7,49 €
Como cristianos es vital que seamos bien establecidos en la verdad de la Palabra de Dios para permanecer firmes en los días que están por venir. Tener una comprensión general de la Biblia es un deber, y se convertirá en una realidad a través de la lectura de este libro ungido.
Este estudio de los 66 libros de la Biblia incluye un breve comentario sobre el periodo intertestamental de la historia bíblica. El Dr. Bailey se ha centrado en los conceptos claves de cada uno de los estudios, y ha entremezclado varias revelaciones maravillosas de su vasta experiencia. A través de este estudio bien escrito, usted llegará a comprender fácilmente las verdades destacadas que fluyen a través de las páginas del Libro de Dios, y ganará un mayor deseo de estudiar Su Palabra.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Veröffentlichungsjahr: 2018
CONOZCA SU BIBLIA
Un estudio del Antiguo y Nuevo Testamentos
Título original en inglés: “Know Your Bible”
© 2005 Brian J. Bailey.
Versión 1.2 (2022)
Título en español “Conozca su Biblia”
© Brian J. Bailey, agosto 2006.
Versión 1.2 (2022)
Libro de texto de Zion Christian University
usado con permiso.
Todos los derechos reservados
Publicado por Zion Christian Publishers.
Diseño de portada: © 2005 Brian J. Bailey y sus licenciatarios.
Todos los derechos reservados.
Traducción al español por: Marian Belmonte.
Edición en español: Raimundo J. Ericson, agosto 2006.
Primera edición en español: agosto 2006.
A menos que se indique lo contrario,
todas las citas bíblicas fueron tomadas
de la versión Reina-Valera en su revisión de 1960,
© 1960, Sociedades Bíblicas Unidas.
Publicado en formato e-book en 2022
En los Estados Unidos de América.
ISBN versión electrónica (E-book) 1-59665-577-1
Para obtener más información comuníquese a:
Zion Christian Publishers
Un ministerio de Zion Fellowship, Inc
P.O. Box 70
Waverly, NY 14892
Tel: (607) 565-2801
Llamada sin costo: 1-877-768-7466
Fax: (607) 565-3329
www.zcpublishers.com
A las siguientes personas por su arduo trabajo y colaboración en la edición en español: Marian Belmonte por su trabajo en la traducción de este libro. A Raimundo Ericson, Carla Borges y el equipo de trabajo de IBJ Guatemala por su trabajo de edición y revisión.
Al equipo editorial de ZCP: Carla Borges, David Kropf, Ana Karen Poza, Hannah Schrock y Suzanne Ying.
Queremos expresar nuestra gratitud a estos amados hermanos por sus muchas horas de invalorable ayuda, sin las cuales este libro no habría sido una realidad. Reconocemos profundamente su diligencia, creatividad y excelencia en la compilación de este libro para la gloria de Dios.
El tema central de la Biblia es la asombrosa compasión de Dios para con la raza humana, que fue creada a Su imagen y semejanza pero que está muy lejos de la naturaleza y de la bondad de su Creador. Por medio de la desobediencia de Adán, el primer hombre, el pecado (que significa todo aquello que es malo) entró en el mundo y destruyó la comunión entre Adán y su Hacedor.
Dios mismo tuvo que pagar el precio para redimirnos y restablecer el compañerismo con Él. En consecuencia, fue Él quien tuvo que dar a Su Hijo Unigénito, Jesucristo, como sacrificio por nuestros pecados. Por esa razón tuvo que hacerse hombre. Dios el Padre preparó un cuerpo para Su Hijo en el vientre de María de Nazaret. Jesús fue concebido por el tercer miembro de la Santa Trinidad, el bendito Espíritu Santo.
El Hijo de Dios se llamó Jesús, que significa “Salvador”, y vivió una vida sin pecado. Luego se ofreció sin mancha a Su Padre por el poder del Espíritu Santo. Aceptado y aprobado por Dios, Jesucristo fue el Cordero de Dios que se convirtió en el sacrificio realizado en la cruz del Calvario, fuera de los muros de Jerusalén, a favor de todos los que creyeran en Él. Fue sepultado en una tumba situada en un huerto y resucitó al tercer día como una señal para nuestra justificación.
El Señor Jesús vive para siempre sentado a la diestra de Dios hasta que regrese con 10.000 de Sus santos para recibir a todos los que creen en Su nombre y para castigar con fuego eterno a todos los que lo rechazan.
Esta gran salvación, que nos limpia por medio de Su sangre derramada en la cruz del Calvario, está disponible para todos. Simplemente debemos creer, confesar que somos pecadores, pedir a Jesús que nos perdone, pedirle que entre en nuestro corazón y recibirlo por fe. De esta manera nacemos de nuevo por el Espíritu de Dios y pasamos a ser un hijo o una hija del Dios vivo.
Jesús dijo: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn. 3:16). Le invito, amable lector, a hacer eso ahora y recibir a Jesús como su Salvador.
Ahora lo invitamos a que “Conozca su Biblia” por medio del siguiente estudio de los tesoros de la Palabra de Dios, que es una guía para el creyente desde la tierra hasta el cielo. Hágalo en actitud de oración y sus ojos serán abiertos a las asombrosas verdades que ella contiene. Jesús dijo: “[...]; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Jn. 8:32).
ESTUDIO
DEL
ANTIGUO
TESTAMENTO
La gran necesidad de los estudiantes de la Biblia en la actualidad es tener una perspectiva amplia e integral de la Biblia, con el fin de que puedan entender las verdades sobresalientes que fluyen por las páginas del Libro de Dios. De ese modo, los estudiantes podrán comprender con más facilidad el mensaje central de la redención y el plan de Dios para las edades, al igual que Su plan para cada vida. Este estudio se ha escrito con ese objetivo en mente.
La Biblia contiene 66 libros diferentes que han sido divididos en dos partes: el Antiguo Testamento (39 libros) y el Nuevo Testamento (27 libros). En primer lugar, consideraremos cómo fue escrito y compilado el Antiguo Testamento.
Está compuesto por los cinco primeros libros, que los judíos llaman “Los cinco primeros libros de Moisés”. El mundo occidental los conoce como Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio.
Comprenden los siguientes libros: Josué, Jueces, Rut, 1 y 2 Samuel, 1 y 2 Reyes, y 1 y 2 Crónicas.
Los libros de Esdras, Nehemías y Ester, llamados de la Restauración, fueron escritos después del regreso de los judíos de la cautividad en Babilonia. Van de la mano de los libros escritos por los profetas de la Restauración: Hageo, Zacarías y Malaquías.
Son los libros de Job, Salmos, Proverbios, Eclesiastés y Cantar de los Cantares.
Estos libros proféticos recibieron este nombre por su extensión. Son las profecías de Isaías, Jeremías (incluido su libro de Lamentaciones), Ezequiel y Daniel.
Los Profetas Menores comprenden doce libros, que contienen menos material que los denominados Profetas Mayores. Son los libros de Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahum, Habacuc, Sofonías, Hageo, Zacarías y Malaquías.
Pentateuco es una palabra griega que significa “cinco volúmenes” y se aplica al conjunto de los cinco primeros libros de la Biblia. A veces se hace referencia esta sección como el Libro de la Ley o “la Ley”. Este nombre se da en la Escritura, como leemos en 2 Crónicas 31:3: “El rey contribuyó de su propia hacienda para los holocaustos a mañana y tarde, y para los holocaustos de los días de reposo, nuevas lunas y fiestas solemnes, como está escrito en la ley de Jehová”. Nehemías 8:18 dice también: “Y leyó Esdras en el libro de la ley de Dios cada día, desde el primer día hasta el último; e hicieron la fiesta solemne por siete días, y el octavo día fue de solemne asamblea, según el rito”.
Los judíos también se refieren a esta colección de escritos como la Torá, que significa “enseñanza, doctrina o instrucción”. Es la parte más importante del Antiguo Testamento, ya que sus enseñanzas constituyen el fundamento sobre el cual se basa el resto de la Escritura. Jesús se refiere a los Diez Mandamientos (que se encuentran en Éxodo 20 y se repiten en Deuteronomio 5) y declara que Él vino para cumplirlos (Mt. 5:17). Nosotros debemos guardar estos mandamientos, y deben estar escritos en nuestra mente y en las tablas de carne de nuestro corazón (Jer. 31:33).
El primer libro de la Biblia se denomina así debido a que comienza con la palabra hebrea Bereshith, que significa “en el principio”. Génesis es la palabra griega que significa “principio u origen”. En este libro encontramos los comienzos de todas las cosas, algunas de las cuales son:
1. El comienzo del cielo y de la tierra (1:1).
2. El comienzo de la vegetación y de la vida animal (1:12).
3. La creación del hombre y la mujer, y también del matrimonio (2:21-24).
4. El comienzo del pecado (3:1-24).
5. El comienzo de la redención mediante el derramamiento de sangre (3:21).
6. El comienzo del asesinato (4:8).
7. El comienzo de la poligamia (4:19).
8. El comienzo de la música (4:21).
1. Siete días de creación 1:1–2:3
a. Primer día: noche y día 1:5
b. Segundo día: cielo 1:8
c. Tercer día: tierra, mares y vegetación 1:9-13
d. Cuarto día: sol, luna y estrellas 1:14-19
e. Quinto día: peces y aves 1:20-23
f. Sexto día: toda criatura viviente y el hombre 1:24-31
g. Séptimo día: Dios descansó, día de reposo 2:1-3
2. El huerto del Edén 2:4-25
3. La caída 3:1-20
4. Anuncio de la redención 3:21
5. Caín y Abel 4:1-24
6. La línea de los justos desde Set hasta Noé 5:1-32
7. Cruce de las líneas de los justos y los injustos 6:1-7
8. Elección de Noé y la construcción del Arca 6:8-22
9. El Diluvio 8:1–9:29
10. Genealogías de Noé 10:1-32
11. La torre de Babel 11:1-9
12. Generaciones de Noé a Abraham 11:10-32
13. Vida de Abraham 12:1–18:33; 20:1–25:10
14. Vida de Isaac 25:10–28:5; 35:27-29
15. Vida de Jacob 25:26–37:34; 42:1-36; 45:25–50:24
16. Vida de José 30:24–50:2
El evento de la creación –muy combatido por quienes a sí mismos se llaman evolucionistas– está demostrado por el hecho de que en el mundo, y en particular en la vida animal, todo produce según su especie porque Dios lo ha ordenado (Gn. 1:11, 21, 24-25). Esto destruye la base misma de la teoría de la evolución, que presupone que hay una transmutación o evolución de las especies a lo largo del tiempo, de lo cual no existe evidencia.
Los esfuerzos del hombre por ir más allá de lo que Dios el Creador ha ordenado han terminado en fracaso. Por ejemplo, Dios trabajó por seis días y después descansó el séptimo día y llamó santo a ese día (Gn. 2:3). De ese modo, se ordena tanto al ser humano como a los animales que trabajen seis días y descansen el séptimo, llamado el día del Señor. Los ateos de la Revolución Francesa, buscando cambiar los decretos de Dios, trataron de hacer que hombres y animales trabajaran en ciclos de diez días, pero descubrieron que tuvieron que volver al ciclo de siete días por el agotamiento que sufrían todos. Otro ejemplo fue cuando los científicos de la Unión Soviética se negaron a reconocer la creación y buscaron perpetuar la evolución. El resultado fue que la investigación científica en su país quedó con un retraso de 50 años por detrás de los países occidentales.
¿Creen los evolucionistas en sus teorías? ¡Difícilmente! Charles Darwin, en su lecho de muerte, pidió que le abrieran la ventana de su cuarto para poder escuchar los himnos que una congregación cercana estaba entonando. Cuando le preguntaron: “Señor Darwin, ¿y qué de sus teorías y creencias en la evolución?”, Darwin contestó que eran producto de imaginaciones de su juventud, (Bowden, Malcolm, págs. 259-276, sección 6.6).
El agnóstico Aldous Huxley (un biocientífico británico que fue otro defensor de la evolución) confesó sinceramente: “Yo tenía motivos para no querer que el mundo tuviera significado; por consiguiente, supuse que no tenía ninguno y pude, sin ninguna dificultad, encontrar razones satisfactorias para esta suposición. El filósofo que no halla significado en el mundo no se ocupa exclusivamente de un problema de la metafísica pura; también se ocupa de demostrar que no existe razón válida por la cual él personalmente no debería hacer lo que quiere hacer, o por la cual sus amigos no deberían apropiarse del poder político y gobernar del modo que sea más ventajoso para sí mismos […]. Para mí, la filosofía de la falta de significado era esencialmente un instrumento de liberación, sexual y política” (Huxley, Aldous, pág. 270).
En otras palabras, como respuesta a la pregunta sobre si él creía que existía un Dios, dijo, efectivamente: “Lo creo; pero me aferré a la vana esperanza de que no existía para calmar mi mala conciencia y así continuar en mis caminos de pecado”.
La creación significa que hay un Creador al cual debemos rendir cuentas de la vida que vivimos aquí sobre la tierra. Su decreto de que nos reproduzcamos según nuestra especie también se extiende a la esfera espiritual: lo que somos determinará el fruto que produzcamos dondequiera que vayamos. Vivamos una vida piadosa, digna de hijos e hijas de un Dios santo, que fomenten la santidad y el temor del Señor en la vida de otros.
Al escribir a los romanos, el apóstol Pablo declaró: “Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa” (Ro. 1:20).
Apreciemos el esplendor y las maravillas de la creación de Dios caminando por las praderas y contemplando la increíble belleza de los paisajes montañosos y el firmamento. Entonces exclamaremos, como hizo David en el Salmo 8: “¡Oh Jehová, Señor nuestro, cuán glorioso es tu nombre en toda la tierra! Has puesto tu gloria sobre los cielos; de la boca de los niños y de los que maman, fundaste la fortaleza, a causa de tus enemigos, para hacer callar al enemigo y al vengativo. Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites? Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra. Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies: ovejas y bueyes, todo ello, y asimismo las bestias del campo, las aves del cielo y los peces del mar; todo cuanto pasa por los senderos del mar. ¡Oh Jehová, Señor nuestro, cuán grande es tu nombre en toda la tierra!”
Génesis 1:26-27 afirma: “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza [...]. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó”. El primer hombre fue creado a imagen de Dios, lo cual quiere decir que poseía el mismo tipo de cuerpo y de rasgos que Dios. “Conforme a nuestra semejanza” también significa similitud en el área de las emociones: con capacidad de amar, de odiar y todos los demás atributos que forman nuestro carácter.
Adán fue creado en estado de inocencia, sin conocer el bien y el mal. Sin embargo, Dios es santo. En pocas palabras, santidad significa inocencia que ha sido probada. Por esa razón Adán fue puesto en el hermoso huerto del Edén, en el cual estaba el árbol de la vida y también el del conocimiento. Dios había dado el mandamiento de que no debían comer del árbol del conocimiento del bien y del mal, pues si lo hacían morirían.
A Satanás, en forma de serpiente, se le permitió tentarlos. Eso hizo, tratando de desacreditar el carácter de Dios al decir: “¿Conque Dios os ha dicho...?” (Gn. 3:1). Entonces Eva, la esposa de Adán, fue engañada por sus palabras con respecto al fruto y dio de comer del fruto a su esposo. De este modo pecaron y perdieron el estado de inocencia. Al ser expulsados del huerto para que no tomaran del fruto del árbol de la vida y vivieran para siempre en su estado de pecado, fueron vestidos con pieles de animales.
El dar muerte a animales para vestirlos describía el sacrificio del Cordero de Dios: el Señor Jesucristo que moriría por nuestros pecados. A Cristo se le llama el Cordero de Dios inmolado desde la fundación del mundo, ya que Dios sabía desde el principio que el hombre pecaría y necesitaría un Salvador. Leemos en Juan 3:16: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”.
Caín y Abel, los dos primeros hijos de Adán y Eva, ofrecieron sacrificios a Dios. Dios rechazó la ofrenda de Caín porque su vida era malvada, mientras que el sacrificio del justo Abel fue aceptado. Como resultado, Caín mató a Abel (Gn. 4:1-16). De Caín vino la línea de los malvados, mientras que otro hijo, Set (que fue dado para reemplazar a Abel), produjo la línea de los justos. Debido a que estas dos líneas se casaron entre sí, surgieron hombres violentos, hasta que toda la tierra se llenó de corrupción. Dios decidió destruir toda carne, pero Noé halló favor ante los ojos de Dios (Gn. 6:1-8).
Noé fue uno de los tres hombres más justos del Antiguo Testamento, junto con Daniel y Job (Ez. 14:14). Dios ordenó a Noé que construyera un arca para salvar a su familia (ocho personas en total) cuando todo otro ser vivo fue destruido por el Diluvio.
El Arca, que habla de seguridad en tiempos de problemas, revela verdades espirituales a través de sus medidas. Tenía una puerta, que habla de Cristo como la única Puerta para entrar al cielo, y una ventana, que habla de la necesidad de que el cristiano tenga sus ojos exclusivamente enfocados en las cosas celestiales y eternas en lugar de mirar las cosas de este mundo. Tenía una longitud de 300 codos, el número 300 habla de caminar con Dios, (Gn. 5:22). El Arca también tenía tres niveles, que representan las tres etapas de la vida cristiana: niños, jóvenes y padres (1 Jn. 2:12-14).
Hubo diez generaciones desde Adán hasta Noé, y otras diez generaciones desde Noé hasta Abraham, que fue el padre de la nación escogida (que después se llamaría Israel).
Después de muchas pruebas, entre ellas el ofrecer en holocausto a Isaac, su hijo primogénito nacido de Sara (Gn. 22:1-19), Dios llamó a Abraham “el padre de muchas naciones”. De hecho, por medio de su hijo Ismael, Abraham se convirtió también en el padre de muchas naciones árabes. Tuvo además seis hijos con Cetura (Gn. 25:1). El Señor hizo una promesa de pacto a Abraham: darle el territorio desde el río de Egipto hasta el gran río Éufrates, y desde el río Jordán hasta el mar Mediterráneo. Dios prometió que eso se alcanzaría por medio de Isaac.
Abraham no dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en la fe. Al estar persuadido de que Dios podía hacer aquello que había prometido, le fue contado por justicia. Esto se convirtió en el fundamento para nuestra salvación, ya que la justicia de Dios nos será imputada si creemos que Jesús murió por nuestros pecados (Ro. 4:20-25).
Este hijo milagroso de Abraham y Sara, nacido en su vejez, heredó las promesas. Isaac tuvo dos hijos gemelos con Rebeca: Esaú y Jacob. Cuando Esaú, el primogénito, estaba cansado y tenía hambre, vendió su primogenitura a Jacob por un guiso de lentejas. Esaú fue un fornicario y un blasfemo; despreció su primogenitura y el Señor le negó el arrepentimiento (He. 12:16-17). De allí en adelante, él y sus descendientes (Edom) se convirtieron en los constantes enemigos de Jacob (cuyo nombre más tarde fue cambiado por el de Israel). Junto con Moab y Amón (descendientes de Lot), la descendencia de Esaú forma la población que ocupa lo que hoy se conoce como el reino de Jordania.
Jacob, cuyo nombre fue cambiado por el de Israel (que significa “un príncipe con Dios”), fue el padre de las doce tribus de Israel. Esas tribus más tarde heredarían la tierra de Canaán, tal como Dios había prometido a Abraham.
Fue el heredero escogido de Israel cuando era un muchacho de 17 años de edad. Para expresar esa elección, su padre le regaló un manto de muchos colores. Sus hermanos tuvieron celos de él, en especial cuando su elección fue confirmada por Dios mediante dos sueños que le revelaron que él gobernaría sobre sus hermanos. Aunque los hermanos de José lo vendieron para que fuera un esclavo en Egipto, Dios estaba con él. Llegó a ser el mayordomo de la casa de Potifar, que era el capitán de la guardia de Faraón.
Sin embargo, aquel a quien se le va a confiar un liderazgo debe ser probado de muchas maneras. Por lo tanto, la esposa de Potifar acusó falsamente a José de comportarse de modo impropio. Lo llevaron a la cárcel y allí permaneció entre rejas. Pero Dios estaba con él, y el carcelero le confió el cuidado de todos los prisioneros. Tiempo después, debido a que había interpretado correctamente los sueños del copero y del panadero de Faraón, fue sacado de la cárcel para que interpretara unos sueños que Dios le había dado a Faraón con respecto a una hambruna futura (Gn. 39:1–41:14).
Reconociendo la sabiduría de José, el Faraón lo nombró segundo gobernante del país, a fin de prepararlo para la hambruna que llegaría. José construyó graneros durante el tiempo de abundancia, para así poder alimentar a los egipcios cuando llegara el tiempo de hambre y también a las personas de países cercanos que del mismo modo sufrirían la hambruna. Jacob, al oír que había grano en Egipto, envió a sus hijos allá para comprar. Ellos tuvieron que solicitar al gobernante comprar grano de sus graneros, y se encontraron cara a cara con su hermano José, al cual no reconocieron. Después de revelar su identidad, José los trató con compasión y bondad (Gn. 41-45).
José reveló sus secretos espirituales mediante los nombres de sus hijos. Manasés, el nombre del primogénito, significa “Dios me ha hecho olvidar toda la tristeza de la casa de mi padre”. ¡Qué verdad tan preciosa! ¡Tener victoria sobre todas las injusticias de la vida mediante el olvido santo! Eso hace posible el perdón, porque no albergamos pensamientos del mal que se ha cometido contra nosotros.
Desde este lugar de victoria disfrutamos de las bendiciones del segundo hijo, Efraín, que significa “doble fruto”. José ciertamente heredó la primogenitura. Él tuvo una doble bendición en la tierra de la promesa, al tener dos porciones por medio de sus hijos. Tanto Efraín como Manasés pasaron a ser tribus de Israel.
José alimentó a sus hermanos y a su padre, Jacob, que había descendido a Egipto para vivir en lo mejor de la tierra. Allí se multiplicaron grandemente, comenzando con las 70 personas que llegaron, y se convirtieron en una gran nación de unos 3 millones de personas.
Cuando José estaba a punto de morir, hizo que los hijos de Israel le prometieran que cuando Dios los llevara de regreso a la tierra de Canaán tomarían sus huesos y los enterrarían en el lugar de su herencia.
Podemos aprender mucho de la vida de este hombre piadoso, que aunque estuvo separado de sus hermanos según los propósitos de Dios, fue llamado una “rama fructífera” (Gn. 49:22). Éste también puede ser nuestro camino para llevar fruto.
El libro de Génesis es un libro de comienzos. En él no solamente vemos el principio de la humanidad, sino también el comienzo de doctrinas que influyen en nuestra vida tanto aquí en el presente como en la eternidad. Una de ellas es la gran doctrina de la redención mediante el derramamiento de sangre. Otra, es la salvación por la fe en la Palabra de Dios. También vemos que la justicia de Dios es contada a favor de aquellos que creen lo que Él dice y por medio de sus obras revelan su fe (Stg. 2:21-22).
Otras doctrinas que se revelan son la necesidad de que haya pruebas para formar el carácter de un hombre de Dios y lo esencial de la pureza sexual para llegar a un cargo elevado. Génesis cubre todos esos asuntos, al igual que otros que afectan al juicio eterno. Por ejemplo, Caín, de quien se dice que era “del maligno”, se usa como una advertencia aun para nuestra generación (1 Jn. 3:12).
(Para un estudio más profundo de estas verdades recomendamos nuestro libro más extenso sobre Génesis, editado hábilmente por el Dr. Paul Caram).
El tema del libro se revela en su nombre: Éxodo. Es el relato de la estancia de los hijos de Israel en Egipto desde el tiempo de José hasta su liberación por medio de Moisés y su llegada al monte Sinaí. Fue el comienzo del viaje desde Egipto hasta el monte Sion. Este viaje fue concebido en el corazón de Dios antes de la fundación del mundo.
El apóstol Pablo nos dice en 1 Corintios 10:11 que ellos emprendieron ese viaje para ejemplo nuestro, a quienes han alcanzado los fines de los siglos. Bien pudo decir San Agustín: “El Nuevo Testamento está latente en el Antiguo: el Antiguo Testamento se hace patente en el Nuevo”. En otras palabras: el Nuevo Testamento está oculto en el Antiguo Testamento, y el Antiguo Testamento es revelado en el Nuevo Testamento.
1. El horno de hierro de Egipto 1:1-22
a. Un Faraón que no conocía a José 1:8
b. Comisarios de tributos 1:11
c. El genocidio 1:16-22
2. La preservación de Moisés 2:1-25
a. Se convierte en hijo de la hija de Faraón 2:10
b. Es formado en la corte de Faraón Hechos 7:22
c. Mata a un egipcio en defensa de un israelita 2:12
d. Huye al desierto 2:15
e. Se casa con la hija de un sacerdote de Madián 2:21
3. El encuentro de Dios con Moisés en la zarza ardiente 3:1–4:31
a. El nombre de Dios: YO SOY EL QUE SOY 3:14
b. Tres señales 4:3-9
c. Es enviado al Faraón de corazón endurecido 4:21
4. Un Faraón que no conocía al Señor 5:1-23
a. Aumento de la carga sobre los hijos de Israel 5:1-19
b. Los hijos de Israel se quejan a Moisés 5:20-21
c. Moisés acude a Dios 5:22-23
5. Moisés es enviado de nuevo a Faraón 6:1–12:51
a. Dios da confianza a Moisés 6:1–7:7
b. Las señales 7:8-13
c. Las diez plagas 7:14–11:10
6. Institución de la Pascua 12:1-51
7. Institución de la fiesta de los Panes sin levadura 13:3-10
8. Viaje por el desierto desde Egipto hasta el monte Sinaí 13:17–19:2
a. El cruce del mar Rojo 14:1-31
b. El canto de Moisés 15:1-21
c. “YO SOY el Señor tu sanador” 15:23-26
d. El maná 16:12-36
e. Provisión de agua en la roca en Horeb 17:1-7
f. La derrota de Amalec 17:8-16
g. Delegación de responsabilidades 18:1-27
9. El monte Sinaí 19:1–40:34
a. Entrega de los Diez Mandamientos y leyes 20:1–24:18
b. El Tabernáculo de Moisés 25:1–40:34
En este viaje de los hijos de Israel hay muchas verdades importantes que nosotros, como cristianos, necesitamos aprender. La primera de esas verdades es que Dios orquesta todas las cosas. Toda la historia está controlada por Dios, y Él rige los asuntos de los hombres. Esta misma verdad fue revelada en una época posterior a Nabucodonosor, rey de Babilonia, como leemos en Daniel 4:32: “Y de entre los hombres te arrojarán, y con las bestias del campo será tu habitación, y como a los bueyes te apacentarán; y siete tiempos pasarán sobre ti, hasta que reconozcas que el Altísimo tiene el dominio en el reino de los hombres, y lo da a quien él quiere”.
El hecho de que Dios estuviera orquestando todos estos sucesos queda demostrado por el siguiente pasaje de la Biblia: “Trajo hambre sobre la tierra, y quebrantó todo sustento de pan. Envió un varón delante de ellos; a José, que fue vendido por siervo. Afligieron sus pies con grillos; en cárcel fue puesta su persona. Hasta la hora que se cumplió su palabra, el dicho de Jehová le probó. Envió el rey, y le soltó; el señor de los pueblos, y le dejó ir libre. Lo puso por señor de su casa, y por gobernador de todas sus posesiones” (Sal. 105:16-21).
El Salmo 105 habla del descenso de Jacob a la tierra de Egipto y de que Dios hizo que el pueblo se multiplicara en gran manera. Entonces el Señor cambió los corazones de los egipcios para que odiasen a Su pueblo. Con respecto a Faraón, el Señor afirmó en Éxodo 9:16: “Y a la verdad yo te he puesto para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado en toda la tierra”.
Los hijos de Israel, en su angustia, clamaron al Señor, quien envió a su libertador escogido, Moisés, para librarlos del horno de hierro de la esclavitud en Egipto. Eso le permitió al Señor realizar grandes señales y maravillas, llamadas las diez plagas, que llegaron como juicios sobre los egipcios, porque estaban dirigidas contra los dioses que los egipcios adoraban.
Los hijos de Israel salieron victoriosos, bajo la conducción de Moisés, para regresar a la tierra de su herencia que había sido prometida a Abraham, Isaac y Jacob. A causa de aquellas plagas, los habitantes de las tierras que después atravesarían los hijos de Israel camino a Sion les tuvieron miedo.
Antes de la última plaga, la muerte de los primogénitos del país, Dios instituyó la primera de las siete fiestas del Señor, todas las cuales tienen un gran significado para la Iglesia y para el cristiano individual. Las veremos en detalle más adelante en nuestro estudio del libro de Levítico. Por ahora, consideraremos solamente las tres primeras.
Se les ordenó a los hijos de Israel que tomaran un cordero por cada casa y con la sangre rociaran los dinteles de las puertas de su casa. Debían comer el cordero mientras estaban preparados como para salir de viaje. Cuando el ángel pasara por el país para matar a los primogénitos, pasaría de largo por la casa donde viera la sangre (Ex. 12:1-14). La primera fiesta fue llamada la fiesta de la Pascua. El apóstol Pablo nos dice en 1 Corintios 5:7 que Cristo es nuestra Pascua que fue sacrificada por nosotros. Por lo tanto, así como los israelitas de la antigüedad fueron salvos por la sangre de su cordero, nosotros somos salvos mediante la sangre que Cristo derramó en la cruz por nosotros.
En esta fiesta, toda levadura, que es un tipo del pecado, la hipocresía y la falsa doctrina, tenía que ser sacada de sus moradas (Ex. 12:15-20). Esto, explica el apóstol Pablo, es el pecado que debe ser purgado de nuestra vida (1 Co. 5:6, 8).
Tras la celebración de esa primera Pascua, los hijos de Israel salieron de la tierra de Egipto en orden militar. Los egipcios, ansiosos por que se fueran, les entregaron muchos regalos, tal como Dios había declarado a Abraham que harían, cientos de años antes (Gn. 15:14).
Por medio de un milagro que Dios hizo en el mar Rojo, los hijos de Israel cruzaron por tierra seca. Además, los egipcios que los perseguían fueron destruidos cuando las aguas volvieron a su cauce (Ex. 14).
Espiritualmente hablando, la importancia de este episodio para el cristiano es la ordenanza del bautismo en agua: ser sepultado con Cristo y caminar en novedad de vida con Él.
Después de haber atravesado el mar Rojo y haber salido de Egipto, cantaron el Cántico de Moisés: el canto de victoria. Este cántico será cantado por los redimidos aun en los cielos (Ap. 15:3). Este cruce del mar Rojo junto con el anuncio del bautismo es análogo a la resurrección de Cristo, a quien se denomina las primicias (1 Co. 15:20). Por lo tanto, es análogo a la fiesta de las Primicias.
Su viaje continuó por las costas orientales del mar Rojo hasta las aguas amargas de Mara, que fueron convertidas en aguas dulces cuando el Señor le dijo a Moisés que lanzara un árbol en ellas. Esto tipifica al cristiano que acude a la cruz y recibe gracia para triunfar en los momentos de aflicción. Al sanar las aguas de Mara, el Señor promete ser nuestro Sanador. Así que quienes vivieron en tiempos del Antiguo Testamento también experimentaron la sanación (Ex. 15:23-25).
Después recibieron agua de la roca cuando Moisés la golpeó según el mandato del Señor. La roca nos habla de Cristo, de quien brotó el agua de vida para Su pueblo cuando fue golpeado en la cruz.
Israel llegó al monte Sinaí en el mes tercero, que es el tiempo de Pentecostés, la cuarta fiesta. Allí, en el monte Sinaí, conocieron los poderes del mundo venidero: “Todo el monte Sinaí humeaba, porque Jehová había descendido sobre él en fuego; y el humo subía como el humo de un horno, y todo el monte se estremecía en gran manera. El sonido de la bocina iba aumentando en extremo; Moisés hablaba, y Dios le respondía con voz tronante. Y descendió Jehová sobre el monte Sinaí, sobre la cumbre del monte; y llamó Jehová a Moisés a la cumbre del monte, y Moisés subió” (Ex. 19:18-20). Aquella manifestación del Señor se produjo para que ellos pudieran aprender a temer a Dios todos los días de su vida y a guardar Sus mandamientos.
Además, los ancianos de Israel tuvieron una manifestación de Dios única y singular sobre la montaña: “Y subieron Moisés y Aarón, Nadab y Abiú, y setenta de los ancianos de Israel; y vieron al Dios de Israel; y había debajo de sus pies como un embaldosado de zafiro, semejante al cielo cuando está sereno. Mas no extendió su mano sobre los príncipes de los hijos de Israel; y vieron a Dios, y comieron y bebieron” (Ex. 24:9-11).
Allí Moisés recibió los Diez Mandamientos, escritos por el dedo de Dios sobre dos tablas de piedra: “Y dio a Moisés, cuando acabó de hablar con él en el monte de Sinaí, dos tablas del testimonio, tablas de piedra escritas con el dedo de Dios” (Ex. 31:18).
El gran deseo del Dios tres veces santo de tener comunión con Su pueblo fue expresado de este modo a Moisés sobre el monte: “Y harán un santuario para mí, y habitaré en medio de ellos” (Ex. 25:8). Este santuario, conocido como el Tabernáculo de Moisés, estaba formado por tres partes:
1. El Atrio Exterior, al cual había acceso por una sola puerta. Esa puerta simboliza a Cristo, como leemos en Juan 10:7, 9, 11: “Volvió, pues, Jesús a decirles: De cierto, de cierto os digo: Yo soy la puerta de las ovejas. [...] Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos. [...] Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas”.
El vallado que rodeaba el Atrio Exterior estaba hecho de lino fino, lo cual nos habla de la justicia de Cristo que es imputada al creyente cuando acepta a Cristo como su Salvador. El Atrio Exterior es el lugar de los principios elementales del estudio bíblico y de las experiencias, tal como se nos indica en Hebreos 6:1-3: “Por tanto, dejando ya los rudimentos de la doctrina de Cristo, vamos adelante a la perfección; no echando otra vez el fundamento del arrepentimiento de obras muertas, de la fe en Dios, de la doctrina de bautismos, de la imposición de manos, de la resurrección de los muertos y del juicio eterno. Y esto haremos, si Dios en verdad lo permite”.
2. El Lugar Santo contenía el candelero, que tipifica los siete Espíritus del Señor enumerados en Isaías 11:2: “Y reposará sobre él el Espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová”. Son, entonces:
1. El Espíritu del Señor.
2. El Espíritu de sabiduría.
3. El Espíritu de inteligencia.
4. El Espíritu de consejo.
5. El Espíritu de poder.
6. El Espíritu de conocimiento.
7. El Espíritu de temor del Señor.
Había otros artículos en el Lugar Santo:
• La mesa del pan de la proposición, que nos habla de Cristo: el Pan de Vida. También nosotros debemos llegar a ser pan partido para alimentar a las naciones.
• El altar del incienso simboliza la vida de oración de nuestro bendito Señor, así como la nuestra.
• El velo que separaba el Lugar Santo del Lugar Santísimo tipifica la carne de Cristo (He. 10:20) y, por lo tanto, la experiencia de la vida crucificada.
3. El Lugar Santísimo contenía el Arca del Pacto, en el cual estaban las dos tablas de piedra sobre las cuales Dios había escrito los Diez Mandamientos. Esos Diez Mandamientos deben estar escritos sobre la mente y el corazón de los creyentes del Nuevo Testamento.
Los levitas fueron escogidos para ser los ministros del pacto del Antiguo Testamento, y en Éxodo 39:1-21 tenemos la descripción de las santas vestiduras del sumo sacerdote.
De ese modo, en el monte Sinaí, se nos da la visión futura de la vida espiritual del creyente. Además, vemos las cualidades que le permitirán pasar del estado de niño, en el Atrio Exterior, a joven, en el Lugar Santo, y a padre en Cristo en el Lugar Santísimo. ¡Que logremos todo eso!
Este libro a menudo se denomina el manual de los sacerdotes. Los temas principales son: la conducta del sacerdote, sus obligaciones y las ofrendas que en ciertas ocasiones debía hacer por el pueblo delante de Dios. También se dan los requisitos que debían cumplir las ofrendas que se hacían en las fiestas. (Para un estudio más extenso, por favor lea nuestro comentario sobre este libro, titulado Fiestas y ofrendas.) Todas estas cosas tienen su significado espiritual para aquellos que son llamados a ser sacerdotes del Nuevo Testamento, tal como se denomina al creyente en 1 Pedro 2:9: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable”.
Este libro de Levítico también se dio sobre el monte Sinaí, como vemos en Levítico 27:34: “Estos son los mandamientos que ordenó Jehová a Moisés para los hijos de Israel, en el monte de Sinaí”.
1. Las ofrendas 1:1–7:38
a. El holocausto 1:1-17
b. La ofrenda vegetal 2:1-16
c. La ofrenda de paz 3:1-17
d. La ofrenda por el pecado 4:1-35
e. La ofrenda por la culpa 5:1–7:38
2. La investidura de Aarón como sumo sacerdote 8:1–9:24
3. Diferencia entre lo puro y lo impuro 10:1–15:33
4. El día de la Expiación 16:1-34
5. La importancia de los sacrificios 17:1-16
6. Matrimonios ilícitos e inmoralidades 18:1-30
7. Resumen de las leyes: ama a tu prójimo 19:1-37
8. Advertencia contra la idolatría y la homosexualidad 20:1-27
9. Leyes que gobiernan el sacerdocio 21:1–22:33
10. Las fiestas del Señor 23:1-44
11. Mantener las lámparas encendidas 24:1-23
12. Guardar el día de reposo y bendiciones de la obediencia 25:1-26:13
13. Maldiciones de la desobediencia 26:14-46
14. Acerca de los votos 27:1-34
Había cinco sacrificios principales que el creyente podía ofrecer:
1. El holocausto (u ofrenda completamente quemada) consistía en ganado vacuno, ovejas o aves, dependiendo de la riqueza del israelita. Este sacrificio era una ofrenda voluntaria que el creyente ofrecía para expresar su amor a Dios. Tipificaba el primer mandamiento: “Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento” (Mt. 22:37-38).
2. La ofrenda vegetal compuesta de harina fina y aceite tipificaba el siguiente gran mandamiento: “Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas” (Mt. 22:39-40).
3. La ofrenda de paz habla de Cristo, nuestra paz, y de la experiencia de estas palabras: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Jn. 14:27). La paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento puede ser también su porción (ver Fil. 4:7).
4. La ofrenda por el pecado es representativa del trato del Señor con la naturaleza de pecado en nuestra vida. Podemos considerarnos muertos al pecado y vivos para con Dios (Ro. 6:6 13).
5. La ofrenda por la culpa habla del hecho que si pecamos contra los mandamientos de Dios, o sentimos que le hemos desagradado de algún modo, podemos pedirle perdón y la sangre de Jesús nos limpiará de toda iniquidad.
La investidura del sumo sacerdote es importante para nosotros como sacerdotes del Nuevo Testamento, ya que las vestiduras que él llevaba tienen una importancia espiritual. Debemos subrayar que el sacerdote tenía que estar lavado (limpiado de pecado), vestido de lino fino (la justicia del Señor) y ungido. Además, sobre la corona que tenía en su cabeza estaban escritas las palabras: “Santidad al Señor”, porque el sacerdote debe recordar siempre que sirve a un Dios santo y, por lo tanto, él también debe ser santo. Hemos hablado de esto ampliamente en nuestro libro sobre Fiestas y ofrendas.
Una de las verdades esenciales que debemos aprender es la insistencia de la Biblia en que un animal limpio rumia y tiene pezuña hendida. Ésas eran dos cualidades principales para distinguir el animal puro del impuro. La interpretación es que debemos meditar en los versículos de la Biblia que hemos leído y caminar de manera prudente, odiando el mal y escogiendo el bien.
Este era el día más santo del año para un israelita. Era el día en que el sumo sacerdote tomaba dos machos cabríos y escogía uno por suertes. El sumo sacerdote ponía sus manos sobre el escogido y confesaba los pecados del pueblo. Entonces ese macho cabrío era llevado al desierto y liberado allí. El otro era sacrificado, y por su sangre el sumo sacerdote pasaba el velo y entraba al Lugar Santísimo.
El día de Expiación representa el ser crucificado con Cristo (Gá. 2:20). Hebreos 9:6-8 dice: “Y así dispuestas estas cosas, en la primera parte del tabernáculo entran los sacerdotes continuamente para cumplir los oficios del culto; pero en la segunda parte, sólo el sumo sacerdote una vez al año, no sin sangre, la cual ofrece por sí mismo y por los pecados de ignorancia del pueblo; dando el Espíritu Santo a entender con esto que aún no se había manifestado el camino al Lugar Santísimo, entre tanto que la primera parte del tabernáculo estuviese en pie”.
El Señor no quería que los israelitas ofrecieran sacrificios a otros dioses. Para nosotros, es útil señalar que la gente hace donativos, grandes o pequeños, a diversas organizaciones caritativas que no fomentan la obra de Dios (la cual incluye, por supuesto, el dar a los pobres). Puede ser que ellos sean dignos de elogio a los ojos de los hombres, pero no son aceptables a los ojos de Dios. Por lo tanto, es muy importante, cuando se trata de dar, hacerlo bajo la dirección del Espíritu Santo.
Si hay un acto social en la vida que puede determinar nuestra felicidad y algunas veces nuestra prosperidad y eternidad, es nuestro matrimonio. Según la Biblia, es Dios quien escoge la que será nuestra pareja en la vida. Dios trajo a Eva a Adán. Él claramente escogió la novia para Isaac, y escogerá la pareja para nuestra vida. La clave para un matrimonio exitoso es caminar en el sendero que el Señor haya determinado para nosotros, y Él traerá a nosotros la pareja que haya escogido.
Los matrimonios ilícitos son aquellos que se realizan entre parientes de sangre. Tampoco los creyentes deben casarse con incrédulos, porque estos pervertirán los caminos de los hijos de Dios, tal como las esposas paganas de Salomón hicieron con él. El buen Nehemías reconvino al pueblo de su tiempo diciendo: “¿No pecó por esto Salomón, rey de Israel? Bien que en muchas naciones no hubo rey como él, que era amado de su Dios, y Dios lo había puesto por rey sobre todo Israel, aun a él le hicieron pecar las mujeres extranjeras” (Neh. 13:26). Tengamos cuidado del viejo argumento que dice: “Cuando me case con él o con ella, se convertirá”. ¡A menudo sucede lo contrario!
Todas quedan resumidas por el siguiente versículo: “No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo Jehová” (Lv. 19:18). Esto es confirmado por nuestro Señor, que dijo que de los dos mandamientos de amar al Señor y a nuestro prójimo dependía toda la Ley y los Profetas (Mt. 22:37-40). El apóstol Pablo repite esto en Romanos 13:10: “El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor”.
Debemos ser santos, como Dios es santo. En toda la Ley y también en los Profetas, hay claras e inequívocas advertencias de no participar en la adoración idólatra. El salmista da la razón en Salmos 135:15, 18: “Los ídolos de las naciones son plata y oro, obra de manos de hombres. [...] Semejantes a ellos son los que los hacen, y todos los que en ellos confían”. Nos volvemos iguales a aquello que adoramos.
El apóstol Pablo dijo en 1 Corintios 10:20-21: “Antes digo que lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios. No podéis beber la copa del Señor, y la copa de los demonios; no podéis participar de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios”.
Sin duda, la principal razón para no practicar la idolatría es que deshonramos al gran Creador mismo al atribuir a esos ídolos demoníacos poderes que le pertenecen solamente a Él.
Consideremos ahora la homosexualidad. Es algo tan bajo y perverso que ningún animal la practica; es contrario a la naturaleza. Además, la Palabra de Dios declara que es uno de los juicios sobre la humanidad. Pablo escribe en Romanos 1:21-27: “Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles. Por lo cual también Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos, ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén. Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza, y de igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío”.
La homosexualidad es juzgada con gran severidad, como se nos recuerda en Judas 1:7: “Como Sodoma y Gomorra y las ciudades vecinas, las cuales de la misma manera que aquéllos, habiendo fornicado e ido en pos de vicios contra naturaleza, fueron puestas por ejemplo, sufriendo el castigo del fuego eterno”. Finalmente, en Apocalipsis 22:14-15 el apóstol Juan dice: “Bienaventurados los que lavan sus ropas, para tener derecho al árbol de la vida, y para entrar por las puertas en la ciudad. Mas los perros estarán fuera, y los hechiceros, los fornicarios, los homicidas, los idólatras, y todo aquel que ama y hace mentira”.
Dios es un Dios santo, y como el apóstol Pedro nos recuerda: “Sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo” (1 P. 1:15-16).
Por lo tanto, meditemos en la importancia de lo siguiente: “El que es injusto, sea injusto todavía; y el que es inmundo, sea inmundo todavía; y el que es justo, practique la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía” (Ap. 22:11). Llega un tiempo en que aquellos que hayan escogido el camino de lo injusto y lo inmundo se quedarán en ese camino. No habrá regreso a los caminos de justicia.
Muchas de estas leyes parecerían, al leerlas por primera vez, no ser aplicables a nosotros; sin embargo, cuando consideramos su interpretación espiritual vemos que ciertamente se nos aplican. Están las advertencias con respecto a los matrimonios de los sacerdotes, las cuales sin duda se aplicarían a nosotros en cuanto a que no podemos casarnos con alguien que sea profano.
También hay doce defectos que impiden que alguien sea sacerdote (Lv. 21:18-24). Aunque que se refieren a defectos físicos para los sacerdotes del Antiguo Testamento, para nosotros la importancia que tienen es espiritual. Por lo tanto, a nuestro entender, los líderes religiosos, los escribas y fariseos, que no comprendían las verdades espirituales eran como hombres ciegos que descarriaban a otros hasta que todos cayeran en el foso del infierno. En Hebreos 12:13, Pablo advierte acerca de aquellos que son espiritualmente cojos, describiéndolos como quienes se desvían del camino de la justicia. Esto explica más extensamente en nuestro libro titulado Fiestas y ofrendas.
