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Chester, el gato, comenzó a ver algo extraño. Un rayo de luz de luna cruzó su jaula y el conejo empezó a moverse, levantó su naricilla e inhaló profundamente. El manchón negro que le cubría el lomo tomó forma de capa y sus ojos tenían un aura ultraterrena. Sus labios se partieron en una sonrisa macabra que dejaba entrever dos colmillos puntiagudos.
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Seitenzahl: 73
Veröffentlichungsjahr: 2018
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ilustrado porFRANCISCO NAVA BOUCHAÍN
traducciónDAVID HUERTA
Primera edición en inglés, 1979 Primera edición en español, 1992 Segunda edición, 1994 Tercera edición, 2015 Primera reimpresión, 2017 Primera edición electrónica, 2018
© 1979, James Howe Publicado por Macmillan Publishing Company, Nueva York Título original: Bunnicula: A Rabbit Tale of Mystery
© 1992, Francisco Nava Bouchaín, ilustraciones
D. R. © 1992, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México
Comentarios: [email protected] Tel. (55)5449-1871
Editor: Daniel Goldin Diseño de portada: Miguel Venegas Geffroy Dirección artística: Rebeca Cerda
Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc., son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicanas e internacionales del copyright o derecho de autor.
ISBN 978-607-16-5867-8 (ePub)
Hecho en México - Made in Mexico
Con afecto para Mildred y Lester Smith
Nota del editor
La llegada
Música en la noche
Algunos acontecimientos inusuales
Un gato se prepara
Chester entra en acción
Harold ayuda
Un (nuevo) amigo en apuros
Desastre en el comedor
A buen fin no hay mal principio… o casi
El libro que estás a punto de leer me fue entregado de la manera más extraña. Un viernes por la tarde, poco antes de la hora de cerrar, escuché unos rasguños en la puerta delantera de mi oficina. Cuando abrí, me encontré con un perro de ojos tristes, de orejas gachas, que llevaba un sobre grande, común y corriente, en el hocico. Lo dejó caer a mis pies, me echó una mirada conmovedora y emprendió su camino con gran dignidad.
Dentro del sobre estaba el manuscrito del libro que ahora tienes entre las manos, junto con esta carta:
Señores:
La historia aquí incluida es verdadera. Nos sucedió en esta misma ciudad a mí y a la familia con la que vivo. He cambiado los nombres de la familia para protegerlos, pero en lo demás, lo que leerán ustedes son hechos que realmente ocurrieron.
Permítanme presentarme. Mi nombre es Harold. Me puse a escribir por pura casualidad. Mi trabajo de tiempo completo es ser perro. Vivo con el señor y la señora “X” (llamados aquí “los Monroe”) y sus dos hijos: Toby, de ocho años, y Pete, de diez. También comparte nuestro hogar un gato llamado Chester, a quien me complace llamar mi amigo. Éramos una típica familia norteamericana, y todavía lo somos, pero los acontecimientos de mi historia han afectado, desde luego, nuestras vidas.
Espero que encuentren esta historia de suficiente interés para ustedes y sus lectores como para justificar su publicación.
Atentamente,
Harold X.
Nunca olvidaré la primera vez que estos cansados ojos se posaron sobre nuestro visitante. La familia me había dejado en la casa con la advertencia de cuidarla hasta que regresaran. Es algo que siempre me dicen cuando salen:
—Cuida la casa, Harold. Tú eres el perro guardián.
Yo creo que así me dan por mi lado para justificar el no llevarme con ellos. Como si yo quisiera ir. En el cine no puedes echarte para ver la pantalla. Y la gente cree que eres un maleducado si te duermes y empiezas a roncar o si te rascas en público. No, gracias. Prefiero estirarme en mi tapete favorito, enfrente de un lindo y silbante calentador.
Pero me voy por las ramas. Estaba hablando de la primera noche. Bueno, hacía frío, la lluvia tamborileaba en las ventanas, el viento aullaba y se estaba de lo más bien en casa. Yo estaba tendido en el tapete, con la cabeza sobre las patas y miraba distraídamente la puerta principal. Mi amigo Chester estaba acurrucado en el sillón de terciopelo café, que hace ya varios años declaró de su propiedad. Vi que, una vez más, había cubierto todo el asiento con su pelo gatuno y me reí para mis adentros, imaginándome la escena que tendríamos mañana. (Aparte de los saltamontes, no hay nada que asuste más a Chester que una aspiradora.)
En mitad de este ensueño, escuché un auto estacionarse en la entrada. Ni siquiera me molesté en levantarme a ver quién era. Sabía que tenía que ser mi familia —los Monroe— pues ya era hora de que la película hubiera terminado. Pasado un momento, se abrió la puerta principal. Ahí estaban, en el umbral, Toby y Pete y mami y papi Monroe. Se vio el resplandor de un relámpago y en esa luz repentina me di cuenta de que el señor Monroe llevaba un pequeño bulto: un bultito con unos ojillos relucientes.
Pete y Toby irrumpieron en la sala, hablando a voz en cuello.
Toby gritó:
—¡Ponlo aquí, papi!
—Quítate las botas. Estás empapado —replicó la madre, bastante calmada (pensé) en medio de todo eso.
—Pero mami, ¿y qué hacemos con el…?
—Primero, deja de escurrir sobre la alfombra.
—¿Alguien tendría la bondad de encargarse de esto? —preguntó el señor Monroe, señalando el bulto con ojillos—. Me gustaría quitarme el abrigo.
—Yo me encargo —gritó Pete.
—No, yo —dijo Toby—. Yo lo encontré.
—Tú lo vas a dejar caer.
—¡Que no!
—¡Que sí!
—¡Mami, Pete me pegó!
—Yo me encargo —dijo la señora Monroe—. Quítense los abrigos inmediatamente.
Pero se tardó tanto en ayudar a los niños a quitarse los abrigos, que tampoco ella se encargó del bulto.
Mi tranquila velada había quedado destruida y nadie siquiera me había dicho hola. Lancé un gemido para recordarles que estaba allí.
—¡Harold! —gritó Toby—, adivina lo que me pasó.
Y otra vez todo mundo se puso a hablar al mismo tiempo.
En este punto, creo que debo explicarles algo. En nuestra familia todo mundo trata a los demás con gran respeto por su inteligencia. Esto vale también para los animales. Todo lo que les pasa a ellos se nos explica a nosotros. Nunca ha sido cuestión de decirnos: “Harold, lindo perrito” o “Usa la caja con arena Chester”, en nuestra casa. Oh, no; con nosotros más bien se dice. “Oye, Harold, papi se ganó un aumento y ahora nos van a cobrar más impuestos” o “Ven a la cama, Chester, vamos a ver el programa Reino Salvaje. A lo mejor descubres un pariente”. Lo que demuestra lo amables que son. Después de todo, el señor Monroe es profesor universitario y la señora Monroe es abogada, así que nos consideramos un hogar sumamente especial. Y en consecuencia, somos unas mascotas sumamente especiales. Así que no fue una sorpresa para mí que se tomaran un tiempo en explicar las extrañas circunstancias que rodearon la llegada del pequeño bulto con los ojillos relucientes.
Según eso, llegaron tarde al cine y, en vez de molestar a los asistentes que ya estaban sentados, decidieron irse a la última fila, que estaba vacía. De puntitas llegaron hasta allá y se sentaron, sin molestar a nadie. De repente, Toby, que es el más pequeño, saltó de su silla y exclamó que se había sentado sobre algo. El señor Monroe le dijo que dejara de hacer escándalo y se cambiara de lugar, pero en una muestra poco acostumbrada de independencia, Toby dijo que quería ver en qué se había sentado. Un acomodador llegó a su fila a pedirles que bajaran la voz y el señor Monroe le pidió prestada su lámpara. Lo que encontraron en el asiento de Toby fue el bultito, envuelto en una cobija, que ahora descansaba en el regazo del señor Monroe.
Desenvolvieron el bulto y ahí, en el centro de la cobija, estaba un conejito blanco y negro, posado en una caja de zapatos llena de tierra. Tenía un pedazo de papel atado al cuello con una cinta. Había unas palabras en el papel, pero los Monroe no pudieron descifrarlas porque estaban en un idioma totalmente desconocido. Yo me acerqué para ver mejor.
Ahora bien, algunas personas podrán llamarme una mezcolanza, pero tengo buenas líneas de sangre en mis venas y la línea de perros lobos rusos es una de ellas. Como mi familia viajaba mucho, fui capaz de reconocer el idioma como un oscuro dialecto de la región de los Cárpatos. Traducido toscamente, decía: “Cuiden a mi bebé”. Pero no pude darme cuenta de si era el mensaje de una madre desolada o una partitura de música rumana.
La criatura estaba temblando de miedo y frío. Se decidió que el señor Monroe y los muchachos le harían una casa con un viejo cajón de madera y algo de malla industrial que había en el garaje. Para pasar la noche, los muchachos le harían una cama en la caja de zapatos. Toby y Pete fueron corriendo a buscar el cajón y la señora Monroe fue a la cocina a conseguir un poco de leche y lechuga. El señor Monroe se sentó con una expresión de aturdimiento en los ojos; parecía estarse preguntando cómo es que había terminado en su propia sala, con un impermeable mojado y un extraño conejillo en el regazo.
