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Si no puedes con el abogado de tu enemigo... sedúcelo. El único motivo por el que Marc Miranda ha abandonado su oficina como exitoso abogado corporativo es para arruinar al enemigo a través de su divorcio. Aunque el ámbito civil no es su especialidad, no es esta dificultad lo que complica sus planes, sino la invencible rival que ha contratado el equipo contrario y que, para colmo, debía de ser la única mujer capaz de sacar a la luz su verdadera naturaleza. Para tener una sola oportunidad de ganar deberá quitarla del medio. Mientras sospecha que no servirán ni sobornos ni chantajes, tendrá que tomar medidas más drásticas... y placenteras. Aiko Sandoval fue una niña de opciones muy limitadas, que con esfuerzo y empeño se convirtió en una impresionante especialista del Derecho de Familia. Ahora está en el punto de mira del protagonista de un relato infame. Nadie en su sano juicio se atrevería a cuestionar si la reputación de Marc es un traje de arrogancia o se trata de una coraza, pero Aiko es una fiel seguidora de la presunción de inocencia y, mientras dependa de ella... Será inocente hasta que demuestre lo contrario. ¿Estará él a la altura de su confianza o acabará siendo culpable de todos los cargos?
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Seitenzahl: 1209
Veröffentlichungsjahr: 2020
Publicado por:
www.novacasaeditorial.com
© 2020, Eleanor Rigby
© 2020, de esta edición: Nova Casa Editorial
Editor
Joan Adell i Lavé
Coordinación
Sílvia Vallespín
Noelia Navarro
Portada
Vasco Lopes
Maquetación
María Alejandra Domínguez
Corrección
Bileysi Reyes
Primera edición en formato electrónico: Abril de 2020
ISBN: 978-84-18013-37-9
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 917021970/932720447).
Contentar
al DEMONIO
DESDE MIAMI CON AMOR I
Eleanor Rigby
Índice
Prólogo
1El buen príncipe azul también es un hombre lobo
2No es porno, es literatura erótica
3¿Te mojas?
4Las cebollas tienen capas; los ogros tienen capas
5Las reglas de los Miranda
6Los libros nunca mienten
7La leyenda del Derecho viene para quedarse
8Seducción
9Solo estoy haciendo mi trabajo
10La sencillez es el arte
11Subrayar lo importante
12Un billonario atormentado
13Si la música es el alimento del amor,
nos faltaron canciones
14Ni tú tan malo, ni yo tan buena
15Estos celos que me matan, me enloquecen…
Y todo eso
16Tu hombre
17¿Qué somos? Ciudadanos de un mundo
18El amor es lo único que no duele
19No ver para creer
20Tienes tus cosillas, como todos
21Lo que podría haber sido
22No es lo que he perdido, sino lo
que estoy ganando
23Si se cierra una puerta, se abre una ventana
24Pedro viste pieles de lobo, pero solo
cuando hace frío
25Una bomba de relojería
26Los verbos más importantes de las tres
conjugaciones: saber dejar ir
27La eternitud
Epílogo
Nota de la autora
Prólogo
Marc aprendió desde muy joven que nadie valoraba tanto el correr del tiempo como él, salvo en entrevistas de trabajo y otras citaciones formales en las que convenía cubrir favorablemente las primeras impresiones. Pocos tenían en cuenta la puntualidad, lo que les interesaba más bien era la ausencia de esta, y a veces, ni siquiera eso.
Había estudiado al detalle el comportamiento humano como el mejor científico experimental que no era. De esta forma, reparó en una particularidad que le ayudó a formar el aspecto más característico de su personalidad. ¿Quién no oyó hablar de la excusa de llegar «elegantemente tarde»? ¿Quién no había pronunciado alguna vez ese famoso refrán que rezaba: «lo bueno se hace de rogar»? Hacía años desde que Marc, teniendo presente que se estimaba mucho más la falta de puntualidad que la misma, se apropió de la tardanza para definirse. Así se le conocía: como el hombre que siempre llegaba tarde a las citas y al que se le esperaba porque merecía la pena. Incluso se podía decir que la merecía el doble por los minutos que cobraba por su cara bonita.
No obstante, ese día era especial, no solo porque a mediados de marzo, la calurosa ciudad de Miami hubiera amanecido nublada, ni porque tuvo que conformarse con una corbata que no le convencía por haber olvidado pasar por la lavandería, sino por cuestiones de reloj.
Aunque Marc ponderó el tráfico entre otras variables por las que era probable aparecer un rato después, había llegado antes a su destino. No ya a la hora justa, sino con casi veinte minutos de antelación. Marc podía adorar que el mundo entero perdiese órbitas por su gracia, pero no se pondría a dar vueltas para hacer tiempo —y épica su entrada—, así que decidió que ese martes sería una gran excepción.
Echó otro vistazo al reloj y cruzó la puerta giratoria del edificio monumental, uno de los muchos rascacielos dedicados, en su mayoría, a oficinas de telecomunicaciones y otras sociedades empresariales. En la penúltima planta encontraría a uno de los pocos bufetes de abogados que le hacían la competencia al suyo.
Bueno, quizás ese suyo fuera una exageración. Ni él lo levantó ni tampoco llevaba en plantilla mucho más de nueve años, pero todo el mundo coincidía en que él era la cara y la mente pensante detrás de la corporación. Igual que su enemigo lo era de la empresa a la que se dirigía, ese capullo de Caleb Leighton que se graduó con honores en su mismo año y se atrevió a hacerle la competencia desde que coincidieron la primera vez. La diferencia visible entre los dos, era que el nombre de este brillaba en el membrete sin otro que lo opacara —Leighton Abogados, frente Miranda & Moore SLP1—, y que mientras Marc debía rendir pleitesía al que fue y creía seguir siendo su mentor, el culo de Caleb descansaba en el despacho de la gerencia.
Nada tenía que envidiarle porque tenían el mismo poder… Solo que él lo gestionaba en la sombra, y pensaba demostrarlo en su reencuentro, una reunión de pacotilla para negociar un acuerdo en nombre de los respectivos clientes.
Mentiría si dijera que no estaba entusiasmado con la idea de enfrentarse cara a cara con el jefazo. Por supuesto, lo negaría si le preguntaban; pretendía ocultar su interés bajo capas de premeditada soberbia. Aun sabiendo que podría aplastarlo con un solo dedo, como había hecho cientos de veces antes, Leighton era un gran rival.
Marc era un ganador consagrado, y sus victorias se las debía a la agilidad mental que había heredado de alguno de sus progenitores, a la ayuda de otros profesionales y, por supuesto, a sus métodos no muy ortodoxos para conseguir lo que quería. Procuraba salir airoso de la mayor cantidad de pleitos en el menor tiempo posible, lo que significa que estaba allí para llegar a un acuerdo rápido y justo con Leighton y, después, seguir en otras historias. Para ser abogado, odiaba los juicios, le aburrían sobremanera, y lo que es más: los veía innecesarios. Recurrir a un tercero para solucionar un problema entre dos, no sonaba a un recurso del que Marc echaría mano. Leighton era la otra cara de la moneda. Disfrutaba posponiendo los litigios, estudiando durante meses y, por qué no… ganándolos al final.
Había gente para todo, pero Marc no iba a perder valiosos meses esperando la resolución pudiendo... incentivarlo a él y a su cliente a hacer lo contrario.
Por desgracia, sabía que Leighton no era sobornable y a Marc tampoco le gustaba titularse como el tipo que corrompía a sus contrarios. Sí, era práctico, e imaginaba que todo el mundo tenía un precio. Y en el caso de que no fuera así, contaba con que Leighton sería lo bastante listo para no interponerse en su camino. Sobre todo cuando ya tenía una ligera idea de lo que le esperaría si lo retaba.
Marc metió la mano en la cartera y enseñó la acreditación al guardia de turno quien suavizó el ceño al leer su nombre. Mostró el respeto que se le olvidó al muchacho que llevaba un buen rato mirándola, y que aprovechó la pausa para arrojarse sobre él. Iba armado con un taco de tarjetitas tamaño carné, y la puntera desgastada de sus Converse indicaba que no era más que un adolescente.
—Buenos días, señor. Por si necesita un seguro.
Marc sonrió con educación y guardó el nombre de la aseguradora en el bolsillo exterior de la chaqueta. El chico se sonrojó y agachó la cabeza. Qué ricura, pensó en el ascensor. Pulsó el número diecisiete y se plantó en medio de dos mujeres vestidas para empresa, ambas notablemente nerviosas.
Una de ellas llevaba el moño desplazado un poco hacia la derecha, y la otra se había puesto la blusa del revés. Tal vez aplicaran para el puesto de secretaria, a juzgar por la escasez de líneas en el currículo que sostenían en la mano y las faldas de almacén compradas en segundas rebajas. A simple vista, juró que contratarían a la del moño.
El ascensor fue a cerrarse cuando una mano diminuta se interpuso entre los sensores. Una chica de ojos rasgados se infiltró en el cubículo, examinó el tablero de pisos y esbozó una sonrisa culpable.
—Perdón... —Y a saber por qué se disculpaba—. Es que llego tarde, no podía esperar al siguiente. Buenos días.
—Buenos días —saludó Marc, echándole un vistazo. Sentía debilidad por las mujeres exóticas, pero aquella en concreto le divirtió más que otra cosa. Llevaba las medias rotas y un solo ojo pintado, y aun así enfrentaba el día con optimismo. Le intrigó que tuviera pecas en la nariz, contrariando el bulo de que las asiáticas tenían la piel perfecta—. ¿Primer día de trabajo?
—Eh… —Miró por encima de su hombro, por si cupiera la posibilidad de que estuviese dirigiéndose a otra persona—, no, en realidad, no. Vengo a ver a mi hermana mayor. Le han hecho una fiesta sorpresa y pasaba a darle su regalito. —Levantó la bolsa que colgaba del codo—. Ya veo que todos vamos a la penúltima planta. Usted tiene cara de abogado, seguro que trabaja aquí o al menos la conoce. Unos cuantos dedos más bajita que yo, mucho más guapa...
—¿Estás segura de eso? Lo veo difícil.
Le hizo gracia cómo se ruborizó y murmuró algo por lo bajo para acabar tomándolo por loco. La chica no era guapa según su definición, pero sí toda una monada. Boca grande y piernas largas. Con eso ya tenía un cinco de diez.
—Sí, ya, claro... Se llama Aiko, ¿no le suena?
—Aiko. Claro que la conozco.
Marc era un excelente embustero, y su especialidad eran las mentiras a medias. No conocía personalmente a Aiko, pero sabía tanto sobre ella que era como si lo hiciera.
Antes de visitar al enemigo, hizo sus averiguaciones. Ahora no solo sabía quiénes trabajaban en el bufete. También en qué sección, cuántos años llevaban, sus nombres e incluso su nota en el BAR. A su secretaria se le daba bien meterse en vidas ajenas y él era el rey explotando las virtudes de sus empleados. Aunque lo de Verónica Duval, su chica de los trapos sucios, era un don innato del que Marc decidió apropiarse antes de que la contrataran como fija en el supermercado de la esquina. Podían llamarle salvador por rescatar a una pija de padre y muy señor mío de pasarse el día limándose las uñas en el taburete inflexible de la caja de Walmart, pero él prefería considerarse un cazatalentos. Gracias a ella, sabía que Aiko Sandoval no era nadie a quien tuviera que temer: era especialista en divorcios, nada que ver con su afición por las grandes corporaciones.
Claro que la chica de las piernas largas no opinaba igual.
—Oh, pues si la conoces y no trabajas aquí debes ser uno de esos novios suyos que le duran tres días. —Se mordió el labio—. Será mejor que no le digas que he dicho eso. Suena muy mal y no quiero airear su reputación de rompecorazones. Ay, seguro que vas a verla y yo te estoy diciendo que te va a dejar más pronto que tarde... Lo siento mucho. Solo te voy a dar un consejo y me callo: no te enamores de ella. Los que lo hacen nunca lo superan.
—Descuida. Estoy vacunado contra el amor.
—Contra Aiko no hay nadie vacunado —suspiró la chica, pegándose a las puertas que se abrían. Marc la vio negar con la cabeza—. Ya vas con eso otra vez, Mio. Deja de pensar en tu mala suerte...
Marc se tomó un segundo para asimilar el aire a premonición que guardaba su inocente consejo. Luego asumió que estaba hablando en nombre de una experiencia personal que no tenía nada que ver con él, y lo dejó correr. La campanita acalló el impulso de animarla a no torturarse.
Las dos chicas de la falda y el curioso personaje llamado Mio se dirigieron torpemente al primer mostrador. Marc hizo borrón respecto a la guerra avisada y se centró en la razón de por qué estaba allí.
Se quedó rezagado para echar un vistazo a la competencia, conteniendo una sonrisa suficiente para sus adentros.
Miranda & Moore no tenía nada que envidiar a aquel sitio. Solo había dos razones por las que una oficina luciría con orgullo unas plantas de plástico: bajo presupuesto, o mal gusto. Y Marc no sabría decir qué era peor, si acudir al trabajo en chanclas o ir de sobrado con pantalones low cost. Al menos era un lugar luminoso, pero cómo no iba a serlo con el mismo revestimiento de suelo que la cocina de un hotel.
«Tiquismiquis de las narices», le habría dicho Nick, su secretaria. «Supera tu TOC y ve a hacer tu trabajo». Verónica Duval y su facilidad para referirse a los trastornos psiquiátricos con falta de tacto.
Pero Marc tendría que superar mucho más que ese supuesto TOC para permanecer allí, como por ejemplo su aversión a las cortinas estampadas. Habían dejado la decoración del bufete en manos del despropósito absoluto. Gracias a Dios, no estaba en Leighton Abogados para poner en práctica sus conocimientos como asiduo a La casa de mis sueños2, así que preguntó por el despacho del gerente y procuró tomar el rumbo como los burros, sin mirar en muchas direcciones. Lamentablemente, le pudo el morboso masoquismo humano y acabó estudiando los horrorosos frisos.
Por lo menos los despachos eran accesibles gracias a enormes cristaleras, justo como en la oficina de sus amores, pero no todos tenían las mismas características y al final parecía como si estuvieran enemistados unos con otros. Cada uno le había dado su toque y eso convergía en un conjunto de colores y formas intragable. Excepto por uno, en el que se había congregado un grupo de gente.
Observó el otro lado del cristal sin dejar de caminar. No tardó en deducir que se trataba de la fiesta que había señalado el personaje del ascensor. Cada uno de los empleados sostenía un trozo de pastel y conversaba entre risas con el compañero más cercano. Capturó a la chica de las piernas largas abrazando a alguien, y entonces recordó la frase que había dicho.
«Contra Aiko no hay nadie vacunado».
Le causaba curiosidad la cara de la mujer que obedecía a semejante leyenda. Solo porque sobraba tiempo, ralentizó el paso y esperó con impaciencia a que se diera la vuelta. No le cupo ninguna duda de que era ella cuando reconoció el parecido con la alegre cuasiadolescente del ascensor. Al menos diez centímetros más menuda, pelo más largo y, lamentando en el alma darle la razón a la tal Mio, tan absurdamente preciosa que nunca obedecería a la definición de otro adjetivo.
No se dio cuenta de que había frenado de golpe. Sus ojos de ave rapaz, acostumbrados a medir, estudiar y elaborar teorías en tiempo récord, cambiaron de registro para dedicarse a la admiración. Se notaba que era una fiesta sorpresa; de lo contrario, imaginaba que se habría arreglado más. Llevaba una sudadera enorme que casi le cubría las rodillas, unos pantalones de chándal grises y unas deportivas. Nada de maquillaje, solo una sonrisa de muñeca que le intrigó.
Ladeó la cabeza como hacían los dibujos animados cuando no entendían algo e intentó leer los labios de Aiko Sandoval al frotar el hombro de su hermana.
¿De dónde habría sacado Leighton algo tan bonito? Esa era la gran duda, y no qué habría hecho ella para violar el código de vestimenta sin tener problemas: se imaginaba a aquella criatura en el despacho de su propio jefe, y no dudaba que le permitiría cualquier cosa. A Moore le podían las niñas bonitas. Y esa de ahí, era todas esas niñas y todos los bonitos juntos.
Se la quedó mirando un rato más, preguntándose cómo se le habría pasado por alto a Nick mostrarle una fotografía. No resistió a acercarse un poco más a la cristalera y fijarse en cómo probaba la tarta con un diminuto mordisco. Se manchó el bigote con el glaseado de la cobertura y no se dio cuenta.
Marc estiró los labios hacia un lado, emulando una sonrisa curiosa al tiempo que se fijaba en la forma del azúcar sobre su labio superior, una medialuna perfecta. Unos segundos después, se impuso el entrenamiento de abogado: hacer conjeturas.
¿Cuántos años cumpliría? Bueno, no tenía por qué ser un cumpleaños, Mio no había especificado. En caso de serlo, no pasaría los treinta y cinco. Tal vez ni llegara. No era una fiesta de bienvenida; él sabía que ya trabajaba allí, así que tal vez fuese una reincorporación. ¿Por baja de maternidad? No estaba casada ni tenía pareja estable, le constaba por aviso de su hermana y lo reafirmaba la ausencia de alianza. Pero eso no era impedimento para cuidar de un niño. Quizá lo hubiera adoptado.
O a lo mejor había regresado de viaje. La intuía como una mujer cosmopolita, y no le costaría imaginarla con una cámara de fotos encima deteniéndose en cada esquina de Montmartre, tomando un café en la plaza del Trastévere, o sentada sobre su regazo, totalmente desnuda.
Pensaba en ello cuando los hilos de la casualidad hicieron de las suyas. Los ojos de Aiko dieron con él. Tiró de los párpados más de lo normal al hacerle un reconocimiento.
Se observaron a través del cristal sin sonreír. Marc escuchaba los engranajes de su mente girando y le complació imaginar que le estaba gustando lo que veía. Apenas se fijó en que ella deslizaba los ojos por su chaqueta y los plantaba en la tarjeta que sobresalía. Después de eso la vio intercambiar unas palabras con su hermana, disculparse y salir de la sala con una serenidad que le mantuvo hipnotizado. El ondular de su pelo recogido en una coleta informal y el suave perfume que recogió sus sentidos al tenerla delante, aumentó su interés.
Era aún más bonita de cerca.
—Usted debe ser Allen Harris. —Su voz era suave. Sonaba relajada y natural. Señaló la tarjeta que asomaba por el bolsillo de su americana—. Siento muchísimo haber perdido la cita, me han pillado desprevenida con una fiesta sorpresa y al final se me ha olvidado por completo. Me alegro de que haya decidido venir en su lugar, y tan rápido. Ya me ha dicho mi hermana que ha subido en el ascensor con usted.
Marc enarcó una ceja. A eso se resumió su gesto de sorpresa.
Sabía que le acababa de confundir con el tipo de la aseguradora. Era el nombre que ponía en la tarjeta que llevaba encima de pura casualidad, además de que este era su propio asegurador personal. Se alegró de que necesitara los servicios de uno y, más aún, de que hubiera mezclado identidades. En su cama estaría más segura que en ninguna otra parte.
—¿Me acompaña al despacho?
«Te acompaño a donde tú quieras».
El interés se acentuó al seguirla muy de cerca. La ropa ocultaba su figura, y mejor. Le gustaba que le dieran espacio para fantasear.
—¡Mierda! —La oyó mascullar por lo bajo—. Qué mala suerte.
Se giró de golpe hacia él y le puso las manos en el pecho. Marc se sorprendió con el corazón en un puño, pendiente de algún movimiento. Lo cogió del brazo y tiró para meterlo en la primera puerta cerrada que encontró.
Marc se vio, de buenas a primeras, acorralado entre una puerta pesada de madera y tres estanterías llenas de productos de limpieza... O más bien entre esas tres estanterías y el sonrojo de Aiko, que lo miraba entre avergonzada y muy segura de tener la razón.
«Qué contraste tan interesante».
—Siento esto. Es que como ya le dije por teléfono, pretendo llevar esto con la mayor discreción posible, y no quiero que el señor Leighton le vea por aquí. Me preguntaría quién es, para qué quiero un seguro, y... no se me da nada bien mentir. Acabaría dando muchas explicaciones que prefiero reservarme. Ya sabe toda la historia.
Así que Aiko Sandoval tenía secretos. No le vendría nada mal saber cuáles. A Leighton le gustaba ponerse chulito y él tendía a guardar ases bajo la manga.
—Tendrá que repetirla, porque mis superiores no me han informado del todo bien sobre su situación —respondió Marc, tranquilo. Se fijó en que el rubor en sus mejillas se intensificaba, y que para contrarrestarlo procuraba sacar pecho. Al contener la sonrisa, se le caló el estómago, ahogado en un calor agradable—. En realidad, no soy el señor Harris, sino uno de sus trabajadores. Estaba demasiado ocupado para cubrir la cita y me ha mandado a mí. Soy Marc.
Tendió la mano por el placer de acariciar sus dedos, que ella ofreció no muy convencida. Marc clavó los ojos en el dibujo del azúcar sobre sus labios y humedeció los propios como si así pudiera incitarla a copiarlo. Aiko lo hizo, con las mejillas ardiendo, y parte del glaseado desapareció.
Al apartarla, detectó un temblor vulnerable en su mano, como si no supiera qué hacer con ella después de haberlo tocado. Se la veía fuera de eje, y Marc tuvo que reconocer muy a regañadientes que él tampoco sentía que lo tuviese todo bajo control.
Día nublado. Corbata equivocada. Veinte minutos antes. ¿Qué esperaba? Todo había empezado mal.
—Marc —repitió ella en voz baja. Él, que odiaba su nombre, se sorprendió complacido al oírlo—. Soy...
—Aiko Sandoval, hasta ahí llego. Puede estar tranquila. Seré muy discreto con los servicios que decida pedir.
A no ser que lo necesitara como chantaje. No era un hombre que diese puntada sin hilo. Desaprovechar oportunidades no figuraba en su método de acción.
—Eh... La verdad es que me ha descolocado un poco... Me extraña que el señor Harris haya enviado a otro. Estaba muy comprometido conmigo como clienta y sabe que me costaría... abrirme con otra persona. Allen es conocido de una amiga mía, por eso recurrí a él. Además de que llevamos hablando por teléfono unas semanas... Pero esto a usted no le importa, y en realidad corre prisa, así que...
Soltó una carcajada nerviosa y se pasó los dedos por el pelo con un aire tan coqueto que sintió el irrefrenable deseo de besar sus dedos.
—Lo siento, esperaba a cualquier persona excepto a usted.
«Yo tampoco te esperaba a ti».
No, no la esperaba, podía admitirlo, pero le molestó que su subconsciente lo hubiera dibujado antes que él. Tampoco significaba nada: Marc iba a verse con un mastodonte de metro noventa y barba tupida, no con un ángel vestido de Adidas. El contraste era una total locura.
—¿A qué se refiere?
Ella lo miró a los ojos.
—Es un tema personal y me había hecho a la idea de que... —Agachó la cabeza, de pronto asaltada por la timidez—. Usted no tiene cara de vender seguros de vida.
—¿Y de qué tengo cara?
—Pues… de supermodelo, y cosas así.
La ternura le torció la sonrisa. Se le ocurrieron mil maneras de responder, a cada cual menos adecuada, pero la vio tan mortificada que decidió apiadarse de ella.
—Para dedicarse a la venta a domicilio hay que tener encanto —acotó—. Estaba comentándome algo sobre un seguro de vida. Para su madre, su padre o algún abuelo, imagino.
—No, en realidad es para mí.
Miró hacia la puerta. Una excelente idea; así se perdió el leve fruncimiento de sus cejas. ¿Para ella?
—Mire... Ya lo tenía todo hablado con el señor Harris. Solo tenía que entregarle una documentación, firmar, y ahí acabaría la historia. Lo único que quedaba por cerrar eran las tarifas.
»Preguntaba por un seguro de vida para una mujer con una enfermedad crónica. Sé que me va a salir muy caro, sobre todo después de una recaída, pero quiero que, en caso de torcerse, mis padres saquen algún beneficio de... —Negó con la cabeza—. Lo normal es que el dinero vaya al marido o los hijos. No tengo ni una cosa ni la otra, así que hablé con Allen para que fueran mi madre y mi hermana las que cobrasen lo equivalente al seguro. También he oído que la gente en mis casos no puede contratar seguros, pero llevo con uno desde los veinte años y creo que es injusto revocármelo ahora.
«Suficiente información».
Mucho más que suficiente para ir con el cuento a Leighton, aunque no supiera aún de qué forma podría afectarle. Podía preguntar, indagar qué enfermedad era, por qué se lo escondía a su jefe y mejor amistad —incluso se rumoreaba que había interés romántico por medio—, pero descubrió que no quería utilizarla como cepo. Si insistía, sería por saciar sus dudas, por conocerla, y no debía importarle lo que fuera de aquella mujer. No estaba en su onda ni la vería nunca más.
Así pues...
—Perfecto. Se lo comunicaré a Allen para que te llame esta misma tarde —respondió con tranquilidad. Ella lo miraba de vuelta sin comprender—. Eres un caso diferente. Especial. Debíamos ponernos de acuerdo para decidir si hacerte firmar o no. Con mi visto bueno tendrás tu seguro.
Aiko sonrió aliviada, aunque no le pasó por alto que el gesto no le iluminó la mirada.
—Muchas gracias. Usen mi teléfono personal para contactarme no el de la oficina. Las llamadas suelen quedar registradas y no quiero que nadie sepa que confío tan poco en... da igual. Gracias de nuevo. Y siento haberle encerrado —añadió con una fresca risa juvenil. Empujó la puerta, miró a un lado y a otro, y le hizo un gesto para que saliera—. ¿Nos veremos en alguna otra ocasión?
Marc abrió la boca antes de pensar. La cerró también mucho antes de decir ninguna estupidez.
—Créeme, en algún punto del día habrás decidido que no quieres volver a cruzarte conmigo.
Apostaba porque la llamarían antes del almuerzo o en ese mismo momento, y su reacción sería la de condenar al impostor.
Ella no lo entendió. Tampoco era necesario.
—¿Es hoy tu cumpleaños? —inquirió—. He oído que celebras una fiesta.
La vio sonreír en formato secreto, más para su coleto que para hechizarlo, lo hizo, de todos modos.
—Algo así.
—Felicidades.
—Ni siquiera sabe qué celebro.
—Una mujer como tú no necesita excusas para celebrarse a sí misma.
Sin poder resistirse, se acercó un poco y borró la línea de azúcar sobre su labio con el pulgar. Le echó un vistazo a la yema, luego a ella que se había ruborizado otra vez, y al final se lo metió en la boca.
Aiko lo miraba conmocionada.
—Le sobra dulce, pero me gusta así.
1SLP. Sociedad Limitada Profesional.
2 La casa de mis sueños. Programa de televisión que transforma casas de segunda mano en viviendas lujosas.
1
El buen príncipe azul también es un hombre lobo
—Muchas gracias por acompañarme, Ivonne. No sé cómo habría manejado este trayecto con Roberto.
En algún momento del día, el repiqueteo apresurado de los tacones contra la acera haría zumbar sus oídos. Sonidos continuos y desagradables como aquel no la ayudaban a rebajar el estrés, y su obsesión con llegar puntual después de una oleada de tráfico maligna, menos aún. Su secretaria se exponía voluntariamente al plano de inferioridad, se negaba a caminar a su lado; por narices debía hacerlo con una diferencia de tres pasos.
—Podrías no haberlo hecho, le hubieses dicho que no estás interesada. Pero claro... no sabes decir que no.
—El problema no es que me cueste rechazar a los hombres, es que no sé cómo explicar mi rápida pérdida de interés. ¿Cómo le explico que lo más probable es que nunca me gustara, y que me convencí de que era el hombre perfecto porque me muero por encontrarlo? No puedes decirle ese tipo de verdad a alguien y esperar que reaccione bien. Y no tengo derecho a amargarle el día.
—No sería tu problema si se lo tomase mal. ¿Sabes? No tienes que hacerte cargo de los sentimientos de los demás. Si Roberto no te gusta, no hay que dar más vueltas.
—Pero ha sido tan... apresurado. Cené con él anoche y hoy ya me siento violenta con él.
Aiko se detuvo ante la puerta giratoria del edificio. Miró a Ivonne con cara de decepción.
—¿Cuál es mi problema? He perdido la cuenta de todas las veces que me ha pasado algo así. Me desilusiono tan rápido que me cuesta saber si estuve ilusionada alguna vez. No es justo. Soy la persona más romántica del mundo, Ivonne. Me sé los diálogos de las películas de Nora Ephron, lloré cuando Brangelina se separó y he sido la celestina de mis padres desde los once años.
Golpeó la pared con el bolso, una monstruosidad tamaño balón de Nivea. Era más efectiva como arma que un helicóptero apache, y si no, que se lo preguntaran a los cerdos que le decían guarradas por la calle.
—¡Soy el maldito Cupido! —exclamó—. ¿Por qué, entonces, no hay amor para mí? Él tenía a Psique, y lo más parecido que yo encontraré a eso será un psiquiatra. En fin, por lo menos hay una raíz léxica común en todo esto. Muy poético.
—Tal vez es porque lo buscas demasiado —Paró la puerta que habría seguido girando indefinidamente y la sostuvo para que Aiko pasara—. Dicen que las cosas solo se encuentran cuando las dejas de buscar.
—¿Buscar? ¡Si yo no busco nada! ¿No ves que no tengo tiempo para enamorarme y vivo estresada? No son ni las ocho de la mañana y ya tengo programada la agenda de los próximos dos meses.
—Entonces debe ser por eso. O por el círculo en el que te mueves. Siempre estás tratando divorcios, Kiko. ¿No crees que te ha podido afectar sin que te des cuenta?
Aiko frenó sobre la alfombra del recibidor, sorprendida por esa bombilla que acababa de prenderse. ¿Era eso posible?
Nunca había parado a preguntarse el motivo de su falta de apego emocional. En parte se debía a que su trabajo no le permitía parar un segundo, y menos para plantearse dudas metafísicas como el origen del universo, qué había después de la muerte, o por qué diablos se aburría hasta de sí misma.
Pero podía ser cierto. Cualquier corazón romántico se marchitaría si recibiera a diario lluvias de reproches, lluvias de lágrimas, o incluso lluvias de puñetazos. Su rango de actuación comprendía desde parejas que no soportaban mirarse a la cara, hasta aquellas que salían juntas para tomar unas cervezas. Era un escenario bastante deprimente y su constante sucesión tal vez había apagado poco a poco su ilusión por cumplir la tópica fantasía de la niña promedio: encontrar al amor de su vida.
Bueno… Pongamos que antes de eso, Aiko había soñado con ser una abogada de la leche, completar un armario solo de zapatos y comer sin engordar. Pero ahora que ya había tachado lo tachable de su lista y asumido lo imposible, iba siendo hora de ponerse con lo último.
Era uno de los pocos asuntos que le causaban inquietud, y no porque tuviera miedo de morir sin un compañero al lado. Tampoco porque permaneciera virgen para «el indicado», lo que la convertiría en el hazmerreír de su grupo de amigas si lo tuviera. Le importaba un carajo si la enterraban con el mullido himen acomodado en algún lugar de su útero o dondequiera que estuviese eso. El sexo no le llamaba demasiado la atención, sobre todo cuando tenía tantas cosas que esconder. El problema residía en la otra parte: en los hombres que sufrían sus desprecios, sus cambios de opinión, sus negativas sin venir a cuento, su falta de interés... Todos esos síntomas que acababan por convertirla, a ojos de sus citas, en la prototípica arpía que usaba frases hechas —«No eres tú, soy yo»— para justificar vaivenes emocionales. Esos de los que, al final, se culpaba el que no debía hacerlo.
Le aterrorizaba que esa fuera la visión generalizada de ella, cuando de poder elegir su sentir, se habría enamorado de todos y cada uno de los tipos que habían pasado por su vida. Incluido Roberto, el último con el que se dio una oportunidad sin haber obtenido buenos resultados. No sabía qué le fastidiaba más, si que fuera imposible conmover su corazón o romper los de sus parejas en el infructuoso proceso de «caza al príncipe». La solución era sencilla. Abortar misión.
Pero ¡coño! Que Aiko quería enamorarse, joder. ¿Tanto pedía?
—¿Estás bien? —preguntó Ivonne, devolviéndola a la realidad.
—Sí, sí... Estaba pensando en lo que has dicho. ¿Sabes? Creo que debería dejar de buscar razones a mi manera de ser y poner una solución. Quizá corte un poco mi comunicación con los hombres de ahora en adelante. Tengo que evitar salir con ellos y hacerles ilusiones. No se merecen que no sepa por dónde conducir mi vida sentimental y parezca sufrir algún tipo de trastorno bipolar.
—¿Por qué te echas la culpa? Si no te gustan lo suficiente no hay que buscarle otro motivo. ¿Quién dice que no tengan ellos parte de culpa, que no sean los que te defraudan al darse a conocer en las citas?
—Es que no la tienen —lamentó. Enfiló al ascensor y bajó la voz al continuar—: Anoche, por ejemplo... Roberto estuvo magnífico. No es desagradable o de esos que solo hablan de sí mismos. Tampoco me pareció tacaño, ni me miró mal cuando me pedí tarta de tres chocolates. Ya sabes, hay tíos muy imbéciles que te sueltan el comentario de «¿todo eso te vas a comer?». Vamos, que fue un encanto. Cortés, inteligente, guapo... Sabe escuchar. Incluso adora a su madre, lo que siempre es señal de nobleza. Y no se enfadó porque no le invitara a subir a casa.
—¿Vas a celebrar que no se cabreara por eso? Pues sí que está bajo el listón.
—¡Todo lo contrario! Roberto es un caballero de la cabeza a los pies.
Entró en el ascensor y pulsó el número veintiuno. Miranda & Moore. Era la primera vez que se pasaba por allí, y este era, a su vez, uno de los motivos por los que no dejaba de hablar. Estaba francamente intimidada, y también ansiosa, por enfrentarse a su primer caso contra el bufete de abogados de mayor nivel de toda la ciudad... Incluso de toda Florida. Comentar en voz alta las virtudes de Roberto servían para distraerla de sus sentimientos encontrados hacia el divorcio que le tocaba. Había llevado muchos, tantos que casi había perdido la cuenta, pero este era especial. No todos los días se defendía al juez más importante de Miami frente a su difícil esposa.
—¿No te has detenido a pensar que quizá no te gustan porque son demasiado perfectos? —preguntó de repente Ivonne.
Aiko se giró hacia ella con una ceja arqueada.
—¿Te refieres a que debería enamorarme de celosos, posesivos, y toda esa lista de adjetivos que se ponen como algo romántico y precioso en los best sellers eróticos? Porque eso es lo que intento evitar. Bastante estupidez emana mi padre para juntarme con otro de su calaña —bufó, apartándose el pelo de la cara.
En otro tiempo se habría cortado al airear los esqueletos familiares, pero se trataba de Ivonne, alguien que llevaba a su lado desde que empezó en Leighton Abogados y quien había vivido con ella las mayores crisis existenciales de su madurez. A Ivonne no se le escapaba nada, ni la historia sentimental de sus padres, ni sus problemas emocionales, ni la ambición que proyectaba al futuro... Ni ninguno de sus fracasos. Y eso significaba que debía albergar suficientes nombres masculinos en su cabeza para formar una legión.
La legión de los casi ex de Aiko Sandoval. «Lo que podría haber sido»; así llamaría la película.
—No, no, nada de eso. Solo digo que, a veces, lo que hace divertido estar con alguien, es chocar con él en algunos aspectos. Si es perfecto no tiene ninguna gracia. ¿O me vas a decir que te gustan los hombres ideales? Llevas una larga lista de tipos maravillosos. ¿Por qué no pruebas con los que no lo son tanto? Es evidente que les falta algo.
—Claro, les falta mi predisposición a encariñarme, que no sé dónde diablos la he dejado. Pero puede que tengas razón, y es mi concepto de «ideal» lo que hace que Roberto no lo haya sido. Soy consciente de que todos los libros que he leído, todas las películas que he visto, y todos los romances que han vivido mis compañeras, han puesto mis expectativas muy altas en ese sentido. Ahora siento que no me puedo conformar con alguien que no me haga cosquillas con solo cruzarse en mi camino. Al final se reduce todo a eso. Debe existir, ¿no? —inquirió, mirando a su secretaria como si tuviera respuesta a todos los problemas del mundo—. ¿Alguna vez has sentido algo así...? Esa fuerza extraña y poderosa... Esa atracción sobrenatural que describen las novelistas actuales.
Ivonne esbozó una pequeña sonrisa tímida.
—Sí, la verdad es que sí.
—Pues existiendo eso no puedo conformarme con alguien que me hace sonreír. Supongo que eso me hace exigente. No en términos físicos, ni sentimentales... Da igual si es rubio, moreno, calvo; si va al gimnasio o pesa cien kilos, mientras pueda sacarme de mis casillas. ¿No estás de acuerdo conmigo? Al final lo tendré que crear a partir de inteligencia artificial. Sería inteligente y misterioso, y no se pasaría toda la noche alabando mis virtudes.
La campanita del ascensor cortó su fantasía.
—Qué importa. Al final va a resultar que sí que tengo demasiado tiempo para soñar con ese ÉL maravilloso. El resumen es: ¿y si lo encuentro y lo rechazo porque no es capaz de engancharme, o no consigo reconocer que está hecho para mí? Dicho de otro modo… ¿Y si el príncipe azul aparece disfrazado?
Ivonne la miró divertida.
—¿De qué podría disfrazarse?
—No sé... De demonio, por ejemplo. Sería horrible encontrarle y no reconocerlo porque alguien le rompió el corazón y es incapaz de ser él mismo, o porque no es de los que se muestran tal y como son... Arg, qué difícil. Si todo se resume a probabilidades, estoy perdida. Quita a todos los hombres casados, gais y enamorados platónicos; a los que nunca se fijarían en mí porque no soy su tipo, los que son unos cabrones… Me quedarían cuatro gatos. Hay demasiada gente en el mundo para que yo tenga la suerte de dar con mi segunda alma gemela.
—¿Segunda? ¿Quién es la primera...? Ah, Caleb.
—Obvio. —Sonrió y salió del ascensor—. Ese Caleb al que no le va a gustar que esté aquí hablando de romances imposibles en lugar de lo que he venido a hacer.
En realidad, a Caleb le daría igual lo que estuviese haciendo porque confiaba a ciegas en su talento. No en vano la había elegido como socia mayoritaria del bufete en el que pusieron su nombre, cuando Neal Delfino, el abogado al cargo, se jubiló y decidió dejar su imperio en manos del más capacitado. Caleb era ese hombre, el que mantendría su cartera de clientes y su prestigio. Durante años fue su abogado adjunto, y después, un socio minoritario envidiable. Aun con solo siete años de trabajo a cuestas, demostró que sus competencias superaban con creces las de ningún otro.
Caleb había contado con ella para remodelar el lugar y convertirse en la primera firma con juristas jóvenes al cargo; no solo porque tuvieran una relación especial que hacía de ellos una sola persona, sino porque se formaron casi a la vez y juntos eran más fuertes que por separado.
Además de porque se querían de una forma que nadie más comprendía, y no podían vivir el uno sin el otro.
—Ni que fuera a enterarse. Incluso si estuvieras coqueteando con su mayor enemigo lo pasaría por alto. Ese hombre te perdonaría un asesinato.
Ivonne no esperó a que Aiko rodara los ojos y continuó, mientras se detenían en el primer mostrador que encontraron.
—Retomando el tema una última vez antes de meternos en el caso...
—Espera.
Se giró hacia la secretaria que ocupaba el mostrador, a la que le costó despegar los ojos de sus uñas.
—¿Este es el despacho de Victoria Palermo? Soy Aiko Sandoval, tenemos una reunión ahora, a las ocho y media. Para llevar el divorcio de los Campbell.
—Un momento, por favor.
Aiko aprovechó la ocupación de la secretaria para mirar a Ivonne.
—No creo que debas perder la esperanza.
—Llevo con la esperanza perdida desde la adolescencia. Nunca he sentido nada intenso por un hombre, Ivonne. No estoy hecha para el amor, eso es todo —resumió, camuflando su decepción con una sonrisa sencilla—. En algún momento tenía que afrontarlo.
—A lo mejor buscas en el lugar equivocado. ¿No has pensado en probar con algo... diferente?
Aiko se ciñó el bolso al hombro y la miró interrogante.
—¿Diferente? ¿Te refieres a citas por Internet o algo así? Es verdad que está en auge, pero no me veo chateando con desconocidos, ni pasándoles fotos en tanga. O sea, podría ser divertido... —rio. Cortó la carcajada al recibir una mirada extraña por parte de la secretaria, que sostenía el teléfono contra la oreja. Carraspeó y se giró un poco más hacia Ivonne para que no la escuchara—. Pero sería calentarlos para nada, ¿no crees? Es decir... No me imagino quedando con alguien solo para hacerle un striptease. Para evitar situaciones tan violentas como esa, mejor no dar la impresión equivocada. Aunque imagínatelo. Siempre he querido hacer un striptease. Debes sentirte poderosa, y sexy...
—En realidad no me refería a citas por Internet, sino un cambio de... Un cambio más radical.
—¿Subir el límite de edad, dices? Lo pensé. A lo mejor el hombre perfecto tiene cincuenta y está hecho un toro. O no, quizá solo está gordo. La verdad es que a mí el físico me da igual. Los hombres que mejor me han besado no han sido precisamente guapos.
—No, nada que ver con el límite de edad. Es más bien...
—Ya, ya sé qué dices. Tendría que dejar de buscar parejas en el trabajo, ¿no? Sería muy diferente quedar con alguien que no fuese abogado, o ya puestos, caucásico. Nunca he salido con un latino, ni con un asiático, ni con un mulato... ¿Crees que soy un poco racista? —dudó—. En Miami hay de todo, no puedo poner como excusa que es lo que más abunda...
—Puede pasar a la sala de reuniones —interrumpió la secretaria, haciendo una señal hacia el pasillo contrario con sus uñas perfectas—. Allí la estará esperando.
—Estupendo, gracias.
Hizo un asentimiento con la cabeza y se dirigió al lugar que había apuntado. Ivonne la siguió, esta vez sí pegada a ella.
—Aparquemos el tema por un rato. ¿Tienes conectado mi teléfono profesional...? Perfecto, así no se quedan colgadas las llamadas mientras vuelves. Muchas gracias por interrumpir a Roberto y acompañarme, de verdad. Me has dado tiempo para practicar cómo decirle que preferiría que quedáramos como amigos.
Ivonne esbozó una sonrisa que oscilaba entre la admiración y la resignación.
—No hay de qué. Sé que te pone nerviosa enfrentarte a una firma tan grande. Si necesitas algo, puedes llamarme al móvil personal. Ah, y no vuelvas muy tarde; recuerda que hoy tienes el almuerzo con Delfino.
—¡Cierto! Casi lo olvido. ¿Qué haría yo sin ti? —suspiró, dramática. Le dio un abrazo breve y le guiñó un ojo—. Tanto hablar de hombres, cuando debería enamorarme de ti. Deséame suerte.
No oyó el suspiro de su secretaria y el comentario del que lo acompañó, porque justo al girarse hacia la entrada de la sala de reuniones, interceptó a la única figura masculina que atravesaba el pasillo en su dirección.
Aiko se quedó a las puertas del despacho, más sorprendida porque le hubiera costado tan poco reconocerlo que por su reacción interna. La irritación no la pilló con la guardia baja. Sospechaba que, si se lo llegaba a encontrar de nuevo, le diría cuatro cosas por engañarla en un momento vulnerable.
Era él. El miserable que fingió ser el subdirector de la aseguradora por motivos aún por determinar, y que no la interrumpió mientras explicaba su patética situación. El perfecto actor. No lo habría descubierto si Allen no la hubiera llamado para cerrar el negocio e insistir en que no había mandado a nadie al bufete. Pasó los días siguientes alterada preguntándose por qué diablos habría hecho eso. ¿Se aburría? ¿Le parecía divertido?
No debería haberle molestado tanto. A fin de cuentas, no era nadie importante, tampoco era información que pudiese usar en su contra. Pero de todos modos le había dolido, porque el hombre en cuestión era... era... digamos que era lo bastante atrayente para que le resultara imposible camuflar el potente anhelo de tocarlo, solo para averiguar si era real. Siempre era un shock tener que reconocer que los hombres más guapos eran los menos recomendables, y aquel era clavadito a Jason Morgan, el modelo que la hacía babear en Instagram.
Podía llevarse como el perro y el gato con género masculino y ser incapaz de engancharse a alguien, pero era sensible a los encantos ajenos, y aquel tipo, caminando hacia ella como quien no quería la cosa, los reunía todos. Habían pasado unos cuantos meses desde que se vieron por primera vez, y desde entonces, Aiko había pensado en él fugazmente. La mayoría de veces preguntándose por qué se dejó encerrar en un habitáculo con olor a amoniaco y pretendió ser otro, si es que buscaba manipularla o sacarle alguna información. No habría sido el primero que la utilizaba para llegar a Caleb. Tenía numerosos competidores por haber emergido como un abogado de prestigio en muy poco tiempo. Pero al margen de eso, en los pensamientos que él había protagonizado, Aiko intentaba quitarle atractivo, sin sospechar que durante el reencuentro le daría una buena lección. El tal Marc, si es que así se llamaba de verdad, demostró que su mente era demasiado impotente para guardar el recuerdo vivo de su apariencia.
No la miró demasiado. Pasó por su lado para acceder a la sala con unas curiosas palabras de bienvenida.
—Tráeme un americano de la cafetería de la tercera planta, no de la máquina. Sin azúcar.
Aiko parpadeó una vez. Se lo quedó mirando como si hubiese hablado en chino.
—¿Y quiere unas galletitas el señor? ¿Un masaje de pies? ¿Paso también por el boleto de la lotería?
El tipo, que ya casi había entrado, ladeó la cabeza hacia ella. La mirada que le dio fue otra forma de disparar.
—No creo en el azar, pero si te sobra el dinero y quieres tirarlo, adelante.
—No, no me sobra el dinero, pero parece que a usted sí la caradura.
Arqueó una ceja rubia.
—¿Ahora las auxiliares vienen con personalidad incorporada?
—¿Perdona?
—¿Por qué me pides disculpas? Aún no me has traído el café frío.
Aiko se rio por no agarrarlo del pescuezo. Lo que tenía una que aguantar por ostentar un puesto importante. Aunque no era aquello lo que le molestaba; estaba acostumbrada esos numeritos micromachistas.
No se había acordado de ella.
—No tenía ni idea de que aquí se manda a los abogados a por el desayuno. ¿Estamos en el mundo al revés? —Estiró el cuello, dándose un aire de seguridad que no sentía—. Soy Aiko Sandoval. Tengo una entrevista en media hora con Victoria Palermo y su cliente, la señora Campbell.
—Señora Price. Ruega que se le devuelva el trato de soltera mientras llevamos los trámites —corrigió él, sosteniendo su mirada sin parpadear—. Y no soy nadie para negarle un capricho a mi cliente.
Aiko levantó las cejas.
—Para ser abogado, parece que siente usted una fuerte atracción hacia la suplantación de identidad. Fingir ser asegurador es fácil, pero para pasar como una mujer le va a hacer falta algo más que labia. Palermo es la que está al mando en este caso.
—Cambio de planes. Yo estoy al mando. —Dio un paso hacia delante y le tendió la mano—. Y no soy abogado. Soy el mejor abogado.
—Un placer conocerle al fin por su nombre real, señor «el mejor bogado». ¿Se me permite llamarle de alguna forma más corta?
Él torció la sonrisa hacia la izquierda.
«Los antiguos musulmanes no se referían a ese lado como “el impuro” por nada».
—Los que se atreven me llaman Marc.
—Entonces seré muy atrevida.
—Eso es evidente teniendo en cuenta la conversación que mantenía en el mostrador de mi secretaria. Una charla muy de auxiliar; debo haberla confundido por eso.
Aiko no tuvo que hacer memoria para recordar lo que había estado comentando allí con una falta de profesionalidad terrible. Algo sobre striptease, fotos en tanga...
—Es de mala educación escuchar conversaciones ajenas.
—Si se queda lo bastante para comprobarlo, descubrirá que puedo ser muy maleducado cuando me lo propongo. Imagino que usted también. ¿De qué color sería el tanga?
Tragó saliva e intentó que el rubor no echara abajo su confianza de pega.
—Espero que este sea el cuestionario habitual con todos los abogados contrarios, o le tomaré por un cabrón sexista de lo peor.
—Puede tomarme con lo que quiera. Yo lo haría sin especias ni añadidos. Estoy mejor al natural.
—¿Cuánto cobra la hora? Es para hacerme una idea de a cuánto se pagan las estupideces en este sitio.
—Es usted la que ha empezado mencionando bailes eróticos a través del interfono de mi secretaria. Yo solo me he adaptado a la preferencia temática del invitado.
—Pues no sabe cuánto lo lamento —ironizó—. No era mi intención corromper sus pensamientos.
Los ojos de él, de un intenso azul celeste, brillaron con peligro.
—Tarde.
Y estrechó su mano enviando una descarga brutal al centro de su cuerpo. Aiko no consiguió reprimir el escalofrío y presenció con horror que se le ponía el vello de punta. Él tenía la mano caliente y un apretón de ejecutivo imperfecto; cambiaba la severidad y firmeza por la languidez de un seductor, acariciando sus dedos al apartarse.
Aiko carraspeó mientras lo miraba como si fuese una amenaza. Entre que ella era algo menuda y él bastante alto, ya de por sí resultaba impresionante. Llevaba el pelo rubio algo largo, de una tonalidad ceniza que combinaba con la fina barba unos tonos más oscura, y el suave bronceado. Sus ojos como cuchillos la intimidaban más que veinte mil soldados. Porque sí, esos ojos estaban armados por sus dos comisuras, llenos de ambición, secretos, y una oscuridad que contrarrestaba la dulzura que deberían inspirar por su singular claridad.
Era... Perfecto. Igual que la disposición de su traje de tres piezas, de un azul marino favorecedor, y la corbata colocada con mimo sobre un pecho que se intuía trabajado. Igual que su caminada segura, su forma de hablar pausada y directa. Y esa perfección que causaría rabia en cualquiera solo podía tener un nombre, o más bien un apellido: Miranda. Únicamente él respondería a todas las descripciones que había escuchado por parte de Caleb, de su secretaria, de la auxiliar del jefe... De todos los que, en definitiva, habían tratado con él.
Si no se equivocaban las leyendas, Aiko no solo estaba delante de un hombre atractivo, sino de un abogado sin escrúpulos. Esto le produjo un repentino dolor de cabeza que no tardó en desaparecer. Ella confiaba en su trabajo, y no dejaba de ser una persona a la que le interesaba crecer en su campo. No habría mejor forma de subir el nivel que «ganando» a Marc, si es que en el ejercicio del Derecho podía hablarse de «ganadores».
—¿Por qué ocupa el lugar de Palermo? —preguntó, manteniendo las distancias.
—Ya tenía compromisos anteriores, y no se encontraba en condiciones de afrontar otro más. Aparte de su cartera de clientes habitual, ahora mismo está llevando su propio divorcio. Me pidió que me encargara de ello.
—Pero usted no presta atención a este ámbito. Se dedica a las grandes corporaciones.
—No se preocupe por mí. Jamás he defraudado a alguien en mi trabajo; no voy a hacerlo ahora, ni estrenándome en otra sección.
Aiko sonrió sin connotaciones de ningún tipo. El hombre no era su persona preferida, pero no había motivos para enfrentarle con actitud belicosa. Estaban allí por el cliente.
—Los divorcios son muy delicados. No confíe demasiado en su talento convenciendo a los demás de dónde poner su dinero, porque no es trasladable a algo tan delicado como las relaciones personales. De todos modos, procuraré no ser muy dura con usted.
—Dura conmigo… ¡qué ricura! —Esa palabra causó estragos dentro de Aiko—. Limitémonos a no ir a juicio.
—¿Por qué? ¿Tiene miedo de que lo destroce?
—Oh, no. Simplemente odio hacer llorar a las mujeres.
—Para eso primero debería averiguar si está tratando con una mujer de lágrima fácil.
—Todas las mujeres son de lágrima fácil si tocan su punto débil.
—¿Está intentando batir un récord de comentarios machistas?
—No. Solo te estoy provocando. Es una forma de distracción que antecede a la destrucción. ¿Dirías que funciona?
Aiko exhaló por la nariz en una especie de risa floja.
—Así que la leyenda es cierta. Marc Miranda es un destructor.
—No me fío de las leyendas. Prefiero conocer tu opinión cuando sepas de lo que soy capaz.
Le devolvió la mirada en silencio controlando los nervios a duras penas. No le tenía miedo como abogado. Los corporativos —por manejar empresas millonarias y cobrar esa cantidad por su trabajo—, se creían capaces de lidiar con cualquier cosa sin tener una verdadera idea de lo que requería. Como mínimo, experiencia. No estaba preparado para llevar un divorcio de esas características con un patrimonio de esa magnitud y menores en juego. Menos aún cuando la otra parte era indestructible.
Pero sí le inquietaba su sola presencia. La forma en cómo se sentía su cercanía. El ligero perfume que se apreciaba en él cada vez que se movía. La solidez de su mirada, cargada de intenciones ocultas. Aiko tenía miedo de respirar muy fuerte por si él se daba cuenta de que se sentía atrapada, vulnerable y confusa. Marc no dejaba de ser el tipo al que le habló de buenas a primeras de su situación respecto al seguro, cuando no se le habría ocurrido abrirse con nadie por mucho que Allen lo hubiese enviado.
Y también era el que se había olvidado de ella.
No estuvieron más de quince minutos en el armario, si es que llegaban. No intercambiaron más que unas pocas frases. Pero Aiko estuvo fantaseando con él como una niña hasta que Allen la llamó y dedujo, muy a su pesar, que solo se había reído de ella.
No se consideraba tan guapa para calar a un hombre que se cenaría a tres de su talla cada noche. No como su prima menor, que era el prototipo de mujer que nunca se olvidaba. Ni tampoco muy imaginativa, espontánea o divertida, como sí su hermana, cuyas locuras dejaban a los hombres enganchados. Solo era la chica responsable, cortés e introvertida que podía llamar la atención porque le gustaba arreglarse, y porque muy a menudo confundían su timidez con un supuesto enigma irresistible.
Pues no. Aiko no era un rompecabezas, ni una belleza sobrenatural, ni sabía hacer reír a nadie. Pero aun sabiendo todo eso había dado por hecho que al menos su cara, o su nombre, le sonarían un poco a ese hombre espectacular.
Menos mal que no estaba allí para ligar. Esa misma mañana se acababa de prometer que no iba a salir con nadie más hasta que estuviese convencida de que se cortaría un brazo por el susodicho. Se centraría en su trabajo y pasaría por alto la travesura fruto del aburrimiento que llevó a Marc a sus costas. Si no tuvo tanta importancia para él, debería perderla para ella.
Si tenía aspecto de príncipe y vestía un traje azul, qué más daba. Ni que el mundo estuviera hecho solo de casualidades o fuera tan tonta como para dejarse engañar. Ese hombre podría vestir de cabritillo, que al abrir la boca todos verían sus fauces. Y a saber hasta qué punto era conveniente salir con un hombre lobo. Apostaba porque no sería tan agradable como Jacob Black1.
—Será mejor que entremos. Los Campbell deben estar al caer.
Marc hizo un gesto hacia la puerta.
—Detrás de ti.
Marc esperó a que los futuros divorciados y la abogada salieran de la sala para hacerlo él. No era ningún gesto de cortesía ni ninguna norma aprendida, sino otro movimiento estratégico a favor de sus «perversos objetivos», como le gustaba a Nick llamarlos. La forma en que las partes se despedían y si el abogado había sudado el asiento eran pistas clave para saber cuáles eran sus posibilidades.
Viendo que «los Campbell» —mejor sería no decir aquello delante de Carol Price— no se acercaban el uno al otro y evitaban mirarse incluso ante un gesto de cortesía básica como lo era el «hasta el próximo día», Marc imaginaba que podría destruir al exmarido de su cliente sin que esta pusiera ningún reparo. De hecho, agradecía que Carol fuera una de esas mujeres superficiales, incluso faltas de escrúpulos, cuyo único objetivo al pedir el divorcio era quedárselo todo y hundir al caballero. Nunca estaba de más tener ambiciones en común con quien le iba a pagar una sustanciosa cantidad.
En cuanto a la abogada... En el asiento no se apreciaban restos de sudoración, ni en la botella de agua a la que había estado dando pequeños sorbos durante la media hora; solo treinta minutos, porque ambos Campbell tenían compromisos que atender. Y gracias al cielo, porque de haber estado un solo segundo más a puerta cerrada con aquel miserable, podría haberse lanzado sobre su cuello sin pedir perdón después.
Salió de la sala revisando sus anotaciones mentales. Había estudiado el trabajo de Aiko. Él no necesitaba garabatear, ni grabar. La información se adhería a su mente como el mejor pegamento y no se despegaba hasta que le tocaba enfrentarse a otro problema. En cambio, ella no había dejado de apuntar palabras sueltas en su diminuto bloc con anillas, repleto de pegatinas de colores.
Era posible que aquello hubiese mermado un tanto su malestar físico, sus tremendas ganas de arremeter contra el hijo de puta de Campbell: la serenidad de Aiko Sandoval y su sobrada humildad al mostrar un cuaderno propio de una niña de diez años a un cliente que le pagaba cientos de dólares la hora. Aquella mujer era la mismísima definición de paz. Aun cuando los Campbell se gritaban y lanzaban acusaciones, ella no perdía la calma, no se alteraba. Sonreía con suavidad e intervenía, calmando a los dos y entreteniéndolos con la siguiente pregunta. Tenía un método de trabajo muy marcado, ordenado y sencillo. Justo como él. Y tenía una preciosa cara de muñeca que le obsesionaba.
Era ridículo, absurdo, patético y cientos de adjetivos más, pero existía una explicación a que no hubiera logrado sacársela de la cabeza desde que la vio.
Estaba acostumbrado a tomar lo que quería cuando se le venía en gana; llámese número de teléfono o llámese polvazo en el cuartillo de la limpieza… Y de Aiko no había sacado nada porque la prudencia obstruyó su consciente. Marc se educó para despreciar todo lo que le causara verdadero interés, porque era eso lo que siempre conducía a la destrucción. A la supresión de sus pasiones para evitar sufrimientos, le gustaba denominarlo «filosofía epicúrea»; Nick prefería tildarlo de enfermedad obsesiva, y su hermano iba a lo fácil llamándolo estúpido. Ya al margen de eso, sabía que era una exageración tildar a Aiko Sandoval de elemento destructivo, y contradictorio cuando se trataba de una mujer adorable. Pero dedicándose a asesorar a inversores de bolsa, Marc era un hombre intuitivo que se conocía los dos lados de la conveniencia muy bien. Y ella no le convenía. Demasiadas posibilidades de distracción concentradas en un cuerpo tan pequeño.
Una vez fuera de la sala, Marc se detuvo en la puerta y barrió el recibidor desde el que Nick examinaba la escena. Ubicó a Aiko intercambiando unas palabras con Brian Campbell.
Él era el punto destructor, y no ella. Ese tipo era el elemento molesto, en el que debía centrarse. Difícil, porque le costaba mirarlo sin que la fuerza se le concentrase en los puños.
Prefirió no martirizarse con el pseudohombre y acudió a Nick. Esta esperó con su falsa paciencia a que hiciera un comentario que no llegó.
—¿Y? —preguntó, viendo que no iba a hablar. Señaló con la cabeza a la pareja—. ¿Qué mote le vamos a poner?
—¿A cuál de los dos?
—A ella, claro.
Lo de los motes había empezado como una forma de ayudar a Marc a recordar los nombres de todos los que pasaban por el bufete. Tenía una memoria privilegiada, pero solo para lo que le convenía, y eso incluía dos grupos exclusivos: gente que le importaba, y gente que le pagaba. A los demás se refería con un apelativo que, en general, hacía referencia a su cualidad física más notable o a alguna historia humillante que, por casualidad, hubiera llegado a sus oídos. Y si bien al principio era solo una herramienta de colaboración, ahora era fuente de divertimento de Nick, que se lo pasaba en grande poniendo a prueba su imaginación buscando apodos deplorables para los pobres donnadies.
