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La 'Colección de Friedrich Nietzsche' es un compendio que incluye algunas de las obras más influyentes del filósofo alemán, destacando su estilo aforístico y provocativo. En este trabajo, Nietzsche explora temas como la moralidad, la voluntad de poder y el eterno retorno, empleando un lenguaje poético que desafía las convenciones filosóficas de su tiempo. Contextualmente, estas obras surgen en una época de gran agitación social y cultural en Europa, donde el racionalismo y el empirismo estaban comenzando a ser cuestionados, lo que llevó a Nietzsche a desarrollar un pensamiento que rompía con las tradiciones establecidas y anticipaba el existencialismo y el postmodernismo. Friedrich Nietzsche, nacido en 1844, fue un filósofo, poeta y crítico cultural, cuyas ideas continúan resonando en la actualidad. Su formación en filología clásica y su experiencia personal de enfermedad y aislamiento influyeron profundamente en su escritura. Nietzsche desató una crítica feroz al nihilismo y a la moralidad cristiana, buscando reconfigurar los valores humanos en un contexto de angustia existencial, una perspectiva que se ve reflejada en su obra. El autor es conocido por su estilo provocador y, a menudo, polémico, lo que ha llevado a interpretaciones diversas y a un profundo estudio académico en torno a su figura. Recomiendo encarecidamente la 'Colección de Friedrich Nietzsche' a aquellos que deseen adentrarse en el pensamiento crítico y desafiante que ha moldeado el siglo XX. Sus obras no solo ofrecen una reflexión profunda sobre la naturaleza humana, sino que también invitan a cuestionar lo que a menudo se considera indiscutible. Esta colección es esencial para cualquier lector interesado en la filosofía, la literatura y la crítica cultural. En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura: - Una Introducción amplia expone las características unificadoras, los temas o las evoluciones estilísticas de estas obras seleccionadas. - La Biografía del Autor destaca hitos personales e influencias literarias que configuran el conjunto de su producción. - La sección de Contexto Histórico sitúa las obras en su época más amplia: corrientes sociales, tendencias culturales y eventos clave que sustentan su creación. - Una breve Sinopsis (Selección) oferece uma visão acessível de los textos incluidos, ajudando al lector a seguir tramas e ideias principais sin desvelar giros cruciais. - Un Análisis unificado examina los motivos recurrentes e los rasgos estilísticos en toda la colección, entrelazando las historias a la vez que resalta la fuerza de cada obra. - Las preguntas de reflexión animan a los lectores a comparar las diferentes voces y perspectivas dentro de la colección, fomentando una comprensión más rica de la conversación general. - Una selección curada de citas memorables muestra las líneas más destacadas de cada texto, ofreciendo una muestra del poder único de cada autor.
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Veröffentlichungsjahr: 2024
La Colección de Friedrich Nietzsche (Clásicos de la literatura) reúne cuatro piezas decisivas para recorrer el arco vital e intelectual del autor: desde los primeros tanteos autobiográficos hasta la madurez polémica y visionaria. No pretende conformar un corpus completo, sino ofrecer un núcleo representativo en el que se aprecian géneros distintos y voces complementarias. Aquí convergen la escritura confesional temprana, la prosa poético-filosófica, el tratado aforístico y la diatriba crítica. El propósito es mostrar la continuidad de una preocupación única —la creación y crítica de valores— en formas expresivas diversas, y proporcionar una puerta de entrada fiable a un pensamiento que desborda etiquetas y disciplinas.
De mi vida. Escritos autobiográficos de juventud abre el volumen con el laboratorio íntimo de una voz en formación. En estas páginas, Nietzsche ensaya modos de decirse y de pensarse, bosqueja recuerdos y formula intuiciones que más tarde cobrarán densidad filosófica. Se trata de un conjunto de textos tempranos de carácter autobiográfico que dejan ver la gestación de su estilo y de sus temas: la tensión entre disciplina y libertad, la exigencia de honestidad intelectual, la aspiración a una vida creadora. Su interés radica menos en conclusiones doctrinales que en el proceso de hacerse un autor ante sí mismo.
Así habló Zaratustra. Un libro para todos y para ninguno representa la irrupción de una forma híbrida en la que filosofía y literatura se entrelazan. La premisa es sencilla y potente: Zaratustra, figura del sabio-poeta, desciende para compartir una enseñanza mediante discursos, parábolas e himnos. No es novela ni tratado al uso; su energía procede del ritmo, de la imagen y de una voz que convoca a la transformación. El libro ofrece una poética de la superación y de la afirmación, y explora la responsabilidad del individuo frente a las morales establecidas, sin someterse a un sistema ni a una terminología académica cerrada.
Más allá del bien y del mal. Preludio a una filosofía del futuro despliega, en aforismos y secciones breves, una crítica metódica de los prejuicios filosóficos y de la simplicidad de las dicotomías morales. Nietzsche examina los impulsos que laten bajo conceptos reputados como universales, interroga los reclamos de verdad y propone un estilo de pensar atento a la pluralidad de perspectivas. El texto combina diagnóstico cultural y psicología de la filosofía, con ironía y precisión. Su ambición no es instaurar un catecismo, sino abrir un horizonte de indagación que desconfía de certidumbres heredadas y privilegia el valor experimental del pensamiento.
El Anticristo introduce la veta más abiertamente polémica del conjunto. En secciones concentradas, el autor somete a examen el cristianismo como sistema de valoración y sus efectos en la cultura europea. La prosa adquiere aquí una contundencia sin rodeos: el objetivo es medir fuerzas entre distintos regímenes morales, señalar sus consecuencias y exigir coherencia entre convicciones y modos de vida. No es un tratado teológico, sino una intervención filosófica que busca claridad y responsabilidad en el juicio. Su tono, deliberadamente incisivo, responde a la urgencia de distinguir entre diagnósticos y consuelos.
La unidad de la colección no depende de un argumento único, sino de una pregunta persistente: cómo vivir y pensar sin refugiarse en absolutos. La sospecha ante la moral tradicional, la invitación a la autoconstrucción y la crítica de las ilusiones metafísicas articulan estos libros, cada uno con su registro. De la introspección juvenil a la voz profética, del análisis aforístico a la diatriba, se perfila una misma apuesta por la fortaleza creadora y la responsabilidad individual. El lector encontrará, más que sentencias definitivas, una práctica de examen que deshace automatismos y llama a evaluar el origen y el alcance de nuestros valores.
En términos estilísticos, Nietzsche no ofrece un sistema; ofrece una experiencia de lectura. La alternancia de tonalidades —confesional, lírica, analítica y polémica— funciona como estrategia filosófica: cada forma es un modo de probar conceptos y de interpelar al lector. El aforismo provoca y afina, la parábola ilumina por contraste, la invectiva desmonta las máscaras de la complacencia. La prosa busca precisión sin renunciar a la imagen y a la música de la frase. No se trata de adornos, sino de una ética de la expresión: pensar con rigor exige un decir que esté a la altura de lo que arriesga.
La variedad de géneros presentes —autobiografía, filosofía poético-literaria, ensayo aforístico y pieza polémica— muestra cómo Nietzsche desborda los límites disciplinarios. Esta amplitud formal amplía también los modos de recepción: cada obra solicita un ritmo distinto de lectura, ora meditativo, ora dialogal, ora confrontativo. La colección propone atender a ese polifacetismo sin traducirlo a una doctrina unívoca. Así, el conjunto puede leerse como una secuencia de ensayos de estilo y de pensamiento que se corrigen y potencian mutuamente, manteniendo la tensión productiva entre el impulso creador y la crítica sin concesiones.
La época de composición de las obras mayores aquí reunidas corresponde a la década de 1880, cuando Nietzsche escribe como autor independiente, fuera del marco académico. Ese contexto, marcado por el debate sobre la autoridad religiosa, la confianza en la ciencia y la transformación de las instituciones culturales, intensifica la urgencia de sus preguntas. Más que responder a una moda intelectual, su trabajo intenta rehacer criterios de evaluación en medio de una crisis de sentido. Leer estas páginas también es situarse ante ese cruce histórico, cuyas resonancias continúan afectando nuestras discusiones contemporáneas.
La vigencia de este conjunto reside en su capacidad para desafiar hábitos de pensamiento en ética, cultura y psicología moral. Sus intuiciones han influido en debates filosóficos y literarios, y siguen provocando replanteamientos en torno a la responsabilidad individual, el papel de la creación y la crítica de los dogmatismos. Al mismo tiempo, la lectura exige cautela interpretativa: la contundencia de la prosa no legitima simplificaciones ni usos reductores. Esta colección invita a atender el detalle argumental y la complejidad retórica, para evitar domesticar un pensamiento que se concibe como ejercicio de riesgo y lucidez.
El orden propuesto sugiere un recorrido que acompaña el surgimiento y despliegue de una voz: de la autoindagación juvenil a la figura poética de Zaratustra, y de allí a la crítica aforística y a la intervención polémica. Este tránsito no es un itinerario escolar, sino un mapa de tensiones y de pasajes entre géneros. Cada obra abre un ángulo distinto sobre una misma exigencia: crear criterios para medir la vida y el pensamiento sin apoyarse en garantías externas. Leído en conjunto, este arco permite percibir la coherencia dinámicamente construida de un proyecto que rehúye la clausura.
Reunidas, estas obras ofrecen un panorama concentrado del impulso nietzscheano: pensar contra la inercia, decir con precisión y hacer de la lectura una práctica de transformación. Clásicos de la literatura no designa aquí una etiqueta inmóvil, sino una invitación a volver a textos cuya fuerza no se agota en interpretaciones canónicas. Esta colección propone un encuentro exigente y abierto: exige atención y apertura, y ofrece, a cambio, una experiencia intelectual y estética singular. Al cerrar este volumen, no se obtienen respuestas finales, sino la disposición a seguir interrogando la vida y el pensamiento con mayor coraje y sutileza.
Friedrich Nietzsche (1844–1900) fue filósofo y filólogo alemán cuyo pensamiento transformó la crítica de la moral, la religión y la cultura moderna. Formado en la filología clásica, escribió una obra de estilo híbrido —aforístico, poético y analítico— que buscó revaluar los fundamentos de la civilización europea. Entre sus textos más influyentes figuran Así habló Zaratustra. Un libro para todos y para ninguno, Más allá del bien y del mal. Preludio a una filosofía del futuro y El Anticristo. En la colección también se incluye De mi vida. Escritos autobiográficos de juventud, que ilumina su temprana autoconciencia intelectual y el origen de sus inquietudes filosóficas.
Nacido en Prusia y educado en las universidades de Bonn y Leipzig, Nietzsche se especializó en filología clásica bajo la tutela de destacados helenistas. A finales de la década de 1860 fue llamado a la Universidad de Basilea como profesor, en una designación excepcional por su juventud. Sus primeras lecturas de los presocráticos y de los trágicos griegos, así como la poderosa impronta de Arthur Schopenhauer y el contacto artístico con Richard Wagner, marcaron sus preocupaciones iniciales. De estas influencias tomó tanto impulsos como motivos de ruptura: una psicología de los instintos, una sensibilidad por el estilo y una sospecha radical frente a los sistemas filosóficos cerrados.
Problemas de salud persistentes lo llevaron a renunciar a su cátedra hacia 1879 y a llevar, en los años siguientes, una vida itinerante de escritura intensa entre Suiza, Italia y Alemania. Este periodo vio madurar su voz propia, menos académica y más experimental. De mi vida. Escritos autobiográficos de juventud permite observar el laboratorio temprano de esa metamorfosis: notas y fragmentos donde aparecen su disciplina de estudio, sus expectativas sobre la filología y los primeros tanteos de una crítica de valores. A partir de entonces, Nietzsche orientó su obra a diagnosticar las bases espirituales de Europa y a ensayar alternativas de creación cultural.
Así habló Zaratustra, redactada en varias entregas en la primera mitad de la década de 1880, condensa su ambición filosófica y literaria. Presenta a un sabio errante cuya palabra poético-profética examina el agotamiento de creencias tradicionales y la necesidad de una reorientación vital que revalúe los valores heredados. El libro despliega una prosa rítmica, paródica y simbólica, que combina alegoría, sátira y meditación. Su recepción inicial fue ambivalente: descolocó a lectores acostumbrados a tratados sistemáticos, pero abrió un camino decisivo para la filosofía escrita como experiencia de estilo, donde pensar implica también volver a aprender a leer y a escuchar.
Más allá del bien y del mal (1886) se ofrece como preludio a una filosofía del futuro y precisa, en forma aforística y argumentativa, tesis que en Zaratustra aparecen en clave figurada. Nietzsche allí interroga los supuestos psicológicos de los filósofos, critica los dualismos morales y propone una mirada perspectivista que atiende a la pluralidad de impulsos y evaluaciones. El libro incluye consideraciones sobre ciencia, arte, religión y política, sin sistema definitivo, en una arquitectura abierta de secciones y fragmentos. El objetivo no es reemplazar una doctrina por otra, sino entrenar una sensibilidad capaz de soportar la complejidad y los conflictos de valoración.
El Anticristo fue escrito en 1888 y publicado varios años después, cuando su autor ya no podía supervisar ediciones. Es un examen implacable del cristianismo como configuración histórica de valores, que contrapone ideales de fortaleza y afirmación vital a una moral del resentimiento y la negación. El tono combativo coexiste con análisis conceptuales y con una prosa incisiva, dirigida a provocar una reevaluación crítica de herencias religiosas. Tras su colapso mental en 1889, la gestión de manuscritos y publicaciones recayó en su entorno más cercano, especialmente su hermana, lo que influyó en la difusión y en ciertas lecturas de su legado.
Los últimos años de Nietzsche transcurrieron en incapacidad tras el colapso de 1889; falleció en 1900. Su influencia creció a lo largo del siglo XX en la filosofía continental, la crítica cultural, la literatura y corrientes psicológicas, a la par de malentendidos y apropiaciones ideológicas que la investigación posterior ha desmentido o matizado. Hoy sus textos se leen como ejercicios de diagnóstico y creación conceptual que exigen atención al estilo, a la genealogía de los valores y a la pluralidad de perspectivas. La colección aquí reunida ofrece una vía de entrada rigurosa a ese proyecto, desde los ensayos de juventud hasta su crítica más descarnada.
Esta colección traza un arco que va de la formación juvenil de Friedrich Nietzsche en la Prusia de mediados del siglo XIX hasta su ofensiva filosófica de la década de 1880. En ella convergen escritos autobiográficos tempranos, el poema filosófico Así habló Zaratustra, el ataque sistemático de Más allá del bien y del mal y el panfleto implacable de El Anticristo. El trasfondo es una Europa en rápida industrialización, con la unificación alemana, la profesionalización universitaria y un intenso debate sobre religión, ciencia y moral. La serie permite leer a Nietzsche como diagnóstico de su tiempo: surgimiento de masas politizadas, secularización acelerada y un horizonte cultural en transformación.
Los escritos autobiográficos de juventud remiten al entorno de un niño de pastor luterano, nacido en 1844 en Röcken y criado en Naumburg, donde la cultura protestante marcó su educación. El paso por la escuela humanista de Schulpforta, alrededor de 1858-1864, lo sometió a una disciplina filológica rigurosa, con estudio intensivo de griego y latín, historia antigua y retórica. En ese microcosmos, típico de la élite educativa prusiana, se forja su sensibilidad hacia la Antigüedad clásica y la forma aforística. Estos textos tempranos muestran la tensión entre piedad heredada y curiosidad histórica, rasgo de una generación situada entre el pietismo provincial y la modernidad crítica.
Tras Schulpforta, Nietzsche estudió teología y filología en Bonn, pronto decantándose por esta última, y continuó en Leipzig bajo la tutela de Friedrich Ritschl. Allí leyó a Schopenhauer hacia 1865, episodio decisivo para su imaginación filosófica. En 1869, recomendado por Ritschl, fue nombrado profesor de filología clásica en la Universidad de Basilea con apenas 24 años, renunciando a su ciudadanía prusiana y quedando de facto sin nacionalidad. El ambiente suizo, más liberal que el prusiano, le dio distancia frente a la política alemana. La expansión universitaria y la filología científica del siglo XIX proporcionaron el andamiaje metodológico de su estilo crítico.
La guerra franco-prusiana de 1870-1871 marcó su biografía intelectual. Nietzsche sirvió como camillero, presenciando la devastación material y humana del conflicto que desembocó en el Imperio alemán bajo Guillermo I. Estas vivencias, junto con enfermedades contraídas durante el servicio, alimentaron su desconfianza hacia el nacionalismo triunfalista y los cultos al Estado. En su escritura posterior, el gesto de apartarse de la retórica patriótica responde al choque entre la realidad de la guerra moderna y las idealizaciones culturales. La Europa que emergía era más industrial, más militarizada y más masiva, y la filosofía quedaba interpelada por ese nuevo paisaje social.
La década de 1870 trajo la unificación alemana, el Kulturkampf entre Estado y catolicismo, el auge de la prensa y la cultura wagneriana coronada en Bayreuth en 1876. Nietzsche, inicialmente próximo a Wagner, se fue distanciando de la politización nacionalista y del pathos romántico. Su salud menguante lo llevó a dimitir de Basilea en 1879 y a adoptar una vida errante de autor independiente. La Alemania de Bismarck combinaba ambición imperial, leyes antisocialistas y vigor industrial. Frente a ese horizonte, Nietzsche buscó una voz propia que evitara tanto el historicismo académico como la moral de masa, preparando el terreno para libros de ataque frontal.
Así habló Zaratustra, escrito entre aproximadamente 1883 y 1885, emerge en un clima europeo atravesado por secularización acelerada, recepción intensa del evolucionismo y crítica histórico-filológica de la Biblia. La fórmula literaria del profeta errante responde a la necesidad de hablar a un continente donde el antiguo marco religioso pierde autoridad pública. Zaratustra condensa intuiciones previas sobre la muerte de Dios como diagnóstico cultural, con un tono poético y ceremonioso que imita y subvierte el lenguaje sagrado. La elección de un sabio oriental simboliza la búsqueda de una perspectiva exterior a la moral europea, en diálogo indirecto con la orientalística y la historia comparada de religiones.
El mismo Zaratustra dialoga, por contraste, con fenómenos modernos como la expansión de la democracia parlamentaria, el socialismo organizado y la cultura del periódico. El ascenso de partidos de masas, sindicatos y asociaciones populares reconfiguró la esfera pública en la década de 1880. Ante esa homogeneización de gustos y juicios, Nietzsche polemiza contra formas de igualitarismo moral y utilitarismo que, a su juicio, empobrecen la vida. Esa crítica no equivale a un programa político, sino a un diagnóstico de la psicología social de la modernidad, formulado en imágenes y sentencias que buscan sacudir al lector de hábitos morales estabilizados.
La forma de Zaratustra también refleja debates eruditos del siglo XIX sobre el lenguaje religioso. La exégesis crítica de textos sagrados y el interés por religiones indoiranias ofrecían materiales para experimentar con una escritura de revelación sin teología. Zoroastro aparece como figura simbólica, no como reconstrucción histórica: su nombre presta autoridad arcaica a un decir nuevo. En la Europa fin de siècle, saturada de sermones laicos, manuales positivistas y catecismos políticos, la obra se instala como contralibro, parodiando la retórica sapiencial para autorizar una transvaloración. Esa maniobra literaria es inseparable del clima filológico y comparatista de la época.
Más allá del bien y del mal, publicado en 1886, responde a la recepción dispersa de Zaratustra con un examen de los supuestos de la filosofía europea. A finales del siglo XIX, el prestigio de las ciencias naturales, la psicología naciente y el historicismo presionaban a la metafísica. Nietzsche aprovecha ese desplazamiento para someter a prueba los impulsos tras las doctrinas morales, el lenguaje de la verdad y las pretensiones de neutralidad. El libro se dirige a un público que ya lee fisiología, antropología y crítica textual, y propone un método de sospecha que confronta herencias kantianas, hegelianas y positivistas sin alinearse plenamente con ninguna de ellas.
El marco político de la década de 1880 ayuda a entender sus dardos. La Alemania de Bismarck practicaba leyes de excepción contra el socialismo y, a la vez, impulsaba seguros sociales pioneros; el continente vivía la fiebre colonial tras la conferencia de Berlín de 1884-1885. En ese contexto, Nietzsche forja la figura del buen europeo, idea que relativiza nacionalismos y subraya una cultura continental mezclada. El cosmopolitismo cultural, favorecido por ferrocarriles, traducciones y redes epistolares, le permite imaginar una filosofía que cruce fronteras, ajena tanto a la moral patriótica como al utilitarismo democrático dominante.
El Anticristo fue redactado en 1888, en el clímax de productividad de Nietzsche, y publicado póstumamente en la década de 1890. Su blanco es el entramado moral cristiano que todavía estructuraba la vida europea, aunque erosionado por la crítica bíblica y la secularización estatal. El libro recoge la atmósfera de controversias religiosas del siglo XIX, desde las disputas filológicas sobre el Antiguo Testamento hasta la ola de asociaciones laicas. No se trata de una intervención eclesiástica, sino de un análisis de los efectos históricos de ciertos valores sobre la salud cultural. La tensión conmovía escuelas, prensa y política, y el texto la recoge con vehemencia.
La historia editorial de El Anticristo y de otros escritos tardíos está marcada por la intervención del Nietzsche-Archiv, dirigido por Elisabeth Förster-Nietzsche desde mediados de la década de 1890. Tras el colapso mental de Nietzsche en 1889 y su retiro definitivo de la vida pública, su hermana asumió la custodia de manuscritos y la promoción de su legado. Vinculada previamente a círculos völkisch y a la colonia de Nueva Germania en Paraguay, Elisabeth impulsó ediciones que han sido objeto de debate filológico por criterios de selección y presentación. La recepción histórica de estos libros estuvo, por tanto, mediada por decisiones editoriales y materiales de archivo.
En vida, Nietzsche tuvo poca fortuna comercial y un público reducido. Zaratustra circuló de manera limitada; Más allá del bien y del mal vendió modestamente. Sin embargo, hacia finales del siglo XIX y principios del XX, artistas, escritores y algunos filósofos hallaron en su crítica de la moral y su estética del estilo una alternativa a la ortodoxia académica. La Europa de las vanguardias, la psicología profunda emergente y los movimientos de renovación literaria reinterpretaron su obra como un arsenal conceptual para pensar la crisis de la cultura burguesa. Ese crecimiento de lectores se vio reforzado por traducciones y polémicas periodísticas.
Las transformaciones materiales de la época condicionaron sus itinerarios y su prosa. La red ferroviaria y los alojamientos termales facilitaron estancias en Suiza, Italia y el sur de Francia, que favorecieron ritmos de trabajo estacionales. El sistema postal europeo permitió un intercambio epistolar intenso con amigos y editores. A la vez, la expansión de la prensa diaria y de la edición barata produjo un público acostumbrado a lo fragmentario, al artículo y al aforismo. La escritura de Nietzsche, con su preferencia por secciones breves, prólogos punzantes y máximas, se inscribe en ese ecosistema de lectura rápida y polémica pública.
El trasfondo científico e intelectual es crucial. La recepción popular de Darwin, el auge de la fisiología y la psicología experimental desde la década de 1870, y la crítica histórica de la religión crearon una atmósfera de desmoronamiento de certezas. Nietzsche no es darwinista simple ni positivista, pero trabaja con una sensibilidad afinada por esos cambios: desconfianza hacia esencias, atención a la procedencia de los valores y a la gramática de las creencias. Más allá del bien y del mal y El Anticristo dialogan con ese giro, proponiendo una reevaluación que reemplaza fundamentos metafísicos por análisis de fuerzas, afectos e interpretaciones.
El siglo XX introdujo apropiaciones y malentendidos. En la Alemania de entreguerras y bajo el nacionalsocialismo, sectores ideológicos instrumentalizaron motivos nietzscheanos, a menudo en tensión con el antinacionalismo y el rechazo del antisemitismo expresados en cartas y pasajes publicados. Tras 1945, ediciones críticas basadas en manuscritos, impulsadas desde la década de 1960 por Giorgio Colli y Mazzino Montinari, corrigieron montajes y restituyeron contextos, afectando la lectura de obras como El Anticristo. La filología contemporánea ha insistido en separar la crítica de la moral cristiana de las simplificaciones doctrinarias que redujeron su pensamiento a consignas políticas.
Considerada en conjunto, la colección permite observar cómo cada libro comenta un frente de la modernidad europea. Los escritos juveniles dan testimonio de una educación humanista prusiana en transición. Zaratustra responde al vaciamiento de la autoridad religiosa en una esfera pública desacralizada. Más allá del bien y del mal examina la herencia filosófica occidental bajo la presión de las ciencias y la psicología. El Anticristo interviene en la contienda entre moral eclesial y valores seculares. Todas estas piezas se escriben bajo el ruido de fábricas, periódicos y parlamentos, y traducen ese ruido en diagnósticos culturales de amplio alcance, sin reducirse a crónica política inmediata. La trayectoria vital de Nietzsche culminó en 1889 con un colapso en Turín; tras años de cuidados familiares en Naumburg y Weimar, murió en 1900. El cierre biográfico afectó decisivamente la circulación y la edición de su obra, que avanzó bajo tutela de terceros. Con ese telón de fondo, los textos de la colección se leen como intervención en los dilemas de una modernidad aún incipiente y como archivo de una reacción intelectual singular a la unificación alemana y a la secularización europea de finales de siglo. Su vigencia se apoya en esa doble condición: documento de época y provocación intempestiva para épocas posteriores. Desde mediados del siglo XX, lectores existencialistas, psicoanalíticos y posestructuralistas releyeron esta obra. La genealogía nietzscheana inspiró investigaciones históricas de la moral y del poder; su crítica de la verdad como metáfora sedimentada alimentó debates sobre lenguaje y ciencia. Filósofos y artistas han discutido Zaratustra como experimento literario único, mientras que Más allá del bien y del mal y El Anticristo han servido de plataforma para pensar secularización, pluralismo y crisis de valores. La colección, así, se convirtió en barómetro de relecturas sucesivas.
Apuntes íntimos y reflexiones tempranas en los que Nietzsche ensaya su voz, entre el autoexamen y la mirada crítica al mundo que lo rodea. Estas páginas dejan entrever la formación de sus obsesiones —la tensión entre moral heredada y afirmación de la vida, la sensibilidad artística y el rigor filológico— y anticipan un estilo fragmentario, incisivo y personal.
Poema filosófico de tono profético, en el que la figura de Zaratustra despliega parábolas y discursos para invitar a la superación de los valores establecidos. A través de imágenes audaces y un lirismo inusual en la filosofía, el libro explora la afirmación vital, la transformación del ser y la exigencia de crear nuevas tablas de valores.
Ensayo aforístico que somete a examen los prejuicios de la filosofía tradicional, la psicología de la moral y las pretensiones de la verdad absoluta. Con un tono combativo y una ironía metódica, Nietzsche expone el perspectivismo, indaga en la voluntad de poder y perfila a los filósofos del futuro como impulso para revaluar nuestros juicios, tendiendo un puente entre la exploración poética y la crítica frontal.
Texto polémico que arremete contra los fundamentos morales y religiosos dominantes, con especial énfasis en la crítica a la tradición cristiana. Su prosa cortante combina diagnóstico cultural y provocación filosófica para impulsar una transvaloración de los valores, continuando y radicalizando las líneas maestras de su pensamiento.
(1856 - 1869)
Contenido
Jueves, 25.12.1856
Hoy, «primer día de fiesta». Es el día más hermoso del año. Si en la Nochebuena nos alegramos más bien por los regalos, es hoy cuando más se disfruta de ellos. Esta mañana llegaron también mis amigos Gustav y Wilhelm para admirar mis regalos. Después de comer, fui a casa de Gustav e hice lo mismo. Estábamos invitados en casa de Pinder para el reparto de regalos, por lo que nos trasladamos allí a las seis. De su abuela recibió seis volúmenes de relatos de viajes y el juego del terceto, de su abuelo, todos los regentes de Prusia y muchos cuadernos de escritura. De su padre, una maravillosa colección de minerales que, en gran parte, contiene piedras recogidas por él mismo.
Naumburg, 26.12.1856
Por fin he decidido escribir un diario en el que confiar a la memoria todo aquello, tanto triste como alegre, que conmueva a mi corazón. Mi intención es que, pasados los años, pueda aún recordar la vida y los ajetreos de este tiempo y, en particular, los que a mí se refieren. Ojalá que esta decisión se mantenga firme aunque surjan en el camino multitud de obstáculos importantes. Y así, pues, quiero comenzar:
Ahora precisamente nos encontramos en medio de las alegrías de la Navidad. La esperamos y vimos colmada nuestra espera, la disfrutamos y, ahora, otra vez nos amenaza con abandonarnos. Hoy estamos ya en el segundo día de fiesta. No obstante, un sentimiento de felicidad irradia resplandeciente desde la primera tarde de Navidad hasta la otra, que, con pasos poderosísimos, acude al encuentro de su destino.
Quiero referir, junto al comienzo de mis vacaciones, también el comienzo de la alegría navideña. Salimos de la escuela; teníamos por delante el tiempo entero de las vacaciones y, con el, la más hermosa de todas las fiestas. Ya hacía unos días que, en nuestra casa, se nos había prohibido la entrada a ciertos lugares. Un velo de misterio difuminaba como la niebla todas las cosas, para que, luego, el rayo triunfante del sol de la fiesta del nacimiento de Cristo fuera mucho más vivo. Se recibieron las visitas navideñas; las conversaciones se referían casi exclusivamente a este único tema; yo me estremecía de alegría cuando, con el corazón lleno de gozo pensando en ellas, me apresuré a visitar a mi amigo Gustav Krug. Dimos rienda suelta a nuestros sentimientos pensando cuáles serían los hermosos regalos que habría de depararnos el día siguiente. Así, con la espera, transcurrieron las horas.
¡Y llegó el gran día!
Cuando me desperté ya entraba la luz de la mañana en mi habitación. ¡Qué tumulto albergaba mi pecho!
Había llegado el día a cuyo término, cierta vez, en Belén, el mundo supo del gran milagro; además, es el día en el que cada año mi madre me colma de ricos presentes.
El día transcurrió con lentitud de caracol; hubo que ir a recoger paquetes a la oficina de correos, con aire de misterio se nos trasladó de la habitación al jardín. ¿Qué habría ocurrido allí mientras tanto? Después fui a la clase de piano, a la que acudo una vez por semana todos los miércoles. En primer lugar interpreté una Sonata facile de Beethoven y luego tuve que hacer variaciones. Por fin comenzó a oscurecer. Mamá nos dijo a mi hermana Elizabeth y a mí: «los preparativos están llegando al final». Esto nos llenó de alborozo.
Luego llegó la tía; la recibimos con tal algarabía, o mejor dicho, con tal arrebato de júbilo que hicimos estremecer la casa. A mi tía la acompañaba su criada, que venía también para ayudar en los preparativos.
Finalmente, antes del reparto de regalos, llegaron la mujer del pastor Harsheim y su hijo.
¡Cómo podría describirse nuestro gozo cuando mamá abrió la puerta! ¡El árbol de Navidad estaba iluminado ante nosotros y, a sus pies, una gran cantidad de presentes!. No salté, no, me disparé hacia el árbol, y, cosa curiosa, caí justo en el lugar que me correspondía. Entonces vi un libro muy hermoso (aunque allí había dos, pues yo tenía que elegir uno), a saber, El mundo legendario de los antiguos, profusamente ilustrado con maravillosas imágenes. Encontré también un patín... *Pero cómo, sólo uno? Cómo se reirían de mí si yo intentara calzarme un patín en ambos pies. Eso parecería algo muy extraño. ¡Mira! ¿Qué es eso que hay allí tan oculto? «Soy yo acaso tan pequeño, tan ínfimo para que no puedas verme», exclamó de improviso un grueso volumen tamaño folio que contenía doce sinfonías a cuatro manos de Haydn. Un escalofrío de gozo me traspasó como un trueno entre las nubes; así pues, de verdad, el más grande de mis deseos se había cumplido; ¡el más inmenso! Al lado descubrí también el segundo patín y, al acercarme a él para examinarlo, encontré de improviso todavía un par de pantalones. Ahora contemplé todos mis regalos en conjunto, preguntando por el nombre de quienes me los habían hecho. ¿Pero quién podría ser aquél que me había regalado tantas partituras? No recibí otra información más que la de que se trataba de un extraño que tan sólo me conocía de nombre. Después se bebió el té y se comió el pastel de Navidad y, una vez que se marcharon nuestros huéspedes y nos invadió el cansancio, nos retiramos a descansar.
Quedé con Wilhelm Pinder en hacer una excursión al Leusch, que decidimos sería al domingo siguiente (éste fue el 19 de julio). Así, a las siete de la mañana salimos de la ciudad por la Jakobsthor [puerta de san Jacobo]. El tiempo era muy agradable, pues hacía menos calor qué en días anteriores. En vez de la polvorienta carretera principal, elegimos el sendero entre los campos, el cual transcurre junto a la denominada Terraza de los Usitas. Enseguida llegamos a las yeserías, donde reposamos un poco. Desde aquí vimos ya ante nosotros el Leusch coronando una altura, con lo que alcanzamos nuestra primera meta.
Entramos en el bosque; aquí todo era frescor, el rocío resplandecía en las ramas, los pájaros cantaban y el tañido de las campanas llamando a la iglesia sonaba maravillosamente al oído, a veces débilmente, y oteas, con más intensidad. La vista desde ahí no es menos bella, puesto que el Leusch se eleva ya considerable-mente sobre Naumburg. En torno al horizonte se extendía un cerco perfecto de montañas, en su centro descansa Naumburg, cuyos campanarios brillaban a los rayos del sol. Desde aquí proseguimos hasta el valle de Wathau, para después tomar el camino del parque comunal hacia casa. Pronto avistamos una oscura cadena de montañas, que se iba haciendo cada vez mas grande y, finalmente, teníamos ante nosotros el valle de Wethau. Los montes que lo rodean están cubiertos de bosque, y tras ellos se eleva todavía otra cadena de montañas azules. Subimos valle arriba a un pequeño lago[...]
Schönburg
Este castillo, construido por Ludwig el saltador, está situado sobre la ribera del Saale, a corta distancia de Goseck. Si se viene atravesando por el pueblo del mismo nombre, se muestra entonces en toda su poderosa grandeza. La elevadísima torre con su punta redondeada, los bastiones que descienden a pico sobre las rocas escarpadas, evocan mucho la Edad Media y, realmente, ninguna comarca ofrece un lugar mejor para un nido de ladrones como ésta, pues un lado lo circunda el Saale y el otro está protegido por los afilados acantilados. Subimos hacia el castillo por el camino aún rodeado por restos del muro que lo limitaba y entramos en el patio de armas, cuya mitad se ha transformado ahora en jardín. Todavía se encuentra allí un pozo muy profundo sobre el que se ha construido un tejadito. El jardín está separado del resto del patio por un muro, pero se comunica con él mediante una puerta. Si miramos a través de las ventanitas, nos encontramos una maravillosa comarca: ante nuestros ojos se extiende una vasta pradera surcada sinuosamente por el Saale, que parece una voluta de plata entre los montes limitados por viñedos. Al fondo está Naumburg cubierto con un velo grisáceo; a un lado, Goseck, un lugar muy importante en la historia de la construcción del castillo. Todavía hay aquí una antigua salida del castillo, a cuyo costado sus habitantes han plantado pequeños huertecillos; aún quisimos llegar por ella a lo alto de la torre. A través de una estrechísima entrada, en la que se puede advertir el grosor de los muros, se llega al lóbrego interior. Cuatro escaleras de escalones muy anchos conducen a otros tantos pisos; en el primero de ellos todavía hay una vieja chimenea. Llegando arriba, quedamos consternados de asombro ante la panorámica, que se extiende hasta Weisenfels. Aquí tuvimos el sublime placer de contemplar la puesta de sol. El astro se ocultaba lentamente mientras sus rayos doraban las torres de Naumburg y Goseck. En aquel momento todo era quietud en la naturaleza. Nieblas grisáceas subían del río, cesó el canto de los pájaros y el campesino regresaba a su cabaña paterna buscando el descanso de sus fatigas diurnas, pues el sol ya se había ocultado dando paso a la noche. Nosotros también dejamos el hermoso castillo, nos despedimos de sus almenas y cedimos nuestro lugar ala luna, cuyos rayos resplandecían sobre el edificio.
De mi vida
I
Los años de la niñez
1844-1858
Cuando somos adultos solemos acordarnos únicamente de los momentos más significativos de nuestra primera infancia. Aunque yo no soy adulto todavía y apenas si he dejado a mis espaldas los años de infancia y pubertad, he olvidado ya muchas cosas de aquel tiempo, y lo poco que sé, probablemente sólo lo retengo porque lo he oído contar. Las hileras de años pasan volando ante mi vista como si se tratase de un confuso sueño. Por eso no puedo remitirme a alguna fecha concreta de los diez primeros años de mi vida. Sin embargo, aún poseo algo claro y vivo en mi alma, y eso es cuanto desearía, uniendo luces y sombras, plasmar en un cuadro. Pues, ¡qué instructivo es poder observar lo diverso del desarrollo de la inteligencia y el corazón y la omnipotencia de la Providencia Divina que los guía!
Nací en Röcken1, junto a Lützen, el 15 de octubre de 1844; en santo bautismo recibí el nombre de Friedrich Wilhelm. Mi padre era predicador de este lugar y de los pueblos vecinos Michlitz y Bothfeld. ¡El modelo perfecto de un clérigo rural! Dotado de espíritu y corazón, adornado con todas las virtudes de un cristiano, tuvo una vida callada y humilde, pero feliz; fue querido y respetado por todos cuantos le conocían. Sus finos modales y su ánimo sereno embellecían las reuniones a las que se le invitaba. Desde el momento en que aparecía se hacía merecedor del aprecio de todos. Sus horas de ocio las dedicaba a las bellas letras, las ciencias y la música. Poseía una notable habilidad como pianista, especialmente en la improvisación de variaciones. [... ... ...]2
La aldea de Röcken se encuentra a media hora de camino de Lützen, al borde mismo de la carretera comarcal. Rodeada de bosques y estanques, es tan bella que el caminante al que por allí conduce su ruta no tiene por menos que dirigirle una amistosa mirada. Sobre todo, llama la atención la torre de la iglesia cubierta de musgo. Todavía puedo acordarme bien de cuando una vez iba con mi querido padre de Lützen a Röcken y, a medio camino, anunciaron las campanas con tono solemne la fiesta de Pascua. Ese tañido resuena tan a menudo una y otra vez en mi interior, que incluso ahora, desde la distancia, me hace recordar con melancolía la añorada casa paterna. ¡Con qué viveza recuerdo el camposanto! ¡Cuántas preguntas no haría, al ver la antigua, antiquísima cámara mortuoria, acerca de los féretros y los negros crespones, de las viejas inscripciones de las lápidas y los sepulcros! Pero si ninguna de estas imágenes desaparece de mi alma, la que menos olvidaré es la del edificio tan entrañable de la casa parroquial, puesto que con tanta fuerza ha quedado grabado en mi memoria. La casa fue construida hacía poco tiempo, en 1820, y por eso se hallaba en muy buen estado. Algunos escalones conducían a la planta baja. Todavía puedo acordarme de la habitación de estudio en el último piso. Las hileras de libros, entre ellos algunos con estampas, y la gran cantidad de pergaminos, hacían de este lugar uno de mis preferidos. Detrás de la casa se extendía un prado de hierba y árboles frutales. Una parte de éste solía cubrirse de agua en primavera, al tiempo que, como de costumbre, también se inundaba la bodega. Ante la vivienda se abría el patio, con el granero y los establos, que conducía al jardín de las flores. Bajo las pérgolas y en los bancos del jardín transcurría casi todo mi tiempo. Tras el vallado verde estaban los cuatro estanques, rodeados por una floresta de sauces. Mi mayor placer consistía en poder ir de un lado para otro entre ellos, admirar el reflejo de los rayos del sol en el espejo de sus superficies y entretenerme atisbando los juegos de los audaces pececillos. Aún debo mencionar algo que siempre me llenó de secreto temor. En una parte de la lóbrega sacristía de la iglesia había una imagen de San Jorge, esculpida en piedra con gran habilidad y de un imponente tamaño. La majestuosa figura, las armas temibles y la penumbra poblada de misterios hacían que la contemplase con miedo. Según cuenta la leyenda, los ojos del santo brillaban de una manera horrible, y todos cuantos lo veían quedaban sobrecogidos de pavor. En torno al camposanto se extienden pacífica y sosegadamente las alquerías y los huertos de los campesinos. La paz y la armonía reinan en cada cabaña, siéndoles ajeno el tumulto de las pasiones. Los habitantes del pueblo sólo lo abandonan en contadas ocasiones, si acaso en la época de las ferias anuales, cuando pandillas de muchachos y de mujeres se acercan hasta la animada Lützen para admirar el gentío y el esplendor de las mercancías. Normalmente, Lützen es una ciudad sencilla y pequeña, que no muestra a simple vista su importancia histórica. Dos veces fue escenario de extraordinarias batallas, su suelo bebió la sangre de la mayoría de las naciones europeas3. Aquí se elevan gloriosos monumentos que proclaman con lengua elocuente la memoria de los héroes caídos. A una hora de Röcken se encuentra Poserna, famosa por ser el lugar de nacimiento de Seume4, aquel auténtico patriota, hombre leal y excelente poeta. Desgraciadamente, ya no se conserva su casa. Desde 1813 estaba en ruinas; ahora, un nuevo propietario ha construido otra, grande y hermosa, en el mismo sitio. El pueblo de Sässen, situado a tres cuartos de hora de distancia, es también interesante debido a un túmulo prehistórico que fue desenterrado allí hace muy poco tiempo. Mientras nosotros vivíamos tranquilos y felices en Röcken, violentos acontecimientos conmocionaron a casi todas las naciones europeas5. La mecha estaba ya dispuesta desde hacía muchos años en todas partes; sólo hizo falta una pequeña chispa para que se organizase el incendio.
De la lejana Francia llegó el primer eco de las armas y el primer canto de guerra. La terrible Revolución de Febrero en París se propagó por todas partes con inusitada rapidez. «Libertad, igualdad y fraternidad» fue la consigna que resonó por todos los países; tanto el hombre humilde como el notable alzaban el acero, unos por una parte y otros por otra, contra el Rey. La lucha revolucionaria parisina fue secundada por la mayoría de las ciudades prusianas y, a pesar de la rapidez con la que se la reprimió, se mantuvo vivo en el pueblo aún por mucho tiempo el anhelo de una «República Alemana». A Röcken no llegaron las oleadas de la insurrección, aunque todavía recuerdo bien el paso por la carretera de algunos carros cargados con grupos de gentes jubilosas y banderas hondeando al viento. Durante esta época fatal tuve además un hermanito, que en el santo bautismo recibió el nombre de Karl Ludwig Joseph, un niño adorable. Hasta entonces siempre nos habían sonreído la fortuna y la felicidad, nuestra vida transcurría sosegadamente como un luminoso día de verano; pero de pronto se formaron negras nubes, los rayos hendieron el espacio y el cielo descargó sus golpes demoledores. En septiembre de 1848 mi amado padre enfermó «psíquicamente»6 de manera repentina. Sin embargo, todos nosotros nos consolábamos pensando en un rápido restablecimiento. Siempre que un día se sentía un poco mejor, pedía que le dejasen predicar e impartir horas de catequesis, pues su espíritu inquieto no podía permanecer inactivo. Varios médicos se esforzaron en identificar la esencia de la enfermedad, pero no obtuvieron éxito alguno. Entonces hicimos venir hasta Röcken al famoso doctor Opolcer, que se encontraba en Leipzig por aquellos días. Ese hombre extraordinario encontró enseguida el lugar en el que tenía que localizarse la enfermedad. Para nuestro espanto diagnosticó un reblandecimiento cerebral, que aunque aún no era desesperanzado, sí era muy peligroso. Mi querido padre tuvo que padecer terribles dolores, pero la enfermedad no remitía, sino que de día en día se manifestaba con mayor intensidad. Finalmente hasta le privó de la vista, por lo que tuvo que soportar en eterna oscuridad el resto de su suplicio. Esta situación se prolongó todavía hasta julio de 1849; entonces llegó el día de la liberación. El 26 de julio cayó en un profundo letargo del que apenas si despertaba de vez en cuando. Sus últimas palabras fueron: «¡Fränzchen, Fränzchen7! ¡Ven! ¡Madre, escucha, escucha...! ¡Ay, Dios!» Después se durmió callada y dulcemente. †††† el 27 de julio de 1849. Cuando me desperté por la mañana, sentí a mi alrededor llorar y sollozar desconsoladamente. Mi querida madre entró en la habitación bañada en lágrimas, prorrumpiendo en lamentos: «¡Ay Dios! ¡Mi pobre Ludwig ha muerto!». A pesar de que yo era todavía muy joven e inexperto, tenía ya una idea de lo que era la muerte; el pensamiento de saberme separado para siempre de mi querido padre me sobrecogió de pronto y comencé a llorar desconsoladamente.
Los días siguientes transcurrieron entre lagrimas y preparativos para el entierro. ¡Oh Dios! ¡Yo era un huérfano sin padre y mi querida madre, viuda!...
El 2 de agosto se confiaron al seno de la tierra los restos mortales de mi amado padre. La tumba había sido mamposteada a expensas de la comunidad. La ceremonia comenzó a la una del mediodía, al toque de todas las campanas. ¡Nunca dejaré de oir sus sordos tañidos!, ¡Jamás podré olvidar la lúgubre y susurrante melodía del lied «Jesús es mi esperanza»! Por todas las galerías del templo tronaba la música del órgano. Se había congregado una gran multitud de parientes y conocidos, casi todos los clérigos y los maestros de los alrededores. El Sr. pastor Wimmer pronunció el sermón en el altar, el superintendente Wilke habló en la tumba y el Sr. pastor Obwalt, en la bendición. Después se bajó el féretro, cesaron las graves palabras del sacerdote y el más querido de los padres nos fue arrebatado a sus deudos. Un alma creyente perdía la tierra, una piadosa recibía el cielo.
Cuando se priva a un árbol de su copa, se marchita, se vuelve estéril y los pajarillos abandonan sus ramas. A nuestra familia se le había privado de su cabeza principal; toda alegría abandonó nuestros corazones, dominándonos una profundísima tristeza. Pero cuando apenas comenzaban a cicatrizar las heridas, de nuevo fueron dolorosamente desgarradas. Por aquel entonces soñé que oía música de órgano en la iglesia, como la que se toca en los funerales. Al intentar averiguar su causa, se abrió de pronto una tumba y vi salir de ella a mi padre, envuelto en su mortaja. Entró apresuradamente en el templo y enseguida volvió a salir con un niño pequeño en brazos. La losa de la sepultura se abrió, mi padre entró dentro y la tapa cayó otra vez sobre la abertura. En ese mismo instante cesó de sonar la tenue música de órgano y me desperté. El día que siguió a esta noche, el pequeño Joseph se sintió mal de repente, comenzó a tener espasmos y murió a las pocas horas. Nuestro dolor fue inmenso. Mi sueño se había cumplido por entero. Además, el pequeño cuerpo pudo ser todavía depositado en los brazos de nuestro padre. El Dios Celestial fue el único amparo y consuelo que tuvimos en esta doble desgracia. Esto sucedió a finales de enero de 1850...
Se acercaba el tiempo de separarnos de nuestro querido Röcken. Todavía me acuerdo del último día y la última noche que pasamos allí. Al atardecer, jugué con otros niños sabiendo que ésa sería la última vez. La campana vespertina extendía -su melancólico tañido sobre los campos, un mate oscuro se cernía sobre la tierra, en el cielo brillaban la luna y las trémulas estrellas. No pude dormir mucho tiempo. A las doce y media de la noche bajé otra vez al patio. Estaban cargando los carros. La luz tenue de los fanales iluminaba melancólicamente la escena. En aquel momento me parecía imposible que mi hogar pudiese estar en otra parte. ¡Qué doloroso era separarse del pueblo en donde habíamos sentido tanta alegría y tanto dolor, donde quedaban las queridas tumbas del padre y del hermanito, en donde los habitantes del lugar nos habían tratado siempre con amor y amistad! Apenas iluminó la aurora los campos, ya se encontraba el coche rodando por la carretera, llevándonos hacia Naumburg, donde nos esperaba un nuevo hogar. ¡Adiós, adiós, querida casa paterna!
La abuela, acompañada de tía Rosalie8 y la sirvienta, viajaba delante, y nosotros las seguíamos tristes, muy tristes. En Naumburg nos esperaban tío Dáchsel9, tía Riekchen y Lina10. El alojamiento que se había dispuesto para nosotros se hallaba en la Neugasse y pertenecía al comisionista de ferrocarriles Otto. Era algo horrible, tras nuestra estancia de tantos años en el campo, vernos ahora obligados a vivir en la ciudad.
Por eso evitábamos las sombrías calles y buscábamos los espacios libres como pájaros que quisieran escapar de su jaula. Pues eso nos parecían entonces los habitantes de la ciudad. Cuando vi por primera vez el parque urbano se supone que dije con alegría infantil: «¡Oh, mirad! ¡Verdaderos árboles de Navidad!».
Todo me parecía en aquellos primeros tiempos nuevo y desconocido. Las imponentes iglesias y demás edificios, la plaza del mercado con el ayuntamiento y las fuentes; tal cantidad inusitada de gente despertaba en mí gran admiración. Me causaba mucha extrañeza el notar que, por regla general, no toda la gente se conocía entre sí, a diferencia del apacible pueblecito en el que nadie era desconocido para los demás. Y lo que más incómodo me resultaba eran las largas calles adoquinadas. El camino a casa de la tía me parecía que duraba casi una hora. Por lo demás me integré muy pronto en la vida ciudadana; en los primeros cinco minutos hice amistad con todos los de casa. Arriba, en la buhardilla, vivían un carretero y su mujer, gente mayor muy honrada. Mi primera visita fue para ellos: gran admiración me causaron los enseres antiguos, los grabados y las habitaciones. Más tarde fui presentado como alumno al director de la escuela pública.
Debo decir que, aunque al principio me encontraba un tanto confundido entre tanto niño, como ya papá y el señor maestro me habían enseñado algo en Röcken, enseguida comencé a progresar con rapidez. Ya por aquel entonces empezaba a revelarse mi carácter. En el transcurso de mi corta vida había visto ya mucho dolor y aflicción y por eso no era tan gracioso y desenvuelto como suelen ser los niños. Mis compañeros de escuela acostumbraban a burlarse de mí a causa de mi seriedad11. Pero esto no ocurrió sólo entonces, no, también después, en el instituto e incluso más tarde, en el Gymnasium. Desde la infancia busqué la soledad.
Donde mejor me encontraba era en aquellos lugares en los que, sin ser molestado, podía abandonarme a mí mismo[1q]. Por lo general, esto sucedía en el templo abierto de la Naturaleza, en donde experimentaba la más verdadera de las alegrías. Una tormenta me ha producido siempre una impresión muy hermosa; el lejano retumbar del trueno y el brillo amenazador de los relámpagos no hacían más que acrecentar mi respeto a Dios. Pronto conocí también a mis futuros amigos: Wilhelm Pinder y Gustav Krug. Pero no fue hasta que entré en el Instituto del candidato Weber cuando surgió nuestra verdadera amistad. Ésta sólo se afianza si la anudan las mismas alegrías y penas; pues tan sólo allí donde los acontecimientos de nuestra vida se rozan con los de otro se unen también las almas. Cuanto más cercana sea la conexión externa, más firme será la interna.
El Sr. candidato Weber, buen cristiano y excelente maestro12, conocía nuestra amistad y procuró no entorpecerla nunca. Aquí se colocó la piedra angular de nuestra educación futura. En efecto, junto a excelentes horas de enseñanza religiosa, también recibimos las primeras lecciones de griego y latín. No estábamos sobrecargados de trabajo y por eso teníamos también tiempo suficiente para ocuparnos de nuestros cuerpos. En el verano se organizaban con mucha frecuencia pequeñas excursiones por los alrededores. Así, visitamos los hermosos castillos vecinos de Schönburg y Goseck Freiburg; después, también Rudelsburg y Saaleck, acompañados, como de costumbre, por el instituto entero. Una excursión en grupo es siempre algo muy excitante: entonábamos canciones populares, practicábamos toda clase de juegos divertidos y, cuando el camino atravesaba un bosque, nos disfrazábamos con ramas y follaje. Los castillos retumbaban con el estruendo salvaje de los camaradas, y esto me hacía pensar en los festines de los antiguos caballeros. En los patios y bastiones se organizaban torneos, de tal manera que era como si reviviésemos en miniatura la época maravillosa de la Edad Media. Después, subíamos a los altos torreones y atalayas para contemplar desde allí arriba el espectáculo del valle dorado por la luz del atardecer, hasta que, al fin, cuando la niebla bajaba a los prados, regresábamos a casa exultantes de júbilo. Todos los años, por primavera, hacíamos una fiesta que, para nosotros, sustituía a la de la cereza. Nos desplazábamos hacia Rossbach, una pequeña aldea cercana a Naumburg, en dónde dos patos esperaban nuestras ballestas. Se disparaba con gran denuedo, el Sr. candidato Weber repartía los premios y todo era alegría y alborozo. En los bosques cercanos jugamos después a guardias y ladrones, pero de manera tan salvaje que los palos y las peleas no cesaban hasta que por fin el candidato Weber anunciaba la hora de regresar. Por aquella época todas las miradas se dirigían con inquietud al desarrollo del conflicto que se había desatado entre Turquía y Rusia. Los rusos habían ocupado enseguida los principados turcos en el Danubio, Moldavia y Valaquia, amenazando la «Sublime Puerta»13. Los turcos parecían ser absolutamente imprescindibles para mantener la estabilidad de Europa, por lo que, tanto los austríacos como los prusianos y las potencias occidentales se pusieron a su favor. Pero todos los intentos de mediación de las cuatro grandes potencias no ejercieron en el Zar Nicolás el efecto deseado. La guerra continuaba y, finalmente, Francia e Inglaterra armaron su ejército y su flota, enviándolos en ayuda de los turcos. El escenario bélico se trasladó a Crimea14 y los enormes ejércitos sitiaron Sebastopol, lugar donde se encontraba el gran ejército ruso a las órdenes de Menschikopf. Estos acontecimientos eran para nosotros algo muy excitante; enseguida tomamos partido por los rusos y, enfurecidos, incitamos a todo amigo de los turcos a presentar batalla. Como teníamos soldados de plomo, e incluso juegos de construcción, no cesábamos de imaginarnos las batallas y el asedio. Levantamos defensas de tierra y cada uno se las ingeniaba para hacerlas inexpugnables. Todos compilábamos pequeños libros que denominábamos «de estratagemas de guerra», mandábamos fundir balas de plomo y aumentábamos constantemente el grueso de nuestros ejércitos con nuevas adquisiciones de soldados. Habitualmente excavábamos un foso siguiendo el plano del puerto de Sebastopol, reconstruyendo fielmente las fortificaciones defensivas y llenando de agua el foso así excavado. Confeccionábamos previamente una gran cantidad de proyectiles de brea, azufre y salitre que, después de haber sido prendidos, disparábamos contra barcos de papel. Enseguida ardían con luminosas llamaradas que aumentaban nuestro entusiasmo. Era verdaderamente un espectáculo muy hermoso ver los proyectiles de fuego silbar rompiendo la oscuridad, cosa que sucedía a menudo, cuando nuestros juegos se alargaban hasta el anochecer. Por último, acostumbrábamos a quemar la flota entera y todas las bombas, con lo que, a veces, las llamas llegaban a alcanzar más de dos pies de altura. Pero no solamente viví tiempos felices con mis amigos, sino también en casa, con mi hermana. Asimismo, nosotros dos edificábamos fortalezas con los juegos de construcción; precisamente, gracias a tanta práctica aprendí todas las sutilezas arquitectónicas. En realidad, todo lo que encontrábamos sobre el arte de la guerra era saqueado tan exhaustivamente que adquirí un gran conocimiento de la materia. Tanto enciclopedias como los libros militares más modernos enriquecían nuestras colecciones; quisimos incluso confeccionar conjuntamente un gran diccionario militar, y ya habíamos trazado planes gigantescos... Pero no deseo anticiparme; todavía tengo más recuerdos que mencionar de aquel tiempo. Un día que estaba en Pobles con mis abuelos15 llegó una notificación del director del orfanato de Halle anunciándonos que estaba dispuesto a acogerme entre el número de huérfanos de la institución. El abuelo de Pobles16 y la abuela de Naumburg17 estaban de acuerdo, pero, a pesar de ello, mi mamá no pudo decidirse y escribió al señor director rehusando su ofrecimiento. Algo gané con esto: el sello del orfanato para mi colección. A mi edad casi todos los escolares tenían una, que am-pliaban como mejor podían. De este tiempo provienen mis primeras poesías. Por lo general, suelen describirse en estos primeros intentos poéticos escenas de la naturaleza, ¿Acaso no se siente exaltado todo joven corazón por imágenes fabulosas? ¿no es lo más normal que desee expresarlas en palabras, y sobre todo en versos? Tenebrosas aventuras marinas y tormentas de fuego fueron los argumentos de mis primeras composiciones. Sin poseer modelo alguno, apenas tenía idea de cómo se imita a un poeta, por eso componía mis poesías como me las inspiraba el alma. Por supuesto que compuse versos muy malos, y casi cada poema adolecía de torpezas expresivas. Sin embargo, este primer período me es mucho más querido que el segundo, al que más tarde me referiré. Sobre todo, fue siempre mi intención escribir un pequeño libro para leerlo inmediatamente después. Todavía poseo esa pequeña vanidad; pero entonces todo se quedaba en planes y muy rara vez comenzaba algo. Como apenas si dominaba la rima ni la versificación y avanzaba lentamente buscando la palabra adecuada, componía versos libres. Todavía guardo muchas de aquellas poesías. En una de ellas, para describir la inconstancia de la fortuna hice que un viajero se adormeciese entre las ruinas de Cartago: Un dios le mostraba en sueños a su alma lo afortunada que había sido aquella ciudad en otros tiempos y, a continuación, los golpes del destino que la habían asolado; finalmente, despertaba. Todavía conservo algunas composiciones de aquéllas; leyéndolas ahora observo que ninguna contiene el más mínimo destello de poesía. Mediante las exposiciones anuales se nos introdujo en la pintura. En nuestra juventud nos acostumbramos a imitar aquello que nos gusta. Este espíritu de imitación es, sobre todo, muy acentuado en los niños, que se lo representan todo con facilidad, pero sólo lo que particularmente les complace. Será muy difícil que un jovencito aprenda las maneras de un poeta o un escritor que desprecia. ¿No ocurrirá algo parecido en los niños, incluso aunque su juicio no posea aún la suficiente agudeza y no esté maduro su entendimiento?18 Hasta ahora sólo he mencionado a mis amigos por sus nombres. Quiero describirlos a continuación un poco más de cerca, pues tanto sus alegrías como sus penas estarán estrechamente ligadas a las mías de aquí en adelante: Uno de ellos se llama Gustav Krug o, con su nombre completo, Clemens Felix Gustav Krug, nacido el 16 de noviembre. Era el hijo del consejero áulico de apelación Krug en Naumburg, un gran virtuoso y amante de la música que había compuesto unas cuantas piezas excelentes, entre otras, algunas sonatas premiadas y unos cuantos cuartetos. Este hombre, de alta e imponente figura, de rostro serio y espiritual, de reconocida probidad, me producía una notable impresión. Tenía un maravilloso piano de cola que me atraía hasta tal punto que, a menudo, permanecía parado ante su casa escuchando discretamente las sublimes melodías de Beethoven que con él interpretaba.
