Amor sin recuerdos - Amor por chantaje - Penny Jordan - E-Book
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Amor sin recuerdos - Amor por chantaje E-Book

Penny Jordan

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Beschreibung

Amor sin recuerdos. Annie no daba crédito a la afirmación de Dominic Carlyle. ¿Cómo era posible que fuera su marido? ¿Cómo podía haberlo abandonado y haber olvidado todo acerca de él y de su matrimonio? Para refrescarle la memoria, Dominic insistió en que se fuera a vivir con él. Annie se sentía misteriosamente impulsada a aceptar, obsesionada con un sueño en el que un hombre le hacía el amor de una forma apasionada… un hombre exactamente igual a Dominic.Amor por chantaje. No había nada que Imogen deseara más que convertirse en la esposa de Dracco Barrington, pero la sorprendente noticia que recibió el día de su boda lo cambió todo y salió corriendo de la iglesia y de la vida de su flamante marido. Después de aquello estaba convencida de que no volvería a verlo, pero cuatro años después, Imogen necesitaba dinero y el multimillonario Dracco le hizo una sorprendente proposición: un millón de libras a cambio de que volviese con él...

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Seitenzahl: 379

Veröffentlichungsjahr: 2010

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2000 Penny Jordan. Todos los derechos reservados.

AMOR SIN RECUERDOS, Nº 108 - noviembre 2010

Título original: Back in the Marriage Bed Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres

© 2002 Penny Jordan. Todos los derechos reservados.

AMOR POR CHANTAJE, Nº 108 - noviembre 2010

Título original: The Blackmail Baby

Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres

Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2001 y 2002.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin, logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-671-9273-5

Editor responsable: Luis Pugni

Imagen de cubierta: CZALEWSKY/DREAMSTIME.COM

Amor sin recuerdos

Capítulo 1

ANNIE se detuvo en las escaleras de su preciosa casa victoriana. Una seductora sonrisa se dibujó en su rostro a la vez que una soñadora mirada enturbiaba la habitual claridad de sus inteligentes ojos grises. Había vuelto a soñar con él la noche anterior, pero esa vez había sido incluso más real y encantador que nunca. Tan real que…

Se sonrojó y tuvo que pestañear para esconder el brillo de sus ojos al sentir cómo el mero recuerdo del placer le estremecía todo el cuerpo; la noche anterior cuando él la había tenido en sus brazos y la había acariciado… Un fuerte escalofrío la devolvió a la realidad y con algo de culpabilidad se apresuró escaleras arriba.

Solo disponía de una hora para arreglarse antes de ir a recoger a Helena y a su marido. Tenía una cita con ellos para celebrar algo muy especial, y era en eso en lo que tendría que estar pensando, no en un hombre tan maravilloso como irreal que había nacido de su imaginación, de sus sueños… de su necesidad…

Frunció un poco el ceño. Era una mujer de veintitrés años y en su vida no había ningún hombre, ningún amante. Solo a través de la intensidad de sus sueños, que cada vez eran más reales, Annie había identificado a su amante ideal, su alma gemela. No sabía si esos sueños eran una señal de cuánto necesitaba amar y ser amada o una muestra del poder de su imaginación. Lo que sí sabía era que desde que había empezado a soñar con él, los hombres reales que conocía no se le podían comparar, ninguno llegaba a atraerla lo más mínimo.

Estaba deseando pasar la velada con sus amigos.

Después de todo, Helena no solo era su mejor amiga y lo más parecido a una madre que ella había tenido; era también la cirujana que le había salvado la vida.

No, se corrigió rápidamente Annie, lo que Helena había hecho en muchos sentidos era darle la vida, devolvérsela después de que otras personas menos compasivas hubieran pensado que era imposible.

Annie tuvo que tragar saliva. Incluso cinco años después del accidente que casi le había costado la vida, solo recordar lo cerca que había estado de morir hacía que un escalofrío de terror le recorriera el cuerpo.

Quizás no tuviera demasiada lógica, pero ese terror se hacía aún más intenso por el hecho de no recordar nada de lo que había sucedido justo antes del accidente, ni de las semanas que había estado en coma.

Al abrir la puerta de su dormitorio notó la ligera torpeza en el brazo derecho, esa era la única molestia física que le había dejado el accidente.

Su brazo sufrió lesiones tan graves en el accidente que, cuando la llevaron al hospital, el jefe de admisiones de urgencias la iba a preparar para que se lo amputaran; en ese momento Helena, que había ido al hospital a visitar a otro paciente, pasó por allí por casualidad y fue requerida para dar una segunda opinión.

Como jefa del servicio de microcirugía, Helena se puso al mando inmediatamente y llegó a la conclusión de que era posible evitar la amputación.

Fue su cara lo primero que Annie vio al volver en sí, pero fue después de bastantes semanas cuando se enteró, gracias a una enfermera, de la suerte que había tenido de que Helena estuviera allí. Fue Helena la que se pasó una hora tras otra al pie de su cama, hablándole mientras estaba en coma, tirando de ella con su fuerza y su amor para que volviera al mundo de los vivos, por todo eso Annie sabía que nunca, nunca, dejaría de admirarla y quererla.

–Tú no eres la única que ha salido ganando –a menudo le decía Helena bromeando–. No tienes idea de lo que ha subido mi reputación profesional desde que se supo que tu brazo se había salvado gracias a mis métodos quirúrgicos. Para mí tu brazo vale su peso en oro –entonces su expresión se suavizaba al decir mucho más cariñosa–: Y tú, querida, eres tan especial para mí que no puedo expresarlo con palabras. Eres la hija que nunca pensé que tendría.

Las dos se habían emocionado la primera vez que Helena pronunció esas cariñosas palabras, que además tenían un significado especial para las dos: Helena, una eminente cirujana que siendo muy joven había sabido que no podría tener hijos y Annie, que había sido abandonada por sus padres cuando era solo un bebé y había crecido en un orfanato. Siempre la habían tratado bien, pero nunca había recibido todo el amor que necesitaba y anhelaba.

Cuando dos años antes Helena aceptó casarse con Bob Lever, su compañero desde hacía mucho tiempo, Annie se alegró más de lo que podía explicar.

Hasta entonces Helena siempre se había negado a casarse con Bob porque creía que algún día encontraría una mujer que le diera los hijos que ella no podía darle y, cuando llegara ese día, quería que él se sintiera libre para irse con esa mujer. Annie y Bob tuvieron que luchar mucho hasta que consiguieron quitarle tal idea de la cabeza.

Annie encontró el argumento definitivo cuando le dijo que puesto que se había convertido en su «madre» ya no tenía ninguna excusa para seguir rechazando las propuestas de matrimonio de Bob.

–De acuerdo, me rindo –se había reído Helena mientras brindaban porque por fin hubiera aceptado y antes de decirle burlona a Annie–: Por supuesto, sabes lo que esto significa. Como madre tuya, y dado el momento de la vida en el que me encuentro, pronto empezaré a pedirte con insistencia que encuentres a alguien y me des algún nieto.

Había sido después de esa conversación, quizás debido a la relajación que había provocado en ellas el vino y la estupenda cena de Navidad que habían preparado las dos juntas, cuando Annie se había atrevido a hablarle a Helena de los intensos sueños que estaba teniendo.

–¿Cuándo empezaron esos sueños? –le preguntó Helena inmediatamente con un tono totalmente profesional.

–No estoy segura… creo que tardé algún tiempo en darme cuenta de que los estaba teniendo de forma regular –contestó Annie moviendo la cabeza y riéndose de su propia confusión–. Verás, cuando por fin noté que los estaba teniendo me resultaban tan familiares, como si ese hombre hubiera sido siempre parte de mi vida; era como si… de alguna manera yo…lo conociera –Annie tuvo que dejar de hablar para buscar las palabras adecuadas que la ayudaran a expresar la enorme complejidad de las sensaciones que tenía en sus sueños, quería que su amiga entendiera cómo era el hombre que aparecía en ellos.

Sonrió al mirar el traje que un mes antes Helena y ella habían comprado especialmente para aquella noche. Había tenido mucha suerte de no sufrir ninguna herida en la cara. Por lo que sabía por las pocas fotos que conservaba de su infancia, su rostro pequeño y delicado no había cambiado demasiado. Seguía teniendo el pelo rubio, quizás heredado de sus desconocidos padres junto con su elegante figura. La madurez había conseguido que ya no se angustiara por no saber quiénes habían sido sus padres. Le bastaba con apreciar el precioso regalo que le habían hecho: le habían dado la vida.

Todo lo que sabía del accidente era lo que le habían contado y lo que se había mencionado durante el proceso judicial. En él el conductor que la atropelló en mitad del paso de peatones fue condenado por conducción temeraria, y la compañía de seguros tuvo que indemnizarla con una alta suma de dinero.

Annie era consciente de que había gente que pensaba que ciertas molestias en un brazo y haber tenido que estar de baja casi un año no eran más que nimiedades. Al menos eso era lo que pensaban los abogados de la compañía de seguros del conductor; incluso ella había admitido haber ganado mucho gracias al accidente, pero no por la indemnización, sino porque el accidente había hecho que Helena y Bob entraran en su vida.

Tal y como los abogados habían hecho constar de forma insistente, las lesiones no le habían impedido terminar la carrera universitaria que acababa de empezar antes del accidente, ni le habían supuesto ningún obstáculo a la hora de conseguir un empleo. De hecho, para mucha gente el que solo pudiera trabajar media jornada era más una ventaja que un inconveniente.

Sí, los abogados fueron muy persuasivos, pero las pruebas resultaron concluyentes. Cinco testigos habían visto cómo el coche había irrumpido en el paso de peatones y había ido directamente a Annie.

El conductor había bebido, de acuerdo con la explicación de la defensa, debido a un problema de estrés por el cual ya estaba en tratamiento. Incluso hubo un dramático testimonio de la mujer del conductor, que afirmó que, si le retiraban el carnet de conducir a su marido, lo que le impediría ganarse la vida, las condiciones de vida de ella y de sus tres hijos iban a ser muy duras.

Annie había sentido mucha pena y aún lo sentía enormemente, pero, como Helena le había dicho con firmeza, ella no era la responsable de los problemas de aquel hombre.

Aun así se alegraba de que el conductor no fuera de la ciudad y de que no hubiera ninguna posibilidad de encontrarse con él ni con su familia.

Le resultaba extraño pensar que no había vivido toda su vida en esa pequeña ciudad llena de historia, una historia que se reflejaba en su catedral, su castillo y su pequeña universidad, y el río que hacía muchos años había dado a la ciudad fama y riqueza.

Ahora solo lo surcaban barcos de recreo, aquellas embarcaciones que solían llevar productos exóticos habían pasado a la historia.

Annie era incapaz de recordar por qué había elegido la universidad de Wryminster, o cuándo había llegado a la ciudad. Ni siquiera debió de tener tiempo para hacer amigos a los que contarles sus sueños y ambiciones; había tenido el accidente la primera semana del primer trimestre y la única dirección que la policía había podido encontrar había sido la del orfanato donde creció.

Según había averiguado Helena, Annie había sido una niña muy inteligente y algo solitaria. Cuando por fin recibió el alta del hospital, Helena se la llevó a casa y la cuidó como una madre. También la animó a convertirse en una mujer independiente y lo consiguió gracias a la ayuda que Bob y ella le prestaron para conseguir la casa perfecta: acogedora y no demasiado lejos de la suya.

Al sacar el traje nuevo del plástico que lo protegía, Annie respiró algo temblorosa. Era un conjunto de color azul pálido, un color que iba bien con su tono de piel y ojos. Se había encaprichado de él nada más verlo, pero aun así, Helena había tenido que convencerla para que se lo comprara.

Los pantalones de fina lana dejaban apreciar sus esbeltas piernas y la suave curva de sus caderas. Por su parte, la chaqueta le daba al conjunto un toque de sofisticada elegancia que completaba el top bordado que llevaba debajo de la chaqueta.

–No voy a conseguir amortizar todo el dinero que me he gastado –vaticinó Annie mientras pagaba el importe del traje–. Nunca voy a sitios donde me pueda poner algo tan caro.

–Bueno, quizás debas empezar a hacerlo –le había contestado Helena sonriendo–. Sayad haría cualquier cosa con tal de que le concedieras una cita.

Sayad era un guapísimo anestesista que acababa de empezar a trabajar en el hospital y que llevaba intentando conquistar a Annie desde el primer momento en que la vio.

–No está mal –admitió Annie pero en seguida añadió–: Pero…

Pero no era el hombre de sus sueños. No, ni siquiera se le parecía lo más mínimo. Mientras que Sayad era alegre y abierto, el amante de sus sueños tenía una mirada oscura e inquietante. Era un hombre, mientras que Sayad, a pesar de la edad que tenía, en algunos aspectos seguía siendo un niño. Sin saber exactamente cómo, sabía con seguridad que su hombre tendría un cierto aire de autoridad, un fuerte aura de masculinidad que Sayad nunca podría tener.

A pesar de no querer gastarse tal cantidad de dinero, había accedido porque se trataba de una noche importante: el aniversario de Helena y Bob y el cumpleaños de Bob.

Gracias a la insistencia de Helena, al acabar el larguísimo proceso judicial que había tenido que soportar, se había tomado unos meses de descanso en el trabajo. Esa misma semana, se había despedido temporalmente de sus compañeras de Petrofiche, la multinacional petroquímica en la que trabajaba y cuya sede se encontraba en lo que había sido una enorme casa solariega situada a unos kilómetros de la ciudad.

Para la celebración de sus amigos había reservado una mesa en el mejor restaurante de la ciudad, que se encontraba a orillas del río. Había insistido en que aquella noche iba a ser ella la que los iba a mimar. Para ello iba a ir a recogerlos en su flamante Mercedes.

Aquel coche había supuesto un gran avance para Annie, puesto que cuando tuvo el accidente no sabía conducir y durante mucho tiempo le había dado pánico el simple hecho de acercarse a un coche. Pero con el tiempo se había obligado a sí misma a superar el miedo. La debilidad del brazo hacía que se sintiera más cómoda en un coche automático que en uno manual. Por eso, ayudada e instigada por Helena y Bob, se había concedido el lujo de comprarse un coche tan elegante.

No tardó mucho en arreglarse, le gustaba utilizar el mínimo maquillaje posible y además, como a menudo le decía Helena con envidia, tenía un cutis que no necesitaba cubrir. Era cierto que, para su gusto, tenía los labios demasiado carnosos, pero había aprendido a suavizarlos con colores pastel. Tenía el pelo liso y sedoso, siempre lo llevaba largo y con un peinado sencillo, lo que hacía resaltar la delicada forma de su cara.

Cuando se puso el traje, se dio cuenta de que le quedaba aún mejor de lo que recordaba. Al fin ese año, al acabar las tensiones del juicio, había conseguido ganar un poco de peso y le favorecía mucho.

Después de echar un último vistazo a su habitación, salió satisfecha por la puerta. La casa victoriana en la que vivía era suya gracias a la indemnización concedida en el juicio. Cuando la compró, estaba muy deteriorada, pero se negó a quedarse en casa de Helena y de Bob mientras duraban las obras, por lo que había tenido que vivir rodeada de escombros y de obreros hasta que la casa estuvo totalmente restaurada. Annie quiso estar al pie del cañón para demostrar su madurez e independencia pero, sobre todo, para demostrarse a sí misma que se las podía arreglar sola.

En su dormitorio, lo que más llamaba la atención era la enorme cama de matrimonio. Todavía no sabía muy bien por qué la había comprado. De entre todas las camas de la tienda había elegido aquella de forma instintiva; se había dirigido a ella como un sonámbulo. Lo único que sabía era que aquella era la cama que tenía que tener.

–Bueno, sin duda encaja con el resto de la casa –había comentado Helena al verla, alabando la imitación del estilo victoriano.

En sus sueños, su amante y ella estaban siempre en esa cama, aunque en sus sueños… Tuvo que recordarse, no sin algo de culpabilidad, que si no se daba prisa iba a llegar tarde.

–¡Dios mío, sí que está esto lleno esta noche! –exclamó Helena al llegar al aparcamiento del restaurante.

–Sí, ya me lo dijeron cuando llamé para reservar la mesa. Por lo visto Petrofiche va a dar una cena de bienvenida a su nuevo asesor de biología marina.

–Ah sí, he oído que habían encontrado a alguien para sustituir al profesor Salter. Parece ser que estaba trabajando en el Golfo Pérsico. Está muy preparado y es relativamente joven, tiene treinta y tantos.

Por lo visto ya trabajó para Petrofiche hace tiempo.

–Resulta extraño que un biólogo marino trabaje en la industria petroquímica –intervino Bob.

Helena lo miró cariñosa e intercambió un gesto de conspiración con Annie antes de bromear:

–Supongo que tú solo relacionas a los biólogos marinos con los documentales de tiburones y arrecifes de coral.

–Claro que no –dijo Bob tajante al mismo tiempo que su mirada inocente lo delataba.

–Hoy en día todas las multinacionales quieren asegurarse de dar una imagen ecologista y preocupada por el medio ambiente –explicó Annie–. Dado el impacto que cualquier vertido de petróleo tiene en el océano y en los animales que lo habitan, para una compañía como Petrofiche es muy importante tener expertos que asesoren al respecto.

Habían salido del coche y se dirigían al restaurante, una antigua casa que habían convertido en un elegante restaurante. El edificio estaba rodeado por un precioso jardín que desembocaba en el río. Al cruzar las puertas de hierro forjado que daban entrada al jardín, pudieron ver los exóticos árboles, así como el patio y las estatuas que lo adornaban.

Los propietarios del restaurante eran Liz Rainford y su marido, un matrimonio de cerca de cuarenta años. En cuanto los reconoció, Liz les dio una calurosa bienvenida.

–Os he guardado vuestra mesa de siempre –les dijo a escondidas mientras pedía a un camarero que los acompañara.

Liz formaba parte del comité benéfico para el que Annie también hacía algunos trabajos voluntarios para recaudar fondos siempre que podía. Conocía la historia del accidente de Annie y la estrecha relación que tenía con Helena y Bob.

–Sé que esta es una noche especial para vosotros –dijo sonriendo.

Su mesa de siempre estaba en un rincón un poco apartado, cerca de una ventana desde donde se podía ver el jardín en todo su esplendor, y tras él, el río.

Annie suspiró con satisfacción mientras el camarero los acomodaba y les daba las cartas.

A veces tenía la impresión de haber vuelto a nacer aquella mañana de hace cinco años, cuando abrió los ojos y encontró a Helena mirándola.

Aunque podía recordar su adolescencia, sus recuerdos eran borrosos y ligeramente irreales. A veces, hasta le costaba distinguir si esos recuerdos eran suyos realmente. Helena siempre le explicaba que se debía a las fuertes heridas que había sufrido tanto física como psicológicamente. Era la forma de protegerla que tenía su cerebro.

El restaurante estaba lleno. Las puertas de uno de los salones estaban cerradas para proteger la intimidad de la celebración de Petrofiche. Durante la semana anterior, Annie había oído a sus compañeras hablar del nuevo asesor.

–Tiene su propio negocio, Petrofiche no es más que otro de sus clientes –les había dicho, dándose importancia, Beverly Smith, una de las secretarias más veteranas–. Solo se pasará por aquí un par de veces a la semana, cuando no esté trabajando sobre el terreno.

–Me pregunto si necesitará una secretaria personal. Desde luego a mí no me importaría hacer un par de viajes con él al Gran Arrecife de Coral –exclamó con envidia otra de las chicas.

–¿El Gran Arrecife de Coral? –se burló otra–. ¡Querrás decir Alaska! Ahí es donde van los biólogos marinos.

Annie había escuchado las bromas con una sonrisa. A menudo sus compañeros de trabajo la invitaban a salir, pero ella nunca aceptaba. Helena la había advertido de que corría el peligro de que sus sueños le impidieran prestar la debida atención a sus posibles novios reales. Annie sabía que sus negativas no se debían solo a las fantasías románticas de sus sueños.

Era como si algo dentro de ella le dijera que era un error empezar a salir con alguien. No tenía la menor idea de por qué sentía eso. En realidad, sus sentimientos eran tan confusos e ilógicos que le daba vergüenza hasta contárselo a Helena. Lo único que sabía era que tenía que esperar… no sabía ni a qué, ni a quién. Solo sabía que era lo que tenía que hacer.

Capítulo 2

NO HEMOS pedido champán! –estaba diciendo Annie cuando vio acercarse al camarero con una botella y tres copas, y notó la mirada de complicidad entre Helena y Bob.

–Ya, lo hemos hecho nosotros, es nuestra celebración –le recordó Bob cariñoso.

Annie asintió:

–Si no hubiese sido por ti… –le dijo a Helena mientras sus grandes ojos negros se llenaban de emoción, una emoción que le impedía seguir hablando. Los tres se quedaron en silencio, conscientes de estar sintiendo lo mismo.

Fue Bob el que rompió el silencio, levantó su copa y dijo con voz firme:

–Por ti, Annie.

–Sí, por ti –se unió Helena al brindis.

Al observar la cara sonrojada de Annie, Helena pensó en la increíble capacidad de recuperación del ser humano. Era difícil identificar a esa mujer joven y sana con aquella que encontró en coma en la unidad de urgencias del hospital.

Cuando estaban esperando a que les llevaran el postre, Annie se excusó para ir al lavabo. De camino al vestíbulo, pasó por el salón donde se estaba celebrando la cena de Petrofiche, justo en ese momento se abrió la puerta y salieron cuatro hombres. Annie reconoció a dos de ellos porque eran ejecutivos de la empresa, al tercero no lo conocía y el cuarto…

El corazón le dio un vuelco. No podía apartar la mirada del cuarto hombre, no daba crédito a lo que veía.

¡Era él! El hombre… el hombre de sus sueños.

Tan idéntico a él, que no podía dejar de mirarlo con la boca abierta. ¡El hombre de sus sueños se había hecho realidad! Pero, ¿cómo era posible si él era producto de su imaginación, una criatura que ella misma había creado. No, no era posible, debía de estar soñando, o alucinando. Había bebido demasiado champán, decidió confusa.

Cerró los ojos y contó hasta diez. Cuando los volvió a abrir él todavía estaba allí, y aun más, la estaba mirando. Sintió cómo se le helaba la sangre y el pánico la paralizaba. Intentó moverse pero no pudo. Intentó hablar pero su garganta no consiguió emitir ningún sonido… la invadió una espantosa sensación de miedo. Quería moverse y hablar. Annie supo con total seguridad que se iba a desmayar.

Cuando volvió en sí estaba en el despacho de Liz, con Helena y Bob a su lado.

–¿Qué te ha pasado, cariño? –le preguntó Helena preocupada, agarrándole la mano. Le estaba tomando el pulso, Annie vio que la estaba tratando como doctora, más que como amiga. Se obligó a sí misma a incorporarse.

–Estoy bien –insistió–. Solo me he mareado un poco, eso es todo –murmuró, todavía demasiado asustada para contarle a Helena lo que realmente había sucedido–. Lo siento –se disculpó con Liz al tiempo que hacía caso omiso de las protestas de Helena, y se ponía en pie, apretando los dientes para controlar el aturdimiento–. No aguanto muy bien el champán caro –se disculpó con una suave sonrisa.

Desde luego, estaba claro que sus amigos no la iban a dejar conducir. Por tanto, tuvo que pasar la noche en el dormitorio que había ocupado durante su recuperación, mientras Helena le insistía una y otra vez en que debía ir al médico.

–No me pasa nada –insistió Annie–. Solo me he asustado un poco, deja de preocuparte.

–¿Te has asustado? ¿Por qué? –preguntó Helena con impaciencia.

–Pensé que había visto a alguien que… –dejó de hablar y movió la cabeza, sintiendo la boca seca mientras continuaba–. Debo de habérmelo imaginado, porque es imposible que…

–¿Quién era? ¿A quién crees que viste, Annie? –siguió indagando Helena.

–No, no era nadie, solo fue un error –repitió Annie, empeñada en no contarle la verdad a su amiga, pero al tomar la taza de té que le había llevado Bob empezó a temblarle tanto la mano que tuvo que volver a dejarla sobre la mesa.

Tuvo que taparse la cara con las manos antes de admitir temblorosa:

–Ay, Helena… era tan… irreal. Yo… he visto al hombre de mis sueños. Sé que es imposible, que él no existe, pero es que…

–Tranquilízate –le dijo Helena con firmeza–. Te voy a dar algo que te ayude a relajarte, a ver si puedes dormir un poco. Por la mañana, hablaremos de todo ello con tranquilidad.

Annie sonrió mientras se recostaba en la cama, sabía que su amiga tenía razón.

Unos minutos más tarde, Helena volvió con un vaso de agua y unas pastillas. La observó con ternura maternal mientras Annie se las tomaba obediente.

–Siento haberos estropeado la noche –murmuró somnolienta sintiendo los primeros efectos de las pastillas.

Una vez más tranquila, no conseguía entender por qué había reaccionado de forma tan exagerada, solo porque aquel hombre le hubiera recordado, seguramente por el poder de su imaginación, al amante que veía en sus fantasías. De todos modos, al recapacitar, se daba cuenta de que era imposible que el amante de sus sueños la hubiese mirado como el hombre del restaurante, con esa hostilidad que mostraban sus profundos ojos azules, con esa mirada tan fría que concentraba desprecio e ira.

En seguida, se le empezaron a cerrar los ojos, y cuando diez minutos más tarde Helena fue a cerrar la puerta del dormitorio, Annie ya estaba profundamente dormida.

–Me imagino que la emoción de esta noche y los recuerdos que le ha provocado son los verdaderos culpables de lo que ha sucedido –le sugirió Helena a su marido al volver con él.

–¿Y no hay ninguna posibilidad de que conociera a aquel hombre? –preguntó Bob con curiosidad.

–No sé, podría ser. Es cierto que aún hay cosas que no recuerda: se acuerda de haber llegado a Wryminster, pero no recuerda exactamente cuándo. Es difícil imaginarse que alguien tuviera tanta relación con ella como para aparecer en los sueños tan intensos que ella está teniendo. Tendría que ser alguien muy insensible para no haber tratado de ponerse en contacto con ella después del accidente. Después de todo, salió en todos los periódicos de la ciudad.

–Sí, no parece probable –asintió Bob.

Arriba, mientras dormía, Annie empezó a sonreír, y su cuerpo tembló con una mezcla de nerviosismo y emoción.

–Dios, eres tan guapa… ¿Me dejas mirarte y abrazarte? Lo deseo tanto…

El cuerpo de Annie se tensó un poco cuando sus manos cálidas y expertas la empezaron a desvestir suavemente. Al principio estaba algo nerviosa, el corazón le latía con fuerza, pero a medida que el placer se hacía más fuerte su tensión desaparecía. Su cuerpo ya relajado empezó a responder a las suaves palabras de su amante; mientras que él, despacio y con mucho cuidado, la tumbaba para observar su desnudez. Liberaba su cuerpo de la ropa, pero la abrigaba con la calidez de sus manos, unas manos que le transmitían una maravillosa sensación que le resultaba totalmente nueva.

Él sabía que aquella era su primera experiencia, su primera vez, y, como le había dicho varias veces, la decisión era única y exclusivamente suya. Él pararía en cuanto ella se lo dijera, pero ella no quería que parara. Quería que…

Respiró con placer cuando al tocarla él encendió todos sus deseos, toda la pasión que sabía que era capaz de sentir, pero que hasta ese momento había estado oculta en algún lugar secreto del cual solo él tenía la llave.

Lo quería tanto… lo deseaba tanto… lo que con cualquier otro habría sido impensable con él no solo era imaginable sino deseable. Todo su cuerpo se estremeció por la fuerza de sus sensaciones… con el deseo y el amor que sentía por él. Solo con que él la mirara sentía que se derretía.

El solo hecho de oírle pronunciar su nombre evocaba en ella más poesía que los más grandes sonetos de amor. La forma de mirarla era más bella que cualquier canción de amor. Lo que le hacía sentir era tan intenso que le daba miedo. La emocionaba, la excitaba, deseaba reír y llorar al mismo tiempo, era tan feliz, que le parecía peligroso. Le hacía sentirse inmortal, pero, a la vez tenía un sentimiento de fragilidad. El depender de él y de su amor provocaba en ella un tremendo terror a perderle.

Le acarició los pechos mientras que la veía temblar, los ojos brillantes y la boca entreabierta.

–¿Alguna vez te han dicho que tienes la boca más sexy del mundo? –le preguntó cariñosamente mientras dibujaba con su dedo el contorno de la boca, y sonreía al ver cómo ella hacía un movimiento instintivo para atrapar el dedo entre sus labios.

–Así no –le susurró–. Así.. –deslizó el dedo dentro de su boca consiguiendo que ella tensara los labios y se lo introdujera.

Profundamente dormida, Annie gimió de placer a la vez que su cuerpo se movía nervioso buscando el abrazo de su amante.

Los últimos rayos de sol de la tarde entraban por el amplio ventanal. Al otro lado estaban las colinas cubiertas de bruma y desde allí se oía el melodioso sonido del agua del río.

Se estremeció al sentir las caricias de unas manos llenas de ansia masculina.

–Si quieres que pare, dímelo ahora –le dijo en voz baja pero insistente–. Dímelo ahora, Annie, si no ya no podré parar.

Annie sabía que no iba a decir nada, lo deseaba y lo amaba demasiado. Aunque las cosas que le estaba haciendo estaban a años luz de sus experiencias, que se limitaban a unos cuantos torpes besos infantiles.

–Soy demasiado viejo para ti –le había confesado él, pero en vez de disuadirla, sus palabras solo habían intensificado el deseo que sentía por él. El conocimiento y la experiencia masculina que le estaban electrizando el cuerpo le daban un toque mágico, casi mítico.

Ese era el momento, el instante de suprema revelación, el momento en el que…

Su propio gemido la despertó, su cuerpo empapado en sudor, su mente agitada. Se incorporó y se tapó la cara con manos temblorosas.

Aquel sueño había sido tan fuerte, tan real y aquel hombre, su amante, estaba tan, tan vivo que daba miedo.

Intentó tomar aire y, al cerrar los ojos, revivió el momento en el que había recorrido con sus labios la cicatriz que él tenía en la sien, la misma cicatriz, exactamente en el mismo sitio que la que tenía el hombre del restaurante. ¿Cuántas veces había soñado con esa cicatriz sin darse cuenta?

No sabía. Solo sabía que al acariciar esa cicatriz había notado en él una intensa calma. Aquello era tan familiar para Annie como su propio ser. Pero, ¿cómo podía ser? ¿Qué le estaba pasando? ¿Acaso tenía un sexto sentido, una percepción especial del futuro? Quizás estuvieran destinados a conocerse y sus sueños eran la manera en la que el futuro la avisaba de lo que iba a suceder. Un fuerte escalofrío le recorrió el cuerpo.

Había estado muy cerca de la muerte y, aunque detestaría tener que admitirlo, y menos aún discutirlo, había experimentado una sensación sobre la que había leído en secreto y que parecía ser bastante común entre la gente que había estado en la misma situación.

Era una sensación de sentirse empujado hacia un plácido lugar, atravesando la oscuridad se alcanzaba una luz impresionante. Pero, de repente, se podía sentir cómo tiraban de uno hacia atrás y una especie de voz anunciaba que todavía no era el momento.

Quizás esa experiencia, por muy ilógico e inverosímil que sonara, le había dado el poder de sentir algo maravilloso que todavía tenía que suceder.

¿La habría afectado tanto el deseo que siempre había tenido de poder compartir esa experiencia con alguien que la amara? Ese deseo podría haber provocado que viviera en sus sueños algo que aún tenía que vivir en la realidad. Su amante, más que un producto de su imaginación, sería una figura real del futuro.

Imposible, increíble… Sí, quizás, pero había muchos otros misterios que se escapaban de cualquier explicación lógica.

El miedo que había sentido ese mismo día dio paso a una emoción casi eufórica. El amante de sus sueños no era solo un sueño, era real, era… Annie cerró los ojos extasiada, se aferró a sus pensamientos, a su amor, del mismo modo que anhelaba que él la estrechara entre sus brazos.

Pasó mucho tiempo hasta que consiguió volver a quedarse dormida, y cuando por fin lo hizo, estaba convencida de que el encuentro de la noche anterior con la personificación de su sueño había sido provocado por el destino, un destino para el que la habían estado preparando sus sueños.

–¿Qué tal te encuentras hoy, cariño?

Todavía algo dormida, Annie consiguió enfocar la mirada en Helena, que le llevaba una taza de café.

–No estoy segura –admitió Annie–. Esas pastillas que me diste eran fulminantes.

–Helena –llamó a su amiga a la vez que se incorporaba y la miraba fijamente–. ¿Tú crees en el destino? –preguntó solemnemente.

–No sé muy bien lo que quieres decir –respondió Helena con precaución.

–Aquel hombre, el que vi ayer en el restaurante –empezó a hablar Annie en voz baja–. Al principio pensé que eran alucinaciones mías, que no podía ser el mismo hombre con el que sueño… pero después, he vuelto a soñar con él y me he dado cuenta de que… –tuvo que respirar hondo para poder continuar–. Creo que estábamos destinados a encontrarnos, creo que él y yo… –movió la cabeza al observar la expresión de contrariedad que reflejaba el rostro de Helena–. Sé que esto debe de sonar descabellado pero, ¿qué otra explicación puede haber? No sé cómo explicarlo, simplemente sé por qué he estado soñando con él y por qué tengo la sensación de conocerlo.

Por favor, no me digas que crees que estoy loca.

–No, no lo haré –prometió Helena con tranquilidad mientras se sentaba en la cama y le retiraba el pelo de la cara.

Quería tanto a Annie, era como una hija para ella.

Pero también era una joven muy vulnerable. El accidente y la gravedad de las heridas que había sufrido habían hecho que Annie tuviera que dedicar todas sus fuerzas a recuperarse, en vez de destinarlas a madurar, como habían hecho las mujeres de su edad.

Eso no quería decir que Annie no fuera inteligente, todo lo contrario. Había estudiado una carrera y se preocupaba por el mundo en el que vivía y por la gente que la rodeaba. Todo eso la hacía mucho más madura que la mayoría de la gente de su edad. Lo que no había podido hacer por culpa del accidente había sido madurar como mujer, experimentar con el sexo, cometer errores, hacer locuras propias de la adolescencia.

Daba la sensación de que prefería las fantasías de sus sueños a salir con hombres reales; parecía que se había empeñado en creer en el destino más que en la realidad.

–Sí que crees que estoy loca, ¿verdad? –la acusó Annie al notar la duda en su mirada.

–Loca no –corrigió Helena con tranquilidad–. Pero quizás… –se detuvo y arrepentida sonrió antes de preguntarle con suavidad–: ¿No se te ha ocurrido pensar que a lo mejor ese hombre te resulta familiar porque lo conoces?

–¿Quieres decir que lo conozco por mis sueños? –se quiso asegurar Annie algo confundida.

–No, por tus sueños no, Annie, quiero decir que quizás te resulte familiar porque de verdad lo conoces.

–¿Conocerlo? –Annie la miró perpleja–. Eso es imposible.

Helena esperó un rato antes de recordarle con voz dulce:

–Cariño, todavía hay cosas que no recuerdas. Las semanas anteriores al accidente, el accidente en sí o las semanas en las que estuviste en coma.

–Lo sé –la frente de Annie se arrugó en un gesto de preocupación–. Pero no puedo conocerlo… si así fuera, él… –se detuvo agitando la cabeza–. No, es imposible –le aseguró a Helena sin dudarlo más–. Si yo hubiera… si nosotros… yo lo sabría.

–Bueno, he de admitir que resulta poco probable –reconoció Helena–. Pero pensé que debías considerar esa posibilidad.

–Lo comprendo –aseguró Annie mientras abrazaba a su amiga–. Pero si me conociera se habría puesto en contacto conmigo, ¿no? Además –una sonrisa pícara se dibujó en su rostro y los ojos le brillaron con una felicidad secreta–. No, no es posible que lo conociera –aseguró de nuevo–. Siento haberte asustado anoche. Creo que fue el verlo de repente, unido al efecto del champán.

–Bueno, fue una velada muy emocionante –respondió Helena.

–Has sido tan buena conmigo –dijo Annie tomando la mano de su amiga entre las suyas.

–Todo lo que te he dado me lo has devuelto con creces. Además, nos vas a dar nietos a Bob y a mí –bromeó a propósito para aligerar un poco el ambiente–. ¡Cielo santo! ¡Bob! –exclamó de repente–. Le dije que le ayudaría a hacer las maletas para ir a esa conferencia. No importa, se le da mucho mejor que a mí.

–Cuatro días en Río de Janeiro, ¡qué maravilla! –dijo Annie sonriendo.

–No tanto –replicó Helena–. La conferencia dura tres días. Entre el tiempo que se tarda en recuperarse del jet lag y el que voy a tener que pasar yendo de un lado a otro haciendo turismo con Bob…

–No te quejes –bromeó Annie–. Reconoce que te encanta. Cuando fuimos a Roma los tres, yo era la única que tenía que volver pronto al hotel para descansar.

–Sí, fue estupendo, ¿verdad? –admitió Helena, y levantándose de la cama le dijo–: No tengas prisa por levantarte. Puede que te encuentres bien, pero todavía estás bajo los efectos del shock.

–Solo fue un desmayo, no le des más importancia –aseguró a su amiga, pero no le extrañó cuando ese mismo día Helena insistió en llevarla al hospital para que le hicieran un reconocimiento.

–¡Madres! –bromeó el médico después de decirles que Annie estaba perfectamente–. Les encanta preocuparse.

–¿Verdad? –contestó Annie riendo, en ese momento enrojeció al notar la manera en la que la estaba mirando el joven doctor.

Capítulo 3

ESTÁS segura de que te encuentras bien? –se quiso asegurar Helena antes de montarse al avión.

–Estoy bien, deja de preocuparte –Annie acompañó esas palabras con una tierna sonrisa y después despidió a sus amigos con un beso y un fuerte abrazo–. Para asegurártelo me voy a ir a casa y voy a empezar a arreglar el jardín, cosa que llevo meses retrasando.

El jardín de su pequeña casa era estrecho y alargado y terminaba en una alta pared de ladrillo que le daba intimidad, pero también daba una ligera sensación de encierro.

Uno de los regalos que le habían hecho Helena y Bob por Navidades era un libro de jardinería acompañado por un bono de regalo para un invernadero de la ciudad. Después de haber leído el libro detenidamente, Annie había hecho su propio diseño para el jardín.

Lo primero que necesitaba era algunas plantas que dieran color al muro de ladrillo. Por eso, nada más dejar a sus amigos en el aeropuerto, Annie se dirigió al invernadero.

Después de horas tremendamente productivas, se sentía contenta. Se subió al coche canturreando. Hacía un día soleado con una ligera brisa que empujaba las esponjosas nubes. Llevada por un impulso, Annie se dirigió hacia el río en lugar de tomar el camino más directo a su casa.

Los alrededores boscosos de la ciudad estaban llenos de pequeñas carreteras rurales que a veces resultaban muy confusas; especialmente cuando se perdía de vista el río, como acababa de pasarle a Annie. Llegó a un cruce sin ninguna señalización y tuvo que detenerse sin saber qué carretera tomar.

De forma instintiva escogió la carretera de la derecha, a pesar de que la lógica le decía que era la de la izquierda la que la conduciría de nuevo hacia el río. Annie empezó a preguntarse si había hecho lo adecuado en el momento en el que la carretera se convirtió en un solo carril que subía una empinada colina rodeada de arbustos. Y aunque sabía que aquella era la primera vez que pasaba por allí, aquel camino le resultó familiar.

Tuvo una extraña sensación cuando al dar una curva especialmente cerrada se encontró con la entrada de una enorme casa victoriana. En lo alto de las columnas había unas originales estatuas de metal.

Estaban hechas con los arpones que se habían utilizado en los barcos del hombre que había construido aquella casa con el dinero que había conseguido gracias a su flota ballenera. Annie se quedó perpleja en el camino de entrada, no entendía por qué sabía todo eso. Debía de haberlo leído en algún sitio, decidió; durante la recuperación, había leído con avidez todo lo que había caído en sus manos, incluidos algunos libros sobre la historia de la ciudad.

Vacilante, salió del coche. Su corazón latía con más y más fuerza a medida que se iba acercando a la casa. Los rododendros que flanqueaban el camino no dejaban pasar el sol. Al salir de la oscura sombra que arrojaban las plantas, Annie se sintió mareada y la brillante luz del sol la hizo tambalearse levemente, tuvo que cerrar los ojos, pero los abrió en seguida al notar que algo se interponía entre ella y la calidez del sol.

–¡Tú! –susurró a la vez que todo su cuerpo empezaba a temblar, con una mezcla de susto y placer al ver quién estaba delante de ella–. ¡Eres tú! –volvió a susurrar con los ojos llenos de felicidad y sorpresa.

Tan de cerca y a la luz del día era exactamente igual al hombre de sus sueños. El pensar en el impulso instintivo que la había llevado hasta allí, hasta él, la dejó inmóvil, paralizada por la alegría.

Era verdad. Ella tenía razón. Era el destino que había hecho que él… que ellos…

Lo observó detenidamente, absorbiendo cada detalle de su cuerpo y comparándolos con la imagen que tenía de él por los sueños. Sus ojos eran del mismo azul profundo, su piel tenía el mismo bronceado, su pelo el mismo color negro casi azulado. Todo en él era exactamente igual a como lo había soñado, todo, incluso la boca. Especialmente la boca.

Su boca. Annie se estremeció de placer mientras observaba sus sensuales labios. Si cerraba los ojos, podía recrear la sensación de tener aquella boca sobre la suya, apretando sus labios con ansia, separándolos con suavidad, llenándola de vida.

–Así que has venido.

Su voz retumbó dentro de ella; aunque le sorprendió el tono duro, e incluso seco, reconoció al instante aquella voz tan familiar. Según iba reconociendo cosas en él, su cuerpo se estremecía cada vez con mayor intensidad. Había vivido mucho hasta llegar a ese momento.

–Sí –respondió con un susurro, con la voz quebrada por la sequedad de la garganta–. ¿Tú… sabías que iba a venir? –preguntó, tenía la sensación de estar entrando en otra dimensión en la que era consciente de todo.

Detrás de él, podía ver la puerta de la casa entreabierta. Más allá, supo con seguridad, había un enorme vestíbulo con una mesa sobre la cual descansaba una estatua de bronce que había pertenecido al hombre que mandó construir la casa. Después, estaban las escaleras, que subían serpenteando al piso de arriba. Esas escaleras tenían talladas en la madera todo tipo de criaturas marinas, tanto reales como mitológicas: delfines, ballenas, pulpos, caballitos de mar, sirenas…

–Yo… –su voz reflejaba tensión, como si él también fuera consciente de la importancia de lo que estaba ocurriendo. Al mirarlo, Annie vio cómo cambiaba su expresión, cómo no se atrevía a mirarla a los ojos, entonces notó que un amor incontrolable y protector se apoderaba de ella.

Instintivamente, se aproximó a él, le puso la mano en el brazo con suavidad y le dijo en voz baja:

–Está bien… todo va a ir bien. Ya estoy aquí. Nosotros…

Debajo de los dedos sintió cómo sus músculos se tensaban y al mirarlo a la cara vio sus labios apretados.

–¿Podemos… podemos entrar? –preguntó ella titubeante.

La casa la obligaba a dirigirse hacia ella. Era como si ya hubiera estado allí, como si conociera sus habitaciones, su historia, su aroma… de la misma manera que lo conocía a él.

Entonces, fue ella la que se sobresaltó y se puso en tensión. Estaba ya en el vestíbulo y él estaba detrás de ella, tapando la luz que venía de fuera.

–Nunca pensé que pasaría esto –dijo mientras miraba al hombre de sus sueños hecho realidad.

Era alto, mucho más alto que ella y ancho, pero ella ya sabía todo eso. Sabía también el aspecto y el tacto que tendría sin esa camisa de cuadros, sin esos vaqueros gastados que cubrían sus fuertes muslos.

Tendría una pequeña cicatriz en el la cara interna de uno de ellos, un pequeño corte rastro de la niñez que ella besaría y entonces él…