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Ellos se convirtieron en héroes por sus hazañas, por enfrentarse a monstruos y derrotar enemigos, por conquistar ciudades... y también mujeres. Las constelaciones llevaban sus nombres y sus victorias traspasaron tiempos y fronteras.Ellas, sin embargo, jamás fueron consideradas heroínas, a pesar de aguantar infidelidades, de ser abandonadas, de llevar solas sus hogares y familias, de desafiar las convenciones sociales y de superar la mayor de las gestas: sobrevivir en un mundo de hombres.En contra de la tradición literaria imperante, esta recopilación de cartas escritas por Ovidio en el siglo I nos ofrece un retrato empático, justo, sincero y diferente de algunas de las mujeres de la mitología griega. Sus reivindicaciones, luchas y anhelos no pueden ser de mayor actualidad.
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Seitenzahl: 165
Veröffentlichungsjahr: 2023
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A mi amadísima esposa,
más paciente y perspicaz que cualquiera
de las heroínas de estas cartas.
FERNANDO PLANS M
Prólogo
A lo largo de los siglos, la mitología ha sido fuente de inspiración para infinidad de autores. Muchos son los pensadores que han basado sus obras en ese imaginario que tanto marcó la civilización grecorromana. Ese conjunto de mitos de los que los griegos se valieron para explicar los fenómenos de la naturaleza y la evolución del ser humano, y que luego adoptaron e interpretaron los romanos, sirvió también para que se compusiera esta obra, Cartas de las heroínas, de Ovidio, un retrato sincero poco común de las mujeres de los grandes héroes que protagonizaron esos mitos.
El papel de la mujer en la mitología está fuertemente marcado por la misoginiaque imperaba en su época. Si bien veneraban tanto a dioses como a diosas, que gozaban de una importancia similar, lo relevante es el aspecto ritual, lo sagrado, la divinidad. El pensamiento griego y romano se fundamenta en el mito como explicación de lo irracional, reflejado necesariamente en la sociedad, las instituciones, la vida cotidiana. Son los mitos un ejemplo de conducta que seguir o que no seguir. Por esta razón, los dioses y diosas presentaban muchos de los defectos y debilidades que definen al ser humano, y estos, obviamente, se veían representados en los actos que llevaban a cabo. Los griegos buscaban de esta manera comprender la vida y la condición humana a través de las historias de esos dioses en los que creían, en lugar de marcar una serie de pautas que obedecer como sucede en el caso de las religiones monoteístas.
Respecto a la situación de las mujeres en la antigua Grecia, por ley debían estar tuteladas por sus padres, sus maridos, o sus hijos o parientes en caso de ser viudas. Además, las características humanas asociadas a cada género determinaban sus vidas. El raciocinio se consideraba una cualidad masculina, mientras que el pecado y la impulsividad eran cosa de mujeres. A los hombres se los vinculaba con la guerra, la política y la cultura, mientras que la mujer estaba relegada a una posición dependiente: madre y esposa al servicio del héroe. Por ello, los hombres podían dedicarse a la política y al gobierno, y las mujeres no podían acceder a ningún puesto de responsabilidad ni ejercer el voto. Además, el maltrato era algo común y la mayoría de los mitos incluyen raptos, violaciones o mujeres repartidas como botín de guerra.
En el mito de la primera mujer, Pandora, nos encontramos una historia que habrá de repetirse a lo largo de los siglos: la mujer dibujada como la causante de todos los males de la tierra. ¿A quién se le ocurre abrir una caja para descubrir qué hay dentro? Pues a una mujer, por supuesto, por su carácter cotilla. Pero la curiosidad es una cualidad fundamental que permite a las personas convertirse en seres aprendientes y, a pesar de que esta característica se atribuya a la mujer de forma negativa, tenemos que estar orgullosas de la rebeldía y desobediencia con la que se nos ha dibujado desde el principio de los tiempos, persiguiendo siempre el conocimiento prohibido más allá de los dictados de otros.
Eva y Pandora son dos grandes ejemplos. La primera consiguió que echasen al hombre del paraíso en el que vivía sin preocupaciones, pudores, obligaciones ni quehaceres. ¿Podéis imaginar una vida más aburrida que esa? Pandora, sin embargo, era directamente un castigo. El dios de todos los dioses, Júpiter, la creó para castigar a Prometeo por robarles el fuego y entregárselo a los hombres. Dotaron a esta primera mujer de belleza, persuasión, gracia y habilidad manual. Pero también la cargaron con la mentira. Júpiter le entregó una caja que iba destinada a otro humano y Pandora no pudo resistir la tentación de averiguar qué había dentro... Así que la abrió, liberando todos los males que atormentan hoy a los hombres. Pandora no se quedó con la duda y su curiosidad y ganas de saber más la empujaron a destapar la caja. Es de sobra sabido que de los errores se aprende, y si se supone que el mundo le debe la capacidad de equivocarse a la primera figura femenina, pues qué suerte para el mundo que aparecieran las mujeres.
Con este panorama, no es raro que encontremos infinidad de historias entre los distintos autores griegos y romanos en los que las mujeres no gozan de un papel demasiado amable. Como, por ejemplo, en el mito de Circe, representada en la Odisea de Homero como una temible hechicera que convertía a los hombres en cerdos o era capaz de arrebatarles su hombría si caían en la tentación de compartir su cama.
No obstante, con el autor latino Ovidio y esta obra, Cartas de las heroínas, damos con un ejemplo de todo lo contrario, un caso en el que un hombre se pone en la piel de una mujer y le da voz desde un lugar más sincero, sensible y, sinceramente, más creíble que la sumisión resignada con la que gusta caracterizar a los personajes femeninos de los mitos (esto cuando no eran independientes, en cuyo caso eran tachadas de brujas malvadas).
En esta obra epistolar descubrimos a mujeres complacientes, rebeldes, abandonadas, desesperadas por amor, independientes y también crueles y vengativas. Las heroínas son las mujeres de los héroes, las que los esperan en casa mientras ellos corren infinidad de riesgos con el propósito de fijar su nombre en la historia, las que se enamoran de ellos y confían ciegamente en sus promesas, las que traicionan y castigan la deslealtad, o las que les salvan la vida para que estos se lo paguen abandonándolas.
Ovidio se pone en su lugar y desarrolla la respuesta que aquellas mujeres debieron de dar a los héroes en las dispares situaciones de cada vida. Nos presenta unas cartas ficticias que las heroínas les habrían enviado a sus maridos o amados si hubieran podido.
Publio Ovidio Nasón (43 a. C. - 17 d. C.) fue un poeta romano que estudió política, pero pronto abandonó su carrera para dedicarse por completo a la poesía. Ovidio introducía en sus obras los mitos de la cultura griega, adaptándolos a la sociedad romana de su época. Amó a muchas mujeres y se casó en tres ocasiones (con sus divorcios correspondientes de por medio). Esa experiencia en el amor le valió para escribir sus obras poéticas Amores y El arte de amar, considerado por algunos su obra maestra. En este poema didáctico, que completaban tres libros (o cantos) y que trata el amor y el erotismo, Ovidio incluye infinidad de consejos sobre relaciones amorosas en las que arroja algo de luz a los hombres sobre cómo conquistar a las mujeres, mantener vivo el amor o impedir que se les rompa el corazón.
Cuentan del autor que se esforzaba por comprender el pensamiento y el alma femeninos, y quizá por ello fue capaz de imaginar la manera más honesta en la que se expresarían estas heroínas para transmitir sus sentimientos a aquellos hombres que eran el motivo de sus desdichas. En estas cartas, Ovidio incluye ejemplos de las penurias por las que pasaron las heroínas, pero estas materializan su sufrimiento y escriben sus vivencias para dar su versión de la historia.
La mayoría de las mujeres que aparecen en esta obra son abandonadas y la tragedia está presente en casi todas las historias. Algunas reúnen el valor necesario para vengar sus traiciones, ya que no solo las han dejado en soledad, sino que sus maridos o amantes se han atribuido el mérito de sus acciones. Como en el caso de Medea, que era la sobrina de Circe y conocía la magia como ella, pero en vez de convertir a los hombres en animales utilizó sus poderes para hacer que Jasón y los famosos Argonautas triunfasen en sus aventuras, traicionando a su familia y desobedeciendo a su padre, del que tuvo que huir más tarde, para que después su amor la abandonase y se casase con otra mujer. Algunas versiones del mito cuentan que se vengó matando a la nueva esposa de Jasón para huir después con sus dos hijos, a los que mató para que Jasón quedara completamente solo. Tremenda Medea.
Otras, como Filis, deciden acabar con su propia vida. Ella elige suicidarse para poner fin a la amargura que le supone vivir sabiéndose utilizada y abandonada. Filis es capaz de mantener viva su esperanza, a través del autoconvencimiento y el autoengaño, inventando motivos por los que su amado sigue sin quererla bien, sin cumplir sus promesas, sin estar a su lado. ¿Cuántas mujeres tratan de convencerse de algo que no va bien? ¿Cuántas excusas nos hemos contado para defender un amor unilateral? El dolor provocado por los temidos golpes de realidad que acechan tras todas las mentiras es algo impasible al paso del tiempo. Y es que a lo largo de los siglos se han hecho, y siguen haciéndose hoy día, demasiadas atrocidades en nombre de lo que se cree que es amor.
Otras de las heroínas de esta gran obra no son traicionadas por sus maridos, pero tienen padres a los que no obedecer puede terminar en muerte. Como, por ejemplo, Cánace, a quien su padre obliga a suicidarse entregándole una daga, o Hipermestra, quien, por no cumplir la orden de matar a un marido con el que su progenitor le había obligado a casarse, es encarcelada. Esta última se defiende en su carta diciendo: «Prefiero estar presa a complacer ami padre y manchar mis manos de sangre».
Y hay otras heroínas que entregan todo lo que tienen y cambian su vida por completo para recibir a cambio desprecio y solo desprecio. Como es el caso de Ariadna, que salvó la vida de Teseo enseñándole a salir del laberinto para que él la abandonase en una isla desierta. Su carta es la de una mujer sola, decepcionada y asustada, que se encuentra de repente en un lugar vacío sin saber si sobrevivirá, y le dedica a Teseo frases como esta: «Mis huesos quedarán insepultos a merced de las aves marinas. Tal sepulcro merece mi generosidad».
La mayoría de las obras que tratan estas historias no recogen los sentimientos, raciocinios o motivos de las mujeres, sino simplemente sus acciones. Parecen no interesar. Sin embargo, gracias a Ovidio, esos errores y defectos de la humanidad recogidos en los mitos reciben por fin la respuesta de las mujeres. En sus cartas, las heroínas tienen la oportunidad de explicarse.
Esta es, al fin y al cabo, otra versión de la historia. Una historia más justa.
Cuando culpen a las musas por no caer rendidas
ante las palabras vacías de un poeta.
Cuando sonrían sobre las tumbas de las brujas
que creyeron quemar.
Cuando os acusen con el dedo
de haber despertado todos los males de la tierra.
Cuando carguen contra vuestra fe
y pretendan derrocar toda esperanza.
Esperad. Escuchad.
Cuando nieguen nuestros problemas
e intenten hacernos creer
que soñamos con cuentos de hadas.
Cuando menosprecien la lucha
y cierren sus ojos ante la injusticia.
Cuando hablen de dioses que no nos aman,
de poderes que nos sobrepasan.
Cuando intenten hacernos olvidar
que el más grande de todos habita en nosotras.
Incluso cuando olviden que de nuestras manos
nace la magia de todas las cosas
y en nuestro vientre cuidamos la vida.
Esperad. Escuchad.Entonces aparecerán los recuerdos
y aquellas historias, leyendas o mitos,
de las mujeres que se hicieron para inspirar.
Safo, escribiendo sus propios versos.
Pandora, descubriendo al mundo la esperanza
y esa bendita cualidad inconformista de la curiosidad.
Medea, cediendo su poder a la ambición
y logrando proezas asombrosas.
Ariadna, siendo más inteligente que ningún otro.
Circe, convirtiendo a aquellos hombres
en el reflejo de sus almas.
Cuando quieran hacernos creer que la historia
está ya escrita, firmada y terminada.
Espera.
Escucha esos susurros en el aire;
son las voces perdidas
de las heroínas que traen palabras olvidadas
para hacerle un regalo a la verdad
y a todas las mujeres.
ANDREA VALBUENA
Criteriode estaedición
Al abordar esta obra latina de Publio Ovidio Nasón (Sulmona, 43 a. C. - Tomis, 17 d. C.), uno de los máximos poetas de la Antigüedad, hemos optado por traducir, para luego adaptar, las veintiuna Cartas de las heroínas de Ovidio, y ello ha requerido de un trabajo de síntesis y simplificación del texto latino para poder llegar a un público interesado en la literatura clásica y su mitología, pero no obligatoriamente familiarizado con ediciones y traducciones completas que suelen contener referencias académicas y filológicas pertinentes para los estudiosos y los que desean profundizar.
Hemos pretendido conservar lo más fielmente posible el contenido esencial de cada carta, manteniendo su fuerza poética y expresividad. No nos encontramos ante una correspondencia epistolar como la que mantuvo Cicerón con sus familiares y amigos, sino ante diecisiete mujeres heroínas (además de Safo, el único personaje histórico, y tres hombres que envían una carta con respuesta incluida) que son las protagonistas de esta obra amatoria epistolar, perteneciente a la elegía, género en el que el lamento, la queja, el abandono, la ausencia del amado y las lágrimas son motivos frecuentes.
En ocasiones hemos acortado descripciones, omitido nombres y pasajes repetidos o transformado expresiones y referencias culturales de la antigua Roma por otras más sencillas que transmitan su sabor y riqueza en nuestra lengua. Se ha mantenido el mayor número de imágenes y figuras con el fin de conservar la belleza y la retórica del escritor sulmonés. Y hemos eliminado algunos pasajes oscuros o difícilmente comprensibles para el lector moderno.
Presentamos en prosa castellana un texto concebido en verso, lo que supone la primera gran diferencia y pérdida respecto del original. El texto pretende ser claro, por lo que hemos recurrido a conjunciones y adverbios no presentes en latín para agilizar la naturaleza de la carta y su comprensión. Se han evitado los cultismos y arcaísmos, irremediablemente presentes por la naturaleza del concepto u objeto mencionado. El vocabulario es rico y variado, propio de la poesía elegíaca de Ovidio. El lector encontrará giros de la lengua del poeta, y en otros momentos leerá expresiones en una lengua española más próxima a su realidad. Sintácticamente, el orden rígido que imponen el hexámetro y el pentámetro para una adaptación se ve prácticamente quebrado, así que reconocemos esa deuda en pos de una lectura amena, natural y cercana.
Hemos omitido o reducido referencias mitológicas, aclarando del modo más breve posible cada una de ellas dentro de la carta. Además, con cada carta presentamos una breve introducción, en cursiva, para situar al lector y ponerle en sobre aviso. Con todo, los lectores profanos necesitarán recurrir a un diccionario de mitología clásica para ahondar en los detalles de cada mito, visualizar las relaciones familiares o ubicar geográficamente los lugares mencionados. Algunos manuales imprescindibles son: Mitología Clásica (Antonio Ruiz de Elvira, Gredos, Madrid, 1975); Diccionario de mitología griega y romana (Pierre Grimal, Paidós, Buenos Aires, 1979) y Diccionario de mitología clásica (Alianza, Madrid, 2013).
Para esta adaptación hemos seguido como referencias las siguientes ediciones en español de las Cartas de las heroínas: la versión rítmica de Tarsicio Herrera (texto bilingüe), Heroidas, Bibliotheca Scriptorum Romanorum et Graecorum Mexicana, México, 1979; la edición crítica de Francisca Moya del Baño (texto bilingüe), Heroidas, CSIC Alma Mater, Madrid, 1986; la introducción, traducción y notas de Ana Pérez Vega, Cartas de las heroínas, Ibis, Gredos, Madrid, 1994; la traducción, introducción y notas de Antonio Ramírez de Verger, Cartas de las heroínas, Akal, Madrid, 2010; y la traducción, introducción y notas de Vicente Cristóbal, Cartas de las heroínas, Alianza, Madrid, 2018.
Estamos agradecidos especialmente a Vicente Cristóbal por la pasión, amabilidad y sensibilidad con que nos instruyó en sus clases sobre la vida y obra del poeta de Sulmona (incluso hablando en latín y dibujando con gran habilidad en la pizarra a tiza, allá por el año 2000 en las aulas de la Universidad Complutense de Madrid). Una deuda impagable a nuestro magister que esperamos sea compensada, al menos, con la difusión y relevancia del testimonio de Ovidio, un clásico de la literatura latina más vivo que nunca en unos tiempos convulsos y de cambio constante.
Cartas
de las
heroínas
CARTA I
Penélope
a
Ulises
Ulises, protagonista de la Odisea de Homero, toma parte en la guerra de Troya y se ausenta de su tierra dejando sola a su mujer, Penélope, quien lo espera pacientemente. Una espera que se alarga más de diez años, pues la guerra termina y Ulises sigue sin volver junto a su esposa. Infinidad de pretendientes intentan ocupar el puesto del marido y, durante su ausencia, Penélope los hace desesperar, prometiéndoles elegir a uno de ellos cuando termine de tejer un sudario para Laertes, rey de Ítaca y padre de Ulises. Teje sin cesar durante el día, pero por la noche deshace parte del trabajo, para volver a empezar al día siguiente.
La mitología presenta a Penélope como la abnegada esposa que espera por su amado marido, confiando hasta el último minuto en que vuelva. Sin embargo, Ovidio desdibuja esta visión de la esposa conformista y nos presenta a una mujer dolida y harta, una mujer que se sabe abandonada.
En su desesperación ante la situación de indefensión y acoso que vive, Penélope escribe a Ulises para que regrese y se haga cargo de que su reino y su familia peligran.
A ti, insensible Ulises, te envío esta carta. Pero no me respondas. Ven tú mismo en persona. Muchos más de diez son los años que ya transcurrieron desde que zarpaste de Ítaca, y abandonada aún me hallo.
La ciudad de Troya y su rey Príamo no pudieron contener el ardid del pueblo griego mediante el caballo que ideaste como regalo. ¡Ay de mí! Ojalá el furioso mar se hubiera tragado a Paris, ese adúltero príncipe troyano que tantos males causó. Y así, ahora, no me sentiría sola, aquí junto al telar en el que un paño tejo y destejo día y noche para engañar a todos los que todavía me pretenden, llegados desde islas cercanas, como Samos, Duliquio y Zacinto.
Cuántos miedos y preocupaciones trae el amor. ¿Cuál fue mi mayor temor? Oír el nombre de Héctor asesinando a nuestros aqueos me aterraba y se me helaba el corazón. Pero el dios Amor te puso a salvo. Ya Ilión ardió en cenizas, saqueada toda, y los caudillos griegos volvieron a su hogar. Los altares humean. Se ofrece el botín extranjero a nuestros dioses, así como ofrendas a los esposos que se alegran de ver a sus recién casadas. Y en torno a una mesa, alegres y embriagados por el vino, narran a sus mujeres y ancianos los combates épicos y las luchas cuerpo a cuerpo a orillas del río Símois. Describen el palacio de Príamo, dónde acampaba Aquiles, o tú mismo, astuto Ulises. Y también el horror que sintieron los caballos que arrastraban el cuerpo destrozado de Héctor.