Cobre en la sangre - Lorenzo Lunar - E-Book

Cobre en la sangre E-Book

Lorenzo Lunar

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Beschreibung

Novela ganadora del Premio LH Confidencial 2025  Ambientada en las minas de Riotinto a finales del siglo XIX y principios del XX, Cobre en la sangre recrea con una fuerza narrativa extraordinaria la lucha de los trabajadores contra la explotación, la injusticia y el poder colonial británico. Una historia que mezcla memoria, revuelta y supervivencia. En las entrañas ardientes de Riotinto, donde el cobre tiñe de óxido la tierra y el aire se respira con dificultad, los hombres trabajan, mueren y aman con la misma desesperación. Félix Lunar, minero y testigo, delincuente y soñador, reconstruye desde la sombra una historia hecha de miseria y resistencia, de cuerpos que se doblan bajo la mina y de almas que no se rinden.  En su voz se entrelazan el crimen y la memoria, el deseo de justicia y la certeza del castigo. A su alrededor giran personajes que parecen salidos del infierno: La Hiena, El Marrano, La Chinche…, criaturas forjadas por el hambre y la rabia, por una España que cava su propio abismo y entierra en él sus verdades incómodas. Cobre en la sangre es más que una novela negra:es un descenso a las zonas más oscuras de la condición humana, un retrato implacable del poder, la violencia y la dignidad. Cada página está escrita con la crudeza del mineral arrancado a la tierra, con la poesía de quien sabe que incluso en el barro más profundo puede latir la esperanza. Porque en el fondo de la mina —como en el corazón humano— siempre hay algo que arde. Y a veces, solo la sangre puede abrir camino hacia la luz. Félix Lunar es un narrador inolvidable: víctima y verdugo, héroe y traidor, obrero y asesino. Con una voz poderosa y descarnada, confiesa sus crímenes e ideales en un relato lleno de contradicciones humanas que cautivará al lector. La novela ilumina un episodio clave y poco conocido de la historia social y laboral de España —las luchas obreras en Riotinto y el legendario "Año de los Tiros"— con un rigor histórico que se entrelaza con el pulso narrativo de un thriller. Más allá del contexto histórico, Cobre en la sangre es una profunda reflexión sobre el poder, la desigualdad y la dignidad humana. Su crítica al colonialismo, la religión y la explotación resuena con temas plenamente actuales. Con una prosa vibrante y poética, Lorenzo Lunar firma una obra de gran calidad literaria, llena de imágenes poderosas, introspección moral y escenas que dejan huella.

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Seitenzahl: 276

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Lorenzo Lunar

Lorenzo Lunar (Santa Clara, Cuba, 1958) es uno de los narradores más reconocidos de la novela negra en lengua española. Autor de una amplia obra que incluye títulos como Que en vez de infierno encuentres gloria, Usted es la culpable, La vida es un tango o El que a hierro mata, ha sido distinguido con numerosos premios, entre ellos el Brigada 21, el Novelpol y el LH Confidencial 2025. Además de su labor literaria, imparte talleres de escritura creativa en Cuba y España, ha dirigido durante varios años el taller de narrativa de la Semana Negra de Gijón y es miembro activo de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.

Cobre en la sangre

Lorenzo LunarGanador del Premio LH Confidencial 2025

En las entrañas ardientes de Riotinto, donde el cobre tiñe de óxido la tierra y el aire se respira con dificultad, los hombres trabajan, mueren y aman con la misma desesperación. Félix Lunar, minero y testigo, delincuente y soñador, reconstruye desde la sombra una historia hecha de miseria y resistencia, de cuerpos que se doblan bajo la mina y de almas que no se rinden.

En su voz se entrelazan el crimen y la memoria, el deseo de justicia y la certeza del castigo. A su alrededor giran personajes que parecen salidos del infierno: La Hiena, El Marrano, La Chinche…, criaturas forjadas por el hambre y la rabia, por una España que cava su propio abismo y entierra en él sus verdades incómodas.

Cobre en la sangre es más que una novela negra: es un descenso a las zonas más oscuras de la condición humana, un retrato implacable del poder, la violencia y la dignidad. Cada página está escrita con la crudeza del mineral arrancado a la tierra, con la poesía de quien sabe que incluso en el barro más profundo puede latir la esperanza.

Porque en el fondo de la mina —como en el corazón humano— siempre hay algo que arde. Y a veces, solo la sangre puede abrir camino hacia la luz.

Cobre en la sangre

- Noviembre 2025 -

Premio organizado con la colaboracióndel Ajuntament de l’Hospitalet

Primera edición: noviembre de 2025

© del texto: Lorenzo Lunar, 2025

© de la presente edición: Editorial Clandestina, 2025

Director de la colección: Carlos Bassas del Rey

Diseño de la colección: DOMO-A

Paseo de Manuel Girona, 52, 5o 5a • 08034 Barcelona

[email protected]

ISBN: 978-84-19627-95-7

Codi IBIC: FH

DL B 18399-2025

Creación del ePub: booqlab

Queda rigorosamente prohibida, sin la autorización por escrito de los titulares del «Copyright», la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento mecánico o electrónico, actual o futuro, incluída la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de esta edición mediante el alquiler o el préstamo públicos. La infracción de los derechos mencionados pot ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal). Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necessita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. Puede contactar con CEDRO a través de la web www.conlicencia.com o por teléfono al 91 702 19 70 / 93 272 04 47.

Cobre en la sangre

Lorenzo Lunar

He aquí que he llegado al otoño de las ideas,y que es preciso emplear la pala y los rastrillospara acomodar de nuevo las tierras inundadas,donde el agua horada hoyos grandes como tumbas.Y ¿quién sabe si las flores nuevas con que sueñoencontrarán en este suelo lavado como una playael místico alimento que haría su vigor?

Demasiado tardeMary Wings

Cuando creas que vas a morir, cuídatede que no te pongan losa sepulcral que traicione donde estás,con su escritura clara, que te denuncia,con el año de tu muerte, que te entrega.Otra vez lo digo:borra todas las huellas.

Esto me enseñaronBertolt Brecht

Amable lector, mi nombre es Félix Lunar, ese esperpento que verán en las páginas que siguen, ese que a estas alturas seguramente andará, como su alma, vagando por el limbo del olvido.

Con lo que vengo a contar no pretendo salvar mi memoria. Solo que hay cosas que no pueden quedarse almacenadas entre el pecho y la espalda de un hombre, aunque este sea ya polvo y quimera.

No se engañe usted si alguna vez leyó que fui hombre parejo del roble y de la encina, fueron palabras encargadas a un poeta. No lo soy y soy más que eso. Más que la mirada perdida para una foto. Más que el cabello engomado y el mostacho fastuoso. Más que el hombre de trajecito gris, mascota, reloj y corbata. Más que el anciano de aspecto venerable que en ultramar parece contemplar el horizonte.

Soy la muerte.

Soy el cadáver.

Soy el verdugo.

Soy el que han llamado traidor, cobarde, criminal…

El que han llamado héroe.

Un hombre que luchó, definitivamente, por salvar su piel en un mundo donde no valía la pena salvar el corazón.

Soy el vagabundo, el solitario, el sobreviviente.

Soy la ficción que les hablará en las páginas que siguen. No con la voz de risco y honda endosada por un poeta de alquiler, sino con la mía propia: la del hombre inseguro, víctima de las circunstancias y héroe de las casualidades.

Hoy vengo a confesar mis horrores. A cambiar los versos de un panegirista soneto por las páginas crueles de otra verdad. Con las manos sucias y la memoria infinita, como corresponde al hombre que ha vivido y ahora se dispone a saldar sus cuentas con la vida.

Soy el que no perdona. El que cada noche intenta olvidar.

Soy el monstruo magnífico cuyos destellos iluminan los paisajes de una historia confusa para extinguirse sin dejar huellas profundas.

Soy el condenado que ahora se propone contar la historia. La narración de las cosas que jamás admití.

No es este un relato para complacer a parientes ni a correligionarios, secuaces o partidistas.

Lo que sigue no es la verdad.

Tampoco una ficción.

Pudiera ser mi vida.

I La Hiena

1

Llevó tiempo convencerme de que un día podría matar a Walter James Browning. Los tiranos saben cómo hacernos creer que son invulnerables. Los pensamos inmortales, aunque estemos seguros de que un día se les va a acabar la cuerda de la vida. Por eso, cuando les llega la muerte, nos sorprende.

Es todavía más difícil aceptar que uno mismo puede ser capaz de extinguir al sátrapa.

Cuando Míster Browning llegó a Riotinto hacía más de un año que yo trabajaba allí. Una mañana me detuvo a la entrada de la mina. Su traje pulcro contrastaba con el almagre del cobre incrustado ya en mi ropa, mi piel y mi sangre. Con flemático y empalagoso acento me contó lo que sabía de mí. Y conocía todo. Lo real. Lo público. Lo que evidentemente le habían contado.

—Usted y yo tenemos un destino marcado juntos —me dijo.

—Si es así tendremos que asumirlo —le respondí.

Pero Míster Browning ignoraba que un día nos íbamos a ver por última vez, frente a frente, en la falda de una colina, con el océano como testigo. Detrás de nosotros un rastro de sangre y odio. La más larga y cruel pesadilla de mi vida.

Él no había visto, como yo en mis alucinaciones, el futuro: su cuerpo decapitado, el suelo estarcido en sangre de linajes diferentes, el mar al fondo.

Azul, abierto, salvador… el mar.

Jamás imaginó Míster Browning la firmeza de mi mano derecha apretando la navaja al tiempo que le sostenía con la izquierda por su pelo pajizo. El corte seco. El crujir de los huesos de su cervical al partirse con el filo de mi cuchilla, el sonido sordo de su gaznate desgarrándose entre los borbotones de sangre y la imposibilidad del grito.

Walter James Browning no podía suponer su cuerpo separado de su cabeza, y mis ropas tintas en sangre. Nunca pudo imaginar su muerte en medio de una pesadilla reservada solamente para mí.

De Riotinto escuché hablar por primera vez cuando sufrí el sorteo de quintas para ir a servir al Rey.

Yo recordaba en mi familia dos historias de soldados al servicio de la Corona. Dos historias contrapuestas. La del héroe, mi abuelo Trinidad Lunar Marín, que figuró en la escuadra de granaderos, selección de los mejores mozos reales. El abuelo Trinidad estuvo en la primera Guerra Carlista, desde 1833 hasta el cuarenta, y volvió al pueblo con ocho gloriosas cicatrices de bala en su cuerpo. La otra cara de la moneda había sido el tío Óscar Lunar, un primo hermano de mi padre, que fue llevado a la guerra de Cuba y del que se cuenta desertó para unirse a los criollos rebeldes en la Guerra Grande de 1868.

Era el año 1897 y de nuevo estaba en su apogeo la guerra de Cuba; por eso se celebraron dos quintas. En la que yo figuré entramos ochenta y siete mozos. Yo obtuve el número ochenta y cuatro. Fui llamado a filas en el último reemplazo y destinado al segundo batallón del regimiento de Pavía. Peor suerte le correspondió a mi primo Gregorio, que fue enviado a la guerra.

—Cuídate mucho —le dije en el abrazo de despedida. Éramos primos hermanos. Yo creo que más hermanos que primos en esa combinación; nuestras madres nos habían dado a luz con solo horas de diferencia, y todos en Aroche admiraban nuestro parecido físico.

—Si nunca más nos vemos, recuerda que somos la misma sangre y la misma carne. Que donde uno viva va a estar viviendo el otro.

Nunca había escuchado a mi primo, un joven campesino igual que era yo en aquel momento, hablar de esa manera. Ahora sé que me hablaba desde el futuro.

De él nunca más tuve noticias.

Un trágico vínculo de sangre unía al regimiento de Pavía con la mina en la que, años más tarde, tendría yo los tropiezos más aciagos de mi vida.

El año 1888 es conocido como El Año de los Tiros. Fue cuando sucedió la primera gran revuelta obrera en las minas. Los trabajadores reclamaban la suspensión del uso de teleras. La Compañía había aumentado notablemente su producción, pero también la cantidad de humos que contaminaban las tierras y las vidas de los pobladores de la zona.

El día primero de febrero comenzó la huelga. William Ritch, el inglés director de la mina en aquel momento, en confabulación con el gobernador civil de Huelva, pidió la intervención inmediata del ejército español.

Cuentan que el cuatro de febrero dos columnas de manifestantes, precedidos por una banda de música y enarbolando pancartas, llegaron hasta Riotinto desde los municipios de Nerva y Zalamea la Real. Alrededor de catorce mil personas se congregaron en la plaza para esperar el resultado de las conversaciones de sus líderes —Lorenzo Serrano, gran propietario de Zalamea; José María Ordóñez Rincón, jefe de la Liga Antihumista, y el líder obrero Maximiliano Tornet—, reunidos con las autoridades de la Compañía en el edificio del ayuntamiento.

Entonces apareció en escena el gobernador civil de Huelva, Agustín Bravo, y dijo que venía a poner orden. Primero se negó a que el poder local suprimiera las calcinaciones. Después salió al balcón del ayuntamiento a increpar a los miles de manifestantes congregados y amenazó con el uso de la fuerza. Tras él salió el teniente coronel del Regimiento de Pavía, que había llegado al pueblo ante la solicitud de refuerzos. Fue cuando ocurrió lo inesperado.

La orden fue dada y nadie asumió la responsabilidad. Los soldados abrieron fuego contra la multitud. Después de la andanada de disparos calaron bayonetas. Eran catorce mil personas huyendo despavoridas. Nunca hubo una lista oficial de muertos. Los soldados arrojaban los cadáveres en las escombreras. En los días posteriores a la tragedia, los heridos permanecieron ocultos por temor a represalias. Muchos murieron.

Después se instruyó un proceso al batallón. Como ocurre siempre, los jefes militares fueron eximidos de responsabilidad; sin embargo, los soldados fueron condenados a reclusión en su cuartel. Doce años después, los quintos que llegábamos debíamos sufrir la condena a la que aún estaba sujeto el segundo batallón del regimiento de Pavía. Allí me estuvieron disciplinando durante meses hasta que un buen día terminó la guerra de Cuba y nos mandaron a todos a casa.

Durante esos meses de reclusión, mi familia había abandonado nuestro pueblo originario, Aroche, para instalarse en la tierra llana en la recolección de la uva. Cada día era más difícil subsistir. En Bollullos encontraron acomodo.

En los alrededores de aquel pueblo también encontré trabajo a mi regreso. Algunas veces sembrando cebada con sacho, otras cuidando bueyes… Mi condición de labriego, mi edad y mi resistencia física me permitían rendir mucho en la faena. Así nunca carecí de trabajo. Tampoco me faltó la luz de la mirada de alguna muchacha. Mozas de las que el respeto por su familia y mi situación de viandante se ocuparon de separarme.

Terminada la campaña de la uva nos fuimos todos a Aroche, el lugar que seguiría siendo mi hogar y refugio por el resto de mi vida; aunque al final lo fuera solamente en los espacios de mi memoria. En Aroche iba a fundar mi propia familia y engendraría a mi vástago.

No puedo negar que sentí alegría al reencontrarme con mi gente después deculminar el injusto castigo con el Regimiento de Pavía; pero haber roto las fronteras de mi pueblo para salir y conocer «el mundo», aunque fuese por aquel estrecho agujero, así como enterarme de otras historias y sangrar por las heridas de otras personas, había provocado una profunda metamorfosis en mi espíritu. Y esa transformación, que me provocaría un modo diferente al de la tradición familiar y pueblerina de ver y enfrentar la vida, al final acabaría alejándome de ese lugar donde vi la luz por primera vez.

—Estás cambiado, hijo —dijo mi padre cuando al abrazarme midió las nuevas dimensiones de mi cuerpo.

Era cierto que había cambiado, pero más por dentro que por fuera.

Yo comenzaba a ser otro. Un nuevo yo que se desligaba de los lazos tradicionales de la familia para fundar algo dentro de mí. Fue entonces cuando comencé a sentir el furor por saber de todo. Era una fiebre. Mi alivio en esa etapa fue la lectura de los periódicos.

Gracias a mi padre, yo había aprendido a leer cuando era todavía un rapaz y después de pasar las cuartanas. Y no porque fuese él quien me enseñara, sino porque un día, movido por la vergüenza que le provocaba no haber podido nunca aprender las letras, dispuso que me fuera al pueblo para asistir a la escuela.

Me acomodaron en casa de la tía Dolores, hermana menor de mi madre que ya tenía más hijos que una araña. Supongo que, para apoyarla en la crianza de su prole, mis padres le pagaban algo por mi pupilaje.

Como, según se decía, en la escuela pública no enseñaban nada, me pusieron a aprender con un particular; un viejo lisiado que, con la ayuda de dos hijas mocitas, se dedicaba a «desanalfabetizar» a cambio de una perra chica que debíamos aportar a la entrada de clases cada día.

Mi proceso de «desanalfabetización» no fue muy largo. Cuando aprendí a tratar las primeras letras y a balbucear las lecturas rudimentarias, mi padre decidió poner fin a mi instrucción.

—Ya es suficiente. Hemos gastado bastante. En lo adelante yo mismo me voy a encargar de comprarte libros. Con la práctica que tienes quién quita que un día me enseñes a leer a mí.

No fue por su voluntad, sino por mi machaqueo, que en algún momento logré que mi padre leyera una cuartilla de corrido. Pero enseñar a mi padre a leer, por muy romántica que fuera la tarea, no era prioridad de la familia.

Sin embargo, saber leer y escribir me permitió intercambiar cartas con los míos durante los meses que estuvieron disciplinándome con el Regimiento de Pavía. Cartas que mi previsor padre podía leer en voz alta, aunque con alguna dificultad, para toda la familia.

Mi regreso como hijo pródigo marcó el inicio de un período de ilustración con la voraz lectura de cuanto periódico caía en mis manos. Primero conseguí que el cartero me trajera, diariamente, El Correo de Andalucía. Después me acerqué al Casino Republicano del pueblo, un lugar frecuentado por zapateros, albañiles, carpinteros, sastres, corchotaponeros…

Allí había periódicos y allí me fui. Solicité mi ingreso y fui admitido.

A partir de entonces, cuando no estaba en casa de mi novia estaba en el Casino Republicano, entregado a mis otros amores: El Liberal de Sevilla, El País, España Nueva y El Liberal de Madrid.

En el Casino Republicano, gracias a esas lecturas, también se fue formando mi condición obrera, mi conciencia sindical, la decisión de luchar por mis derechos, sabiendo que para eso tenía que luchar también por los derechos de mis compañeros. Mediante aquellos periódicos me enteré de las huelgas y luchas obreras en Barcelona. Y no solo de lo que ocurría, sino cómo lo hacían y en qué ideas y causas sustentaban sus disputas. Sin darme cuenta comenzaba mi instrucción ideológica. Ilustración rústica, aprehendida y hecha de retazos diferentes. Pero, definitivamente, un punto de partida.

Así, un día, tuve mi debut como dirigente sindical.

Junto a dieciocho montaraces y un corchotaponero, dejamos constituida la Sociedad El Alba. Institución que perduraría por treinta y cuatro años hasta que Franco la asesinara. Pero en aquel momento no sospechábamos que otros males acecharían a España años más tarde. Quizás hasta el infinito.

Llegué a Aroche con mis bártulos al hombro. En aquel pueblo y sus alrededores me instalé con mis padres sin poder sacar de mi cabeza los ecos de la leyenda dantesca de La Noche de los Tiros, escuchada de mil maneras diferentes durante el encierro.

En mi morral traía aún cierta carga de ingenuidad, que fui perdiendo a medida que aquel hombre nuevo comenzó a forjarse en mi conciencia gracias a aquellas primeras lecturas.

En Aroche, mi pueblo natal, tuve mi debut sindical; pero no podía imaginar cómo mi vida, mi muerte y hasta mi impronta estarían marcadas para siempre por Riotinto, su manto rojo, su historia y sus personajes.

2

Yo pisé por primera vez la tierra de Riotinto en el invierno de 1908, después de estar más de un año dando tumbos por esas tierras, sobreviviendo gracias a la ayuda y consejos de algunos amigos y a mi capacidad para trabajar en cualquier cosa honesta. Algo que debe asumir un hombre cuando su honor y sus ideas no caben en determinados lugares de este mundo.

Todavía Walter James Browning no había mancillado la tierra del poblado minero con sus botas de rebajo y su balón de cuero y ya el escarnio era comida, o hambre, de todos los días en aquellas canteras.

Llegué llamado por un primo mío que llevaba años allí.

Rogelio Lunar era un personaje en la zona, contador en un tajo de paleros. Vivía en una choza que él mismo había levantado en el extrarradio de la mina. Le acompañaba su mujer, hembra rústica y de palabra autoritaria, a la que todos llamaban La Niña. Además de su trabajo también se dedicaba a todo tipo de negocios y chanchullos que le proporcionaban algunas perras de más y relaciones de todo tipo y matices con diversos personajes del lugar.

Cuando llegué a la mina el director era Míster Palmer, personaje decorativo que apenas se dejaba ver por los trabajadores. El subdirector, Míster Gordon Douglas, era quien llevaba la batuta. Además, había varios jefes en diferentes niveles, la mayoría ingleses. Los españoles no lograban ascender más allá de la categoría de capataces.

Enseguida que encontré trabajo, recomendado y empujado por las influencias de Rogelio, mandé a buscar a mi mujer y mi hijo y nos instalamos provisionalmente en la choza de mi primo.

En los tiempos de líder en Aroche había conseguido compartir mis horas entre el Casino Republicano y los brazos de mi novia. Dos ardores diferentes, ambos indomables. Y si la lectura puede desbocarse hasta el infinito sin que a otros les importe demasiado, no pasa lo mismo con dos carnes que arden en las brasas del deseo. Así llegó el momento de unirme en casamiento con mi novia.

El 17 de agosto de 1903 contraje matrimonio. Teníamos unos ahorros que habíamos conseguido mi novia y yo con el trabajo en las higueras. Después de la boda nos quedamos con apenas cuatro duros que compartimos entre los dos. Pasada la luna de miel volvimos juntos al trabajo. La casa donde vivían mis padres era amplia y allí nos prepararon una habitación.

Por las noches continuaba dividiendo el tiempo entre mis lecturas y mis deberes de marido. No visitaba tanto el Casino Republicano, pero mis compañeros me llevaban libros a casa. Eso me permitió componer mi primera biblioteca personal. En mi cabecera estaban El mártir de Gólgota, María, la hija del jornalero, La mujer adúltera y otras obras que leí con fruición. Un día muy especial fue cuando mi amigo don Miguel Lobo puso en mis manos Las ruinas de Palmira; un libro que me marcaría para siempre, como a muchos de mis correligionarios de entonces.

Don Miguel era boticario en Aroche y presidente republicano de nuestra Sociedad El Alba. Hombre maduro, instruido en leyes y de experiencia en esas lides se había fijado en mí, según me dijo, por mi fibra y carácter.

Don Miguel Lobo fue siempre mi consejero y guía en los momentos de mis más duros tropiezos.

El día 4 de junio de 1904, a los nueve meses y dieciocho días de casados, cuenta que bien llevaban mi suegra y todas las comadres del pueblo, vio la luz de este mundo mi heredero. Enseguida llovieron los ofrecimientos de padrinos que yo iba rechazando diplomáticamente.

Yo tenía el firme propósito de no bautizar a mi hijo. Esa decisión, a la larga, fue la causa por la que tendría que abandonar el pueblo.

No bautizar a mi hijo era un secreto que, desde que supe que estaba en camino el vástago, compartía con don Miguel Lobo. La noche del nacimiento fui a visitarle, a pedir consejos para llevar adelante mi decisión.

—Hoy ha nacido mi hijo, don Miguel. Y, como sabe usted, no quiero bautizarlo, pero ignoro el trámite a seguir para legitimarlo sin que esto represente una irresponsabilidad legal.

—Basta con que en el término de setenta y dos horas después de nacido su hijo se presente usted a inscribirlo en el Juzgado Civil. Allí le tomarán las generales y le entregarán a usted una papeleta que debe conservar como constancia. Esa es su responsabilidad con la ley. Ya veo que la que puede tener con Dios no le importa demasiado.

—¿Solamente eso?

—Esa papeleta debe usted conservarla. Es para que el cura haga el asiento parroquial, pero si usted no bautiza al chaval lo más probable es que ese señor pase de todo. Con esa papeleta en su poder, usted siempre podrá probar que cumplió con su deber.

No fue el arranque de un momento. No hubo ira ni alevosía. Yo había matado a Dios. Lo había matado lentamente. Por acumulación. No fue un disparo ni una cuchillada. No le golpeé con una piedra ni le hice caer por un barranco. No le corté la yugular ni le partí los huesos del cuello y le arranqué la cabeza como un día haría con Walter James Browing. Lo había hecho lectura tras lectura.

Comprendí entonces por qué, a lo largo de la historia, los poderosos habían hecho hogueras con las bibliotecas cuando veían en crisis sus ideas de dominación. Y más, por qué se ocupaban, con tanta pasión, de que los pobres de la tierra viviésemos sumidos en la ignorancia de las letras y las ideas.

Había matado a Dios y no sentía culpa. Fue un acto de justicia. Pensaba que si cada uno hacía lo mismo el mundo podría ser un mejor lugar para vivir en libertad. Pero lo hice también sabiendo que la emancipación de todos es imposible. Fue un acto de egoísmo. Pero ya no podía volverme atrás. De cualquier manera, me sentí satisfecho.

Con la tranquilidad que me proporcionaba el saber que no hacía nada en contra de las leyes de los hombres, y que mi decisión se correspondía con el espíritu de propiedad al que tenía derecho sobre mi vida y familia, regresé a casa para enfrentarme a las arremetidas de mi suegra en nombre de Dios.

Aquellos enfrentamientos por causa de mi decisión llegaron al punto de afectar la relación con mi esposa. Yo además temía que, por causa del disgusto, a ella se le subiera el parto a la cabeza. Pero mi última palabra estaba dicha. Para bautizar a mi hijo debían pasar por encima de mi cadáver.

Todo aquello también afectó la vida junto a mis padres. Y mi presencia en aquel pueblo levítico donde empezaron a señalarme como hijo del diablo por protagonizar un caso «único en la historia del mundo». Aquello era intolerable para la vecindad. Insoportable para mí.

Las viejas beatas decidieron expulsarme del pueblo junto con mi esposa e hijo. ¿Dónde se había visto cosa igual? Entre los hombres las opiniones estaban divididas: algunos me otorgaban mi derecho como padre, pero siempre en círculos estrechos y en voz muy baja; otros se encogían de hombros; y la mayoría evadía la conversación que era comidilla frecuente en todos los corrillos de la aldea.

Comencé a recibir mensajes del cura para que me presentara ante él. Nunca fui.

Mi hijo había llegado a este mundo desnudo de espíritu y de cuerpo. Acompañado solamente de sus sentidos para instruirse en su vida futura. Sin seres bajados de los cielos para acompañarle. Yo, que le había regalado su vida, que le había colocado en un mundo hostil, mezclado de bienes y males, tenía la responsabilidad de dejarle distinguir estos por su propia cuenta, con mayor o menor acierto en senderos de flores y espinas. Ser el árbitro de su destino. Otorgarle el derecho de presumir de su fuerza y de envanecerse de su ingenio. También la posibilidad de abatirse por sus debilidades.

Me fui al campo con mi mujer y mi hijo. El tajo era el único lugar en el que encontraba sosiego. La tierra y yo como único autor de mi destino. Productor de los únicos y pocos bienes que me rodeaban.

Ignoraba yo que, a pesar de mis esfuerzos, la tierra que pisaban mis plantas y sobre la que derramaba mi sudor, abandonada y condenada al desorden, nunca dejaría de ser una marisma inmunda, un bosque salvaje, un desierto espantoso.

Pero la paz en casa del pobre dura poco tiempo. Un día mi patrón vino a conversar conmigo.

—Sabe usted, don Félix, que le tengo mucho aprecio. También que poco me importa como usted piense y que no juzgo sus decisiones, pero mi madre es una señora chapada a la antigua. Días atrás ha estado en Sevilla, con una comisión presidida por el cura de este pueblo. Ella considera que lo que usted hace con su hijo es un sacrilegio imperdonable y…

No le dejé terminar sus justificaciones, le tendí mi mano como muestra de agradecimiento, me colgué mi morral al hombro y salí de nuevo al camino.

Era el fin del principio.

Quizás el principio del fin.

Desconocía yo los nuevos rumbos que me esperaban al salir de aquel pueblo. Ni siquiera imaginaba que un día iba a sentir la necesidad de matar.

Matar a Walter James Browning y con ese acto a todos los de su estirpe que habitaban, habían habitado o habitarían cada espacio y cada tiempo de este mundo.

No había soñado aún con mi mano derecha apretando la faca al tiempo que sostenía con la izquierda el pelo pajizo de aquella hiena. El corte seco. El crujir de los huesos de su cervical al partirse con el filo de mi cuchilla, el sonido sordo de su gaznate desgarrándose entre los borbotones de sangre y la imposibilidad del grito.

3

En Riotinto debuté como minero partiendo piedras con una maza de doce libras. A la mina solamente podían entrar los nacidos en la zona: Nerva, Riotinto, Zalamea la Real, Campillo…

A la mina los niños entregaban su vida y destino a los ocho o diez años, como mandaderos o barcaleadores, según quien fuera el padrino. Luego comenzaban a subir en la escala del trabajo hasta el día en que un derrumbe, un barreno disparado fuera de tiempo o un tren de los que servían para cargar el mineral se los llevaba al otro infierno. O hasta que, consumidos por el trabajo y podridos por el cobre y otros minerales metidos en la sangre, acababan en la mendicidad o en la muerte tácita.

La ley disponía que los bancos de escombro debían tener un máximo de treinta metros de altura por diez de ancho. Yo comencé en el banco de San Pedro, con trece bancos por encima de mi cabeza, cada uno de sesenta metros de altura y solamente cinco de ancho. Era frecuente que una piedra desprendida de alguno de esos bancos fuera dando tumbos hasta el fondo y dejara a su paso una estela de sangre. Aunque había un personal encargado de avisar con gritos los desprendimientos, el aviso casi siempre llegaba tarde. También ocurría que, al escuchar la advertencia, los hombres no sabían hacia dónde moverse en busca de protección. Era un milagro sobrevivir.

En aquella mina a cielo abierto tuve, desde mi llegada, varios puestos, y en cada uno más de un tropiezo. Del banco de San Pedro me mandaron al nivel más alto, a las órdenes de Martín Guerra, uno de los más encumbrados abusadores de la mina.

Pronto me enteré, de boca de mi primo Rogelio, que este cambio de puesto y los que vendrían se debían a su influencia. Del aumento de salario que representaba debía entregarle, a modo de «agradecimiento», cierta cuota. Negocios de familia.

El trabajo era rudo, cada pareja debía llenar en el día doce vagones de mineral por el pago de veinte reales. Yo aguanté unos meses y no fue la rudeza del trabajo lo que puso fin a mi permanencia en ese puesto, sino las agarradas que a diario tenía con Martín Guerra. Mi condición de líder, iniciado en el Casino Republicano de Aroche, me impelía a protestar por cada cosa que me afectaba personalmente, también por lo que dañaba a los demás. Ya había hecho contacto en la zona con don Miguel Tatay, médico y presidente de los republicanos zalameños, llevándole saludos de mi preceptor don Miguel Lobo. Aquello me impulsaba a mantener mi espíritu sindicalista.

Martín Guerra era descendiente de gallegos, de burda palabra y nulo conocimiento de las letras, pero con una especial habilidad para dominar a quienes él llamaba la chusma.

Una vez se dirigió a mí con el término «hijoputa». Yo le respondí recordándole a toda su sangre y esa fue nuestra primera gran agarrada, a la que él puso fin con la sentencia de: «¡A mí no se me contesta!».

A partir de ese momento no volví a responder a sus exigencias. Él, que entendió mi comportamiento, dejó de dirigirme la palabra. Yo hacía bien mi trabajo y él no tenía por qué poner pegas a todo. Eso hasta un día.

Aquella mañana, Martín se dirigió al grupo:

—Escuchen, huevones, a partir de hoy, y no se sabe hasta cuándo, van a recortar la extracción. Hay que quitar a diez hombres, que irán al filón norte. Si hay voluntarios que den un paso al frente. Si no, sortearemos.

En esos casos ningún encargado desea que sus hombres abandonen la cuadrilla por su voluntad. Representa una mala nota para él. Yo, que todavía sentía en mi pecho el ardor de no haber dicho la última palabra en nuestra discusión anterior, di el paso al frente y lo encaré con una sonrisa de triunfo en mi rostro.

—¿Y por qué tú quieres irte de aquí?

—Porque estás tú.

Aquel sinvergüenza mordió una ofensa entre sus dientes amarillos y disparejos. Yo mantuve mi sonrisa de triunfo mientras se sorteaban los otros nueve hombres que fuimos destinados a La Piquera, en el filón Norte, el banco que aportaba el mayor contingente de mineros al cuarto de papas con boleto al cementerio.

En la Piquera debíamos trasladar el material en una cuartilla, pequeña vagoneta conducida a mano. Allí todavía no llegaban los trenes. El material lo vaciábamos en pozos hacia el nivel inferior. Yo ganaba catorce reales, que mejoraban mi peculio y aumentaban el tributo a mi primo Rogelio.

Rogelio, que bien se había enterado de mi disposición para la faena y mi capacidad para trabajar duro y extraer, literalmente, el dinero de abajo de las piedras, muy pronto movió sus influencias para sacarme de ahí. No ocurriera que un día le avisaran de mi muerte despeñado con cuartilla y todo por uno de aquellos túneles y él perdiera a su primo querido y sus gabelas. Entonces me llamaron para un trabajo más cómodo y mejor remunerado.

—¿Quieres ir al saneo? —me preguntó el capataz.

—Si usted me da la oportunidad.

El saneo consistía en desprender con una vara de metal, y para evitar posibles desprendimientos accidentales, los bloques en los frentes volados de la cantera.