Calixta - Raisa Calderón del Real - E-Book

Calixta E-Book

Raisa Calderón del Real

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Beschreibung

Calixta es una niña campesina que vive en la provincia de Chiriquí, en Panamá, con su madre y sus abuelos, en una época donde no existían los teléfonos celulares ni las computadoras. De su padre, solo sabe su nombre y que vive lejos. Su familia está llena de misterios; su abuelo, por ejemplo, tiene patillas pizpiretas y es propietario de un sombrero de ala ancha con más años que Matusalén y su tío posee la fuerza de muchos tigres de Bengala. Sueña con encontrar a su padre, y para ello cuenta con sus primos, Vero y Rey. Un día descubre que su mirada es poderosa y que ella es heredera de un maleficio que pesa sobre su familia desde los tiempos del abuelo del abuelo del abuelo.

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Seitenzahl: 82

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Raisa Calderón del Real

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[email protected] @raisacalderondelreal @RaisaCalderon

Copyright © 2023 Raisa Calderón del Real, todos los derechos reservados.

Editorial: Feyir

Editor literario: Álvaro Valderas

Diseño gráfico e ilustraciones: Yolena Torres

ISBN: 9783989958593

 

Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita del titular, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluido el diseño de la cubierta.

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«Protegedme de la sabiduría que no llora, de la filosofía que no ríe y de la grandeza que no se inclina ante los niños».

Khalil Gibran

 

 

 

Contenido

1.Adiós, casa de adobe

2. Un tío con la fuerza de muchos tigres

3.Un loco llamado Marcelina

4.Me voy con mamá

5.En casa de los Méndez

6.El piso 10

7.Adiós, piso 10

8.Arraiján

9.La llegada de mis primos

10.Niña de mi corazón

11.El telegrama

12.Un deseo

13.La loca de las bolsas

14.El soldado tuerto

15.El loco del pocillo

16.Calixta, la modelo

17.La señorita Vero

18.El maestro chino-panameño

19.Polvo de estrellas

20.La maldición de los Aguayo

21.Dime, ¿dónde estás?

1.Adiós, casa de adobe

Me llamo Calixta Aguayo, actualmente tengo 11 años, pero la aventura que voy a contarles se inicia cuando tenía 5 añitos. Tengo mamá, pero mi papá se marchó desde que se enteró que yo venía en camino —así dicen mis tíos—. Bueno, entonces, tengo papá en algún lugar, aunque aquí no hablamos de eso, a mamá no le agrada, lo sé.

Mi nombre es soñado, porque mi mamá ansiaba que fuera un niño y ella me cuenta que tres noches antes de que yo llegara a esta tierra, soñó que era una niñita, pequeñita y frágil, pero muy vivaracha, con ojitos como de hámster, y que ella me llamaba ¡Calixta, Calixta, Calixta! Mis tíos siempre me molestan y repiten, como si fuera el estribillo de una canción, que era tan pequeña que cabía en la palma de sus manos y que, en lugar de llorar, maullaba como un micho. ¡Hum! No me gusta que me digan esas cosas.

Hoy es un día triste, porque nos vamos a mudar a la capital. La casa, los perritos, los caballos, las gallinas, los patos y todo cuanto había en la finca de mis abuelos ha sido vendido, solo les faltó vendernos a nosotros, los niños. ¡Ay! No saben cómo me duele el corazón, pues este es mi hogar, el único que conozco. En el cafetal que está en medio de la casa de adobe de mis abuelitos y la casa de madera de mi tía Graciela, jugamos a cocinar mis primas Dalila, Verónica y yo, y allí parapetamos una casita con un fogón como el de la abuela Leila, tomamos la flor del plátano, que es de color morado, y fingimos que es la carne. Eso sí, no podemos prenderle fuego al fogón, debemos imaginarlo porque, si no, el abuelo Toño da un grito tan, pero, tan fuerte, que llega al cielo y lo escucha Dios.

Hoy nos vamos para siempre y no volveré a jugar con mis primas en el cafetal, ni bajo el mango donde una vez vi desplazarse a una serpiente voladora de barriga amarillenta y dorso moteado de negro y verde. Ese día, por poco se me escapa el corazón por la boca. Yo quería gritar, mas no encontré mi voz. Le dije a mi mamá y a todos en casa que la serpiente tenía alas como de dragón y orejas como de hiena, (al dragón y la hiena los había visto en un libro viejo que me mostró el abuelo). Mi mamá me llamó imaginativa y exagerada.

En fin, ya nos vamos, y todo lo que un día nos perteneció, ya no es nuestro. Nada. Mi abuelo tiene un sombrero de color verde oliva, de ala ancha. La abuela dice que ese sombrero es más viejo que Matusalén. Yo no sé quién es Matusalén, pero ya me encargaré de averiguarlo. Ay, mis abuelos y sus amigos con nombres muy raros. A propósito de nombres, al abuelo Toño no le gusta el mío, dice que es feo. Feas son sus patillas pizpiretas que me rozan cuando me da el consabido besito de abuelo. A mí me encanta mi nombre. Es un secreto entre ustedes y yo, pero no puedo hablarle sobre sus patillas feas porque entonces el viejo de mi corazón se pone muy triste.

¡Ay, no!, ha llegado el momento de partir, la tía Graciela y sus cinco hijos nos miran con un dejo de tristeza que se les desborda de sus ojos, ahora lloran. Todos lloran, y yo también. A Felipín le salen mocos y lágrimas. Lobo, el perro, aúlla. Todo es muy triste y mi corazón no puede resistirlo, creo que también llora.

Nos vamos alejando por el camino, surcado de ciruelas traqueadoras, con lo necesario a cuestas. Ellos van quedando atrás con la casa de adobe. La misma casa que el abuelo decía que yo le iba a derrumbar porque metía los deditos entre los boquetes y me comía su adobe. Hasta ella parece triste, porque la abandonamos.

Ya no los veo, ni sus manos diciéndonos adiós. Ahora no sé qué nos espera, con quién voy a jugar. Me siento sola. Aquí vamos a tomar el autobús que nos llevará hasta Panamá. Mi mamá, mis abuelos, mi tío Ramón, su esposa y su hijo, y mi tío Toñito, veremos al tío Ulises, que nos aguarda en un lugar llamado Arraiján.

Desde la ventana, puedo ver la estrecha calle que conduce hacia lo que fue mi hogar. Adiós, Chiriquí; adiós, tía y primos; adiós, Lobo; adiós, casa de adobe. El autobús echa a andar y los árboles corren afuera, pero él les gana la carrera.

2. Un tío con la fuerza de muchos tigres

Entre pensamiento y pensamiento —como dice la abuela Leila—, el tiempo nos ha llevado hasta Nuevo Arraiján. Allí nos espera el tío Ulises. Yo no lo conozco en persona, o no lo recuerdo muy bien, pues solo tengo cinco años. Descendemos con nuestro ligero equipaje y nos contamos en silencio para saber que estamos todos. Del otro lado de la calle, un hombre nos hace señas, levanta la mano, hay emoción en su mirada. Es alto y de piel roja, como el camarón hervido. Tiene unas patillas pizpiretas, como las del abuelo, aprieta los dientes al hablar y nos abraza con mucho vigor. Es el tío Ulises, no sé por qué, pero ya siento que nos vamos a llevar muy bien. Dice que nos quedaremos a dormir en su pequeño cuarto, en la finca donde trabaja como celador. Será solo por esta noche. Estamos muertos de hambre, la abuela dice que son las cinco de la tarde, el tío Ulises nos lleva a la fonda de su amiga chitreana, que lo llama «Fulo».

La mujer nos sirve sancocho con arroz blanquito, tajada de plátano maduro y una jarra de agua fría, pero tan fría que hasta parece sudar. Devoramos aquella comida como si nunca hubiéramos comido antes. Nos sentimos tan felices que bendecimos las manos que la prepararon. El tío paga la cuenta y nos vamos a la finca donde está su trabajo.

No bien hemos puesto el pie en aquella tierra ―el abuelo está impresionado con la piscina, que le parece un pozo enorme―, cuando, de pronto, varios hombres llegan en un auto grande con escopetas y dando gritos, nos echan afuera, como si fuéramos unos forajidos —esa palabra la utilizó mi mamá, tengo que preguntarle qué quiso decir—. Yo miro a esos señores fijamente a los ojos un momento, y luego ellos se marchan.

El abuelo está muy molesto con el tío Ulises, porque nos han humillado y nosotros no lo merecemos, pues no somos ladrones ni gente de mala calaña. Ay, los adultos hablan muy raro. Yo no entiendo nada, pero voy guardando en mi mente cada palabra.

La chitreana, que mira al tío con ojos de alegría, nos permite pasar la noche en su casa. Nos acomodamos en la pequeña sala, todos en el suelo, es mejor que dormir a la intemperie.

Muy temprano, cuando el sol se despierta y se despereza, continuamos nuestro camino a casa de la tía Leo, una hija del abuelo con su primera esposa, que vive en Veranillo Viejo, frente a la Universidad de Panamá, en la capital. El abuelo no recuerda muy bien aquellos lares, solo había estado allí en una ocasión; a su mente acude un laberinto de callejuelas, subidas y bajadas sobre aguas servidas y caserones de madera.

A las ocho de la mañana, llegamos a casa de la tía Leo. Allá nos espera otra tía, de nombre Nora, que, al igual que la tía Leo, es medio hermana de mi mamá. Ella nos llevará hasta nuestro nuevo hogar, que queda en Chilibre.

—Iremos solo a reconocer el terreno —le dice el tío Ulises al abuelo.

Al llegar, descubro que el lugar no me gusta ni un poquito. Mi mamá, que se llama Esperanza y es muy bonita, dice que se trata de una zona boscosa e inhóspita, que le da tristeza. Lo mismo siento yo. Mi tío Ramón, con cara de pocos amigos, dice:

—Esto queda donde el diablo perdió el zapato.

Me cubro la cara con mis manitas, no me gusta escuchar ese nombre, pero me pregunto si el señor Diablo usa zapatos y, si de verdad perdió uno de ellos, cómo es que puede caminar descalzo. Debe de dolerle bastante el pie.

Después de reconocer el terreno, volvemos a casa de la tía Leo y pasamos allí dos noches con sus días, luego nos vamos a Chilibre, dispuestos a quedarnos. Le llaman Caimitillo Centro al lugar donde viviremos.