Ardiente secreto. Miedo - Stefan Zweig - E-Book

Ardiente secreto. Miedo E-Book

Zweig Stefan

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En la línea de "Carta de una desconocida" y de "Veinticuatro horas" en la vida de una mujer, publicadas en un volumen en esta colección, "Ardiente secreto" y "Miedo" muestran una vez más no sólo la maestría de Stefan Zweig para plantear historias que nos enganchan de principio a fin, sino también su capacidad para observar y analizar los resortes del comportamiento y de las emociones humanas. Si en la primera es la figura del niño Edgar la que sirve para armar y desentrañar una turbia aunque vulgar relación amorosa adulta en la que involuntariamente se ve implicado, en la segunda es la amenaza del descubrimiento de una infidelidad el bastidor que sirve a Zweig para urdir un relato que arrastra de forma incontenible al lector. Traducción de Carmen Gauger

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Seitenzahl: 231

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Stefan Zweig

Ardiente secretoMiedo

Traducción de Carmen Gauger

Índice

Ardiente secreto

Miedo

Créditos

Ardiente secreto

El partenaire

La locomotora lanzó un ronco bramido: habían llegado a Semmering. Durante un minuto los negros vagones descansaron a la plateada luz de las alturas, arrojaron a varias personas, engulleron a otras, voces crispadas iban y venían, luego bramó delante otra vez la ronca máquina y, traqueteando, arrastró hacia abajo la negra cadena, en dirección a la caverna del túnel. Puro y dilatado, con trasfondos claros, limpio y barrido por el viento húmedo, se abría otra vez el paisaje.

Uno de los recién llegados, un joven que llamaba agradablemente la atención por la calidad de su ropa y por su paso elástico y natural, se adelantó a los otros y tomó rápidamente un coche de punto al hotel. Sin apremio, los caballos trotaron subiendo la cuesta. Había primavera en el aire. En el cielo flotaban esas nubes blancas e inquietas que sólo tienen mayo y junio, esos mozuelos blancos, aún jóvenes y versátiles, que corren jugando por la pista azul, para esconderse de pronto detrás de altas montañas, que se abrazan y huyen, que a veces se arrugan como pañuelos, a veces se deshacen a tiras y finalmente, por pura broma, les plantan gorras blancas a las montañas. Inquietud había también arriba, en el viento, que sacudía con tal desenfreno los delgados árboles, aún húmedos por la lluvia, que sus articulaciones estallaban suavemente y lanzaban mil gotas como centellas. A veces parecía también que bajaba de las montañas un frío y agradable olor a nieve, luego se percibía al respirar algo que era dulce y picante a la par. Todo, en la tierra y en el aire, era movimiento y agitada impaciencia. Resoplando ligeramente recorrían los caballos el camino, ahora en descenso, los cascabeles tintineaban muy por delante.

En el hotel, el joven se acercó en primer lugar a la lista de huéspedes, que, pronto desengañado, leyó rápidamente. «Para qué estoy yo aquí, en el fondo», empezó a preguntarse con inquietud. «Estar aquí solo en la montaña, sin compañía, es más desagradable que la oficina. Por lo visto he llegado o muy pronto o muy tarde. Nunca tengo suerte con mis vacaciones. Ni un solo nombre conocido encuentro entre todo este público. Si al menos hubiera alguna mujer, algún pequeño galanteo, en caso de necesidad incluso inocente, para que esta semana no sea demasiado aburrida.» El joven, un barón de una no muy prestigiosa nobleza del funcionariado austriaco, empleado en el gobierno civil, se había tomado esas pequeñas vacaciones sin la menor necesidad, en realidad sólo porque todos sus compañeros habían conseguido una semana en primavera y él no quería regalar la suya al ministerio. Aunque no carecía de aptitudes más íntimas, tenía un carácter perfectamente sociable, y como tal gozaba de aceptación en todos los círculos y era perfectamente consciente de su incapacidad para la soledad. No había en él la menor propensión a enfrentarse consigo mismo y evitaba en lo posible esos encuentros, ya que no deseaba en absoluto conocerse más íntimamente. Sabía que necesitaba la superficie de frote con los seres humanos para que surgiera la llama de sus propios talentos, del calor y la alegría de su corazón, y que, solo, era frío e inútil para sí mismo, como una cerilla en la caja.

Malhumorado iba y venía por el vestíbulo vacío, hojeando indeciso los periódicos o tanteando al piano en la sala de música un vals, cuyo ritmo, sin embargo, no le saltaba bien a los dedos. Finalmente se sentó aburrido, miró afuera cómo iba cayendo la oscuridad, cómo la niebla salía, gris, de entre los abetos. Desmigajó así una hora, inútil y nervioso. Luego huyó al comedor.

Allí sólo estaban ocupadas varias mesas, a las que pasó revista con rápida mirada. En vano. Ningún conocido, sólo allá un entrenador –devolvió con displicencia un saludo–, acá de nuevo un rostro de la Ringstrasse, fuera de eso, nada. Ninguna mujer, nada que prometiera la más ligera aventura. Su malhumor se tornó más impaciente. Era uno de esos jóvenes cuyo agraciado rostro ha conseguido mucho y en quienes todo está constantemente dispuesto a un nuevo encuentro, a una nueva experiencia, siempre ansiosos de lanzarse a lo desconocido de una aventura, a quienes nada sorprende, porque están a la espera y lo han calculado todo, a quienes nada erótico se les escapa porque ya su primera mirada ataca lo sensual de cada mujer, examinándolo sin hacer diferencias, ya sea la esposa de un amigo o la doncella que abre la puerta de su casa. Si a esas personas se les da el calificativo, con cierto alegre desprecio, de cazadores de mujeres, eso sucede sin saber cuánta verdad observadora está petrificada en tal expresión porque, en efecto, todos los apasionados instintos de la caza, el acecho, la excitación y la crueldad anímica aletean en la constante vigilancia de esos hombres. Siempre están al acecho, siempre dispuestos y decididos a seguir la pista de una aventura hasta el mismo borde del abismo. Siempre están cargados de pasión, pero no la del amante sino la del jugador, fría, calculadora y peligrosa. Entre ellos los hay perseverantes, para quienes la vida entera, mucho más allá de la juventud, debido a esa actitud de espera, se convierte en perpetua aventura, para quienes el día aislado se descompone en cien experiencias sensuales –una mirada al pasar, una fugaz sonrisa, el roce de una rodilla cuando se está sentado enfrente– y el año a su vez en cien días semejantes, para los que la experiencia sensual es perpetuo manantial que alimenta y anima la vida.

Allí no había con quién jugar, eso lo vio al momento. Y ninguna irritación es más molesta que la del jugador que con las cartas en la mano, consciente de su superioridad, está sentado ante el tapete verde y espera en vano la llegada de un partenaire. El barón pidió un periódico. Malhumorado, dejó resbalar la mirada por las líneas, pero sus pensamientos estaban paralizados y perseguían las palabras a trompicones, como en estado de embriaguez.

Oyó entonces el crujir de un vestido y una voz que, ligeramente irritada y con acento afectado, decía:

–Mais tais-toi donc, Edgar!

Al pasar junto a su mesa crujió un vestido de seda, alta y exuberante, como una sombra, avanzaba una figura y detrás de ella, con traje de terciopelo negro, un muchachito pálido que le dirigió curioso una rápida mirada. Ambos se sentaron enfrente, en la mesa reservada, el niño esforzándose ostensiblemente por portarse con una compostura que parecía estar en contradicción con la negra inquietud de sus ojos. La señora –y sólo en ella se fijaba el joven barón– estaba arreglada con mucho esmero y vestida con evidente elegancia, era además un tipo femenino que a él le gustaba mucho, una de esas judías, ligeramente exuberantes, en una edad al borde de la plena madurez, apasionadas también, sin duda, pero con experiencia en ocultar su temperamento detrás de una distinguida melancolía. Al principio no pudo aún mirarla a los ojos y sólo admiró la línea bellamente curvada de las cejas, perfectamente redondeadas sobre una suave nariz que, si bien delataba su raza, por su noble forma acentuaba el perfil y lo hacía interesante. Los cabellos, como todo lo femenino en ese cuerpo pletórico, eran de una exuberancia llamativa, su belleza parecía saturada y llena de altivez por la seguridad y el aplomo que confiere tanta admiración. Pidió los platos en voz muy baja, reprendió al niño, que jugueteaba tintineando con el tenedor, todo ello con aparente indiferencia frente a la mirada prudentemente sigilosa del barón, cuya presencia no parecía haber percibido, mientras que, en realidad, era sólo la intensa vigilancia con que la observaba lo que la había forzado a ese cuidadoso comedimiento.

La oscuridad en el rostro del barón se había aclarado de golpe, los nervios, reanimados soterradamente, se tensaron, reafirmaron la piel, desataron los músculos, de forma que su figura se enderezó de pronto y los ojos se iluminaron, llameantes. Él no era diferente de esas mujeres que necesitan la presencia de un hombre para extraer de su interior toda su potencia. Sólo un estímulo sensual tensaba su energía hasta alcanzar la plenitud de su fuerza. El cazador que había en él barruntaba allí una presa. Sus ojos, desafiantes, trataban de encontrar la mirada de ella, que a veces lo atravesaba con la chispeante ambigüedad de quien mira a otra parte, pero sin ofrecer directamente una clara respuesta. También en torno a la boca creía a veces notar como el inicio de una sonrisa, pero todo ello era inseguro, y esa inseguridad era lo que le excitaba. Lo único que le parecía prometedor era ese mirar de soslayo porque era resistencia y timidez a la vez, y luego la manera, extrañamente cuidadosa, claramente enfocada a la presencia de un espectador, de conversar con el niño. Precisamente la llamativa exhibición de esa quietud significaba furtivamente, él lo intuía, una primera inquietud. También él estaba excitado. El juego había comenzado. Prolongó la cena, retuvo a esa mujer media hora con la mirada, casi incesantemente, hasta dibujar cada línea de su rostro, hasta haber tocado de modo invisible cada punto de su voluptuoso cuerpo. Fuera caía opresiva la noche, los bosques suspiraban con miedo infantil cuando ahora las grandes nubes cargadas de lluvia extendían sus manos grises hacia ellos, cada vez más tenebrosas penetraban las sombras en la habitación, cada vez pa-recían las personas más abrumadas por el silencio. Bajo la amenaza de ese silencio, la conversación de la madre con su hijo se tornaba, eso lo notaba él, cada vez más forzada, cada vez más artificial, pronto, eso lo percibía, llegaría a su fin. Entonces decidió hacer una prueba. Se levantó el primero, con una larga mirada al paisaje y evitando mirarla a ella, se dirigió a la puerta. Allí volvió de golpe la cabeza como si hubiera olvidado algo. Y la sorprendió siguiéndole vivamente con la mirada.

Eso lo animó. Esperó en el vestíbulo. Ella llegó poco después, con el niño de la mano, al pasar hojeó varias revistas, le enseñó al niño algunas imágenes. Pero cuando el barón, como al azar, se acercó a la mesa, aparentemente para buscar también una revista, en realidad para penetrar más profundamente en el húmedo brillo de sus ojos, quizás incluso para iniciar una conversación, ella se dio la vuelta, dio unos golpecitos en el hombro a su hijo:

–Viens, Edgar! Au lit!

Y pasó fríamente de largo.

Un poco frustrado, el barón la siguió con la vista. En el fondo había contado con trabar relación esa misma noche, y esa brusquedad le causó un desengaño. Pero al fin y al cabo, en esa resistencia había un incentivo, y precisamente lo inseguro encendía su deseo. Como quiera que fuere: ya tenía partenaire y el juego podía comenzar.

Rápida amistad

Cuando el barón entró a la mañana siguiente en el vestíbulo, vio allí al hijo de la bella desconocida en animada conversación con los dos ascensoristas, a quienes mostraba estampas de un libro de Karl May. La mamá no estaba, sin duda ocupada aún con su arreglo personal. Sólo ahora se fijó el barón bien en el niño. Era un muchachito de unos doce años, tímido, poco desarrollado y nervioso, de torpes movimientos e inquietos ojos oscuros. Como muchos niños de esa edad, parecía un poco asustadizo, como si le hubieran despertado de golpe y se encontrara en un entorno desconocido. Su rostro no carecía de belleza pero aún estaba todo sin decidir, el combate de lo viril con lo infantil parecía querer empezar, aún estaba todo en él como amasado, informe, nada estaba definido en claras líneas, sólo pálido y confuso, inquieto. Además estaba justo en esa edad ingrata en la que a los niños no les cae bien la ropa, mangas y pantalones ciñen mal y quedan flojos en torno a los delgados miembros, y ellos aún no tienen una vanidad interior que les exhorte a velar por su apariencia física.

El muchachito, vagando indeciso, daba una impresión bastante lastimosa. En el fondo, estorbaba a todos. O bien lo apartaba a un lado el portero, a quien parecía importunar con toda clase de preguntas, o bien entorpecía la entrada; por lo visto no tenía una relación de amistad con nadie. Por eso en su necesidad infantil de charlar, trataba de acercarse a los empleados del hotel, que, si tenían tiempo en ese momento, le respondían, pero interrumpían de inmediato la conversación cuando veían a una persona mayor o cuando había que hacer algo útil. El barón miraba sonriente y con interés a la infeliz criatura, que lo observaba todo con curiosidad y a quien todos evitaban con poca amabilidad. Una vez captó con firmeza una de esas miradas llenas de curiosidad, pero los negros ojos se replegaron miedosos tan pronto él descubrió que buscaban algo, y se ocultaron tras los párpados bajados. Eso divirtió al barón. El chico empezó a interesarle y se preguntó si ese niño, que evidentemente sólo era tímido por miedo, no podría servir de rapidísimo mediador de un acercamiento. Como quiera que fuere: él quería intentarlo. Sin llamar la atención siguió al niño, que justo caminaba lentamente hacia la puerta y, en su necesidad infantil de ternura, acariciaba los ollares rosa de un caballo blanco, hasta que –realmente no tenía suerte– el cochero lo apartó con bastante brusquedad. Ofendido y aburrido, estaba otra vez ocioso, con su mirada vacía y un poco triste. Entonces le habló el barón.

–Hola, jovencito, ¿te gusta estar aquí? –empezó de pronto, esforzándose por hablarle en un tono jovial.

El niño se puso rojo como una brasa y alzó con miedo la mirada. Replegó la mano hacia el cuerpo como temeroso y se movió de un lado a otro de pura perplejidad. Le ocurría por primera vez que un señor desconocido entablara conversación con él.

–Sí, gracias –logró balbucir finalmente. La última palabra casi se le quedó estrangulada en la garganta.

–Ya me extraña –dijo riendo el barón–, en realidad es un sitio aburrido, sobre todo para un chico joven como tú. ¿A qué te dedicas todo el santo día?

El niño estaba aún demasiado confuso para dar una respuesta rápida. ¿Era de verdad posible que ese señor elegante y desconocido quisiera conversar con él, a quien nadie hacía el menor caso? La idea le intimidaba y al mismo tiempo le ponía orgulloso. Con mucho trabajo hizo un supremo esfuerzo.

–Leo y luego vamos mucho de paseo. A veces vamos también en coche, mamá y yo. Tengo que reponerme aquí, he estado enfermo. Por eso también tengo que tomar mucho el sol, ha dicho el médico.

Las últimas palabras las dijo ya con bastante seguridad. Los niños siempre están orgullosos de tener una enfermedad porque saben que el peligro los hace doblemente importantes para los familiares.

–Sí, el sol es bueno para los jovencitos como tú, te pondrá bien moreno. Pero no deberías estar sentado ahí todo el día. Un buen mozo como tú debería correr por ahí, ser un poco travieso y también hacer alguna barrabasada. Me parece que eres demasiado formalito, con tu libraco bajo el brazo pareces un niño muy casero. Cuando pienso en el pilluelo que era yo a tu edad, cada tarde volvía a casa con los pantalones hechos trizas. ¡No hay que ser tan buen chico!

Involuntariamente el niño tuvo que sonreír, y eso le quitó el miedo. Le habría gustado replicar algo, pero todo le parecía demasiado atrevido, demasiado pretencioso con ese amable señor, que hablaba con él de manera tan amistosa. Él nunca había sido impertinente y siempre un poco inseguro, y así su gozo y su vergüenza le pusieron en el mayor desconcierto. Le habría gustado tanto seguir conversando, pero no se le ocurría nada. Por suerte, pasó justo en ese momento el gran San Bernardo amarillo del hotel, que los husmeó a los dos y se dejó acariciar dócilmente.

–¿Te gustan los perros? –preguntó el barón.

–Ah, sí, mucho, mi abuela tiene uno en su chalet de Baden y cuando estamos allí, se pasa el día entero conmigo. Pero es sólo en verano, cuando vamos a verla.

–Nosotros tenemos en casa, en nuestra finca, creo que dos docenas. Si te portas bien aquí, te regalo uno. De color pardo con orejas blancas, muy joven. ¿Te gustaría?

El niño enrojeció de gusto.

–Oh, sí.

Le salió de golpe, ardoroso y ávido. Pero al momento, con miedo y como asustado, vino a trompicones la dificultad.

–Pero mamá no lo permitirá. Dice que no quiere tener perros en casa. Causan demasiado trastorno.

El barón sonrió. Por fin se detenía la conversación en la mamá.

–¿Es tu mamá tan estricta?

El niño reflexionó, alzó un momento la vista hacia él, como preguntando si podría confiar ya en aquel desconocido. La respuesta fue prudente:

–No, tan estricta no es mamá. Ahora, como estoy enfermo, me lo permite todo. Quizás me permita incluso tener un perro.

–¿Quieres que se lo pida yo?

–Sí, por favor, hágalo usted –dijo gozoso el muchacho–. Entonces mamá seguro que lo permitirá. ¿Y cómo es? Tiene las orejas blancas, ¿verdad? ¿Sabe traerte lo que le pides?

–Sí, sabe hacer de todo. –El barón no pudo menos que sonreír ante las chispas ardientes que había hecho saltar tan rápidamente de los ojos del niño. De golpe, el encogimiento inicial estaba roto y el apasionamiento contenido por el miedo brotaba a borbotones. Con la rapidez del rayo, el niño tímido y medroso de antes se había transformado en un muchacho desenvuelto. ¡Si la madre fuera también así, pensó involuntariamente el barón, tan ardiente tras su miedo! Pero el muchacho ya le asaltaba con veinte preguntas:

–¿Cómo se llama el perro?

–Karo.

–Karo –dijo exultante el niño. De alguna manera tenía que reír y que llenarse de júbilo ante cada palabra, completamente ebrio por la inesperada situación de que alguien lo acogiera con cariño. El propio barón estaba asombrado de su rápido éxito y decidió forjar el hierro caliente. Invitó al muchacho a pasear un poco con él, y el pobre chico, desde hacía semanas ansioso de contacto social, estaba entusiasmado con la propuesta. Sin advertirlo, soltó todo lo que su nuevo amigo quería sonsacarle con preguntas pequeñas, como casuales. El barón pronto lo supo todo sobre la familia, sobre todo que Edgar era el hijo único de un abogado vienés, de la acaudalada burguesía judía, evidentemente. Y pidiendo con habilidad más información, supo enseguida que la madre comentaba con muy poco entusiasmo la estancia en Semmering y que se quejaba de la falta de compañía agradable, y por la manera elusiva con que Edgar respondió a la pregunta de si su mamá quería mucho a su papá, creyó incluso poder deducir que también en eso la situación era mejorable. Casi se avergonzaba de la facilidad con la que había sacado del ingenuo muchacho todos esos pequeños secretos familiares, porque Edgar, orgullosísimo de que algo de lo que él contaba pudiera interesar a una persona mayor, casi obligaba a su nuevo amigo a aceptar su confianza. Su corazón infantil latía de orgullo –el barón le había pasado el brazo por el hombro durante el paseo– por que lo vieran públicamente en tal intimidad con una persona mayor, y poco a poco olvidó su propia infancia, charló con libertad, sin trabas, como con una persona de su edad. Edgar era muy inteligente, como hizo ver su conversación, algo precoz, como la mayor parte de los niños delicados de salud, que estaban mucho con gente mayor, y de una pasión extrañamente exaltada en su afecto o en su enemistad. No parecía tener una relación serena con nada, de cada persona o de cada cosa hablaba o bien con fervor o bien con un odio tan fuerte que le desfiguraba desagradablemente la cara, que parecía deforme o llena de maldad. Algo brusco e indómito, condicionado tal vez por la enfermedad recientemente superada, daba un ardor fanático a sus palabras y parecía que su desmañada forma de ser no era sino miedo, trabajosamente reprimido, al propio apasionamiento.

El barón ganó con facilidad su confianza. Sólo media hora y ya tenía en la mano ese corazón ardiente, que palpitaba intranquilo. Es tan facilísimo engañar a los niños, esos seres candorosos cuyo cariño se solicita tan raras veces. Sólo necesitaba olvidarse de sí mismo y trasladarse al pasado, la conversación con el niño se volvía tan natural, tan espontánea, que el muchacho también lo consideraba como igual a él y a los pocos minutos perdía toda sensación de distancia. Sólo estaba radiante de dicha por haber encontrado de pronto allí, en aquel lugar solitario, un amigo. ¡Y qué amigo! Olvidados estaban todos los de Viena, aquellos niños pequeños con sus vocecitas, con su charla inexperta, sus figuras habían quedado como borradas por este nuevo momento. Todo su entusiástico apasionamiento pertenecía ahora a su gran amigo, y su corazón se ensanchó de orgullo cuando éste, al despedirse, le invitó a volver a la mañana siguiente, y el nuevo amigo, ya lejos, le dio el adiós con la mano, como si fueran hermanos. Ese minuto fue tal vez el más hermoso de su vida. Es tan fácil engañar a los niños. El barón siguió con una sonrisa al muchacho, que se marchaba corriendo. Ya había conseguido el intermediario. Ahora el chico, eso lo sabía él, torturaría a su madre hasta el agotamiento contando sin pausa, repitiendo cada palabra; y recordaba satisfecho con qué habilidad había dejado caer en la conversación algunas lisonjas dirigidas a ella, cómo había hablado siempre de la «bella mamá» de Edgar. Para él estaba clarísimo que el comunicativo chaval no descansaría hasta haberle puesto en relación con su madre. Por su parte, él ya no tenía que mover un dedo para reducir la distancia que lo separaba de la bella desconocida, podía soñar tranquilo y contemplar el paisaje, porque sabía que dos cálidas manos infantiles le estaban construyendo el puente que lo llevaría a su corazón.

Terceto

El plan, como se puso de manifiesto una hora más tarde, era perfecto y dio resultado hasta en los últimos detalles. Cuando el joven barón, a propósito con algo de retraso, entró en el comedor, Edgar dio un salto en el asiento, saludó efusivamente con una sonrisa de felicidad y agitando la mano. Al mismo tiempo tiró de la manga a su madre, le habló con arrebato y excitación, señalando al barón con gestos llamativos. Ella, avergonzada y ruborizada, le reprendió por su comportamiento demasiado impulsivo, pero no pudo evitar mirar una vez hacia allá para cumplir la voluntad del chiquillo, lo que el barón aprovechó al momento para hacer una respetuosa inclinación de cabeza. Había empezado la relación. Ella tenía que dar las gracias, pero desde ese momento inclinó aún más la cabeza sobre el plato y evitó cuidadosamente durante toda la cena volver a mirar en la misma dirección. Muy distinto Edgar, que miraba constantemente, una vez trató incluso de hablarle desde la mesa, una improcedencia por la que al momento fue reprendido enérgicamente por su madre. Acabada la cena, se le indicó que tenía que ir a la cama, y entre su madre y él comenzó un afanoso cuchicheo, cuyo resultado final fue que con sus ardientes súplicas le fue permitido ir a la otra mesa y despedirse de su amigo. El barón le dijo unas cariñosas palabras, que otra vez hicieron brillar los ojos del niño, charló con él unos minutos. Pero de pronto, con un hábil giro, se puso de pie vuelto hacia la otra mesa, felicitó a la algo confusa vecina por su hijo tan listo y tan despierto, ponderó la estupenda mañana que había pasado con él –Edgar estaba presente, rojo de alegría y orgullo– y se informó al final sobre su salud tan detalladamente y con tantas preguntas concretas que la madre se vio obligada a dar respuesta. Y de ese modo entablaron una conversación bastante larga, que el muchacho escuchaba atento, feliz y con una especie de reverencia. El barón se presentó y creyó notar que su sonoro apellido causaba cierta impresión en la vanidosa señora. Como quiera que fuere, ella estuvo extraordinariamente amable, aunque no dejó de guardar las distancias y hasta se despidió pronto, por el chiquillo, como explicó para disculparse.

El chiquillo protestó enérgicamente: no tenía sueño y estaría dispuesto a permanecer despierto toda la noche. Pero su madre ya había ofrecido la mano al barón, que la besó respetuosamente.

Edgar durmió mal esa noche. Había en él una confusa mezcla de felicidad y desesperación infantil. Porque hoy había ocurrido algo nuevo en su vida. Por primera vez había intervenido en los destinos de personas adultas. Ya medio dormido, olvidó su propia infancia y se imaginó de pronto que era mayor. Hasta entonces, educado en el aislamiento y enfermo a menudo, había tenido pocos amigos. Para toda su necesidad de cariño no había nadie fuera de los padres, que se ocupaban poco de él, y de los criados. Y la intensidad de un amor siempre se mide mal cuando se la valora sólo por el motivo y no por la tensión que la precede, ese espacio, hueco y oscuro, de desengaño y soledad que hay antes de todos los grandes y notables hechos del corazón. Un sentimiento pleno y profundísimo había estado a la espera y se lanzó con los brazos abiertos al encuentro del primero que parecía merecerlo. Edgar yacía en la oscuridad, feliz y confuso, quería reír y tenía que llorar. Porque amaba a ese hombre como nunca había amado a un amigo, a su padre y a su madre y ni siquiera a Dios. Todo el ardor inmaduro de sus años tempranos abrazó la imagen de aquel hombre, que dos horas antes aún no sabía cómo se llamaba.

Pero era lo bastante sensato como para no sentirse agobiado por lo inesperado y singular de esa nueva amistad. Lo que sobre todo le desconcertaba era el sentimiento de que él no valía nada, de que no era nadie. «¿Encajo yo con él, siendo un niño de doce años que aún tiene la escuela por delante, y que por la noche ha de irse a la cama antes que todos los demás?», se preguntaba angustiado. «¿Qué puedo ser para él, qué puedo ofrecerle?» Precisamente esa incapacidad, que él sentía dolorosamente, de poder mostrar de una manera u otra sus sentimientos le desolaba. En otras ocasiones, cuando había hecho amistad con un compañero, lo primero era compartir con él las pocas cosas de valor de su pupitre, sellos y piedras, el infantil patrimonio de la infancia, pero todas esas cosas que todavía ayer eran para él de gran importancia y raro atractivo le parecieron de pronto carentes de valor, pueriles y despreciables. ¿Porque cómo podía ofrecer tales cosas a ese nuevo amigo, a quien ni siquiera se atrevía a devolverle el tuteo? ¿Dónde había un camino viable, una posibilidad de hacer ver sus sentimientos? Sentía cada vez más la tortura de ser pequeño, algo inacabado, inmaduro, un niño de doce años, y nunca había maldecido con tanta furia su condición infantil, ni había deseado tan ansiosamente despertar siendo otro distinto, tal como él se soñaba: grande y fuerte, un hombre, un adulto como los demás.

Con esos inquietos pensamientos se entrelazaron enseguida los primeros sueños dorados de ese nuevo mundo del hombre hecho y derecho. Edgar se durmió por fin con una sonrisa, pero el recuerdo de la cita del día siguiente socavó su sueño. Se despertó asustado ya a las siete con el miedo de llegar tarde. Se vistió a toda prisa, saludó a su asombrada madre, a quien por lo general le costaba trabajo sacarlo de la cama, en la habitación de ésta y, antes de que pudiera hacerle más preguntas, se lanzó escaleras abajo. Hasta las nueve fue impaciente de un lado a otro, olvidó que debía desayunar, con la única preocupación de no hacer esperar mucho tiempo al amigo para dar el paseo.