Carta de una desconocida. Veinticuatro horas en la vida de una mujer - Stefan Zweig - E-Book

Carta de una desconocida. Veinticuatro horas en la vida de una mujer E-Book

Zweig Stefan

0,0

Beschreibung

Dentro de la obra literaria de Stefan Zweig (1881-1942) destacan con especial fuerza las dos novelas cortas reunidas en este volumen, en las que transmite con delicada sensibilidad y gran fuerza expresiva sendas ficciones protagonizadas por mujeres. Si Carta de una desconocida (1922) nos cuenta los avatares de un enamoramiento mantenido en secreto, Veinticuatro horas en la vida de una mujer (1927) condensa en su historia la torrencial variedad de emociones por las que su protagonista se ve arrastrada al enamorarse inesperadamente de un extraño. Traducción de Isabel García Adánez

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 209

Veröffentlichungsjahr: 2023

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Stefan Zweig

Carta de una desconocida

Veinticuatro horas en la vida de una mujer

Traducción de Isabel García Adánez

Índice

Carta de una desconocida

Veinticuatro horas en la vida de una mujer

Créditos

Carta de una desconocida

Una mañana temprano, al regresar a Viena después de una estimulante excursión de tres días por la montaña y comprarse un periódico en la estación, el famoso novelista R., apenas rozaron sus ojos la fecha, cayó en la cuenta de que era su cumpleaños. Cuarenta y uno, fue lo inmediato siguiente, constatación que no le hizo sentir ni frío ni calor. Hojeó fugazmente las rumorosas páginas del periódico y se dirigió a su casa en un coche de alquiler. El criado le informó de dos visitas recibidas durante el período de ausencia, además de algunas llamadas, y le trajo el correo acumulado en una bandeja. Displicente, R. echó un vistazo a las cartas, abrió algunos sobres que le interesaron por los remitentes; una carta cuya caligrafía no le resultaba familiar y que parecía demasiado extensa la dejó, por el momento, aparte. Entretanto, le habían servido el té; R. se puso cómodo en el sillón, volvió a hojear el periódico y algunos papeles, luego se encendió un puro y entonces ya sí retomó la carta apartada.

Comprendía unas doce páginas, escritas con prisa y con una caligrafía que no le era familiar en absoluto, de mujer: un manuscrito más que una carta. Inconscientemente, volvió a palpar el sobre, por si hubiera pasado por alto algún otro papel explicativo en su interior. Pero el sobre estaba vacío y, como tampoco las páginas de la carta, no llevaba ni dirección del remitente ni firma alguna. «A ti, que nunca has sabido quién soy», se leía arriba a modo de encabezado, de título. Perplejo, se detuvo un momento a pensar: ¿eso iba dirigido a él, iba dirigido a una persona imaginada? Al instante, despertó su curiosidad. Y empezó a leer:

«Mi niño murió ayer... tres días y tres noches he luchado contra la muerte por esa vida menuda, tierna, cuarenta horas pasé, mientras la gripe sacudía su pobre cuerpo ardiendo de fiebre, sentada junto a su cama. Yo le ponía frío sobre la frente que quemaba, le sostenía las manitas inquietas día y noche. A la tercera noche, caí rendida. Mis ojos no resistieron más, se me cerraron sin darme cuenta. Durante tres o cuatro horas debí de quedarme dormida en el duro sillón, y fue entonces cuando llegó la muerte. Ahora yace allí, mi dulce, mi pobre niño, en su estrecha camita infantil, tal y como murió; sólo los ojos le han cerrado, aquellos ojos oscuros, de listo, y le han colocado las manos juntas encima de la camisa blanca, y hay cuatro velas encendidas en las cuatro esquinas de la cama. Yo no me atrevo a mirar, no me atrevo a moverme, porque cuando las llamas flamean vuelan sombras fugaces sobre su cara y su boca cerrada, y es como si se movieran sus rasgos, y yo podría creer que no está muerto, que podría despertar de nuevo y decirme alguna terneza infantil con su vocecita aguda. Pero sé que está muerto, y no quiero volver a mirar hacia donde está, porque no quiero volver a tener esperanza, ni volver a sufrir la desilusión. Lo sé, lo sé, mi niño murió ayer... ahora ya no tengo nada más en el mundo, nada más que a ti, no te tengo más que a ti, que no sabes de mí nada, que tan sólo juegas o jugueteas con las cosas y las personas sin enterarte de nada.

»He cogido una quinta vela y me la he colocado en la mesa desde la que te estoy escribiendo. Porque no puedo estar sola con mi niño muerto sin dejar que mi alma grite hasta desahogarse, y con quién iba a hacerlo si no es contigo, que fuiste y lo eres todo para mí. Tal vez no sea capaz de hablarte con mucha claridad, tal vez no me entiendas... tengo la cabeza completamente embotada, me laten y me golpetean las sienes, me duele todo el cuerpo mucho. Creo que tengo fiebre, a lo mejor también me ha atrapado la gripe, que se cuela de puerta en puerta, y eso sería bueno, pues así me iría con mi niño y no tendría que hacer nada en contra de mi voluntad. A veces se me pone todo negro, tal vez ni siquiera sea capaz de terminar esta carta... pero voy a hacer acopio de todas mis fuerzas para hablarte una vez, esta única vez, amor mío, a ti, que nunca has sabido quién soy.

»No quiero hablar salvo contigo, por primera vez contártelo todo; que conozcas mi vida entera, esa vida que siempre ha sido la tuya sin que tú lo supieras nunca. Eso sí, sólo conocerás mi secreto cuando yo haya muerto, cuando ya no tengas que darme respuesta, en el caso de que esto que hace temblar de frío y de calor mi cuerpo sea, de verdad, el final. Si siguiera viva, rompería la carta y seguiría guardando silencio, el silencio que he guardado siempre. Si ahora la tienes entre tus manos, sabrás que es una muerta quien te está contando su vida, esa vida que ha sido la tuya desde la primera hora hasta la última en que quien te escribe estuvo consciente. No tengas miedo de mis palabras; una muerta ya no va a pedirte nada, no te pedirá amor ni compasión ni consuelo. No te pediré más que una cosa: que creas todo lo que va a revelarte este dolor que ahora escapa hacia ti. Créeme, créelo todo, es lo único que te pido: no se miente en el momento en que se te acaba de morir tu único hijo.

»Voy a revelarte mi vida entera, esa vida que no empezó de verdad hasta el día en que te conocí. Antes no había sido más que algo borroso, desdibujado, donde mi memoria nunca quiso volver a internarse, como un sótano cualquiera lleno de cosas y personas amorfas, cubiertas de polvo y telarañas, y de lo que mi corazón ya no conserva nada. Cuando llegaste, yo tenía trece años y vivía en el mismo edificio en el que vives tú ahora, en el mismo edificio donde sostienes entre tus manos esta carta, mi último aliento de vida; vivía en el mismo rellano, justo en la puerta de enfrente. Tú seguro que ya no te acuerdas de nosotras, de la pobre viuda de un consejero del Tribunal de Cuentas (siempre iba de luto) y su hija adolescente y flaca... claro, nunca hacíamos ningún ruido, como si nos hubiera engullido nuestra menesterosidad pequeñoburguesa... igual no llegaste ni a enterarte de cómo nos llamábamos, pues tampoco teníamos puesto el apellido en la puerta y nadie preguntaba por nosotras. También es verdad que ha pasado mucho tiempo, quince, dieciséis años... no, seguro que tú ya no te acuerdas, amor, pero yo sí, ay, sí, yo recuerdo con apasionada intensidad hasta el último detalle, aún recuerdo como si fuera hoy mismo el día, no: la hora en la que oí hablar de ti por primera vez, en la que te vi por primera vez, y cómo no iba a recordarla si fue entonces cuando empezó para mí el mundo. Concédeme, amor, que te lo cuente todo desde el principio, no te canses, te lo ruego, durante este cuarto de hora, de escuchar a quien en toda su vida no se ha cansado de amarte.

»Antes de que te mudaras a nuestro edificio, los que vivían al otro lado de tu puerta eran gente fea, mala, pendenciera. Siendo pobres, lo que más odiaban era la pobreza de sus vecinas: la nuestra, porque no queríamos tener nada que ver con la rudeza proletaria que era dueña de ellos. El marido era un borracho y pegaba a su mujer; a menudo nos despertaba en mitad de la noche el estrépito de sillas caídas y platos rotos, una vez la vimos correr escaleras abajo, sangrando de la paliza y toda desgreñada, y a él vociferando detrás, hasta que empezaron a salir vecinos de sus puertas y lo amenazaron con la policía. Mi madre había evitado cualquier trato con ellos desde el principio y me tenía prohibido hablar con los hijos, que a cambio aprovechaban cualquier ocasión para vengarse de mí. Cuando me veían por la calle, me lanzaban palabras soeces y una vez me tiraron bolas de nieve prieta con tanta fuerza que me hicieron sangre en la frente. Fruto de un instinto común, el edificio entero odiaba a aquella gente, y una vez que acabó pasando algo serio –creo que al hombre lo encarcelaron por robo– y no les quedó más remedio que marcharse de allí con sus cuatro bártulos, todos respiramos con alivio. Unos días más tarde colocaron en el portal el cartel de que se alquilaba el piso, luego lo retiraron y, por medio del portero, no tardó en difundirse la noticia de que iba a ocuparlo un escritor, un caballero tranquilo, sin familia. Ésa fue la primera vez que oí tu nombre.

»Al cabo de pocos días llegaron operarios a pintar, empapelar, arreglar las habitaciones... a limpiar a fondo el piso después de dejarlo aquellos indeseables, y oíamos golpear y martillear, rascar y frotar, y mi madre no podía sino estar encantada con aquello, decía que al fin dejaríamos de tener gentuza viviendo enfrente. A ti no llegué a verte durante la fase de mudanza: todas aquellas tareas las supervisaba tu criado, aquel mayordomo bajito, serio, de cabello canoso, que lo dirigía todo con aquella autoridad suya tan ecuánime, tan serena. Nos imponía a todos mucho, para empezar porque tener mayordomo era algo del todo nuevo en nuestro edificio de las afueras de la ciudad, y luego por lo sumamente educado que era con todo el mundo sin que ello implicase rebajarse al mismo nivel de los mozos y entablar conversaciones de camaradas con ellos. A mi madre la saludó desde el primer día con el respeto que merecería una dama, incluso con una piltrafa como yo se mostraba siempre cordial sin dejar de ser serio. Cuando pronunciaba tu nombre, lo hacía siempre como con devoción, con un respeto especial... enseguida se notaba que tenía un vínculo contigo que sobrepasaba el habitual en quien está al servicio de alguien. ¡Cuánto cariño le tuve siempre al bueno de Johann, a pesar de la envidia que me daba aquel anciano mayordomo por poder estar siempre a tu alrededor sirviéndote!

»Te cuento todo esto, amor, todas estas cosas nimias, casi ridículas, para que comprendas cómo, desde el principio, llegaste a ejercer tanto poder sobre la niña tímida y recelosa que era yo. Antes incluso de que entraras en mi vida ya flotaba a tu alrededor un halo especial, un aura de riqueza, de exclusividad y misterio... todos los vecinos de aquel pequeño edificio de las afueras de Viena (la gente que tiene una vida estrecha siempre siente curiosidad por todo lo nuevo que acontece frente a sus puertas) esperaban con impaciencia tu llegada. Y cómo no iba a hacerse aún más profunda en mí esa curiosidad respecto a nuestro nuevo inquilino una tarde que volví del colegio y me encontré con el carro de mudanzas con tus muebles en la puerta. La mayoría de ellos, las piezas pesadas, ya las habían cargado hasta el piso los mozos, y ahora ya sólo subían cosas pequeñas sueltas; yo me quedé en la puerta para poder admirarlo todo, pues todas tus cosas eran exóticas, muy diferentes de cuanto había visto en mi vida; había ídolos indios, esculturas italianas, cuadros grandes, de colores chillones, y al final, libros, tantos y tan bonitos como jamás había imaginado que los había. Los apilaron en el portal y allí se hizo cargo de ellos el mayordomo, que iba quitándoles el polvo de uno en uno con el bastón y el plumero. Yo me puse a curiosear alrededor del montón cada vez más grande, y él no me echó, aunque tampoco me alentó, así que no me atreví a tocar ninguno, con lo que me hubiera gustado sentir el tacto del cuero suave de más de uno. Me limité a mirar de reojo los títulos: los había en francés, en inglés y en otros idiomas que yo desconocía. Creo que hubiera pasado horas contemplándolos todos; entonces me llamó mi madre para que entrara en casa.

»En toda la tarde no pude pensar más que en ti; incluso antes de conocerte. Yo no tenía más que una docena de libros que amaba sobre todas las cosas y leía y releía, ediciones baratas, encuadernadas en cartón malo y ya agrietado. Para entonces ya se había adueñado de mí la desazón sobre cómo sería el hombre que poseía y había leído todos aquellos libros magníficos, que sabía todos esos idiomas, que era tan rico y al mismo tiempo tan erudito. La idea de todos aquellos libros iba unida, en mi interior, a una devoción como la que inspira lo que no es de este mundo. Trataba de imaginar el aspecto que tendrías: un hombre mayor con gafas y una larga barba blanca, parecido a nuestro profesor de geografía, sólo que mucho más bondadoso, más guapo, más amable... no sé por qué, pero ya estaba segura de que tenías que ser guapo, aunque todavía te imaginara como un anciano. Aquella noche y aún sin conocerte, soñé contigo por primera vez.

»Al día siguiente entraste a vivir al piso, pero no conseguí verte por más que estuve muy pendiente todo el tiempo... y eso no hizo más que alimentar mi curiosidad. Por fin, al tercer día, te vi, y qué estremecedora fue para mí la sorpresa de que fueras del todo distinto, lo más alejado de aquella imagen infantil de Dios padre que me había figurado. Yo soñando con un anciano bondadoso y con gafas, y apareciste tú... tú, exactamente igual a como sigues siendo ahora, ¡ay, hombre inmutable por el que no pasan los años! Llevabas un atuendo de sport divino, de color marrón claro, y subiste la escalera con tu inconfundible ligereza de muchacho, tomando los escalones de dos en dos. El sombrero lo llevabas en la mano, así que, para mi indescriptible asombro, pude verte la cara luminosa y viva, y tu pelo de joven: de verdad, me estremecí de asombro ante lo joven, lo guapo, lo esbelto, ágil y elegante que eras. Y no me extraña una cosa: en aquel primer segundo sentí con entera claridad lo que tanto yo como todo el resto de la gente, con cierta sorpresa, sentimos una y otra vez como algo muy especial en ti: que posees una especie de doble naturaleza, por un lado, un muchacho ardiente, vividor, entregado por completo al juego y la aventura, y al mismo tiempo un hombre infinitamente leído y culto, de una seriedad y un sentido del deber implacables. Sin ser consciente de ello, yo sentí lo que después sentiría contigo todo el mundo: que llevas una doble vida, una vida que tiene una cara luminosa y abierta al mundo, y otra muy oscura que no conoces más que tú... esa dualidad, el misterio de tu existencia la sentí yo, una niña de trece años, fascinada como por arte de magia, la primera vez que te vi.

»¿Entiendes ahora, amor, qué ser prodigioso, qué seductora fuente de misterio fuiste inevitablemente para mí, para aquella chiquilla? La persona que me inspiraba veneración, porque escribía libros, porque era famoso en ese otro mundo grande... ¡de repente descubría que era un hombre de veinticinco años joven, elegante, alegre como un muchacho! ¿Tengo que decirte expresamente que, desde aquel día, no hubo en nuestra casa, en todo mi mísero mundo infantil, nada que me interesara excepto tú? ¿Que, desde entonces, todo giró en torno a tu vida, a tu existencia, con la intensidad rayana en obsesión propia de una chiquilla de trece años? Yo te observaba, observaba tus costumbres, observaba a las personas que iban a tu casa... y todo aquello, en lugar de saciar mi curiosidad sobre ti, la aumentaba más todavía, pues la diversidad de aquellas visitas expresaba enteramente esa dualidad de tu naturaleza. Te visitaban otros caballeros jóvenes, compañeros con los que reías y te mostrabas altivo, desaliñados estudiantes de la universidad, y luego damas a las que llevaban en coche hasta la puerta, y una vez: el director de la Ópera, el gran director al que yo sólo había visto de lejos, frente a su atril del escenario, y luego también chicas corrientes que aún iban a la Escuela de Comercio y entraban como a escondidas con mucho apuro; en general: muchas mujeres, muchísimas. Yo ahí no me imaginaba nada en especial, ni siquiera una vez que, al salir temprano para ir al colegio, vi salir de tu casa a una señora con la cara cubierta por un velo... claro, yo no tenía más que trece años, y la ferviente curiosidad con la que espiaba cuanto veía u oía en relación contigo no era consciente, en el interior de aquella niña, de que ya era amor.

»Aunque recuerdo a la perfección, amor, el día y la hora en que asumí que estaba perdidamente enamorada de ti. Había estado dando un paseo con una amiga del colegio y nos quedamos de pie charlando en el portal. Entonces llegó un coche, se detuvo, y ya estabas tú saltando del pescante, con esas maneras tuyas tan elásticas, impacientes, que todavía hoy me resultan irresistibles, y fuiste a entrar por la puerta. Como por un acto reflejo, no pude hacer otra cosa que abrirte la puerta, y así me crucé en tu camino, con lo cual casi nos rozamos. Tú me miraste con esa mirada tuya cálida, suave, envolvente, que fue como una caricia... sí, no puedo expresarlo de otra manera: con ternura, y me dijiste con voz queda y casi de cálida confianza:

»–Muchas gracias, señorita.

»Eso fue todo, amor; pero desde aquel instante, desde aquella mirada cálida, tierna, sentí que estaba perdidamente enamorada de ti. Más adelante habría de descubrir que esa mirada cautivadora y de ese magnetismo irresistible, esa mirada que te envuelve al mismo tiempo que te desnuda se la regalas a cualquier mujer que se cruza contigo, a la dependienta que te atiende en cualquier tiendecilla, a la doncella que te abre una puerta; que esa mirada en ti ni siquiera es consciente, no es fruto de una voluntad ni de una inclinación especial, sino que la ternura que sientes en general hacia las mujeres, sin tú darte cuenta, vuelve tu mirada dulce y cálida cuando se la dedicas a ellas. Yo, en cambio, aquella niña de trece años, no presentí eso: para mí fue como si, de pronto, me sumergieran en fuego. Creí que tu ternura me tenía como destinataria a mí, a mí sola, y aquel instante despertó a la mujer que latía en mi interior, hasta entonces aún adolescente, y esa mujer estaría perdidamente enamorada de ti siempre.

»–¿Quién era ése? –preguntó mi amiga. De entrada, no fui capaz de responderle. Me fue imposible pronunciar tu nombre: en aquel mismo instante único, se había vuelto sagrado para mí, se había vuelto mi secreto.

»–Ah, nada, un señor que vive en el edificio –alcancé a balbucear malamente.

»–¿Y por qué te has puesto tan colorada cuando te ha mirado? –se burló mi amiga con toda la malicia de una niña curiosa. Y justo porque sentí que aquella burla hurgaba en mi secreto, la sangre se me subió a las mejillas con más ardor todavía. Mi tremendo apuro me hizo responderle una grosería.

»–¡Idiota! –le espeté; la hubiera estrangulado. Pero ella aún se rio más fuerte y con más malicia, y yo sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas de rabiosa impotencia. La dejé allí plantada y corrí escaleras arriba.

»Desde aquel preciso instante te amé. Sé que son muchas las mujeres que te han dicho eso, si te quieren todas... Pero créeme que ninguna te lo ha dicho nunca con esa devoción de esclava, de perro, con la entrega absoluta de la criatura invisible que yo era y que nunca he dejado de ser para ti, pues nada en este mundo iguala el amor que, de golpe, arranca a una niña ignorante de su oscuridad, pues nunca llega a ser tan desesperanzado, tan servil, tan obsesivo y tan apasionado el amor de una mujer adulta, que está lleno de deseo y, al fin y al cabo, también de exigencias, aunque sean inconscientes. Tan sólo los niños solitarios son capaces de contener toda su pasión: a los otros se les va la fuerza del sentimiento al contárselo a las amistades, y así le van limando aristas en las confidencias, han oído y leído muchas cosas del amor y saben que es un destino compartido. Juegan con él como con un juguete, alardean de él como los muchachos de su primer cigarrillo. Yo, sin embargo, no tenía con quien compartir confidencias, nadie me había enseñado ni advertido nada, no tenía experiencia y no tenía ni idea de nada: me lancé a mi destino como quien se lanza a un abismo. Todo el conocimiento que tenía de cuanto crecía y brotaba en mi interior eras tú, el sueño contigo, con que fueras mi confidente: mi padre había muerto hacía mucho, mi madre era para mí una extraña con sus angustiadas tristezas y sus temores de viuda que depende de una pensión; las compañeras del colegio, ya medio echadas a perder, me producían rechazo por la frivolidad con que jugaban con aquello que para mí era la pasión última... y así proyectaba yo en ti todo cuanto, en otras circunstancias, habría estado repartido en trocitos; proyectaba en ti mi existencia entera, contenida al máximo pero una y otra vez en impaciente erupción. Eras para mí... ¿cómo lo diría? Cualquier comparación se me queda corta... Lo eras todo, sencillamente: mi vida entera. Nada existía, salvo porque estaba relacionado contigo, si algún aspecto de mi existencia tenía sentido era porque estaba vinculado a ti. Tú transformaste toda mi vida. Hasta entonces, la escuela me había sido indiferente y, habiendo sido una estudiante mediocre, de pronto me convertí en la primera de la clase, leía miles de libros hasta bien entrada la noche, porque sabía que tú amabas los libros; para sorpresa de mi madre, empecé a practicar al piano con un tesón casi enfermizo, porque creía que amabas la música. Cuidaba y me arreglaba los vestidos sólo por tener un aspecto aseado y agradable a tus ojos, y me resultaba insoportable que mi viejo mandil del colegio (estaba sacado de un vestido de estar en casa de mi madre) tuviera un remiendo en el lado izquierdo, un pequeño rectángulo. Temía que pudieras darte cuenta y despreciarme; por eso siempre me apretaba la cartera contra el cuerpo al subir las escaleras, temblando de miedo por si lo veías. Qué tontería, claro: tú no volviste a mirarme nunca, prácticamente nunca más.

»Y, a pesar de todo, en realidad yo no hacía otra cosa en todo el día que esperarte y espiarte. Nuestra puerta tenía una mirilla de latón a través de la cual, enmarcada dentro de su pequeño círculo, se veía la puerta de tu casa. Aquella mirilla –no, no te rías, amor, pues ni siquiera hoy, ni siquiera hoy me avergüenzo de aquellas horas– era el ojo que se asomaba al mundo exterior; allí sentada en nuestro gélido vestíbulo, temerosa de las suspicacias de mi madre, me pasé meses y años, con un libro en la mano, tardes enteras esperando, en tensión como la cuerda de un instrumento que se echaba a vibrar en cuanto la rozaba tu presencia. Me pasaba la vida alrededor de ti, siempre en tensión y movimiento; sólo que tú te dabas tan poca cuenta como de la tensión del muelle del reloj que llevas en el bolsillo, que cuenta y mide tus horas, paciente y en la oscuridad, que acompaña tus caminos con el latido de un corazón inaudible y sobre el que sólo recae tu mirada fugaz una vez de entre los millones de segundos de su tictac. Yo lo sabía todo de ti, conocía todas tus costumbres, todas y cada una de tus corbatas, todos y cada uno de tus trajes, conocía y no tardé en diferenciar a todas tus conocidas, clasificándolas entre las que me caían bien y las que no me gustaban nada: entre mis trece y mis dieciséis años, viví cada hora de mi vida en ti. ¡Ay, la de necedades que pude cometer! Besaba el picaporte que había tocado tu mano, robé una colilla que habías tirado antes de entrar y era un objeto sagrado para mí, porque había estado en contacto con tus labios. Cientos de veces bajaba a la calle con cualquier pretexto, ya caída la tarde, para ver en cuál de tus ventanas había luz, y así sentir con mayor cercanía tu presencia, tu presencia invisible. Y las semanas en que estabas de viaje –todas las veces se me paraba el corazón de miedo en cuanto veía al bueno de Johann bajar por la escalera con tu bolso de viaje de color amarillo–, esas semanas mi vida estaba muerta y carecía de sentido. Malhumorada, aburrida, rondaba todo el tiempo como un león enjaulado y tenía que cuidarme de que mi madre no me notara la desesperación en los ojos llorosos.