California Blue - Carlos Rodríguez Garrido - E-Book

California Blue E-Book

Carlos Rodríguez Garrido

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Beschreibung

La saga Bonnet continua Alex Bonnet, huyendo de su atormentada relación con Isabel Blasco, acepta investigar el caso sin resolver de Marc Tyler, joven hispano norteamericano asesinado en las cercanías de San Francisco. Lo que toma por unas merecidas vacaciones para olvidarse del desamor no tarda en convertirse en un reguero de dolor. La cruda realidad se le vuelve a echar encima en el marco inigualable de California, con sus increíbles contrastes, un bello escenario que oculta una historia terrible de la que no saldrá bien parado. ¿Qué le espera a Alex Bonnet cuando la niebla aceche la mitad de la ciudad de San Francisco?

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Seitenzahl: 508

Veröffentlichungsjahr: 2021

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CALIFORNIA BLUE

EN EL LÍMITE DE LA NIEBLA

 

[CARLOS RODRÍGUEZ]

 

Primera edición: agosto de 2021© Copyright de la obra: Carlos Rodríguez Garrido© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions

Código ISBN: 978-84-123328-6-5Código ISBN digital:978-84-123328-7-2

Depósito legal: B-7986-2021

Corrección literaria: Teresa PonceMaquetación: Celia Valero

Imagen de portada: Celia Valero

Edición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez

©Angels Fortune Editions www.angelsfortuneditions.com

Derechos reservados para todos los paísesNo se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni la compilación en un sistema informático, ni la transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico o por fotocopia, por registro o por otros medios, ni el préstamo, alquiler o cualquier otra forma de cesión del uso del ejemplar sin permiso previo por escrito de los propietarios del copyright.«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, excepto excepción prevista por la ley»

 

Juan, acá el mundo se ha vuelto reloco,

raro, como una novela de ficción.

Pero entre unas cosas y otras

vamos superando etapas.

Tu hijo, que se ha hecho un hombre.

Always forward.

 

 

 

A todo ese gentío que cree en mí:

gracias.

 

 

California Blue,

dreaming all alone,

nothing else to do,

California Blue.

Everyday I pray,

I'll be on my way,

saving love for you,

California Blue.

 

Still missing you,

California Blue.

 

 

Roy Orbison. California Blue

 

Prólogo

Vallejo, California

Hacía días que el aire seco del otoño se dejaba sentir en la California central. Los rayos de sol perdían fuerza a la misma velocidad que las copas de los árboles se encendían con matices ocres, y el azul brumoso del cielo mudaba a cristalino bajo la influencia del viento de Sierra Nevada, predominante hasta la primavera, cuando la humedad del Pacífico invadiría de nuevo la zona de la Bahía.

En el interior del estado, en los condados más alejados de la influencia del océano, esa transformación era, si cabe, más llamativa. Una región de suaves colinas, terrenos cultivados y extensas áreas boscosas que separaban el litoral de las montañas; una poblada y próspera transición entre la humedad de la costa y la aridez de la Gran Cuenca de Nevada.

Marc Tyler se había tomado unos días libres. Se entregaba al sueño hasta bien entrada la mañana, después callejeaba por Castro hasta hacer un alto en el primer restaurante desconocido que encontraba a su paso y apuraba la tarde en las tiendas y mercadillos del centro.

Aquella mañana, sin embargo, había abandonado San Francisco con destino al valle de Napa, un valle largo y verde situado a dos horas de la ciudad. Acababa de visitar uno de sus múltiples viñedos, con un château de grandes ventanales nutrido de columnas y coronado por varios torreones de forma ovalada. El palacio se encontraba rodeado de un jardín de bonito diseño pero descuidado mantenimiento.

«Una auténtica horterada», pensó Marc, echándole un último vistazo antes de subir al coche; o una copia mediocre del boato francés, que viene a ser lo mismo. Sin embargo, disfrutó de la visita guiada y de la selección de caldos que ofrecieron al finalizar. Adquirió dos botellas de vino tinto y dos de blanco. Al abandonar el château tomó una carretera secundaria y se dirigió hacia el sur sin superar las sesenta millas por hora, dejándose acariciar por la brisa que penetraba por la ventanilla.

Almorzó en un restaurante a la entrada de Vallejo de escasa imaginación y precios abusivos. Al finalizar, regresó a su vehículo y tomó el primer camino que le alejaba de la zona poblada, una pendiente suave que le llevó hasta lo alto de una colina desnuda de vegetación. Entornó los ojos y respiró profundamente. Se sentía el hombre más dichoso del mundo y deseaba saborear la armonía y el hormigueo en el estómago que proporciona el amor correspondido.

Sintonizó una estación de música country y subió el volumen, nada mejor para engalanar y ambientar la propia historia de amor. Encendió un cigarrillo. Las líneas perfectamente delineadas de los viñedos perfilaban el valle, salpicado de rodales de tierra ocre, depósitos de agua y edificios de ladrillo. En el cielo, las nubes de algodón se dirigían hacia el este en busca del mar. Sonrió. No se le ocurría mejor sitio para vivir que California, un territorio que lo tenía todo. Un país que compartía las bellezas del mar y la montaña, lleno de oportunidades, de gente de espíritu emprendedor desconocedora de la palabra abatimiento, capaz de convivir con una naturaleza embravecida que le daba a la vida ese punto de temor y fascinación que mantenía el alma en continua excitación.

Se sentía satisfecho. Lo había conseguido. Desde que abandonara San Francisco a la edad de nueve años, una sola idea había copado sus pensamientos: regresar. El sueño le vencía imaginando cómo sería su vida de adulto en la ciudad que le vio nacer, con el Golden Gate, Embarcadero y las aguas del Pacífico como decorado onírico. Un cambio que le supuso dejar de ser un niño tímido, obediente y estudioso, para desarrollar un temperamento hostil e inestable. Temeroso de olvidar el inglés, se había negado a hablar español, convirtiendo al idioma de Cervantes en otra de las torturas que oprimía su existencia.

En algún momento de ese tiempo que se le hizo eterno, regresar a California cruzó la línea de la ilusión para convertirse en obsesión.

Le dio una última calada al cigarrillo. Todo eso quedaba muy atrás en el tiempo. Ahora, incluso se enorgullecía de un bilingüismo que tantas puertas le abría en la vida profesional. Abandonó España pronunciando las palabras que su madre necesitaba oír, prometiendo una estancia en Estados Unidos con fecha de caducidad, pero seguro de que nada ni nadie volvería a arrancarle de aquel rincón del planeta.

A Marc se le erizó el pelo de la nuca con los primeros compases de What hurts the most, de los Rascal Flatts. Country rock con mayúsculas. La voz de Gary LeVox, afilada, potente, hablaba de arrepentimiento, de mirar atrás cuando ya nada tiene remedio, del dolor de la soledad.

«Too much drama, honey», sonrió.

Una letra hermosa, pero que ya no iba con él. Hacía tiempo que vivía en otro nivel. Desde su regreso a Estados Unidos, el cuadro de felicidad se terminó de colorear una tarde fría y lluviosa de invierno cuando John Moore entró en un bar de Castro, sonrisa perfecta, paso decidido y mirada chulesca de niño perverso, protagonizando el vídeo Rent de los Pet Shop Boys. Minutos después, le invitaba a una Bud y el mundo se llenaba de serpentinas de colores.

Aquel día, Marc aprendió dos cosas: que era cierto que cuando alguien se embelesa los músculos faciales no responden y que es posible enamorarse hasta las trancas en el espacio de media hora.

Se tomaron esa cerveza y alguna más y cuando el local se llenó se apretujaron en una esquina y luego bailaron muertos de risa y salieron a fumar y al entrar de nuevo en el local buscaron desesperadamente la complicidad del mismo rincón.

«You dress me up, I’m your puppet», le susurró John al oído y, claro, Marc desapareció durante tres días con sus tres noches, al tiempo que volvía a cambiar su perspectiva de un mundo ya del revés. Entre vapores de amor y ropa prestada, regresó a Loma Vista con una cara de satisfacción que no aplacó la ira de Anne.

—¡Eres un cabrón!

—¿En serio?

—Te hubiera costado poco hacer una llamada o enviar un mensaje.

Marc se metió en el baño con ropa limpia bajo el brazo. Poco después, ella entró sin llamar disparando un arsenal de preguntas.

―¿Es guapo? ¿Cómo se llama? ¿A qué se dedica? ¿Cómo la tiene?

El joven asomó la cara por la mampara y resumió la situación:

—Desde que le miré a los ojos por primera vez —afirmó entre suspiros—, supe que John había llegado para campar a sus anchas en el espacio que existe entre mi cuello y mi cintura.

—Te ha dado fuerte.

—Sí.

Anne salió del baño resoplando.

—¡Qué mal repartido está el mundo! —se quejó, dejando la puerta abierta—. ¡Qué mal!

 

Marc miró el reloj. No tardaría en anochecer. Abandonó las colinas y atravesó de nuevo las terrazas de viñedos hasta llegar a Fairgrounds Drive para acceder a la autopista 37. Diez minutos después aparcaba frente a la recepción del Six Flags East.

La empleada, una joven delgada y pecosa, le reconoció de inmediato. Descarada, se permitió guiñarle un ojo al ofrecerle la misma habitación del piso superior. Una sola cama, moqueta azul cobalto, paredes pintadas de amarillo y colcha multicolor con dibujos abstractos. Una combinación de colores que solo la falta de sentido del ridículo norteamericana era capaz de componer.

Marc vació la mochila sobre la cama. El ordenador portátil, el móvil, la billetera, una muda y los artículos de aseo. Había olvidado la agenda. A pesar de poseer un smartphone repleto de las más variadas y completas aplicaciones, era un ferviente partidario de las agendas clásicas, que disponían de sobrado espacio para tomar notas y donde podía comprobar sus citas de un solo vistazo.

John no llegaría antes de las ocho. Dejó descargando el correo electrónico, bajó y sacó de la máquina una botella de agua y un café. Sentado en la cama, examinó la bandeja de entrada. Nada relevante. Los clientes, como siempre, ahogándose en un vaso de agua y requiriendo soluciones inmediatas. Después de una rápida valoración, contestó a los más urgentes y ofreció remedios de emergencia. Los de Golden Wall estaban sufriendo desconexiones intermitentes de internet no imputables, al parecer, a su compañía de telefonía. Con un 80 % de ingresos provenientes de la venta a través de su página web, estaban desesperados.

Se encontraba a tres horas y media de Reno y a las puertas de una noche extensa y gloriosa, pero alargó la mano, encendió el móvil y conectó el sonido. Las llamadas perdidas de Golden Wall ocuparon la pantalla.

—Perdona, Roy, estaba ocupado —mintió.

Siguiendo instrucciones, Roy realizó unas comprobaciones y desconectó y volvió a conectar algunos interruptores. Minutos después, el gerente de la empresa se mostraba más tranquilo.

—Es una solución provisional, pero funcionará —aseguró el informático.

—Eres el mejor.

—¿A que sí? Pasado mañana antes de comer me tienes allí.

La mayor parte de sus clientes se encontraban en el Área de la Bahía, desde Santa Rosa a San José, y en las poblaciones que atravesaba la interestatal 80 en dirección este hasta ya bien entrado Nevada. Un área inmensa que le obligaba a desplazarse a menudo. La 24/365 Assistance de Tyler-López PCS ofrecía una asistencia continua las veinticuatro horas todos los días del año. Un contrato que había tenido mucho éxito y proporcionaba sustanciosos ingresos.

Tomar la decisión de trabajar por su cuenta no había sido fácil, ocupando el tema muchas noches de insomnio. Los ingresos se habían cuadruplicado, pero las jornadas laborales podían llegar a ser interminables. Los primeros clientes, tratados con mimo exquisito, fueron la clave de ese éxito, extendiendo la etiqueta de Tyler-López PCS, Ingeniería Informática con el boca a boca, sistema que funcionaba en Estados Unidos tan bien como en cualquier otro lugar de la Tierra.

Dudó si añadir el López a su apellido anglo, indeciso ante las posibles connotaciones negativas entre la población blanca, impredecible para según qué cosas. Sin embargo, resultó un acierto. A los wasp el asunto parecía traerles sin cuidado y una gran cantidad de latinos habían acudido a él atraídos por el apellido castellano.

Un éxito que empezaba a traer problemas. Los clientes crecían sin parar y no daba abasto. Un ritmo por el que pronto alcanzaría el límite razonable que le obligaría a dejar a algunos desatendidos.

Fue de nuevo el insomnio quien le marcó el camino. Se instalaría a lo grande. Contrataría un informático que atendiera a las empresas del eje de la interestatal y él se quedaría con las más cercanas. La empresa contaría con una sede física, que ya tenía localizada: un despacho de dos piezas y baño en un edificio de oficinas de Market con la 16, frente a la parada del tranvía de Noe Street y a dos manzanas de las margaritas de Castro. Tyler-López Professional Computer Support estaría atendido por una chica simpática de voz aflautada, bolígrafo sobre la oreja y chicle en la boca, que se encargaría del teléfono, coordinaría las visitas y facturaría a los clientes.

Su mejor baza consistía en ser endiabladamente bueno en su profesión. Y rápido. Y la gente estaba dispuesta a pagar cualquier cosa por verse liberada con celeridad de los problemas con que venía envuelto el mundo de la informática.

Se desperezó y dio un gran bostezo. Siete y cuarto. Agarró el vaso de cartón y apuró el café, ya frío. Luego se desnudó y se metió en la ducha.

 

Sintió frío mientras se secaba con la toalla blanca del motel, tan áspera como siempre y que olía a humedad. Se afeitó con meticulosidad y recortó con unas tijeras de viaje un par de pelos díscolos de las cejas que se negaban a mantener la debida alineación. Después se extendió por todo el cuerpo una abundante cantidad de crema con base de aloe, se aplicó desodorante neutro en las axilas y se cepilló los dientes. Por último, se puso unos calzoncillos negros y una camiseta blanca. Nada más. Así era como iba a recibir a John porque así era como él quería que le recibiera.

Cambió de canal con desgana hasta encontrarse con I Love Lucy, la serie televisiva de los cincuenta. Le chocaba oírla en versión original; diecisiete años en España dejaban su huella. Con la guasa de Lucille Ball como fondo, se dirigió a la ventana y abrió unos centímetros la cortina, mirando la escalera interior del hotel por donde ascendería John. Volvió a tumbarse en la cama sabiendo que los últimos minutos de espera se le iban a hacer muy largos. Se tocó el pecho y sonrió. Su corazón ya había variado de ritmo.

Solo habían pasado seis meses desde aquel encuentro en el bar de Castro, un local tranquilo y con música de todos los tiempos que solía ser el lugar de reunión de la pandilla para aprovechar los dos por uno de la tarde, pero para Marc cada cita con John seguía siendo una primera vez. Los nervios se desataban, olvidaba el móvil o la agenda, descuidaba a los clientes y perdía el apetito. Anne opinaba que se comportaba como un adolescente; para el resto de amigos, sin embargo, lo único que importaba era conocer cuanto antes al chulo que le tenía enloquecido.

Un interés lógico pero difícil de satisfacer. John era metódico y disciplinado hasta extremos incomprensibles. Consideraba necesario seguir unos tiempos en la relación. Decía que los vínculos que les unían, muy fuertes por la indiscutible atracción sexual, podían verse rotos en cualquier momento si no se respetaban unas etapas básicas. Etapas que venían marcadas por el sentido común.

Así que, tras seis meses de relación, John Moore seguía sin conocer a Annie y al resto de la pandilla, ni a la abuela Margot, que vivía en una pequeña casita rodeada de pinos en Santa Clarita. Tampoco había pisado la casa de Loma Vista, solo el estudio de John en Geary Boulevard, frente a Ocean Beach, por donde penetraba el manto de niebla que a veces cubría la ciudad, había sido testigo de su amor.

Ese apartamento y los moteles de carretera, por los que John parecía tener una especial predilección. Marc, divertido, había llegado a pensar que aquellas citas sin sentido, improvisadas, le ponían. Y, si a John le ponía, a él también.

El método era siempre el mismo. John enviaba un mensaje con el día y el lugar elegido. Sin más palabras. Y Marc acudía. Un sistema que convenía a los dos. John, por su trabajo, también viajaba mucho. Era gerente de ventas en una empresa de telefonía móvil y con frecuencia se desplazaba a lo largo de la costa oeste, desde Seattle hasta San Ysidro, en la frontera con México. La elección del motel en cuestión tenía mucho que ver con el plan de trabajo que llevara esa semana.

El único hotel en el que habían repetido era el de Vallejo. Tenía acceso directo a la interestatal 80 y al resto de la tupida red de autopistas que comunicaba la Bahía. Una cita cargada de novedades. John había asegurado que sería una noche llena de sorpresas; también, que reservara para dos noches. Marc sospechaba que todo aquello tendría relación con la última conversación mantenida entre ambos, cuando él opinó, en tono solemne, que los tiempos habían transcurrido y era hora de dar un paso más en la relación.

Una normalización de pareja que requería presentarse mutuamente a amigos y familia, salir en pandilla, ir de excursión, pintar el hogar que compartirían, hacer la lista del supermercado, repartirse las tareas domésticas y follar sin control en su propia cama. Con la llegada de las vacaciones, vendría el gran momento y viajarían a España para presentar a John a su madre. Tras atenderla del infarto, se dedicarían a conocer el mundo juntos.

John era la justificación que la madre de Marc andaba pidiendo a gritos para abandonar su comportamiento. De manera estoica, la señora se empecinaba en parapetarse tras un muro de puro desconcierto.

Ahora era Marc el que desarrollaba su teoría sobre los momentos, y el de las citas los fines de semana en el estudio del distrito de Richmond o los encuentros esporádicos en habitaciones de colores imposibles había llegado a su fin. La relación entre ambos necesitaba algo más.

Con su habitual sobriedad, John comentó: «Pensaré en ello». Luego le dirigió una sonrisa tan fascinante que el horizonte de Marc se llenó de fuegos artificiales, margaritas heladas a orillas del Caribe y sexo a la luz de la luna.

 

Marc se sentía el hombre más afortunado del mundo. Aquella noche estaba destinada a ser la gran noche de los dos, el referente que se quedaría grabado en su relación. Una noche llena de emociones. Y sorpresas.

La cabaña en el corazón de Sierra Nevada; el regalo para John que sellaría su amor de manera definitiva.

Dos días antes Marc había cerrado el trato y una sencilla llave dorada colgaba de su llavero. La cabaña, pequeña y rectangular, estaba construida de grandes troncos macizos y disponía de una mesa de pino, una cama de estructura metálica y una estufa de leña. El baño estaba encajonado en un rincón. En la fachada delantera, un porche desde el que contemplar un cuarto de acre sembrado de pinos de Jeffrey, abetos rojos y frondosos rodales donde se arracimaban los tallos del lirio del maíz, tapizando un terreno alargado y ondulante en la pendiente sur del lago Tahoe.

 

A las ocho y media estaba hecho un manojo de nervios, yendo de la cama a la ventana, y de allí al sillón para regresar de nuevo a la ventana. El móvil de John estaba apagado o fuera de cobertura. Eso no significaba nada, ya que apagaba el teléfono mientras conducía, pues opinaba que, incluso utilizando el bluetooth, el acto de atender el teléfono suponía un gran peligro para la conducción. Pero la idea de que pudiera sufrir algún percance le produjo tanto dolor que un pinchazo le atenazó el estómago, retorciéndose sobre la colcha de colores imposibles. ¿Qué haría en tal caso? ¿Cómo debería actuar? De pronto, cayó en la cuenta de que carecía de un teléfono, un nombre o una dirección a quien dar aviso.

—Joder, John, con tus malditos plazos —dijo en voz alta.

John Moore había hablado poco de su familia: sus padres estaban separados desde hacía años y vivían en Ohio, la relación con ellos era tan escasa como de mala calidad y carecía de hermanos. Un repentino viaje de fin de semana en junio a la costa este fue el único hecho de su pasado que había compartido con Marc. Bajo un sol abrasador y con mirada triste, John había detallado los veranos pasados en aquellas playas durante su niñez. El único momento en que perdió su habitual aplomo, y a Marc le pareció un ser absolutamente vulnerable. Se esforzó en consolarle, aunque nunca tuvo claro de qué.

La punzada en el abdomen aumentó por una avalancha repentina de ideas catastróficas. Choques en cadena en la autopista, atraco a mano armada en un área de servicio o la rotura de los cables que sustentaban la estructura del Golden Gate se apelotonaron en su cerebro. Entró en el cuarto de baño, orinó sin ganas y se cepilló de nuevo los dientes. Abrió la botella de agua y la vació de un trago.

A las nueve y veinte se había vestido con la intención de bajar al parking a esperar la llegada de John cuando al abrir la puerta le vio subir las escaleras.

El gesto de ansiedad se transformó en una amplia sonrisa, contemplando el andar decidido de la persona que más anhelaba ver, los anchos hombros que le marcaban la silueta, los brazos musculosos que comprimían una camisa blanca impecablemente planchada.

Marc suspiró, con el cuerpo convertido en gelatina.

John entró en la habitación, cerró la puerta con el talón y agarró a Marc por la cintura. Le besó y le empujó sobre la cama. Luego se tiró encima de él.

Fue un beso profundo, húmedo. Con movimientos expertos, John le desnudó.

—Te quiero —susurró Marc.

John respondió introduciéndole la lengua en la boca a la vez que le acariciaba la espalda y la nuca con la yema de los dedos.

—Sabes cómo me pone eso.

—Lo sé.

Cuando una mano apagó la luz de la mesita, sus cuerpos ya estaban cubiertos de sudor.

 

Marc se sentía confuso. John le había hecho el amor con una pasión desconocida, forzada; se manejó con movimientos bruscos y no pronunció una sola palabra. Los escasos suspiros que salieron de su garganta sonaron fingidos. Presionó en los sitios habituales, besó, acarició, hizo las cosas que siempre hacía, pero la falta de deseo resultó palpable.

Apoyó la cara en su pecho musculoso, aún agitado y húmedo.

—¿Va todo bien?

—Perfectamente —contestó John.

—Te encuentro diferente.

—Estoy cansado.

John fue al baño. Marc buscó en el interior de su mochila, sacó el paquete de Marlboro y encendió dos cigarrillos. Dejó uno de ellos en el cenicero. Se levantó y se dirigió a la ventana. Cuando su novio volvió, este le rodeó con sus brazos.

Marc insistió.

—¿Qué te pasa?

—Date la vuelta —susurró John.

Marc obedeció. Los músculos de John le comprimieron los hombros y el aliento cálido le acarició el cuello; las puntas de los dedos rozaron sus nalgas provocando una corriente eléctrica que le sacudió la espalda.

El juego siguió unos minutos más, pero no volvió a sentir la dureza esperada. Algo no iba bien.

—¿Qué te pasa? —volvió a preguntar.

—Nada.

—¿Has pensado dónde vamos a cenar?

—No.

—¿Y no vamos a cenar nada?

—No.

Marc no tenía hambre. Todo lo que podía alimentarle se hallaba dentro de las paredes ocres de un motel de carretera en Vallejo, California. Su preocupación aumentó. Fue a abrir la boca, pero John le puso los dedos en los labios.

—No digas nada.

John llevó las manos a los hombros de Marc y le obligó a darse la vuelta. Le acarició el pecho y el cuello y terminó revolviéndole el pelo castaño. Le echó el aliento en el oído y notó el temblor de su cuerpo. Sabía lo que le gustaba. Volvió a gemir.

John llevó los dedos a las sienes de su amante y comenzó a ejercer un leve masaje.

Marc escuchó en su cerebro, de nuevo, la canción de los Rascal Flatts.

What hurts the most.

—Te quiero.

John no respondió. Nunca lo hacía. Abrió las manos, tensó los músculos de brazos y piernas y agarró enérgicamente la cabeza de Marc. Con un movimiento seco y rápido, la torció hacia la derecha. El chasquido sonó como un latigazo. Como una marioneta a la que le cortaran los hilos, Marc se desplomó, pero no llegó a caer al suelo. Su asesino lo agarró por las axilas y lo arrojó encima de la cama.

Durante unos segundos, el cuerpo inerte de Marc Tyler-López rebotó sobre la colcha estampada de colores imposibles.

John Moore se vistió con rapidez. Agrupó las pertenencias de Marc y las depositó en el suelo. Primero sacó la tarjeta de su móvil y se la guardó en el bolsillo del pantalón. A continuación metió el teléfono en la mochila, junto con su ordenador y su cartera. Revolvió la habitación buscando la agenda de cuero negro. No tuvo éxito. Contrariado, soltó una maldición. Marc anotaba todo en esa agenda. En un intento por concentrarse, se llevó los dedos a las sienes y respiró profundamente. Quizá la había dejado olvidada en el coche. Reanudó su macabra tarea colocándose unos guantes de látex, abrió una pequeña botella de alcohol y empapó un pañuelo con el que limpió la mesita de noche, los bordes del lavabo y el cabecero de la cama. Después rompió el plástico de una bolsa de la que sacó una esponja jabonosa. Con ella, limpió con minuciosidad el cuerpo inerte del que había sido su amante, poniendo especial esmero en repasar las partes que había besado. Anudó el preservativo y lo introdujo también en la mochila, junto a la esponja, la bolsa que lo contenía y el pañuelo. Por último, cogió las llaves del coche, apagó la luz y, sin mirar atrás, abandonó la habitación colocando en el pomo de la puerta el cartel de do not disturb.

 

PRIMERA PARTE

 

Tú a Londres, yo a San Francisco

 

Valencia

«Se viaja no para buscar el destino,

sino para huir de donde se parte».

Miguel de Unamuno

 

 

 

 

 

Capítulo 1

 

Pocos grupos de amigos podían considerarse tan heterogéneos como el que se encontraba reunido en la terraza de un bar del corazón de Ruzafa, bebiendo cerveza en jarras heladas acompañadas de un plato de aceitunas variadas. Era el primer día de calor sofocante, anticipo del verano mediterráneo que amenazaba la ciudad.

Eran las ocho de la tarde y no quedaba ninguna mesa libre en el Comic.

—Odio este calor —resopló el policía Serafín Quintana. Su camisa, empapada por completo, se le pegaba al torso como un guante—. Valencia es un auténtico horno.

—Pues la próxima en la cafetería de El Corte Inglés —opinó Jesús Medina, periodista, levantando la mano para pedirle al camarero más cerveza—. Allí siempre se está fresquito.

El inspector de la Policía Nacional asintió, alzando el dedo índice en apoyo del comentario. Tenía los ojos brillantes y el labio inferior ligeramente caído. Su observación sobre la conjunción de fenómenos necesarios para que el viento de poniente azotara la ciudad fue respondida con un encogimiento de hombros.

—Pues mira qué bien.

El tercer componente de la mesa permanecía en silencio, absorto en su jarra de cerveza.

Medina le tocó la espalda.

—¿Tú qué opinas, mon ami?

Alex Bonnet también encogió los hombros. Apuró su bebida en el momento en que el camarero traía la nuevas consumiciones.

—¿Alguna novedad? —preguntó Andy.

Negaron con la cabeza.

—Te la digo yo —espetó Andy en un tono de voz audible en toda la terraza—, que está muy muy loca. —Dejó un plato humeante de bravas sobre la mesa. Se llevó las manos a la cintura y dirigió la mirada hacia Alex Bonnet—. Me lo puedes pintar de colores, pero esa tía está loca.

El camarero dio una media vuelta teatral y regresó al interior del bar.

—Deberíamos haber pedido ensaladilla rusa —observó Jesús—. Vamos a morir con estas patatas.

El policía le lanzó una mirada de reproche ante su falta de sensibilidad. El periodista colocó su brazo en los hombros del detective.

—Dale tiempo.

—¿Más? Se largó a Londres en febrero.

—Eso sí —tuvo que reconocer Quintana.

—¡Joder, cómo quema! —gritó Jesús al llevarse una patata a la boca—. Y pican de la hostia.

Terminó de liar un porro dándole golpecitos en la mesa para apelmazar la hierba. Se podía ver como una ventaja de la última crisis económica: había crecido tanto la cantidad de gente que se pasaba al tabaco de liar que la acción ya no levantaba sospechas. Se chupó un dedo, comprobó la dirección del viento y echó una mirada al resto de clientes de la terraza.

—¿Le has sacado algo a Paloma? —preguntó Alex Bonnet con un hilo de voz.

—Nada —respondió el inspector, dibujando un cero con los dedos—. No hay manera.

Para sacar más de sus casillas a Bonnet, la esposa de Quintana hablaba con Isabel con regularidad. Pero también con su madre, Rosario, Laia y la hija de Isabel. Una horda de mujeres que parecían hallarse bajo la ley de la omertà, una ley del silencio destinada a cubrir la huida y los desprecios de Isabel.

—¡Estoy hasta la polla! —gritó el detective.

El periodista le pinchó un gajo de patata.

—Come. Con lo que pica esto se te van a ir todas las penas.

El policía volvió a reprocharle su actitud con una mirada severa.

Tras los trágicos acontecimientos del verano anterior, Isabel y Alex habían conseguido, al fin, vencer reticencias, olvidar el dolor y dar el gran paso para unir sus vidas. Un amor furioso en lo físico, tranquilo en lo emocional, ajustándose el uno en los huecos del otro, compartiendo sentimientos, ofreciendo amor. Así era al menos para el detective, porque de manera sorpresiva, Isabel le anunciaba, entre hipos y lágrimas, que necesitaba tiempo y espacio para ella sola, que «no es por ti, es por mí» y que «ya verás como se me pasa pronto, pero me voy a Londres una temporada». Tal cual. Dos días después ya estaba subida en el avión.

De nada sirvieron los intentos de Alex de retenerla, de pedirle alguna explicación lógica que aclarara los verdaderos motivos para terminar (o suspender momentáneamente, según las palabras de Isabel) una relación en la que, al menos en teoría, ambos eran felices.

Cuatro meses habían pasado desde entonces. Cuatro interminables meses en los que mantener una conversación se había convertido en el juego del ratón y el gato. Raramente respondía a sus mensajes y no descolgaba el teléfono. Y cuando ella se decidía a dar señales de vida, él era incapaz de disimular su malestar, la boca se le llenaba de reproches y hablaba a gritos. Entonces Isabel cortaba la comunicación. Así una y otra vez.

Mala cosa.

—Está liada con otro tío. Fijo —afirmó Bonnet, rechazando con un gesto el porro que le pasaba su amigo.

Quintana negó con firmeza.

—Que no, joder. Que no es eso.

—Hazle caso al madero —aconsejó Jesús—. Tiene información de primera mano.

El aludido protestó con los ojos achinados.

—Mi mujer no me cuenta nada. Cuando le pregunto responde con monosílabos. O me deja con la palabra en la boca, directamente. Si hablan por teléfono, se mete en el baño para que no escuche la conversación. Pero Paloma me ha jurado que no es por otro hombre y yo la creo. Isabel lo pasó verdaderamente mal, todos sabemos que es cierto. Cuando decidió estar contigo lo hizo de corazón, porque te quiere, pero aún no está recuperada del todo. Y hasta que no hayan desaparecido los fantasmas que le rondan no será ella misma.

—Pues mira qué bien, cuánta información —canturreó Bonnet con sarcasmo—. No me diréis que no tiene cojones la cosa. Todo eso me lo podía haber contado a mí.

—No quiere hacerte daño —puntualizó el inspector.

Alex agarró el porro con furia y le dio varias caladas seguidas.

—Ya. Por eso se larga de mi lado, apenas tenemos contacto, hace meses que es súbdita de su tocaya de los cojones, no tengo ni pajolera idea de cuándo regresará y no quiere ni oír hablar de que vaya a visitarla. Chachi.

Jesús se apresuró a recuperar el canuto.

—Trae, joder, que te vas a quemar las uñas. —Dio una calada rápida y pareció reflexionar—. En eso el franchute tiene razón, ¿eh?

Serafín cabeceó.

—No es fácil, no.

La llegada del verano enervaba más a Bonnet. Lo había imaginado junto a ella, compartiendo las posibilidades del Mediterráneo. Denia, playas, viajes. Sin embargo, ella prefería su escondite inglés, viendo la lluvia a través de la ventana.

Los amigos llegaron al punto crítico de «amigos para siempre, lailo lailo lailo la», y brindaron por ellos, últimos hombres de una aldea asediada por un ejército de mujeres.

Andy llegó para meter cizaña.

—Pues yo me presentaba en Londres, con dos cojones, y le decía: «Mira, guapa, para chulo mi pirulo». O algo así.

—Brindo por eso —apoyó el periodista.

El inspector metió baza.

—Pues quizá sea lo mejor.

Bonnet negó con la cabeza.

—La conozco, eso no haría más que encabritarla más.

El camarero se puso de perfil y entornó los ojos.

—Pues vaya con la niña. Qué genio.

El detective insistió.

—Está con otro.

—Es bastante probable —convino el periodista, sintiendo en su costado el codazo de Serafín.

—¡Que no, joder! Y tú, deja de liar canutos —ordenó, liando con los dedos uno imaginario—. Como me vea algún compañero, me voy a meter en un lío de tres pares de cojones.

—Uy, perdón, perdón.

—Me juego doscientos boniatos —arriesgó el camarero—. Esa está con otro.

Durante la última ronda, Quintana le dio un consejo a Bonnet:

—Tómate unas vacaciones.

—Y lo más lejos posible de aquí —apoyó el periodista—. Te aconsejo una república. Mira las monarquías, qué mal te están tratando.

Los amigos brindaron por las repúblicas.

—Quizá vaya unos días a Ibiza.

—Es monarquía —puntualizó el inspector.

—Ya, pero la marcha es cojonuda —puntualizó Andy. Se puso a aplaudir—. ¡Ay! Llévame contigo, bujarrón.

 

Cenaron en Cánovas, en el Peggy Sue’s, hamburguesas James Browny una ensalada que apenas probaron. Terminaron frente a unos cubatas en una terraza. Una noche tórrida pero cargada de complicidad y carcajadas, un paliativo para la tristeza que amargaba al detective, quien, antes de pagar las últimas consumiciones, se tomó unos segundos para observarlos.

¿Serían las enormes diferencias que existían entre ellos el pegamento que les hacía estar tan unidos? Se mirase por donde se mirase, resultaban una terna chocante: personalidades dispares y responsabilidades laborales que se daban de guantazos. Se preguntó si, algún día, aquella buena sintonía no se les volvería en contra.

Jesús Medina, periodista cáustico del periódico Levante. Porrero.

Alex Bonnet, detective privado sin formación, con las novelas de Agatha Christie como libros de texto de su carrera profesional. Porrero.

Serafín Quintana, inspector jefe de Homicidios de la Policía Nacional, tan honrado como minucioso. En camino de ser porrero.

 

Intentó seguir durmiendo con la cabeza metida bajo la almohada, pero fue imposible. El alboroto que Rosario producía al realizar las tareas de limpieza era estrepitoso. La mujer, además, se acompañaba de los mejores temas de la copla nacional.

Alex sentía el malestar típico. Boca áspera y pastosa, cabeza embotada y el estómago torturado por retortijones que acudían en oleadas. Alargó el brazo y, a tientas, abrió el cajón de la mesita hasta palpar la caja de aspirinas. Se tocó la pierna. Los pinchazos habían desaparecido. Se dirigió al baño y tragó la tableta con un sorbo de agua. Se metió en la ducha. El agua fría logró sacudirle un poco la resaca.

Se puso un pantalón corto, abrió la puerta de su habitación y se asomó al pasillo. De la cocina le llegó el olor a café recién hecho. En el lado contrario reinaba el silencio. Desconocía si Laia se encontraba en el despacho y en ese momento era incapaz de recordar en qué andaba metida. Necesitaba café, y con urgencia. Y agua, mucha agua.

En el comedor, Rosario y Laia se sentaban frente a la cafetera y un plato con galletas de mantequilla. Bonnet se acomodó en el sofá.

—Quieres café —aseguró Rosario.

El detective asintió.

—¿Te has mirado la cara? Noche de juerga, ¿verdad?

—Un poco.

—¡Qué vicio, por Dios! —exclamó con júbilo.

La asistenta consideraba que un hombre joven y guapo como él, en un momento amoroso tan desastroso como el que estaba pasando, lo mejor que podía hacer era salir de fiesta. Y cuanto más, mejor.

Bonnet se dirigió a su ayudante.

—¿Qué hay de nuevo?

Laia respondió con sorna.

—Me tomo el café y continúo con lo de Jiménez; esta tarde tengo una cita con un empresario que no me ha querido comentar nada por teléfono y después llevaré la factura a la familia Milar. Ocupadita.

Alex se acercó la taza de café a los labios.

—Ya —se limitó a decir, incapaz en ese momento de ponerle una historia a cada nombre.

—Los mensajes del contestador los tengo controlados, pero hay mogollón de correos sin responder —dijo en el mismo tono. Era su manera de criticar la actitud del jefe, que si fiestas por aquí, mal de amores por allá, pero el caso es que no daba un palo al agua.

—Ya me ocupo yo.

—Claro —escupió.

Laia Pons se levantó, cogió su bolso y se dirigió al pasillo, pero en la puerta se volvió hacia Bonnet.

—Casi se me olvida —anunció, mirando su reloj de pulsera—. En diez minutos va a venir una señora que quiere hablar contigo personalmente. La señora López, si no recuerdo mal.

—¿De qué va?

—No ha querido contarme nada.

—Joder con los misterios. Espero que no sea un marrón. Tengo la cabeza como un bombo.

—¡Nos ha jodido, cómo no! —se despidió la detective.

Rosario no tardó en aparecer en el salón para meter baza.

—¡Qué genio tiene! —exclamó admirada—. Me encanta.

Alex dibujó media sonrisa.

—Qué me vas a decir. Me enfrento a ese temperamento a diario.

El detective se tumbó en el sofá y encendió el televisor con el deseo de que la resaca desapareciera con rapidez y no le dejara demasiadas secuelas. Cada vez le sentaban peor. Por enésima vez, se prometió controlar en la próxima.

Rosario se metió en la cocina y mientras ponía en marcha la lavadora se decantó por una canción que hablaba de maldiciones, muerte y un minero de Sierra Morena. Por suerte para Alex, llamaron a la puerta.

—Tendrás que vestirte —dijo Rosario, arreglándose el delantal—. No vas a recibir a la visita en cueros.

Él la siguió hasta llegar a su habitación. Sacó del armario un pantalón vaquero y una camisa, planchada a la perfección, se cepilló los dientes y se echó unas gotas de Loewe. Rosario entró en la habitación sin llamar.

—Un señor feísimo y encorvado. A la señora se la ve algo mejor, pero tiene más arrugas que una pasa, va en silla de ruedas y lleva más joyas que la Preysler. Parece gente de postín.

—¿De postín? ¿Qué quiere decir eso?

—Pues gente de posibles. Con dinero.

—Qué cosas tienes, Rosario. Y cuando vayas a abrir la puerta quítate el delantal, por favor. Pareces una chacha de la posguerra.

—Eso es lo que soy, ¿no? Una chacha.

—¡Y no comas chicle! Queda fatal.

—No tanto como el careto que tienes tú esta mañana, bonito.

Bonnet rezongó. Se puso unas zapatillas y se miró en el espejo.

—Al final te voy a poner uniforme completo, con cofia y todo.

—¡Ja! No tienes tú lo que hay que tener.

—¿Les has ofrecido algo?

—Pues no —replicó, poniéndose en jarras—. Esa gente viene bien desayunada, se les ve en la cara, yo tengo muchísimo trabajo y no tengo tiempo de ir haciendo cafetitos ni servir bandejas de pastitas.

—Vale, vale.

Se llevó las manos a la cabeza y se dirigió al despacho. Rosario era imposible.

Marcó una sonrisa en el rostro antes de abrir la puerta.

—Buenos días. Disculpen la espera, estaba atendiendo una llamada.

—No hay problema —aseguró la señora con ligereza.

El detective se presentó tendiéndoles la mano, reparando en los ojos claros de la señora enmarcados en una piel flácida y arrugada. Lucía un corte de pelo juvenil y llevaba un traje negro con escote generoso. Rosario llevaba razón, el joyerío que portaba resultaba exagerado. En conjunto, resultaba una mujer dispar, como hecha a piezas. Un rostro envejecido, pero un cuerpo que aparentaba tener veinte años menos. La asistenta también había acertado con la fealdad del acompañante, un hombre visiblemente mayor, de mirada acuosa y enormes ojeras. El escaso pelo que le quedaba caía hacia un mismo lado obligado por alguna sustancia brillante, que tanto podía ser fijador como sebo capilar.

Alex Bonnet retiró una de las sillas para que cupiera mejor la silla de ruedas. Agarró las empuñaduras, realizó la maniobra y se dirigió a su sillón.

Ella tomó la palabra.

—Soy Mila López y este es mi hermano Antonio.

—¿Desean tomar algo? ¿Café, un refresco?

—No, muchas gracias. Acabamos de desayunar.

Bonnet asintió. El desayuno le había sentado bien, aunque aún notaba una cierta inestabilidad en la cabeza. Lamentaba no haber tenido tiempo de fumarse un pistachito.

—Hemos oído hablar mucho de usted —empezó la señora López. Luego hizo una pequeña pausa, como si buscara las palabras adecuadas—. Nos gustaría contratar sus servicios.

—En el ¡Qué me estás contando! de esta semana dicen que habla usted inglés ―intervino el hermano.

Bonnet abrió los ojos y se quedó paralizado, intentando descifrar a qué se refería. Su cabeza abotargada tardó varios segundos en recordar una portada de ¡Qué me estás contando! expuesta en un kiosco. La mandíbula se le desplomó.

Él, en una revista del corazón. ¿Qué cojones hacía saliendo en un panfleto semejante?

—¿Ha dicho usted en el ¡Qué me estás contando!?

—Sí, y veo por su expresión que no tiene ni idea del reportaje.

—Se lo puedo asegurar.

—Bueno, pues le ponen a usted muy bien.

—Ah.

—Como le comentaba, dicen que habla usted inglés.

—Sí, es correcto —aseveró, sin salir de su asombro.

¿Tendría algo que ver ese reportaje con la huida de Isabel? Él, en la prensa amarilla. Un desastre.

Mila López sacó un pañuelo del bolso. Antes de continuar, se echó un mechón de pelo hacia atrás.

—¿Y en qué puedo ayudarles?

—Mi hijo Marc fue asesinado en septiembre del año pasado en California, donde residía. Solo tenía veintinueve años. La policía americana ha sido incapaz de encontrar al culpable. Usted podrá hacerlo.

La modestia no era una de las virtudes de Bonnet, aun así la afirmación le pareció una exageración.

—La policía norteamericana… —empezó a decir, pero la señora López le cortó.

—Han pasado nueve meses y están completamente perdidos. Incluso la prensa de allá ha lanzado fuertes críticas contra la policía. —Empezó a lloriquear y se llevó el pañuelo a los ojos—. Estamos en contacto permanente con el Consulado español para hacer fuerza, pero nada ha funcionado. Solo tenía veintinueve años —repitió.

El señor López sacó de una carpeta unas fotocopias arrugadas y se las entregó a Bonnet, quien les echó un vistazo rápido. Varios rotativos se hacían eco del suceso a la vez que reprochaban al Departamento de Policía la ausencia de resultados.

El detective se irguió, apoyó los codos en la mesa, juntó las manos y asintió. Le pareció una postura adecuada para disimular su escaso interés en el asunto.

—Nunca han tenido un sospechoso, carecen de pistas fiables. El mismísimo cónsul —remarcó estas tres palabras— nos asegura, sin tapujos, que la policía está totalmente despistada. Está convencido de que no han puesto en el caso todo el interés debido y ha enviado una queja formal.

—¿Y por qué esa dejadez? —preguntó el detective, pensando en el último mensaje enviado al móvil británico de Isabel, sin contestar desde la tarde anterior.

La señora López bajó la mirada.

—Lo ignoramos —dijo, tensando el cuerpo.

Rigidez que no se le escapó a Bonnet.

—Solo queremos justicia para mi hijo.

—Que pillen al cabrón que mató a Marc —apoyó el hermano.

—Es lo mínimo, y lo último, que podemos hacer por él.

La mujer secó con la punta del pañuelo una lágrima y su hermano la cogió de la mano.

—Tranquila, Mila.

El detective observó a los hermanos. A pesar del incipiente llanto, la mirada de ella despedía determinación; Antonio, en apariencia más tranquilo, apretaba con fuerza la mandíbula. Era evidente que ambos deseaban guardar las apariencias, aunque la procesión fuera por dentro. Se preguntó si sería la forma de actuar de la «gente de postín».

Mila López pidió un vaso de agua. Bonnet fue a la cocina, evitó contestar al interrogatorio de Rosario y regresó con una jarra de agua fría y dos vasos. Caviló unos segundos cuál sería la pregunta más adecuada para hacer, pero no se le ocurrió ninguna. La locuacidad de Mila López salió en su ayuda.

—Me casé con Aaron Tyler, un empresario de San Francisco. Allí me fui a vivir y allí nació Marc, mi único hijo. Aaron era dueño de una cadena de zapaterías —informó con orgullo—. A mí me encantaba la ciudad, la gente y el país. Marc era un chico fuerte y estudioso. Por desgracia, Aaron falleció en un accidente de tráfico cerca de Palo Alto. Una grúa transportaba un coche averiado, no estaba correctamente anclado y el coche cayó encima del de Aaron. Así de fácil se destroza una familia.

Antonio López corroboraba las palabras de su hermana con ligeros movimientos de cabeza.

—Se me vino el mundo encima. No supe afrontar yo sola la situación. En aquellos momentos necesitaba el apoyo de mi familia, así que vendí la casa y las zapaterías y volvimos a España. Marc tenía nueve años. Me equivoqué con aquella decisión, algo que voy a tener en mi conciencia durante el resto de vida que me quede.

—No fue culpa tuya, Mila. No fue culpa tuya.

—Desde que llegamos a Valencia, Marc solo tuvo una idea en la cabeza: regresar a Estados Unidos. Al principio fue muy difícil, se negaba a hablar conmigo, a usar el español, a ir al colegio... Estaba siempre de mal humor. Con el tiempo se le pasó y se acomodó a la vida aquí. Pensé que se había olvidado del tema, pero estaba equivocada: en cuanto terminó la carrera, se marchó.

—Nos aseguró que solo serían un par de años —prosiguió el señor López—. Nos pareció bien, pensando que sería estupendo para él tanto a nivel personal como laboral.

—¿Le creyeron cuando dijo que la marcha era temporal? —se interesó Alex Bonnet.

Las respuestas se escucharon a la vez.

—Sí —dijo Mila López.

—No —dijo Antonio López.

Ambos se ruborizaron. La señora fue la primera en reaccionar.

—Yo, al menos, quise creerlo. En realidad, daba lo mismo, no podía retenerle. Mi única esperanza es que recapacitara en lo que su tío deseaba para él.

El detective arrugó la frente.

El señor López se sentó en el borde del sofá.

—Soy el dueño de Muebles Loppi, de Sedaví. No tengo hijos. La empresa era para él.

Alex había visitado la nave de exposición que Loppi tenía en la Pista de Silla. Un vasto edificio de tres pisos atiborrados de muebles a buen precio y de dudoso gusto. Recordó leer en algún lado que muebles Loppi exportaba más de la mitad de su producción a países árabes. El no va más de la vulgaridad.

—¿Cómo le iba a Marc en San Francisco?

—Era feliz. Una madre nota eso. Económicamente no le podía ir mejor; ya estaba pensando en contratar empleados y alquilar una oficina. Y tenía muchos amigos. Sí, era feliz —repitió con tristeza—. Cuando vino a visitarnos daba gloria verle tan alegre.

—¿Cuánto tiempo llevaba residiendo en California?

—Cuatro años. Nada más llegar encontró trabajo en una buena empresa de la ciudad, pero año y medio después se estableció por su cuenta.

—Era un excelente profesional —terció Antonio con los labios apretados.

—¿A qué se dedicaba?

—Era informático.

—Marc, por su trabajo, viajaba mucho, ya que tenía los clientes muy repartidos por el estado. Normalmente dormía fuera dos o tres noches por semana. —La señora bajó la voz—. Le mataron en un motel de carretera al norte de San Francisco.

Temblaba de pies a cabeza.

—Estoy bien, estoy bien —aseguró a Antonio dándole unas palmadas en la mano—. Investigaron a conocidos, clientes y vecinos, y se analizó todo lo que había que analizar. Eso, al menos, nos han asegurado. El caso es que siguen con las manos vacías. A las pocas horas de su asesinato le desvalijaron la cuenta bancaria con total impunidad. Y ahora el caso está paralizado. No tengo ninguna esperanza de que la policía encuentre al asesino de mi hijo. Usted es nuestra última oportunidad.

—¿Estaba casado? ¿Tenía pareja?

—No —aseguró la señora López—. Estaba totalmente centrado en su trabajo.

Bonnet hizo una mueca.

—Señora, ¿y de qué manera piensa que puedo ayudarles?

—Investigándolo usted, desde luego.

—La policía norteamericana…

—Solo le pedimos que lo intente —se apresuró a decir la mujer, dejando caer otra lágrima—. Marc no se merecía morir así.

El detective se rascó la cabeza. La tarde anterior había compartido con sus amigos sus problemas amorosos con Isabel Blasco. Entre los vapores del alcohol de una monumental cogorza, Serafín y Jesús le habían aconsejado tomarse unas vacaciones. Algo se dijo sobre ir a una república, pero el motivo de por qué debía ser así se le perdía en la nebulosa del recuerdo.

Estados Unidos. República. Lejos.

Si los dioses del Olimpo le habían enviado a los hermanos López para aliviar su mal de amores, no iba a ser él quien les contradijera. Dejó que se le pasara la corazonada de que se estaba metiendo en otro marrón y pensó en la soleada California. Aceptó el encargo.

—¿Cuándo podría salir? —preguntó Mila, animada.

—Estoy muy ocupado en estos momentos —mintió —. Debo hablar primero con mi colaboradora.

—Sus honorarios —carraspeó Antonio López.

Ocuparon los siguientes diez minutos en tratar el tema. Bonnet había abierto a medias uno de los cajones de su escritorio para visualizar la hoja plastificada que detallaba los honorarios. Laia había hecho un trabajo excelente. Por fin, la agencia de detectives se modernizaba y dejaba de facturar según le salía de los cojones al dueño.

Conforme anotaba cantidades en un hoja, Bonnet aumentaba entre un quince y un veinte por ciento los precios reflejados en la tabla. California se lo merecía.

—Eso no va a suponer ningún problema —puntualizó el viejo al recoger la nota, esbozando esa mueca de superioridad que la gente con dinero utiliza en los momentos adecuados. El detective emitió una amplia sonrisa.

 

Los hermanos López y Alex Bonnet, investigador privado, concretaron los últimos detalles. Mila López le entregó una carpeta con fotografías de Marc Tyler López; una hoja manuscrita con nombres, direcciones y números de teléfono, y unas copias de los comunicados enviados por las autoridades policiacas californianas, los artículos aparecidos en la prensa, así como de la protesta oficial emitida por el Consulado General de España en San Francisco.

Al dueño de Muebles Loppi no le tembló el pulso lo más mínimo en el momento de extender un cheque con el anticipo estipulado.

—No escatime en gastos. Para cualquier cosa, solo tiene que ponerse en contacto conmigo. —El señor López dejó su tarjeta de visita sobre la mesa.

Mila López sonrió por primera vez. La esperanza volvía a colorear sus mejillas.

—Por nuestra parte, tiene usted total libertad de actuación ―le aseguró Mila López.

—¿Nos irá informando? —quiso saber Antonio.

—No lo dude.

El detective les acompañó a la puerta, llevando la silla de ruedas de Mila.

—Estoy viejo, señor Bonnet, y no hablo inglés en absoluto —se excusó el tío de Marc mientras esperaban el ascensor—. Y mi hermana, en su estado, tampoco puede viajar. De no ser así, estaríamos allí.

—Síndrome de Guillain-Barré —explicó la señora López con orgullo—, una enfermedad de las llamadas raras. Mis músculos y mi cerebro han roto relaciones y van por libre. No hay comunicación entre ellos. He perdido la capacidad de sentir dolor o calor, y algunos músculos del cuerpo se me han paralizado.

Bonnet le esquivó la mirada, sin saber qué decir.

—La buena noticia es que tiene cura. Será lenta, pero llegará. —Sonrió.

—Me alegro mucho.

De vuelta en el despacho y animado ante las perspectiva de largarse a la otra punta del mundo, Bonnet abrió el ordenador y entró en una web de búsqueda de vuelos. La opción que más le satisfizo fue la de Air France vía Charles de Gaulle.

Cumpliendo las indicaciones de los hermanos López, de ahora en adelante sus clientes, imprimió un billete de vuelo en clase business, a un precio que le cortó la respiración. Antes de ir a la cocina para avisar a Rosario, envió un escueto wasap a Laia, Jesús y Serafín informándoles de que en dos días salía de viaje para los Estados Unidos.

 

La cena de despedida se organizó en La Xirgu, en el Carme, entre bocadillos variados, botella de tinto peleón y cachondeo general, con cuatro ejemplares de la revista ¡Qué me estás contando! sobre la mesa. El artículo había sido titulado pomposamente El investigador de moda, y venía acompañado de dos fotografías de Bonnet: una al salir de su casa de Gran Vía y otra cerca del mercado de Ruzafa, tomada unos meses antes, cuando los asesinatos cometidos en aquel barrio tuvieron en vilo a todo el país. Un subtítulo también lo calificaba como «el detective privado de la jet set».

Jesús Medina la tenía preparada.

—Nuestro querido gabacho en la prensa del corazón. De esto al Sálvame, un paso.

—Yo me apunto —dijo Tachi, la novia de Jesús, entusiasmada—. Digo que soy amante tuya, me invento alguna historia morbosa y me paseo por los platós.

Paloma, la esposa del inspector de la Policía Nacional Serafín Quintana, se mostró encantada con la idea.

—Luego llamo yo, aseguro que estás loca, que eres una arpía y una mentirosa de lo peor. ¡Nos podemos tirar de los pelos en directo!

—¡Ay, sí, sí! —gritó Tachi, aplaudiendo.

—¿Te imaginas, Serafín? En dos meses pagamos la hipoteca.

El grupo, en pleno éxtasis, hizo un análisis pormenorizado del pésimo reportaje sobre Bonnet. Alegría que el detective no compartía. Encontraba repulsiva toda esa mandanga de la prensa del corazón, o rosa, o como coño quisieran llamarla.

—¿Es normal que el artículo no esté firmado? —preguntó a su amigo el periodista.

—En estas revistas se lo pasan todo por el forro. Nada de sutilezas. Se dedican a rellenar huecos con lo primero que les llega. Nada anormal que ni verifiquen ni contrasten la información.

—La foto de Ruzafa, ¿nuestro amigo Tino? —levantó una ceja.

—Huele a él que apesta.

Tino Díaz, periodista de ese mundillo y una mala pieza. Estaba resentido con el detective por varios motivos, siendo el haberle rechazado sexualmente el más importante.

—La foto no te hace justicia, desde luego —continuó Paloma, erre que erre.

—Para nada —le apoyó Tachi, muerta de risa.

Bonnet había hecho juegos malabares para sentarse junto a la mujer de Serafín cuando entraron en el restaurante, sin resultado.

—Dale tiempo —fueron sus únicas palabras.

—Estoy del tiempo hasta las pelotas —explotó.

Paloma hizo caso omiso al comentario y dirigió su interés hacia el tinto que servía su marido.

Alex no se amilanó.

—¿Está con otro, verdad?

—¡Desde luego que no! —parecía verdaderamente escandalizada—. ¿Crees que todo se resume en eso?

—Yo ya no creo ni dejo de creer —dijo Bonnet resentido.

—Porque eres hombre —sentenció.

Bonnet bufó ante el recurso trillado al que las mujeres acudían cuando no querían dar explicaciones. No le sacó más información. La complicidad entre ambas amigas era desesperante.

—Un brindis por California —ofreció Jesús alzando su copa.

—Y por los problemas con los que me quedo aquí —se quejó Laia, quemando a su jefe con la mirada—. Que no son pocos.

La detective acudió sola a la cena. Su mujer, embarazada de ocho meses, tenía una barriga que daba miedo.

El inspector Quintana dejó su bocadillo de bacalao ahumado sobre el plato y sacó un folio doblado de la bandolera.

—Este mundo es un pañuelo —dijo, acercándole la nota a Bonnet.

—¿Qué quieres decir?

—Tengo un buen amigo en la Policía de San Francisco. He hablado con él esta tarde. Me ha costado bastante explicarle nuestra amistad. —Soltó una carcajada—. Espera tu llamada.

—¿Cómo le conociste?

—En Madrid, en una convención de la Interpol. Es tan inteligente como tocapelotas, pero te tratará bien.

Paloma le entregó una bolsa que contenía dos paquetes de lonchas de ibérico envasadas al vacío.

—A Brad y su mujer les encanta el jamón.

—Y cuidadito —el policía levantó el dedo—, tienes un imán para atraer problemas cojonudo.

 

La agencia de detectives quedó al mando de Laia Pons, con la inestimable ayuda de Rosario, que salió de la cocina con un bocadillo de atún con aceitunas y una botella de agua dentro de una bolsa de Mercadona.

—Toma, que seguro te dará hambre.

—Pero, Rosario...

—Nada, nada, no te vas a ir a la otra punta del mundo sin comer decentemente. Imagino cómo serán las comidas en esos aviones.

Laia metió la bolsa en la mochila de Bonnet y le ayudó a cerrar la maleta.

—Tenemos que salir ya —dijo la joven, mirando el reloj.

Antes de llegar a la puerta, volvieron a escuchar la estridente voz de la asistenta.

—Por cierto, ¿has avisado a tu madre que te vas de viaje?

—No.

—Pues se va a poner hecha un basilisco —gritó a mitad del pasillo.

—Llámala tú, por favor.

—Uy, a ver, no me queda otra. Luego me echará a mí la bronca por no avisarle antes. Y ya verás cuando sepa que te vas tan lejos. ¡Jesús, María y José, nueve horas de diferencia! ¿Pero dónde coño está eso? ¿Está más lejos que Cuba? Porque mira que Cuba…

Los detectives se apresuraron a salir del apartamento, dejando atrás la perorata de Rosario. Fueron al garaje, sacaron el coche y enfilaron Ángel Guimerá en dirección al aeropuerto.

—¿Qué es un basilisco? —preguntó Bonnet.

Laia se manejaba con habilidad entre el tráfico intenso de la avenida del Cid.

—Era un ser mitológico con forma de reptil y que poseía un veneno letal y, si no recuerdo mal, podía matar solo con la mirada. Vete tú a saber de donde salió la frase.

 

—Ni se os ocurra parir antes de mi regreso —advirtió el detective—. ¿Cómo lo lleva?

—Jamás he visto una barriga igual. Ya ni me atrevo a tocarla, por si explota.

Laia tomó el ticket del aparcamiento y buscó una plaza libre. Bonnet hizo un último intento.

—¿Tú tampoco me vas a decir nada, verdad?

—Negativo.

—Os odio a todas.

 

 

 

 

 

Segunda PARTE

 

El límite de la niebla

«El sol saldrá mañana. O puede que no.

Es verano en la ciudad, y eso significa cielos grises».

Carl Nolte, redactor del San Francisco Chronicle

 

 

 

CAPÍTULO 2

Viajar en clase business es la mejor manera de soportar un vuelo de doce horas. Intimidad y atención exclusiva, butaca que se convierte en cama y menús más que aceptables. También tiempo de sobra para echar la mirada atrás y elevar unos grados el nivel de cólera contra Isabel. Bonnet no tenía duda de que la legión de mujeres que rodeaba su vida ya la había informado del viaje. Hasta el último momento antes del despegue en París estuvo esperando una llamada, un mensaje de despedida, y al aterrizar en San Francisco el teléfono seguía sin tener nada que decirle.

California le dio la bienvenida circulando por una autopista de cuatro carriles saturada de vehículos y una luz espléndida que perfilaba un skyline