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Andrómeda, la ciudad de lo inesperado es una novela policiaca con tintes de novela negra, que relata la trama alrededor de la familia de Ron Petterson y del Departamento de Policías, el cual es comandando por el sargento Travis Cole, cuyo objetivo es capturar a los M5: las cinco mafias más crueles, despiadadas y poderosas de la ciudad. Los M5 se rigen únicamente por las normas que establece su jefe, Sombra, quien es el criminal más buscado y temido de la ciudad; se trata de un delincuente inteligente, sanguinario y misterioso, que mantiene su identidad oculta tras una máscara, un disfraz y una voz robótica. ¿Podrá Travis desenmascarar a Sombra y atrapar a los M5? Una historia empapada de sangre, suspenso, mentiras, traiciones, corrupción, locuras, sueños, secretos, amores, pasiones, sorpresas y muertes; elementos que conforman esta narrativa, la cual te mantendrá intrigado de principio a fin. Una novela mexicana fácil de digerir, pero difícil de olvidar.
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Veröffentlichungsjahr: 2018
Andromeda, la ciudad de lo inesperado
© Rodrigo Alcántara Jiménez
© Andrómeda, la ciudad de lo inesperado
Primera edición: 2018
Arte y diseño: Lükka
ISBN formato epub: 978-84-685-3076-5
Impreso en España
Editado por Bubok Publishing S.L.
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ÍNDICE
CAPÍTULO I Todo es una mentira
CAPÍTULO II Una fiesta para recordar
CAPÍTULO III La muerte te cambia para siempre
CAPÍTULO IV Hasta pronto, papá
CAPÍTULO V Una nueva vida
CAPÍTULO VI Es hora de la acción
CAPÍTULO VII La guerra ha comenzado
CAPÍTULO VIII ¿Perros calientes con tocino?
CAPÍTULO IX Papá, ¿eres tú?
CAPÍTULO X Niño problema
CAPÍTULO XI Cuidado con el espía
CAPÍTULO XII Cuidado con lo que sueñas
CAPÍTULO XIII Operativos, mentiras y muertes
CAPÍTULO XIV Entre las sombras
CAPÍTULO XV La vida es una rueda de la fortuna
CAPÍTULO XVI Un amor profundo
CAPÍTULO XVII La sangre no miente
CAPÍTULO XVIII
Un laberinto sin salida
CAPÍTULO XIX Honor a quien honor merece
CAPÍTULO XX El reencuentro con mis sombras
CAPÍTULO XXI Andrómeda, la ciudad de lo inesperado
CAPÍTULO I Todo es una mentira
Ciudad Andrómeda, lugar donde cada quien construye su propio destino. Aquí la vida está forjada de decisiones, buenas y malas.
Conformada de universidades, hoteles, parques de diversiones, teatros, restaurantes, supermercados, centros comerciales, bancos, museos, además de un impresionante aeropuerto; lugar que combina razas e idiomas, culturas y tradiciones. Sede mundial del neonaturalismo, con grandes extensiones de bosques verticales y una economía sustentable diseñada para que exista una armonía entre la naturaleza, la tecnología y el ser humano. Todos los inmuebles, sin excepción, funcionaban con energías renovables y no contaminantes, la luz del sol alimentaba todas las luces de la ciudad.
Ron Petterson era un policía exitoso, casado con Jennifer. El matrimonio contaba con dos hijos: el adolescente James y la pequeña Jen. Eran unos padres ejemplares, vivían a orillas de un río limpio y transparente. Ron tenía un hermano mayor llamado Jackson, hombre de postura perfecta, seguridad envidiable y presencia imponente. Jack, como le decía su hermano menor, era un empresario millonario, exitoso y ambicioso, un astuto inversionista que cotizaba grandes cantidades de dinero en la bolsa de valores, situación por la que se ausentaba durante meses; hombre de negocios muy influyente en la economía y en la política de la ciudad.
James y Jen, hijos de Ron, amaban al tío Jack, ya que jugaba con ellos, les daba excelentes consejos y los escuchaba, tal como lo haría su mejor amigo. Era muy bondadoso con los regalos: una ocasión llegó a casa de Ron con una cajuela llena de presentes para sus dos sobrinos. James y Jen podían pasar incontables horas junto con su tío predilecto. El tío Jackson, por su parte, no contaba con familia propia; vivía rodeado de mujeres hermosas, pero con ninguna se relacionaba sentimentalmente. Para muchas personas, Jack era un millonario extravagante de buen corazón, aunque para otros era un lunático con mucho dinero.
Ron tenía un gran amigo, el sargento Travis Cole de cuarenta y cinco años. Desde que cumplió treinta se hizo cargo del Departamento de Policías; un líder nato, excelente jefe, héroe respetado y admirado. El sargento contaba con una capacidad analítica sorprendente y una intuición que parecía ir más allá de lo humano. Estaba casado con la señora Katy, de cuarenta y un años. No tenían hijos.
Travis era el padrino de James, el hijo de Ron. Desde pequeño le enseñó el arte de leer y analizar cualquier situación, a ser valiente y demostrar coraje ante cualquier circunstancia. Gracias a esto, James sobrepasaba intelectualmente a los de su edad, un chico privilegiado por haber crecido junto a grandes maestros: su padre Ron, su tío Jack y su padrino Travis Cole.
Otro amigo de Ron era Robert O’Neal: treinta años, afroamericano grande y fuerte como un oso, medía uno noventa de estatura, aparentaba ser un tipo muy rudo pero, por dentro, tenía el espíritu de un cachorro. Su debilidad, las mujeres. Debido a su problema de promiscuidad e infidelidad se casó dos veces, su última esposa lo dejó después de encontrarlo en la cama junto con dos mujeres bellísimas, prostitutas de oficio, actividad legal en Andrómeda.
Lunes. Eran las siete de la mañana, los Petterson desayunaban en casa y veían el noticiero matutino, la conductora del programa de televisión hizo su presentación cotidiana:
“Muy buenos días, gracias por sintonizarnos en el canal de Andrómeda Noticias, un cordial saludo a todos los televidentes y también a todos los que nos acompañan por internet, dentro y fuera del planeta. Yo soy Bárbara Dickens y los guiaré por el mundo informativo durante la próxima hora. Recuerde: la noticia es nuestra prioridad. Ayer por la mañana las autoridades desmantelaron a una banda de asaltantes en un operativo donde se rescataron a diecinueve personas inocentes. El responsable de esta heroica hazaña es el comandante Ron Petterson”.
Jen soltó un grito que asustó a todos:
—¡Mira, papi, vas a salir en la televisión!
Antes de que la reportera diera más detalles de lo sucedido, Ron apagó la televisión, no le gustaba que sus hijos se contaminaran de lo que decían en las noticias.
—Basta de tonterías, vayan a cepillarse los dientes que se está haciendo tarde para ir a la escuela. ¡Apúrense!
Entre los callejones de Kill Zone, la parte norte de Andrómeda, predominaban las mafias más poderosas, inteligentes y despiadadas del mundo. Las ganancias estratosféricas que ahí se producían eran inimaginables, millones de dólares ilícitos circulaban diariamente dentro y fuera de sus inmediaciones. Las reglas las establecía una persona únicamente, un delincuente famoso quien era el producto más popular y mediático de las noticias. Tipo peculiar, nadie había visto su identidad verdadera. Era conocido por el nombre de Sombra, un criminal que robaba criminales de la manera más cruel; les daba un trato similar al que la escoria delictiva daba a sus víctimas, sólo que Sombra era peor; los mismos mafiosos se aterrorizaban ante él. Sombra tenía dos trabajadores directos, el Señor T, quien era su mano derecha incondicional, y Ráfaga, un mitómano extremo, experto en el disfraz y el engaño. Al grupo que conformaban los líderes de las mafias más poderosas se le denominaba “M5”: el norteamericano Dexter Miller, el japonés Kento Mitsuzaka, el italiano Florenzo Mazzini, el ruso Vladimir Petrov y la mexicana Xóchitl Pérez. Los M5 se regían únicamente bajo las reglas que establecía su líder Sombra.
Sombra se comunicaba con los demás por medio de un dispositivo que distorsionaba su voz haciéndola sonar como la de un robot, método que utilizaba incluso para comunicarse con los miembros de su mafia. Aquel que se revelara contra él sufría las peores consecuencias; la pérdida de todas sus pertenencias económicas y materiales, seguido de una muerte tortuosa. Su huella tenía la forma de una S, como una serpiente venenosa y mortífera.
Sólo había un hombre en Andrómeda que desafiaba a Sombra directamente; su nombre, Travis Cole. Debido a la efectividad del Departamento de Policías durante los últimos meses, los delincuentes estaban furiosos, tenían sed de venganza y se habían fijado como objetivo adueñarse de las calles de Andrómeda antes de que las autoridades lo hicieran.
CAPÍTULO II Una fiesta para recordar
En las vacaciones de verano, Ron organizó una fiesta por los trece años de nacimiento de su hija Jen. Asistieron sus familiares y allegados, además de once niños revoltosos que jugaban en el jardín de los Petterson. Otro montón de niños jugaba con Rigal, el perro de la casa, un labrador que adoptó Ron después de que sus dueños murieron en un accidente.
Durante el transcurso de la fiesta se escucharon los quejidos de Jen:
—¡Papá, papá, dile a mi hermano que nos deje de molestar!
—¡Papá, papá, dile que nos deje de molestar! —la arremedó James—. ¡Niñas lloronas, no aguantan una broma!
—¡James!, deja de molestar a los niños y mejor trae las cervezas que están en el congelador, y apúrate que a tu padrino se le está atorando el bocado —ordenó Ron. James cruzó el jardín, fue por las cervezas al congelador y de paso tomó un pedazo de carne del asador.
—Papá, ¿en dónde pongo las cervezas? —preguntó James mientras bebía de la suya.
—Déjalas en la sombra para que no se calienten —contestó Ron.
Alrededor de las tres de la tarde, el timbre sonó varias veces, luego de un par de minutos, apareció el tío Jack, quien siempre iba acompañado de su guardaespaldas Tyson; caucásico, uno ochenta y cinco de estatura, experto en artes marciales mixtas y con un físico imponente. Tyson acostumbraba a permanecer callado a menos que Jack le preguntara algo.
Cuando Jen vio a su tío con un regalo del tamaño de una lavadora, gritó sorprendida:
—¡Tío Jack! —la niña corrió feliz a los brazos de él.
—Mi princesa favorita, ¡muchas felicidades! —Jack cargó a su sobrina y le dio un abrazo muy afectuoso. La llegada de Jack sorprendió a la mayoría de los presentes, incluyendo a su hermano Ron y a su sobrino James. Jack saludó a los invitados.
—¡Jack, qué gusto verte, es un milagro que vengas a visitarnos! —dijo sorprendido el comandante O’Neal, quien era el primero en la fila.
Jack lo miró fijamente con una sonrisa y luego le contestó con alegría:
—Tenía que venir a la fiesta de mi pequeña, si fallaba no me lo perdonaría.
El millonario miró con ternura a su sobrina y luego siguió saludando a los demás invitados. Tyson, fiel a su costumbre, cuidándole la retaguardia.
Jack saludó a Travis con afecto:
—¡Sargento, es un honor tenerlo aquí! Pensé que no lo vería por estos rumbos. Atrapar maleantes debe ser una tarea difícil —dijo Jack con sarcasmo.
—Claro que es complicado, por eso no lo hace cualquiera. Aunque te aseguro que es más difícil tener decenas de negocios millonarios como tú —contestó Travis con serenidad. Jack le dio una palmada a Travis en el hombro. Jack y Ron se dieron un fuerte abrazo después de varios meses de no haberse visto.
—¡Qué tal, Jack! ¿En dónde te metiste? Ni una llamada a tu hermano favorito. ¿Ya te olvidaste de tu familia?
—Claro que no me he olvidado, pero el negocio no funciona por sí mismo, alguien debe trabajar. Ahora dime, ¿qué se siente ser el mejor amigo de los medios? Por fin tu sueño de ser famoso se ha cumplido, espero que algún día me puedas regalar un autógrafo, señor comandante —respondió Jack con un tono de burla fraternal.
La tarde era muy agradable y la plática muy amena. Jennifer interrumpió:
—¡Atención a todos, es hora del pastel!
Los invitados se reunieron alrededor de la mesa y le cantaron Las mañanitas a la pequeña Jen. El pastel era delicioso, todos los asistentes comieron de dos a tres rebanadas, incluyendo la festejada; luego se tomaron una foto familiar, Ron abrazaba a su esposa Jennifer y Jen a su hermano James, todos salían sonrientes, era una familia muy feliz.
Dentro de la fiesta se habló de todo tipo de temas. Jack y Travis platicaban entre ellos.
—Jack, debes tener cuidado, los delincuentes están comenzando a secuestrar a los empresarios.
Al escuchar el comentario, Jack contestó desafiante:
—Me pongo a merced de mi suerte, además, con Tyson a mi lado, ¡ja!, ninguno de esos cabrones delincuentes podrá acercarse a mí.
Jack bebió de su cerveza, luego le dijo a Travis:
—Los policías son los que deberían tener más cuidado, se rumora entre la prensa que los mafiosos están planeando algo contra ustedes —hubo un silencio incómodo.
La fiesta fue muy placentera, llena de risas, la alegría se observaba en sus rostros. Jack fue el primero en retirarse de la reunión. Antes de que partiera, Ron le pidió que hablaran un momento. Lo llevó a su despacho, ambos tomaron asiento mientras encendían un porro.
—Gracias por venir, hermano —dijo Ron contento.
—No tienes nada que agradecerme, no lo hago como un favor, son mi familia y los amo —el multimillonario se quedó mirando a Ron, pensativo.
—Jack, he luchado por más de veinticinco años contra esta maldición. Ya se salió de control y no sé qué hacer, sólo tú lo sabes, por eso, si en algún momento no puedo hacerme cargo de mi familia, te pido que me ayudes.
Jack miró fijamente a su hermano, y con absoluta seguridad le dijo:
—Hermano, siempre contarás conmigo.
Los hermanos Petterson se dieron un fuerte abrazo y salieron de la oficina.
—James, despídete de tu tío.
James acompañó a su tío hasta la puerta. Durante el trayecto Jack le preguntó a su sobrino cómo iba en la escuela; James contestó que bien, salvo en matemáticas.
—James, si quieres ser un gran empresario como yo, debes poner mucha atención en la escuela, especialmente a las matemáticas.
—Lo sé, tío, aunque la verdad no quiero ser empresario, quiero ser comandante como mi papá y así llegar a ser un sargento como mi padrino Travis.
Jack puso cara de sorpresa, le contestó:
—Mira, James, las cosas no andan bien en Andrómeda, ser policía es muy arriesgado, ¿por qué no piensas en dedicarte a otra cosa? No quiero verte muerto tan joven, piénsalo. Nos vemos pronto, cuida de Jen y de tu madre.
Jack posó su mano sobre la cabeza de James y la sacudió. Se dirigió a su coche y tras unos segundos, Tyson arrancó el automóvil.
Después de que el tío Jack dejara la casa de los Petterson, los demás invitados empezaron a hacer lo mismo. Los últimos en irse fueron O’Neal y tres policías más, la casa quedó vacía. Jennifer comenzó a limpiarla, luego le comentó a su hija:
—¡Por fin se fueron!, dejaron muy sucio tus amiguitos, Jen, sobre todo Tony, el gordito chistoso con dientes de cabra —Jen se echó a reír.
—Mamá, gracias por hacerme la fiesta, ¡estuvo increíble! —dijo Jen mientras recordaba los momentos más divertidos del día. Entonces Ron intervino en la conversación, emocionado por escuchar hablar así a su hija.
—No tienes por qué agradecer, te amamos y por ustedes dos daríamos la vida.
—Gracias, papi, yo también los quiero mucho. ¡Me siento muy feliz de tenerlos conmigo!
Después de un rato, Ron les dijo a sus hijos:
—James, Jen, vayan a dormir —Ron les deseó las buenas noches y les dio un beso en la frente a cada uno.
Era una noche fría, las nubes se miraban cada vez más densas. En Andrómeda solía llover mucho por temporadas y ésta era una de ellas. La lluvia que caía la recolectaban para luego reutilizarla, ni una gota se desperdiciaba. Ninguna.
Dieron las doce de la madrugada, los Petterson estaban dormidos; Jen se paró varias veces al baño, se sentía mal del estómago, fue a la recámara de sus padres, el dolor iba en aumento.
—Papá, necesito un doctor, ¡me duele mucho la panza! —gritó Jen—. Ron miró su reloj, luego llamó a su médico particular y no obtuvo respuesta. Despertó a Jennifer con un par de sacudidas leves en el hombro, para avisarle que llevaría a la pequeña al doctor. Su esposa se despertó de inmediato, quería acompañarlo pero él se negó, le dijo que se quedara a descansar.
—Al rato volvemos, espero que sólo sea un dolor de estómago —dijo Ron con voz cansada.
Ron subió al coche junto con Jen, quien se quedó recostada en la parte de atrás en lo que llegaban al hospital. Sin tiempo que perder, Ron decidió arrancar el coche a toda velocidad. Durante el transcurso, prendió el estéreo del automóvil y puso un disco que le recordaba su época de joven, su época de rebeldía. Después de acabar las primeras dos canciones, Ron le habló a su hija con mucho amor:
—Jen, ¿cómo te sientes? —preguntó Ron preocupado.
—De repente me duele mucho —contestó la niña adormilada.
—Pronto llegaremos, cariño, vamos a mitad del camino.
A tres cuadras del hospital, Ron miró a través del espejo retrovisor y notó algo extraño, una camioneta que en la parte del cofre y los laterales decía “Prensa”; parecía que lo iba siguiendo desde varias cuadras atrás. Entonces pensó en voz alta:
—Maldita sea, ¡esos desgraciados! —Jen seguía quejándose del dolor.
Unos metros después, Ron se detuvo en un semáforo. Los nervios aumentaron cuando la camioneta se colocó justo a un lado de su automóvil. Él les gritó desafiante como era su naturaleza:
—¿Qué es lo que quieren? Mañana daré una conferencia de prensa a las siete. ¿Acaso no pueden esperar? —Ron estaba enojado, la niña se despertó por los gritos de su papá y se levantó del asiento.
El conductor de la camioneta volteó a ver a Ron como si apenas lo hubiese escuchado, tenía un aspecto terrorífico, le contestó con un tono escalofriante:
—Se equivocó en dos suposiciones, comandante, no somos reporteros y usted no irá a ninguna conferencia de prensa mañana.
Segundos después de pronunciar esas palabras, salió un hombre encubierto de la parte trasera de la camioneta con una ametralladora, miró fijamente a los ojos de Ron y luego disparó a quemarropa. Los disparos acabaron con su vida de inmediato, su corazón dejó de latir, los impactos de bala penetraron desde la cabeza hasta las piernas, las balas lo dejaron irreconocible. La vida del policía más popular y querido de Andrómeda había terminado. Los delincuentes escaparon de la escena del crimen, tan sólo quedó un silencio que fue roto por un quejido de Jen; la niña no terminaba de entender lo que había ocurrido, lloraba, temblaba de terror, además sentía un dolor en el abdomen terrible y un líquido caliente que cubría su pequeño y frágil cuerpo. La sangre manchó su suéter blanco. En un segundo cambió todo, sus ganas de vivir se esfumaron; un enorme sopor se apoderó de ella. Lo último que pudo hacer conscientemente fue derrochar una lágrima y no fue precisamente por el intenso dolor que sentía en el abdomen, era debido a que tenía de frente a su padre muerto, sobre el volante de conducir bañado en sangre.
CAPÍTULO III La muerte te cambia para siempre
Las sirenas resonaban en toda la cuadra, había paramédicos y policías; algunos lloraban, otros no sabían qué hacer o pensar. Asesinar al policía más famoso de Andrómeda y herir de muerte a su pequeña hija era tarea de unos criminales muy peligrosos, sin una pizca de compasión. Sólo tres segundos de disparos fueron suficientes para acabar con la vida de Ron y mandar a Jen al borde de la muerte. Los criminales se vengaron de la justicia matando a uno de los mejores elementos del Departamento de Policías.
Travis y O’Neal llegaron minutos después de lo sucedido. Travis acordonó la zona para que nadie pudiera modificar la escena del crimen.
El sargento se acercó al automóvil y miró la sábana blanca que cubría a su mejor amigo, tomó la mano de Ron; su cuerpo se encontraba frío, sin vida, sin pulsaciones.
—¡Amigo!... ¡Amigo!, ¿recuerdas cuando te dije que nadie, absolutamente nadie te haría daño? —la voz del sargento tenía que luchar contra el nudo que se estaba formando en su garganta—. Te he fallado y me arrepiento por ello. ¡Te prometo que esos hijos de puta pagarán tu muerte! —decía Travis con voz entrecortada—. Les quitaré la libertad y haré que se pudran en el infierno. Todo aquel que se interponga será castigado, no me detendré aunque tenga que matar a esos malditos. Tu muerte no será en vano, amigo mío, y ten por hecho que a tu familia no le faltará nada. Sé que tú harías lo mismo por mi esposa —Travis dejó caer un par de lágrimas de dolor sobre el cuerpo desangrado de su amigo. Era imposible revivirlo. Los medios de comunicación empezaron a rodear la escena del crimen; Travis les dijo:
—Queda prohibida cualquier pregunta estúpida respecto a la muerte del comandante Ron Petterson, quien yace aquí muerto por haber arriesgado su vida protegiendo la de todos nosotros.
Robert O’Neal estaba a un lado de Travis, destrozado por la noticia. Se acercó al jefe y le dijo en voz baja:
—Llamaré a Jennifer.
El sargento tardó en contestar:
—No es necesario que llames, yo iré a su casa a darles la noticia personalmente, tú ocúpate de la niña que eso es lo primordial en estos momentos. Encárgate de que tenga a los mejores médicos de Andrómeda.
Después de aquellas palabras, el sargento Travis abrazó al comandante O’Neal y ambos comenzaron a llorar.
—Vengaremos su muerte, no te preocupes —O’Neal abrazó a Travis con una fuerza desmedida. Los dos estaban destruidos por la noticia.
