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Ally le tolera demasiadas cosas a su novio, Gonzalo, un universitario que solo piensa en sí mismo y que no la respeta. Pero la costumbre hace que no sea fácil detectar estas red flags, y solo empieza a abrir los ojos cuando habla con Adrián, el compañero de piso de su novio. ¿Debería replantearse su relación con Gonzalo y buscar un chico que piense de un modo diferente? ¿Un chico como Adrián, quizá?
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Seitenzahl: 221
Veröffentlichungsjahr: 2024
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CONTANDOred flags
MARTA SALVADOR VÉLEZ
Primera edición en esta colección: mayo de 2024
© Marta Salvador Vélez, 2024
© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2024
Plataforma Editorial
c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona
Tel.: (+34) 93 494 79 99
www.plataformaeditorial.com
ISBN: 978-84-10243-01-9
Diseño e ilustración cubierta: Mireya Murillo Menéndez
Realización de cubierta y fotocomposición: Grafime Digital S. L.
Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).
«Si me dejara llevar por mis deseos, ahora me pondría a describir aquí con todo lujo de detalles las citas de los dos jóvenes, el afecto que se fueron tomando el uno al otro, la confianza que fue creciendo entre ellos, las ocupaciones que compartían y sus conversaciones. Pero sé que la mayoría de los lectores no encontraría en ello tanto gusto como yo. Esos detalles tienen, además, un punto empalagoso, así que los omitiré limitándome a señalar que antes de que transcurrieran dos meses mi Alekséi ya estaba perdidamente enamorado, mientras que Liza, aunque más contenida, estaba animada por un sentimiento similar. Ambos se sentían felices de vivir el presente y poco pensaban en el futuro».
La señorita campesina.ALEKSANDR PUSHKIN
Este libro es para ti, que ves las red flags a la primera; también si te cuesta más; si eres capaz de reconocerlas en tus amigas, pero no cuando traspasan tu propia piel; es para ti si, aun distinguiéndolas, sigues ahí, de momento, mientras encuentras tu fortaleza; pero también si transitas por el camino de los matices, de los tonos amarillos, anaranjados y limones, y contemplas el mundo más allá del rojo o el verde.
La historia que tienes en tus manos es una autobiografía. Pero no es un rollo, tranquila. Esto trata de cómo contando red flags obtuve la mayor lección de mi vida y también un viaje al autoconocimiento y al amor. Al amor también.
Me llamo Ally. No Alicia, no: Ally. Mis padres son así de especiales. Cuando se quedaron embarazados de mí estaban enamorados de la protagonista, abogada alocada, de la serie Ally Macbeal. Creyeron que si me ponían su nombre iba a heredar su filosofía: «de alguna manera, pero que salga». Una especie de «mejor hecho que perfecto». Bueno, un tanto alocada sí que soy, y mojigata también. Escribo esto porque me gusta hablar de red flags, de límites, aunque en alguna época las odié con toda mi alma. Pero también porque he pensado que os encantará esta historia, cuyo chico protagonista se llama Adrián y tres acontecimientos hicieron que pasara de ser un conocido (a la fuerza), que me caía fatal, a mi mejor amigo. Los tres acontecimientos son: piojos, un beso equivocado y una red flag como una casa. A partir de ahí todo se fue complicando.
Supongo que ya sabréis lo que significa estar en la friendzone y lo de las red flags, pero os lo voy a explicar por si acaso, no vayáis a ser alguna tan despistada como yo. Friendzone viene del inglés, por la combinación de friend (amigo) más zone (zona). Por lo tanto, se traduce como «zona de amigos». En español «zona de amigos» no significa mucho, pero en inglés friendzone viene a ser cuando te gusta mucho alguien que es tu mejor amigo y él o ella solo te ve como eso, mejor amigo/a, y es incapaz de imaginar tus verdaderos sentimientos. Además, estar en la friendzone significa, para tu desgracia, no podérselo contar a tu mejor amigo/a porque es la persona implicada y podrías perder su amistad, amistad a la que te aferras como a lo que es, tu razón de existir, y nunca te arriesgarías a perderla. ¿Creéis que soy dramática? Puede ser. Pero mi situación era desesperada.
Antes de seguir explicándoos por qué mi situación era desesperada, voy a aclarar también lo de las red flags, no vaya a ser que no se entienda tampoco. La expresión también viene del inglés red, rojo, y flag, bandera. Es decir, «banderas rojas». Creo que se ajusta bastante en español a la idea en inglés. Son avisos de que algo no funciona, de que no es el camino correcto. Advertencias de que hay que ir con cuidado. Las red flags las aplicamos, sobre todo, a las relaciones de pareja: comportamientos del otro que nos avisan de que esa persona podría no ser compatible con nosotros. Hay que estar atentos para verlas y, cuando todo esto empezó, yo estaba absolutamente ciega con las red flags, y con muchas otras cosas de mi alrededor.
Nuestra amistad empezó así, ayudándome él a reconocer las red flags que yo pasaba por alto. Seguro que ahora querréis saber cómo una escena con piojos, un beso equivocado y una red flag como una casa hicieron que nos convirtiéramos en amigos, cuando ni siquiera me caía bien. Voy a empezar por el principio, a ver si así lo entendéis mejor.
Yo tenía un novio. Se llama Gonzalo y apenas lo veo ya. No teníamos nada en común, excepto que nuestros padres trabajan en la misma especialidad pediátrica y nos habíamos criado juntos. Que íbamos a hacernos novios era algo que nadie se cuestionaba. Ocurriría sí o sí. Pero pasó que Gonzalo se peleó con su familia por sus ahorros. Él, que está estudiando Finanzas, y ya tenía asignada una cantidad de los fondos de sus padres para invertir, decidió que quería acceder a una mayor proporción para arriesgar más cantidades y así recuperar más dinero. Sus padres se negaron y él, en un afán por demostrarles que se equivocaban, decidió abandonar su cómodo hogar.
Solo tenía el pequeño fondo que estaba a su nombre y la ropa y tecnología que logró llevarse. También su coche. Pero suficiente madurez y sabiduría para hacer crecer su fondo económico, pensó él. ¿Os imagináis cómo acabó esto? Yo le insistí en que se lo pensara mejor, pero no me escuchó. Gonzalo no es de las personas que escuchan.
Así que se marchó a un piso de estudiantes. A uno que podía pagar. Y ahí apareció Adrián. Era el más veterano de todos los compañeros del piso y ejercía un poco de autoridad. Tenía medio salón ocupado como gimnasio y solo había un sofá y una televisión en la zona común. Cada uno comía en su dormitorio. O en la cocina. Como podréis adivinar, Adrián y Gonzalo chocaron desde el primer día. Y a mí, como a la novia de Gonzalo que era, Adrián me caía mal. No podía ser de otra manera.
Yo trataba de convencer a Gonzalo para que volviese a su casa, con todas sus comodidades, porque ya os estaréis imaginando que en ese piso mi novio estaba de muy mal humor, y que nadie quiere verlo enfurruñado. Las novias estamos para todo, ¿no? He aprendido que no. Pero por las malas.
Poco a poco fue sintiéndose más cómodo en ese piso; sus inversiones le dieron un buen sustento al principio, para no pedir dinero a sus padres, y la independencia de vivir por su cuenta le fue dando más confianza en sí mismo, si es que eso fuera algo de lo que Gonzalo careciera. Así que, como todo le fluía, con respecto a su novia, era el momento de que yo perdiera la virginidad con él. De la suya no se hablaba, así que la habría perdido hacía tiempo. Yo estaba nerviosa, no lo vamos a negar.
Es verdad que ya tenía diecinueve años y muchísima información al respecto, pero eso no quitaba que estuviera nerviosa. La cosa es que habíamos quedado en que sería el día de su cumpleaños, el 29 de septiembre. Porque le daba mucho morbo hacerlo conmigo por primera vez, ignorando las llamadas de su familia que querrían felicitarlo. En fin. Cosas de Gonzalo. Yo iba preparada. Llevo toda la vida preparada para eso. Y no porque me obsesionara el tema, que no (si me hubiera obsesionado no sería virgen a los diecinueve, creo), sino porque mi padre es pediatra, mi madre es ginecóloga y mi abuela, educadora afectivo-sexual. Y vivo con los tres. Sola, porque no tengo hermanos ni hermanas. Estoy harta de sus lecciones sobre sexualidad sana. Así que, más bien, para mí era un trámite que debía cumplir para después contárselo a los tres como una muestra de que su niña había aprendido bien la lección. Ni que decir tiene que estaban al tanto de que esa era la noche escogida, y que estarían esperándome en casa para que les contara mi primera vez. Esa era la parte que más pereza me daba. Bueno, la otra también. La de desnudarse, mostrarse ante otra persona, tocar esas partes. En fin... ya os digo: una obligación.
En esos días estaba haciendo las prácticas de segundo curso de Magisterio. Sé que todos esperáis que me dedique a la pediatría o la ginecología, pero me desmayo con solo ver una gota de sangre, así que nada que tenga que ver con la medicina o la enfermería. La sexualidad, también descartada. No me encuentro muy cómoda con esa área, aunque en mi casa sea el tema del desayuno. O precisamente me ocurra por eso.
Así que el día del cumpleaños de Gonzalo estábamos en la habitación del piso de estudiantes donde llevaba viviendo un par de meses, intentando hacerlo por primera vez. A él se le notaba mucho que no era su primera vez. Llevábamos cuatro meses saliendo. Era mi primer novio y el momento ideal. Pero no estaba cómoda. Había terminado tarde de las prácticas y ni siquiera me había llevado a cenar. Soy pequeña y delgada, y propensa al mareo, así que mi cuerpo necesita alimento antes que sexo. Pero él estaba desesperado. Yo ya había conseguido retrasarlo demasiado tiempo, con la excusa de que era mi primera vez, de que aún no nos conocíamos bien, de que en un piso de estudiantes no había mucha intimidad... Pero se me acababa la tregua.
Al principio pensé que podría olvidar las sensaciones de mi cuerpo. Que, aunque me rugiera el estómago de hambre, los sonidos y vibraciones del móvil de Gonzalo lo amortiguaban todo. Pero después empezó a picarme de arriba abajo la piel. Me estaba poniendo nerviosa. Él no ayudaba. No hace falta ser espabilada con estos temas para notarlo, pero entonces no lo vi. No me di cuenta de que solo quería penetrarme. Ni siquiera me había quitado toda la ropa ni me acariciaba para que estuviera cómoda. Quería hacerlo ese día, y punto.
Que me picara la piel de todo el cuerpo no me puso en alerta. Es normal en mí cuando estoy nerviosa. Pero que me picara la cabeza y que solo tuviera ganas de rascarme y no de hacer el amor con mi novio me hizo entrar en pánico. ¿Y si los niños de las prácticas me habían contagiado los piojos? No pude dejarlo estar. Si se los hubiera pasado yo a Gonzalo hubiera cortado conmigo inmediatamente. Estoy segura de eso. Salí al cuarto de baño, diciéndole que necesitaba un momento. Solo tuve que bajarme la falda y subirme las bragas. Ni siquiera me había quitado la blusa ni las zapatillas. Pero nada podía hacer contra los piojos, si es que los había. En aquel cuarto de baño lloré por mi ineptitud, me lavé la cara, me hice una coleta bien estirada y salí dispuesta a decirle a Gonzalo que me llevara a mi casa, que no me encontraba bien.
Pero en la puerta de su habitación me derrumbé. Había cogido una de las llamadas insistentes. Por el tono, supuse que sería su amigo Jacobo.
«¡Ey, tío! (...) Paso; que llamen todo el día si quieren. Yo tengo otras cosas más interesantes que hacer que cogerle el teléfono a mi madre. (...) No pienso contestar. (...) Diles que estoy desvirgando a mi novia. Así se sentirán orgullosos de su hijo...».
Lo demás ya no lo escuché. Mis sollozos lo impidieron. Ahora que ya he aprendido más sobre las red flags sé que esto sería una (y no es la red flag como una casa que os he anunciado antes, esa tuvo lugar unos meses más tarde). Si al hablar de ti te hace llorar, es que algo no va bien. Pero no lo vi entonces. Entonces solo pude irme al sofá del salón y tratar de calmarme antes de entrar a decirle a Gonzalo si podía llevarme a casa. Pero apareció alguien que no esperaba.
Serían las nueve y media y ya había anochecido. En el piso había otros cuatro estudiantes viviendo, pero se oían voces en los dormitorios y la cocina, como si hubiese más. Yo no había encendido ninguna luz, porque lo último que quería era llamar la atención sobre mi presencia. Tampoco es que quisiera estar allí, precisamente. Seguramente pensáis que debería haberme ido a mi casa, porque, además, había cogido el bolso al salir al baño por si necesitaba clínex o algo (en un piso de chicos no siempre hay papel higiénico). Pero vivía en una urbanización más allá de Valencia y no es fácil llegar después de las diez. No conducía (aunque ya tenía el carné, todavía no me había atrevido a coger el coche por mi cuenta) y llamar a mis padres no estaba en mis planes. Me hubieran mirado con caras condescendientes, pensando que su chiquilla aún no estaba preparada. Y, aunque fuera verdad, no quería ver esas caras.
Quien apareció por el salón fue Adrián, con un bañador o pantalón corto lleno de flores rojas y sin camiseta. Hacía calor y estaba en su casa. Era normal que fuese así. Solía llevar una barbita oscura a juego con su pelo, algo más largo de lo habitual en chicos. Se le rizaba un poco en la nuca. Sus ojos negros encontraron los míos llorosos. No preguntó qué me pasaba.
—¿Quieres que te lleve a casa? —Su voz grave y amable me calmó de inmediato. Hasta aquel día solo lo había oído gruñir.
—Debería entrar a decirle a Gonzalo que me llevas tú —contesté después de asentir.
—Ahora mismo estará cascándosela. No querrás ver eso. —Mi cara de asombro le hizo explicarse—. Lleva toda la semana diciendo que hoy es el día —añadió un gesto alzando las cejas oscuras y pobladas que me resultó inquietante—, y, como estás aquí fuera, en lugar de ahí dentro, imagino que estará cascándosela. No te sientas mal. No es por ti.
—De acuerdo. Pero vivo en Mas Camarena. Puedo pagarte la gasolina, si quieres.
—Si tuviera problemas para pagar la gasolina no me hubiera ofrecido a llevarte a casa, ¿no crees?
No podía añadir una discusión con un apenas conocido sin camiseta, así que volví a asentir y me levanté del sofá para que entendiera que estaba preparada para irme de allí y olvidar esa noche de por vida. Seguía picándome la cabeza, por cierto. Y también las manos y la parte interior de los antebrazos, que ya había llenado de ronchas rojas de tanto rascarme. Mi padre estaría esperándome con su crema de corticoides preferida para mí, aunque hace años que dejé de necesitar un pediatra. O, al menos, eso creía.
Me dio la espalda y volvió a aparecer en menos de dos segundos con una camiseta blanca bastante arrugada puesta y las llaves en la mano. No volvimos a hablar hasta que arrancó el coche. Me sorprendió que tuviera garaje y un Volvo híbrido enchufable, completamente nuevo y limpio. Me arrepentí de haberle propuesto pagarle la gasolina. Me sentí una estúpida llena de prejuicios. Pero es lo que era, una estúpida ignorante llena de prejuicios.
—¿Sabes lo que son las red flags? —preguntó después de haber salido del garaje. ¿Por qué su voz me hacía estremecer en algún punto de mi anatomía? Supuse que sería por la diferencia de edad, por no conocerlo bien, por no tener ni idea de qué tipo de persona estaba llevándome en su coche. ¿Era una locura estar en un coche con un casi desconocido? Pero su presencia me daba calma. No era la primera vez que lo había notado cuando aparecía. Me sentía protegida.
—No. —Tampoco tenía mucha conversación.
—Estoy en un grupo de investigación en la facultad donde desarrollamos una aplicación móvil para detectar red flags. Y no sé lo que te ha ocurrido esta noche, pero estoy seguro de que podría ser una.
—¿Una red flag? —Sí, ya lo sé. Era una tonta.
—Sí. Bandera roja. Una situación que deberías considerar como un límite.
—¿Un límite? —No me juzguéis. No entendía nada.
—Cada uno tiene sus red flags y sus límites. No son universales. Los hay comunes, y para eso hacemos la aplicación para el móvil, para ayudar a la gente a que los detecte, pero cada uno debe saber por dónde no está dispuesto a pasar en una relación e intentar comunicarle a la otra persona que ahí hay un límite que no debería rebasar.
—Ah. —Me quedé pensativa. Yo quería a Gonzalo. Era un brusco, pero eso son cosas que hacen los novios, ¿no? Y no estaba preparada para tener con mi novio una conversación sobre límites. Seguro que cortaría conmigo.
El resto del trayecto lo dediqué a darle indicaciones sobre cómo llegar a mi chalé. Después de ver su coche, no me sentí tan mal al dejarle que supiera en qué tipo de casa de ricos vivía. No esperaba que saliera detrás de mí.
—Ally —me llamó al pasar por su lado; rozó también mi muñeca que dejó de escocerme inmediatamente—, dime que reflexionarás sobre lo de las red flags. —Esa voz grave me hacía cosquillas en el abdomen, ¿por qué?
—Lo pensaré —le respondí agachando la cabeza porque, aunque lo pensara, no estaba dispuesta a hacer nada al respecto. No quería que Gonzalo cortara conmigo por no ser capaz de perder la virginidad con él. La próxima vez me aseguraría de haberme repasado primero con una liendrera para no entrar en pánico. Lo haría bien la siguiente vez.
Como ha sugerido la directora del departamento de investigación informática, la catedrática en Aplicaciones Móviles, Rebeca Sacristán Antúnez, voy a apuntar en este borrador todas las acciones que realice en cuanto a la selección de sujetos y consiguientes ejemplos reales de red flags para, a posteriori, poder hacer el informe detallado sin que se escape ninguna acción que pueda ser importante. Esto es un borrador, por lo que, según consejo de la directora del proyecto, sería útil añadir las sensaciones y pensamientos del investigador, por si en el posterior informe pudieran ser relevantes. Así que me dispongo a ello. Más adelante limpiaré todo lo que sea innecesario para el informe definitivo.
Rebeca Sacristán ha pedido que cada investigador reclute un par de sujetos para la investigación y que estaría bien que fueran de nuestro entorno de amistades, porque así es más fácil que se abran y cuenten dónde creen que tienen ellos sus límites y si han vivido en sus relaciones alguna red flag que les hubiera gustado detectar a tiempo. Ha recordado que podríamos seleccionar tanto a hombres como a mujeres, porque los dos géneros estamos expuestos a situaciones que no deberíamos consentir. La aplicación irá dirigida sobre todo a mujeres (colores, visualización, lenguaje utilizado, situaciones ejemplo), que son quienes mayoritariamente sufren ese tipo de abusos debido a la posición dominante del hombre, pero, para el proyecto, no se descartarán las situaciones que hayan padecido los chicos que las quieran contar.
Pues bien, la primera dificultad en cuanto a la selección de sujetos con la que se ha encontrado este investigador, Adrián Nieto Soriano, ha sido la carencia de amistades entre las que elegir a personas confidentes. En el pueblo tengo un grupo mayor, pero aquí en Valencia no me relaciono con nadie. Ya salí escaldado una vez y no pienso repetirlo. Por eso me he implicado en el proyecto de las red flags, porque me hubiera venido muy bien, a mis dieciséis años, haber sabido reconocerlas. Soy hombre, sí, y la persona que abusó de mi ingenuidad y generosidad, una mujer, pero eso no quita para que me ocurriera. He pensado que el sujeto número uno podría ser yo mismo, utilizando un pseudónimo para la investigación. Nadie tiene por qué enterarse.
El sujeto número dos debería ser una mujer para encontrar suficientes campos entre ambos sujetos. Podría ser la novia de uno de los chicos del piso, Ally. Es adorable y, aunque eso no es relevante para la investigación, creo que tiene muchos puntos para que el gilipollas de su novio se salte los límites. El problema no es ella, sino él. La parte más difícil es lograr que tenga suficiente confianza conmigo como para conseguir que se abra a mí. Toda una proeza, dado mi carácter y lo poco que me gusta relacionarme con mis compañeros de piso. Son todos unos críos maleducados, y las chicas que suelen traer no se quedan atrás. Salvo Ally. Es dulce, muy pequeñita y tímida, además de respetuosa con los espacios y las personas. Por desgracia para esta investigación, no pasa muy a menudo por el piso, aunque eso sea una suerte para ella. Será difícil ganar su confianza. La próxima vez que la vea intentaré hablar con ella de cualquier tema.
Si la aproximación falla, tendré que seleccionar a la hermana de este investigador. No me hace ilusión conocer la vida íntima de la sujeto, llamémosla B, pero no tendría más opciones. Intentaré con ímpetu la aproximación a la sujeto A.
He decidido que sí, que va a ser Ally la sujeto seleccionada. Dejaremos, por el momento, la opción B como posibilidad por si esta fracasa. El novio de la sujeto llevaba toda la semana pavoneándose de que iba a desvirgar a su novia el día del cumpleaños de él. Solo eso es para mí ya una red flag; que hable de ello, que se pavonee, que utilice términos despectivos e hirientes, aunque la persona afectada no sea consciente. Reconozco que, en este punto, la investigación se torna dificultosa. Ya nos advirtió la directora del proyecto. No es fácil no implicarse con los sujetos investigados. Aunque es un alivio que no sea una investigación psicológica, sino simplemente una toma de muestra para hacer una aplicación informática lo más útil posible. Menos mal. Creo que Gonzalo se merece una hostia, y, si me implico más en esa historia, no sé si podré contenerme.
Pero, por suerte para mí, y desgracia para ella, ha ocurrido lo que me imaginé, que el novio se comportó como lo que es, un gilipollas, y pude acercarme a la sujeto para hablarle del proyecto. No la llevé en coche hasta su casa para que cogiera confianza conmigo y me contara más cosas. Siendo sincero (y, como esto es un borrador preliminar, voy a intentar serlo), eso lo pensé después. En ese momento reaccioné así porque creí que necesitaba salir de esas cuatro paredes sin medir las consecuencias. No sé qué ocurrió en esa habitación, pero, si te hace llorar, no es ahí donde debes estar. O, al menos, hay que aprender a poner ahí el límite.
En eso también se ha esforzado la directora del proyecto, para que lo tengamos en cuenta. No se trata de decirle a la gente cuáles son los gestos del otro que harían que abandonaras la relación. Yo mandaría a la mierda a la otra persona a la primera situación abusiva, pero yo ya he salido escarmentado y no sirvo como modelo. Según Rebeca Sacristán, la aplicación debería poder ayudar a la usuaria a determinar el grado de red flag y las posibles consecuencias; es decir, hablar con la otra persona para tratar de poner límites o no consentir de ninguna manera esa acción y abandonar el lugar si se ha tornado peligroso. Todavía estamos formulando la aplicación para el móvil, pero debería poder llevar a cabo un registro de situaciones, una puntuación, un registro de reacciones de la otra persona ante las nuevas demandas y otro registro sobre la valoración que hace la usuaria con respecto a su relación. Estoy seguro de que va a ser muy útil. Estoy implicado al cien por cien. Así que tengo que seguir esforzándome en conocer más a la sujeto Ally. Sus señales de alerta pueden ser cruciales para ella y para otras chicas en su situación.
