahora quiero echarle un vistazo a ese nevus. Desnúdese, por favor. Cuando lo haya examinado, podrá hablar con Jess sobre el programa mientras la doctora Moreton y yo pasamos consulta.

¿Nick y ella? Aquel era un día de consulta normal… y ella solo estaba haciendo prácticas.

–Charles tiene una reunión –le explicó Nick, al ver su cara de sorpresa–. ¿Te importa preguntarle a Sheree si hemos conseguido una enfermera?

–No, claro.

Cuando iba a salir de la consulta, él apretó su mano y Phoebe cerró los ojos, intentando borrar la respuesta que despertaba aquel roce.

Era absurdo. Completamente absurdo ponerse tan nerviosa.

Quizá si iba a visitar a su padre…

Aquella misma noche.

Phoebe entró en el despacho, pero Sheree no estaba allí. Quien estaba era Charles, comprobando unos historiales.

–¿También hemos perdido a nuestra secretaria? –le preguntó, intentando bromear.

–Ha ido a hacerme café –contestó él, sin dejar de mirar los papeles–. Al menos alguien en esta unidad muestra cierta consideración por mí.

El comentario era tan mezquino que Phoebe se quedó sorprendida.

–Yo siempre he sido considerada contigo. Más que considerada. Te he escuchado, te he dado tiempo… ¿Y para qué? ¡Para nada! Yo no quería casarme contigo, Charles, solo quería saber si había algo entre nosotros.

Él la miró entonces, señalando hacia la sala de espera.

–¿Quieres que se entere todo el mundo? Pero, claro, supongo que eso es lo que puede esperarse de alguien que se ha unido al harén de Nick David.

Phoebe iba a replicar, pero cuando miró hacia la sala de espera vio a varios pacientes que no perdían ripio de la conversación.

Sería mejor decirle lo que pensaba en otro momento.

Sheree entró en el despacho entonces, café en mano.

–¿Tenemos nueva enfermera? –le preguntó Phoebe, intentando controlar su enfado.

–Me temo que no. Yo creo que para la dirección del hospital somos el último mono. Llevo días llamando para quejarme.

Por eso Nick se pasaba el día reunido con posibles patrocinadores, para no tener esos problemas.

–Da igual. Nos arreglaremos –murmuró Phoebe, saliendo del despacho sin mirar al hombre del que se había creído enamorada.

No pensaba dejar que la grosera actitud de Charles la molestase.

–Los problemas de piel no son tan importantes para la gente –le explicó Nick cuando ella le contó que seguían sin enfermera–. La cirugía a corazón abierto, otro tipo de cáncer… todas esas unidades tienen lo que necesitan. Pero los problemas de piel… la gente cree que son una tontería.

–Pero un cáncer de piel puede ser horrible. Además, la piel es fundamental para el ser humano. Protege de las bacterias, es un medio de controlar la temperatura corporal…

–Por no hablar de su importancia en cuanto al tacto –sonrió Nick, pasando un dedo por su cuello–. La piel es un órgano muy sensual.

Phoebe sintió un escalofrío.

–Llamaré al próximo paciente –murmuró, incómoda.

Pero la muralla protectora que intentaba construir a su alrededor se había tambaleado con aquel simple roce.

–La señora Ramsey lleva dos años viniendo a revisiones –le explicó Nick cuando la mujer lo saludó con un beso.

Ella se dijo a sí misma que lo que sentía no podían ser celos. Sin embargo, estudió detenidamente a la mujer.

Otra rubia, pero mayor. De unos cincuenta años, pero muy bien conservada. Estaba muy morena y tenía una figura estupenda, moldeada en el gimnasio.

–¿Phoebe?

–Sí, perdona…

–Tienes que comprobar la pantalla.

–Ah, claro.

–Estamos revisando mis piernas –dijo la mujer entonces, con una risita–. Nick y Charles prácticamente me han quitado toda la piel, pero insisten en que siga viniendo. Temen quedarse sin las donaciones de mi marido si me curan del todo.

–Hasta rechazaría las donaciones de tu marido si pudiera estar seguro de que nunca vas a tener un melanoma –sonrió él–. Piel clara, ojos azules y pecas. Una receta segura para el desastre si tomas el sol.

–¿Y qué quieres que haga? –protestó la rubia–. Me he pasado toda la vida en la playa para tener ese moreno brasileño que tanto me gustaba. Ahora lo consigo de forma artificial, por supuesto.

–Le hemos quitado melanomas con posibilidad de volverse malignos, pero seguimos haciendo pruebas en cualquier lunar o peca que tenga un aspecto sospechoso –explicó Nick.

Phoebe asintió.

–Ya le he dicho que prácticamente me ha despellejado –sonrió la señora Ramsey.

–Su turno, doctora Moreton. Eche un vistazo y dígame lo que ve.

Ella sintió un absurdo miedo. ¿Por qué?

Había examinado a docenas de pacientes en los seis meses que llevaba allí, por supuesto siempre bajo la supervisión de alguno de sus colegas.

¿Era la presencia de Nick o la sensación de que estaba poniéndola a prueba?

Aun así, debía examinar a la señora Ramsey. El tejido con células cancerígenas había sido eliminado usando nitrógeno líquido, pero había una mancha oscura en la pantorrilla izquierda.

Phoebe se volvió hacia el ordenador para comprobar la primera página del historial.

–Quiero ver una cosa… –murmuró.

Pero no encontró ningún informe sobre una mancha o escarificación en la pantorrilla izquierda.

–¿Hay algo?

–Me parece que sí –contestó, señalando la marca con el dedo.

La señora Ramsey dejó escapar un suspiro.

–¿Otra vez?

Nick examinó la pantorrilla y asintió, muy serio.

–¿Qué harías tú? –le preguntó a Phoebe.

–La piel es demasiado frágil como para hacer una incisión. Está en el músculo de la pantorrilla y una infección podría complicarlo todo.

–¿Entonces?

–Una escisión con rayo láser. De esa forma no habría herida, nos ahorraríamos la hospitalización y conseguiríamos tejido suficiente para hacer un estudio.

Nick puso una mano sobre su hombro.

–Acabarás siendo una dermatóloga estupenda.

Phoebe sonrió. No sabía si quería especializarse en Dermatología, pero tener conocimientos sobre cáncer de piel podría ser muy interesante en una consulta de Medicina General.

Nick le estaba explicando en ese momento a la señora Ramsey que sería una escisión con rayo láser y no notaría dolor alguno. Además, la piel se regeneraría por sí misma.

Él mismo terminó el reconocimiento y Phoebe se fijó en sus expertas manos, en los dedos largos y el vello oscuro de sus antebrazos…

Era sexy incluso haciendo un reconocimiento.

–Ya puede vestirse, señora Ramsey –murmuró, cuando Nick se quitó los guantes.

–Voy a llamar a quirófano para ver si puedo practicar la escisión esta misma semana.

–¿Seguro que no me va a doler?

–Nada; menos que depilarte las cejas –sonrió él.

Siguieron trabajando juntos durante el resto del día, comprobando manchas en la piel y lunares que habían cambiado de tamaño. En algunos casos tomaban muestras de tejido, en otros, cuando la piel era muy sensible, usaban crioterapia.

–La nariz y las orejas están casi siempre expuestas al sol –le explicó Phoebe al señor Morant–. En el caso de los hombres, sobre todo. Por eso son tan vulnerables.

Pero aunque charlaba y bromeaba con sus pacientes, seguía pensando en Nick. O, más claramente, en lo confusa que se sentía cuando estaban solos.

Al final de la jornada fue al laboratorio para echar un vistazo con el microscopio y tomar notas, que luego contrastaba con los resultados del patólogo. Era una forma de estudiar, de comprobar si retenía toda la información.

Nick imaginó que estaría allí y, aunque tenía una tonelada de papeles que revisar, se acercó al laboratorio. No sabía por qué.

Desde la puerta vio una melena oscura inclinada sobre el microscopio: Phoebe. Aun con los ojos cerrados, habría sabido que era ella.

La idea hizo que arrugase el ceño. Él no tenía intenciones de comprometerse con nadie por el momento. Y menos con alguien como Phoebe Moreton. Aunque…

En ese momento, ella levantó la cabeza.

–¿Quieres usar el microscopio? Yo estoy terminando; llevo una hora dejándome aquí los ojos…

Nick se preguntó si estaba nerviosa. Eso esperaba. Así serían dos.

–¿Y bien? –le preguntó el objeto de su nerviosismo.

–Perdona, estaba pensando en otra cosa. ¿Qué has dicho?

Phoebe sonrió y él sintió una especie de escalofrío. Phoebe Moreton no era la clase de mujer con la que se puede jugar. Además, Charles ya le había hecho suficiente daño.

–Que si has conseguido quirófano para la señora Ramsey.

–Ah, sí. He conseguido que me den hora para el lunes. ¿Quieres estar conmigo?

El rostro de Phoebe se iluminó como si le hubiera ofrecido un regalo. Y la reacción física que provocó esa sonrisa le recordó que trabajar juntos delante de un microscopio podría no ser tan buena idea. Sobre todo, después de aquel beso.

Besos, en plural.

–Me encantaría. Nunca he visto practicar cirugía con láser.

–Estupendo.

Ella no parecía en absoluto afectada por su presencia, de modo que ya podía espabilarse.

–¿Qué tal ha ido la reunión de Jess con el señor Abrams? ¿Sabes algo?

Para cuando terminó de explicarle que Ryan Abrams se llevaría una cámara digital a casa con la que podría enviar imágenes directamente al ordenador del hospital, Nick había recuperado el control.

–No sabes cuánto me alegro –sonrió Phoebe.

–Te preocupas mucho por los pacientes, ¿verdad?

–Claro que sí. ¿No consiste en eso la práctica de la Medicina? –contestó ella, echando la melena hacia atrás.

–Por supuesto.

Bajo la luz del fluorescente, Nick observó que tenía algunas mechas rojizas. Y que tenía un pelo en el que querría enredar los dedos…

–Lo que más necesitan los pacientes, además de una cura, por supuesto, es que el médico les diga que van a ponerse bien. Eso alivia su sufrimiento.

–Cuando hay cura, Phoebe. A veces, no la hay.

–Eso ya lo sé. Pero en esta unidad el porcentaje de éxito es muy alto, ¿no?

–Desde luego que sí. Porque vienen pacientes preocupados por su salud, gente que se cuida mucho. Pero recuerda que el cáncer de piel puede aparecer en el cuerpo de un paciente sano y, como no es doloroso, mantenerse allí, vivo, durante años.

–Sí, la gente suele creerse inmune a ese tipo de cáncer –suspiró ella.

La palabra «inmune» le recordó una conversación que habían mantenido dos días antes. Según Phoebe, era inmune a hombres como él.

¿Por qué? ¿La habría traicionado alguien?

No, si fuera así se habría vuelto cínica y no era el caso.

Pero en aquel momento Nick deseaba que lo fuera. Era su aparente inocencia lo que lo atraía. Más de lo que le hubiera gustado admitir.

–Lo más importante es que con esta tecnología podemos hacer un diagnóstico temprano. Y si vemos a un paciente con predisposición al melanoma, alterarlo para hacerlo inmune.

–Ojalá pudiéramos tratar a todos los ciudadanos del país –sonrió ella–. ¿Cuándo vas a conseguir más fondos?

Nick sacudió la cabeza.

–Hoy tienes ganas de discutir, ¿verdad? Hago lo que puedo, jovencita.

–Lo sé. Y me da mucha rabia que el trabajo que hiciste con la vacuna se lo hayan apropiado los oncólogos, consiguiendo así fondos para sus unidades cuando el dinero debería haber venido aquí.

–Si ellos encuentran una cura, estupendo –sonrió él, intentando no pensar en cómo brillaba su pelo, en cómo movía las caderas mientras dejaba las probetas en la estantería.

–Pero lo más importante es advertir a la gente que deben ir al médico en cuanto noten cambios de pigmentación, picores o variaciones en lunares y manchas de la piel. Por eso sería bueno que los médicos de cabecera tuvieran este programa de ordenador, ¿no?

Cuando aquellos ojos castaños se clavaron en los suyos, Nick solo pudo pensar en besarla de nuevo.

Entonces Phoebe oyó pasos. Charles, sin duda, buscando a su colega.

Charles, que unas horas antes la había acusado de formar parte del harén de Nick.

Pues le demostraría que era verdad.