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Un viejo revólver, una primera edición de Fervor de Buenos Aires de Borges , y los cuadernos esquivos de un poeta sin gloria, son los componentes que dan marco a una intriga, que se desplaza por los bordes del género policial hasta encontrar un punto reflexivo de sentido filosófico. Tristán Santos, quien se reconoce como poeta menor de la antología, deviene poeta maldito por el efecto de un crimen, cuyo móvil es un libro. El texto evoca la poética borgeana a través de la construcción de un paralelismo asimétrico, despojado de toda reverencia sacralizante, para reinscribirla en el orden de lo tenebroso e impredecible.La ciudad sin sombras brota de las calles de Santiago del Estero, en la pesquisa que Santos lleva adelante sobre sí mismo, hasta preguntarse "¿Pueden estas calles huérfanas perdonar una historia infame? ¿Qué saben, al fin y al cabo, del perdón y del crimen?".
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Seitenzahl: 99
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Ciudad sin sombras
Literaturas
Ciudad sin sombras
Lucas Daniel Cosci
Cosci, Lucas Daniel
Ciudad sin sombras / Lucas Daniel Cosci. - 1a ed . - Santiago del Estero : EDUNSE, 2018
Libro digital, EPUB - (Literaturas)
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-987-4456-08-3
1. Novelas Históricas. I. Título.
CDD A863
Rector
Ing. Héctor Rubén Paz
Vicerrectora
Mg. María Mercedes Díaz
Subsecretaria de Comunicaciones
Lic. María Gabriela Moyano
Directora Editorial
Mg. Ester Nora Azubel
Correción: Heraldo Pastor
Digitalización: Noelia Achával Montenegro
Diseño de tapa: María Eugenia Alonso y Noelia Achával Montenegro
Fotografía de tapa: Joaquín Vega
Edición: Eva Gardenal Crivisqui
© Lucas Daniel Cosci, 2018
©EDUNSE, 2018
Av. Belgrano (S) 1912 - G4200ABT
Santiago del Estero, Argentina
email: [email protected]
www.edunse.unse.edu.ar
Las opiniones expresadas en los libros publicados por EDUNSE no necesariamente reflejan los puntos de vista de la Subsecretaría de Comunicaciones, ni del Comité Académico u otras autoridades de la Universidad Nacional de Santiago del Estero.
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Hecho el depósito que marca la ley 11.723
Prefiero empezar por el final. Sin rodeos. Digo: alguien ha sido muerto.
Digo: una bala. Una bala de revólver. Errática, rauda, escurridiza, la bala. Impredecible, un rayo sin tormenta. Recorre nada más que dos o tres metros en la distancia, pero se dispara allá por 1889. Digo: dos metros. Tres metros. Como mucho.
Alguien ha sido muerto. Hace menos de cuarenta y ocho horas, digo.
Un viejo revólver, una primera edición de Fervor de Buenos Aires, y los cuadernos esquivos de un poeta sin gloria… ¿Quién podría pensar que una mano con esas cartas cerraría un final de partida que ya nadie puede levantar?
Alguien ha sido muerto. El peso del mundo carga sobre la curvatura de esta espalda, la mía, que ya da muestras de fragilidad. ¿Cuánto cargo sobre mí? ¿Cuánto destino se licúa en un segundo de fatalidad? Parece mentira. Uno está como siempre y, de repente, todo cambia de un modo irreversible. En una fracción de segundo, en un tiempo menor al de pensar una sola palabra, ya nada puede ser igual, porque hemos quebrado el orden de las cosas. Alguien ha sido muerto. Ya no son pardos los gatos en la sombra. Hemos quebrado el orden de las cosas. Un hilo muy delgado que no lo podemos ver sino cuando ya es demasiado tarde. Se corta cuando menos lo pensamos. Basta un segundo de pánico y angustia.
Nada puede ser igual. Alguien ha sido muerto. El vértigo de lo irreparable nos hace añicos.
Camino por las calles cuando tengo que pensar. ¿Qué tengo que pensar? ¿En Fortunato Rosas tengo que pensar? ¿En la inesperada tragedia de Recoleta? ¿Tiene sentido pensar, después de todo? ¿No es un acto de vanidad, a estas alturas de los acontecimientos?
Tengo que pensar una equis en la que no me reconozco. Y voy a contar la historia para demostrar que soy sublime, como dice el poeta sin nombre desde la penumbra de una vieja Tabaquería.
Las que parecen decisiones arbitrarias, sin duda, responden a secretos designios. He venido a buscar a un hombre. Desde Santiago del Estero hasta Buenos Aires. A buscar a un hombre para deshacer un hecho consumado. Una venta. La venta de un libro, a mis espaldas. O, por lo menos, sin que yo lo quisiera. ¿De qué estoy hablando? Estoy hablando de un libro de poemas de mil nueve veintitrés. Primera edición. Recibido de manos de la viuda de Gastón Mendoza, en un fenomenal golpe de suerte. ¿Alguien tiene idea de lo que significa esa primera edición?
Un revólver. Tengo que decir algo del revólver. No me gustan las armas. Una herencia familiar que nunca me ha seducido. Lo he tenido veinte años en una gaveta sin hacer jamás un solo disparo, ni poner una bala en la ruleta del tambor. Veinte años sin ver la luz. Estaba ahí, mudo, solitario, indiferente, como un compañero maldito, un domesticado juguete rabioso que, llegado un momento, lo presentía, iba a entrar en escena para soltar su furia. Malas compañías, solía decir mi abuelo. A las armas las carga el diablo. No sé en qué momento, pero el diablo se ha anticipado a mis pasos.
El fierro tiene una larga historia. Había atravesado siglos y océanos, como un viajero apacible que no quiere perturbar a nadie.
Según la tía Albertina, Don Benvenuto Gianuzzi, mi bisabuelo por parte de mi madre, lo había traído en su equipaje, cuando se vino desde Livorno a principios de siglo. Desconozco cómo había llegado hasta él. Desconozco si había sido su primer dueño. Solo sé que lo trajo como un compañero de viaje. Llegaría hasta mí después de varias postas. Don Benvenuto se lo había entregado a su primogénito, Valentino Gianuzzi, mi abuelo materno. Casado en primeras nupcias con Rosenda Sanabria, mi abuelo Valentino tuvo siete hijas mujeres, entre ellas, la mayor, Justina, mi madre, que se casó con Victorio Santos, mi padre, de quien enviudara a poco de mi nacimiento. Como Valentino Gianuzzi no tenía hijo varón, y siendo yo el primer nieto, al cumplir los dieciocho años me entregaría el arma de regalo en un estuche de cuero, con solo dos balas. “Viene de muy lejos y quiere seguir un largo viaje”, me había dicho, misterioso como siempre el abuelo. ¿Podía entonces adivinar el final de ese largo viaje? Un viejo Smith & Wesson original, calibre 32, de 1889, una joya. Seguro que valía un montón de guita. De colección. El empavonado impecable. Yo no había entendido ese regalo porque, como he dicho, nunca me han gustado las armas. Lo he recibido con honor, como quien recibe una medalla; pero sin fervor, como quien hubiera preferido eludirlo. Lo he guardado, no obstante, por un tiempo indefinido, sin sospechar la tempestad que traía en sus metales. Lo he dicho: en mis manos no había disparado una sola bala. Y creo que en las manos de sus antiguos tenedores, tampoco. Nunca he sabido que mi abuelo o mi bisabuelo hayan andado a los tiros. Tampoco en la familia circulaban relatos de batidas a duelo ni de nada parecido. Hasta donde puedo saber, ha sido siempre un arma de guarda. Lo he tenido como una reliquia –¡lo era, y cuánto!–. Solo pensaba en él como un sigiloso mensajero del tiempo, que traía velados rumores de antepasados. Una presencia simbólica que nunca había revelado su ferocidad.
¿Por qué estaba en la mochila ese revólver con sus dos únicas balas, que jamás había pensado usar, balas, en definitiva, tan viejas, tan fatigadas de años y distancias, que hasta era probable que fallaran, que no llegaran, al fin, a una detonación segura y letal? ¿Y por qué horas antes de viajar le había hablado a Azucena de ese revólver? ¿Qué había pasado en esas horas sin sosiego? Mis recuerdos me traicionan. Pienso en esas horas desesperadas y solo me cruzo con oscuras representaciones: una charla con Azucena Stravío, una mochila verde que levanto de un perchero, un pasaje a Buenos Aires en el expreso Almirante Brown, la voz de Magdalena derramando amenazas, el interior irrespirable de un automóvil por la 9 de Julio.
Llego a Retiro. Taxi a Recoleta. Azcuénaga al quinientos o algo parecido, me acuerdo haber dictado. Después, estoy frente a un gran edificio. ¿Es aquí?, me pregunto a mí mismo, mientras miro la dirección en una tarjeta. Es aquí, me respondo a mí mismo después de mirar la dirección en la tarjeta. Llamo al portero. Me habla por el parlante una voz que odio. La voz que odio se sorprende de escucharme.
—Es por el libro –le digo–. Tengo algo que decirle.
Espero que baje el ascensor. Demora el ascensor. Diez, quince minutos demora el ascensor. Me impaciento. Al fin, veo salir al dueño de la voz que odio por la puerta vidriada, en ropa deportiva. Me saluda con indiferencia. El dueño de la voz que odio me hace pasar hasta el palier. El encargado del edificio nos cruza, nos saluda y sale afuera. Estamos solos, él y yo, en el palier. Solos, Fortunato Rosas, el dueño de la voz que odio, y yo; y, para colmo, el revólver en la mochila. Solos, él y mi angustia, y toda la furia de la ciudad alrededor.
—¿Qué hace por acá, Santos? Una sorpresa. ¿En qué puedo ayudarlo?
—Sí. Claro. Usted me va a ayudar. Tenemos que hacer algo. Aquí está el cheque –le digo, mientras lo saco del bolsillo y se lo muestro–. Tómelo. Se lo devuelvo. Usted me va a devolver el libro, ¿puede ser? Todo esto ha sido un error, un gran error de Magdalena. Lo sabe ¿no es cierto? Sabía que yo no quería vender el libro. Sabrá comprender. Ha visto cómo son las mujeres, ¿no? En seguida se desesperan y quieren vender todo, cuando nos ajustan las cuentas. Pero no puedo desprenderme. He sufrido mucho en estos días. En serio. No puedo. Significa mucho para mí. Es un regalo de un gran amigo que ya no está. Venderlo es traicionar su memoria ¿comprende?
Me pone la palma de su mano en el hombro y me dice:
—Vea, Santos, usted y yo somos hombres de palabra. Cerramos un trato.
—Trato que yo nunca he aceptado y usted lo sabe –lo interrumpo con prepotencia.
—Aunque negocié con su esposa, usted aceptó. Firmó un documento, ¿no lo recuerda? He sido muy generoso, no me va a negar. Ese ejemplar cotiza la mitad, usted lo sabe. Lo sabe muy bien, Santos, porque vende libros y está al tanto. Además es un hombre inteligente. Vea, yo pagué bien, por darme un gusto, o un capricho, llámelo como quiera, y de paso quise también darles una mano. Nos favorece a los dos. Usted necesita ese dinero. Yo, el libro. Cambie de una vez el cheque y disfrútelo.
—No puedo. Me atormenta. No quiero la plata. Quiero el libro.
—Lo lamento, Santos. Esto está cerrado. Vaya a cambiar esa plata, le va a venir bien.
Sus palabras me desbordan. Me sube un ardor por toda la cara y empiezo a gritar:
—No me ha entendido, Rosas. He venido a deshacer el trato. Usted me tiene que devolver el libro.
—Imposible, Santos. Lo pagué. Estoy en mi derecho.
—Lo que no sabe es que me limpio el culo con su plata. Mire lo que hago con el cheque –le digo mientras lo rompo en pedazos y los trocitos de papel verde claro ruedan por el aire–. Ahora ya está. No hay plata. Me tiene que devolver el libro, porque no está pagado. La venta se ha desarmado en este preciso momento.
—De ninguna manera. Su esposa y usted aceptaron. Mire, Tristán… Ese es su nombre, ¿verdad? ¿Tristán? Bueno, Tristán, cálmese. Esto lo vamos arreglar entre nosotros. A los gritos no resolvemos nada. Escúcheme. Vuelva a su provincia. Hable con Magdalena. Ella lo va a hacer entrar en razón. Puedo hacerles un nuevo cheque, quédese tranquilo, olvidemos este exabrupto. Ya mismo se lo hago; total, la plata no se movió del banco. Hagamos de cuenta que no ha pasado nada. Todo se soluciona, mi amigo. No me interesa quedarme con la plata, me interesa la compra que hice en buena ley, a un precio generoso.
