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Berenice, una tímida bibliotecaria, busca un coautor para su novela y con ayuda de Julián, su inseparable amigo, contacta a Alejandro, un aprendiz de escultor que acepta el reto de sólo comunicarse por notas sin jamás verse. Mientras coescriben su relato fantástico sobre un amor más allá del tiempo, no se dan cuenta de que ellos mismos se volverán los protagonistas de una historia fabulosa.
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Seitenzahl: 300
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Para Mariana, mi madre, porque siempre ha creído en esta historia
Para Ana Luisa y Arnaldo, mis tíos, porque siempre han creído en mí
Creo que parte de mi amor a la vida se lo debo a mi amor a los libros.
Adolfo Bioy Casares
Berenice Fiore era silenciosa, paciente y metódica. De domingo a viernes, desde la apertura de la Biblioteca Central, a las siete de la mañana, hasta el cierre, a las seis de la tarde, la joven hacía recorridos cíclicos de una hora, con un intermedio de treinta minutos, durante el cual atendía otros pendientes en la biblioteca. Siempre iniciaba el trayecto en el conjunto de mesas más cercano a la puerta principal y, a partir de ahí, seguía una ruta preestablecida que le permitía recolectar los libros abandonados para acomodarlos de la manera más ordenada y eficiente posible.
El reloj marcaba las 09:21 a. m., hora que correspondía al minuto cincuenta y uno de la segunda ronda de ese día. Caminaba deprisa, empujando el carro de metal para transportar los libros. El ruido de las ruedas sobre el piso alfombrado cubría el sonido de su marcha, aunque evidenciaba el punto exacto en el que se encontraba. En ese momento, avanzaba con rapidez por el último pasillo del tercer piso. Aunque no había ni un alma ahí, la temprana visita de algunos lectores se podía comprobar en los libros apilados sobre las mesas cercanas al inicio del corredor. Con parsimonia, reunió los ejemplares, uno a uno, y los colocó cuidadosamente en el carro. Examinó los volúmenes y notó que todos correspondían a las repisas ubicadas a su derecha, por lo que los puso en su lugar mientras caminaba.
Ya sin carga, dejó el carro junto a la barandilla que marcaba el inicio de la escalera de caracol y bajó. Una vez en el piso inferior, siguió de frente, hacia un corredor amplio flanqueado por filas y filas de estantes. Conforme lo recorría, confirmaba que las obras se mantuvieran en orden. Si notaba que alguna se encontraba un poco inclinada o estaba unos centímetros más adelante o más atrás que las demás, se detenía para arreglarla; si no, seguía. Así, llegó al área central de lectura: una isla de mesas, sillas y sillones rodeada por un mar de estanterías.
Cruzó la estancia, contando a su paso los libros fuera de los estantes para estimar el tiempo que tardaría en despejarla. Había más de treinta olvidados en las mesas, aguardando su regreso a casa, y dieciocho en manos de unos cuantos lectores: una niña tenía uno, tres una señora, cinco un anciano y nueve un muchacho de veintiún o veintidós años, un poco más joven que Berenice.
Nueve libros. Nueve. Cuatro por encima del límite permitido.
La joven bibliotecaria pensó en ignorar la falta y pasar de largo. Intentó convencerse de que cuatro libros no eran tantos, pero al dar un paso, el séptimo punto del reglamento la ató al suelo y la obligó a detenerse frente al muchacho. Antes de razonar lo que estaba haciendo, se aclaró la garganta. Él, al oírla, alzó el rostro. En ese instante, murió la valentía. Las palabras se desmoronaron entre sus dientes y bajó la vista, incapaz de enfrentar la mirada fija en ella. Respiró profundo, armándose de valor para hablar. Aun así, tartamudeó cuando al fin logró que las palabras abandonaran su lengua:
—Só… sólo cinco.
El joven le sonrió avergonzado, cerró los cuatro libros más próximos y se los entregó. Ella los tomó y siguió su camino, con la mirada clavada en las puntas de sus zapatos para ocultar el color granate que ya encendía sus mejillas.
Casi por inercia llegó a la entrada de la biblioteca y fue a la mesa en la que siempre iniciaba su recorrido. Dejó los libros y apoyó las palmas sobre la madera. Cerró los ojos y forzó a sus pulmones a respirar más lento. Aborrecía hablar con extraños; odiaba sentir ese agujero en el pecho que no hacía más que recordarle que el único lugar seguro se hallaba entre el papel y la tinta. Acarició el lomo de uno de los libros y la ansiedad fue desapareciendo lentamente. Cuando se calmó por completo, parpadeó y encontró sobre la madera un ejemplar de El principito, que antes no estaba ahí. La espiga pequeña de una lavanda decoraba su cubierta.
Sonrió. Se puso la ramita en el cabello, justo sobre la oreja derecha y sacó un dulce de su bolsa. Cambió el caramelo por el libro y reanudó su rutina inmediatamente, sin intenciones de tomar un descanso. Con ayuda de otro carrito, despejó las mesas más próximas y dobló a la derecha en el pasillo más cercano, para iniciar el trayecto hacia los sillones que esperaban en el lado opuesto de la biblioteca.
Recorrió unos cuantos metros antes de escuchar pasos detrás de ella. No se detuvo. Las pisadas aumentaron de velocidad. Siguió como si no hubiera oído nada. La llamaron por su nombre. Ignoró la voz y continuó avanzando al mismo ritmo. De repente, sintió un par de brazos pequeños rodeándola por la cintura y un rostro infantil apoyado en su espalda.
—¡Hola, Julián! Creí que no vendrías hoy.
—Lo siento —contestó el niño, todavía adherido a ella—. Mi mamá tuvo que hacer mil cosas antes de salir. Pensé en adelantarme, pero ya sabes que no le gusta caminar sola en la calle y yo tengo que aprender a ser un caballero, como en los libros.
Otra sonrisa se pintó en los labios de Berenice. No podía evitarlo cuando Julián estaba cerca. Adoraba a ese niño. No sólo era ingenioso y ocurrente, también tenía muy claro cómo usar su carisma para encantar a los demás. Sus estrategias funcionaban o, al menos, habían funcionado con ella: aunque en su primer encuentro estuvo demasiado asustada para hablarle, en el segundo ambos charlaban como si fueran viejos conocidos.
Un estrujón le recordó que Julián seguía abrazándola. Estiró los brazos en busca de las costillas del niño y, al hallarlas, le hizo cosquillas. Julián se retorció bajo sus dedos y la dejó libre. Ya sin ataduras, se agachó para que sus ojos quedaran a la misma altura y le revolvió el cabello. Varios mechones castaños revolotearon entre sus dedos y cayeron desordenados sobre la frente de Julián, hasta cubrirle la nariz. Él sopló para despejar sus ojos y abrazó a Berenice de nuevo. Ella aprovechó la cercanía para darle un beso en la oreja: solía hacer eso con su hermano cuando los dos eran pequeños.
—¿Tu mamá sabe que estás aquí? —le preguntó al oído.
Julián asintió.
—¿Y entonces piensas gastar tus vacaciones en un abrazo en lugar de ayudarme?
En un principio, el niño se quedó quieto. Después, negó muchas veces con la cabeza.
—Eso creí. Anda, ve por libros. ¡No corras! ¡Estás advertido!
Julián la soltó y se alejó despacio, dando pasos tan largos que mantenía los brazos extendidos para equilibrarse. Berenice no se movió de su sitio hasta verlo desaparecer al final del pasillo. Entonces retomó su camino, aunque con una intención diferente. Ahora sólo debía preocuparse por acomodar los libros, así que se apresuró a ordenar tantos como pudo antes de que Julián volviera sosteniendo una torre de ejemplares que iniciaba en sus manos y terminaba bajo su barbilla. Berenice lo ayudó a dejar su carga en el carrito, mientras le pedía por centésima vez que no llevara tantos porque podía hacerse daño.
Julián se escabulló a la mitad del regaño. Entendía a la perfección que los niños pequeños podían lastimarse, pero él había cumplido once años un mes atrás. Ya no era un bebé. Podía cargar todos los libros que quisiera y no le sucedería nada malo. Con esa idea, dirigió sus pasos hacia uno de los puntos de lectura. Había cinco por piso: uno en cada esquina y el último justo en el centro.
Sabía que Berenice se había encargado de las mesas cercanas a la entrada de la biblioteca y él mismo había reunido los ejemplares de los sillones en la esquina contraria, por lo que sólo quedaban tres lugares más. Fue al centro porque prefería terminar primero con el espacio más amplio. Al llegar, juntó varios ejemplares en la misma mesa y formó una torre cerca del borde. Apoyó las yemas en la cubierta inferior del primer libro y tiró lentamente de la construcción completa. Los libros se tambalearon un poco cuando cayeron en sus manos y tuvo que estabilizarlos rápido con su mentón. Regresó en busca de Berenice, caminando casi a ciegas porque la enorme pila lo obligaba a inclinar la cabeza hacia atrás.
La encontró varios pasillos más adelante. Como el carro ya estaba casi vacío, pudo dejar los libros y huir a toda velocidad, antes de enfrentar una mirada de reproche. Repitió la operación varias veces. Tenía claro que Berenice no quería que hiciera eso, pero la conocía lo suficiente para saber que también le gustaba la eficiencia. Terminó pronto. Echó un último vistazo para corroborar que su trabajo estaba completo y alcanzó a Berenice para escoltarla galantemente mientras ella dejaba los ejemplares en los estantes.
—¿Te gustó? —le preguntó ella frente al hogar de El principito.
—Sabes que sólo te dejo flores cuando me gusta una historia.
Ella tomó el libro con cuidado.
—Es una obra especial —aseguró—. Y ahora te toca regresarla a su lugar.
Julián casi se la arrancó de las manos, halagado por la distinción del gesto. Se paró sobre las puntas de los pies para alcanzar la repisa, abrió un espacio y la colocó ahí.
—¡Listo! —le dijo para incitarla a seguir.
Pero ella no se movió. Julián imaginó cuál podía ser la razón y se le adelantó. Sacó de las repisas otro ejemplar del mismo libro y lo abrió en la página trece.
—La nota sigue aquí, Bere.
Ella torció los labios.
—No importa —mintió—. Vamos.
Paulatinamente, los corredores quedaron atrás. Varias veces, Berenice se detuvo frente a sus obras favoritas y descubrió que los mensajes que había guardado dentro de ellas continuaban escondidos entre las páginas. Al leer la última nota, Julián le preguntó por qué tenía que esperar la respuesta de un desconocido si él estaba dispuesto a ayudarla. Ella contestó que él no era su primera opción sólo porque se trataba de un proyecto para adultos.
Terminaron pronto ese piso y encontraron la escalinata.
—¿Vamos arriba? —preguntó ella.
Julián sabía que ella no se sentiría lista para iniciar su hora de descanso hasta tener la certeza de que los tres pisos estaban arreglados. La tomó de la mano:
—Vamos arriba.
★ ★ ★
Alejandro ya había descartado ocho libros y ninguna idea surgida de ellos lo convencía. Aunque se esforzaba en concebir un concepto original, sus musas defectuosas no dejaban de bombardear su cabeza con proyectos inservibles que, además de aburridos, eran incapaces de transmitir la esencia de las historias a sus bocetos. Y sin bocetos, no habría escultura.
“Concéntrate, Murell”, se dijo por enésima vez y se obligó a fijar la vista en el papel. Sin embargo, cuando retomó la lectura en el punto y coma donde se había quedado, se dio cuenta de que ni siquiera recordaba qué estaba leyendo. Derrotado, cerró el libro y lo dejó a un lado, junto con los otros. Nueve libros desperdiciados; casi tres horas de su vida perdidas.
Pensó en retirarse de la contienda. Había demasiados artistas reconocidos concursando por la plaza que Fátima Blau ofrecía en su taller y él era un simple escultor recién graduado sin experiencia suficiente para plasmar la esencia de un libro en apenas unas semanas. Suspiró. Quería creer que había otros talleres prestigiosos en la ciudad y que Fátima Blau no era la única maestra que valía la pena, pero no podía engañarse. Si deseaba hacerse de un lugar en el mundo de la escultura, ella era su única opción.
Reunió toda su voluntad en un último esfuerzo. Dobló las hojas garabateadas y las guardó en su portafolio, dejando sobre la mesa sólo las que estaban en blanco. Afiló algunos lápices. Tomó uno y volvió a empezar, intentando ignorar la frustración acumulada durante las horas previas de batalla campal contra su propia mente. Esbozó algo basado en Drácula y pronto lo descartó. Intentó con Frankenstein y sucedió lo mismo. Al hacer el primer trazo de una idea medianamente prometedora de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, un carraspeo atrajo su atención. Alzó la vista y descubrió frente a él a una chica menuda y bajita, de cabello como el chocolate y ojos nerviosos.
—Só… Sólo cinco —tartamudeó ella. La voz le temblaba y un rubor creciente coloreaba sus mejillas.
Lo habían atrapado. Tarde o temprano sucedería, pero la ofensa no le parecía tan grave en realidad. Sonrió, queriendo remediar la falta, y se mantuvo así hasta que le entregó al azar cuatro libros a la bibliotecaria. La miró alejarse. Su andar era rápido y certero, aunque su actitud sugería timidez.
En cuanto la joven dobló en una esquina, Alejandro regresó su atención a los ejemplares que conservaba. El Quijote ya no estaba entre ellos. Pasó varios minutos intentando retomar su idea, pero necesitaba las palabras exactas. Bocetó cuanto recordaba y, al ver que no era suficiente, dejó caer la cabeza sobre las páginas de uno de los tomos abiertos.
Era hora de buscar material nuevo. Apiló los libros, guardó sus cosas y comenzó a vagar por los pasillos, sin saber bien qué esperaba encontrar. Caminó sin orden, hojeando los nuevos prospectos que hallaba a su paso. Se hizo de muchos y los abandonó de vuelta en sus estantes. No quería llevar a cuestas una carga que no servía para su propósito.
Cuando sus esperanzas estaban por desvanecerse, se topó casi por casualidad con un libro pequeño y delgado que sobresalía de los demás en una de las repisas del centro. La imagen naíf de un niño de cara ovalada, cabello dorado y abrigo azul con rojo lo miró desde la portada y sacudió sus pensamientos.
Casi corrió hacia una mesa. Recordaba el cariño que había sentido por El principito al leerlo durante su infancia, así como la admiración que le había suscitado en su adolescencia. Sabía perfectamente qué figuras representar. La víbora era una pieza clave; el principito y el piloto también.
Se sentó y sacó deprisa sus herramientas del portafolio. La idea se construía en segundos y temía que se destruyera a la misma velocidad. Tomó un lápiz con punta afilada. Dibujó la silueta del sombrero-boa varias veces en la misma hoja, procurando que cada una fuera una réplica similar en forma y tamaño de las anteriores. Dejó la primera en blanco, pues sería uno de los dos lados de la escultura, y usó las demás para definir la otra cara de la misma obra. Para el vientre del reptil experimentó con diferentes contenidos. En la primera boa retrató el clásico elefante, sólo como referencia. En la segunda empezó a jugar y trazó el avión acompañado por el piloto y el principito. No lo convenció. Sin borrarlo, pasó a la siguiente serpiente e intentó con el planeta, el cordero y la rosa. Tampoco funcionó. Siguió con el zorro y la serpiente… ¡Un rotundo fracaso!
Buscando un nuevo ángulo para sus pensamientos, levantó el libro a la altura de sus ojos y, mientras lo sostenía con la mano izquierda, pasó las hojas con la derecha. Por la posición y el movimiento, las páginas se relajaron cerca del lomo y soltaron una nota. El papelito planeó y aterrizó en la mesa, interrumpiendo sus ideas.
Alejandro tomó el mensaje. Estaba seguro de que no iba dirigido a él, pero lo leyó de todas maneras: “Se busca autor novato, con ánimos de acompañar a una escritora sin experiencia en una misión suicida”.
El resto del mensaje, escrito en el mismo tono desenfadado, lo invitaba a participar en la creación de una novela en colaboración con la remitente: Berenice. Él sonrió. Después de todo, resultaba que sí era el destinatario. De inmediato, quiso enviar una respuesta afirmativa por el mismo conducto, pero su deseo de esculpir de tiempo completo nubló sus buenas intenciones. Escondió el papel debajo de sus bocetos, como queriendo olvidarlo, y siguió trabajando.
Ideas llegaron y se fueron hasta que sintió esa punzada en la cabeza que le indicaba que había hallado la opción correcta. Perfiló la silueta del piloto arrodillado, con el principito en brazos. El niño apoyaba la cabeza en el hombro del aviador y el hombre se inclinaba sobre él, sombrío. Sus cabezas formaban dos salientes que, vistas desde el lado opuesto de la escultura, le darían relieve a la copa del sombrero. Alejandro amplió el diseño en una hoja distinta y afinó detalles hasta que lo consideró terminado.
Alistó todo para salir, pero no pudo abandonar la nota en la mesa. La miró con culpa; no era capaz de irse sin responder, aunque su experiencia literaria consistiera en un par de relatos con los que no había llegado a ningún lado. En cualquier caso, sentía que ese mensaje había llegado a sus manos por un motivo especial y que, de cierta manera, le correspondía ser el autor novato que acompañara a esa escritora sin experiencia. Era su misión suicida.
Cortó un trozo de papel y usó la única pluma que llevaba consigo para escribir una pregunta en el borde superior. Al lado de las letras trazó su propia caricatura, desde la nariz hasta la coronilla, y englobó las palabras como si el muchacho de tinta las dijera. Luego, se enfocó en el cuerpo del mensaje, garabateado por debajo del contorno del monigote. En realidad, desconocía si Berenice hallaría la nota o cuándo la encontraría, de ser el caso. Por ello, especificó un margen razonable de tiempo para llevar a cabo la reunión: se comprometió a esperarla todos los días durante las próximas tres semanas en La Tetera, una cafetería ubicada en la misma plaza que la biblioteca, justo a las once de la mañana. Llevaría un gorro de colores para que resultara sencillo reconocerlo. Firmó con su nombre, sin apellidos. Al acomodar el papel dentro del libro, prestó atención a que la caricatura sobresaliera y a que la pregunta pudiera leerse con claridad.
Complacido, tomó sus cosas y salió de la biblioteca, sin arrepentirse de su decisión. Al fin y al cabo, ¿qué podía perder?
★ ★ ★
—Un capuchino para la dama —pidió Julián, ceremonioso, en el mostrador de La Tetera.
—Y un chocolate caliente para el caballero —lo imitó Berenice.
Georgina, la encargada de preparar las bebidas, dio media vuelta rumbo a la cafetera después de anotar el pedido. Berenice dejó el dinero a un lado de la caja registradora y se sentó en la mesa más próxima. Julián, en cambio, esperó las bebidas cerca de la barra. La máquina rugió y, tras unos minutos, Georgina volvió con dos vasos de cartón, cada uno cerrado con una tapa de plástico blanco.
Julián tomó los vasos y ambos abandonaron la cafetería con destino a la biblioteca. En el camino, él le entregó a Berenice la bebida marcada con el nombre “Julián” y conservó la otra, originalmente, destinada para ella.
—Eso es trampa, pequeño diablillo. Sabes perfectamente que tienes prohibido tomar café.
—Y tú tienes prohibido pagar cualquier bebida ilegal, así que hagamos un trato: si tú no le dices a mi mamá, yo tampoco.
El niño guiñó un ojo y le dio un sorbo a su bebida. Estuvo a punto de escupir.
—¡¿Chocolate?!
—Así es —confirmó Berenice, con una sonrisa triunfante en los labios—. Hay chocolate en los dos vasos.
El enojo transformó el rostro del niño, así que Berenice pasó un brazo sobre sus hombros y le recordó que era por su bien.
Al llegar a la biblioteca, prefirieron quedarse afuera para poder disfrutar de los últimos sorbos de sus bebidas, así que se sentaron en una de las bancas frente a la fachada y hablaron sobre los libros que Julián podría leer. Sería difícil superar El principito, pero su amiga bibliotecaria tenía propuestas muy interesantes.
—¿Qué te parece si hacemos una lista? —sugirió ella.
—¡Muy bien! —contestó él.
—Pero necesitamos papel y pluma.
—¡Voy por ellos!
De un salto, el niño se puso en marcha. Volvió en menos de un minuto. Estaba atónito.
—Bere… —la llamó desde la entrada de la biblioteca.
Ella se levantó de inmediato y fue hacia él.
—¿Estás bien?
Julián asintió.
—¿Qué tienes?
—De camino a la oficina, encontré un libro en una de las mesas. Pensé en recogerlo y dejarlo en el carrito para ahorrarnos un poco de trabajo más tarde, así que lo tomé y…
—¿Qué pasó?
El niño le extendió una copia de El principito. El color abandonó las mejillas de Berenice. Recibió el ejemplar, temblorosa, y lo mantuvo cerrado entre sus dedos. Sentía la boca seca y las manos sudorosas; el corazón martillaba en su pecho y una sensación intensa de vértigo amenazaba con tumbarla al suelo, pero se quedó de pie, con la vista pegada a las palabras escritas en el borde de papel que asomaba entre las páginas:
“¿Hay recompensa?”.
La ansiedad martillaba el estómago de Berenice, quien esperaba sentada en una de las bancas frente a la fachada de la biblioteca. El edificio se hallaba justo detrás de ella y la plaza se extendía al frente vacía, luminosa, cálida y tranquila.
La joven la recorría de extremo a extremo con la mirada, observando las tiendas, las calles que desembocaban en las esquinas, la fuente en el centro y, por último, Primavera, la florería a su derecha. ¡Cerrada! Era mala suerte. Julián y su madre nunca llegaban al local después de las diez de la mañana y, justamente cuando ella necesitaba hablar con su amigo, él se retrasaba más que nunca. Impaciente, consultó la hora en el reloj de plata de su muñeca y notó que las manecillas no se movían.
“¡Lo que me faltaba!”, pensó mientras golpeteaba el cristal de la carátula con el índice. Al no observar cambios, sacudió el brazo. Las manecillas, necias, continuaron quietas. Se quitó el reloj y lo volteó sobre sus rodillas para buscar algo descompuesto en la parte trasera.
—¿Ya no sirve? —interrumpió Julián, sorpresivamente.
—Se quedó sin batería, me parece.
El niño se sentó a su lado y luego le quitó el reloj para intentar repararlo.
—¿Por qué estás afuera? —preguntó, concentrado en el artefacto que manipulaba entre sus dedos—. Todavía no es hora de tu descanso.
—Te estaba esperando, pequeño demonio.
—Perdón. Se nos hizo un poco tarde. Mi papá se puso otra vez mal anoche y casi no pudo dormir. En la mañana no tenía energía para alistar a mis hermanitos, así que lo hice yo, pero me tardé más de lo esperado.
—¿Qué le pasó?
—No sé bien. Ya ves que a mi mamá no le gusta hablar de eso con nosotros.
—Pero ¿ya está mejor?
—Creo que sí. Se tomó unas pastillas en la mañana y pudo comer un poco de fruta. De todas formas, regresó directo a la cama justo después de desayunar.
—Sólo necesita descanso, paciencia y amor. Con eso y la ayuda de los doctores, estará como nuevo antes de que te des cuenta.
—¿Me lo prometes?
—¡Por supuesto! Además, tiene al mejor enfermero del mundo para ayudarlo a recuperarse por completo.
Con esas palabras, los ojos de Julián se colmaron de lágrimas, pero las contuvo.
—¿Aunque a veces llegue tarde contigo por eso?
—En este momento, lo más importante es que tu papá se ponga bien. No pasa nada si no llegas temprano. De todas formas, siempre estaré aquí, esperándote, y me pondré feliz cuando llegues, Julián.
—No tanto como yo.
Sin decir más, Julián le dio un último vistazo al reloj, aún descompuesto, y se lo entregó de vuelta a su dueña. Al hacerlo, un chispazo despertó dentro de su cabeza y le recordó la cita que la bibliotecaria tenía pendiente.
—Bere, ¿no deberías estar ya de camino a La Tetera para reunirte con ese tal Alejandro?
Ella bajó la vista, avergonzada.
—Bere…
—No me digas nada. Lo estuve pensando y no puedo encontrarme con él, Julián. Simplemente no puedo. Por eso te estaba esperando. Necesito que vayas en mi lugar. Nadie más, en todo Argia, puede ayudarme. ¿Por favor?
Él resopló:
—Sólo esta vez, señorita.
El niño abandonó la banca de un salto. Algunos adoquines danzaron bajo sus zapatos cuando aterrizó en el suelo y muchos más cuando volvió a la florería por el permiso para ir a La Tetera. No tuvo que rogar mucho, así que pronto partió hacia la cafetería.
Se sentía cómodo en la plaza. Todo era muy seguro ahí. Los comerciantes lo conocían y se mantenían al pendiente de él si lo veían solo. Además, los límites de la explanada estaban bien definidos por las fachadas de los edificios y era un espacio enteramente peatonal. Julián, como cualquier transeúnte, prefería alejarse de los edificios lo más posible. Trazaba rutas serpenteantes, tan enredadas como confusas, porque creía que, mientras más enmarañadas, eran más cortas. Anduvo erráticamente hasta que se topó con la verja de madera que cercaba las mesas externas de la cafetería. Un arco del mismo material servía como entrada y sostenía un cartel con el nombre del local. Catarinas bicolores revoloteaban cerca de las letras talladas y se concentraban alrededor de la primera T de “Tetera”.
Julián cruzó el umbral y fue recibido por Rebeca, quien lo guio al interior y le ofreció el periódico del día. Él se sintió tan importante que olvidó por completo sus temores. Tomó asiento en una mesa con sombrilla en la terraza y dejó el diario sobre sus piernas.
—Disculpe, señorita, ¿antes de mí llegó alguien con un gorro de colores?
Ella negó con la cabeza.
—Bueno. Si viene, ¿puede decirle que Berenice lo espera en esta mesa?
Ella asintió y él abrió el periódico en la sección de historietas.
★ ★ ★
La conspiración del cosmos no surtió efecto esa mañana. A pesar de la inundación en el cuarto de lavado, las latas de refresco explosivas, la leche descompuesta, el desastre maloliente de un perro y la llanta dañada de su bicicleta, Alejandro logró salir de su casa a tiempo. A falta de otro medio de transporte más veloz, trotó tres cuadras por la avenida Bux para llegar a la plaza central de la ciudad y, cuando estuvo ahí, pasó entre dos de los pilares de cemento que limitaban la entrada de vehículos.
Más allá de las columnas de concreto, todo era distinto, más hermoso. La majestuosa biblioteca a su derecha era el edificio principal, mientras que la cafetería representaba solamente un punto diminuto hundido entre todos los edificios de la explanada hexagonal.
Alejandro recordó la hora de la cita y miró el reloj. Aunque no le preocupaba llegar a tiempo a una reunión que tal vez no se llevaría a cabo, aún tenía algunos minutos de ventaja, por lo que se dirigió a la cafetería sin prisa.
Rebeca lo recibió en la entrada del local. Él la saludó como siempre y ella le respondió cordial, aunque sin alejar la vista del gorro colorido que llevaba en la cabeza.
—Berenice te está esperando.
Él caminó hacia allá, nervioso por primera vez. La escritora misteriosa que había dejado la nota estaba escondida detrás de las páginas de un periódico. Extrañamente, sus manos lucían demasiado pequeñas y rechonchas como para pertenecer a una mujer.
Intrigado, Alejandro intentó llamar su atención, haciendo mucho ruido con la silla al sentarse, pero no lo logró. Decidió esperar. Luego de algunos minutos de silencio, el desconocido finalmente descubrió su rostro. ¡Se trataba de un niño de once o doce años!
—Lo siento —dijo el chico con tono arrogante—. Estaba leyendo un artículo interesantísimo sobre los recientes cambios respecto al marco jurásico del proceso panal.
Alejandro dejó ir una sonrisa al notar que había cambiado jurídico por jurásico y penal por panal.
—No eres Berenice.
—Tenemos un genio aquí —contestó el niño, sarcástico—. Obviamente no soy Berenice. Soy Julián, su representante. Vine a esta pequeña reunión para velar por sus intereses. ¿Empezamos ya? Tengo prisa.
Alejandro no respondió. Estaba desconcertado. No entendía por qué tenía que hablar con un niño si el proyecto involucraba a adultos.
—¿Comenzamos? —insistió el niño.
Alejandro negó con la cabeza.
—Me gustaría hablar directamente con Berenice.
—Imposible.
—Me voy entonces. Avísale que me habría encantado trabajar con ella.
Se levantó, dispuesto a salir del local, pero el chiquillo se descompuso de tal manera que no pudo alejarse.
—Quédate —suplicó, dejando atrás su actitud engreída y desconfiada—. Ella está muy ilusionada. El problema es que se asusta cuando habla con extraños y no quiere arruinar las cosas.
Alejandro se sentó de nuevo.
—¿Está cerca de aquí?
El niño asintió.
Alejandro sacó una libreta nueva y una pluma de su portafolio. Arrancó una página. Garabateó algo en el papel y se lo entregó al muchacho.
—¿Podrías llevárselo?
El niño tomó el mensaje y caminó para salir de la cafetería. Antes de cruzar el arco, se detuvo y volvió sobre sus pasos.
—Si me sigues, nunca volverás a saber de nosotros.
Encontró a Berenice en el tercer piso de la biblioteca, haciendo inventario de algunas nuevas adquisiciones. Se apresuró a explicarle lo sucedido y le entregó el papel con una sonrisa enorme en los labios. Aunque la joven leyó la nota en un susurro, Julián logró escucharla: “Ya conocí a tu abogado”. Ella recuperó un bolígrafo que había clavado a la mitad de su pelo y redactó una respuesta rápida, justo debajo del mensaje del escultor. Julián tomó el trozo de papel y, sin que ella se lo pidiera, corrió de vuelta a la cafetería para entregárselo: “¿Y qué te parece?”, decía. “Corrupto”, respondió Alejandro, en tono de burla.
La conversación despegó con esa nota; mensajes y mensajes volaron, usando a Julián como alas. De la presentación inicial pasaron a los gustos, y de los gustos, a la historia. El niño dejó de correr después de la primera decena de papeles y pronto notó que, incluso si caminaba más lento, su esfuerzo valía la pena: una novela se construía a pedazos. Berenice quería narrar un romance, mientras que Alejandro prefería asesinatos, así que discutieron un buen rato antes de idear una trama que conciliaba sus intereses: un par de amantes muertos. Como ninguno de los dos deseaba lidiar con cuerpos descompuestos, escribir sobre fantasmas les pareció lo más correcto y comenzaron a crear un universo para ellos. Decidieron que los espectros definirían las características del mundo de acuerdo con sus gustos. De esta manera, la temperatura, el clima y el viento serían distintos para cada uno. Berenice no estaba del todo conforme con esa idea, así que insistió en continuar debatiéndolo. Alejandro le dio gusto y la conversación se alargó. Para el mensaje treinta, él empezaba a inquietarse, y para el cuarenta, ya se sentía frustrado. Era evidente que, si querían estructurar su universo fantasmagórico pronto, debían optar por un método de comunicación más directo.
—Julián, quiero hablar de esto con Berenice. Frente a frente. Sin notas de por medio.
—No, no, no, no. ¿Acaso estás loco? ¡Tú te quedas aquí! ¡Y no discutas!
—¡Llevo horas intercambiando mensajes con ella! ¿Cuánto más tengo que esperar para que se dé cuenta de que no soy un asesino serial?
—¡No seas ridículo! Nadie piensa que una persona que usa gorros de colores pueda ser un asesino serial. El problema con Berenice es que es muy tímida. Ya te lo había dicho. Imagínate: en sus días malos, hasta a mí me considera un extraño.
—No la entiendo, ¿sabes? ¿Por qué puso esa nota en el libro si les tiene tanto miedo a las personas?
—La verdad, yo creo que no esperaba una respuesta. Fuiste una sorpresa para ella. Para los dos, en realidad.
—¿Y no crees entonces que por eso merezco un poquito de su consideración?
—Esto no se trata de ti, sino de ella. La conocerás cuando se sienta lista.
—¿Pronto?
—Tal vez sí, tal vez no. Lo que tengo por seguro es que si sigues con estas actitudes, tendré que insistir en que te despida.
—Oye, oye, tranquilo. No tenemos que llegar a eso. Si me corre a mí, buscará a alguien más para que le ayude con su libro. Al menos yo te caigo bien, ¿no?
—En realidad no, pero pareces un buen chico. Voy a hablar con ella, ¿de acuerdo? A ver si puedo convencerla de conocerte.
—Serías mi persona favorita.
—Ya lo soy. Sólo tenemos que dejar claros algunos términos antes de que vaya.
Alejandro asintió y Julián definió sus condiciones. Para empezar, insistió en que el escultor se quedara en la cafetería; aunque no lo había seguido antes, desconfiaba un poco debido a su petición de llevar a cabo un encuentro. Igualmente le exigió respetar la decisión y la privacidad de Berenice, y lo hizo jurar que continuaría con la historia, sin importar cuán difícil o extraño se volviera el proceso. Alejandro le dio su palabra, pero Julián no quiso dejar ningún cabo suelto: redactó las exigencias en un convenio y le pidió que lo firmara.
Sólo entonces, ya con el documento en mano, el mensajero emprendió de nuevo el camino rumbo a la biblioteca. Como de costumbre, avanzó de forma ondulante, saltando y dando vueltas. De hecho, si no hubiera girado sobre sí mismo, nunca habría notado que Alejandro lo seguía.
Enfureció. Lo tomó del brazo y lo arrastró de vuelta a La Tetera, refunfuñando todo el camino. Al llegar a la mesa, le dio un empujón para obligarlo a sentarse.
—¡Estás actuando contra la ley! ¡Tengo un convenio firmado! —estrelló la hoja contra la mesa y señaló la firma—. ¡No me obligues a llamar a la policía! —advirtió mientras guardaba el papel—. No me gustaría tener que visitarte en la cárcel.
Alejandro arqueó una ceja, casi tan sorprendido como entretenido por la reacción tan arrebatada que había suscitado. De haber sabido, se hubiera escondido mejor. De todas formas, ya era tarde para cambiar la situación; sobrellevó el regaño con resignación y suspiró aliviado cuando Julián dio media vuelta y se fue.
El niño alargó el trayecto hacia la biblioteca lo más posible para cerciorarse de que nadie lo seguía y también para aplacar su enojo. Quería mostrarse tranquilo frente a Berenice. Ella no debía saber que Alejandro era un tramposo. Cuando llegó, la halló en el segundo piso, a la mitad de un recorrido.
—¡Hola! —canturreó.
Berenice sonrió y dio unas palmaditas, emocionada.
—¡Bienvenido de nuevo! ¿Traes una nota?
Julián negó con la cabeza.
—Quiere verte. Ya le aclaré que los hombres tontos no pueden conocerte tan rápido.
—Julián…
—Bueno, en realidad le dije que no era una opción. Al menos, no por hoy.
—¿Está enojado? ¿Decidió dejar el libro?
—Claro que no. Tuve que persuadirlo. De todas maneras, te recomiendo que cambies de tema. Si no, podemos perderlo.
Berenice decidió hacer caso a la sugerencia del niño. En el siguiente papel le preguntó cómo imaginaba a los fantasmas y la conversación volvió a tomar vuelo. Decidieron que no serían ánimas tristes. Después, planearon la interacción entre ellos y ella consultó algunos libros para obtener una lista de posibles nombres. De entre varias opciones, Alejandro eligió los definitivos: Leonor Coté y Damián Fabell.
Julián se declaró en huelga después de que se definiera la apariencia de los personajes y exigió descanso, café y galletas antes de continuar. Berenice le negó la cafeína, por lo que él recurrió a Alejandro para cumplir su capricho. Tras unos minutos, el niño recuperó las fuerzas y retomó su labor sin quejarse. No le gustaba ser mensajero de Alejandro, pero sabía que así ayudaba a su amiga y eso era lo único que le importaba.
En esa nueva ronda de notas, Alejandro y Berenice definieron que el antagonista de la historia sería Atticus, un cazador de fantasmas. Con él en mente, esbozaron los capítulos, especificando lo que sucedería en cada uno de ellos. Eso les tomó mucho tiempo, así que Julián aprovechó para comer en La Tetera. Devoró una hamburguesa y unas papas fritas mientras proponía algunas ideas interesantes. Gracias a él decidieron que Leonor sería un espíritu viejo y Damián, uno recién llegado.
