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Renunciar a la violencia tiene sus inconvenientes. Mark es el asesino a sueldo más peligroso del mundo. Su apodo, Caballo Pálido, infunde miedo en el frío corazón de todos sus rivales en cuanto lo oyen. Pero tras descubrir por las malas que la vida que ha llevado lo ha convertido en un monstruo, Mark decide dejarlo todo atrás. Con la ayuda de su padrino, Kenji, se une a un grupo de exasesinos que se reúnen en secreto para apoyarse mutuamente durante su rehabilitación. Sin embargo, en medio de su proceso, alguien lo ataca. Empujado de nuevo al oscuro mundo de la traición y el asesinato, herido y huyendo de Nueva York a Londres y de ahí a Singapur, Mark tiene que resolver el misterio de quién va a por él y por qué. ¿La Agencia habrá considerado que sabe demasiado y que hay que quitarlo de en medio? ¿Algún rival se habrá atrevido a atacar tras su decisión de dejar las armas? ¿Alguna de las miles de personas que podrían querer vengarse de él por fin habrá dado el paso? ¿Y cómo va a sobrevivir a esos ataques sin matar a nadie? En esta novela adictiva, inteligente y sorprendente, el asesino más letal del mundo renuncia a la violencia justo cuando empieza a verse acosado por unos misteriosos agresores. En una situación de matar o morir, si la primera opción queda fuera de la ecuación, ¿qué podrá hacer para defenderse a un asesino reformado?
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Seitenzahl: 426
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Este es para mí
«Todos los problemas del ser humano derivan de su incapacidad para estar a solas en una habitación.»
BLAISE PASCAL
«¿Por qué una oruga se envuelve en seda mientras se transforma en mariposa? Para que las otras orugas no puedan oír los gritos. El cambio duele.»
RORY MILLER, Meditations on Violence
Lower East Side, Manhattan, Nueva YorkEn el presente
La adrenalina es el mejor analgésico. Su efecto no dura mucho, pero en pleno arrebato violento, cuando una bala te atraviesa las entrañas o un cuchillo te raja la piel, es sorprendente lo poco que llegas a sentir.
Además, altera la percepción del tiempo. Para la mayoría de la gente, cuando el dolor brama para llamar la atención, como un bebé muerto de hambre, todo se convierte en un caos de extremidades y gruñidos. El mundo parece moverse al doble de velocidad de lo habitual mientras tú ves cómo se desata el infierno desde fuera, como si estuvieras suspendido en el aire, flotando sobre tu cuerpo.
Pero cuando llevas años dedicándote a esto, como me pasa a mí, el tiempo se convierte en algo que puedes girar, examinar detenidamente y manipular a tu antojo. Y así es como acabas preguntándote cosas sobre ti.
Como por qué estás tirado en un suelo de linóleo frío, rodeado de los trozos de una mesa plegable poco resistente y cubierto de café barato y restos de dónuts. O cuál de los pecados que has cometido ha provocado que apareciera ese hombre que te acaba de dar una patada en el pecho que te ha hecho salir volando.
Cuando me desperté esta mañana, pensé que no necesitaba ir a una reunión. Pero los días en que pienso eso son precisamente en los que tengo que ir. Así que me obligué a desplazarme hasta el sótano de la iglesia de santa Dimpna, en el Lower East Side. Es una iglesia diminuta, tan olvidada que hay quien diría que está abandonada, escondida en la zona salvaje que hay bajo el puente de Williamsburg.
Los detalles de la reunión no son importantes ahora.
Lo fundamental es impedir que este tipo me mate.
Es un tío muy alto, tanto que no puedo evitar preguntarme si tendrá que agacharse cada vez que cruza una puerta. Y diestro. No es corpulento, pero las venas de los brazos le sobresalen como las cordilleras en un mapa topográfico. Se le ve un tatuaje en el antebrazo izquierdo: un punto negro rodeado de otros cuatro, como el número cinco en un dado. Tiene una franja estrecha de pelo oscuro en medio de la cabeza, como la cresta de un mohicano, y el resto la lleva rapada. Va vestido con pantalones cargo, botas negras y un polar de color azul marino. Y reconozco esa mirada vidriosa y fría, porque la veo todas las mañanas en el espejo. Puede que sea ruso. No ha dicho ni una palabra todavía, pero esa patada, la postura y esa confianza casi arrogante me sugieren un entrenamiento en Systema.
Me levanto con dificultad y con cuidado de no resbalar con la comida que hay por el suelo. Está a unos tres metros de mí. Debería haber buscado dominarme cuando estaba en el suelo, pero no lo ha intentado hasta ahora. Lo que está haciendo es evaluarme, con una mirada de reconocimiento y entusiasmo.
Creo que sabe quién soy.
Lo que significa que está loco o sobrado de confianza.
—Podemos hablarlo —le digo, y miro los restos de comida—. Te ofrecería un dónut, pero ya llevan en el suelo más de cinco segundos.
Él sonríe elevando solo la comisura izquierda de la boca y dice entre dientes:
—Kozyol.
Definitivamente, ruso.
En cuanto el insulto sale de sus labios, se lanza a por mí a toda velocidad.
Demasiado rápido.
Tiene tantas ganas de demostrar algo que no se ha fijado en lo que hay en el suelo. Tres zancadas, pisa un dónut con glaseado de chocolate y resbala. Eso frena su impulso y me proporciona la oportunidad que necesito.
En rápida sucesión me agacho, agarro por el asa de plástico la jarra rota de la cafetera y lo ataco con el borde cubierto de fragmentos de cristal en un movimiento rotatorio dirigido a su pierna. Mi intención es alcanzarle detrás de la rodilla y cortarle algo importante que lo incapacite, porque necesito saber quién lo ha enviado. Aunque tampoco es que pueda matarlo.
Y menos aquí. Este es el peor lugar posible.
Pero se aparta en el último segundo y no logro alcanzarlo por un pelo. Ocurre lo mismo con mis tres ataques similares siguientes. Busco hacerle cortes que no sean letales, pero él cuenta con una rapidez propia del mejor Bruce Lee y solo ves dónde empieza y dónde acaba, pero no lo que hace en medio.
Ya estoy agotado. Tengo los músculos cubiertos de polvo y telarañas. Hace tiempo que no me pongo al límite. Intento cortarle la pierna otra vez, pero me lanzo con demasiada fuerza y pierdo el equilibrio. Él se impulsa, gira y me da una patada en un lado de la cabeza. Yo aprovecho la fuerza del golpe para hacer una voltereta en el suelo y volver a levantarme.
La adrenalina está haciendo su trabajo. El dolor está fuera, llamando a la puerta, pero la desorientación está dentro, instalada cómodamente y tomándose un té.
Apoyo bien los pies, esperando a que cargue. El cristal de la cafetera no es un arma eficaz, es demasiado frágil, pero algo es algo. Entonces, como no podía ser de otra manera, él se lleva la mano al cinturón y saca una navaja corta negra. Parece lo bastante afilada como para atravesar el blindaje de un tanque.
Otra señal de confianza. Podría haberme apuñalado en un primer momento; no lo he oído hasta que no estaba justo detrás de mí, y no hay en este mundo mucha gente que pueda alardear de haber conseguido algo así.
Pero lo que pretende es ponerse a prueba.
Mantiene el cuchillo detrás de él, donde no puedo agarrarlo para controlarlo ni quitárselo de la mano. Y ha colocado el antebrazo izquierdo lleno de venas por delante, para usarlo como escudo. Los cuchillos son peligrosos si están en manos de idiotas, pero no hay nada peor que alguien que sabe usarlos.
Está dando pequeños pasos para acercarse, valorando la distancia. Avanza un poco antes de retroceder, retándome a que intente cortarle otra vez. Yo he imitado su postura, con el antebrazo por delante y la muñeca hacia mí, para que no pueda alcanzarme en la parte de dentro, que es la vulnerable.
Estoy en total desventaja.
Lo que este tipo no sabe es que voy a hacer todo lo que esté en mi mano para no matarlo, aunque la parte más salvaje de mí ya esté rugiendo por las ganas que tiene de hacer justo eso.
Mientras él sigue haciendo su baile, yo aprovecho para respirar. Inspirar durante cuatro segundos, contener la respiración otros cuatro, exhalar cuatro más y mantener los pulmones vacíos los últimos cuatro. Me sirve para calmar mi sistema nervioso lo bastante para que pueda centrarme.
La cafetera no me sirve como arma, así que, cuando por fin decide atacar, se la tiro a la cara. Él se gira para protegerse los ojos y se tambalea un poco, y eso me permite acercarme agachado por su lado desprotegido e ir a por el cuchillo. Si puedo controlarlo, tal vez logre librarme de esta solo con unos cuantos cortes o alguna que otra punción leve y no acabe con esa navaja hundida hasta el mango en el pecho.
Consigo agarrarle la muñeca con una mano, le sujeto la mano del cuchillo con la otra y le empujo con el hombro para crear un poco de distancia y alejar el arma de mi cuerpo. A partir de ahí esto es una partida de ajedrez a ciento cincuenta kilómetros por hora. Si le clavo la rodilla en la parte de atrás de la suya, puedo tirarlo al suelo y controlarlo, obligándolo a que baje el brazo del cuchillo y utilizando mi posición ventajosa para mantenerlo ahí.
Pero es fuerte. Da un tirón enérgico hacia atrás, creando una oportunidad, y un momento después los dos estamos peleando por hacernos con el arma.
Mis dedos resbalan con algo húmedo y me cuesta mantener el agarre.
Entonces es cuando el efecto de la adrenalina me traiciona y el tiempo se vuelve confuso.
El caos de extremidades y gruñidos, una eternidad en un instante.
Él se aparta con cara de no poder creérselo.
Tiene las manos vacías. Pero yo también. Sé que el cuchillo no ha caído al suelo porque lo habría oído. Noto el corazón arrasado por la marea ácida del arrepentimiento.
Casi llego a un año.
Lo examino buscando el mango del cuchillo, esperando que sea una herida que no resulte mortal. Puedo aplicarle presión, llamar a una ambulancia, hacerle un torniquete… Lo que haga falta para salvarle la vida a este tío.
Pero no veo el cuchillo por ninguna parte.
Y él me está mirando el vientre.
Sigo su mirada y veo que el cuchillo está clavado junto a mi costado izquierdo.
—Oh, gracias a Dios —exclamo, y toco con cuidado los bordes de la herida.
Entonces es cuando aparece el dolor y rompe contra mí como una ola. Caigo al suelo. Ruedo para apoyarme en el otro costado y evitar que el cuchillo se clave más profundo. Todos los nervios de mi cuerpo cobran vida y el grito que no puedo evitar resuena en mis oídos.
Esa es otra cosa que tiene la adrenalina: es el mejor analgésico, pero no dura mucho.
Él se acerca a mí y pienso: «Ya está, se acabó». Me pregunto qué lo ha traído aquí, cómo me ha encontrado, por qué lo hace. Estaría bien que hiciera un bonito monólogo para contármelo, pero no parece de los habladores. Supongo que da igual. Podría llenar todo un estadio con la gente que me quiere muerto.
Y aunque no he completado todos los pasos, ni siquiera he llegado a las reparaciones; tal vez esto sea lo que me merezco: morir con dolor en el suelo de una iglesia.
El ruso se pone en cuclillas a mi lado y me cachea. Saca el cuaderno pequeño y gastado que llevo en el bolsillo del pecho, lo hojea y asiente. Parece satisfecho porque ha conseguido lo que venía a buscar. Entonces se agacha para acercarse a mi oído, tanto que noto el calor de su aliento, y dice:
—Muy decepcionante, kotenok.
Eso escuece. Kozyol significa «cabra», pero es más o menos la versión rusa de «cabrón». Kotenok significa «gatito».
Además, me ha apuñalado.
Y eso que, en general, este tipo es un gilipollas.
Me echo a reír al ver que mi ego es mi principal preocupación a pesar de que me estoy desangrando, pero creo que él no ha llegado a oírlo. Estoy casi seguro de que ya se ha ido. Ruedo para ponerme boca arriba y me quedo mirando los fluorescentes del techo, que emiten un leve zumbido. A pesar del dolor, me siento agradecido.
Morir con mi rehabilitación intacta me parece un logro.
Dicho esto, tal vez todavía tenga una oportunidad. Sale sangre de donde está el cuchillo, pero no veo burbujas ni huelo a heces, así que es posible que no me haya atravesado los intestinos. Lo único que tengo que hacer es dejar el cuchillo clavado para que lo retenga todo en su sitio hasta que encuentre a alguien que me ayude.
El cuchillo es lo único que me mantiene con vida; es como contener lo que hay dentro de una presa con un dedo.
Oigo pasos detrás de mí. El ruso vuelve a aparecer en mi campo de visión y se despide burlonamente con la mano, moviendo los dedos. Después se agacha, agarra el cuchillo y le da un tirón para arrancármelo. El dolor produce una sobrecarga en mi sistema hasta el punto de que lo veo todo borroso.
—Hasta pronto —dice el ruso.
Me aprieto la herida con la mano.
La sangre caliente resbala entre mis dedos.
Esto no era lo que yo pensaba que me depararía el día de hoy.
«MATHILDA: ¿La vida siempre es así de dura, o solo cuando eres niño?
LEÓN: Siempre es dura.»
El profesional (León)
West Village, ManhattanEse mismo día, horas antes
Salta el temporizador y su sonido estridente me saca bruscamente del trance inducido por el golpeteo rítmico de la comba. Me agacho para coger el teléfono de la superficie del tejado y lo meto en el bolsillo de la sudadera con capucha. Después miro los tejados del West Village y lleno mis pulmones con el aire frío.
Hace un día precioso.
Bajo las escaleras para volver a mi apartamento y cuelgo la comba de un gancho junto a la puerta. P. Kitty se acerca parsimoniosamente a su comedero, que está en la cocina, y maúlla indignado, exigiendo su tributo. Saco una lata de corazón e hígado de pollo en trocitos, la vuelco en su plato y le rasco un poco esa cabezota hueca naranja mientras se lanza a por la comida.
Una parte de mí quiere que me tome una noche de descanso, en la que no tenga que procesar emociones profundas, y que me quede en casa a ver películas, pero Kenji me está esperando en Lulu’s y no quiero dejarlo plantado. Eso es suficiente para activarme. La temperatura ronda los menos seis grados, pero los diez minutos de comba me han hecho sudar a pesar del frío, así que me meto en la ducha, me seco y me visto. Después le relleno el cuenco del agua a P. Kitty. Se ha comido la mitad de la lata y luego se ha ido a acomodarse en el sofá, donde se ha hecho una bola y ahora es una masa informe cubierta de pelo naranja.
—Nada de fiestas mientras esté fuera —le advierto.
El gato ni se mueve.
Cojo la bolsa de basura y me dirijo a la puerta, pero justo en ese momento me doy cuenta de que me olvido el cuaderno. Lo he dejado encima de mi ejemplar, estropeado y muy manoseado, del Libro Grande (el manual de Alcohólicos Anónimos), que está en su lugar especial, junto a la grulla de papel que Kenji me dio en Praga años atrás. Me guardo el cuaderno en el bolsillo de la chaqueta y me siento un poco más seguro.
La ventana está abierta una rendija (en el apartamento se acumula el calor y se vuelve un horno); aunque me parece demasiado estrecha para que P. Kitty se escape por ella, prefiero correr el riesgo a volver y encontrarme el piso convertido en una sauna, de modo que la dejo así.
Bajo una planta y llamo a la puerta del apartamento que está justo debajo del mío. Oigo ruido al otro lado, la puerta se abre un poco y asoma un ojo más o menos a la altura de mi pecho. Me reconoce, y la señora Nguyen abre la puerta. Lleva un grueso albornoz, zapatillas peludas y el pelo canoso peinado hacia atrás y sujeto con una cinta del pelo.
—Recogida de basura —digo.
Me sonríe y me da una bolsa pequeña de plástico blanco con un nudo muy bien hecho en la parte superior.
—Eres un ángel.
—Es lo menos que puedo hacer, teniendo en cuenta que usted le da de comer al gato cuando estoy fuera. Pero tiene que dejar de cebarlo. Se está poniendo gordo.
—No está gordo, es que tiene los huesos grandes —replica ella—. Y si va por ahí pidiendo comida es que tiene hambre. No le das de comer lo suficiente.
—Creo que estamos de acuerdo en que no nos vamos a poner de acuerdo.
—¿Quieres que lo cuide en Navidades? ¿Te vas a alguna parte?
—Voy a estar en el mismo sitio que todos los años: en el piso de arriba, bebiendo whisky y viendo Qué bello es vivir.
—¿No tienes familia? ¿Novia? —pregunta—. ¿O novio?
Me encojo de hombros.
—No me gusta la Navidad. No me regalaron la bici de montaña que quería cuando era niño y desde entonces la cosa no ha hecho más que empeorar.
—Vale, Scrooge. Yo voy a hacer galletas de almendra para mi hijo y mis nietos en Nochebuena, por si quieres pasarte. —Enarca una ceja—. Me vendrían bien un par de manos fuertes.
—Por muchas veces que intente tirarme los tejos, ya se lo he dicho: no me voy a acostar con usted.
Se echa a reír y levanta la mano para darme una palmadita en el pecho.
—Más te gustaría. Gracias por llevarte la basura, Mark.
—Hasta mañana —me despido, y me dirijo a las escaleras—. Y deje de darle comida a mi gato a escondidas.
—Pues deja tú de matarlo de hambre —grita cuando ya le he dado la espalda.
Llego a la calle, tiro la basura en los contenedores y me encamino hacia el Lower East Side. Normalmente iría andando, pero hoy prefiero coger la línea F, así que me abro paso entre la gente para llegar a la estación de la Cuarta Oeste, bajo corriendo las escaleras del metro y logro subir a un vagón justo cuando se están cerrando las puertas.
Y, cómo no, ahí está Smiley.
Es un viejo conocido del barrio. No siempre va en la línea F; lo he visto en la A y en la 1 también. Tal vez viva por aquí cerca, aunque es posible que esta zona solo sea su coto de caza. Como siempre, se balancea desacompasado con el bamboleo del vagón del metro, aferrado a una botella medio vacía de Hennessy, y no deja de soltar fanfarronadas propias de los veintitantos años que debe de tener. Lleva el pelo desgreñado grasiento y llaman la atención las cicatrices que tiene en la cara. Una de ellas le cruza la mejilla, y por eso da la sensación de que siempre está sonriendo de una forma grotesca.
Yo normalmente lo ignoro. La mayoría de las personas que van liándola en el metro son indigentes o tienen alguna enfermedad mental, y a mí me dan pena; la ciudad invierte miles de millones de dólares en la policía, que no hace más que acorralarlos, acosarlos y darles palizas. Y ese dinero lo consiguen tras recortar la financiación de las agencias que se ocupan de los indigentes y velan por su salud mental, los sitios donde realmente podrían ayudarlos.
En general, son básicamente un peligro para sí mismos. Si los ignoras, te dejan en paz, aunque siempre puedes cambiarte de vagón o esperar al siguiente metro.
Aunque eso es fácil de decir desde mi posición.
Pero ahora mismo está hablando con una morena joven y guapa que lleva botas caras de cuero y un plumas blanco, pero ella no quiere saber nada. De hecho, está acurrucada de tal forma que parece que le gustaría desaparecer. Se respira miedo en el vagón y la gente mira para otro lado, como si no ver lo que pasa sirviera para que nadie tuviera que sentirse culpable.
Me acomodo en el asiento vacío que hay al lado de la chica y miro a Smiley.
—Oye, tío, ¿cuál es tu helado favorito?
El disco que tiene en su cabeza se raya y pierde el hilo.
—¿De qué coño hablas, tío? —responde.
—¿Cuál es el mejor sitio para comprar comida por aquí? Yo voy a Dags, pero es un poco caro.
—Oye, estábamos hablando —asegura, y va a darle un trago a la botella, pero se queda mirándola sorprendido cuando se da cuenta de que ya está vacía.
—A mí no me parecía una conversación, pero me he dado cuenta de que tenías ganas de hablar, así que se me ha ocurrido venir a charlar contigo. ¿Cuál es la última película buena que has visto?
La andanada de preguntas consigue exactamente lo que pretendía: confundirlo e irritarlo, pero no le resulta lo bastante agresiva como para enfadarlo.
Entonces se abren las puertas en la estación de Broadway-Lafayette y le doy un leve codazo a la mujer. Ella se lo piensa un segundo y después se baja del metro. En cuanto lo hace, me levanto y me coloco entre Smiley y la salida, para que no pueda ir tras ella.
Las puertas se cierran y él me empuja. No lo ha hecho con fuerza, pero no ofrezco resistencia y me aparto para crear un poco de distancia entre los dos y poder verle bien las manos. Un tipo al que le han rajado la cara de esa forma seguro que lleva una navaja como consecuencia de ese recuerdo. Es una suposición preventiva: no pierdo nada si me equivoco, pero gano mucho si no.
Por ejemplo, consigo que no me apuñale.
—¿Sabes quién soy? —pregunta.
—No —contesto—. Yo me llamo Mark. ¿Cuál es tu color favorito?
—El rojo —responde—. Y voy a verlo todo de ese color como no te quites de en medio.
—Vaya, pues mejor no —digo, haciendo todo lo posible por evitar la sonrisita peligrosa que están a punto de formar mis labios.
Intenta darle otro trago a la botella (que sigue vacía) mientras piensa qué hacer a continuación. El metro reduce la velocidad para detenerse en la Segunda Avenida. Estoy empezando a pensar que esto ha sido un error por mi parte. No me arrepiento de haber redirigido su atención hacia mí, pero seguramente debería haber tenido más mano izquierda. Pero en cuanto las puertas se abren, dice entre dientes «gilipollas» y se baja.
Cuando se cierran de nuevo, unas cuantas personas aplauden. Yo se lo agradezco con un gesto de la cabeza, orgulloso por haber mantenido la calma y un poco irritado porque nadie intervino antes de que lo hiciera yo. Pero por encima de todo me encuentro luchando contra ese impulso, propio de una masculinidad tóxica, que me hace querer seguir a Smiley y preguntarle: «¿Y tú sabes quién soy yo?», hasta que al final logro controlarlo.
Los copos de nieve caen flotando al otro lado de la ventana del restaurante. No nieva lo bastante para que cuaje, pero sí para que cuente como la primera nevada propiamente dicha del invierno. Al otro lado de Delancey, visible a pesar del flujo constante del tráfico, hay un arbolito pelado adornado con lucecitas de colores. La imagen me parece triste: el pobre árbol ahí solo, haciendo lo posible por arrojar luz en una ciudad oscura e indiferente, pero podría ser solo un reflejo.
Para recuperar mi atención, Kenji le da unos golpecitos a mi cuaderno, que he sacado muy obedientemente, pero que muy díscolamente no me he molestado en abrir. Tiene el pelo canoso largo recogido en un moño en la parte superior de la cabeza, y en su cara veo, como siempre, esa media sonrisa que parece su respuesta para alguien que acaba de contar un chiste que no es del todo gracioso: aunque no tiene suficiente gracia como para que suelte una carcajada, sí la justa para ganarse su respeto.
—¿Qué tal vas con el paso ocho? —pregunta.
Le doy un sorbo a esa agua sucia con sabor a café y me encojo de hombros.
—Se acerca el día de Navidad. ¿Vamos a hacernos regalos? Porque, si me has comprado algo, no quiero aparecer con las manos vacías y sentirme como un imbécil.
—¿Mark?
—Mi talla de camiseta es la M. Y tengo muchos accesorios de cocina, no necesito más.
—¿Maaark? —insiste Kenji, alargando mi nombre con una voz grave de barítono, como si estuviera regañando a un niño.
—Estoy en ello —contesto.
Kenji se ríe por lo bajo, se recuesta en su taburete y mira alrededor para asegurarse de que no haya nadie cerca que pueda oírlo. Aparte de un hombre mayor sentado en una de las mesas en un extremo del restaurante, que prácticamente se confunde con su traje marrón casi en descomposición mientras hace el crucigrama del New York Times, en el restaurante solo estamos nosotros dos y la propietaria, Lulu. Es un local estrecho y pequeño de estilo vagón de ferrocarril, lleno de cromo, madera de imitación y polvo. La comida es buena, pero la privacidad es lo mejor.
—¿Qué pasa? —pregunta Kenji—. Estás distraído.
Le cuento lo de Smiley: que debería estar orgulloso por haber controlado la peligrosidad de la situación, pero que lo que quería de verdad era golpearle la cabeza hasta reventársela y que las esquirlas de sus huesos me cortaran los nudillos.
—Si buscas reafirmación, no hay problema. —Kenji me da una palmadita en el hombro—. Estoy orgulloso de ti.
—Gracias, papá.
—Sé que no hago más que repetírtelo, pero es que resulta fácil de olvidar. El cambio no es algo que eliges solo una vez; tienes que hacer la misma elección al despertarte cada día…
Kenji se queda callado cuando Lulu aparece a nuestro lado. El pelo pelirrojo ya se le está volviendo blanco y sus ojos verdes de mirada dura brillan detrás de unas gafas de montura de color rojo con forma de ojo de gato. Levanta una jarra de cafetera de cristal llena de café y nos rellena la taza a ambos sin decir ni palabra. Después vuelve junto a la caja registradora, donde se pone a revisar papeleo.
—No es fácil —continúa Kenji en voz un poco más baja. Con la mano derecha se acaricia el colorido y complejo tatuaje que le cubre prácticamente todo el antebrazo izquierdo: la cola de un dragón, que va unida al cuerpo que envuelve todo el torso de Kenji; la cabeza le ocupa toda la espalda. Tiene la costumbre de tocarse el tatuaje cuando recuerda su vida anterior.
—La idea de ir a ver a la gente y sentarme con ella… —Le doy otro sorbo al café, esperando que el líquido caliente me suelte un poco el nudo que noto en la garganta.
—¿Te acuerdas de lo que te dije hace años? —pregunta Kenji, haciendo girar la taza sobre su plato.
—La voluntad —contesto.
—Yo estuve haciendo una reparación del daño hace dos noches —cuenta—. Encontré a una antigua novia de alguien que ahora vive aquí, en Passaic. —Deja la taza y cierra la mano—. Tiene un restaurante. Fusión japomexicana, sea lo que sea eso.
—¿No quiso compensarte invitándote a algo?
—Fui a la hora de cerrar.
—¿Y le contaste lo que hiciste sin más?
Kenji asiente.
—Pareció un poco alterada al principio, asustada también, pero me escuchó. Cuando terminé, me dijo que no me perdonaba, pero que había pasado tanto tiempo que ya no me guardaba rencor. Me aseguró que había dejado atrás ese dolor hacía mucho tiempo y que ahora debía cargar yo con él. Y me pidió que me fuera y no volviera por allí nunca más.
—¿Y cómo te sentiste? —pregunto.
—En el momento, incómodo —confiesa—. Pero cuando iba de vuelta al metro me sentí aliviado. Tenía que hacerlo. —Le da un largo trago al café—. Cuantas más veces lo haces, más fácil se vuelve.
Me río al oír eso. La idea de que cualquier parte de este proceso se vuelva fácil me resulta ridícula.
Aunque la verdad es que le estoy mintiendo a Kenji. Hace tiempo que ya tengo preparado lo necesario para el paso ocho: la lista de gente a la que debería ofrecerle una reparación del daño.
Pero el paso nueve implica hacer esas reparaciones.
Y eso significa admitir que esas cosas han ocurrido.
—Pero hay algo que no entiendo —digo—. El paso nueve dice que debemos hacer las reparaciones directamente a cuantos nos sea posible, excepto cuando hacerlo implique perjuicio para ellos o para otros. Si ocurre eso, entonces podemos hacer esa reparación en nuestra vida en general, simplemente viviendo una vida mejor. Una vida de servicio. ¿Pero por qué no trata todo el programa de eso? ¿Cómo puede no implicar un perjuicio ponerte delante de alguien y soltarle una cosa como esta? Es como arrancar la costra de una herida. Ponemos a esas personas en una posición… ¿Y si quieren venganza?
Con esa media sonrisa en la cara de nuevo, Kenji comenta:
—Hablas como todas las personas que no quieren iniciar el paso nueve.
Tengo las manos apoyadas en la barra, como si estuviera intentando aferrarme a ella para no alejarme flotando. Esas manos que han causado tanto daño, que han hecho que mi lista del paso ocho sea tan tremendamente larga. Kenji parece notar el cambio en el ambiente y me cubre la mano izquierda con su derecha, para mantenerme con los pies en el suelo. El instinto me pide que aparte la mano, pero le agradezco la intimidad del gesto.
Sobre todo porque sus manos han hecho las mismas cosas que las mías.
—Eres mi cuarto apadrinado —recuerda—. Dos abandonaron. Y al otro su pasado volvió para pasarle factura. Tú has ido avanzando por los pasos muy decidido. Los has aceptado con buena disposición. Pero has llegado aquí y te has encontrado con un muro. No quiero perder a otro. No te olvides de que esto es un acto de bondad; no solo con la gente de tu lista, sino también contigo. Lo que estás haciendo es aprender a perdonarte a ti mismo.
—Lo sé —reconozco—. Me estoy empeñando en hacerlo difícil.
—Mucho.
Inspirar cuatro segundos, contener otros cuatro, exhalar cuatro más y mantener los pulmones vacíos los últimos cuatro.
Tiene razón. Pasar el noveno paso significa que puedo terminar el programa y algún día… Bueno, la verdad es que no espero llegar a perdonarme del todo, ni encontrar una especie de paz interior, pero tal vez pueda volver a dormir por las noches o llegar a odiarme un poco menos.
Y quizá eso sea suficiente.
La campanilla de la puerta tintinea a nuestra espalda. Entra una pareja joven que sostiene a la altura de los ojos un teléfono al que miran sin parar de sonreír, como dos lunáticos. Él lleva un gorro negro y una bufanda andrajosa enroscada con cierta elegancia alrededor del cuello y ella, unas gafas gruesas y grandes, un abrigo rosa con mucho pelo y la cabeza rapada.
—En el episodio de hoy de Restaurantes por descubrir vamos a visitar Lulu’s Diner —dice el hombre—, que está tan fuera del mapa que ni siquiera tiene página de Yelp y…
Lulu chasquea los dedos y con eso consigue que él deje de hablar. Sin apartar el boli del papel en el que está escribiendo, ni levantar la vista, señala hacia la puerta y ordena:
—¡Fuera!
Los dos se quedan parados en el umbral con la puerta abierta. El aire helado de diciembre desplaza el calor del interior. Ninguno de los dos sabe qué decir y nos miran como si pudiéramos ayudarlos.
Yo encojo solo un hombro y les digo:
—Yo no la cabrearía.
Y sin decir nada más, ambos se van.
Justo por eso venimos nosotros a Lulu’s.
Me doy cuenta de que Kenji no ha apartado su mano de la mía. Los dos nos fijamos en el punto del contacto, después nuestras miradas se cruzan y nos echamos a reír. Es la válvula de escape que necesitábamos en ese momento.
Él va a sacar la cartera, pero yo llevo en el bolsillo un billete de cincuenta dólares doblado y listo para sacarlo rapidísimo. Lo dejo en la barra con un golpe y él suspira.
—Por favor… —empieza a decir.
—Déjalo, tío.
Kenji valora la costumbre y la tradición, y por eso no le gusta que siempre pague yo. Pero yo abandoné mi vida anterior con un colchón económico considerable. Él lo dejó todo con una mano delante y otra detrás y empezó de cero.
—Gracias —responde, y me hace una leve reverencia—. Y sí, creo que sería un buen detalle hacernos regalos este año. Hace mucho tiempo que no los hago.
—Oh, no me hagas caso, era broma, solo quería seguir poniendo las cosas difíciles. Una vez más. Después de lo que pasó la Navidad pasada…
—Tal vez deberíamos coger ese mal recuerdo y sustituirlo por uno bueno —propone.
Siento dos cosas a la vez: vértigo ante la perspectiva de hacer algo tan normal como hacernos regalos y también una vergüenza corrosiva por lo que pasó la última vez que envolví un regalo de Navidad.
Pero me parece otro pequeño paso en el camino que lleva al tipo de vida que quiero construir.
Esa vida en la que pasan cosas normales.
—Pongamos un límite de gasto: cincuenta dólares. ¿Te parece bien? —pregunto.
—Sí.
Nos levantamos y nos ponemos los abrigos. No sé si Lulu se fija o no, pero le grito para que me oiga desde el otro extremo del restaurante:
—Oye, Lu, ya casi es Navidad. Tal vez deberías decorar esto un poco.
—Ajá —dice, o eso creo.
Kenji señala a la puerta.
—Vamos. Todavía tenemos que ir a por los dónuts.
El sótano de la iglesia tiene poco mobiliario, pero es lo bastante grande para que quepan unas cuantas docenas de personas cada vez que hay una fiesta o un evento para recaudar fondos. La cafetera borbotea junto a una caja abierta de dónuts en una mesita plegable colocada en un rincón. Las paredes son del mismo azul que un huevo de petirrojo y el suelo es blanco y negro como un damero. Parece que el lugar se ha quedado congelado en el tiempo en algún momento de 1982.
Kenji se inclina un poco para colocar un aparato plateado del tamaño de un pintalabios en la mesita que tiene delante; ese dispositivo evita que nos oigan o nos graben desde fuera de este espacio. Al lado está su ejemplar del Libro Grande, todavía más estropeado que el mío. Ese solo se mantiene unido gracias a una gruesa goma elástica azul que evita que las páginas se desparramen.
—Bienvenidos a Asesinos Anónimos —saluda—. Me llamo Kenji y soy asesino.
Kenji nos mira a todos, uno por uno. Somos cinco y estamos sentados en sillas plegables metálicas marrones bajo unas luces fluorescentes que emiten un zumbido constante.
Valencia lleva una camisa roja de franela y vaqueros. Tiene el pelo negro azabache muy corto y despeinado, como si acabara de salir de la cama. Y parece que estuviera oliendo algo repugnante; esa es su expresión facial habitual.
Booker tiene una pinta que anuncia a gritos «soldado»: rapado, tatuajes de tribales negros que decoran su piel enrojecida y botas y pantalones militares. No hace más que examinarlo todo, esperando que ocurra algo que le dé una excusa para explotar.
Stuart es el más joven del grupo, con mucha diferencia, al menos una década, y viste como alguien incluso más joven que eso: sudadera negra holgada y pantalones cargo caídos. Está encaramado en la silla como un animal que sobrevive robándoles la comida a depredadores más grandes.
—Asesinos Anónimos —continúa Kenji— es un grupo de hombres y mujeres que comparten su experiencia, su fuerza y su esperanza para resolver el problema que los trae aquí a todos y para ayudarse entre ellos a recuperarse. El único requisito para formar parte del grupo es querer parar. No estamos vinculados a ninguna secta, denominación, partido político, organización ni institución; nuestro propósito principal es dejar de matar y ayudar a los demás a hacer lo mismo.
»A las reuniones de Asesinos Anónimos no está permitido acudir con armas. Tampoco se permite mostrar afiliaciones políticas relacionadas con nuestra vida anterior. Si a alguno de nosotros se lo conocía por algún apodo o alias, no lo utilizará aquí. Compartiremos nuestras historias, pero camuflando los detalles dentro de lo posible. Si alguien quiere traer a algún nuevo miembro, este tendrá que recibir previamente una aprobación expresa para poder incorporarse. Estas medidas son para protegernos a todos, no solo de gente ajena que pueda tener algún interés, sino también de los demás asistentes.
Lo dice muy en serio. Cuentan por ahí que hace unos años, en un grupo de Los Ángeles, dos asesinos a sueldo profesionales revelaron sus alias y descubrieron sin pretenderlo que habían pasado décadas jugando al ratón y al gato. Y antes de que acabara la reunión había cuatro personas muertas.
El anonimato es un componente importante de cualquier proceso de rehabilitación, pero sobre todo en nuestro caso.
—Valencia, ¿podrías recordarnos tú los pasos? —pide Kenji.
Valencia se revuelve en su asiento y cierra los ojos, tomándose un momento para recordar las palabras. En una reunión de Alcohólicos Anónimos normal estarían escritos en unos folios que se repartirían para que todos pudieran leerlos, pero en nuestro caso preferimos que no haya nada por escrito.
—¿De verdad tenemos que hacer esto todas las veces? —se queja Booker.
Pero Kenji no se molesta; es que Booker es así.
—Recordad que tenemos los pasos para evitar acabar con nuestra vida y las tradiciones para no terminar con la de los demás. ¿Valencia, por favor?
Booker resopla, se quita el rosario con cuentas de madera que lleva colgado del cuello y se envuelve la mano izquierda con él, como hace al inicio de todas las reuniones. Me siento tentado de señalar la ironía que eso supone, pero no es el momento. Valencia comienza:
—Uno: admitimos que éramos impotentes, que nuestras vidas se habían vuelto ingobernables.
»Dos: llegamos a creer que un poder superior a nosotros mismos podría devolvernos el sano juicio.
»Tres: decidimos poner nuestras voluntades y nuestras vidas al cuidado de un poder superior, como nosotros lo concebimos.
»Cuatro: sin miedo, hicimos un minucioso inventario moral de nosotros mismos.
»Cinco: admitimos ante el poder superior, ante nosotros mismos y ante otro ser humano la naturaleza exacta de nuestros defectos.
»Seis: estuvimos enteramente dispuestos a dejar que el poder superior nos liberase de todos estos defectos de carácter.
»Siete: humildemente le pedimos al poder superior que nos liberase de nuestros defectos.
»Ocho: hicimos una lista de todas aquellas personas a quienes habíamos ofendido y estuvimos dispuestos a reparar el daño que les causamos.
»Nueve: reparamos directamente a cuantos nos fue posible el daño causado, excepto cuando el hacerlo implicaba perjuicio para ellos o para otros.
»Diez: continuamos haciendo nuestro inventario personal, y cuando nos equivocábamos, lo admitíamos inmediatamente.
»Once: buscamos a través de la oración y la meditación mejorar nuestro contacto consciente con el poder superior, como nosotros lo concebimos, pidiéndole solamente que nos dejase conocer su voluntad para con nosotros y nos diese la fortaleza para cumplirla.
»Doce: habiendo obtenido un despertar espiritual como resultado de estos pasos, tratamos de llevar este mensaje a otros como nosotros y de practicar estos principios en todos nuestros asuntos.
Oír los pasos siempre tiene el mismo efecto en mí: surgen en mi interior muchas ganas de completarlos y, a la vez, un terror absoluto solo de pensarlo.
Valencia continúa:
—Ninguno de nosotros ha podido mantenerse apegado a estos principios en forma ni siquiera aproximada a la perfección. No somos santos…
Esta frase siempre provoca unas cuantas risitas.
—Lo importante es que estamos dispuestos a desarrollarnos de una manera espiritual —concluye.
Valencia mira a Kenji y este asiente.
—Gracias —dice—. Y ahora…
La mano de Stuart se levanta a la velocidad que lo haría la del alumno favorito del profesor.
—Stuart —dice Kenji, mirándome—, tenemos otro asunto…
—Bah, no pasa nada. Tampoco hay prisa —intervengo.
Stuart se retuerce las manos en el regazo.
—Vale, es que yo…
—Ya estamos con esta mierda otra vez —murmura Booker, y mira a los demás como diciendo: «Venga ya, ¿no?».
Stuart se calla al instante y fija la mirada en el suelo.
—Booker, ya sabes que nosotros no hacemos las cosas así —interviene Kenji con calma, pero también con firmeza—. Todo el mundo puede compartir lo que quiera sin sentirse juzgado. El único requisito es querer parar.
—Es que… —empieza a decir Booker, sacudiendo la mano llena de cicatrices en dirección a Stuart—. Es un friki, ¿vale? Todos lo pensamos. No me gusta que esté aquí sentado. Lo que hicimos nosotros fue contra gente que también estaba metida en el ajo. Yo mataba señores de la guerra y terroristas, no gente inocente. —Mira a Stuart—. ¿Pero cómo demonios te enteraste de que existíamos? Este grupo se llama Asesinos Anónimos, no Psicópatas Anónimos.
Kenji me mira, esperando que intervenga. Otra diferencia con una reunión normal de Alcohólicos Anónimos, donde la gente puede hablar todo lo que quiera sin que nadie interrumpa, es que nuestras reuniones muchas veces se acaban convirtiendo en una especie de sesiones de terapia de grupo.
—¿Mark? —dice Kenji.
La atención de Booker se centra en mí.
Stuart se atreve a mirarme.
—Un par de cosas, Booker —empiezo—. Primero, sabes tan bien como yo que Kenji le dio su aprobación a Stuart tras el proceso de admisión, como ha sucedido con todos los demás. Segundo, también aceptamos a matones, y ellos no son asesinos. Tú tienes derecho a tener tus sentimientos al respecto, pero ya hemos tenido esta conversación más de una vez. Lo que hicimos nosotros fue por dinero, por placer, o porque es lo único que se nos da bien. Stuart —continúo señalando al chico agazapado— tiene una verdadera compulsión, el tipo de conducta que normalmente se asocia con la adicción, lo que significa que este es el mejor lugar para él. Que esté aquí significa que alguien sigue con vida. ¿Quieres que excluyamos a los mercenarios también? Porque entonces quedarían fuera los soldados que se pasaron a trabajar para empresas militares de seguridad privada…
Booker tensa involuntariamente los músculos de los antebrazos. He deducido ese dato por lo que ha compartido en las reuniones, y es obvio que no le gusta que haya identificado su área de trabajo. Los soldados son los más fáciles de detectar: los delatan sus bravuconadas.
—Pero aquí todos estamos intentando mejorar —insisto—. Así que creo que deberíamos apoyar a Stuart, no machacarlo.
—Lo que tú digas —murmura Booker, y cruza los brazos.
Miro a Valencia. Ella es la que más me ha costado encasillar, porque no habla mucho. Booker es un soldado que se convirtió en mercenario. Kenji, un sicario de la Yakuza. Stuart es Stuart. Pero lo único que puedo decir de Valencia es que es mexicana y que no se comporta como si fuera militar o policía, así que he supuesto que tuvo algo que ver con los cárteles.
—¿Qué dices tú, Valencia? —pregunto.
—A mí me parece que hay demasiadas interferencias —dice, mirando más allá del círculo que formamos, a la pared, aunque es como si no la viera.
—Es cierto, volvamos a la reunión. —Le guiño un ojo al chico—. ¿Qué tienes que contarnos, Stuart?
—Bueno… —empieza, sin apartar la vista del suelo, y se abraza como para reconfortarse—. Anoche fui a un bar cerca de mi apartamento porque me gustan las patatas fritas que hacen allí. Las hamburguesas son regulares, pero las patatas están ricas. Así que pedí una ración y la camarera… era mi tipo. —En su boca aparece una sonrisita.
Creo que todos nos quedamos helados al oírle decir eso de «su tipo».
Sigue hablando, cada vez más rápido.
—Vivo en Astoria, así que el barrio normalmente está bastante tranquilo cuando cierran los bares. Podría haberla seguido para enterarme de dónde vive. O haber hablado con ella para sonsacarle información personal. Siempre se me ha dado bien lo de conseguir que la gente se abra. Pero no lo hice. Me comí las patatas, pagué la cuenta y volví a casa.
Kenji aplaude con entusiasmo y el resto hacemos lo mismo, aunque con algo menos de intensidad.
—Muy bien, Stuart —dice—. ¿Y cómo te sentiste?
Él ladea la cabeza y se clava el pulgar de la mano izquierda en la palma de la derecha.
—Sigo preguntándome qué tal quedaría su cabeza en mi nevera, con una manzana en la boca. Pero lo importante es que todavía la tiene sobre los hombros, ¿no?
Noto que la incomodidad se extiende por la habitación, así que vuelvo a aplaudir. Nadie me sigue, pero no me importa. Al menos he conseguido romper ese silencio.
—Día a día, colega —lo animo—. Día a día.
Booker murmura algo que no logro distinguir.
Kenji suspira y dice:
—Gracias, Stuart. Bien, quiero deciros que nuestra siguiente reunión va a ser especial…
Una oleada de calor me invade el cuerpo. No importa la edad que tengamos, en el fondo todos seguimos siendo como niños que quieren que su profesor les conceda una estrellita.
—A Mark le faltan solo unos pocos días para cumplir su primer año —anuncia Kenji.
Al oír esto todos aplauden, esta vez con más ganas que cuando lo hicieron con Stuart.
Kenji tiene el récord de antigüedad allí: cinco años y pico. Valencia lleva cuatro y Booker, más de tres. Stuart es nuevo, solo lleva unos meses, lo que supone que está en un momento delicado de su recuperación, y por eso quiero apoyarlo.
Todos me miran atentos, esperando a que diga algo.
—Casi no me lo puedo creer. —Saco del bolsillo mi último premio: la chapa de los seis meses. La inscripción ya casi no se lee, porque la superficie de plástico duro está muy gastada por todas las veces que he necesitado frotarla entre los dedos para recordarme que es real—. Justo hoy he estado pensando que hay cosas que no desaparecen, como la memoria muscular. Y eso me ha hecho preguntarme: ¿de verdad puedo cambiar? Pero supongo que no importa si puedo o no; lo fundamental es que estoy dispuesto a hacerlo. —Levanto la vista y los miro a todos, uno por uno—. Y quiero decir que me siento agradecido por teneros a todos vosotros. Nadie entiende las consecuencias que tiene arrebatar una vida, cómo te destroza. Después viene cuando te acostumbras, y eso te arrasa aún más. Y al final se convierte solo en un trabajo. Cuando ves a los asesinos a sueldo en las películas parece que esta profesión tiene algo de noble, pero la realidad es que solo somos herramientas para que alguien con poder consiga aún más del que tiene. Puedo decir con total sinceridad, aunque todavía tengo mis problemas con esa programación que tengo tan arraigada, que no echo de menos matar. Y eso me hace sentir bien. Os lo agradezco desde lo más profundo de mi corazón, pedazos de escoria.
Eso provoca que Booker suelte una carcajada explosiva y que Kenji me mire con desaprobación. Antes de que pueda decir nada, levanto una mano.
—No os he llamado escoria porque seáis exasesinos, sino porque siempre me dejáis solo a la hora de limpiar después de las reuniones.
—Vale —concede Kenji, poniendo los ojos en blanco—. Nos queda tiempo. Booker, ¿quieres compartir algo?
Los demás comparten sus historias, que son básicamente siempre las mismas. Booker habla de los fantasmas de sus víctimas del pasado, que lo persiguen hasta la tienda donde compra la comida o permanecen a los pies de su cama por las noches. Valencia cuenta que quiere ser madre, pero no una que mata gente, y que espera merecerse algún día ese privilegio. Kenji nos relata la reparación del daño que hizo la otra noche con la novia de un hombre al que mató en Kioto.
No hay límite de tiempo. Como solo somos cinco, a veces cuesta llenar una hora; solo hace falta que alguien no esté de humor para hablar. Pero incluso las noches en que terminamos todos contando lo de siempre, a mí me ayuda estar aquí, ver a esta gente y saber que no estoy solo.
Mientras los escucho, pienso en ese logro que ya tengo tan cerca.
Ha pasado un año desde el mayor error que he cometido, al margen de todos los anteriores.
Me siento muy satisfecho y, cuando pasa la hora y llega el momento de recitar la oración de la serenidad, uno las manos, digo las palabras a la vez que el resto del grupo y es como si las estuviera pronunciando por primera vez:
—«Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas que puedo y la sabiduría para reconocer la diferencia.»
Cuando la habitación se queda vacía, cierro los ojos e inspiro hondo. Me gusta regañar a los demás por dejarme solo cuando toca limpiar, pero la verdad es que me gusta. Me permite meditar y procesar lo que ha ocurrido en la reunión. Un poco de descompresión antes de volver al mundo donde las luces, los ruidos y la gente vuelven a ponerme al límite.
Pero aquí, durante este rato, me siento a salvo.
Oigo un ruido detrás de mí. Me doy la vuelta y encuentro a Stuart en el otro extremo de la habitación, de pie, incómodo. Tiene las manos agarradas delante del cuerpo, y por la forma en que me mira, muy fijamente, sin parpadear, me recuerda a un bicho; es como si hubiera encendido la luz, sorprendiéndolo, y él estuviera a punto de salir pitando en cualquier dirección. Tal vez solo está nervioso porque sé a qué dedicaba su tiempo libre antes. El silencio se alarga demasiado, así que pregunto:
—¿Qué tal estás, colega?
—¿Cuál es la diferencia entre asesino a sueldo y asesino sin más? —pregunta.
—A un asesino a sueldo le paga una organización política o criminal para matar a alguien. Un asesino sin más mata por motivos religiosos o políticos, pero no necesariamente recibe una remuneración. Los límites son un poco difusos. Lee Harvey Oswald era un asesino, pero hay personas en este grupo que han cambiado el curso de lo que sucede en el mundo sin que nosotros lo sepamos, y alguien les han pagado muy bien por hacerlo. A veces se pueden intercambiar los términos, pero no siempre. Es como el whisky y el bourbon: todos los bourbons son whiskys, pero no todos los whiskys son bourbons, ¿me entiendes?
Stuart niega con la cabeza.
—No.
—Vale, igual no es la mejor comparación, pero es lo único que se me ocurre ahora mismo.
—¿Y entonces yo qué soy? —continúa.
—Alguien que ha matado a otras personas, igual que yo —aseguro—. Y que pertenece a este grupo, como yo.
Stuart da unos pasos hacia mí y me pongo tenso. Me parece que se da cuenta, porque se detiene. Una cosa que he aprendido sobre Stuart es que es muy consciente del efecto que tiene en la gente, y eso es un mérito que le reconozco.
—Quería decirte que siento haber interrumpido el anuncio de Kenji. Y gracias por lo de Booker —dice.
—Booker duerme en una cama hecha de lija. Pero en el fondo no es un mal tío. Ninguno somos tan malos. Solo nos podemos permitir el lujo de reconocer que hemos cometido errores.
—Me gusta lo del lujo —contesta Stuart, saboreando la palabra.
—No creas que me lo he inventado yo. Me lo dijo Kenji una vez.
Stuart mira al suelo.
—Yo… lo comprendo. No soy como el resto de vosotros. En el fondo no.
—Oye, Stuart. —Me vuelvo para mirarlo y espero a que él lo haga también—. Es bueno que estés aquí.
—Gracias. Eso significa mucho para mí, sobre todo viniendo de ti. Oye… —Vuelve a fijarse en el suelo, cambia el peso de un pie a otro y después levanta la vista para mirarme a los ojos—. Todavía no tengo padrino. ¿Te parecería bien… serlo tú?
Noto que un sudor frío me cubre la piel y se me eriza todo el vello.
No hace falta tener padrino durante la rehabilitación. Kenji es el mío, pero él no tiene. Booker y Valencia son padrinos el uno del otro. Yo nunca he pensado en aceptar un apadrinado. Hasta ahora no he tenido problema en defender a Stuart (porque, si él puede cambiar, yo también), pero aceptar un papel activo en su recuperación implica un compromiso a otro nivel. Y no estoy preparado para eso. Todavía me cuesta arreglármelas con lo mío.
—Tengo que pensármelo —contesto.
Asiente y, sin decir nada más, cruza el umbral a oscuras que hay en el extremo de la habitación. En cuanto se va, el aire parece menos denso.
Noto un revoltijo de emociones complicadas en mi interior. Un poco de arrepentimiento porque no sé si he herido sus sentimientos y un poco de alivio porque creo que he conseguido zanjar la conversación.
En otros tiempos habría analizado los números, y la ecuación habría dado un resultado claro: acabar con la vida de Stuart salvaría muchas otras. Así que le habría cortado el cuello y lo habría dejado tirado desangrándose en cualquier zanja.
Pero ahora soy una persona diferente. En el fondo quiero que le vaya bien, pero la relación entre padrino y apadrinado es muy íntima.
Voy a tener que hablar con Kenji de esto. Tal vez él también crea que no estoy preparado.
La esperanza es lo último que se pierde.
Cuando estoy a punto de tirar los restos de los dónuts a la papelera que hay al lado de la mesa, oigo el chirrido de una suela a mi espalda.
—¿Qué pasa, Stuart? ¿Se te ha olvidado algo? —pregunto.
Pero, en cuanto me giro, una bota se estrella contra mi pecho.
