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Pepe Canales, anticuario y playboy gitano, aparece muerto en Antequera. Una vida de fiesta y negocios turbios que debe investigar el teniente de la Guardia Civil Jabo Azpilcueta. Tendrá que ir desmadejando una historia más compleja de lo esperado, que acaba remontando en el tiempo hasta la Antequera de la República y los primeros días de la Guerra Civil. A ritmo de blues, con alma flamenca de fondo, esta ciudad hermosa de Andalucía enloquece de amor -como Rita Hayworth sacándose el guante negro- a todo aquel que se acerque a esta historia…
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Seitenzahl: 536
Veröffentlichungsjahr: 2013
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JUANJO ÁLVAREZ CARRO
ANTEQUERA BLUES EXPRESS
ANTEQUERA BLUES EXPRESS
Juanjo Álvarez Carro
Diseño de portada: Juanjo Álvarez Carro
Iª edición
© ExLibric, 2013.
Editado por: ExLibric
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ISBN: 978-84-941631-6-6
Nota de la editorial: ExLibric pertenece a Innovación y cualificación S. L.
A Pilar y a mis hijos. A los antequeranos (de naturaleza y de adopción).
Los lectores antequeranos reconocerán a personas y lugares reales en la novela. Aquellos que aparecen de forma inequívoca dieron su permiso. Aún así, todos se encuentran en situaciones totalmente ficticias, creadas por el novelista y han de considerarse fruto de la invención. Ello no debe, por tanto, inducir a atribuir conductas, acciones o palabras concretas a ninguna persona existente o que haya existido en la realidad.
Es fácil escribir sobre Antequera. En general resulta fácil quedar impresionado por esta ciudad, ya antigua para los romanos. Cuando tuve la ocasión de venirme, lo hice. Hallé trabajo en el colegio Nuestra Señora del Carmen. Tres meses después, también en la radio. Allí, Juan Manuel Clavijo, mi añorado Calvijo, me sometió a un curso intensivo de antequeranidad.
Hablando de radio, hace muchos años, yo solía sentarme junto a mi abuelo Juan a escuchar, junto a la cama, Radio Nacional de España. Nada especial hasta aquí, pero si les digo que eso ocurría en Argentina, a lo mejor cobra interés. Mi abuelo me ilustraba sobre España, sus idiomas, sus acentos, me hacía notar costumbres e historias de Europa, donde uno puede recorrer trescientos kilómetros y pasar varias provincias, lenguas, e incluso cambiar de país. Claro, muy llamativo si uno vive en un país en el que se pueden recorrer cinco mil kilómetros sin cambiar de costumbres ni idioma.
Yo nací en Córdoba. Pero en el colegio me decían que se trataba de la “Córdoba de la nueva Andalucía”, allá en Argentina, fundada por don Jerónimo Luis de Cabrera…Era ese el momento en que yo dejaba de escuchar y me iba de paseo, imaginario claro, soñando con la que debía de ser -en cómo debía de ser- la Vieja Andalucía. Allí entraba en juego la otra parte de mi familia. Mi abuela Alcira Abdalá, sirio-libanesa, primera licenciada en farmacia de Argentina. Es decir, que el azar me regaló la enorme fortuna de que las mil y una noches de historias que yo buscaba ávido en los libros, se sentaban conmigo a la mesa a diario.
En fin, que después de terminar en Compostela mis estudios, llegué a Antequera y me encontré fascinado ese mundo que de chico me había rondado por el magín y me había formado. Encontraba eso, ese sueño de película, en el olor a azahar, en las piedras…en la gente.
Claro, no piensen ustedes… Ya hubo otros, infinitamente más importantes que el que esto firma, que sufrieron o gozaron la misma fascinación. Recuerden a Washington Irving, que paseó por nuestras calles. O George Lucas, que quiso que esa Andalucía de Irving apareciera, como fuera, en sus películas de la Guerra de las Galaxias. Y así fue. Tuvieron a Sevilla loca durante tres días, para una escena que duraba 40 segundos en la película.
La cuestión es que a diario, cuando me levanto, me voy a la terraza desde la que tengo la fortuna de ver toda la Vega de Antequera. Al ser de noche todavía, las luces de los coches me dibujan la carretera de Granada, por la peña y el sol, saliendo. Si miro a la Virgen de Araceli, los coches me dibujan la carretera de Córdoba. Y si miro un poco a mi izquierda, las lucecitas me trazan el camino de Sevilla.
No sé si se han fijado qué tres cosas les he mencionado. Granada, la bella. La Garnata de los romanos, que tenían que cubrirse los pies con hoja de berza para el frío con aquellas sandalias, maldiciendo el frío con que habían topado tan al sur. Córdoba. La Qurtuba, de los andalusíes. No sabían si vivían en la más oriental de las ciudades occidentales, o la más occidental de las ciudades orientales. Así de despegados de sus raíces. Y Sevilla. La más grande urbe que los tiempos vieron, con sus galeones cargados de oro americano.
Todos esos coches en movimiento, me hacen imaginar las vías como parte de un aparato circulatorio o como cordones umbilicales que nos alimentan de historia a diario. Que nos mantiene unidos a ese pasado de forma biológica, inevitablemente unidos al tiempo y al espacio.
Pero, fíjese el lector atento, que lo mejor de todo es que como dos mil años antes de todo esto que les he contado, antes de que la primera legión romana apareciera por la vega matoneando a los pobres pastores ya había un antequerano en la cima del cerro, allá abajo en Menga, mirando cómo el sol entraba hasta el fondo del dólmen y sonreía. Porque en ello hallaba motivos para quedarse en esa vega, seguro que con algo de agua todavía, hasta el año siguiente.
Así que, cuando me asomo a la vega, les aseguro que todos los problemas se hacen más pequeños y los dolores se hacen más llevaderos. Es lo que les digo a mis amigos de fuera cuando se la enseño.
En fin. Que me he atrevido a contar una historia, una novela negra si se quiere, que cuenta cómo podemos también aquí sufrir, o gozar, o consentir, vivir en resúmen un relato que tiene, sin embargo, todos los colores. Los mismos que Juan Madrid cuenta sobre esa ciudad, o Vázquez Montalbán sobre Barcelona. O James Ellroy o Raymond Chandler sobre Los Ángeles. O Henning Mankell los episodios de su Malmö sueca. Cuentos esos en los que no es la historia, sino el alma de las ciudades la que sale en la foto. Y la de Antequera es grande. Se merece como las otras su foto –y la letra de un blues o una soleá–, vestida de domingo, en blanco y negro como las modelos de Martini.
Ojalá les guste. Y ojalá me lo puedan decir, claro.
Juanjo Álvarez Carro
Carretera de entrada al aparcamiento 2 de julio de 200_ 00:08 h
La bomba hidráulica de la dirección chillaba como un guarro al morir. Sobre el volante, las rueditas del logotipo de Audi daban vueltas enloquecidas, pero aún así la maniobra era tan lenta que parecía que la dirección asistida —jamás había estado tan dura, pensaba— se hubiera estropeado. Hasta las cubiertas del todoterreno Q7 chirriaban, pero es que eran nuevas y giraban en seco sobre el asfalto. Es lógico que estén duras. Pero lo que no dejaba de lamentar era haberse aproximado tanto al coche de adelante cuando se habían parado. Si hubiera dejado más espacio, ahora no tendría que hacer esta lentísima maniobra de marcha atrás para salir. Pero tampoco tenía mucho espacio hacia atrás sin tocar el guardarraíl. Al acercarse y parar tras el Jaguar que llevaba ella se había arrimado tanto al quitamiedos que cuando se dio cuenta ya era tarde. Para colmo de males, se habían detenido en la raqueta de entrada a la estación, donde el guardarraíl es curvo. Cuando ella venga a montarse no podrá abrir la puerta. Joder. Las manos sudadas no le facilitaban el movimiento. Si avanzaba, iba a tocarse con el Jaguar delante, y si hacía marcha atrás, tocaría con el metal del quitamiedos. Pero lo que había ocurrido en realidad, era que cuando la mujer se bajó del Jaguar, el coche del muerto se iba hacia atrás hasta topar con el Audi Q7. Claro, razonaba él, es que se ha dejado el Jaguar en punto muerto. Ahora, sentada en el asiento de atrás del conductor, ella le urgía:
—Joder. Pareces un novato. Dale un empujón al coche y vamos ya.
Le dio igual golpear el guardarraíl con la defensa trasera. Incluso empujó un poco con todo el caballaje del Audi. La rueda trasera derecha patinaba y rebotaba con violencia mientras empezaba a echar humo. Entonces puso la palanca del cambio en D para salir. Arrancó tan deprisa que no calculó la trayectoria. Con el morro ya fuera, volvió los aritos de Audi a derechas para centrarse en la carretera. Arrancó con toda la fuerza, pero acabó clavando la afilada esquina trasera del Jaguar en sus dos puertas derechas. ¿Había enderezado la dirección antes de tiempo? No, es que el puto Jaguar del muerto se había vuelto a mover hacia atrás al no hallar el apoyo del otro. Desde el Audi Q7 se veía cómo la cabeza del muerto, sentado en el asiento trasero del Jaguar, se movía de lado a lado durante el momento en que el culo del Jaguar se iba clavando en las puertas del todoterreno.
Con todo aquel manoteo inútil, tratando de mover el volante para la maniobra hacia atrás, no se reconocía ante tanta ineptitud. Todavía estaba aterrado. Aterrado por la situación, por el muerto, por la maniobra, el puto Jaguar que no dejaba de venirse hacia él, suelto sin marcha ni freno. Parecía que aquel gitano playboy trasnochado se empeñaba en amargarles incluso después de muerto. ¿Qué había ocurrido en realidad para hallarse en aquella señal de stop, esperando a que pasara el coche que venía por su derecha, indeciso, sudoroso hasta la exasperación y deseando arrancar incluso sin esperar a que pasara aquel inútil, lento del bote? ¿Cómo podían haber llegado a esa pesadilla, sin haberlo previsto? Con el muerto allí mismo, medio tirado ya en el asiento trasero de su coche, lo mejor era dejarlo allí, en el Jaguar y alejarse cuanto antes. No era buena idea dejarle en el aparcamiento de la estación, como sugería ella. Las cámaras de seguridad podrían grabarlo todo. Sí, era mejor dejarlo allí, en el stop de la raqueta y largarse de una santa vez. Pero se preguntaba sobre aquello que había hecho la mujer, tan extraño. Cuando ella se había bajado del Jaguar, había disparado dos veces por encima del techo del coche. Se había agachado a recoger los casquillos y los había cambiado de sitio: había tirado uno dentro del coche y el otro a unos metros, sobre el asfalto. De inmediato se había subido al Audi.
—¿Por qué has hecho esos dos disparos ahora? —preguntó atónito.
—Para meter los casquillos en el coche —contestó la mujer—. Creerán que le matamos aquí —explicó ella con naturalidad, con tanta naturalidad y parsimonia que era él el que tenía miedo—. Me he pillado la pañoleta con la puerta al cerrar el coche. Maldita sea. Es de Hermés. La que más me gusta.
¿Cómo se podía pensar en la pañoleta de Hermés en aquel momento? Él se miró la camisa, manchada de sangre y con dos generosos lamparones de sudor. Y aquel imbécil que venía por la carretera, a velocidad de vaca herida… Pero no le convenía hacer nada llamativo ni imprudente. No quería salir del stop de forma brusca para ponerse delante de aquel cebollino, así que tendría que esperar a que aquel coche pasara, antes de arrancar y regresar a la ciudad, a su casa.
No conseguía olvidarse del estampido de los disparos, resonando en el porche. Los dos que habían matado a aquel entrometido, más el otro que se había perdido entre las flores. Tres casquillos. Tres. ¿Habría más? Por Dios, haz memoria. ¿Fueron tres disparos? Y la escena. La escena que encontró al llegar al lugar. Al salir al porche, se le había venido a la mente la bandera de guerra de los japoneses. El sol rojo y los rayos sobre un fondo blanco. El traje blanco de lino de aquel playboy trasnochado y los charcos, manoteados por él intentando levantarse.
—¿Sabes qué decía Bécquer en una de sus Rimas?
Él pensaba ya, convencido, que a aquella mujer se le había ido la pinza. Primero le habla de la pañoleta de Hermés y ahora le sale con Bécquer.
—Qué solos se quedan los muertos, decía muy en lo cierto. Qué solos…
Él tenía los ojos, sin hacer ya mucho caso de la mujer, puestos en el coche que les venía por la derecha. Lo peor, sin duda, había sido el esfuerzo con que habían metido el cuerpo en el asiento trasero del Jaguar, y luego intentar no dejar rastros de sus huellas dactilares sobre aquellas superficies tan… apropiadas, como la chapa del coche, las lunas… Lo mejor, que con aquel perro muerto, se iba la rabia. Esa misma rabia que los flamencos cantan por soleás. Esa rabia que cantamos con el blues ya casi todos, negros y blancos, payos y calés.
Cuando por fin salieron a la carretera, adelantaron al cebollino lerdo, y desaparecieron de su vista a toda la velocidad que aquella máquina potente les permitió.
El Jaguar, solo, perdido ahora en un océano de oscuridad, se movió lentamente. Despacito hacia atrás, libre de estorbos ni demoras hasta topar con el guardarraíl, con apenas un poco de ruido, ni un rasguño. Un leve cling del parachoques, imperceptible para el universo estrellado que lo cubría, fue suficiente sin embargo, para disparar el último suspiro que el cadáver de Canales emitió, al caer sobre un costado en el asiento trasero.
Qué solos se quedan los muertos.
Antequera (Málaga) Polígono Industrial de la Azucarera 18 de mayo de 200_
Llevaba mal lo de su cojera, pero él sabía que lo peor —siempre— sería el apodo. Matt “Pelvis” Rico, cristianado como Matías Rico, estaba perfectamente al corriente de las dosis de mala leche que los colegas habían volcado en el sobrenombre. Pero, bien mirado, no dejaba de ser era un finísimo ejemplo de ironía conceptista, propia de la tierra: sus amigos lo bautizaran así debido a su devoción al blues, y al rey Elvis “Pelvis”. Pero, como siempre ocurre en realidad, la prosaica realidad, Matt debía la chulería de aquellos andares a una polio tardía, que le había dejado una pierna más corta y delgada que la otra. En fin, él pensaba que cada uno llevaba como podía sus cruces.
Matt peinaba ya muchas canas, más de las que su verdadera edad le hubiera impuesto. Como él estaba convencido de los orígenes bastardos de esa mata blanca de pelo, es decir, la enfermedad, la adolescencia con la cojera, y la vida golfa del músico joven, había decidido domeñarla con una coleta corta. La misma coleta que había prometido a Lucía cortarse, cuando la conoció, hacía ya casi veinte años. Pero habían pasado esos años y muchas cosas. Sin embargo, la coleta seguía ahí.
Y mientras Canales le tiraba de la coleta con violencia y le gritaba, Matt no hacía más que pensar en Lucía y en las veces que le había prometido cortársela.
—Yo quiero las pelas, ¿me entiendes, Matt? Las pelas. Yo quiero cobrar. No me interesa tu medio negocio…
Canales miró la hora en su Rolex de medio kilo, con detenimiento y oficio, ya se sabe, sólo para darse tiempo a pensar su siguiente frase contundente. Matt insistió:
—No te puedo pagar ahora, pero creo que tengo algo… Mira. De aquí a un par de meses, Canales, tío. Espérame sólo dos meses y de verdad que cobras.
—Por mí como si te operas, te pones dos tetas como esos del paseo de Málaga para hacer la calle, o te toca la lotería, Matías. Quiero las pelas. ¿Me oyes? Arréglatelas.
Acto seguido se metió en su Jaguar burdeos y le dedicó a Matt una arrancada de esas de caballaje y goma quemada, al más puro estilo americano. Canales era un profesional y se tomaba en serio lo del Jaguar y sus trajes, sobre todo desde que alguna furcia de las que frecuentaba le había dicho que se parecía a Robert de Niro, y se había decidido, a partir de entonces, a ver todas las películas de Scorsese, Brian de Palma y otras del actor americano.
Matt se acomodó la cazadora, la goma que le sujetaba la coleta y se giró para entrar en la nave, suspirando de alivio al ver el Jaguar desaparecer a toda pastilla por detrás de la gran chimenea de ladrillo, el gran símbolo del polígono de la azucarera. Pero cuando agachó la cabeza para pasar por la portezuela y entrar en su nave, se detuvo. Dio marcha atrás y levantó la mirada para echar un vistazo a la fachada. Uno más.
Cada vez que Matt “Pelvis” se encontraba en apuros, buscaba el cartel escrito sobre la fachada principal: Antequera Blues Express, Producciones musicales, S.L. Lo buscaba y lo miraba porque no sabía cuánto tiempo le quedaba a aquel rótulo allí colgado. Lo buscaba como quien busca a la propia conciencia, porque le servía para cuestionarse todo cuanto hacía desde los años en que empezó. Para intentar hallar seguridad cuando ésta le faltaba o incluso para hallar consuelo y ánimo. Entonces se juraba a si mismo no aflojar. Aunque como siempre ocurre, todas aquellas ínfulas bélicas le duraban más bien poco, puesto que, una vez dentro, al pasar por delante de los retratos que colgaban de las paredes del estudio, se ablandaba otra vez.
A veces, se paraba delante de las fotos y pasaba tanto rato recorriéndolas en la misma postura, que incluso dejaba de respirar y su cuerpo le sacudía, como al dormir.
—Esto sí que es un capital—dedicaba a sí mismo el consuelo.
Matt era de los que pensaban que ya no había duende. Ahí, sin pena ni gloria, en las fotos que colgaban de su pared estaban los mejores. Y ellos habían estado en su estudio, allí, en aquellos mismos metros cuadrados que él pisaba en ese momento. Enrique Morente, Juan y Pepe Habichuela, Calixto Sánchez, Paco de Lucía y su hermano Pepe. Y, por supuesto, Tomatito con el Camarón. El Camarón hasta le había dedicado una soleá con su nombre, de aquellas que el rubio dedicaba sólo a los que quería y cuando quería. Y Matt guardaba grabaciones de todos aquellos como tesoros incunables. Incunables claro, porque nada se podía hacer con ellas.
Pero Matt acariciaba su sueño en una nube de la que empezaban a gotear lagrimitas de realidad. Todavía le quedaba una baza que jugar antes de perder definitivamente: Matt andaba aquellos días viendo la posibilidad de que Vicente Amigo o el Tomate quisieran ponerle toque al regalo del Camarón, ahora que la Chispa ya le había dado su permiso. Con un poco de suerte, quince mil euros para pagarle a Canales, tal vez dieciocho mil, y algo más para vivir un año. Frugalmente, pero un año. Pero aquel negocio tenía una parte chunga. Y lo malo de aquel chapú era que necesitaba de los conductos oficiales de ventas de Canales. Sin él, cualquier viso de éxito de grabaciones outsiders era sencillamente imposible. Estaba convencido de que las ventas del CD con la música del Camarón estaban aseguradas si los calés lo conocían, y todo ello sin recurrir a los canales comerciales normales. Tenía que ser de boca en boca. Y cinco mil o seis mil copias se venderían en un suspiro...
Una mano en el hombro le trajo al mundo de los números rojos otra vez.
— ¿Qué le has hecho a tu amigo Canales esta vez? Que casi me atropella, con esa arrancada que tiene.
La explicación fue una tan breve, tan clara, como el gesto universal y poderoso, cargado de significado como tal vez ningún otro, de frotar índice y pulgar. Solamente hubo que cuantificar con la voz los varios ceros de la cantidad
—Pero ¿por qué le debes tanto dinero al mafioso ese, Matías?
—La vida, páter.
El padre Antonio tenía a gala relacionarse con todo el mundo. Y hasta con los que no formaban parte de él. También el páter había acudido alguna vez a las fiestas que Canales improvisaba en su restaurante La Giraldilla, y sabía que allí se celebraban cumpleaños, onomásticas y otros sacramentos, entre los que se hallaban, faltaría más, los negocios de los gitanos.
Matt solía contribuir al éxito de aquellas reuniones de La Giraldilla con sus aparatos de sonido y por eso les caía bien. Ya era bienvenido y aceptado en la comunidad de los calés adinerados. De esa manera, Matt le había ido pidiendo o sisando dinero a Canales, noche tras noche. Juerga tras juerga. Dinero que él empleaba en mejoras y puesta al día del estudio de grabación. Así, entre fino y fino, Matías grababa algunas cosas en las fiestas o en sus estudios para puro regodeo de los gitanos. Luego borraba los arranques espontáneos o la morralla, y se quedaba con lo que realmente valiera la pena. Así había conseguido esas grabaciones del Camarón en las que tenía cifradas sus esperanzas.
Pero Canales andaba últimamente con los cables cruzados y no soltaba un duro. Y además, le había exigido que devolviera cuanto antes todo lo que debía. Así que Matt llegó pronto a la conclusión de que a San José Monge, Camarón de la Isla, le debería no solamente momentos de felicidad estética, sino también de felicidad pecuniaria.
—Hijo, ego te absolvo, pero Canales desde luego no te va a perdonar ni el pestañeo entre billete y billete— le auguró el padre Antonio.
—Mire, páter. Tengo entre manos un asunto de capital importancia que me va a conducir a la gloria. Bueno, me refiero al cielo de los números negros, usted perdone, páter.
Matt se dispuso a enseñarle al pater una carta en inglés que no sabía cómo interpretar exactamente, pero que se le antojaba era la solución a parte de sus problemas. No es que no entendiera porque estuviera en guiri, que él hasta chapurreaba en lo cotidiano, pero eso sí, cuando se trataba de negocios, lo bordaba. No, lo que le tenía un tanto desconcertado era que venía de Londres, desde los estudios de Ralph Barnes.
En la carta que tenía en sus manos le pedían “...a local flamenco voice...”A él, a “Pelvis” Rico, le pedían una voz flamenca para insertar en un proyecto de espectáculo multimedia. Ralph Barnes. Ni más ni menos. Barnes había trabajado con Peter Gabriel, con Elton John, Eric Clapton o Mick Jagger. El mismísimo morritos de los Stones. ¡Claro!, exclamaba Matt. Seguramente ese era el origen de la carta. Cayó en la cuenta en aquel mismísimo momento, cuando se lo estaba contando al padre Antonio. Mick Jagger había venido a Antequera una vez a su estudio, acompañando a B.B. King, con motivo del concierto que el bluesman iba celebrar en Córdoba, durante el Festival de la Guitarra. Matt experimentaba un éxtasis indescriptible ante la parroquia de los bluseros y músicos de la zona cuando lo contaba. El episodio, convenientemente documentado en retratos y fotos sin pose, se hallaba en las paredes del estudio para mayor gloria del dueño. Matt sólo había tenido tiempo de encargar a Lozano, el restaurante del polígono, unas raciones de lo mejor, con cervezas y vino para la ocasión. Una largueza inusitada para el bolsillo de Matt Rico, que, como casi siempre, había acabado pagando Canales, por vía indirecta... Jagger había bebido apenas un sorbito de vino y después agua pura de Lanjarón. B.B. King, sin embargo, hizo los honores que el stone negó al anfitrión. Sobre las ocho de la tarde se marcharon otra vez a Córdoba, dando fin entonces al encuentro en la tercera fase.
—¿Se da cuenta, páter? Me piden a mí una voz flamenca para ellos. Estoy alucinando.
—¿Y qué vas a hacer? Supongo que querrán a alguien consolidado...
—Cuando le hable de esto a Canales querrá embarcarse otra vez conmigo. Estoy seguro, páter. De ésta me besa en la boca.
Calle Porterías, 18 22 de mayo de 200_
—¿El Luis? Pero…¿qué? ¿Tú estás gilipollas o qué? —fue la contestación de Canales—. Para que se vaya... ¿a dónde dices? ¿A Inglaterra?
—A Inglaterra. Me han pedido que les recomiende una voz flamenca, y sí, he pensado en el Luis.
—¿Y para hacer qué le quieren allí?
Matt suspiró e intentó buscar la mejor forma de explicar a aquel profano, todavía en pijama, qué era lo que le estaban pidiendo y que quienes lo hacían era gente que había trabajado con BB King o Mick Jagger, sí el Stone, magnate de la industria de la música. Que sí, mucha melena y vida roquera y disipada, pero Mick Jagger llevaba personalmente los negocios del grupo y quizá sea eso lo que les mantiene vivos como grupo y ganando tanta pasta todos los años. ¿Pero tú sabes que Jagger fue alumno aventajado de la London School of Economics? En fin. Aquello podía ser como echar margaritas a los cerdos. No estaba seguro, nada seguro de que Canales lo entendiera, ni maldita la falta que le hacía a él escuchar al roquero con coleta que tenía delante. Así que todo el cuerpo del discurso que se había construido en el espejo, toda la diatriba, había empezado solamente en su imaginación, porque lo único de todo ello que se coló entre los dientes apretados fue:
—Me lo piden desde Inglaterra, Canales.
—Pero vamos a ver, tú, payo de los cojones. ¿Quién te has creído que es el Luis?
Poco a poco Canales le fue desgranando los principios éticos y por supuesto los estéticos, de los buenos calés a aquel payo cojo y roquero, que le estaba proponiendo toda una herejía.
—Lo primero es que parece mentira que, con los años que llevas con nosotros, no hayas entendido algunas cosas, payo.
Un poeta era Canales. Se veía la emoción de sus palabras en el tono que empleaba para sacudir a Matt todo lo que podía.
—Yo todavía me acuerdo de la noche que estábamos en Algeciras, en el patio de Paco de Lucía, y el Camarón cogió al Luisillo en sus piernas y se arrancó con una alegría vieja... Mira. Es que me acuerdo y se me ponen los vellos de punta. Atiende, payo. Mirando al padre del niño, que en aquellos días andaba algo peleado con su hembra por cosas de la sangre, le dijo “Mira, paya. Lo mejor de tu mundo y el del padre son para este chavea. Dejad lo peor atrás. A fin de cuentas, vosotros sabéis que lo mejor está entre el colchón y la manta.” Y después mirando al niño le dijo: “Tu madre te ha dado el pelo rubio, como a mí. Pero tu padre te ha dado el duende y la voz...” Y, como si hubiera hablado el sacerdote máximo del templo, se hizo el silencio. Todos entendieron que lo que decía el Camarón iba a misa. Hágase la paz. Desde aquel día el Luisillo se convirtió en uno de los señalados por el santo varón. Se convirtió en uno de los herederos...
No hubo mucho que pensar sobre el destino profesional del niño. A partir de entonces, el Luisillo fue paseado por toda Andalucía, Valencia, Murcia y Cataluña y las difíciles plazas de Madrid. En el Café de Chinitas le oyeron los jerifaltes del sentir y callaron. Era la forma más expresiva de dar por bueno lo que el Camarón quiso en su momento. Aunque la parte no calé del tribunal asintió con más vehemencia de la esperada. El Luisillo tenía su futuro marcado como uno de los elegidos.
—Así que no me jodas al niño ni me lo molestes con que te lo quieres llevar para el norte, con los guiris, que de esto no tienen ni puta idea. Llama a cualquier payo de los de por aquí. Mira, Juan Hatero es amigo mío. Pregúntale a él. O habla con el Chaqueta de Fuente de Piedra.
—El Chaqueta tiene un viaje a Alemania, a las casas de Andalucía. Hace años que está comprometido, no les puede fallar ahora.
—Pues haz lo que te dé la gana. Pero que sepas que al niño no te lo llevas.
Fueron las últimas palabras de Canales en torno al chaval. Así lo entendió Matt, porque el gitano enarcaba las cejas como hacía De Niro, levantando los dedos con el cabicho del puro, llenando la frente de arrugas.
Ahora había que buscar la forma de hablar con el chaval, para ver lo que opinaba él de todo esto... y de paso hacer todo lo posible por no aguar el negocio.
Por la tarde, Matt volvió al ataque para convencer a Canales de lo imposible. Cuando le abrió la puerta, la madre de Canales, Pilar, le indicó que se hallaba en los jardines del Corazón de Jesús, a un paseo de la casa. Subió la cuesta de la calle Porterías, y pasó ante la estación de autobuses, tranquila a esa hora como siempre. En lo alto de la cuesta, la reja de filigranas le daba al parquecillo un aspecto más inglés y romántico de lo esperado en Andalucía, tanto que uno esperaría hallar allí a caballeros de levita leyendo a la sombra. Y como la realidad se empeña a veces en imitar al arte, Canales estaba sentado en los bancos del fondo, los que dan a la cara norte del parque, con los Cuentos de Misterio eImaginación de Edgar Allan Poe en las manos, justo donde las vistas a la vega de Antequera te disipan la mala uva.
— ¿Qué lees, Canales?
—Alguien me ha dicho que este tío escribía muy bien. Y me recomendó especialmente uno de los cuentos. Este se llama William Wilson. Va de un tipo que se pasa el rato contando sus años mozos en un colegio inglés y que allí se encuentra a un tío que se llama igual que él, tiene la misma cara que él y habla con una voz muy suave y baja, tanto que se le mete en la cabeza que es él mismo. Llega a desesperarlo y piensa que tiene que deshacerse de él. Yo creo que es la conciencia. Pero me pregunto por qué me la ha recomendado.
—¿Quién te lo ha recomendado?
—¡Bah! Un abuelo, un vejete que me parece que ya está chocheando. El libro es un comecocos. Con la probabilidad de encontrarse alguien que se llame como tú, que sea como tú, hay pocas probabilidades de que ocurra.
Canales cerró el libro que parecía cumplir fieles años de servicios, a juzgar por el color amarillento de las hojas. Matt pudo ver que había páginas subrayadas y con comentarios en los márgenes cuando le echó un vistazo. Canales miraba en silencio hacia la vega y Matt pensó que era el momento de volver a plantearle lo de Luis. Pero Pepe Canales se levantó e inició la marcha hacia la salida del parque. Habían empezado a llegar niños y, a partir de esa hora, el lugar dejaba de ser un banco otoñal con hojarasca romántica para devenir un parque de bolas que funcionaba con gritos y galletas con zumo. Al pasar por la imagen del Corazón de Jesús de la entrada, Canales le comentaba a codazos:
—¿Sabes, Matt? Al escultor que hizo esta figura sí que le puede pasar como al William Wilson este. Se llamaba Paco Palma y era de Málaga.
Matt lo miraba extrañado. Dios sabía a qué vendría ahora la observación sobre el nombre. Canales se dio cuenta y le terminó el comentario:
—Solamente en Antequera me salen seis o siete tíos que se llamen Paco Palma. Una putada para el artista.
22 de mayo de 200_
Luisillo llevaba en la mano tres anillos de oro enormes. Sólo tres. Uno por la familia de su padre y otro por la de su madre. Del tercero hablaba poco o nada. Exactamente lo mismo que se sabía de él. Echaba una mano en la tienda de antigüedades de sus tíos, los Soto, cada vez que podía. Y en la de Canales. Al principio porque los inviernos eran largos y las “velás” no salían, pero tiempo después, cuando el Luis ya se había hecho un nombre dentro del cante, lo hacía porque se lo debía a sus tíos, y la tienda se llenaba de calés, sólo por verle en ella y charlar un poco con el nuevo valor. Pero Luis se había granjeado la fama de poco hablador, con lo cual cuando el muchacho abría la boca y lo hacía para alabar un objeto antiguo de la tienda, éste adquiría un valor añadido indiscutible. La mayoría del tiempo lo pasaba en el taller, que se le daba mejor que la venta.
Decían que el muchacho llevaba el duende en la cara. Pero en la cara se llevan pocas cosas. En tal caso, cicatrices, el rastro de la estirpe en la nariz grande o los ojos de la abuela, tal vez un leve recuerdo a un antepasado, como quizás la mirada perdida de uno de los tíos. En ese reparto que el azar impone, a Luis le había tocado la mejor quizás de las herencias, que, en la mayor parte de los casos, uno no tiene más remedio que llevar como una maldición. Luis había heredado el porte de su abuelo. Nada descriptible en palabras, sino más perceptible en la paz que parecía contagiar a su paso. Era aquel un rastro denso, más largo y ancho que su cuerpo delgado y elegante. Jamás prisa. Jamás una voz más alta que otra. La mirada franca y clara, la mano firme y segura en las presentaciones. Y un andar acompasado al ritmo cardíaco, ajustado al diástole y sístole que quisiera la anatomía de su bomba del sentir, grande con los suyos, chico con los niños, largo con los flamencos, y justo con los negociantes. Y pocas, muy pocas palabras.
A veces, a algunos Luis les parecía torpe. Otros no entendían su parquedad o la confundían con grosería. Y él solamente cantaba. Él solamente quería cantar. Entendía la vida como ese rato que transcurría mientras templaba y terminaba su cante, una hora después. Lo demás era un tránsito lento y sin sentido hasta la próxima vez, hasta el siguiente escenario, donde regresaría a la vida.
Mientras tanto, su alma de anatomía flamenca permanecía en constante parada cardio-respiratoria y encefalograma plano como la vega de Antequera. Y mientras tanto eso no sucedía, sus manos hacían cestas o devolvían el soplo de vida a algún mueble viejo, como si entendiera el lenguaje en el que le hablaban para transmitirle sus males, los dolores y las penas. Como si Luis se hallara a las puertas de un autismo al que no terminaba de entrar, ni dejara asomarse para evitar desencadenar un tratamiento, un proceso de cura.
Luis andaba por aquel entonces preocupado con el quiebro de la voz. Matt recordaba cómo, aún jovencito, se le aflautaba incómodamente a veces, sin dejarse domeñar a gusto. Pero el Luis se aplicaba metódicamente al arte de romperla con mañas viejas del gremio. No quería fumar, ni beber, pero no le había quedado más remedio que plegarse al designio del ramo, dando por válidos a aquellos dos recursos. Los acólitos le prometían que con un par de veranos de galas, la voz estaría en su sitio, con un poco de suerte. Pero él comprendía —era joven pero no tonto— que alguno de los palos todavía se le negaba, aunque lo atribuía a la juventud y a la falta de rodaje. Lo cierto es que los palos se podían mezclar un poquito últimamente, entre las disonancias que se permitían algunos tocaores jóvenes, y la libertad que se daban a sí mismos los cantaores. A veces se podía perder un poco el tempo sin que los flamencos doctores se escandalizaran... mucho. Una bulería en tiempo es requisito antiguo, pero permite más margen. Una malagueña o una medio granaína son menos tolerantes, pero perdonan más al cantaor si es bueno. Ni hablar de tolerancias ni márgenes con una soleá o una alegría.
La cosa era que Luis estaba ya empezando a sentirse cómodo en casi todos los palos. No hacía mucho que el “Niño” había recibido el aprobado, en forma de silencio, de parte de Juan Hatero, el comentarista de flamenco en la radio local y arcipreste del arte en muchos kilómetros a la redonda. La confirmación del chavea había llegado tras un concierto en la velá de San Juan, en el patio del convento de San Zoilo de Antequera. Sin miedo ni dudas, Enrique de Melchor le ofició de coadyuvante para que el muchacho se pusiera a hacer nudos de cestería en las gargantas de los allí presentes. Sin mediar palabra, con cincuenta invitados contados por las sillas, las justas y exactas, Juan extendió un brazo y dio una palmada en la mejilla a Luis, después de apartarle la melena. Con el gesto, le daba el bautizo y la bendición paya, que en su momento barruntara el Camarón. Los calés ya lo habían refrendado en boca del santo varón. Hatero le daba el bautizo definitivo en el cante payo.
28 de junio de 200_ 18:00 h
Canales abrió el móvil con desgana, porque lo tenía todavía en la chaqueta, allí colgada en perfecto estado de revista, muy cerca de su rostro. Así le había dado tiempo a sentir las vibraciones junto a su mejilla, en medio de los jadeos que le producía la rusa. Nadja, de uno ochenta de estatura, le daba calma con sus manos sobre aquella desesperada espalda, en el gimnasio del Hotel Antequera Golf.
—Sí, dime —contestaba tuteando al interlocutor con independencia de su identidad. Es la costumbre de quien manda y está habituado a que se le consulte vía teléfono sobre cualquier duda profesional o comercial.
—¿Dónde me dice? Ajá. Voy ahora para allá.
Pagó a Nadja con desabrimiento, malhumorado por el fastidio de tener que vestirse rápido, pero se volvió acordándose de que había que ser simpático con ella, o no habría más espalda calmada por las manos de aquel ángel. Sonaron dos llamadas más, aunque él había arrancado el Jaguar y se consideraba ya trabajando, así que el de las llamadas tendría que esperar.
Tomó dirección a Sevilla en el cruce de la Verónica, y después, ya en el cruce de la autovía, giró hacia Campillos. Quince kilómetros más adelante, un Range Rover verde le esperaba en la carretera, detrás de la vía, en la Colonia de Santa Ana. Canales aparcó allí el Jaguar y montó en el todoterreno. Pero Márquez no quería llevarle a esa finca al oeste, sino a la que se hallaba de camino a Córdoba, al norte de la ciudad. Era una precaución para asegurarse de que Canales viniera solo. El Range Rover volvió a tomar la autovía hasta llegar al nuevo nudo. Allí se desvió hacia Córdoba. Pronto se metieron en el campo hasta que llegaron al punto del hallazgo, como a quinientos metros de la carretera.
Márquez llevaba meses haciendo algunos destierres en sus fincas para allanar y estaba instalando riego de goteo en sus chacras. El tractor estaba parado y el conductor se fumaba un cigarro sentado bajo la sombra de la chaparrera. Jaime Gil Márquez llevaba sus RayBan colgadas y en el bolsillo de la camisa. Se las puso mientras andaban hacia el punto que les marcaba la pala excavadora detenida en medio del labrado. Al llegar al lugar hizo una señal con el dedo a Canales, para que viera en el fondo del hoyo el motivo por el que la máquina se había detenido. Un reborde cuadrado asomaba desde las sombras. Una de las uñas de la cuchara se había clavado en punta sobre el objeto y casi lo había partido. Márquez, quien seguía de cerca los trabajos en el momento del hallazgo, había mandado al conductor detenerse.
Canales miró al tractorista, luego dirigió su mirada hacia el terrateniente, haciéndole una interrogación muda sobre la fidelidad del maquinista.
—Puedes estar tranquilo —contestó Márquez.
Decidieron que habría que esperar a la noche para acabar de destapar aquello. La carretera no estaba muy lejos y era fácil que alguien pudiera mirar hacia ellos. Ya sabían de sobra lo que significaba hacer hallazgos en las propiedades. Un parón en la actividad, demoras en la excavación, retrasos en la valoración, recursos de diferentes organismos, para apropiarse de los yacimientos, y por fin, pérdida de derechos sobre los terrenos si el encuentro suponía un importante descubrimiento arqueológico. La pesadilla de cualquier propietario, en pleno ataque del virus de la especulación.
Cuando llegó la hora, sobre las nueve de la tarde, Canales se presentó con un primo suyo, acostumbrado a esos menesteres, para excavar adecuadamente los restos. El primo trabajaba habitualmente en yacimientos arqueológicos y tenía los conocimientos adecuados para proceder correctamente, en sentido legal o el contrario. El tractorista y el propio Márquez habían despejado todo lo que les había sido posible, hasta el regreso de Canales. Según la excavación hecha, la figura debía tener unos ciento cincuenta centímetros de largo, excluida la peana de mármol o granito. El que parecía ser el perito hizo un comentario seco y rápido:
—No nos vale la figura sola para su datación. Necesitamos ver algunas cosas más del entorno.
Gil Márquez puso cara de disgusto. Nada más lejos de sus deseos que la posibilidad de que aquello se convirtiera en un yacimiento, con equipos de prospección y curiosos incluidos. Márquez cogió del brazo a Canales e hizo un aparte con él:
—No. No podemos montar aquí un laboratorio ni un campamento, macho. No me jodas. Te he llamado, Canales, para que no me jodan.
—Tranquilo. Yo sé lo que me hago —contestó Canales muy excitado.
—Te estoy diciendo que no quiero ver a nadie en esto...
—Tranquilo, Jaime. Ha hecho usted bien en llamarme —intentó calmar Canales al terrateniente—. Mire. Lo que hacemos normalmente es poner unas vallas como las que se usan para las prospecciones de agua. Como si estuviéramos haciendo un pozo. Podemos traer el camión de perforación y lo hacemos en pocos días. Fin de semana incluido y poco ruido. ¿Vale?
—Vale. Todo lo que tú quieras, mientras esto no se convierta en un yacimiento de la universidad, ¿me entiendes? De esto sólo podemos saber tú y yo. Y éste, que ni pestañee.
—De eso me encargo yo —aseguró Canales con esa voz tan llena de razón que se le ponía cuando alguien intentaba dudar de su talante y profesionalidad, algo que para nada era descabellado, si se había hecho un seguimiento a su currículum vitae. Pero Canales siempre mostraba lo cabal de su palabra, enseñando un aspecto tan afectado como artificial. Pensaba que luciendo sus trajes y gafas de Armani, su Jaguar, su Rolex, los zapatos Clarks que lustraba con las cortinas de los bares y restaurantes que visitaba, le granjearía el respeto y la consideración de la audiencia. Sin pensar que lamentablemente, su imagen era tan falsa como las marcas que vendían muchos en los mercadillos. Y el Jaguar era de segunda mano. No era más que una reproducción patética de su propia industria. Tras un rato de silencio e intercambios de miradas entre Canales y su perito, tuvo que salir al paso de la inquietud que mostraba el dueño del terreno.
—Escúcheme, señor Márquez. Este chaval tiene que datar un objeto que parece muy valioso. Pero lo será más o menos según le dejemos trabajar con precisión. Y para eso necesita que le dejemos otear lo que hay alrededor de la figura. Tenemos que excavar más de lo que vemos ahora.
El propietario se mostró mansamente de acuerdo, aunque con las reservas propias de quien ve en ese juego pocas posibilidades de ganar, como las que tendría un novato pardillo sentado a la mesa de timba, a merced de la inmisericorde veteranía de los otros tahures. La excavación continuó al día siguiente hasta abrir un foso de cuatro metros de diámetro alrededor de la figura que ya anunciaba ser de bronce. Con las picas, los pinceles y las escobillas de su labor fueron destapando algo parecido a una peana de mármol y otras pequeñas piezas de valor impreciso, pero indudable, decía el especialista. Por los gestos de su cara, Márquez quería dejar claro que aquel hallazgo no hacía más que empeorar su situación a cada barrido, a cada centímetro de bronce antiguo que quedaba al descubierto, en un momento ya de por sí delicado para él.
Canales y Márquez se fueron a tomar algo al Faro, a tiro de piedra de la excavación. Cuando les llamaron para decirles que habían extraído la figura totalmente, se presentaron como una exhalación en el lugar para averiguar lo que pudieran de primera mano y en la voz del experto. La datación a simple vista podía corresponder a la del Efebo de Antequera, con el que había similitudes en tamaño, estilos, fundición. Pero había otras características que, en un principio habían confundido al propio técnico, como por ejemplo, la profundidad a la que se hallaba el objeto o la ausencia de más restos de construcción. O los restos de escombros en los que el bronce estaba envuelto. Parecía que el efebillo había sido enterrado a propósito, en una especie de caja de cerámica rellena con piedrecillas y restos de cerámica rota o fragmentada. Pero todavía era prematuro hacer cualquier valoración, aún pendiente el análisis del primo de Canales, no averiguarían nada concreto sobre la datación ni el valor del hallazgo.
—Oye, Canales. De lo que salga de esto dependen muchas cosas. Ya lo sabes. Sólo te repito que no me jodas.
Canales le devolvió la mirada de alguien ofendido, a sabiendas de que era uno de sus gestos de actor, de los que él componía para la peña de incautos que creían estarle comprando algo de mucho valor en una de sus tiendas. Pero aquella noche entrevió algo nuevo en la mirada de Márquez, una mezcla de nerviosismo e inquietud algo sobreactuada, a juicio del Canales habituado a la comedia del mus. En la cabecita se le desataron varias alarmas: las secciones de disfraces cerraron, los departamentos de lenguaje socorrido de emergencia se silenciaron. Tan solo se abrieron las ventanas de los ojos, mucho, muy atentos a lo nuevo de aquella escena. Estaba descubriendo a alguien que hablaba el mismo lenguaje que él, oteando las orejas de un lobo insospechado. Le acababa de llegar, de repente, como al hocico de un galgo en medio del campo, un tufillo raro, nuevo, no identificado con precisión, pero que no se podía ignorar.
Era lo mismo que había sentido ante la mirada de un anciano, exactamente la misma que, no hacía mucho, le había desarmado con una facilidad pasmosa de toda aquella artillería gestual y postural de la que hacía gala en su negocio, que se había disuelto como papel en el agua de los ojos de aquel viejo, sombrero y bastón en mano, sentado ante él en un pazo gallego.
Urbanización Antequera Golf 29 de junio de 200_ 22:05 h
Cuando Márquez llegó a su casa, encontró a Malena, su mujer, preparando las bebidas y la cena. Rápidamente cogió una cerveza y un platito de cacahuetes para tomárselo en el despacho de la buhardilla. Desde allí, en todo lo alto de Gandía, donde se decía que salía el hambre antes que el día, tenía una vista privilegiada de la vega antequerana. Veinte kilómetros de radio, recorridos con la mirada de un ave. Se volvió hacia la pared trasera de la habitación. Y abrió la caja fuerte de la que extrajo unos planos de extensión. Los desplegó para volver a mirar el trayecto del AVE Sevilla—Granada y el proyectado anillo ferroviario. Le iba a partir una finca en dos pedazos. Generosos pedazos, pero pedazos al fin y al cabo, que sometían a sus fincas a un diezmo no usual en las propiedades de la familia. En fin. Si el pago era en buenos euros, no había por qué sumirse en la tristeza. Pero las fincas no mejoraban su valor ahora que estaban a la vera del AVE y la autovía. Y al otro lado de esta última, el futuro aeropuerto de Antequera. Márquez ya invertía mentalmente las cantidades a ingresar en buenos fondos, haciendo un repaso a los mejores de la Bolsa. Todo genial, pero incierto, pues dependía de que se hiciera una valoración adecuada. De otra forma, si los proyectos no evolucionaban como se preveía, todo lo que fuera reducir los tamaños de las fincas era una destrucción irreparable de su capital.
Salvo por el hecho de que la aparición de la figura en la finca trastocaba los planes. Cualquier hallazgo suponía un incordio automático para toda planificación y debía conseguir que se mantuviera el silencio a ese respecto. No las tenía todas consigo Márquez, ya que en las dos tardes de excavaciones había aparecido por allí demasiada gente. Más de la deseable y mucha más de la recomendable en aquella situación. Si se enteraba el Ayuntamiento o alguien de la administración del hallazgo, estaba perdido. Así que había que manejar aquello del bronce con maestría, había que jugar con dos barajas, poner una vela a Dios y otra al diablo.
Sólo que para su suerte, la excavación estaba teniendo lugar en la mitad que acababa de vender pocas semanas antes. Repasó los ingresos del pago en la caja fuerte. Menos mal que los rusos habían pagado a tocateja. Y ahora, la aparición de la figura iba a desinflar las expectativas de los recientes inversores rusos sobre su flamante adquisición… A lo mejor los rusos se asustaban y decidían deshacer el trato, pero con una figura romana en ristre, eso no podía ser, porque ahora el valor de las tierras había cambiado. Si querían deshacer el trato, sería pagando una cláusula de cancelación tan alta que resultaría disuasoria. Y si no era así, la ejecución de la cláusula ayudaría a comprar pañuelos para llorar y hacer llevadera la pérdida. Que ellos decidan sobre qué hacer con la pieza. Porque si le tocaba a él gestionar lo de la figura, sabía perfectamente cómo hacerlo.
Se encaminó entonces al salón donde le esperaba su esposa, con una de aquellas mesas tan bien dispuestas y elegantes que saben preparar las mujeres, aunque hoy estaba mejor de lo habitual, ya que tenían visita. El alcalde y su mujer no tardarían en llegar para compartir con ellos la mesa y la velada.
Márquez y el alcalde habían ido juntos al colegio de los Carmelitas, luego al instituto, e incluso habían compartido piso durante un par de años en Granada, mientras hacían sus respectivas carreras. Pero Márquez había vuelto antes de tiempo a Antequera, ante la muerte súbita de su padre, para hacerse cargo de los negocios de la familia. De esa forma, el viejo Jaime Gil había conseguido interrumpir sus estudios y, de paso, su carrera. Márquez no conseguía controlar una maldición dirigida de vez en cuando a su padre quien, veladamente y quizás de una forma más inconsciente que acertada, siempre había querido dinamitar la voluntad del hijo de irse a la universidad. Y al final, irónicamente, el viejo lo había conseguido. Apartarle al mismo tiempo de la medicina y también de Guadalupe, su novia universitaria, para condenarle a las frías tardes de domingo en los olivares de Fondeo, la finca de Antequera.
Jaime Gil Márquez había ido cambiando lentamente el compromiso social, la inquietud por ayudar al prójimo estudiando una carrera de sacrificio y ayuda, por el envaramiento de las formas a que le obligaban su alcurnia y su rango. La teterías de Granada, igual que su pelo largo, habían sido arrancadas violentamente de su vida para tornarse despacito, casi como las enfermedades degenerativas, en barras de pub con fútbol y whisky. Cazadoras verdes de Barbour y el Range Rover, también verde, de su padre. Y en Malena, su novia de siempre. Malena llenaba de sexo las tardes de domingo en la finca, al tiempo que el frío empezaba a invadir cada una de sus entrañas, hasta llegar al mismísimo corazón.
Cuando Jaime Gil Márquez se enfrascaba entre estos pensamientos, y vive Dios que tenía ocasiones de sufrirlo en las tardes de soledad, caminando por el campo, aquellos le traían a la cabeza otros aún más desagradables. La solidez del Range Rover le reafirmaba en la de su vida actual, sin desperfectos ni averías que le alteraran su discurrir, pero le rompieran la monotonía asfixiante a que se había visto abocado. El valor de sus fincas le aseguraba la vida regalada que llevaban él, su mujer y sus niños. Pero hubiera dado un brazo por tener que arreglárselas con menos y pelear; por llevarse algún mamporro que le hiciera sentir que estaba vivo; por justificar el sudor de cada poro con una meta a conseguir. Al llegar a la carretera asfaltada, ya para dirigirse a Antequera, concluía que la vida le había reservado su lugar con insistencia, con esa misma fría paciencia que muestran nuestras tías viejas y serviciales en las fiestas a las que van solas y no esperan a nadie interesante, excepto a ti, para que les salves la velada. La vida, con mayúsculas, se había convertido para él en esa fiesta a la que uno no quiere ir, pero toca ir, para escucharla hablar de ti con engolamiento ante personas que ni conoces ni te conocen. Y, en última instancia, cuando ya has mirado a todas partes en busca de un lugar, por incómodo que sea, no hay otra alternativa más que ir hacia ella con una sonrisa en la boca diciendo “Gracias, Tita, por reservarme sitio. ¿Te sirvo tinto o blanco?”
Durante la velada, Márquez no se privó en absoluto de nada para obsequiar a su viejo amigo con charla y buen rato, con sorbitos de grandes vinos y muy caros. Marisco con Rosal, albariño magnífico. Riberas del Duero para la carne y un Oremus de Tokaj para el tiramisú de Malena. Todo eso para amenizar los momentos previos a aquellos que realmente complacían al alcalde: Márquez le abría el sótano lleno de objetos de arte y restos arqueológicos. Entre monedas romanas, aperos de campo, vasijas y jarrones pasaban la parte más excitante de la noche, que, desde hacía años, constituía el momento cumbre para aquel especialista en arte metido momentáneamente a gestor de la ciudad más prometedora de España en su materia.
Todo aquello cuidadosamente recolectado durante años de labradío de las vastas tierras que su familia había cultivado en generaciones completas de terratenencia.
—¡Jaime! —llamó Malena desde la puerta del sótano—. Te buscan. Sube.
Gil Márquez se diculpó ante el alcalde con un gesto de sorpresa, pues no esperaba a nadie.
—Discúlpame un segundo. Ahora bajo. No puede ser nada importante. Yo no he citado a nadie.
Al llegar al salón encontró a Canales cumplimentando a las dos señoras como él solía hacer. Márquez no pudo evitar recordar a Sancho Gracia, con la patillas de Curro Jiménez, besando la mano de su víctima mientras desproveía suavemente a aquellos dedos aristocráticos de sus anillos. La esposa de Márquez, como siempre, se alejó para evitar el saludo de aquel piojo resucitado.
Cuando ambos hubieron entrado al despacho de Márquez, éste cerró la puerta apresuradamente.
—¡Canales! No te esperaba hasta mañana por lo menos. ¡Qué sorpresa!
—¿Seguro que estás sorprendido, Márquez? Yo no lo creo.
—¿Por qué me dices eso, Canales? —preguntó Márquez, descolocado por el repentino tuteo del calé anticuario.
—Porque sabíais perfectamente —y de antemano— dónde se hallaba lo que el tractorista encontró.
Estudios Antequera Blues Express 30 de junio de 200_ 07:00 h
La puerta del estudio casi se estaba cayendo con los golpes que le daban. Matt no podía bajar más rápido las escaleras para abrir a Canales. No sonaba como las otras veces, ya que la voz del calé parecía desesperada. Llamaba a gritos. Y no es que los gritos no fueran frecuentes en Canales, pues no acostumbraba ser persona paciente —y menos con Matt— pero era extraño que llamase tan temprano por la mañana. Con esa urgencia no se llama para contratar una amplificación, ni para traer un regalo. Malo, aquello debía de ser malo de verdad.
—Abre la compuerta que tengo que meter el coche dentro, Matt —le dijo sin esperar a explicarle. Pero, claro, eso de las explicaciones era un formalismo al que Matt había renunciado hacía años con Canales.
El calé entró marcha atrás en la nave con tanta prisa que rozó el costado del Jaguar contra la pared. Asombrosamente, parecía no importarle y al bajarse, se mostraba muy nervioso. Había olvidado abrir el maletero y tuvo que volver a entrar en el coche para pulsar la tecla al lado del volante. Canales venía muy agitado, sudoroso, como jamás se habría dejado ver en público.
—Mira, Matt. Necesito que me guardes esto aquí unos días. Ya vendré por ello.
Cuando lo bajaron del coche, Matt pudo ver un paquete alargado, hecho con papel de embalar marrón, y atado con cordel. Era pesado, y pudieron colocarlo en un rincón a duras penas entre los dos.
—No lo abras ni le digas a nadie que te he traído nada. Guárdalo bien y que no se entere nadie.
—Pero ¿qué hago? ¿Quieres que lo esconda o qué?
—¡Guárdalo, joder! ¡Mételo en algún sitio donde nadie lo vea! Yo vengo por él mañana o pasado. Y que no lo vea nadie, Matt. Hazme el favor.
Montó en su Jaguar y se alejó a toda velocidad. Eso sí que formaba parte de lo habitual en él. Y Matt se decidió a dar a Canales el margen de confianza y de tiempo que se merecía: el suficiente para dar la curva y verle desaparecer por detrás de la nave, antes de volverse hacia el bulto para abrirlo.
