Capitán Derrota - Cristóbal Pacart - E-Book

Capitán Derrota E-Book

Cristóbal Pacart

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Beschreibung

Se dice que la vida y el fútbol están llenos de derrotas. Ricardo Prandaro tiene el récord que ningún futbolista quisiera: es el capitán del equipo más perdedor en la historia del colegio: el Sexto A. Conocido por todos como Capitán Derrota, Ricardo sueña con un milagro que revierta tanta humillación en la cancha. Y cuando parece que la única jugada posible es tirar la toalla, aparece un misterioso alumno que asegura tener la fórmula mágica para transformar este desastre futbolístico en leyenda. Prandaro y sus amigos no tienen nada que perder, así que deciden seguir las extravagantes instrucciones del recién llegado. ¿Están ante un genio del balón? ¿Un loco? ¿Un charlatán sinvergüenza? Acompaña al Capitán Derrota y a su peculiar equipo en una aventura llena de risas, desafíos y personajes inolvidables. Porque lo importante no es ganar, sino nunca dejar de intentarlo.

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Seitenzahl: 397

Veröffentlichungsjahr: 2025

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© Capitán Derrota

Sello: Golondrina

Primera edición digital: Marzo 2025

© Cristóbal Pacart

Director editorial: Aldo Berríos

Ilustración de portada: Claudia Riquelme

Corrección de textos: Gonzlo León

Diagramación digital: Marcela Bruna

Diseño de portada: Marcela Bruna

_________________________________

© Áurea Ediciones

Providencia 2594, local 417, Providencia, Chile

www.aureaediciones.cl

[email protected]

ISBN impreso: 978-956-6420-17-0

ISBN digital: 978-956-6420-72-9

__________________________________

Este libro no podrá ser reproducido, ni total

ni parcialmente, sin permiso escrito del editor.

Todos los derechos reservados.

1. La maldición de la básica

Marzo de 1994. Mi primer día de clases. Eran las ocho de la mañana y me encontraba en el patio principal del colegio, presenciando el tradicional acto de bienvenida al año escolar.

Era la típica ceremonia donde el director leía un discurso aburridísimamente eterno, mientras los estudiantes (y de seguro varios profesores) fingíamos escucharlo. Sin embargo, mi falta de interés no tenía relación con lo fome del discurso. Incluso si el director hubiese estado contando chistes con una peluca de payaso, tampoco le hubiera prestado atención. En ese momento solo me importaba una cosa: el fútbol.

Era el año de la Copa del Mundo Estados Unidos 1994, esa en la que habría un país que, una vez más, no participaría: Chile, una selección que tenía mucho en común con el equipo de fútbol de mi curso, el ahora Sexto A. Ambos equipos se encontraban en el hoyo futbolístico más profundo de su historia.

La Roja ni siquiera había podido participar en las eliminatorias para clasificar al mundial, todo por un castigo recibido a causa de un arquero que se le ocurrió afeitarse una ceja en pleno partido contra Brasil, en el Maracaná.

¡Hasta los bolivianos jugarían ese mundial!

Mientras, el equipo de mi curso llevaba cinco años consecutivos sin haber ganado un solo partido. No era una exageración. Resultados de primero a quinto básico: cero triunfos. Ni siquiera un empate en una mísera pichanga de recreo.

“La maldición”, no había otra forma de llamar a eso que nos ocurría.

Pese a todo, mis compañeros pichangueros del curso y yo éramos fanáticos del fútbol. Oportunidad que teníamos, armábamos una pichanga. En los recreos, en las mañanas antes de entrar a clases, en las horas de almuerzo, en esos minutos en que los profes se atrasaban en llegar a la sala, en los cumpleaños, con frío, con calor, con lluvia, con pelotas de tenis, cajas de jugo y con cualquier cosa que sirviera de pelota.

Fútbol, fútbol, fútbol. Derrotas, derrotas, derrotas, y de las humillantes. Propinadas siempre por nuestros compañeros de generación, “el B”, “el C” y “el D”, que nos tuvieron de caseros durante los primeros cinco años de la básica.

“Son hediondos de malos”, era lo que nos decían nuestros amiguitos de los otros cursos. Principalmente los del B, eternos compañeros de las clases de educación física y, por cierto, nuestros rivales más odiados. Pero éramos persistentes y no bajábamos los brazos.

—¡Ey! ¡Prandaro!

Alguien me llamaba.

En realidad, mi nombre es Ricardo Prandaro, aunque el nombre de pila pueden ir olvidándolo desde ya, porque desde kínder todos en el colegio me llamaban por mi apellido. Mi mundo era el fútbol, me creía delantero y, dentro del equipo, siempre había sido el más motivado, lo que me llevó (más por descarte que por otra cosa) a ser nombrado capitán, algo que estaba lejos de ser un cargo de alta investidura, ya que, por ganarme la jineta de esa lastimosa escuadra, lo que también terminé ganándome fue el apodo de “Capitán Derrota”.

—¿Trajiste pelota, Prandaro?

El que me hablaba era el Zeta, otro de los pichangueros del curso. Aunque era defensa, tenía una excelente técnica para salir jugando desde nuestra área y armar un ataque a nuestro favor, pero también a favor del equipo contrario, pues frecuentemente y en los peores momentos, le robaban la pelota cuando le venían esos aires de Diego Maradona. “¡Zeta, te van...!”, “¡Suéltala!”, “¡Reviéntala!”. No había caso. Cómo nos hacía sufrir ese kamikaze del fútbol.

—Sí, la traje —respondí.

—Este año matamos la maldición, Prandaro —dijo con optimismo el Zeta.

Honestamente, no se me ocurría en qué tipo de esperanza, o sueño, se basaba para anunciar el fin de nuestra maldición. ¿Será que confiaba en la llegada de compañeros nuevos? Tal vez. Pero, si ese era caso, lo sabríamos al final del día. Era una tradición del colegio con los nuevos. Los invitaban a un desayuno, les hacían un tour por la escuela, les explicaban largamente cómo funcionaban las cosas, para finalmente llevarlos a sus respectivas salas y presentarlos a sus compañeros.

Pero ¿era realista esperar la suerte de que justo llegara algún pequeño Bam Bam Zamorano que nos arreglara todo el panorama? ¡Nah! Ese tipo de milagros, en que el jovencito ganador llega al equipo de losers y, gracias a él, todos se vuelven cracks y salen campeones, derrotando a los bad boys en el último segundo de la final, con un gol de chilena que rompe las redes en medio de una tormenta y el compañero feo se queda con la chica linda del colegio y… ¡corten! Eso solo pasa en las películas gringas de adolescentes, y esta era muy distinta, una de terror, donde más que un héroe lo que necesitábamos era un exorcista.

De tan inmerso en mis divagaciones cinematográficas, no me percaté de que el discurso ya había finalizado y de que los alumnos estaban regresando a sus salas. Apresuré el paso para no quedarme afuera y empezar el año con una anotación por atraso.

En el camino, me empujaron unos niños del Sexto D, que pasaron corriendo como búfalos, lo que me hizo recordar un comentario expresado por mi padre en una oportunidad en que llegué a mi casa frustrado, a causa de una de las tantas derrotas sufridas contra ese curso: “Olvídate de que van a ganar alguna vez. Entiende que los niños de los otros cursos son más grandes que ustedes, y a tu edad, esos meses de diferencia se notan mucho. Dedíquense a estudiar mejor”. (Todas las intervenciones de mi padre siempre terminaban con la frase dedíquense a estudiar.)

Estas palabras no levantaban mucho el ánimo, pero eran la pura y santa verdad. Y es que en ese colegio no estaban para complicaciones y los cursos de mi generación los conformaron de la siguiente manera:

- Letra: A / Mes de nacimiento: enero, febrero, marzo 1983

- Letra: B / Mes de nacimiento: diciembre, noviembre, octubre 1982

- Letra: C / Mes de nacimiento: septiembre, agosto, julio 1982

- Letra: D / Mes de nacimiento: junio, mayo, abril 1982

Sí, éramos las guaguas de la generación, sobre todo si nos comparábamos con el D, pues tener casi un año de diferencia cuando estás en la básica, se nota mucho. Además, por esas coincidencias desgraciadas de la vida, los niños del D eran genéticamente unos guailones medio cuerpo más grandes que los jilgueritos del A. Y qué mejor forma de demostrar esa superioridad física que en el fútbol. Nada más bastaba con entrar a la cancha para que inspirásemos lástima.

¿Trancar un balón?, ¿hacer cuerpo?, ¿ganar un cabezazo?, ¿aguantar un cañonazo en la barrera? Olvídenlo. Y menos en sexto, donde además íbamos a tener que aguantar el olor a axila de esos muchachos en pleno desarrollo adolescente. ¿Y nosotros qué? ¿Acaso los íbamos a atemorizar con nuestro olor a Baby Shampoo?

No bastando con sacarnos dos cuerpos de ventaja, los gigantones tenían la fortuna de contar con las compañeras más guapas de los cuatro cursos, niñas que probablemente ni siquiera sabían que existíamos y que, cuando se aparecían cerca de la cancha para apoyar a su curso, nuestra concentración se desviaba por completo. Sobraban los suspiros, pero faltaban las paredes, las asistencias y, sobre todo, los goles. Una distracción naturalmente inevitable, igual de inevitable que la goleada que nos terminaban brindando sus celosos compañeros.

Ya recuperado del caballazo de los animales del D, logré llegar a mi sala, pero como fui el último en entrar, no alcancé a captar lo que tenía revolucionado al curso entero.

2. El notición del año

Cuando crucé la puerta de la sala me encontré con que la profesora aún no había llegado y todos se encontraban alrededor de uno de mis compañeros, conversando muy entusiasmadamente sobre algo que al parecer este último les había relatado.

Cuando me acerqué al grupo, noté que mis compañeras se apartaron a un rincón de la sala con una risita media nerviosa, de esas que hacen las niñas cuando están hablando de algo que les gusta, y que, en ningún caso, se trataba de sus compañeros de curso, porque a nosotros hacía tiempo que no nos inflaban por inmaduros y perdedores.

Observé al grupo femenino. Ahí estaba María Nieves, la niña que me gustaba desde cuarto básico. Con su melena color castaño claro, su cintillo blanco y ese corte sesentero con puntas en forma de resbalín, María proyectaba una imagen de niñita inteligente que me hacía sentir muy inseguro y nervioso cada vez que estaba frente a ella, al punto de que ni siquiera era capaz de hablarle.

Todo el curso intuía mi interés por María, pero yo nunca lo admitía públicamente, pues me daba mucha vergüenza. Era el Capitán Derrota, derrotado esta vez por su timidez.

—¿Qué onda, cabros? —pregunté a los muchachos.

—Va a llegar un compañero nuevo —respondió Bartolo, el arquero de nuestro goleado equipo y, por ende, el masoquista número uno del fútbol.

—¿Quién? —volví a preguntar.

—¡Lo último que nos faltaba, poh! ¡Un argentino arrogante! Ya sabís cómo son todos esos. Chamullentos, cancheros, buena facha. Se va a robar a todas las chiquillas del curso. Mira poh, si el compadre ni siquiera ha llegado y ya andan todas loquitas.

El que respondió con ese tono de fastidio fue Giancarlo Domizzi, el alumno desordenado del curso y también el típico cabro que se jura todo un seductor, razón por la cual no le daban ninguna vergüenza todos esos temas que tuvieran relación con mujeres, pololeos, besos y romance. Todo lo contrario, era demasiado entusiasta en esas materias, aunque yo ya lo tenía cachado que muchas de las cosas que contaba sobre sus conquistas eran puros inventos.

—Como si antes nos pescaran mucho, poh —comentó sarcásticamente el “Reventín” Venegas, el jugador más rústico de nuestro rústico equipo, que lo único que sabía hacer, cuando la pelota caía en sus pies, era reventarla para cualquier lado.

—Pero cuenten el lado bueno de todo esto —dijo el Zeta—. Resulta que el argentino juega fútbol. Viene de las juveniles de Independiente de Avellaneda, es goleador y hasta se parece al crack argentino Gabriel Batistuta.

—Si van a llegar argentinos famosos, ¡prefiero lejos que llegue una modelo como la Valeria Mazza! —se quejó nuevamente Domizzi.

—¿Pero de dónde sacaron todo esto? —pregunté medio desesperado por tanta información extraña recibida en tan poco rato.

—¡Rodino! —respondieron mis compañeros, apuntando con el dedo al responsable de todo este alboroto: Daniel Rodino.

Rodino era uno de los defensas del equipo. Una especie de niño ardilla. Pequeño, de paletas crecidas desproporcionadamente, rápido y buen quitador de balones. Pero excesivamente distraído, bastaba que pasara una mosca cerca de la cancha para que Rodino se nos fuera del partido. Cuando Rodino iba a iniciar la explicación del origen de la inesperada noticia, entró repentinamente la profesora a la sala y todos nos fuimos rápidamente a nuestros puestos.

Comenzaba la primera clase de mi paso por el sexto básico, pero, a diferencia de años anteriores, esta vez veía una pequeña luz de esperanza que iluminaba un camino que, hasta ese minuto, creía imposible sacarlo de la oscuridad.

3. El Batirrefuerzo

La historia que relató Rodino era la siguiente:

Su papá, que era exalumno del colegio, se había juntado durante el verano con un grupo de excompañeros en un restaurante de parrilladas argentinas. El dueño del local se percató de que dichos clientes eran exalumnos del colegio y se acercó a ellos para pedirles si podían darle algún dato o referencia de la escuela, ya que su hijo iba a entrar ese año a nuestro colegio. Entonces, el papá de Rodino le preguntó al dueño del restaurante a qué curso iba a entrar su hijo, a lo que este le respondió: “Al Sexto A”.

“¡Pero qué coincidencia! Nuestros hijos serán compañeros”, respondió Rodino padre, con lo que se armó inmediatamente la conversación entre los dos apoderados.

El dueño del restaurante le contó que venía de Buenos Aires, que su hijo era fanático del fútbol, que era el goleador de las juveniles de Independiente. Después le mostró una foto, enmarcada en una de las paredes, en la que aparecía su hijo. Ahí fue cuando se percató de que el niño se parecía al famoso goleador argentino del momento: Gabriel Omar Batistuta, el “Batigol”.

Fin de la historia.

Me quedé unos segundos procesando todo lo que había relatado Rodino y era imposible no llegar a una sola conclusión: ¡Se había producido el milagro!

Este compañero nuevo era todo lo que necesitaba nuestro equipo. Yo ya me veía mandándole centros al clon del Batigol para que las embocara en la cara de los pesados de los otros cursos, que por años se habían burlado de nuestro equipo.

—Ahora que lo pienso no hay para qué preocuparse de que nuestras compañeras le presten toda la atención al argentino. ¿Saben por qué? —dijo Domizzi.

Todos escuchamos atentos su teoría.

—Cuando empecemos a golear a los otros cursos, se va a correr la voz de que en el Sexto A hay un argentino goleador igualito a Batistuta. Entonces van a llegar las mujeres a mirar los partidos y, claro, al principio todas se fijarán en él, pero por muy goleador que sea, no podrá pololear con todas y tendrá que elegir a una. “Lo siento, chicas, sho sha tengo novia, pero les presento a mis compañeros que son unos pibes re buena onda”. ¡Y será ahí donde tendremos las mejores oportunidades para conocer niñas lindas! —concluyó Domizzi y nos dejó convencidos a todos.

De ahí en adelante todo lo ocurrido antes de la llegada del compañero nuevo fue un verdadero espectáculo de especulaciones, tanto así que ni siquiera salimos a jugar fútbol en los recreos. Además, las chiquillas estaban cada vez más ansiosas con la llegada de su galán transandino: algunas ni siquiera sabían quién era Batistuta, pero les bastó con la descripción física que les había dado la Pamela Vargas, que era la compañera futbolera del curso: “Alto, rubio, pelo de rockero, ojos claros”. Hasta gritos se escucharon de tanta emoción.

Pero de los gritos las niñas pasaron rápidamente a la discordia, ya que empezaron una discusión entre ellas sobre quién se iba a sentar con él. Finalmente hicieron un sorteo y ganó la Carolina Salazar, quien inmediatamente pegó un papel que decía “RESERVADO” sobre el puesto en el que ella y su nuevo vecino de pupitre compartirían por el resto del año.

Los hombres, por su parte, parecíamos como si fuéramos los comentaristas del programa televisivo de deportes de la época: Zoom Deportivo. Habíamos iniciado una serie de discusiones sobre cómo íbamos a formar el equipo.

—Como el Bati es goleador, uno de los delanteros tiene que ir a la banca. Lo siento, Prandaro, ahora serás el “Capitán Suplente Derrota” —dijo el tipo más desagradable del curso: Segundo Schuller, también conocido como “el Laca Schuller”, un engominado personaje de pelo al estilo “Lengüetazo de Vaca”, que gozaba haciendo difícil mi vida escolar.

—No seái care´ palo, poh, Laca. Yo juego más por las bandas, en cambio tú y el argentino juegan de centrodelanteros, y entre Batistuta y un lauchero como tú no hay dónde perderse —argumenté.

—Yo creo que el que debería ir a la banca es Rodino —opinó Garcenas, un flaco cegatón, portador de unos monumentales lentes poto de botella, acusado injustamente de ser un comilón, cuando la verdad era que no daba ningún pase, porque no lograba distinguir a sus compañeros de equipo.

—¡Chaaaa! No sean malagradecidos. Si fui yo el que trajo al refuerzo —replicó Rodino.

—¡A dónde la viste, patúo!

Opiniones iban y venían desde todos lados, excepto desde el lado de un singular compañero de curso, el “Chico” Buscamares, quien se encontraba sentado en su puesto, en silencio y sin moverse, mirando atentamente una pizarra que no tenía nada escrito. Así era Buscamares, y yo lo respetaba, pues era uno de los mejores jugadores del equipo. Una súperestrella no, pero sí muy aplicado para el fútbol y, en general, aplicadito para todo. Bueno para los deportes, las matemáticas, el dibujo, la música, etcétera. ¡Para todo tenía habilidad! Entonces ¿cuál era el problema? El drama era que nada le apasionaba. ¡Era un robot! Y si hay algo en la vida en que se necesita pasión, es en el fútbol. Por eso nunca se veía a Buscamares devolviéndole una chuleta al defensa chancho que le pegó todo el partido, o reclamándole a algún compañero por comilón. ¡Ni siquiera le alegaba al árbitro!

—¡Junten miedo, infelices, junten miedo! —salió Domizzi a gritar por el pasillo, específicamente en dirección a la sala del Sexto B, gritos que por cierto eran muy justificados, porque pese a que, por ese tema de la edad de los cursos, nuestro rival más parejo debía ser el B, de parejo nada había, ya que el cursito ese nos tenía, como se dice vulgarmente, pa’ la paipa.

Generalmente, el A y el B eran cursos hermanos. Compartíamos muchas de las actividades escolares como, por ejemplo, la clase de educación física, donde no era exactamente preciso decir que el equipo del B era el que nos boleteaba, sino que era un solo jugador: José, el “Negro” Silva.

De pelo motudo y nariz ancha, a Silva no le decían Negro como comúnmente llaman al chileno un poco más tostadito que el resto. Le decían Negro, porque el muchacho era de raza negra. Algo poco común en 1994. La habilidad que tenía Silva para manejar el balón era incomparable. Su sobrenombre era más que obvio: “Negro Pelé”.

La cosa no era que fuera difícil quitarle la pelota. ¡ERA IMPOSIBLE! Cuántos festines se pegó el negro gambetero, bailándonos a la tropa entera de masoquistas que, una y otra vez, insistíamos en desafiarles una pichanga.

El punto débil de Silva, era que jugaba solo. Sus compañeros no eran más que una manga de troncos desvergonzados, fieles exponentes del jogo feo. Se dedicaban únicamente a quitar balones a punta de patadas y empujones, entregarle, a toda costa, la pelota a su salvador y luego quedarse mirando cómo éste se encargaba de todo el resto. Y si por alguna razón su crack faltaba, los muy descarados se negaban a jugar. No, gracias, ya les hemos ganado muchas veces. Pero cuando el morenito reaparecía, corrían a buscarnos.

Miserables.

Luego de la amenaza de Domizzi por el pasillo, siguieron los comentarios al interior de nuestra sala. Esta vez era nuestra compañera Karina Rocha, quien nos increpó bien de manos en la cintura:

—¡Óiganme bien, tropa de perdedores! Ahora sí que van a tener que ponerse las pilas y empezar a jugar de verdad, porque si Gabriel (ya simplemente asumieron que el tipo se llamaba como Batistuta) se da cuenta de que son hediondos de malos, capaz que pida que lo cambien a otro curso —concluyó, apoyada por varias otras compañeras que no estaban dispuestas a perder al nuevo ejemplar por culpa de sus fracasados compañeros.

—¡Saaalta, oh! Espérate nomás lo que va a pasar cuando las vea a ustedes y después las compare con las chiquillas del D. ¡Ahí sí que va a querer cambiarse de curso! —fue la réplica de Domizzi, que provocó las risas de nosotros y la furia de las muchachas, incluyendo, para mi desgracia, la de María Nieves, quien ya estaba convertida en una de las presidentas del fan club del Batigol del Sexto A.

Siguieron así los dimes y diretes de un lado hacia otro, hasta que sonó el timbre y tuvimos que volver a clases.

Ya no quedaba más espacio para las especulaciones, porque antes de que terminara la hora de matemáticas que venía después del recreo, entraría a la sala la profesora jefe, acompañada del esperado alumno, para presentarlo al fin a los que seríamos sus futuros compañeros de equipo. Bueno, y de curso también.

4. La bienvenida

Entró la profesora jefe, la estricta señorita Maritza Blanco, con quien tuvimos más de algún problema en quinto básico, producto de su declarada antipatía por el fútbol. “No sé qué gracia le ven a eso de andar corriendo como tontos detrás de una pelota”, manifestaba habitualmente esta maestra, también conocida como la “Vino Blanco”.

La cosa era que en ese momento nuestra profesora pudo haber sido la maestra Jimena de Carrusel, el profesor Rossa o el maestro Longaniza, y ni así nos habría importado. Solo nos importaba el Bati.

Sabíamos que primero venía una serie de indicaciones que los profesores debían entregar y que los estudiantes antiguos debíamos aplicar al recibir a un recién llegado. Lo típico: integrar al compañero a las actividades en grupo, no burlarse, ayudarlo si no entendía algo del colegio, blablablá, instrucciones que eran innecesarias en este caso, porque si fuera por nosotros, al “pibe” lo hubiésemos recibido saltando y cantando al ritmo del bombo: “Oooh, dale Batigol, Batigol, Batigol, dale Batigol”.

—¿Tenemos algún puesto disponib...? —ni siquiera alcanzó a terminar su pregunta la profe, cuando la Salazar ya tenía el brazo levantado mientras gritaba: “¡Acá, acá, acá!”.

Había mucha ansiedad en el ambiente. La profesora seguía hablando cuestiones que nadie quería escuchar, mientras el Bati seguía tras la puerta, y a contraluz se veían sus pies moviéndose como todo un crack.

—¡Entra, poh, Gabriel! ¡Te estamos esperando! —gritó el Zeta, sin poder aguantarse.

—¡A ver, caramba! ¡Al próximo que grite lo anoto! —exclamó la Vino Blanco—. Además, ¿quién es Gabriel? No me confundan. Voy a presentarles ahora a su compañero nuevo, Sebastián Kurlovic.

¿Kurlovic? No era precisamente el apellido que estábamos esperando, sobre todo si un grupo había llegado al extremo de pensar que el muchacho se llamaba Gabriel Omar Batistuta. Otros, menos exagerados tal vez, nos habíamos hecho a la idea de algo más al estilo italiano-argentino: Barticcioto, Cerati, Tinelli o algo así. En fin, qué importaba el apellido, lo que valían eran los goles y el fin de nuestra maldición futbolera.

—Adelante, Sebastián —indicó la profesora, mientras abría la puerta.

Fue en ese instante en que el gran goleador transandino, el héroe que iba a devolvernos la dignidad futbolística y el nuevo galán del colegio, resultó ser un sujeto pasado de peso, de patas cortas, morenito y hasta medio pelado. ¿Batistuta? ¡ERA TODO LO CONTRARIO!

De ahí en adelante la confusión fue total. Nuestra cara de desconcierto era evidente, aunque nadie decía nada para evitar el enojo de la profe. ¿Se habrán equivocado de alumno y al Batigol lo enviaron al Sexto B y a nosotros nos mandaron a este otro muchacho?

—¡A ver, jóvenes, por favor, su atención acá! —nos regañó la profesora, quien notó la extraña reacción del curso—. Sebastián, preséntate a tus compañeros, por favor.

El nuevo estudiante, inhibido por el ambiente enrarecido, no logró mucha elocuencia en su introducción:

—Hola, me llamo Sebastián Kurlovic. Gracias.

Fue todo lo que dijo el recién llegado, aunque suficiente para darnos cuenta de que no había “che”, ni “viste”, ni “me shamo Sebastián”. ¡NO ERA ARGENTINO! Era tan chileno como las humitas con azúcar. Entonces los ojos de todos se dirigieron hacia una sola persona: Rodino, que, ante aquellas miradas furiosas, respondió encogiéndose de hombros y con una cara de “no sé qué habrá pasado”.

Por su lado, la Salazar estaba intentando colocar una mochila en el puesto de al lado, tratando de hacer notar que ese lugar, que hasta antes de que llegara el nuevo compañero era para su Gabriel, ya no estaba disponible. Pero la sola mirada de la señorita Blanco la hizo retroceder en su tramposa y desesperada jugada. Estaba todo demasiado tenso y la profesora ya estaba perdiendo la paciencia.

—¡A ver, jóvenes! No sé qué está pasando acá, pero hay algo muy extraño en su comportamiento. ¿Alguien quiere hacer alguna pregunta para aclarar algún tema? Hable ahora o calle para siempre.

Rodino levantó la mano, asumiendo algún tipo de responsabilidad en toda esta confusión:

—Señorita, ¿llegaron muchos alumnos nuevos a los otros cursos? —intentó disfrazar la pregunta, pero todos sabíamos que lo que en realidad quería saber, era si al verdadero argentino lo inscribieron en otro curso.

—No sé por qué está preguntando eso, señor Rodino, pero la respuesta es no. Aparte del señor Kurlovic, solo llegó una alumna al Sexto D: una señorita de apellido Maza.

Todos escuchamos el cabezazo de Domizzi contra su mesa.

Rodino se hundía en su puesto y la profesora, que ya no daba más de la molestia, tomaba aire para vomitarnos el sermón del siglo. Antes de que ocurriera eso, tomé la posta de las preguntas solapadas, levanté la mano y dije con mi mejor voz de niño maduro:

—Señorita, creo que sería bueno que nuestro nuevo compañero nos pudiera contar algo más de él. Cosas de la vida cotidiana como, por ejemplo, a qué se dedican sus padres y si ha practicado algún deporte en el extranjero.

—Qué rebuscada su inquietud, señor Prandaro —respondió la profesora.

Pese a lo incoherente que debió haber sonado mi pregunta, al menos logré que la profesora le diera la palabra a Kurlovic para que respondiera:

—Bueno, mi papá tiene un restaurante de parrilladas.

Confirmado, no había ninguna confusión de cursos cambiados ni nada por el estilo. Kurlovic era el mismo niño del que le habían hablado al papá de Rodino. Faltaba aclarar lo del fútbol.

—Y para los deportes, bueno, soy fanático del fútbol, aunque no lo juego mucho. Y siempre he vivido en Chile —respondió el exgoleador o, mejor dicho, el nunca goleador.

Luego de escuchar la intervención del nuevo alumno, fue inevitable apuntar con la vista a Rodino. Esta vez no eran miradas furiosas las que lo acechaban, sino que miradas asesinas.

¿Por qué había inventado todo eso del argentino goleador de Independiente igualito a Batistuta?

Sorpresivamente sonó el timbre que marcaba el término de las clases. Todos nos levantamos como resortes de nuestros puestos, pero Rodino ya se había esfumado. Alcanzamos a ver su sombra arrancando a toda velocidad.

Salimos todos disparados detrás de Rodino, con la Carolina Salazar a la cabeza del grupo, secundada por María Nieves, la expresidenta del ya disuelto club de fanáticas del Batistuta escolar. En la sala se quedó el pobre alumno nuevo que no entendía nada.

—¿Es normal en este colegio practicar deportes en el extranjero? —preguntó Kurlovic a la furiosa señorita Blanco, quien ya estaba preparando el lápiz para despuntarlo con la tremenda anotación negativa que nos iba a dedicar a cada uno de nosotros.

No era el momento para pensar en la ira de la profe. Lo único que nos importaba en ese instante era no dejar escapar al culpable de habernos creado la cruel ilusión de que, al fin, íbamos a poder cambiarle la suerte a nuestro desdichado equipo.

5. Déficit atencional

No fue difícil alcanzar a Rodino. Estaba en los estacionamientos afuera del colegio, a un costado de un automóvil y con un adulto al que tironeaba del brazo. Era su papá, y no había que ser experto en lectura de labios para entender lo que mi compañero le estaba diciendo:

“¡Vámonos, vámonos, que me quieren matar!”.

Cuando el papá de Rodino vio que se acercaba una turba enardecida, cual superhéroe, se plantó en medio del estacionamiento con su brazo extendido y con su mano en signo de ¡ALTO! Nos detuvimos solo por respeto al tío Rodino, a quien conocíamos de tantos cumpleaños. Además, si había alguien en este mundo más adecuado para ayudarnos a aclarar el cuento de Batigol, era precisamente él.

—¡Su hijo nos engañó! —dijo la Carolina Salazar, que alzó la voz acompañada con un coro de ángeles de fondo—: ¡Sí, nos engañó!

—¡Se burló de nosotros! —repitió la Salazar.

—¡Sí, se burló de nosotros! —complementó el coro.

Rodino padre no entendía nada de lo que estaba pasando.

—A ver, niños. Primero tranquilícense. Alguien puede explicarme, CALMADAMENTE, ¿de qué están hablando? —intervino el apoderado.

Fue entonces cuando le explicamos toda la historia y la razón de por qué queríamos linchar a su hijo.

La primera reacción de Rodino padre fue soltar una carcajada, la que tuvo que interrumpir abruptamente al ver que a nadie le causaba ni la más mínima gracia.

—Perdón. Es que no pude evitar reírme del tremendo malentendido que hay aquí. Efectivamente hay cosas que son ciertas de esa historia, por ejemplo, que fui al restaurante de parrilladas del papá de su compañero nuevo, pero ¿de dónde sacaron que eran parrilladas argentinas?

De pronto se escuchó una voz que venía de debajo de un auto.

—Tú mismo me dijiste que el dueño venía de Buenos Aires, entonces ¿de qué iban a ser las parrilladas? ¿Egipcias acaso?

Era Rodino hijo, que estaba asomando la cabeza de su escondite.

—Sí, Daniel, yo te comenté que el dueño venía de Buenos Aires, pero de BUENOS AIRES DE PAINE, el restaurante que está en la carretera hacia el sur saliendo de Santiago. El señor trabajó allí hasta el año pasado, pero decidió renunciar y abrir su propio restaurante.

—¿Pero y eso que el niño había sido goleador en Independiente? —preguntó el Zeta.

—Lo que yo dije fue que el muchacho había sido campeón en su colegio anterior que quedaba en la comuna de Independencia.

Rodino hijo volvió entonces a su escondite.

—¿Y cómo puede ser campeón si dijo que jugaba poco? —cuestioné.

—Tal vez era suplente en su equipo, Prandaro —respondió el señor Rodino.

—¿Y lo del parecido con Batistuta? —preguntó la Karina Rocha, con voz más de resignada que de enojada.

—Era una foto en la que el niño “aparecía con” y no, no “se parecía a” Batistuta. La tomó su papá para la Copa América de Chile en el año 91 y la tenía enmarcada en una de las paredes del restaurante —aclaró don Rodino.

—¡Entonces su hijo está sordo! —replicó la Salazar.

—¡Sí, está sordo! —repitió el coro.

—Daniel no es sordo, niños. ¿Han escuchado hablar del déficit atencional?

Ahí fue cuando explicó que su hijo era distraído debido a un trastorno que le diagnosticaron y que por eso no ponía mucha atención a lo que la gente le hablaba. Al final nuestra rabia se transformó en lástima, porque el papá de Rodino continuó hablando sobre un remedio que tenía que comprar, que era muy caro, que para pagarlo estaba vendiendo chaquetas de cuero traídas de Mendoza y que les avisáramos a nuestros papás por si querían comprar.

—Tío, ¿le puedo hacer una última pregunta? —intervino la María Nieves—. ¿Está seguro de que en esta oportunidad las chaquetas sí son argentinas?

6. No saben jugar al fútbol

Lo cierto era que, después del confuso episodio del alumno nuevo, me vi obligado a volver a la realidad. ¿Debía asumir de una vez por todas que el equipo jamás saldría del hoyo?, ¿o debía aferrarme a una última esperanza? Ambas interrogantes siguieron dando vueltas por mi cabeza durante el resto del día, incluso hasta la noche, mientras armaba mi mochila para el otro día, poco antes de dormirme.

Eché mis cuadernos, mi álbum del mundial y me quedé un rato pensando qué era lo siguiente que metería al bolso. En una mano tenía mi pelota y en la otra un Metrópoli. ¿Jugar fútbol o jugar con dinero falso?

—Definitivamente el Metrópoli, Ricardo —me dijo mi mamá, que justo iba pasando por fuera de mi dormitorio, indicándome su preferencia por el juego de mesa, seguramente porque ya estaba aburrida de los cinco años que llevaba escuchando mis lamentos futboleros.

—Ni lo uno ni lo otro. Dedíquense a estudiar mejor —intervino mi papá.

—¡Pa´ qué siguen insistiendo con el fútbol, cabezón porfiado! —gritó de lejos el Claudio, mi hermano mayor. Tenía catorce años y, como buen adolescente, interactuaba conmigo solo de dos formas: ignorándome o molestándome. Y como en ese instante la opción era la segunda alternativa, continuó pronunciando la peor ofensa para un pichanguero hecho y derecho como yo: “No saben jugar al fútbol”.

La primera vez que me dijeron esa frase fue en quinto básico, en el cumpleaños de la Jimena Soto, una niña de mi curso que había organizado, en su parcela en Peñaflor, una fiesta más madura, de noche y con música. Obviamente los pajarones futboleros no podíamos desaprovechar el patio espectacular que tenía aquella parcela (con arcos y todo), y en lugar de sacar a bailar a las chicas del curso, sacamos una pelota, no sé de dónde, y armamos la tonta pichanga.

La Soto, indignada con que su celebración se transformara en una pichanga, mandó a sus primos a quitarnos el balón. No pasó mucho rato para que empezaran los tironeos y empujones entre nosotros y los emisarios de la cumpleañera. Estábamos arruinando la fiesta, y eso provocó que la festejada pasara de la rabia al llanto.

De pronto apareció un anciano misterioso para salvar la situación, con una botella de cerveza en la mano y un cigarro en la boca. Era el abuelo de la Jimena. El viejo tenía pinta de esos hinchas de fútbol de la vieja escuela, que probablemente tuvieron la suerte de ver algún partido de la selección chilena que salió tercera en el Mundial del 62. El veterano, seguramente aburrido de tener que ir a ese cumpleaños en lugar de estar escuchando algún partido en su radio a pilas, se acercó a la cancha y, con una fuerte voz ronca, ordenó: “Partido al mejor de tres goles. Si ganan los pijecitos (supuse que se refería a nosotros), pueden seguir jugando hasta que termine el cumpleaños, pero si pierden, se acaba la pichanga y se van a bailar con las chiquillas”.

La pobre Soto no daba más. “¡Mamá, el tata arruinó mi fiesta!”, “¡ahora todos los hombres se van a poner a jugar fútbol!”, gritaba la pobre cumpleañera. Pero el tatita, muy calmadamente, se acercó a su nieta y le dijo: “Tranquila, mijita, vaya a preparar la música porque en menos de cinco minutos se arma el bailongo, se lo prometo”.

Fue precisamente después de decir eso que el anciano agregó la frase maldita, clarita y como en cámara lenta:

“Tus amiguitos van a perder, porque NO SABEN JUGAR AL FÚTBOL”.

Si bien, el veterano la pronunció la fraseen el oído de la Jimena, yo justo estaba mirando y la escuché tal como si me la hubieran gritado con un megáfono. La sentí como una verdadera patá en la guata.

Los primos eran seis. Si bien eran un poco más grandes, nosotros éramos nueve. Ellos reclamaron, pero al anciano no le importó la diferencia. El partido se jugaría seis contra nueve. Pan comido, pensaron mis relajados compañeros. Yo, que era el único que había escuchado esa frase insultante, lo que menos sentía era relajo. Tenía rabia con ese abuelo. Uno podrá ser malo para el fútbol, pero que te digan que no sabes jugar… Estaba picado y tenía pensado celebrar los goles que les haríamos a los primos con el típico gesto de silencio (“shhhhh”) en la cara del abuelo ese.

Por ser nosotros más jugadores, le cedimos la partida al equipo de los primos.

El abuelo dio el pitazo inicial con uno de esos chiflidos de estadio. Uno de los primos agarró el balón y se fue directo contra el arco de Bartolo. Era velocísimo y nadie lo podía parar. Me puse a correr para tratar de alcanzarlo. Me barrí, pero el primo me hizo un enganche. Pasé de largo dejando un pelón horrible en el pasto de la parcela. Derechazo imparable al ángulo. Uno a cero.

Me levanté del suelo casi llorando de rabia y con un manchón verdoso impregnado en el blue jeans nuevo que me había comprado mi mamá para esa fiesta.

—Cálmate, Prandaro —dijo el Zeta, que notó que estaba con los ojos rojos.

Pero no había tiempo para ponerse a meditar y encontrar la paz interior. Los primos ya tenían la pelota en el centro, esperando que reanudáramos el partido.

Otro chiflido del anciano y pase que recibí del Chico Buscamares. Salí disparado con el balón intentando copiar la misma jugada del primo. Me pasé a uno, luego a otro, hasta que quedé listo para darle a la pelota con toda la rabia acumulada, pero de pronto, y sin darme cuenta, estaba nuevamente tirado en el suelo. Alguien del otro equipo se había barrido y me había robado el balón como quien le quita un juguete a un bebé. Habilitación larga, y por arriba, a un delantero. Cabezazo y gol.

Fin del partido.

En ese momento me convertí en un avestruz. Tenía mi cara metida en el pasto, al tiempo que me tragaba las lágrimas de rabia. Mis compañeros me fueron a levantar, pero no me moví. Me daba vergüenza que me vieran llorando. Al final se aburrieron y me dejaron solo. Entonces una voz dijo:

—Vamos parándonos de ahí, gancho. A lo machito nomás —era la voz del abuelo, que me estaba tendiendo una mano para ayudarme a levantar.

Respiré profundo, me tragué un par de chanchitos de tierra, junté coraje y me levanté. Tenía embarrada la ropa, la cara y, sobre todo, el orgullo.

—Escúcheme lo que le voy a decir: el fútbol es un juego de equipo y estrategia. ¿Por qué saliste jugando apurado para hacer el empate?, ¿por qué no le tocaste el balón a tus compañeros?, ¿por qué estabas tan picado?

—¡Porque usted dijo que no sabíamos jugar al fútbol! —respondí con un grito que me salió del alma.

—Perder dos a cero en cinco minutos con tres jugadores más, ¿acaso estaba equivocado? —preguntó el anciano, sabiendo que no podría responderle.

—Cuando los vi jugar antes del partido, me di cuenta de que eran un lote de cabros desordenados, todos corriendo al mismo tiempo detrás de la pelota, todos creyéndose Carlos Caszely, queriendo pasarse por completo al rival para hacer un gol. Eso no es fútbol. Como todo deporte, se necesita trabajo en equipo, inteligencia, calma y concentración. Los picados siempre terminan mal.

El anciano tenía razón. Con mi actitud había perjudicado al equipo y había quedado como un verdadero tarado.

—Eres un buen jugador, pero de nada sirve si no sabes jugar.

Parecía una frase tonta, pero le encontré mucho sentido y, de pasada, me ayudó a levantar el ánimo al decir que era buen jugador. Finalmente, el viejito resultó ser un verdadero sabio.

—Y, por último, a la edad de ustedes el fútbol es para pasarlo bien. No se puede andar sufriendo de esa forma por un simple partido, así que ahora vaya a lavarse esa cara, porque la crespa de pantalones blancos que anda por ahí no deja de mirarte y se muere de ganas de que la saques a bailar.

Miré hacia donde estaban todos y nuevamente tenía razón. Había una vecina de la cumpleañera que me estaba sonriendo. Me puse rojo, pero gracias al barro en la cara no se me notó. Le devolví la sonrisa olvidándome por un rato de la María Nieves y me fui directo a la pista, con barro y todo. Bailamos el ilari-lari-lari-e y el Xú-Xú-Xú-Xá-Xá-Xá de una cantante brasilera que era la polola de O Rey Pelé.

Después de haber recordado esa inolvidable historia de la fiesta, decidí que ¡sí!, era un porfiado y no iba a rendirme con el fútbol, así que dejé el Metrópoli en mi escritorio, eché el balón a mi mochila y me acosté a dormir. Ya veríamos si en algo iba a poder aportar ese tal Kurlovic.

7. El Lengüetazo de Vaca

Primera pichanga del año. Día y hora: segundo día de clases, primer recreo. Cancha: multicancha del patio de la media. Rival: nosotros mismos.

Llevábamos una tradición de años en la que para jugar entre nosotros formábamos dos equipos y nos repartíamos los jugadores según el equipo del que éramos hinchas. Para nosotros era muy fácil, ya que la mitad de los hombres éramos de Colo-Colo y la otra mitad se repartía entre la Universidad de Chile y la Universidad Católica.

Por coincidencia, aquella repartija entre caciques y universitarios resultaba en dos fuerzas más o menos parejas, que nos permitían hacer partidos peleados y, de paso, ponerle un ingrediente adicional a las pichangas, haciéndonos creer que jugábamos defendiendo al equipo de nuestros amores.

—¡Kurlovic!, ¿qué equipo te gusta? —le consultamos en patota apenas sonó el timbre para salir al recreo a pichanguear.

—Ferroviario —respondió.

—Y esa cuestión, ¿qué es? —preguntó Bartolo.

—No existe, poh —respondí—, así que por andar inventando nombres de equipos, jugará pa´ los chunchos —sentencié, ya que no tenía ningún interés de que Kurlovic jugara para Colo-Colo.

El aludido no dijo nada, así que partimos corriendo al patio.

Cuando estábamos a punto de comenzar la pichanga, nos percatamos de que Kurlovic se alejaba en dirección a unos asientos al costado de la cancha.

—¡Yo los voy a ver jugar desde acá nomás! ¡Gracias! —gritó desde las bancas, luego se sentó y sacó una mitad de marraqueta con paté para comérsela de colación.

No me agradó para nada esa actitud de Kurlovic. Estaba bien que no fuera el Batigol. Además, él no tenía la culpa de ese ridículo cuento que nos habíamos inventado y creído. También podía aceptar que se declarara hincha de un equipo imaginario, total cada uno era hincha del equipo que quería. Incluso, si nos hubiera dicho de un principio que no le gustaba el fútbol, habría estado bien. Pero otra cosa era que se presentara ante el curso como fanático del fútbol y, cuando estamos a punto de testearlo para ver si iba a ser un aporte, nos salía con que mejor miraría. ¿De qué jugaba este espécimen?, ¿de porristo?, ¿de dirigente?

Como no estábamos para seguir perdiendo el tiempo, echamos a correr la bola nomás, porque, así como iban las cosas, nuevamente se nos vendría encima una dura temporada futbolística.

Al terminar el recreo, el diagnóstico de esa primera pichanga era el siguiente: cero a cero, pésimo nivel de juego y estado físico deplorable. O sea, un fiasco. Seguramente, ni siquiera una pelota de playa habían chuteado mis amigos durante las vacaciones, por lo que me arrepentí de no haber echado el Metrópoli a mi mochila y dedicarnos a otra cosa de una vez por todas. El fútbol no era lo nuestro.

Eso sí, debo reconocer que yo tampoco aporté mucho a ese primer recreo, pues casi terminando la seudo pichanga estuve a punto de agarrarme a patadas con el de siempre: el Lengüetazo de Vaca.

Es que entre Segundo “el Laca” Schuller y yo había una bronca que venía desde los primeros cursos de la básica, cuando Schuller era el típico niñito creído que se autodenominaba capitán del equipo por llevar siempre la pelota al colegio, con lo que además se daba el derecho de decidir quién jugaba y quién no.

Cuando fuimos avanzando de curso, los liderazgos en el equipo fueron cambiando, y en cuarto básico hubo una votación donde la mayoría prefirió que el capitán del equipo fuera yo en lugar de él, lo que generó en Schuller envidia y mucha mala onda hacia mí. “Otra vez perdimos por tener de capitán al Capitán Derrota”, solía repetir, aprovechando de enrostrarme ese apodo que él nunca alcanzó a ostentar.

Y, por si fuera poco, justo cuando se corrió el rumor de que me gustaba la María Nieves, al perla se le ocurrió que la niña de sus preferencias también era María. Claro que, no como yo, él lo declaraba a viva voz, probablemente con el propósito de molestarme. “Estoy a punto de pololear con la Mary Snow”, decía el payaso ridículo ese. Pero eran puras falsedades, ya que María no le daba ni la hora al Laca Schuller. Bueno, y a mí tampoco.

La relación era siempre tensa, y en esta oportunidad el encontrón se armó porque terminando la pichanga del recreo, Schuller, que era lo que en jerga futbolera se conoce como “lauchero”, había recibido un pase que yo mismo le había dado, pero con la idea que me lo devolviera de inmediato, ya que él estaba ultra marcado y yo venía acompañando la jugada totalmente libre. Es decir, y siguiendo con el glosario del fútbol, era una simple pared. Pero claro, el Lengüetazo decidió definir por su propia cuenta. Antes muerto que darme un pase para que yo hiciera el gol. Y obviamente le quitaron la pelota.

Yo me enojé, porque una cosa era reconocer que Schuller podía anotarse con uno que otro golcito de vez en cuando, pero como él no conocía la palabra humildad, ese par de goles que a veces le salía ahí parado al lado del palo del arco, lo hacía creerse la estrella del equipo, cosa que a cada rato se encargaba de reforzar con su insoportable frase: “Es que yo vengo de familia alemana y Alemania es el campeón del mundo”.

Me tenía apestado, así que no aguanté más y le grité: “¡Suelta la pelota, poh Chunguito!”. —

Para Segundo Schuller Müller, decirle “Chunguito” era como decirle “Gallina” a Marty McFly de la película Volver al Futuro.

Todos sabíamos que, con tan solo escuchar esa palabra, Schuller perdía el control y se convertía en un maníaco de reacciones impredecibles, desde volverse agresivo, llorar a mares, rajarse la ropa y hasta vomitar. Era evidente que el muchacho tenía un complejo con su apodo. Él se juraba alemán y no podía superar que el señor Schuller y la señora Müller le hubiesen puesto a su hermano mayor Stefan y a él Segundo.

Tanto fue lo afectado que estaba Schuller con aquel síndrome de alemán frustrado, que el año pasado su mamá habló con la profesora para pedir que no se permitieran más burlas con el nombre de su hijo. Resultado final: estaba estrictamente prohibido llamar al Lengüetazo de Vaca por el apodo de Chungo, Chunguito, Chunguler o cualquiera de sus derivados. Y yo acababa de incumplir esa norma.

El Laca entonces se acercó para golpearme, y yo me quedé bien plantado en el lugar donde estaba, decidido a defenderme. Pero de pronto se escuchó un sonido fuerte y extraño. Era como un ladrido de perro enfermo. Era Kurlovic, que se encontraba de rodillas en el piso, tosiendo desesperadamente como si tuviera tuberculosis.

Todos quedaron mirándolo atónitos, incluyéndonos Schuller y yo, creyendo que el alumno nuevo se iba a morir. Pero el hincha de Ferroviario se pegó una última gran tosida para terminar escupiendo una masa blanca asquerosa de pan regurgitado. Simplemente se había atorado. Luego, así como si nada, Kurlovic sacó la otra mitad de la marraqueta y empezó a comer nuevamente sentado en el banco.

Sin duda que el ataque de tos de Kurlovic había detenido el impulso de Schuller para golpearme, ya que ahora, en lugar de estar sacándonos los ojos el uno al otro, tan solo nos quedamos parados frente a frente, esperando a que el otro diera el primer golpe. Finalmente, el Lengüetazo se dio media vuelta y se fue.

Yo quedé alterado y necesitaba calmarme, pero faltaba la guinda de la torta para coronar aquel sobresaltado recreo.

—¡Ey! ¡Capitán Derrota!

Eran los simpatiquitos del B, encabezados por “Cortisona” Martínez, un saco de plomo con pecho de paloma, bautizado merecidamente con ese sobrenombre en honor al insoportable personaje rival de Condorito: Pepe Cortisona.

—¿De qué era lo que había que juntar miedo?, ¿de la nueva cheerleader que tienen ahora?

Se estaba refiriendo a nuestro nuevo compañero, quien todavía seguía sentado en la banca zampándose su sánguche de paté.

—¿O acaso no lo dejan jugar por comilón?