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Debbie Macomber

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Beschreibung

Rosie CoxPelican Court, 311Cedar Cove, Washington Querida lectora, En Cedar Cove hay algo que está muy claro: la gente está muy interesada en los asuntos ajenos. Miradme a mí, por ejemplo. Todo el mundo sabe que me divorcié hace poco de mi marido, Zach, y que la juez Olivia Lockhart ha decretado una custodia bastante inusual: los niños no tendrán que vivir a caballo entre la casa de Zach y la mía, seremos nosotros dos los que tengamos que ir de un sitio al otro.La misma Olivia no es inmune a los cotilleos. ¿Se quedará con Jack, el editor de nuestro periódico local, o volverá con su ex? ¡Todos estamos deseando saber lo que pasa!Pero el principal tema de conversación es el muerto, el hombre que falleció en la pensión de la ciudad. ¿Quién es?, ¿por qué llegó en medio de la noche? Roy McAfee, nuestro investigador privado, está decidido a resolver este misterio. ¡Espero que lo consiga, y entonces os lo contaré todo! Hasta pronto,Rosie.

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Seitenzahl: 526

Veröffentlichungsjahr: 2010

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A. Núñez de Balboa, 56 28001 Madrid.

© 2003 Debbie Macomber. Todos los derechos reservados. COMENZAR DE NUEVO, Nº 43 - octubre 2010 Título original: 311 Pelican Court Publicada originalmente por Mira Books, Ontario, Canadá. Este título fue publicado en español en 2009

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV. Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia. ® Harlequin, logotipo Harlequin y Romantic Stars son marcas registradas por Harlequin Books S.A. ® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-671-9207-0 Editor responsable: Luis Pugni E-pub x Publidisa.

Uno

Rosie Cox había entrado en la sala del juzgado donde acababa de hacerse efectivo su divorcio sintiéndose fracasada y traicionada. Era comprensible, porque tras diecisiete años de un matrimonio razonablemente bueno, la infidelidad de Zach la había tomado por sorpresa.

Él no había admitido en ningún momento que hubiera tenido una aventura; de hecho, no lo había pillado en ninguna situación comprometida, ni había encontrado pruebas materiales como cajas de cerillas de algún restaurante caro, o facturas de joyerías o de hoteles, pero estaba convencida de que era cierto. Una esposa siempre se daba cuenta de ese tipo de cosas.

Estaba furiosa, así que se había esforzado por dificultar el divorcio al máximo. No había estado dispuesta a facilitarle las cosas a Zach, ni a dejar atrás su matrimonio sin presentar batalla, así que había peleado con uñas y dientes.

Había dado por supuesto que la furia y la amargura de los últimos meses se aliviarían un poco cuando el divorcio fuera un hecho, pero se había equivocado; de hecho, a la carga que soportaba se le había añadido incluso más peso, porque el acuerdo de custodia compartida al que Zach y ella habían llegado tras arduas negociaciones había sido rechazado por la juez Olivia Lockhart.

La juez había afirmado que, desde un punto de vista emocional, cambiar de casa cada pocos días era perjudicial para los niños; según ella, Allison y Eddie necesitaban unas vidas estables, y no tenían por qué sufrir las consecuencias de un divorcio que no habían pedido.

Algunos opinaban que Olivia era una juez innovadora, pero Rosie pensaba que era una entrometida... o que estaba mal de la cabeza, porque como encima había tenido la descabellada idea de concederles la casa a los niños, iban a tener que ser Zach y ella los que fueran de un lado a otro cada pocos días.

Era una ridiculez, además de una imposibilidad.

Como el divorcio ya era un hecho, iba a tener que acordar con Zach cómo iban a organizarse. Empezaba a asimilar las consecuencias de las condiciones que ambos habían acatado, y ni siquiera había salido aún de la sala.

En cuanto salieron al pasillo, Sharon Castor, su abogada, se volvió hacia ella y le dijo:

–Rosie, tenemos que hablar con su ex marido –era obvio que estaba tan desconcertada por la decisión de la juez como ella.

En ese momento, se les acercó Otto Benson, el abogado de Zach, que tenía el rostro tenso a pesar de su actitud de calma aparente. Rosie no se atrevió a volverse hacia Zach; de hecho, había evitado mirarlo desde que habían entrado en la sala.

–Será mejor que vayamos a alguna sala de reuniones para pactar los detalles –comentó Otto.

Rosie le lanzó una rápida mirada a Zach, que estaba detrás de su abogado. Parecía tan poco entusiasmado con el acuerdo como ella, pero prefería caerse redonda al suelo antes que dejarle ver cómo se sentía.

–Rosie y yo deberíamos ser capaces de llegar a un acuerdo por nuestra cuenta –dijo Zach, con cierta irritación.

Teniendo en cuenta cómo se habían desarrollado las cosas hasta ese momento, el comentario no resultaba demasiado prometedor.

–Nos costó una semana entera de discusiones llegar al acuerdo de custodia compartida –le dijo ella.

Le encantaba recordarle que se había comportado como un capullo. Seguro que lo que quería era evitar gastarse más dinero en abogados, pero no estaba dispuesta a ponérselo fácil. Le daba igual si a él le quedaba menos dinero para poder gastarse en su amiguita.

Zach apretó los puños, y masculló algo en voz baja que ella no alcanzó a oír. Sintiéndose más que satisfecha por su propio autocontrol, le preguntó con sarcasmo:

–¿De verdad crees que podemos llegar a un acuerdo sin un mediador? –Como quieras –rezongó él, con un mohín digno de su hijo de nueve años.

En ese momento, a Rosie le costó creer que alguna vez hubiera estado enamorada de Zachary Cox. Era un hombre engreído, porfiado, y egocéntrico, que no tenía ni idea de lo que era ser un padre y un marido; por otra parte, tenía un atractivo innegable, y su apariencia física revelaba su éxito como hombre de negocios y como profesional... aunque cualquiera con dos dedos de frente vería a la legua que era un contable, porque tenía la típica mirada ligeramente entornada de una persona que se pasaba el día mirando largas columnas de números. Pero, a pesar de todo, era guapo. Tenía el pelo y los ojos oscuros, y el costoso traje que llevaba enfatizaba la anchura de sus hombros. En otros tiempos había sido atleta, y seguía corriendo y manteniéndose en forma.

A ella siempre le había encantado acariciar la musculatura firme de su espalda cuando hacían el amor. Hacía meses que no dormían en la misma cama, y mucho más que no hacían el amor. Lo cierto era que ni siquiera se acordaba de la última vez que lo habían hecho. De haberlo sabido, quizás habría valorado más la experiencia, se habría quedado un rato más acurrucada contra él, habría saborea do el contacto de sus brazos rodeándola. Pero había algo indudable: Zach había dejado de interesarse en ella desde el día en que había contratado a Janice Lamond como ayudante personal.

Rosie sintió que se le encogía el corazón al imaginárselos juntos, y se apresuró a apartar aquella imagen de su mente. Una mezcla de furia y de repulsión subió por su garganta como bilis, al pensar en la infidelidad de su mari... de su ex marido.

La voz de Zach la devolvió a la realidad; al parecer, él había accedido a que los abogados negociaran la complicación añadida que había surgido en el divorcio, y Otto había ido a preguntarle al recepcionista si había alguna sala de reuniones libre.

Cuando llegaron a la sala privada de la biblioteca que les asignaron, Zach y su abogado se sentaron a un lado de la mesa, y su abogada y ella se sentaron enfrente.

–Es la primera vez que oigo una sentencia así –comentó Sharon.

–Lo mismo digo, es digna de figurar en los libros de Derecho –dijo Otto.

–Sí, es inusual, pero tanto Rosie como yo somos adultos –intervino Zach, con tono cortante–. Podemos llegar a un acuerdo... por mi parte, he sido sincero al decir que los niños son lo principal –miró ceñudo a Rosie, como poniendo en duda que ella pudiera alegar lo mismo.

–Si fueras sincero, te lo habrías pensado dos veces antes de liarte con esa ramera –Rosie no quería empezar a discutir, pero no pudo evitar el comentario. Su ex marido no habría roto sus votos matrimoniales si estuviera tan preocupado como decía por el bienestar de los niños.

–Me niego a contestar a semejante idiotez –masculló él–. Además, si en vez de pasar tanto tiempo trabajando como voluntaria en todas las causas habidas y por haber, pasaras más tiempo en casa cuidando de tus hijos...

–No voy a permitir que me culpes por tus acciones.

Zach siempre se había quejado de su trabajo de voluntaria, y al final se había salido con la suya. A ella no le había quedado más remedio que renunciar a las funciones que desempeñaba, porque había tenido que buscar un trabajo remunerado. Esperaba que estuviera satisfecho. Por primera vez desde el nacimiento de sus hijos, no era un ama de casa a tiempo completo.

–Creía que estábamos aquí para hablar de la sentencia de divorcio –Zach la miró con un hastío deliberado–. Si vamos a empezar a insultarnos, prefiero no tener que pagar a los abogados para que se limiten a escucharnos.

Rosie sintió una oleada de satisfacción. Zach iba a tener que pagar a los dos abogados, porque era el que tenía un trabajo con unos jugosos beneficios. Ella estaba asistiendo a un curso de verano para poder volver a ejercer de profesora... un curso que su ex marido también había tenido que pagar. Había sido un logro más, otra condición que ella había impuesto en el acuerdo de divorcio.

Ya había presentado su solicitud en un colegio, el South Kitsap School District, y teniendo en cuenta todos los contactos que tenía, estaba segura de que en septiembre la contratarían como profesora suplente.

–Será mejor que hagamos una lista con los puntos en los que estamos de acuerdo –dijo Sharon con voz firme, sin prestar atención al antagonismo que había entre los dos–. A pesar de que el matrimonio se ha roto, los dos afirman que el bienestar de los niños es lo principal –sonrió cuando Zach y Rosie asintieron. Era una mujer directa y cerebral, que no se dejaba influenciar por las emociones–. Eso nos da un punto de partida.

–Permitan que los felicite a ambos por su actitud –Otto sacó una libreta de su maletín, como si quisiera demostrar que estaba ganándose su sueldo. Tanto Zach como Rosie habían elegido a los mejores abogados, y eso suponía tarifas muy elevadas.

–Sí, nos llevamos tan bien, que a lo mejor seguiríamos casados con un poco más de esfuerzo –comentó Zach con ironía.

–Sabes quién tiene la culpa –le espetó Rosie.

–Sí, lo tengo muy claro. ¿Cuántas tardes pasabas fuera de casa?, ¿cuántas cenas cocinaste? Si no te acuerdas, yo te lo diré: muy pocas.

Sharon soltó un sonoro suspiro, y atajó la discusión.

–Los niños son lo primero, y como la casa les pertenece, Rosie va a tener que buscarse otro sitio donde vivir durante los tres días a la semana que Zach pase con ellos.

¿Otro sitio donde vivir?

Rosie la miró boquiabierta mientras empezaba a asimilar la realidad, las repercusiones que iba a tener el veredicto de la juez.

–Y también tendrá que pagar la mitad de la hipoteca de la casa –comentó Zach, con una sonrisa de lo más inocente.

–Pero, no puedo... –Rosie no se había dado cuenta, no se había planteado todo aquello–. Aún no tengo trabajo, ¿cómo voy a poder costearme un piso además de todo lo demás? –era injusto, seguro que Zach se daba cuenta de que no era una exigencia razonable. Ella también tenía una vida, y no iba a poder salir adelante si tenía que gastarse hasta el último penique que ganara en pagar dos viviendas.

Él se limitó a mirarla en silencio.

–Tengo una sugerencia –apostilló Sharon.

–Oigámosla –el abogado de Zach parecía ansioso, incluso desesperado, por oír alguna idea sensata.

–Durante los tres días que Zach pasa en la casa con los niños, su piso se quedará vacío, ¿verdad? –Sharon se volvió hacia él para que se lo confirmara.

Rosie lo observó mientras esperaba su respuesta; básicamente, lo que Sharon quería saber era si Zach había planea do que tanto Janice como el hijo de ésta, que tenía la misma edad que Eddie, se fueran a vivir con él.

–Sí, el piso se quedará vacío –le contestó él con firmeza.

–En ese caso... –Sharon miró al uno y a la otra antes de decir–: Rosie podría instalarse en su piso mientras usted está en la casa. Comentó que hay dos dormitorios, ¿verdad?

La fértil mente de Rosie se llenó de objeciones. No quería tener nada que ver con Zach, no quería estar cerca de él ni de sus cosas... las cosas que en el pasado les habían pertenecido a los dos. Y tampoco quería enterarse de nada que tuviera que ver con la relación que mantenía con su novia.

–Ni hablar, no pienso dejarle mi piso a Rosie –era obvio que la idea le gustaba tan poco como a ella–. Estamos divorciados, y hemos tardado meses en llegar a este punto. Rosie quería quedar libre, y lo ha conseguido.

–Fuiste tú el que te fuiste de casa –le recordó ella con desdén.

–Corrección: fuiste tú la que me echaste.

–Y si mal no recuerdo, fuiste tú el que insistió en que fuera a ver a un abogado –Rosie apenas podía creer lo selectiva que era la memoria de su ex marido.

Zach soltó una carcajada seca, y miró a Sharon antes de comentar:

–En eso fui un tonto.

La abogada alzó las manos en un gesto pacificador, y les dijo:

–Sólo era una sugerencia, una posibilidad que les ahorraría dinero a los dos –se volvió hacia Rosie–. Tendrá suerte si encuentra algo por menos de quinientos o seiscientos dólares al mes.

–Zach tendrá que pagar...

–¡Y una mierda!

–El divorcio es un hecho –dijo Otto Benson–. Zach sólo es responsable de lo que ya se ha acordado.

Rosie miró a su abogada, y al ver que asentía con expresión seria, el peso de la situación le resultó insoportable. Además de perder a su marido, iba a tener que marcharse de su casa. Al sentir que los ojos se le llenaban de lágrimas, se apresuró a parpadear. No quería que Zach supiera el daño que le estaba haciendo.

Tras un largo momento de silencio, su ex marido dijo:

–De acuerdo, Rosie puede quedarse en mi piso durante los días en que me toque estar en la casa, pero tiene que pagar la mitad del alquiler.

Rosie sabía que no tenía más remedio que aceptar aquella condición, pero como estaba decidida a aferrarse a su orgullo, alzó una mano y dijo con firmeza:

–Con una condición.

–¿Y ahora qué? –dijo Zach, con un suspiro de impaciencia.

–No quiero que lleves a esa mujer a la casa, quiero que sea un hogar seguro para los niños; en otras palabras: no quiero que Allison y Eddie tengan contacto con tus mujeres.

–¿Qué? –Zach la miró como si estuviera hablándole en algún idioma extranjero.

–Ya me has oído –Rosie ni siquiera parpadeó ante la furia de su mirada–. El divorcio ya ha sido bastante duro para los niños, no quiero que te pavonees por mi casa con otra mujer, ya sea Janice o cualquier otra. Quiero que sea un lugar prohibido para tus... tus fulanas.

–¿Fulanas? Vale, nada de fulanas, pero lo mismo digo en lo que a ti respecta. No quiero que lleves a ningún hombre a la casa... nada de guaperas, ni de novietes, ni de ligues, ni de...

–Eso sí que tiene gracia –Rosie interrumpió aquella ridiculez. En diecisiete años, apenas había mirado siquiera a otro hombre. Desde el momento en que había conocido a Zach, había sido el único para ella.

–Estás de acuerdo, ¿sí o no? –le dijo él, desafiante.

–¡Claro que sí!

–Bien.

–Perfecto.

Después de concretar varios puntos más, Sharon redactó un acuerdo que Otto revisó, y tanto Zach como ella lo firmaron.

Para cuando salió por fin del juzgado, Rosie se sentía como si acabara de recibir los embates de un mar embravecido, y por extraño que pareciera, la embargaba un profundo dolor. Llevaba semanas temiendo y deseando a la vez que llegara aquel día para que el divorcio fuera un hecho, pero en ese momento no estaba segura de lo que sentía, aparte de aquel dolor terrible que amenazaba con arrebatarle la compostura.

Cuando llegó a casa, que estaba en el 311 de Pelican Court, vio a su hijo de nueve años, Eddie, jugando a baloncesto en el jardín delantero. Faltaba poco más de un mes para que empezaran las clases otra vez, quizás entonces sus vidas recuperarían algo de normalidad.

Al verla llegar en el coche, el pequeño agarró el balón y lo aguantó contra su costado. Se apartó para dejarla pasar, y la observó con ojos llenos de tristeza mientras ella metía el vehículo en el garaje.

Allison, su hija de quince años, estaba en la cocina, preparándose un perrito caliente para merendar. Se volvió al oírla entrar, y al mirarla con expresión desafiante, pareció la viva estampa de Zach.

–¿Cómo ha ido, mamá? –le preguntó Eddie, que la había seguido hasta la cocina sin soltar el balón.

–Bien, supongo.

Allison sacó la salchicha del microondas cuando el aparato soltó un pitido, pero se limitó a dejar el plato sobre la encimera, como si hubiera perdido el apetito, y miró en silencio a su madre.

–Ha habido una... pequeña complicación –Rosie no quería ocultarles la verdad a sus hijos, sobre todo teniendo en cuenta que se trataba de algo que iba a afectarlos directamente.

–¿Qué pasa? –Eddie se sentó en una silla, y sujetó el balón sobre la mesa con una mano.

Allison se cruzó de brazos y se apoyó en la encimera. Estaba intentando aparentar desinterés, pero a diferencia de otras ocasiones, no se marchó como si el asunto no la afectara.

–Eh... no vais a tener que ir de una casa a otra cada pocos días –Rosie se esforzó por mostrar algo de entusiasmo al hablarles de lo que había decretado la juez Lockhart.

Allison y Eddie se miraron sorprendidos, y ella intentó mostrarse positiva al explicarles cómo iban a tener que organizarse.

–Entonces, ¿papá va a vivir aquí? –le preguntó Eddie.

La perplejidad del pequeño era comprensible, a ella misma le costaba entender la situación. Sentía confusión y también irritación por cómo se habían desarrollado las cosas, y si a la mezcla se le añadía el abatimiento, se conseguía una descripción perfecta de cómo se sentía ante la vida en general.

–Vuestro padre estará aquí durante parte del tiempo –les explicó, para que no hubiera ningún malentendido. Había accedido a convertir la que había sido su habitación de costura en un dormitorio para Zach, ya que la máquina de coser cabía sin problemas en el dormitorio principal.

–Ah –Eddie parecía un poco decepcionado por su respuesta, pero se animó al darse cuenta de que su padre iba a volver a estar con él en la casa, aunque fuera parte del tiempo–. ¡Me parece genial!

–¡Pues a mí no! ¡Todo esto del divorcio es una chorrada! –exclamó Allison, antes de irse de la cocina hecha una furia.

Rosie se sintió impotente, porque no sabía cómo tratar a su hija. Quería abrazarla y decirle que todo saldría bien, pero la joven no aceptaba ninguno de sus intentos de acercamiento.

–No te preocupes por Allison –le dijo su hijo de nueve años–. Está muy contenta al saber que papá va a vivir en casa, aunque sólo sea parte del tiempo, pero ni loca lo admitiría delante de ti.

Dos

Grace Sherman tenía la cara cubierta de sudor, y el intenso calor de aquella tarde de mediados de julio hacía que la camiseta se le pegara a la piel. Después de empapar el rodillo en el cubo que tenía a un lado, lo alzó y extendió la pintura amarilla por la pared del dormitorio.

Era bibliotecaria, pero las renovaciones y las reparaciones no se le daban demasiado bien a pesar de la cantidad de libros que había leído sobre mantenimiento del hogar. Dan siempre había insistido en ocuparse de los arreglos de la casa, pero se había quedado sola, tenía cincuenta y cinco años, y la vida no dejaba de ponerla en situaciones nuevas que para ella suponían verdaderos desafíos.

–Espero que sepas apreciar lo buena amiga que soy –le dijo Olivia Lockhart, su mejor amiga de toda la vida, que había ido a ayudarla a pintar las deprimentes paredes blancas. Estaba moviendo con cuidado los muebles, que estaban en el centro del dormitorio y protegidos con unas sábanas viejas.

–Tú te ofreciste voluntaria –le recordó Grace, antes de secarse el sudor de la frente con el antebrazo. Hacía un calor asfixiante, y no había ni pizca de aire a pesar de que la ventana estaba medio abierta.

El hombre con el que había estado casada durante treinta y cinco años había desaparecido en abril del año anterior, y cuando se había enterado de que estaba muerto, había empezado a padecer insomnio. No alcanzaba a entenderlo. Olivia le había sugerido que pintara las paredes del dormitorio; según ella, un color diferente podría abrir las puertas a una nueva etapa. El amarillo pálido reflejaba calma y optimismo, y con un poco de suerte, su subconsciente captaría la indirecta.

A Grace le había parecido una buena idea en su momento, sobre todo teniendo en cuenta que su amiga se había ofrecido a ayudarla. Era típico de Olivia. A lo largo de los años se habían apoyado la una a la otra en todo, desde pequeñas crisis domésticas a acontecimientos trascendentales.

–¿Cómo pude pensar que lo tendríamos listo en un solo día? –Olivia soltó un gemido, se enderezó, y se llevó las manos a los riñones–. No sabía la cantidad de trabajo que habría que hacer.

–¿Te apetece un poco de té frío? –Grace también estaba deseando hacer un descanso.

Tenía la sensación de que llevaba una eternidad pintando, aunque sabía que debían de haber pasado una o dos horas como mucho. Antes de empezar habían tenido que prepararlo todo... habían apartado a un lado los muebles, habían cubierto el suelo con una lona, y habían protegido las ventanas con cinta adhesiva.

–Perfecto –le contestó Olivia, antes de dejar a un lado el rodillo.

Después de meter los dos rodillos empapados de pintura en una bolsa de plástico, fueron a la cocina. Mientras Olivia se lavaba las manos, Grace sirvió dos vasos de té frío y dejó entrar a Buttercup, su golden retriever, que estaba rascando la puerta desde fuera. La perra entró jadeante, y se tumbó debajo de la mesa con la barbilla apoyada en el suelo para aprovechar el frescor de las baldosas.

Grace se sentó con pesadez en una silla, se quitó el pañuelo con el que se había sujetado la melena en una cola baja, y sacudió un poco la cabeza. Tenía el pelo ligeramente húmedo. Lo llevaba más corto que antes, porque ya no tenía que tener en cuenta los gustos de su marido.

Como había visto lo mucho que había sufrido Olivia años atrás al divorciarse, no había querido pasar por lo mismo, pero no le había quedado más remedio que iniciar los trámites tras la desaparición de Dan, ya que era la única opción práctica desde un punto de vista financiero.

Eso había sido meses antes. Había tardado en enterarse de lo que había pasado con Dan, pero para entonces, el golpe emocional ya había remitido un poco. Se había sentido aliviada al saber que habían encontrado su cuerpo, pero ya había pasado por el punto álgido del dolor y la culpa, ya había soportado lo peor de la incertidumbre, las dudas y las recriminaciones que la habían atormentado tras la desaparición. Por eso no entendía por qué había empezado a sufrir insomnio.

–Es la mejor idea que has tenido en todo el día... aparte de poner el CD con los mejores éxitos de Creedence Clearwater –comentó Olivia, mientras se sentaba en otra silla.

Las dos se habían dejado llevar por la música de su juventud, y apenas se habían dado cuenta del calor y del cansancio hasta que había acabado la última canción del CD.

–No bailamos tan bien como hace treinta años, pero tampoco somos unas ancianas –le dijo Grace, sonriente, antes de añadir–: Por cierto, me he enterado de lo de tu última sentencia –llevaban toda la tarde juntas, pero entre el trabajo y la música, apenas habían tenido ocasión de hablar.

–¿Te refieres a la de la custodia compartida?

–Sí, la ciudad entera se ha enterado.

No era la primera vez que Olivia tomaba una decisión controvertida en el juzgado.

–Bueno, al menos Jack no ha escrito un artículo en el periódico sobre el tema.

Grace se alegró al ver que mencionaba a Jack Griffin, porque estaba esperando el momento de sacarlo a colación. Aquel hombre le caía muy bien, porque hacía un año que salía con Olivia y era obvio que la hacía feliz. Jack era el editor del periódico local, y su amiga parecía más... relajada, más despreocupada, desde que estaba con él. Pero hacía unas semanas que la pareja había tenido una pelea, una simple divergencia de opiniones, y no habían vuelto a hablarse desde entonces. Olivia estaba hecha polvo, aunque se esforzaba por disimular.

–Hablando de Jack... ¿cómo están las cosas entre vosotros dos? –le preguntó, con una despreocupación deliberada. Estaba convencida de que Jack era el hombre ideal para su amiga. Era inteligente, divertido, y tenía el punto justo de descaro para resultar interesante.

–No quiero hablar de él.

–Vale, pues no lo hagas. Háblame de Stan.

Stan era el ex marido de Olivia. Vivía en Seattle con su segunda esposa, pero últimamente aparecía de forma bastante regular por Cedar Cove. Grace estaba convencida de que estaba pasando algo, y su amiga se mostraba sospechosamente reacia a hablar del tema.

–¿Cómo te has enterado de lo de Stan y Marge? –Olivia la miró sorprendida–. ¿Te lo ha dicho mamá, o ha sido Justine?

–Ninguna de las dos me ha dicho nada, estoy esperando a que me lo cuentes tú.

Olivia tomó un buen trago de té, y la miró con expresión vacilante.

–Está claro que hay algo que te preocupa –insistió Grace.

–Stan y Marge van a divorciarse.

Grace la miró boquiabierta, porque aquello era todo un notición. Con razón Stan había empezado a ir con más frecuencia a Cedar Cove... en teoría, iba a visitar a su hija, Justine, y a su nieto, que había nacido poco más de dos semanas atrás, pero aquel súbito interés en la familia era bastante sospechoso, sobre todo teniendo en cuenta que se trataba de un hombre que había abandonado a su esposa y a sus hijos en el verano del ochenta y seis.

Jordan, un chico de trece años inteligente y lleno de vida, había salido a nadar con sus amigos en una calurosa tarde de agosto, y se había ahogado. Justine, su hermana gemela, había permanecido con el cuerpo sin vida del pequeño en los brazos hasta que había llegado la ambulancia. La vida de Olivia había quedado marcada por aquel día. Había sido un punto de inflexión, una línea divisoria entre creer que el mundo era un lugar seguro y saber que en realidad era de lo más traicionero.

El matrimonio de Olivia y Stan se había derrumbado tras la muerte de su hijo, pero Grace siempre se había preguntado si él ya estaba liado con Marge desde antes de que el niño se ahogara. Nunca se lo había dicho a Olivia a la cara, pero tenía sus sospechas.

–¿No vas a decir nada? –le preguntó su amiga.

A Grace le había sorprendido un poco que el matrimonio de Stan y Marge durara tanto. Se habían casado en cuanto él había conseguido el divorcio de Olivia.

–Siento que no funcionara –comentó, aunque no era del todo cierto. –Sí, yo también –le dijo Olivia, que parecía melancólica y cansada.

De repente, Grace se dio cuenta de lo que pasaba, y tuvo ganas de darse una palmada en la frente como los personajes de los dibujos animados.

–Stan quiere volver contigo, ¿verdad?

Al ver que permanecía en silencio, pensó que Olivia no iba a contestar, pero cuando su amiga asintió al cabo de unos segundos, se puso furiosa ante el atrevimiento de aquel hombre. Era increíble que Stan quisiera regresar a la vida de Olivia al cabo de tantos años, que pensara que ella iba a recibirlo con los brazos abiertos como si nada. ¡Menudo caradura! Y encima, justo cuando Olivia había conocido a Jack. Seguro que lo enfurecía la idea de que su ex mujer estuviera saliendo con otro hombre.

–Por eso no te lo conté. Estás tan furiosa, que los ojos se te van a salir de las órbitas –murmuró Olivia.

–No puedo evitarlo.

De pronto, se le pasó por la cabeza la posibilidad de que su amiga estuviera planteándose volver con Stan. Sería una locura, y ella estaba dispuesta a decírselo sin tapujos. Stan no había valorado nunca a Olivia, no le había preocupado el efecto que pudiera tener su abandono tanto en sus hijos como en ella. Él sólo pensaba en sí mismo, en sus propios deseos y necesidades.

–Ya sé lo que piensas de Stan –comentó Olivia.

–No vas a volver con él, ¿verdad? Dime que ni siquiera estás planteándotelo –la idea era tan repugnante, que a Grace le costó pronunciar las palabras.

Olivia la miró con una expresión de perplejidad e indecisión tan impropia en ella, que Grace tuvo que contener las ganas de levantarse y abrazarla.

–No lo sé –susurró su amiga al fin.

Grace se limitó a asentir, y se esforzó por aparentar neutralidad.

–Cuando Leif nació, pasamos un buen rato recordando los viejos tiempos –Olivia fijó la vista en su vaso, como si esperara encontrar allí las respuestas que necesitaba.

–Tuviste tres hijos con él –Grace intentó contener las ganas de exponer su punto de vista negativo.

–Fuimos felices durante muchos años.

Aquello era innegable, pero Stan le había hecho mucho daño a su amiga desde un punto de vista emocional. Ella sabía mejor que nadie que Olivia había tardado mucho tiempo en recuperar el equilibrio después de la muerte de Jordan y de la disolución de su matrimonio.

–¿Y qué pasa con Jack? –sabía que quizás era un error mencionarlo justo en aquel momento, pero la curiosidad era demasiado grande–. ¿Sabe lo que pasa? –estaba casi segura de que sí, de que la situación con Stan era la causa de los problemas que había en la pareja.

Olivia asintió, y apretó el vaso con más fuerza mientras sus ojos marrones se llenaban de irritación.

–¿Quieres saber lo que hizo? Cada vez que me acuerdo, me dan ganas de matarlo.

Aquello sonaba de lo más interesante. Olivia siguió hablando sin esperar a que contestara:

–Me dio un ultimátum. Según él, Stan lleva meses intentando recuperarme, y tengo que elegir a uno de los dos.

–¿Ah, sí? ¿Y cuál es el problema?

–El problema es que no soy un trofeo. No pienso participar en los estúpidos jueguecitos de Jack.

–Me parece que eres tú la que se anda con jueguecitos, Olivia.

–¿Quién, yo?

–Sí, tú. ¿Esperas que Jack se quede tan tranquilo mientras Stan vuelve a tu vida como si nada?

–No, pero espero que se comporte con... con sentido común. Si le importo tanto como dice, al menos tendría que demostrarme lo que siente.

–¿No te lo ha dicho? –le preguntó Grace, desconcertada.

–No. Hace un mes más o menos, apareció en mi casa en un momento bastante inoportuno. Stan había pasado la noche allí...

–¿Qué?

–No me vengas con ésas tú también, Grace –le dijo su amiga con exasperación–. Stan durmió en la antigua habitación de James, no pasó nada. ¿Cómo puedes creer que sería capaz de acostarme con él?

–No sé qué creer. Venga, cuéntame lo que pasó.

–Había quedado en verme con Jack a la mañana siguiente, pero se presentó muy pronto con café y unas pastas. Stan llevaba puestas mi bata y mis zapatillas... la verdad es que estaba bastante ridículo, pero eso no importa ahora.

–Y Jack supuso lo peor –a Grace no le extrañó la reacción de Jack, porque ella había estado a punto de sacar la misma conclusión precipitada.

–Exacto. Fui tras él, intenté explicarle la situación, pero no quiso escucharme. Me dijo que volviera con Stan si quería, que le daba igual.

–¿Estás segura de que dijo eso? –Grace la miró con incredulidad.

Olivia vaciló por un segundo antes de contestar.

–Bueno, puede que no lo dijera con esas palabras, pero fue lo que quiso decir. Llevábamos un tiempo saliendo en serio, así que me molestó mucho que creyera que me había acostado con Stan.

–No has sabido nada de él desde entonces, ¿verdad? –Grace empezaba a hacerse una idea de la situación.

–No. Mamá dice que tendría que llamarle –Olivia alzó la mirada hacia ella, y le preguntó–: ¿Qué opinas?

Grace se encogió de hombros con indecisión. Estaba casi segura de que ella llamaría a Jack si estuviera en el lugar de su amiga, pero la situación era complicada.

–La verdad es que quiero que Jack me demuestre que va en serio conmigo, que me dé alguna prueba de que le importo –Olivia se mordió el labio inferior–. Si me quiere, tendría que luchar por mí.

–¿Que luche por ti? –Grace se imaginó a los dos hombres frente a la casa de su amiga, con los puños en alto. La imagen era ridícula–. ¿Quieres que la emprendan a puñetazos por ti? –sonrió de oreja a oreja al imaginárselos con trajes de época y pistolas–. ¿O prefieres que se enfrenten en un duelo?

–No digas tonterías. Lo que quiero es que Jack me dé alguna señal, que me demuestre que le importo más que su estúpido orgullo masculino. Nada más –Olivia bajó la mirada antes de añadir–: Está comportándose como un niñito que se ha hecho daño.

–Supongo que está dolido.

–Y yo también. Teníamos una relación, pero dio por hecho que me había acostado con Stan. Si de verdad me cree capaz de hacer algo así, estoy mejor sin él.

–No te des por vencida tan pronto.

–Ya ha pasado casi un mes, Grace –Olivia la miró con tristeza–. ¿Qué quieres que piense?, da la impresión de que a él le da igual que nuestra relación se rompa.

–¿Y tú qué?, ¿estás dispuesta a dejarle marchar?

–Me parece que no –le contestó Olivia, al cabo de unos segundos.

–Entonces, ¿qué piensas hacer?

–No lo sé... supongo que darle un poco más de tiempo. Grace asintió. Después de apurar su taza de té, se levantó y fue a dejarla en el fregadero.

–Venga, hay que seguir pintando.

–Espera un momento –Olivia permaneció sentada en la silla–. Ya que estamos hablando de hombres, quiero que me digas cómo te va con el ranchero guaperas.

Grace contuvo un gemido, porque no le apetecía hablar de Cliff Harding. Lo había conocido poco después de solicitar el divorcio, y hacía poco menos de un año que habían empezado a salir juntos. Se había negado a tener una cita oficial con él hasta que el divorcio se hubiera materializado, pero Cliff le había dejado claro su interés desde el principio. Ella le correspondía, pero por alguna razón que no alcanzaba a entender, aquella atracción mutua la incomodaba un poco.

–¿Qué pasa? –le preguntó Olivia.

–No lo sé, eso forma parte del problema.

–Un hombre decente y maravilloso ha aparecido en tu vida, ¿estás diciéndome que no sabes qué hacer con él?

–Es que Dan y yo nos casamos muy jóvenes... –como era obvio que Olivia no iba a dejar a un lado el tema, se sentó de nuevo–. Éramos unos adolescentes y él se fue enseguida a Vietnam, pero a pesar de todo, a pesar de todas las dificultades, nunca miré a otro hombre.

–Ya lo sé –le dijo Olivia, con voz suave.

–Cliff estaría dispuesto a proponerme matrimonio si me mostrara receptiva.

–Se comportó muy bien el día del funeral de Dan.

Aquello era cierto. Cliff había ido a verla después del funeral, y la había cuidado con ternura. Ella estaba exhausta mental, física y emocionalmente, y él la había consolado, la había acostado y le había preparado la cena. Jamás había conocido a alguien tan considerado, y lo que sentía por él le daba un poco de miedo.

–Cliff quiere que vayamos en serio –admitió, con voz temblorosa–. Pero es el único hombre con el que he salido desde que Dan desapareció.

–¿Crees que tener una relación seria con un hombre es la misma trampa en la que caíste cuando ibas al instituto?

–No quería acabar divorciada ni viuda, y he acabado sien do las dos cosas. Supongo que en este momento no quiero atarme a una persona, no me siento preparada para tener una relación –en cuanto las palabras salieron de su boca, Grace entendió lo que había estado pasando, y el porqué.

–¿Grace? –Olivia estaba observándola con atención. –Eso es... –susurró, mientras empezaban a cobrar sentido el insomnio, la ansiedad, y todo lo demás.

No le hacía falta pintar el dormitorio para liberarse de los recuerdos de su difunto marido. Sí, la carta que Dan le había escrito justo antes de morir contenía detalles que la preocupaban, cosas en las que tenía que pensar, pero Dan tenía muy poco que ver en lo que llevaba semanas atormentándola. Su intranquilidad se debía a la relación que mantenía con Cliff. Necesitaba tiempo, espacio y libertad para descubrir a la mujer en que se había convertido, y para decidir cómo quería encauzar su vida. Necesitaba la oportunidad de ser ella misma, y por sí misma.

–¿Grace?

–Adoro a Cliff –susurró al fin–. Lo adoro de verdad, pero no estoy preparada para ir tan en serio como él quiere. Aún no... no puedo –a pesar de que estaba al borde de las lágrimas, Grace sintió un alivio enorme, y supo que iba a poder dormir a pierna suelta por primera vez desde el funeral de Dan.

–Tienes que decírselo –le dijo Olivia.

–Sí, ya lo sé –tenía que encontrar la forma de explicárselo sin ofenderlo ni perder su amistad–. Me gustaría que siguiéramos viéndonos, pero quiero tener la libertad de poder salir con otros hombres –dicho así, sonaba injusto y egoísta, pero era la verdad... a menudo le resultaba duro admitir la realidad, sobre todo ante sí misma.

Tres

Maryellen Sherman se movió con cuidado hasta quedar tumbada de espaldas en la cama, mientras el sol matinal entraba de lleno en el dormitorio. Estaba embarazada de nueve meses, y le resultaba sorprendente el esfuerzo consciente que tenía que hacer para poder moverse. Su hermana le había dicho que a veces se sentiría tan enorme como un zepelín, pero estaba más feliz que nunca.

–Ya falta poco... –murmuró.

Se frotó el vientre tenso y redondeado, y contempló maravillada cómo se movía cuando Catherine Grace, Katie, le dio una patadita y se estiró en su interior. Le echó un vistazo al despertador. Eran las ocho y media, así que tenía que levantarse. Consiguió sentarse, y apoyó las manos en la cama. Al bajar la mirada, se dio cuenta de que ya no alcanzaba a verse los pies; de hecho, habían pasado semanas desde la última vez que se los había visto.

Se levantó tambaleante, y se llevó las manos a la base de la espalda. Era normal que estuviera un poco dolorida, porque el colchón en el que dormía era bastante viejo, pero sabía que se sentiría mejor en cuanto se desentumeciera. Fue descalza a la cocina, y puso a calentar un poco de agua para prepararse un té. Mientras esperaba a que hirviera, intentó decidirse por una de las cuatro camisetas de premamá que aún le quedaban bien.

El embarazo no había sido planeado, y había intentado ocultárselo al padre. Había sido una reacción desesperada, y no muy inteligente. Jon Bowman, un artista que solía exponer sus obras en la galería que ella dirigía, había acabado enterándose por su cuenta de lo del bebé, y estaba decidido a formar parte de la vida de su hija. A ella no le hacía ninguna gracia, pero había tenido que acceder a que pudiera ver a la niña, porque no quería enfrentarse a él en el juzgado.

Sentía afecto por él, y respetaba su enorme talento como artista. Había una cosa que no soportaba de él, pero el pobre no tenía la culpa. Jon había conseguido despertar su sensualidad sin ningún esfuerzo. Hasta noviembre del año anterior, ella había dado por hecho que su sexualidad había quedado enterrada junto a su matrimonio fallido, pero Jon le había demostrado lo equivocada que estaba.

Cuando estaba en el instituto, había hecho algo de lo que se había arrepentido durante toda su vida: se había quedado embarazada por un descuido, y se había dejado manipular por su novio, el hombre que poco después se había convertido en su marido. Él había insistido tanto, que al final había cedido y había abortado a pesar de que no quería hacerlo, y nunca se había perdonado a sí misma.

La historia se repetía, había vuelto a quedarse embarazada, pero en esa ocasión estaba decidida a proteger a su bebé. No pensaba hacerle caso a nada ni a nadie, iba a seguir los dictados de su propio corazón. Deseaba tener a la niña que esperaba, ya la quería con toda su alma. Lo que había empezado siendo un error aterrador se había convertido en una valiosa segunda oportunidad.

El hecho de que Jon quisiera formar parte de la vida de Katie la había tomado por sorpresa. Al principio no había sabido cómo reaccionar, y él había amenazado con llevarla a juicio si le prohibía ver a su hija. Como sabía que carecía de una base sólida para mantenerlo al margen, había accedido a sus peticiones a regañadientes.

La tetera silbó justo cuando estaba acabando de preparar la ropa que iba a ponerse. Se preparó la infusión mientras se masajeaba la espalda, y le susurró a su hija:

–No sabes las ganas que tengo de volver a tomar café.

Después de ducharse y de vestirse, desayunó sin prisa tostadas, yogur y té. Trabajaba a tiempo parcial, y no tenía que estar en la galería de arte hasta poco antes del mediodía. Le encantaba su trabajo, y disfrutaba con las amistades que había entablado con muchos de los artistas de la zona.

Jon era fotógrafo especializado en retratar la naturaleza, y sus obras tenían un trasfondo que iba más allá de la belleza visual. Había decidido llevar sus trabajos a otra galería cuando ella lo había rechazado, y a pesar de que en aquel entonces había parecido la mejor opción, lo echaba de menos... y también echaba de menos los ingresos que generaban sus fotografías.

Primero se había sentido atraída por su talento, pero después se había dado cuenta de que el hombre en sí también la intrigaba. Era sencillo y directo, pero se mostraba reacio a hablar de su vida. A pesar de que había trabajado con él durante más de tres años, no sabía nada sobre su formación artística, y apenas conocía algunos detalles sobre su vida privada.

Una de las pocas cosas que él le había contado era que la finca en la que había construido su casa la había heredado de su abuelo, pero solía cambiar de tema o alejarse sin más cuando ella le preguntaba algo. Casi nunca asistía a eventos sociales, así que la había sorprendido al acceder a ir a la fiesta de Halloween del año anterior. Ella se había inventado una excusa para invitarlo, creyendo que no iba a aparecer, pero aquella noche se habían dado el primer beso y había sido el comienzo de todo. Durante los días posteriores, había llegado a conocerlo tan bien como cualquier otra persona de Cedar Cove, quizás incluso mejor.

Al sentir que su hija le daba una patadita, esbozó una sonrisa. Era obvio que lo conocía mucho mejor que la mayoría de la gente.

A pesar de todo, el padre de su hija seguía impresionándola. Jon había construido su propia casa, y trabajaba de chef en el restaurante Lighthouse mientras su reputación como fotógrafo crecía por toda la zona del noroeste del Pacífico, e incluso más allá.

–No te esperaba hasta el mediodía –le dijo Lois Habbersmith, al verla entrar en la galería de arte a las once y media.

Lois había sido su ayudante, pero la habían ascendido a gerente mientras ella estaba de baja por maternidad. Estaba convencida de que Lois iba a hacer un trabajo más que bueno.

–¿Cuándo tienes que ir al médico? –le preguntó Lois.

–Mañana por la mañana, pero tengo un dolor un poco raro en la espalda –al darse cuenta de que el dolor se atenuaba y se acrecentaba de forma bastante regular, se le ocurrió que quizá no era un dolor de espalda normal, sino el inicio del parto.

Lois pareció llegar a la misma conclusión, porque se acercó a ella a toda prisa y le dijo:

–La espalda era lo primero que empezaba a dolerme cuando me ponía de parto... Maryellen, ¿crees que ha llegado la hora?

–A... a lo mejor tendría que empezar a cronometrar los... los dolores, ¿no?

–¡Es genial! –exclamó Lois con entusiasmo. –No te emociones, aún no sé si estoy de parto. Sólo tengo esta... sensación extraña.

Maryellen miró su reloj, e intentó recordar cuánto tiempo había pasado desde la última vez que había sentido aquel extraño dolor que parecía radiar a partir de la columna vertebral.

–Tu madre es quien te va a acompañar durante el parto, ¿verdad?

Maryellen asintió. Le pareció recordar vagamente que su madre había mencionado que tenía que asistir a una reunión de bibliotecarios en Seattle el miércoles... justo ese día. A Grace siempre se le olvidaba encender el móvil, y cuando lo tenía encendido, se le olvidaba apa-garlo y se quedaba sin batería.

Decidió que aún no hacía falta intentar contactar con ella. Tenía tiempo de sobra, y ni siquiera sabía con certeza si estaba de parto. Se preguntó si se trataba de una falsa alarma, varias personas le habían advertido que era algo bastante común.

Al cabo de unas horas, mientras estaba sola en casa, ya sabía con certeza que no se trataba de una falsa alarma. Lo que había empezado siendo un dolor sordo en la espalda se había extendido hacia delante, y ya tenía contracciones cada cinco minutos. Llamó a su madre, pero tal y como esperaba, no pudo contactar con ella. Seguro que tenía el móvil apagado, o sin batería, o... o lo que fuera.

Respiró hondo, y cerró los ojos. Decidió llamar a su hermana, Kelly, que se había portado de maravilla con ella desde que se había enterado de lo del embarazo. Durante los últimos meses habían estado más unidas que nunca.

Cuando le saltó el contestador automático de Kelly y Paul al cabo de cinco llamadas, decidió dejar un mensaje y se esforzó por aparentar calma.

–Hola, Kelly. Oye, me he puesto de parto. Aún no he llamado al doctor Abner, seguro que queda tiempo de sobra, pero he preferido avisarte –como no quería que su hermana se diera cuenta de que empezaba a ponerse nerviosa, añadió–: Mamá no vuelve de la reunión de bibliotecarios hasta esta tarde, ¿podrías llamarme cuando puedas? Ne... necesito que alguien me lleve al hospital.

Cuando colgó el teléfono, cualquier rastro de serenidad se desvaneció. Se dobló hacia delante al sentir una fuerte punzada de dolor, y al cabo de un instante rompió aguas.

Intentó pensar con claridad mientras permanecía inmóvil sobre un charco de fluido amniótico. Como tenía miedo de hacer cualquier movimiento que pudiera poner en peligro a su hija, alargó una mano hacia el teléfono, pero vaciló al darse cuenta de que no sabía a quién llamar.

La respuesta obvia se le ocurrió de golpe. Después de pedir el número en el servicio de información telefónica, lo marcó y rezó para que Jon estuviera en casa y cerca del teléfono. Estuvo a punto de echarse a llorar de frustración al ver que no contestaba. El pánico iba acrecentándose, pero se obligó a mantener la calma y decidió llamar al restaurante Lighthouse para ver si estaba trabajando.

Contestó una mujer amable y cordial que le dijo que esperara un momento, y al cabo de lo que pareció una eternidad, Jon se puso al teléfono; a juzgar por su tono de voz cortante, era obvio que no le gustaba que le interrumpieran mientras estaba trabajando.

–Jon... necesito ayuda... –susurró con voz ronca. Estaba asustada, al borde de la desesperación.

–¿Dónde estás? –le preguntó él de inmediato.

–En casa. He roto aguas.

–Estoy ahí en cinco minutos.

Maryellen sintió un alivio abrumador, y tuvo que parpadear para contener las lágrimas de agradecimiento que amenazaron con inundarle los ojos.

–Gracias... –se detuvo al darse cuenta de que él ya había colgado.

Al cabo de unos minutos, oyó que alguien cerraba de golpe la puerta de un coche justo delante de su pequeña casa de alquiler. Acababa de llamar al doctor Abner, y éste le había dicho que fuera directamente al centro de maternidad del hospital.

Jon entró como una exhalación, sin molestarse en llamar a la puerta. Llevaba puestos los pantalones y la camisa de chef. Ambas prendas eran blancas, pero estaban un poco manchadas. Era obvio que lo había pillado en plena hora punta del mediodía. Llevaba semanas sin coincidir con él. La última vez que se habían visto había sido a principios de verano, cuando habían acordado que él podría visitar a la niña.

A pesar de que era obvio que estaba frenético, tenía un aspecto fantástico. No era un hombre guapo desde un punto de vista convencional... tenía unas facciones demasiado angulosas, un rostro largo y delgado y una nariz casi aguileña; sin embargo, ella había aprendido la lección en lo concerniente a los hombres atractivos. Jon no aceleraba corazones a primera vista, pero tenía un carácter íntegro que la había conquistado.

–Hola, Jon –le dijo con voz queda, con la mirada gacha y fija en el charco acuoso en el que seguía parada.

–Ya veo que tienes un pequeño problema –comentó, con una sonrisa tranquilizadora.

–¿Hablabas en serio cuando dijiste que querías estar presente en el parto de Katie? –se sentía mucho más tranquila al tenerlo allí.

–Sí, si te parece bien.

–Pues acabas de convertirte en el chófer que va a tener que llevarme al hospital.

Él atravesó la sala en tres zancadas, y la levantó en brazos como si no pesara nada.

Maryellen estuvo a punto de protestar, de decirle que seguro que pesaba demasiado, pero se mordió la lengua. Por primera vez desde que había intentado ponerse en contacto con su madre, se sentía segura y protegida.

Después de ayudarla a cambiarse de ropa, Jon la llevó hasta el coche.

–¿Tienes preparada la bolsa? –le preguntó, después de meterla con cuidado en el vehículo.

–Sí, está todo menos el cepillo de dientes.

–Voy a buscarla, ahora mismo vuelvo.

Se fue de inmediato, y regresó justo cuando Maryellen estaba teniendo una contracción. El dolor era mucho más fuerte desde que había roto aguas. Echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos, y exhaló mientras intentaba recordar lo que había aprendido en las clases de preparación.

Cuando volvió a abrir los ojos, vio a Jon sentado al volante.

–¿Estás bien? –le preguntó él.

Al verlo bastante pálido, intentó esbozar una sonrisa tranquilizadora.

Más adelante, Maryellen apenas recordaría cómo fue el trayecto desde Cedar Cove hasta el centro de maternidad de Silverdale. Los dos permanecieron en silencio, y ella se concentró en las técnicas de respiración que había aprendido mientras él sorteaba el tráfico con pericia.

Cuando llegaron al centro, sólo se dio cuenta de que había un torbellino de actividad a su alrededor. La desnudaron y la prepararon, la ayudaron a tumbarse en una cama, y le colocaron un monitor fetal. Al ver que Jon parecía haber desaparecido, se preguntó si se habría marchado sin más. Le resultó comprensible, porque lo había llamado en medio de su jornada laboral.

En cuestión de minutos, estuvo cómodamente instalada en una habitación. Había todo tipo de aparatos disponibles para distraerla del dolor, pero no prestó ni la más mínima atención a la suave música de fondo ni a la televisión con vídeo.

Le habían advertido lo intensas que eran las contracciones, pero la realidad iba más allá de lo que esperaba. Fue contando mentalmente los segundos cada vez que tenía una, al sentir cómo se extendía desde la espalda hacia delante y le tensaba el vientre.

–¿Maryellen?

Abrió los ojos de golpe al oír la voz suave de Jon, y se sintió aliviada y agradecida al verlo en el umbral de la puerta. Se incorporó sobre un codo, y le preguntó esperanzada:

–¿Puedes quedarte?

–Sí, si tú quieres.

Sí, sí que quería. Hasta ese momento, no se había dado cuenta de cuánto ansiaba tenerlo a su lado, de cuánto lo necesitaba... no le habría bastado con la presencia de cualquier otra persona, lo quería a él y sólo a él.

Jon entró en la habitación, se sentó junto a ella, y fijó la mirada en el monitor que reflejaba cómo iba desarrollándose todo. A pesar de que no había asistido ni a una sola clase de preparación al parto, parecía saber qué decir y qué hacer para conseguir que estuviera más cómoda. Cuando ella se puso de lado, empezó a frotarle la espalda. No dejó de susurrarle palabras de ánimo, y le dijo una y otra vez con voz alentadora lo bien que estaba haciéndolo.

Las contracciones siguieron siendo largas e intensas. Maryellen sintió que el dolor la superaba y no pudo contener un gemido ahogado en medio de una que duró un minuto entero, el minuto más largo de su vida.

–¡Haga algo! –le exigió Jon a la enfermera que entró justo en ese momento–. ¡Le duele mucho!

–Maryellen ha optado por tener un parto natural, estamos respetando sus deseos –le contestó la mujer, con una sonrisa benigna.

–Estoy bien –a pesar de sus palabras, Maryellen no sabía cuánto tiempo iba a poder aguantar el dolor–. ¿Puedo agarrarte la mano?

Jon se puso de pie, apoyó el codo en la cama, y le dio la mano. A partir de ese momento, Maryellen permaneció aferrada a él. Se mantuvo junto a ella en todo instante, y cuando llegó el momento de empujar, colocó la cabeza muy cerca de la de ella y le rodeó los hombros con un brazo. Saludó brevemente al doctor Abner cuando éste llegó y les dijo que el parto era inminente, pero de inmediato siguió animándola con voz suave y tranquilizadora.

Maryellen se apoyó contra él, empujó fuerte, y respiró jadeante entre dolor y dolor. Cuando llegó la siguiente contracción, apretó con más fuerza su mano y gimió mientras empujaba con todas sus fuerzas. Estaba sudorosa. De repente, notó que su hija salía de su interior, y soltó una exclamación ahogada al oír su suave llanto.

Sintió un orgullo y un amor avasalladores, y se le llenaron los ojos de lágrimas. Miró con una sonrisa trémula a Jon, y se sorprendió al ver que él también estaba llorando.

–Bienvenida, Katie –susurró.

–¿Vas a llamarla Katie en vez de Catherine? –le preguntó él.

–Sí. Catherine parece demasiado nombre para una niñita tan pequeña, ¿verdad? –además, era un gesto en honor de la difunta madre de Jon, que también se llamaba Katie.

–Gracias –le susurró él, antes de darle un pequeño apretón en los hombros. Estaba contemplando arrobado a la niña, que seguía berreando.

El doctor Abner le entregó la pequeña a la enfermera, que se volvió hacia Jon y le dijo:

–Puede venir conmigo si quiere, papá. Podrá tomarla en brazos en cuanto la pese y la lave.

Él miró con expresión interrogante a Maryellen, que asintió mientras seguía llorando de felicidad. La embargaba un sentimiento sin igual, una mezcla maravillosa de satisfacción, alegría y amor. Hacía meses que quería a su hija con toda el alma, pero en ese momento el poder de ese amor la envolvió por completo y le llenó el corazón.

Jon y la enfermera estaban atareados en el otro extremo de la habitación. No alcanzaba a ver lo que estaban haciendo, pero vio con claridad el rostro de él cuando la mujer le puso a Katie en los brazos, y la emocionó ver cómo miraba con expresión arrobada y llena de felicidad a la pequeña mientras la sostenía con actitud protectora.

–Es preciosa –le dijo él con voz suave, cuando alzó la mirada y los ojos de ambos se encontraron.

Maryellen estaba deseando abrazarla, así que alargó los brazos y él se acercó y se la entregó.

Así iban a tener que ser las cosas en adelante. Iban a tener que aprender a compartir a su hija, a trabajar en equipo, a anteponer los deseos y las necesidades de Katie a los suyos propios.

Alguien llamó a la puerta, pero Maryellen siguió centrada en Catherine Grace, que tenía la cara enrojecida y los ojos cerrados con fuerza, como si la luz le resultara demasiado fuerte.

Jon le acercó un dedo, y la pequeña lo agarró con la manita.

Una joven, seguramente una voluntaria, asomó la cabeza y les dijo:

–Una tal señora Sherman está esperando fuera, dice que iba a acompañarla durante el parto.

–Sí, es mi madre –le dijo Maryellen, sonriente.

La voluntaria le devolvió la sonrisa, y comentó:

–Le diré que pase.

Al cabo de unos segundos, tanto su madre como Kelly entraron en la habitación y empezaron a bombardear a preguntas a Maryellen, que tardó unos minutos en darse cuenta de que Jon se había marchado. Ni siquiera había tenido tiempo de darle las gracias.

Mientras esperaba a que empezara la reunión plenaria del Ayuntamiento, Charlotte Jefferson sacó su labor. Le resultaba sorprendente que casi todo el mundo se desentendiera de los temas relacionados con la política local... aunque lo cierto era que aquélla era la segunda reunión a la que asistía en setenta y cinco años. Hacía poco que había empezado a preocuparse por los asuntos cívicos.

–Hola, Louie –le dijo con amabilidad a Louie Benson, el alcalde, que acababa de entrar y estaba pasando junto a ella. Estaba sentada sola en la primera fila.

–Tengo entendido que hay que felicitarte –le dijo él. Los Benson eran una familia con solera en Cedar Cove. El hermano menor de Louie, Otto, era un prestigioso abogado.

–Sí, ya tengo a mi primer bisnieto.

–Me han dicho que Grace Sherman acaba de ser abuela por segunda vez.

–Sí, la niña nació la semana pasada.

Grace estaba tan orgullosa de su primera nieta, la hija de Maryellen, como de su nieto Tyler, el hijo de Kelly y Paul. Había sido una casualidad de lo más agradable que tanto Olivia como ella pudieran ejercer de abuelas a la vez, porque siempre habían sido unas amigas muy unidas que se habían apoyado mutuamente.

–Es toda una novedad verte en las reuniones plenarias –comentó el alcalde–. Es todo un placer tenerte aquí.

–He venido por una razón de peso –Charlotte tiró con fuerza del ovillo de lana mientras seguía tejiendo.

–¿Puedo ayudarte en algo?

Aquélla era la oportunidad que Charlotte estaba esperando.

–Quiero proponer que se abra una clínica en la ciudad, es una vergüenza que no haya una.

La gente tenía que ir a la zona de Bremerton para recibir asistencia médica. Eso suponía realizar un trayecto de entre dieciséis y veinticinco kilómetros, y tener que esperar durante horas en Urgencias. Una ciudad del tamaño de Cedar Cove podía permitirse los gastos de una clínica, pero Charlotte quería un centro de salud que admitiera a todos los habitantes de la población sin excepciones.

–Mira, Charlotte...

–Quiero que los precios sean flexibles, que se ajus