Biblioteca Z - Gabriel García de Oro - E-Book

Biblioteca Z E-Book

Gabriel García de Oro

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Beschreibung

Jorge va a pasar la noche en casa de sus abuelos, quienes le contarán una antigua leyenda relacionada con su familia y un libro que nunca se terminó de leer. Su abuelo le encomienda la misión de buscar este ejemplar en la biblioteca a la que va de excursión con su clase al día siguiente. Junto a una pandilla de amigos, irá a la búsqueda del libro, sin saber que es un objeto muy peligroso y que pondrá las vidas de sus compañeros en grave peligro.

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Seitenzahl: 105

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Querido Lector

La primera biblioteca que recuerdo es la que tenía mi abuela Teresa. Era un lugar repleto de piratas, viajes a la luna, islas perdidas, gigantes, hadas… ¡Me encantaba! Aunque no siempre. Porque era allí donde me tocaba dormir cuando pasaba algunos días con ella. Y no podía. Porque entre tanto libro, acurrucado en la pequeña cama plegable, me sentía navegando en una barquita en mitad de un océano de sueños oscuros. Pasaba miedo, mucho. Creía que los personajes malvados abrirían las tapas y saldrían de sus hojas y… ¡Ay!

Pero un día entendí que de los libros solo saldría lo que yo sacara de ellos y que para eso tenía que leerlos. Y allí, tenía tantos… ¿Qué saqué? Miedo, sí, porque amo las historias de vampiros y zombis y monstruos. Pero también alegría, cuando las cosas salen bien. Y tristeza, y el corazón acelerado y los ojos muy abiertos y no poder dormir porque quiero saber más y más y más. En casa de mi abuela pasé mi primera noche en la biblioteca y, en su honor, hice esta historia en la que, claro, hay miedo, pero también alegría, tristeza y, espero, tu corazón acelerado y tus ojos muy abiertos y que no puedas dormir porque quieras saber más y más y más…

«Si su biblioteca no es insegura,probablemente no está haciendo su trabajo».

John N. Berry III(1933-2020)Bibliotecario y editorde la revista Library Journal

A mi abuela Teresa. Su extensa bibliotecay su profundo amor por los libros me abrieron la puerta de la magia.

1

«YA NO PODRÉ DORMIR EN PAZ…»

SI PUDIERAS preguntarle a Jorge Romero cuándo empezó aquella terrorífica aventura, te respondería, sin duda, algo así: «Cuando me quedé a dormir en casa de mis abuelos». Iba a ser un día más, nada que no hubiera hecho otras veces, sobre todo cuando sus padres, por temas de trabajo, lo dejaban con la yaya Catalina y el yayo Zezi. Llegar del colegio, charlar un poco, chatear con sus amigos, cenar e irse a dormir. Este fue su primer problema: dormir.

—¡Aaaaah!

No fue un grito, eso vendría en otro momento. Por su boca salió un quejido casi mudo. Era muy tarde, no quería despertar a sus abuelos y que pensaran que no estaba a gusto; seguro que entonces Catalina insistiría en que fuera a dormir con ella y diría a Zezi algo así:

—Tú vete a la cama del niño. Anda, ve, que ya eres mayor.

¡Él ya no era un niño! Tenía doce años y podía, perfectamente, dormir solo. ¿Por qué no le entraba el sueño, entonces? No lo sabía, y eso, le ponía aún más «¡aaaaah!». ¿Podía ser por la excursión de mañana? No, para nada. Tampoco era una excursión excursión y, además, tenía ganas de ir. Eso sí, no creía que fuese a cambiarle la vida, como había dicho la profesora Maite:

—No todos los días se tiene la oportunidad de pasar una noche en una biblioteca. Dormir entre libros, rodeados de historias, de fantasía, de imaginación… Espero que os guste tanto que, incluso, os cambie la vida y descubráis la magia de la lectura, una de las pocas magias que aún existen entre nosotros.

Tal vez él era inmune a esa magia, porque solo era capaz de leer lo que le mandaban en clase. En casa siempre tenía mejores cosas que hacer. Que si la consola, que si este vídeo es genial, que si jugamos en línea a FortBlood. ¿Los libros? Le aburrían. Tanta letra, tantas líneas, tantas páginas… Le entraba sueño. ¡Sueño! ¡Buena idea! A lo mejor, con un libro le entrarían ganas de dormir. Además, en casa de sus abuelos no iba a tener ningún tipo de problema para encontrar uno. Durante muchos años habían tenido una librería en el centro de la ciudad y, desde que Jorge podía recordar, su casa siempre había estado repleta del mejor invento de la humanidad, como decían ellos.

Decidido. Solo tenía que buscar un libro, uno cualquiera que le ayudara a aburrirse. Por suerte, no tuvo ni que salir de su habitación. Como Jorge seguía prefiriendo que sus abuelos no se despertaran, activó la linterna del móvil para iluminar las estanterías.

—A ver… a ver… ¿El tiempo de la noche? No. ¿Schalken, el pintor? Bah. Poemas y cuentos… Edgar Allan Poe… Tampoco. ¿A ver este?

Jorge iba murmurando los títulos, casi masticándolos, queriendo encontrar alguno que le llamase la atención y que no fuera de miedo. Esto último parecía complicado, incluso su linterna pasó por encima de un lomo que le hizo retroceder un poquito: Drácula. ¿Por qué le hacían dormir en una habitación repleta de libros de terror? Jorge apartó rápidamente ese pensamiento de su cabeza.

¿Y este de aquí?

—La llamada de… Cthulhu… Lo… Lovecraft.

Ah, bueno, este no parecía tan de miedo. ¿Llamada? Podía ser… Miró la portada donde aparecía un pulpo con cara de pocos amigos. ¿Sería este el tal Cthulhu? No tenía pinta de recibir muchas llamadas, aunque con tantos brazos seguro que tendría más de un teléfono. Este pensamiento le hizo sonreír, cosa que necesitaba para seguir apartando de su cabeza el hecho de estar rodeado de historias de miedo.

Jorge estaba convencido de que esa historia iría del mar o de pescadores que se encuentran un pez enorme o un pulpo o lo que fuera. ¡Qué más daba! Seguro que a las pocas palabras le entraría un sueño terrible… ¿Terrible? Exacto, algo muy parecido al terror sintió cuando, ya estirado en la cama y apuntando a las páginas con la linterna del móvil, sus ojos cayeron en esta frase:

«Ya no podré dormir en paz mientras recuerde el horror que espera emboscado del otro lado de la vida, en el tiempo y el espacio, y aquellas malditas criaturas que vinieron de los astros más antiguos y que sueñan en las profundidades del mar».

¡Maldita sea! ¿Qué les pasaba a sus abuelos? ¡Qué mal rollo! Cerró el libro, que hizo un plof profundo y seco, como si fuera una de las ventosas de ese pulpo del infierno. Ay… Jorge quiso tranquilizarse, pensar que solo eran palabras aburridas de un libro aburrido, nada más. Que los pulpos así no existían y que sí, que era solo un libro, nada más. Pero el problema era que la linterna hacía demasiadas sombras. Él no quería sombras, necesitaba encender la luz de su cuarto, inmediatamente. Ya no le importaba que su abuela dijera al yayo Zezi que dejara dormir al niño en la cama. Diría que el colchón estaba muy duro o que la almohada era muy alta.

Se levantó, puso la mano sobre el interruptor y se quedó congelado, sin poder encender la luz, pero con los ojos muy abiertos, como si así pudiera escuchar mejor esos murmullos que venían del comedor y le llegaban en forma de frases sueltas:

—Deja de buscar ese maldito libro. —Esa era Catalina, de eso estaba seguro.

—Pero Jorge…

La segunda voz era la de Zezi, no había duda. Menos mal, no eran voces de pulpo, eso le tranquilizó. La pregunta, ahora, era por qué estaban hablando de él y qué hacían despiertos. Y ya que se había abierto la cajita de las preguntas, no estaría mal saber qué hacían a oscuras. ¿Qué estaba pasando? Tendría que averiguarlo, así que decidió aparecer en el comedor. Mientras cruzaba el pasillo los murmullos se convirtieron en sonidos mucho más claros:

—A ver, Caty, esto de la noche en la biblioteca es una ¡somera tontería y punto! —Jorge no sabía qué era eso de «somera», pero le extrañó ver a su abuelo tan… tan así.

—No lo es. Está bien que en la escuela les inculquen el valor de los libros. Es algo bueno. Tú lo dices por ese libro, y te digo…, y te volveré a decir las veces que haga falta, que dejes ya el tema. Zezi, amor, por favor, escúchame. Es una leyenda familiar. Una leyenda maravillosa, bellísima, no te digo que no… Pero pensaba que ese asunto ya estaba olvidado. Recuerda, te costó el trabajo y casi algo más. Jorge no encontrará nada.

Zezi no contestó y Catalina no siguió hablando. Era el momento de Jorge:

—Yayos…, ¿qué es lo que no voy a encontrar?

—¡Cariño, estás despierto! —Su abuela se sobresaltó. La linterna le daba directamente en los ojos.

—Yo ya sabía que estabas dando vueltas, pero no pensé que nos escucharías sin permiso. —¿Su abuelo se había enfadado?—. Baja ese chisme, vas a dejar ciega a tu abuela.

—No le hagas caso, es un refunfuñón. —Catalina le hizo una carantoña a su marido—. Vamos, es hora de dormir, Jorge. Mañana tienes que ir a la escuela.

—Pero, yaya, ¿qué es lo que no voy a encontrar? —insistió.

—Naaaaaaada, vamos que…

—Caty, como mínimo, estaría bien que el chico supiese la leyenda de mi familia, ¿no? Solo es una leyenda maravillosa, bellísima. Tú lo has dicho. ¿Qué daño le puede hacer una leyenda? Es hora de que la conozca.

—No creo que sea el momento.

—¡Yo quiero! —Jorge no iba a darse por vencido.

—No es el momento, repito, pero si a los dos os hace tanta ilusión, adelante. Ahora bien, os advierto que, cuando mañana este señorito se caiga de sueño y nos avisen del colegio que se ha dormido en clase, no quiero saber nada.

—Eso no va a pasar, yaya. De verdad. Anda, cuéntame esa leyenda.

—Muy bien, pues siéntate y…

—Espera, enciendo la luz.

—Ni se te ocurra, hay historias que deben contarse en la oscuridad.

2

MORIRÁS CON EL PRIMER RAYO DE SOL

TODOS LLEGARON al colegio con sus mochilas, sacos de dormir, esterillas, bocadillos para la cena y, sobre todo, muchas ganas de pasar una noche en la biblioteca. Risas, bromas y también algún que otro despistado que había olvidado algo. Todo normal, todo menos Jorge.

—¿Qué te pasa? —le preguntó ya en el recreo Amiran, su mejor mejor amigo.

—Nada, nada…, es que casi no he dormido y estoy un poco así…

Amiran no contestó, se limitó a mirarlo fijamente, con esos ojos tan claros que a veces costaba distinguir si eran azules o casi blancos, como su pelo tan rubio, que también parecía casi blanco. Además, como era bastante más alto que el resto de la clase, cuando miraba fijamente era imposible aguantar.

—¡Qué! A ver, sí… No he dormido bien, nada bien…

—¿Y…?

—Y… y… Bueno, es que mi abuelo me ha contado algo y ahora no sé qué hacer. Es como un secreto de familia, o una maldición familiar. ¡Yo qué sé! Mi abuela dice que no hay nada, pero estoy rayado porque molaría bastante encontrarlo y que al final él tuviera razón. Aunque a lo mejor acabamos despertando a una fuerza del infierno que nos pone en peligro y nos morimos todos y fin de todo. ¡Fin de todo!

Jorge lo soltó así, como solía hacer cuando quería hablar y callar al mismo tiempo y necesitaba explicarse y dejar de hacerlo a la vez.

—Espera, espera. ¿Has dicho «a lo mejor acabamos…»?

—No lo sé. Sí, supongo. He dicho muchas cosas.

—Sí, pero has dicho «a lo mejor acabamos despertando» y bla, bla, bla. Entonces, entiendo que lo que te ha contado tu abuelo tiene que ver con nosotros dos… Rectifico. Tiene que ver con que podemos hacerlo los dos, por tanto, aquí juega un papel importante la biblioteca y la excursión de esta noche. Bien, bien. Teniendo en cuenta esto, me imagino que será una antigua historia de tu familia. Esto lo has dicho tú, es verdad, pero si sigo tirando de este hilo puedo entender que se trata de algo fantasmal. ¿Algo relacionado con algún libro? Claro que sí, porque vamos a una biblioteca. Bien, bien. Entonces, seguro que es un libro que él piensa que está ahí, enterrado, escondido o lo que sea, aunque nadie más cree eso, solo él. ¿Sí? ¿Voy bien? Claro que voy bien. Y tú quieres que tú y yo lo busquemos, lo encontremos. Por eso has dicho «a lo mejor acabamos…». ¡Por los dos cuernos del monte Ushba! ¡Voy contigo, claro que voy!