Broadchurch - Erin Kelly - E-Book

Broadchurch E-Book

Erin Kelly

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Beschreibung

Basada en el guión de la serie televisiva creada por Chris Chibnall "Broadchurch no es solamente buena, es excepcional (...) tensa como un cable, afilada como un cuchillo" Daily Mail "Tan buena como el drama televisivo." Radio Times Broadchurch es un pequeño pueblo de la costa inglesa de Dorset cuya tediosa monotonía sólo se ve alterada con la llegada de algún turista en el periodo estival. Todo va a cambiar cuando aparece muerto en la playa, al pie de los acantilados, Danny Latimer, un niño de once años, hijo de una conocida familia local. Se encarga del caso la inspectora Ellie Miller, pero la ponen bajo las órdenes de otro policía recientemente destinado en Broadchurch, Alec Hardy, un hombre al que su atormentado pasado le persigue. La relación va a ser tensa en un caso extremadamente complejo en el que se junta la estrecha relación de la inspectora Miller con la familia del niño muerto y la amistad de éste con su propio hijo. Tan inconcebible crimen atrae la voracidad de los medios de comunicación. Las sospechas y las miserias humanas que avivan la investigación, en un pueblo en el que todo el mundo se conoce para bien y para mal, y en el que más de uno tiene algo que ocultar, perturbarán para siempre la vida en Broadchurch. La novela, escrita por Erin Kelly a partir del guión de Chris Chibnall, nos sumerge intensamente en la psicología de los distintos personajes. Nos narra sus intenciones, sus motivaciones, el porqué de sus maneras de pensar y de actuar... Nos cuenta y aclara en suma lo que no vimos en esta inolvidable serie que ha cosechado premios como el Bafta y éxitos de audiencia en las televisiones de medio mundo.

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Veröffentlichungsjahr: 2014

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Erin Kelly

Broadchurch

Basada en el guión de la serie televisiva creada por Chris Chibnall

Traducido del inglés por Mariano Antolín Rato

 

Índice

Prólogo

Primera parte

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

14

15

16

17

18

19

20

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23

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30

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33

34

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36

37

38

39

40

41

Segunda parte

42

43

44

45

46

47

48

49

50

51

52

53

54

55

56

57

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59

60

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62

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64

65

66

67

Epílogo

Créditos

Hay una condición peor que la ceguera, y es la de ver algo que no hay.

THOMASHARDY

Prólogo

Una carretera de entrada y otra de salida. Broadchurch no es un sitio de paso hacia ninguna parte, y no se va allí por casualidad.

Ese aletargado pueblo de la costa se prepara a despertar para la temporada de verano, pero esta noche no se mueve nada. Es la noche fresca y despejada que sigue a un día cálido, sin nubes. Hay luna llena y un cielo salpicado de estrellas. Olas se abaten y rompen mientras el mar negro como el petróleo se retira de la playa. Los acantilados jurásicos resplandecen ambarinos, como si aún irradiaran el calor que absorbieron durante el día.

En la desierta calle Mayor algunas tiendas se toman la molestia de mantener las luces encendidas toda la noche. Una única página de papel de periódico —noticias de ayer— se revuelve silenciosa en el centro de la calzada. La redacción del Eco de Broadchurch y la colindante oficina de turismo están a oscuras, si se exceptúa el parpadeo ocasional del sistema informático en modo de espera.

En el puerto, los barcos se balancean y los mástiles resuenan entre las sombras. Destacando sobre los adoquines y embarcaderos está la moderna comisaría, con su redonda estructura de acero recubierta de madera dorada. La luz azul del exterior se enciende y se apaga. Hasta un pueblo dormido mantiene un ojo abierto de noche.

La iglesia de la colina está apagada, los intensos y resplandecientes colores de sus vidrieras reducidos a un uniforme negro de seda. Un cartel descolorido que reza AMA AL PRÓJIMO COMO A TI MISMO se agita inútilmente en el tablón de anuncios de la parroquia.

En el otro extremo del pueblo, la casa de los Latimer también está a oscuras. Su casa pareada de Spring Close es como todas las demás de su urbanización; su urbanización es como todas las demás de la comarca. La luz de la luna atraviesa brillante la ventana entreabierta de Danny, de once años; pósteres plateados, juguetes y una cama individual vacía. La puerta lateral de la verja está entornada y el pestillo golpea levemente por la brisa, pero el sonido no despierta a sus padres Beth y Mark, que duermen espalda contra espalda debajo de un edredón BHS. Un reloj en la mesilla de noche señala los segundos. Son las 3:16 de la mañana.

Danny está a unos dos kilómetros y medio. Tiembla con su fina camiseta gris y vaqueros negros. Se encuentra a veinte metros por encima del mar, con los pies a centímetros del borde del acantilado. Una intensa ráfaga de viento azota su pelo con pequeñas agujas que le pinchan la cara. Lágrimas siguen el recorrido de la sangre que le baja por las mejillas y el viento se lleva los gritos de sus labios. Bajo él hay una cortada. Le da miedo mirar hacia abajo. Le da incluso más miedo mirar hacia atrás.

La brisa del mar serpentea por el pueblo hasta que llega a su casa y hace sonar el pestillo con más insistencia. Beth y Mark siguen durmiendo. El reloj de la mesilla de noche salta a las 3:19 y luego se para.

En el borde del acantilado, Danny cierra los ojos.

Una carretera de entrada y otra de salida. Aquella noche ningún motor rompe el silencio y ningún faro de coche desgarra la superficie negra de alquitrán de la carretera de la costa. Nadie viene a Broadchurch y nadie se va.

PRIMERA PARTE

1

Beth Latimer se sienta rígida en la cama. Es la forma en que solía despertarse cuando sus hijos eran pequeños. Un sexto sentido le inundaba las venas de adrenalina y la despertaba por completo segundos antes de que empezaran a llorar. Pero sus hijos ya no son pequeños, y ninguno está llorando. Ha dormido más de la cuenta, sólo es eso. El espacio a su lado está vacío y el despertador de la mesilla está parado. Busca a tientas su reloj. Son más de las ocho.

Los demás están despiertos: los oye en el piso de abajo. Entra y sale de la ducha en menos de un minuto. Una ojeada por la ventana le indica que va a ser otro día de calor, y se pone un vestido rojo sin mangas. No parece adecuado vestir de rojo con el pelo castaño, pero le encanta aquel vestido; es fresco, cómodo y encima favorecedor. Ella presume de su tripa plana (al menos, por ahora). Es una de las escasas ventajas de tener hijos tan joven. El vestido todavía huele un poco a la crema solar del año pasado.

Al pasar delante de la habitación de Danny se fija con sorpresa en que ha hecho su cama. El edredón del Manchester City que su padre no puede soportar —ha considerado una terrible traición que Danny de repente haya dejado de ser del Bournemouth F.C.— está liso y estirado. Apenas lo puede creer; once años dándole la lata al final han merecido la pena. Se pregunta con afecto qué es lo que quiere. Probablemente ese smartphone que repartiendo periódicos no consigue comprar.

Puede asegurar por el desastre que reina en la cocina que Mark se está preparando el desayuno. La puerta de la nevera está abierta. La leche, sobre la encimera, destapada, y el cuchillo sobresale de la mantequilla.

—¿Por qué no me has despertado? —le pregunta.

—Te desperté —dice él, sonriendo. No se había afeitado; a ella le gusta así, y él lo sabe—. Me mandaste a freír espárragos.

—No me acuerdo —dice Beth, aunque suena como una disculpa. Mete una bolsa de té en su taza, aunque sabe que no va a tener tiempo de terminarla. Un sonido eléctrico atrae su atención; en el reloj del horno se encienden y apagan ceros. Lo mismo en el microondas. La radio está fija en las 3:19.

—Todos los relojes se han parado —dice—. En toda la casa.

—Probablemente haya saltado un fusible —dice Mark, envolviendo su sándwich. No ha preparado nada para Beth, pero de todos modos no le daría tiempo a tomarlo.

Chloe está tomando cereales y pasando las hojas de una revista.

—Mamá, tengo fiebre —dice.

—No, no la tienes —dice Beth, sin molestarse en comprobarlo.

—La tengo. No. Vamos —se queja Chloe, pero su inmaculada trenza rubia y el maquillaje perfecto le dicen a Beth que sabe que aquella es una batalla perdida desde el principio. No se puede engañar al que engaña. Se recuerda a aquella edad, exactamente a aquella edad, casi con los mismos días saltándose las clases para ver a Mark. No va a dejar que la historia se repita.

Antes de que Chloe pueda salir con una réplica en contra, la madre de Beth entra apresurada por la puerta de atrás, saludando y con un cuenco lleno de huevos. Los deja encima de la mesa al lado —ay, por el amor de Dios, piensa Beth— de la fiambrera con el almuerzo de Danny. Es único en lo de olvidar su almuerzo. A lo mejor el esfuerzo por hacerse la cama ha sido demasiado para él. Tendrá que llevársela de camino a su trabajo. Como si ya no fuera con suficiente retraso.

—Te quiero tropecientas mil veces —dice Mark, besando a Chloe en la coronilla. Debe de ser la millonésima vez, ¿tropecientas mil? que Chloe oye aquella frase, y pone los ojos en blanco, pero cuando Mark se da la vuelta para irse y cree que nadie está mirando, deja que se le dibuje una sonrisita secreta. Luego prueba la disculpa de la fiebre con su abuela, que pone la mano en la tersa frente de Chloe, pero por hacer algo. Liz ya ha pasado dos veces por todo aquello e incluso es menos probable que se lo trague que Beth.

Mark está en la puerta, para marcharse como de costumbre con Nigel, y su beso de adiós es apresurado. Sabe a té y cereales.

—¿Has visto a Danny? —grita Beth a sus espaldas.

—Ya se ha ido —suelta él, volviéndose a medias—. Voy con retraso.

Deja a Beth parada en la cocina, con el almuerzo de Danny en la mano.

El traje de trabajo de la inspectora Ellie Miller resulta raro y rígido después de tres semanas en bikini y pareo, pero estas prendas han traído el sol de Florida consigo al volver a casa. La calle Mayor de Broadchurch resplandece con la bruma de primera hora de la mañana y todo el mundo está de buen humor. El cielo está despejado y la gente se siente lo bastante animada para poner carteles e instalar puestos en la calle.

Está contenta por encontrarse de vuelta y no sólo porque sabe que en la comisaría le esperan buenas noticias. Es una sensación agradable estar aquí, estar en casa de nuevo. Aquel es el universo de Ellie, con su ritmo propio, aunque hace mucho tiempo que lleva uniforme.

Empuja el cochecito de Fred, con una bolsa de cosas de la tienda libre de impuestos para los de su equipo de trabajo colgada de un asa. Al final de la calle, entregará el cochecito a Joe, que llevará andando a Tom lo que queda de camino hasta el colegio. Ahora Joe le hace a su hijo una llave de lucha libre jugando y los dos se ríen. Se reflejan, Ellie y sus chicos, en el cristal del escaparate de la oficina de turismo. Sus hijos son muy distintos; Fred tiene el pelo oscuro rizado de ella mientras que el de Tom parece el de un chico del coro. Su pelo rubio es igual que el de Joe antes de que sus entradas se hicieran más pronunciadas y en un gesto de dignidad se rapara del todo.

Es uno de esos momentos raros sin planear en que ve a su familia desde fuera y aprecia la felicidad, captada como en una foto en la que nadie posa. Sabe que es afortunada. Enfoca la vista para mirar al otro lado del cristal y saluda con la cabeza a Beth, pero esta todavía no está en su mesa.

Mark sí está, sin embargo, al otro extremo de la calle Mayor, con la bolsa de fontanero al hombro, andando encantado calle abajo. Ellie le ve coquetear con un par de chicas con vestido de verano y luego con Becca, que está ante la puerta del hotel, y pegar la hebra con Paul, el vicario, que es más joven que ella. Mark casi choca con una mujer con papada que no sonríe y a la que Ellie no conoce… ¿una turista? No lo parece… ha salido a pasear su perro. Es la única que parece insensible al encanto de Latimer.

Tom abre la boca para hacer una pregunta.

—No —dice Ellie, antes de que el niño pueda volver a pedirle una vez más un perro.

Cuando se cruzan sus caminos, Mark desea buena suerte a Tom en los deportes del día, y este resplandece.

—Deberíamos reunir a los chicos —dice Joe.

—Buena idea —dice Mark, sin detener su marcha—. Te mandaré un mensaje luego.

A Ellie le consuela aquel pequeño intercambio. Ella y Joe saben que su arreglo funciona —que los dos están firmemente comprometidos con la idea de que ella sea quien mantenga a la familia mientras él se queda en casa con Fred—, pero no deja de preocuparle. Le preocupa que la gente pueda pensar que Joe es un calzonazos. Y le preocupa que se convierta en un calzonazos. Por eso mientras las demás mujeres les ruegan por teléfono a sus maridos que vuelvan a casa a tiempo de acostar a los niños, ella echa prácticamente a Joe de casa para que vaya al pub.

—¡Mira! —dice Tom, y señala a una persona conocida con el pelo rojo cereza al otro lado de la calle—. ¡Es tía Lucy! —Levanta la mano para saludarla, pero Ellie se la baja sujetándola por la muñeca. Tres semanas no han servido de nada para atenuar el enfado con su hermana. Las mentiras y excusas de Lucy están de sobra una mañana como aquella. Ellie echa un vistazo rápido: Lucy no les ha visto. Tiene clavada la vista en el suelo y tira de su equipo de peluquera que lleva dentro de una maleta con ruedas, probablemente para el lavado de cabeza semanal de una de sus viejitas. Ellie espera que tengan a buen recaudo sus cosas de valor. Lo último que quiere es detener a su hermana.

Tom suelta el brazo y se lo frota, dolido y confuso.

—Perdona, cariño —dice Ellie—. No podemos llegar tarde. —Es cierto: ellos ya tienen bastantes problemas tal y como están las cosas como para que echen a Tom del colegio durante el curso. No quieren proporcionar más munición contra ellos.

Nigel Carter se detiene dentro de la furgoneta azul con Fontanería Mark Latimer pintado en letras blancas.

—¡Llegas tarde! —dice Mark, metiéndose en el asiento del acompañante. Ellie lee los labios de Nigel, que dice algo sobre el tráfico y luego los dos se ríen. Lo que dice después Nigel nubla la expresión de Mark. Contesta con brusquedad a Nigel, a quien se le borra la sonrisa de la cara, como si lo hubiera puesto en su sitio, aunque Mark no es de esos jefes que abusan o imponen su autoridad.

Si se siente rara así vestida, la comisaría hace que se sienta más rara. Los tubos de luz del interior suponen un intenso sobresalto de neón después de semanas disfrutando de los rayos de sol. Todavía no consigue acostumbrarse a aquel edificio con sus pasillos de cemento pulido en curva. Resulta limpio y cómodo y todo eso, pero es que no es muy Broadchurch.

Silbidos y aplausos anunciando su llegada se convierten en expresiones de agradecimiento cuando se dan cuenta de que viene con regalos. No se ha olvidado de ninguno y todos parecen encantados con el que les corresponde. Ellie conoce de sobra a los miembros de su equipo. Sólo cuando termina con el chismorreo, Jenkinson, la comisaria, la llama para decirle algo. Ellie, como sabe de qué se va a tratar, no puede resistir las ganas de sonreír a su equipo mientras se dispone a entrar.

Jenkinson no está sonriendo, pero, claro, ese no es su estilo. Mientras que Ellie está sudando y tiene el pelo desordenado por la caminata hasta el trabajo, la comisaria mantiene su aspecto impecable habitual. Su pelo rubio corto perfecto, su camisa y corbata sin una arruga. Una burbuja que anuncia algo bueno se hincha dentro de Ellie. Pero en lugar de las felicitaciones esperadas, Jenkinson deja caer una bomba.

—Le hemos dado el puesto a otra persona.

La burbuja explota y Ellie nota que la sonrisa desaparece de su cara.

—La situación ha cambiado. Sé que supone una decepción.

La decepción no empieza con disimulos. Las lágrimas se agolpan en los ojos de Ellie, pero también hay indignación, y eso proporciona agresividad a su voz.

—Usted dijo que esperaría hasta que yo volviera del permiso —dice, con su relax postvacacional echado a perder—. ¡Usted dijo que yo era la favorita! Por eso cogí tres semanas. ¿A quién se lo han dado?

—Al inspector Alec Hardy. Empezó la semana pasada. —El nombre le sonaba de algo, pero lo que en realidad molesta a Ellie es el sexo.

—¡Un hombre! ¿Qué pasó con «Esta zona necesita a una inspectora», qué pasó con «Usted cuenta con mi apoyo»?

¿Lo imaginaba Ellie o la cara de Jenkinson expresaba vergüenza? Desapareció antes de que pudiera asegurarlo.

—Alec Hardy tiene mucha experiencia…

Y entonces Ellie se da cuenta de por qué conoce aquel nombre. Todos los agentes de policía de la región conocen aquel nombre. Dios, que le superara alguien, que le superara un tío, ¿pero él?

Mantiene el tipo hasta que se mete en el servicio, se sienta en la taza del retrete y echa el pestillo a la puerta. Está temblando de rabia, los pies parecen bailar claqué para descargar la energía nerviosa. Llama a casa y derrama lágrimas calientes de rabia mientras habla por teléfono con Joe. Este se lo toma con tanta amargura como ella. Aquel era un ascenso de él tanto como de ella; mentalmente ya habían gastado el aumento de sueldo en terminar la casa.

—¿No debería recoger las cosas de mi mesa e irme? —le pregunta, y aunque los dos saben que no lo va a hacer, sienta bien soltarlo. Se está preparando para contarle lo que echará sal en la herida: él no se lo podrá creer cuando oiga quién ha conseguido el trabajo, cuando llaman a la puerta del cubículo. ¿Es que no la pueden dejar despotricar en paz?

—¡Estoy yo! —lanza toda su frustración detrás de sus palabras.

—¿Ellie? —Es una de las agentes femeninas—. Has dado un grito.

2

Tres kilómetros costa abajo, un hombre tiene la vista fija en el horizonte azul que se diluye. El arrugado traje cuelga de una complexión enjuta; el botón de arriba está desabrochado debajo de su corbata. A una cerca de alambre de púas, hileras de pequeños cuernos de diablo, le han hecho un corte entre dos postes. Es un corte limpio y seguro practicado con una herramienta (¿profesional?).

Con la cerca rota, nada se alza entre él y los veinte metros de precipicio. Podría mirar por el borde, pero no quiere acercarse demasiado y tentar al vértigo.

—¿Quiere ver eso o no? —dice el campesino.

El inspector Alec Hardy se vuelve de mala gana hacia la escena del crimen, aunque apenas parece merecer ese término.

—Han vaciado del todo el jodido depósito —dice el campesino, y señala el tapón de la gasolina, que cuelga abierto.

Bob Daniels, el agente que llamó, mueve la cabeza compasivo y Hardy suspira para sus adentros. ¿Ese es el mejor caso que le puede encargar aquel cuerpo policial a un inspector? ¿Lo siguiente qué será? ¿Llamar a un comisario porque un gato no baja de un árbol? Es consciente de que deseaba un cambio de destino después de Sandbrook, pero aquello es ridículo.

—Estaremos en contacto —dice Hardy, y se da la vuelta hacia el coche patrulla, y eso que el campesino empieza a preguntar por qué no intervienen los forenses.

—¿Me ha llamado a las siete de la mañana para esto? —le dice a Bob cuando el campesino está fuera del alcance del oído.

—Es usted demasiado bueno para esto, ¿no? —se burla Bob. Hardy no recoge el guante. No es la primera pulla de su nuevo equipo y no será la última. Están molestos por el modo en que lo trajeron de fuera. Y claro, su historia le precede. Entonces el tono de Bob cambia—. Merecía una llamada. Los guardacostas informaron de algo caído junto a la orilla.

Cuando Beth entra en el colegio, el día del deporte está en su apogeo y el campo bulle de niños que llevan camiseta con los colores del colegio. Un disparo de salida y empieza la carrera de sacos de los de tercero. Hace calor —los profesores andan de aquí para allá distribuyendo agua— y los colores son intensos. Beth recorre el terreno con la vista en busca de Danny. Lo normal es que lo distinga en un grupo a los pocos segundos. No es tanto su aspecto como el modo de moverse lo que atrae su mirada. Su infantil aire desgarbado ha dado paso últimamente a un contoneo que es puro Mark. ¿Dónde está? Entrecierra los ojos por el sol y reconoce a la profesora de Danny, la señorita Sherez. A su lado, una hilera de padres aplauden y dan gritos de ánimo en un banco. Beth se dirige hacia ellos, con la fiambrera del almuerzo en la mano.

Durante un momento la distrae Olly Stevens. Está allí en calidad de reportero del Eco, convenciendo a unos participantes en la carrera del huevo y la cuchara para que adopten una pose tipo Usain Bolt y sacarles una foto. Olly ya lleva haciendo ese trabajo más de un año y no oculta su ambición de escribir en periódicos de ámbito nacional, pero Beth todavía no puede tomarle en serio como periodista. Quizá porque lo conoce desde los quince años y siempre le sorprende verle con camisa y corbata en lugar del uniforme de secundaria del South Wessex. Se fija en que sustituye su teléfono por un antiguo cuaderno de notas y un bolígrafo cuando escribe sus nombres y edades.

Beth apenas se ha sentado cuando la señorita Sherez dice:

—¿No viene Danny?

A Beth le arden las mejillas. Por favor, que no diga que ha hecho novillos.

—Creía que estaba aquí —dice. La señorita Sherez arruga la cara con preocupación.

—No, no le hemos visto desde ayer. —Nosotros tampoco, piensa Beth, y mentalmente ve dos imágenes intensas: la cama perfectamente hecha y la fiambrera con el almuerzo sobre la mesa.

El pulso se le acelera cuando empieza a sentir un frío pánico.

Se dice que conserve la calma, que lo más probable es que no sea nada, pero los dedos le resbalan al marcar el número de Danny en su teléfono. Aunque su llamada va directamente al buzón de voz, decide relajarse porque no quiere pensar que su hijo tenga problemas, pero si se entera de que ha hecho novillos, no lo quiera Dios, ella…

—Danny, soy mamá —dice, después de la señal—. No estás en el colegio. Llámame enseguida, cariño, sólo quiero saber dónde estás.

Pero mientras habla, su mente va por delante y la siguiente llamada, un segundo después de la primera, es a Jack Marshall, el del quiosco de periódicos, para comprobar que Danny ha hecho el reparto a primera hora de la mañana. Jack le dice que Danny no apareció. Tampoco llamó. Eso no había pasado nunca antes. Beth no consigue imaginar un motivo para que Danny no hiciera el reparto de periódicos.

¿Y ahora qué? Ella ya ha vivido antes una versión atenuada de aquel terror. Todas las madres han pasado por eso cuando una manita se escapa de la suya en el supermercado o en la feria. Es la rapidez lo que afecta; el modo en que todo pasa de felicidad a infierno en el espacio que media entre dos latidos. La respiración se acelera, los latidos del corazón se convierten en un zumbido y entonces, unos segundos después, aparecen y los abrazas hasta estrujarlos, antes de separarte y echarles una bronca que no olvidarán jamás. El pánico desaparece tan deprisa como llegó, pero aún notas las secuelas horas más tarde, la súbita subida de adrenalina y el terror del «y si».

Beth intenta respirar más despacio. Necesita tener la cabeza despejada.

Ve al mejor amigo de Danny, Tom Miller, con una medalla de plástico colgada del cuello. Hace esfuerzos para andar, no correr, hacia él; para hablar, no gritar.

—¿Danny no dijo que iba a algún sitio esta mañana, no lo dijo, Tom? Va todo bien. No tiene problemas. —Tom niega con la cabeza y Beth no tiene motivo para no creerle. Con una calma que no siente por dentro, ruega a la señorita Sherez que la llame si aparece Danny. Vuelve sobre sus pasos; nota los ojos de la profesora clavados en su espalda.

Con el rabillo del ojo ve que Olly Stevens la observa, con las antenas desplegadas. Da una vuelta inútil por el campo y lo recorre una vez más, pero el pánico la ha dejado medio ciega y su instinto le dice que Danny no está. ¿Entonces dónde? ¿En el pueblo? ¿En la playa? Corre a su coche y busca las llaves.

La carretera al centro de Broadchurch deslumbra por el calor. Humo de los tubos de escape se mezcla con la neblina, haciendo borrosos los números de las matrículas. El teléfono de Beth está en el asiento del acompañante, a su lado. No deja de comprobarlo, actualizarlo, comprobar el volumen y la señal. Todavía es periodo escolar, pero la circulación está atascada, como un día festivo de agosto durante una ola de calor. Suenan cláxones debido a la frustración. Hace unos años se habló de ensanchar la carretera o construir una vía de circunvalación. Beth fue una de las voces que se opusieron, pero ahora lo lamenta. Que pavimenten el jodido campo entero si se llega a la ciudad más deprisa.

A nadie le gustan los atascos de tráfico, pero es que Beth de verdad que los odia. Le provocan pesadillas. No soporta estar encerrada en circunstancias normales y no digamos ahora, cuando necesita movimiento, acción. Tiene la sensación de estar atrapada dentro de una caja de cristal que se va llenando con la rapidez del agua fría. No puede respirar. Puede que tarde unos cinco segundos en abrir la puerta y salir. Pregunta a la mujer del coche de delante qué es lo que pasa.

—Alguien ha dicho que la policía está en la playa —le contesta—. Podrían haber encontrado un cuerpo.

Cuerpo. Policía. Playa. Cuerpo. Policía. Playa.

Danny.

Beth tiene la sensación de que toda la sangre se le desploma por el cuerpo, aterrizando con una sacudida eléctrica en los dedos de sus pies. Deja puesta la llave de contacto, la radio encendida, y corre. Una furgoneta de la policía la adelanta. Va en sentido contrario de la autovía con dos carriles. Cuando pasa, el tono de su sirena cambia por el efecto Doppler. Beth sólo tiene tiempo de leer en un costado: Investigación Forense. Acelera el paso. Considera que la puede adelantar.

3

Hardy no soporta andar por la playa. Con la arena uno nunca sabe dónde está. Te hace caminar inseguro, engaña, retrasa. Y además aquella playa, más que ninguna otra, parece que no le soporta a él más de lo que él la soporta a ella con la arena áspera succionándole los pies.

Los agentes contienen a una creciente multitud de mirones madrugadores con las toallas de la playa enrolladas en sus bolsas. Un helicóptero sobrevuela la escena; sus aspas apagan los murmullos de la gente. Hardy ve que un agente extiende una cinta de plástico que impide el paso a la escena del crimen y allí en la orilla está…

El mundo parece vacilar en su eje y Hardy se agarra sin sentido al aire en busca de apoyo.

La cinta forma un cuadrado por tres lados que enmarca el cuerpo de un niño. Está tumbado con la cara en la arena y una mejilla visible. Lleva pantalones vaqueros y una camiseta de manga larga, zapatillas deportivas azules con un toque brillante de amarillo. Su pelo castaño está húmedo y apelmazado.

Hardy busca en su bolsillo las pastillas —hace tiempo que aprendió a tragarlas sin nada— y recuerda demasiado tarde que las dejó en la mesilla de noche de la habitación de su hotel. Respira acompasadamente, como le han enseñado a hacer, y el ataque de pánico empieza a remitir.

—No me hagas esto —dice para sí mismo. Quiere cerrar los ojos, tumbarse y dormir, pero se impone su experiencia y se las arregla para seguir poniendo un pie delante del otro—. Vamos —dice, y se fuerza a apreciar todos los detalles de lo que ve, que es demasiado para soportarlo. Alza la vista hacia el acantilado, el borde con hierba en lo más alto, la escarpada cara dorada y las rocas que rodean el cuerpo. Trata de imaginar la trayectoria.

—Ay, Dios mío —dice una voz de mujer detrás de él—. No, no, no…

Hay una mujer de aspecto maternal con una melena rizada que avanza tambaleándose hacia él. Automáticamente Hardy se interpone entre ella y el cuerpo mientras intenta suponer quién puede ser. ¿La madre del chico? ¿Cómo coño atravesó la cinta? Bob recibirá una sanción por eso.

—Le conozco, vive aquí, tomó el té en mi casa, es el hijo de mi mejor amiga —está diciendo la mujer.

Una madre, pero no la madre. Y lo ha identificado. Tienen que tranquilizarla, que les dé más datos. Hardy le ordena que se marche de la playa, pero ella saca con manos temblorosas de su bolso una placa de policía. Distingue su nombre y grado en un relampagueo, pero le lleva un momento más asimilar que aquella mujer llorosa es policía.

—Dios mío… Beth. ¿Lo sabe Beth?

—Cálmese, inspectora Miller —dice Hardy, aunque se da cuenta de que la histeria de ella está activando su propia calma. Cuanto más fuera de control está ella, más profesional se siente él.

—No, usted no entiende… Yo conozco a ese chico… Dios santo. Danny.

—Cierre la boca —suelta bruscamente Hardy—. Sea profesional. Ahora se está ocupando de un caso.

—¿Que cierre la boca? —Miller parece muy afectada, y él sabe cómo resolverlo, pues se trata de hablar así o soltar una bofetada. Funciona. Ella deja de llorar.

—Alec Hardy. —Le tiende la mano.

—Ya lo sé. Usted se quedó con mi puesto —dice ella.

—¿De verdad? —dice Hardy—. ¿Quiere ocuparlo ahora? —Tras su brusquedad, está animado. Por lo menos ahora ella habla como una poli. Aquello no dura mucho.

—Usted ni siquiera sabe quién es —le acusa Miller, como si fuera culpa de Hardy no haberse criado en aquel poblacho, como si fuera un mal policía por no saberse el nombre de todos los habitantes del pueblo en una semana.

—Dígamelo usted —le grita por encima de las olas que rompen.

—Danny, Daniel Latimer. —Hardy oye el nombre por primera vez y comprende que dentro de unas horas el caso adquirirá una notoriedad terrible—. Once años. Va al colegio con mi hijo Tom. Su familia vive aquí, su padre es fontanero.

—¿Se suicida gente en este sitio?

—Él no haría eso.

Cielos, tendría que enfrentarse con aquella mujer. No es extraño que él consiguiera el puesto si tenía que competir con alguien así.

—Conteste la pregunta.

—No. Hay otros sitios. Uno a unos cinco kilómetros al oeste, tierra adentro. —Estaba a la defensiva de nuevo—. No es de esa clase de chicos.

Hardy ya ha oído bastante a la inspectora Miller y le ordena que se entere de dónde están los de la policía científica. Algo en el modo tan limpio en que había caído el chico no tiene sentido y necesita que los de investigación forense averigüen lo que él ve. Hay una colilla a sus pies que necesita una bolsa. Esta vez no dejará que se le escape ninguna prueba, aunque tenga que rebuscar debajo de cada grano de arena de aquella playa.

Mientras Miller hace la llamada, se pregunta si la relación de ella con el chico muerto supondrá una ayuda para la investigación o un inconveniente.

La marea sube unos centímetros.

Beth corre habitualmente, pero nunca se ha movido así. Sus frágiles zapatos golpean el suelo sin absorber el choque, pero sus articulaciones no acusan el impacto. Llega a la calle Mayor en sólo unos segundos y dobla hacia el puerto. La gente se reúne en grupos de tres y cuatro, susurrando y señalando hacia la playa. Sólo Jack Marshall está solo, como un centinela a la puerta de su tienda.

Beth no tiene tiempo de fijarse en eso. Continúa corriendo, impulsada por una fuerza interna formidable. Respira con esfuerzo, pero parece contar con un interminable aporte de energía. Su mundo se ha reducido a esto: la necesidad de llegar a la playa y confirmar si lo que han encontrado allí no es a Danny, para poder seguir buscándolo. Mientras tanto, la gélida agua fría del miedo se alza a su alrededor, golpeándole en la barbilla.

Coches patrulla y furgonetas abarrotan el aparcamiento del paseo marítimo. Sus primarios amarillo y azul característicos resultan chillones e inapropiados frente a los azules suaves y dorados de la costa. Beth se ve obligada a aminorar la marcha cuando sortea los vehículos que maniobran, aparta a codazos de su camino a los que venden palas y cubos, y luego llega a la playa. La arena amenaza con retardar su marcha, así que se quita los zapatos, los agarra y carga con ellos. Nota la aspereza en la planta de los pies. Al pie del acantilado la cinta de plástico de la policía aletea blanca y azul con la brisa. Los agentes al cargo están tratando de convencer a los curiosos de que no hay nada que ver. A Beth le resulta fácil esquivarlos y pasar por debajo del cordón policial.

En medio de su campo de visión una línea oscura resalta en la arena. Si no hubiera oído que se trata de un cuerpo, ¿habría sabido lo que era eso? Se acerca más y comprueba que es demasiado pequeño para tratarse de un adulto, pero puede que sea una mujer. La pesadilla atrae su atención y sigue adelante.

Una forma familiar se interpone entre Beth y… aquello, y Ellie se vuelve despacio hacia ella. Beth recula durante un segundo porque hay algo horrible en la expresión de la cara de Ellie. Parece que le ha dado un ataque. Cuando ve a Beth la cosa empeora.

—¡Beth! —exclama, corriendo hacia ella—. ¡Márchate de la playa!

—¿Qué pasa? —pregunta Beth—. ¿Qué has encontrado? —Le está dando a Ellie la última oportunidad de decirle que todo va bien.

Ellie le bloquea el paso.

—No puedes estar aquí. —A Beth casi le entran ganas de reír. Aquella playa es tan suya como de todos los demás. ¿Cómo se atreven a decirle dónde puede estar y dónde no? Sigue poniendo un pie delante del otro. Es más ágil que Ellie y es fácil regatearla. Los policías que tiene detrás ya están lo bastante cerca para ver que sus sombras alargadas persiguen a la suya por la ondulada playa, pero ella sigue corriendo hacia el centro de la pesadilla y entonces ve los mismos colores demasiado intensos destellar delante otra vez. Ante azul con un toque de amarillo. Las zapatillas de Danny, las zapatillas que ella compró, no están tapadas del todo por el sudario improvisado. Lo que quedaba del aparente control de Beth se desmorona.

—¡Esas son las zapatillas de Danny! —Su voz rebota en los acantilados—. ¡Esas son las zapatillas de Danny!

Repite la frase una y otra vez, aunque la policía la ha alcanzado y la tiene sujeta por los brazos. Los uniformes negros y blancos de los policías se enfocan y desenfocan. Sonidos y voces van y vienen. Beth se retuerce y resiste, pero no puede soltarse. No le puede dejar allí con los pies asomando de aquel modo. Se le enfrían los pies cuando duerme. Tiene que taparle como es debido. Contorsiona el cuerpo una última vez en un esfuerzo inútil por liberarse. Cuando se la llevan a rastras, sus talones hacen surcos en la arena.

La pleamar del pánico se cierra por encima de la cabeza de Beth. El horror se adentra como agua sucia en sus pulmones. Le inunda el corazón. No le importa ahogarse. Lo aceptaría encantada.

4

La redacción del Eco de Broadchurch se encuentra en su estado caótico habitual. Allí la oficina digitalizada no es más que un sueño, con mesas enterradas bajo montones de páginas sueltas. Los resplandecientes monitores nuevos de las mesas están conectados a un deteriorado sistema informático que lleva años sin ser actualizado como es debido. Aquí viene Maggie Radcliffe, la directora: tampoco ella ha sido actualizada nunca. Lleva en las noticias locales desde que cortar-y-pegar significaba tijeras y goma, y fumar en la mesa de trabajo era de rigor. Ahora mueve un cigarrillo electrónico entre los dedos mientras mira con ojos entrecerrados una hoja Excel con la caída de ingresos.

Olly Stevens, el más reciente protegido de Maggie, entra con el pelo alborotado de un modo que sólo pueden atreverse a llevar los muy jóvenes. Parece encantado consigo mismo.

—Reg no lo consiguió —dice Olly, refiriéndose al veterano fotógrafo que por entonces pasa más tiempo en el León Rojo que detrás de sus objetivos. Pero Maggie todavía recurre a él; lo ve en el supermercado todos los fines de semana y se interesan por las mismas cosas de Broadchurch—. Así que las hice yo con mi teléfono. —Olly pasa de su teléfono a la pantalla las fotos de Tom Miller, que lleva puesta orgulloso la medalla «de oro». Hay bastantes para un desplegable de dos páginas.

—¡Fíjate qué caritas tienen! —dice Maggie—. Has tenido buen ojo.

Todavía está mirando por encima del hombro de Olly cuando un correo electrónico indica su presencia en la bandeja de entrada del ordenador de este.

—¡Dios mío! —dice Olly, poniendo los dedos en el ratón—. Daily Mail. Mi solicitud.

—¡Ábrelo! —exclama Maggie.

Tarda medio segundo en procesar lo que hay en la pantalla y la cara se le desencaja.

—Los muy cabrones.

—Cariño —le aplaca ella—. Hay muchos más periódicos.

—Ya he probado con todos —contesta él con aire sombrío.

—Eres bueno, cielo. Ya te llegará la hora.

Sus posteriores intentos de animarse quedan interrumpidos por la alerta de un texto en el teléfono de Maggie. Baja la vista.

—Yvonne dice que han cerrado la playa por algo. Vete a ver qué pasa, ¿quieres?

Hardy se encuentra en lo alto del acantilado por segunda vez esta mañana, en esta ocasión con la inspectora Miller a su lado. Treparon por el empinado sendero de la costa para llegar allí. Ahora la cinta de la policía impide el paso a los paseantes y curiosos. Es lo más parecido que hay a una barandilla. Hardy no puede creer que dejen subir por allí a la gente sin una valla de seguridad. En el campo todo es un peligro. Se acerca al borde todo lo que su osadía le permite. Medio metro por debajo de la hierba del borde hay un saliente estrecho, un sitio para que la gente se lo piense dos veces antes de tirarse.

Los agentes que investigan la escena del crimen están agachados y andan a cuatro patas vestidos de blanco en busca de pistas; los supervisa Brian Young. Tiene la capucha bajada y se ha quitado la mascarilla para demostrar su autoridad; la brisa acaricia su mechón de pelo negro.

—¿Cómo va eso? —le pregunta Hardy.

—Empieza a parecer que simularon una caída —dice Brian. Hay un tono interrogativo en su voz; no duda de las pruebas, pregunta más bien por qué—. La posición del cuerpo no es la adecuada, demasiado bien preparada. Y aquí arriba no hay hierba aplastada o señales de resbalón, ni piedras sueltas. Ninguna fibra ni marcas de manos. No se aprecia una trayectoria de caída.

—¿Se refiere a que no cayó? —pregunta Hardy—. ¿Podría haber saltado?

—No es probable, teniendo en cuenta dónde se le encontró, y la trayectoria de los acantilados. —Brian imita el movimiento de caída con las dos manos—. Pregúnteme si alguien intentó que pareciera un accidente. No creo que él estuviera aquí arriba.

—¿Ven? —dice Miller—. Danny no. Él no haría eso.

—Recurra al patólogo, dígale que se dé prisa, aunque esté en los preliminares —contesta él.

Bajan a pie de vuelta a la playa. Miller le habla a Hardy de las distintas vías de acceso a los acantilados desde el pueblo y él escucha con atención. Todavía no consigue ubicarse, aunque está empezando a encajar las diferentes partes del pueblo y recuperar su sentido de la orientación, de modo que aquel sitio va reemplazando poco a poco una imagen congelada de su pasado.

El parque de caravanas parece un pueblo de juguete desde arriba y sigue pareciéndolo al acercarse. En la puerta de la número 3 está apoyada una mujer que no sonríe, con un perro pardo y grande a los pies y una taza en las manos. Hardy toma nota mental de esa imagen.

Un Nissan rojo abollado se detiene chirriando detrás de ellos. Un jovenzuelo de ojos pardos salta fuera desde el asiento del conductor y avanza en su dirección. Sonríe. Miller acelera los pasos hacia su coche.

—Parece que la conoce —dice Hardy, segundos antes de que el chico grite:

—¡Tía Ellie!

Miller se pone muy roja, lo que divierte a Hardy. Aquella mujer no necesita avergonzarse; es perfectamente capaz de parecer estúpida por sí misma.

—Olly Stevens, del Eco de Broadchurch —dice el joven, y se termina la diversión.

—Ninguna declaración aún —dice Hardy de modo automático. Cierra de un portazo el coche en la cara de Olly, pero la voz de este llega a través de la ventanilla.

—Me enteré de que había un cuerpo. ¿Ha sido identificado? ¿Por favor? —dice con la voz de un niño que pide un helado.

—Habrá una declaración oficial, Oliver —contesta Miller. Se aleja en su coche, dejando a Olly entre una nube de arena.

Ellie no consigue recordar la última vez que fue en coche a Spring Close: es más rápido cruzar andando el campo de juegos que conecta sus dos casas. Trata de concentrarse en el retrovisor, las señales y las maniobras del trayecto en lugar de lo que le espera al final de éste.

Entonces se detienen delante de la casa de los Latimer y la realidad se impone con crudeza. Ella conoce aquella casa casi tan bien como la suya. Puede verla al otro lado del campo desde la ventana de su cocina: han pasado allí más tardes de domingos bebiendo de los que es capaz de contar. Y sin embargo parece extraña, desconocida, como si nunca hubiera estado antes allí. Siente la doble responsabilidad de una amiga y de una agente de la policía, por ese orden, y sugiere a Hardy, cuando se apean del coche, que vaya por delante porque los conoce.

—¿De cuántas muertes como ésta se ha ocupado? —pregunta Hardy. Ella se siente muy pequeña.

—Esta es la primera.

—No lo puede hacer mejor. No lo intente.

—¡Usted no sabe cómo trabajo! —Él está poniendo a prueba su fuerza… buscando la calma en el caos… como si hubiera una especie de tendón de Aquiles.

Hardy habla señalando los puntos clave, y sus marcadas erres escocesas confieren energía a sus palabras.

—La primera hipótesis es secuestro. Se lo llevaron. Y si fue así, ¿por qué? Fíjese en ellos. En todos los movimientos. Cualquier cosa que no tenga sentido me la dice. Cuanto más próxima es la relación, mayor es la posibilidad de que se sea culpable. No me mire así.

Ellie no se da cuenta de cómo lo hacía.

Dentro, los Latimer están en el sofá. Beth, Mark, Chloe —todavía con el uniforme del colegio— y Liz. Beth tiembla, llevándose continuamente las manos de la tripa a la boca. Mark está tan quieto que apenas parece respirar.

Hardy agarra una silla de la mesa donde comen y se pone enfrente. Ellie siente un intenso impulso de protección que le coge por sorpresa; no le quiere cerca de ellos.

—Esta mañana encontraron el cuerpo de un niño en la playa. —Ellie oye la frase desde fuera por primera vez. El eufemismo, expuesto con tanto cuidado, ahora sólo sirve de insulto y aplazamiento.

—Es Danny, ¿verdad? —grita Beth—. Vi sus zapatillas.

Liz hace la señal de la cruz.

—Muchos chicos usan el mismo —dice Mark, y luego a Hardy—. Lo siento. Hable.

—Creemos que es el cuerpo de Danny —dice Hardy. Ellie espera condolencias, y no llegan; sólo el hecho sin más, brutal.

—¿Era él, Ellie? —pregunta Beth. Ante el gesto de asentimiento de Ellie, Beth se viene abajo como si la columna vertebral se le desmoronase, y su boca contiene un grito silencioso. Chloe hace un sonido como si se ahogase y vuelve unos ojos muy abiertos y asustados hacia su padre. Mark sujeta con el brazo derecho a su mujer y ella se apoya en su pecho. Con el brazo izquierdo abarca a Chloe y Liz, y murmura una y otra vez la lamentable mentira de que todo saldrá bien.

Ellie está paralizada e impotente mientras los ve agarrarse unos a otros, con el dolor en carne viva; el espantoso retrato de una familia que nunca volverá a estar completa. Sus propias lágrimas le queman los músculos de la cara. Se pregunta cómo podrá contenerlas y, cuando la imagen que tiene delante se hace borrosa, se da cuenta de que ha fracasado.

Una taza de té. Es lo único que se le ocurre hacer. Ellie se siente como una agente de calle de los setenta cuando revuelve en la alacena de Beth en busca del azúcar.

Las lágrimas dan paso a una paralizante sorpresa de modo sorprendentemente rápido. Beth y Chloe están cogidas de la mano con tal fuerza que tienen las yemas de los dedos púrpuras de sangre sin circulación.

—¿Fue un accidente? —pregunta Beth—. ¿Se cayó?

Dirige la pregunta a Ellie, pero contesta Hardy.

—Todavía no lo sabemos —dice—. ¿Se le ocurre por qué podría haber estado en los acantilados anoche o esta mañana?

—No debería haber estado —dice Beth.

—Bien, era evidente que estaba —dice Mark con brusquedad.

Las cejas de Hardy se enarcan de sopetón. Ellie decide explicar por qué el ladrido de Mark es peor que su mordisco. Entonces recuerda el modo en que gritó a Nigel en la furgoneta aquella misma mañana y siente frío en la boca del estómago.

—¿Cómo estaba Danny estos últimos días? —pregunta Hardy—. ¿Estaba molesto por algo?

—Él no se mató, si es lo que usted sugiere —dice Mark—. No haría eso. Sabe que puede hablar con nosotros de todo.

—Estuvo… normal —dice Beth. La palabra suena rara, como si supiera que «normal» es una palabra que nunca volvería aplicarse a sí misma.

—¿Y cuándo le vio por última vez? —insiste Hardy.

—Fui a verle hacia las nueve de la noche —dice Beth—. Estaba en la cama leyendo. Y esta mañana… —Beth vacila, y a Ellie le parte el corazón ver que empieza a culparse a sí misma—. Él se levantaba y salía antes que los demás, para repartir periódicos. Pero hoy no pasó por el quiosco.

Se sincera con Hardy. Ellie aprecia su fe ciega y se entristece. Ahora no es el momento, sin duda, pero no tardará en enterarse del último caso de Hardy. Ellie le detesta por ponerla en aquella situación.

Hardy escribe algo en su cuaderno de notas.

—¿Alguna señal de que hubieran forzado la casa?

—Ninguna. —Mark hace como si fuera una pregunta estúpida. El silencio se impone—. Quiero ver el cuerpo.

Cuatro pares de ojos giran en su dirección.

—Podría estar usted equivocado. —Se encoge de hombros—. Así que quiero estar seguro. Quiero verlo.

5

Ellie lleva en coche a Mark Latimer al hospital del pueblo. Es un edificio bajo de sílice con un brillante rótulo del Servicio Nacional de Salud clavado en la vieja piedra. Los árboles susurran a su paso cuando dejan el minúsculo aparcamiento. La cara de Mark está inexpresiva. La única señal de lo que se dispone a hacer es una breve vacilación a la entrada.

—¿Cuántas veces has hecho esto, Ell? —le pregunta.

—No lo he hecho nunca —reconoce ella. Por supuesto que ha estado antes en el depósito de cadáveres, por accidentes de circulación, un par de ahogados y una sobredosis. Pero nunca por un asesinato, nunca por un niño y, Dios santo, nunca por un amigo. Ha recibido formación sobre aquellos delitos concretos, claro que sí, pero de eso hace años y aquella es la zona rural de Dorset. Prácticamente había dado por sentado que nunca tendría que ocuparse de algo así. Por debajo de la conmoción y la pena, sentía pánico. Apenas recordaba el procedimiento, por no decir el modo adecuado de dirigirse a quien sufría de modo directo al acto violento.

En la sala de reconocimiento reina un silencio de iglesia. Levantan despacio la cortina para mostrar a Danny al otro lado del cristal. Aún tiene la cara sucia: la tierra oculta su piel infantil mientras los granos de arena brillan como lentejuelas. Parece más joven de lo que ella le había visto en años. Parece vivo. Ella casi espera que se levante y grite: «¡Sorpresa!». Hace unos años él y Tom jugaban al escondite entre las dos casas y el campo de juego. Tom una vez se quedó atrapado en el contenedor de basura de los Latimer y Danny se hizo un esguince al saltar desde un árbol para sorprender a su amigo. El recuerdo hace que la habitación se tambalee delante de ella.

Mira a Mark y la cosa es casi peor. Aquella cara que ha visto reír y cantar, borracha y feliz, está ahora contraída por la pena.

—Durante todo el camino pensé que no sería él —susurra Mark—. Mi Danny.

La intuición de policía o quizá un instinto maternal indica a Ellie lo que va a venir después.

—¿Le puedo tocar? —pregunta Mark, y ella tiene que negar con la cabeza.

—¿Por qué él? —dice Mark, dirigiendo su cólera a Ellie—. Es pequeño. Sólo es mi chico. —Se arrodilla junto a la cara de Danny, y aunque la misión de Ellie es vigilar, tiene la sensación de no atenerse a la ley—. Oye, hijo. Siento no estar ahí en tu lugar. Eres mi hijo y te he fallado. Lo siento mucho, muchísimo, Danny. Te quiero un montón, eres un tío grande. Siempre te querré. —Mark se pone a llorar ruidosamente, y sus palabras se mezclan unas con otras. Se quedan así treinta minutos.

Ellie no dice nada. Tiene el cuello empapado en lágrimas.

El inspector Hardy, que baja la vista hacia los guantes de goma de sus manos y las envolturas de plástico de sus pies, se ve transportado contra su voluntad a otra habitación de un niño, a otra escena de un crimen. Quiere —necesita— registrar aquella habitación antes de que lleguen los especialistas.

Abre la puerta de la habitación de Danny, pegatinas infantiles se despegan bajo las yemas de sus dedos enguantados. Dentro, un despertador se enciende y apaga a una hora inexacta. La ventana está entreabierta, la llave todavía en la cerradura. Desde allí ve a unos niños jugando al fútbol en el campo de atrás. Niños entran y salen corriendo de los jardines que bordean el campo. ¿Cuánto durará aquello una vez que se corra la voz?

Una corbata del colegio forma una S encima de la cómoda. Un ordenador portátil maltratado y una consola de juegos están caídos junto a un telescopio y una videocámara de bolsillo. Trofeos deportivos se disputan el espacio en las estanterías y el alféizar, y fotografías de Danny en la piscina o en el campo de fútbol insuflan vida al cuerpo de la playa. Hay rastros de su infancia por todas partes: un manoseado álbum de pegatinas de Pokémon está en lo más alto de una pila de revistas, y un mono de peluche espera paciente encima de la almohada.

A un lado del marco de la puerta está señalada la estatura de Danny, con una marca en la pared desde los cuatro años hasta hace un par de meses. Las primeras fechas y medidas están escritas por la mano de un adulto, pero la mayoría son del propio Danny, con una letra infantil redonda que va evolucionando hacia una caligrafía distinta. Las señales se interrumpen con brusquedad en un punto cerca del codo de Hardy. Una intensa tristeza atraviesa su armadura de profesional y se deja caer en la cama con la cabeza entre las manos. Algunas personas contienen las lágrimas detrás de los globos oculares, pero cuando Hardy quiere llorar tiene que contenerlas utilizando el fondo de su garganta. A veces le da la sensación de que es el único músculo con fuerza de su cuerpo.

Cuando vuelve a alzar la cabeza, Beth está a la entrada mirándole. Él ha visto aquella expresión antes, en otra madre, y tiene que apartar la mirada. No es el dolor lo que no puede soportar. Es la confianza, la confianza incondicional que tiene ella en él.

Más tarde, Hardy está en el muelle esperando a su jefa. La conversación con la comisaria Jenkinson es inevitable y puede predecir lo que va a decir ella tanto como lo que dirá él. A su izquierda está la playa donde fue encontrado Danny, así que mantiene una mirada sin vida hacia delante. Pequeños botes de goma viran para evitar las lanchas de motor que surcan las quietas aguas del puerto. Frente a él, han apilado unas rocas puntiagudas para que sirvan de rompeolas.

Jenkinson se le acerca llevando —¡que venga Dios y lo vea!— dos helados rematados por encima con bolas. No hay duda de que uno es para él.

—Dada la naturaleza de este caso, es probable que prefiera que se lo encarguemos a otro agente —dice, dándole el cucurucho. Él intenta que su jefa no advierta su repugnancia.

—No. —Lleva preparando esa respuesta desde que vio por primera vez el cuerpo.

—No se trata de su capacidad —dice ella, empujando sus caras gafas de sol hacia la nariz—. No queremos que lo de Sandbrook se interfiera.

—Fui declarado completamente inocente. —Si al menos le hubieran dado cinco libras cada vez que tuvo que decir eso.

Ella da una chupada a su helado.

—Alec, vino aquí para quitarse de en medio.

No podía estar más equivocada.

—Yo vine aquí a hacer lo que exigiera el servicio.

—Pero en lo referente a la opinión pública, puede ser vulnerable. Le estoy dando la oportunidad de mantenerse al margen. Nadie le culpará de nada. Esto pasó a un tiro de piedra de su comisaría.

—He conocido a su equipo. No hay nadie tan cualificado como yo. —Ella no le contradice. No puede—. Lo de Sandbrook no me hace más vulnerable. Me convierte en el mejor para este caso. Usted quiere protegerme, y agradezco que lo intente. —Mantiene la mirada de ella para apreciar si le engañaba. Nada—. Gracias por el helado.

Hardy vuelve a la comisaría. Cuando da vuelta a la esquina y Jenkinson no le puede ver, tira el cucurucho al puerto, donde cae con un chapoteo antes de convertirse en nada.

6

Ellie observa al grupo reunido para la sesión informativa, con cuadernos de notas encima de las piernas. Nunca había visto un ambiente como aquel en la comisaría, y no se debe sólo a que haya sido asesinado un niño del pueblo. La historia de Hardy carga de tensión la sala. A pesar de eso, hay algo convincente, casi galvanizador en él cuando pasea delante de ellos, soltando suposiciones.

—¿Fue secuestrado Danny Latimer? ¿Consiguió entrar alguien en la casa, y si así fue, cómo? —Su acento se hace escocés más pronunciado cuando insiste en ese asunto—. Y si no forzó la entrada, ¿quién tiene una llave? Debemos comprobar todas las grabaciones de las cámaras de vigilancia en un radio de un kilómetro alrededor de la casa. Miller: la familia, ¿dónde estaban?

A Ellie no le gusta dirigirse a todo el grupo en circunstancias normales, y mucho menos que la atención se centre en ella sin estar preparada.

—Madre e hija estaban dentro, viendo la tele. —Oye el tartamudeo de su voz y se repliega en sí misma. Los subinspectores Frank Williams y Nish Patel, los dos muy atentos (sólo hace un par de meses que no llevan uniforme, y aquel es su primer caso importante) toman notas detalladas, aumentando la presión; Ellie considera que cada palabra que salga de su boca tiene que ser precisa, útil, persuasiva—. Dicen que no salieron de casa hasta el día siguiente para ir al colegio. El padre estaba fuera debido a una llamada de emergencia… es fontanero; volvió hacia las tres. Ni el padre ni la madre pensaron en ir a ver al chico. La abuela vive cerca, estuvo en casa toda la noche…

Hardy fulmina con la mirada a su equipo.

—Hasta que estemos preparados, todo esto debe ser materia reservada, nada de chismorreos. ¿Entendido? Bien, sigamos. —Mueve la mano como si espantara gallinas—. Usted… Miller, venga conmigo.

Pasan junto a Bob Daniels, que sale del servicio. Bob es un agente a la antigua usanza, grande y franco. Juega en el mismo equipo de fútbol sala que Joe y Mark Latimer, y su hijo Jayden forma parte de la pandilla de Tom y Danny. La idea de los niños le recuerda a Ellie —ha pasado toda la mañana quitándoselo de la cabeza— que aquella noche, cuando vuelva a casa, tendrá que decirle a Tom que su amigo está muerto. Nunca le ha dado más miedo una conversación.

Bob tiene los ojos enrojecidos y la respiración entrecortada e involuntaria de alguien que ha llorado mucho. Las ondas expansivas que origine este caso serán tan amplias como profundas. En Broadchurch sólo hay uno o dos grados de separación. Los hombretones llorarán esta noche.

Tienen que controlar cómo se corre la voz. Las especulaciones ya se han extendido, pero el informe oficial no se hará público hasta esta tarde. Ellie está firmemente convencida de que la gente del pueblo, y en especial los compañeros de colegio de Danny, deberían recibir la noticia antes y sin equívocos. Tendrá que preguntar en la redacción del periódico cómo manejan eso ellos. No hay precedentes. ¿Deberían llamar al colegio? Y si lo hacen, ¿entonces qué? Lo habitual es que las informaciones urgentes se les den a los padres por mensajes de texto, pero eso sería un insulto para todos. Si pudiera, ella llamaría a todas las puertas, lo contaría cara a cara, de madre a madre, de familia en familia. Pero no puede. La necesitan allí.

Durante la breve caminata hasta el quiosco de prensa de Jack Marshall, Hardy está sumido en un apesadumbrado silencio. Después de que todos sus intentos de entablar conversación fracasaran, Ellie se rinde y deja que sus pensamientos vaguen libremente.

Hace grandes esfuerzos para convencerse de que aquello lo ha hecho alguien que aprovechó la oportunidad, uno de fuera del pueblo, un loco de los que andan sueltos de paso. Pero con esa teoría inmediatamente trae aparejado un argumento en contra. Para empezar, uno no sólo pasa por Broadchurch. Y de noche no hay luces en la playa del acantilado del puerto. Hay que conocer el sitio bastante bien para saber dónde pisar, y más aún para abandonar un cuerpo y borrar las pistas.

¿Entonces, quién? Hardy, que no disimula su desagrado hacia Broadchurch, está desarrollando la teoría de que se trata de alguien del pueblo. La única persona del pueblo fichada por abusos sexuales es un viejo vicioso que está encerrado en una residencia para ancianos desde el año pasado. Como todos los pueblos, Broadchurch tiene un puñado de familias conflictivas, pero su irrelevante historial de disputas internas y tráfico de drogas no sugiere que se llegue al asesinato de un niño. Eso hace sospechar que se trata de una persona respetable, o al menos de alguien sin antecedentes.

Ellie mira a su alrededor. Con el sol en lo alto, el paseo marítimo resulta tan bonito como siempre, pero la sospecha es un filtro situado sobre esas casas tan bien pintadas y barcos que parecen dibujos en un cuaderno, un filtro que distorsiona y ensombrece todo lo enmarcado. El asesino de Danny puede ser cualquiera de los hombres que ve. Aquel tipo de mediana edad que trata de equilibrar una caja de pescado en el hombro; el joven subido a una escalera que limpia ventanas. Un hombre vagamente conocido y trajeado que toma café de un vaso de plástico y avanza hacia ellos. ¿Sería capaz de estrangular a un niño? Saluda con la cabeza; Ellie se sonroja como si él le hubiera leído la mente, y baja la vista hacia los adoquines. En el momento en que es más necesario observar las cosas, parece que no puede mirar a nadie a los ojos.