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Este escrito sintetiza muy bien las heterodoxias principales del filosofar nietzscheano, sus interrogantes a dos mil años de filosofía occidental, su cuestionamiento de Sócrates y Platón, de Spinoza y Kant, de Comte y Spencer. No son ocurrencias más o menos provocadoras, rabiosas o cínicas las que el libro contiene, aunque estén expresadas en poderosas fórmulas a veces desconcertantes, más bien condensan con hiriente precisión las consecuencias largamente meditadas de un pensamiento que reivindica el cuerpo y los sentidos, y que por eso mismo asesta golpes de martillo a los ídolos, a los falsos dioses a los que tantos sacrificios se les han ofrecido.
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Seitenzahl: 237
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Imagen de Friedrich Nietzsche en 1885. Toda la creación del filósofo alemán gira en torno a una sólida arquitectura de pensamiento sobre la que se despliega un brillante y personal estilo literario que da forma a todas y cada una de sus obras. © Anaya.
FRIEDRICH NIETZSCHE
Crepúsculo de los ídolos
Cómo se filosofacon el martillo
EDICIÓN, TRADUCCIÓN, ESTUDIOPRELIMINAR Y NOTAS DEJOAN B. LLINARES
Estudio Preliminar
CREPÚSCULO DE LOS ÍDOLOS
Prólogo
Sentencias y flechas
El problema de Sócrates
La «razón» en la filosofía
Cómo el «mundo verdadero» acabó convirtiéndose en una fábula
La moral como contranaturaleza
Los cuatro grandes errores
Los «mejoradores» de la humanidad
Lo que les falta a los alemanes
Incursiones de un intempestivo
Lo que tengo que agradecer a los antiguos
El martillo habla
Créditos
Este pequeño y estratégico libro, Crepúsculo de los ídolos, ya esconde en su título, en alemán Götzen-Dämmerung, una clara parodia de una célebre obra wagneriana, titulada Götter-Dämmerung, que entre nosotros es conocida como el Ocaso de los dioses, y si no la hemos denominado así, insistiendo en tal contraposición explícita, como Ocaso de los ídolos, es, entre otras razones, porque tal subrayado delimita en exceso la múltiple riqueza de este escrito, que sería demasiado injusto reducir a mera prolongación de lo ya suficientemente expresado, y con todo brío, en El caso Wagner. No simplifiquemos, así pues, a la hora de leerlo e interpretarlo, ya que tampoco se debe olvidar en ningún momento el acertado subtítulo que lo caracteriza, Cómo se filosofa con el martillo. Ahora bien, junto a tales rasgos que de inmediato lo destacan y definen, este texto plantea muchos interrogantes: ¿A qué época pertenecen sus materiales? ¿Cuándo lo redactó Nietzsche? ¿De qué manera lo confeccionó y compuso? ¿Cómo y para qué lo quiso publicar? ¿Qué objetivos deseaba alcanzar con su edición y sus ansiadas traducciones a otras lenguas? ¿De qué tipo de martillo se trata aquí a la hora de filosofar, del instrumental médico que posibilita diagnósticos pertinentes o bien de la herramien- ta poderosa que derriba insospechados pedestales mendaces y calamitosos, soportes de ídolos que llevamos erigidos en el seno de la conciencia, en nuestra propia casa, en los edificios de la plaza pública y en los monumentos y los altares de los templos? ¿Cuáles son las notas distintivas de este libro singular, las principales peculiaridades que lo identifican y le otorgan un indiscutible perfil propio? ¿Con qué otras obras guarda íntima relación, tanto por su simultánea redacción como por la complementariedad de sus propósitos y sus metas?
Limitémonos en principio a estas preguntas iniciales. En las breves paginas que siguen trataremos de encontrales respuestas, acogiendo en lo posible las confesiones de la propia voz del filósofo, que sobre todo en su abundante y aleccionadora correspondencia de aquella época final de su vida lúcida nos proporciona iluminadoras y sugerentes explicaciones que nos pueden orientar de manera apropiada a la hora de introducirnos en este denso escrito que alcanzó a tener resonante eco, un eco que perdura en nuestros días y que provocó y provoca múltiples comentarios.
* * *
Un atento lector de Nietzsche podía saber, al menos desde el año 1886, cuando el filósofo dio a la imprenta su libro Más allá del bien y del mal, que en la contracubierta su autor había hecho público que tenía en preparación una nueva y voluminosa obra con el título de La voluntad de poder. Ensayo de una transvaloración de todos los valores. En cuatro libros. El inquieto y prolífico pensador, que estaba ocupado en esa empresa desde hacía tiempo, casi desde que había acabado la cuarta parte de Así habló Zaratustra, esto es, ya desde septiembre de 1885, buscaba para redactarla la serenidad y el recogimiento que posibilitaran la buena gestación de tal obra. La correspondencia de aquellos meses indica que se esforzaba mucho por llevar adelante ese ambicioso plan, a pesar de su dolorosa soledad y sus incesantes problemas de salud. No obstante, el proyecto inicial sufrió varias interrupciones, pues para remediar la mínima incidencia que tuvo esa tan estimada cúspide en cuatro libros que es el Así habló Zaratustra, en el verano de 1887 compuso y publicó, igualmente sin obtener reseñas dignas de mención ni eco significativo alguno, los tres tratados de La genealogía de la moral. En el tercero de ellos, concretamente en el aforismo 27, se volvía a referir a esa magna obra en preparación, cuyos título y subtítulo repite, La voluntad de poder. Ensayo de una transvaloracion de todos los valores, añadiendo que tendrá, dice, mayor profundidad y dureza al abordar algunas de las cuestiones que acababa de presentar, y lo hará en otro contexto, el de la Historia del nihilismo europeo1. Por aquellos años Nietzsche también había ido promoviendo la reedición de sus libros anteriores con nuevos prólogos cuidadosamente escritos y estratégicamente pensados para dar coherencia y unidad a todo su filosofar. El diseñado plan para la futura obra requería máxima concentración y la suma de todas las energías disponibles, y el agotado cuerpo del filósofo, tan extremadamente sensible a las alteraciones climáticas, aprovechó en la primavera de 1888 la grata sorpresa de un nuevo contexto vital favorable, la noble ciudad de Turín, para permitirse un descanso mediante una especie de desvío. Quiso concederse una recreación y un respiro que le aligeraran la enorme tensión que soportaba, escribiendo un panfleto malicioso y petulante sobre música, El caso Wagner.
Inmediatamente después, para el verano del que iba a ser su último año de vida lúcida, el filósofo volvió a escoger Sils-Maria, en la Alta Engadina suiza, su lugar de residencia preferido durante los meses de calor. Allí dispuso para la imprenta el manuscrito de ese librito tan contundente sobre el compositor alemán, empresa a la que tuvo que consagrar más tiempo del previsto, intercalando añadidos y epílogos a lo que ya había redactado en Turín. A pesar de esa benefactora distracción, sobre su mesa de trabajo seguían aguardando revisiones, ampliaciones y ordenaciones varios cuadernos, al menos seis, repletos de notas y esquemas de muy diversa índole que tenía que organizar y unificar. Se trataba de diseñar la composición adecuada y los desarrollos pertinentes de la muy seria, compleja y difícil obra teórica que deseaba ultimar y concluir, la cual tenía una estructura en cuatro libros, de tres capítulos cada uno de ellos. Hay continuados planes al respecto de hasta casi finales de agosto, pero antes de que acabara ese mes, quizá insatisfecho consigo mismo por no haber redactado nada que a sus ojos fuera parangonable a La genealogía de la moral, y angustiado por no haber conseguido romper la sorda indiferencia en torno a su persona y su obra, carentes de reconocimiento público, Nietzsche tomó una decisión que cambió drásticamente las intenciones que había mantenido durante varios años y, de súbito, ansioso por sintetizar y ofrecer los mejores frutos de su innovador y radical pensamiento, optó por preparar un escrito que los compendiara.
Fotografía de Richard Wagner (1813-1883) (izquierda) y Friedrich Nietzsche (1844-1900) (derecha). Nietzsche conoció a Richard Wagner en Leipzig en 1868, y (algo después) a la esposa de Wagner, Cósima, a los que admi- raba profundamente. En 1876, antes del estreno del Anillo del nibelungo, Nietzsche publicó Richard Wagner en Bayreuth, un texto entusiasta en el que ofrece la sinopsis del ciclo: «el héroe trágico es un dios sediento de poder, que, recorriendo todos los caminos para conseguirlo, se vincula por medio de contratos, pierde su libertad y queda atrapado en la maldición en la que sustenta su poder».
El primer resultado de esa alteración de sus planes será precisamente su nuevo libro, Crepúsculo de los ídolos, una cuidada selección de los materiales que había ido acumulando para aquel voluminoso proyecto anterior, La voluntad de poder. El sistema de composición con el que lo logró, sirviéndose de una especie de antologías temáticas de las anotaciones más acertadas y mejor acuñadas de sus numerosos cuadernos preparatorios para aquella proyectada obra magna, le permitió disponer de un texto para la imprenta con gran celeridad (en veinte días solamente, como le dirá a Franz Overbeck2, aunque por las fechas es probable que hubiera podido confeccionarlo en diez jornadas de trabajo verdaderamente útiles, como le reconoció a Heinrich Köselitz3), pues ya el 7 de septiembre le comunicó a su editor Constantin Georg Naumann la sorpresa de enviarle un manuscrito limpio y ordenado para un nuevo libro breve, gemelo del anterior, el dedicado a criticar a Richard Wagner, al que de momento titula como Ociosidad de un psicólogo4. Ese escrito todavía no elimina el plan de preparar para finales de 1889, quince meses después, la publicación de su obra capital, densa y rigurosa, obra que ahora ya no se titula La voluntad de poder porque ha pasado a llamarse con el subtítulo que hasta entonces tenía, la Transvaloración de todos los valores.
El emotivo y abundante epistolario que se nos ha conservado de aquellas semanas de frenética actividad permite reconstruir la imagen que Nietzsche tenía de ese escrito de corta extensión que acababa de enviar al editor: deseaba que pudiera «influir en el sentido de abrir un poco los oídos hacia mí», de manera que la futura publicación de la anunciada obra fundamental no se encontrara con el absurdo silencio con el que se encontró el Zaratustra. El título es bastante amable, le dice a Carl Fuchs el 9 de septiembre, pero «el contenido es de los más inquietantes y radicales que existan, aunque está escondido entre muchas finesses [sutilezas] y atenuaciones. Es una perfecta introducción de conjunto a mi filosofía»5. He aquí, apenas acabada la primera redacción del manuscrito, la identificación por parte de su creador de dos características distintivas de ese nuevo escrito: su honda radicalidad, aunque esté camuflada exteriormente, y su lograda representatividad de las diversas vertientes y facetas de su filosofar, de manera que se convierte, por méritos propios, en una óptima introducción a toda su original y poco conocida filosofía.
El 12 de septiembre, al darle la noticia a H. Köselitz, al que él llamaba Peter Gast, añade más comentarios: «Bajo ese título inofensivo [Ociosidad de un psicólogo] se esconde una síntesis, lanzada de manera muy atrevida y precisa, de mis heterodoxias filosóficas esenciales: de manera que el escrito puede servir para iniciar y para abrir el apetito con respecto a mi Transvaloración de todos los valores […]. Hay en él muchos juicios sobre el momento presente, sobre pensadores, escritores, etc. Su última sección se llama Incursiones de un intempestivo; la primera, Sentencias y flechas. En conjunto es muy jovial, a pesar de sus juicios muy severos (— me parece, dicho sea entre nosotros, que solo este año he aprendido a escribir en alemán — quiero decir, en francés —). Otros capítulos, además de los ya citados: el problema de Sócrates; la “razón” en la filosofía. Cómo el mundo “verdadero” acabó convirtiéndose en una fábula. La moral como contranaturaleza. Los cuatro grandes errores. Los “mejoradores” de la humanidad. Son verdaderos psychologica [estudios de psicología] y de lo más desconocido y fino. (— A los alemanes se les dicen unas cuantas verdades y, en particular, se fundamenta mi limitada opinión de la espiritualidad del Reich alemán.)6». Así pues, otros rasgos vertebrales del escrito son su oportuna labor propedéutica e incitadora en favor de la futura obra decisiva que por entonces sigue gestándose, la Transvaloración; su dimensión crítica sobre cuestiones y autores del momento, es decir, la prosecución de esa faceta intempestiva que ya tuvo en los años setenta, con la serie de las cuatro Consideraciones intempestivas publicadas, sus cumplidas manifestaciones con respecto a D. F. Strauss, el historicismo y el hegelianismo, A. Schopenhauer y R. Wagner. De manera similar, combate o defiende ahora con análisis psicológicos originales aquello que por entonces, en la década de los ochenta del siglo XIX, consigue audiencias en la actualidad cultural internacional; y, en el ámbito nacional, lanza una mirada implacable que enjuicia la presunta espiritualidad del Segundo Reich. Todo ello se lleva a cabo con una escritura magistral, como si las sutilezas de los prosistas franceses del XIX se enunciaran ahora, proeza inaudita que parecía imposible, en alemán.
El 13 de septiembre, en simpática misiva a otro destinatario, R. von Seydlitz, Nietzsche precisa lo siguiente: «A finales de año se publicará otra cosa mía que pondrá de manifiesto mi filosofía en su triple peculiaridad, como lux [luz], como nux [compendio] y como crux [cruz]. Se llama, con toda gracia y salero: Ociosidad de un psicólogo — y ha surgido mientras me subía aquí «por las paredes» [por el mal tiempo, con lluvias e inundaciones]. Entre otras cosas, se dice en este escrito la verdad a los alemanes de tal manera, que incluso a mí hay que atribuirme aunque solo sea una porción de los honores y caligrafías de las majestades del Japón. Indico con toda modestia que el «espíritu», el así llamado «espíritu alemán», se ha ido de paseo y habita en cualquier lugar en el fresco verano — en todo caso, no en el Reich — más bien en Sils-Maria…»7. Un día después repite estos juicios y le confiesa a su buen amigo F. Overbeck que ese nuevo escrito para él «tiene mucho valor porque expresa de la forma más breve (quizá también de la más ingeniosa) mi heterodoxia filosófica esencial. Es, por lo demás, muy «tempestivo»: digo mis «gentilezas» sobre todos los pensadores y artistas posibles de la Europa actual — sin contar con que en él, in puncto espíritu, gusto y profundidad, se les dicen a la cara a los alemanes las verdades más implacables»8. Y cuatro días después, todavía en Sils-Maria por no poder desplazarse a Turín por el mal tiempo, al editor le envía el 18 de septiembre modificaciones para el Prólogo y un nuevo apartado, el dedicado precisamente a criticar a sus compatriotas, titulado Lo que les falta a los alemanes9.
Sils Maria, pueblo de vacaciones de Nietzsche, se encuentra en la Alta Engadina, en la orilla izquierda del Eno, entre los lagos de Sils y Silvaplana. Fue el lugar que produjo bienestar a Nietzche: «Me encuentro aquí en el lugar que de lejos es el más confortable del mundo. Siento una continua tranquilidad y ninguna presión», escribió Nietzche en una carta a su hermana.
La recepción de una carta de H. Köselitz, compositor que le hacía de amanuense, con la sugerencia de alterar el título propuesto por los desafortunados equívocos que puede provocar, como si fuese un escrito intrascendente fruto del tedio, le hace cambiar de idea y dar ya el 27 de septiembre con los que serán el título y el subtítulo definitivos del libro: «En cuanto al título, mis propias consideraciones se anticiparon a su muy humana objeción: finalmente en las palabras del prólogo encontré la fórmula que quizá también satisfaga las exigencias de usted. […] — El nuevo título (que conlleva alteraciones mínimas en 3 o 4 sitios) debe ser:
Crepúsculo de los ídolos.
O:
cómo se filosofa con el martillo. De
F. N.
El sentido de las palabras, a fin de cuentas adivinable también de por sí, es, como queda dicho, el tema del «breve prólogo»10. Con estas modificaciones finales el editor tenía ya en sus manos el manuscrito definitivo y podía comenzar a imprimirlo.
Al amigo F. Overbeck, que le había proporcionado un pasaje de Humano, demasiado humano que deseaba introducir en el texto, le escribe el 18 de octubre las palabras siguientes, anuncio del talante combativo y explosivo que se manifestaba en el libro: «Este escrito ya es una declaración de guerra centuplicada, con un lejano retumbar de truenos en las montañas; en primer plano contiene muchas cosas «alegres», del tipo de mi alegría en determinadas condiciones… Con este escrito uno puede instruirse con asombrosa facilidad sobre el grado de mi heterodoxia, la cual de hecho no deja piedra sobre piedra. Contra los alemanes lanzo en él un ataque en todos los frentes: no tendrás que lamentarte en cuanto a «ambigüedad». Esta raza irresponsable que tiene sobre la conciencia todos los grandes malheurs [desgracias] de la cultura y que en todos los momentos decisivos de la historia ha tenido algo «diferente» en la cabeza (— la Reforma en la época del Renacimiento; la filosofía kantiana cuando a duras penas se acababa de lograr en Inglaterra y Francia una forma de pensar científica; las «guerras de liberación» cuando apareció Napoleón, el único que hasta ahora ha sido bastante fuerte para hacer de Europa una unidad política y económica —), hoy en la cabeza tiene el «Reich», esta recrudescencia del particularismo de los pequeños Estados y del atomismo cultural, en un momento en el que por vez primera se plantea la gran cuestión de los valores»11. Nietzsche está acentuando en esta carta, por tanto, el inequívoco talante guerrero de su libro, al que le había añadido esa nueva sección en la que perfilaba lo que a sus ojos son los principales errores y las graves carencias de su país.
Al apreciado Georg Brandes, el fino intelectual que había impartido en Dinamarca un curso universitario sobre su filosofía, le informa el 20 de octubre de esta próxima publicación, y le trasmite el título y el subtítulo que tendrá. Desea enviarle ejemplares, también para el gran escritor sueco que Brandes ha tenido la amabilidad de presentarle, August Strindberg, y en esa carta añade esta certera sentencia sobre el nuevo libro: «Este escrito es mi filosofía in nuce [en forma resumida] – radical hasta el crimen…»12.
Las cartas de 13 y 14 de noviembre indican que la impresión de Crepúsculo de los ídolos está acabada, y su autor precisa que ese escrito, «acaso el más radical que exista», llegó a estar concluido todavía durante su estancia en la Engadina, que por la mala meteorología se tuvo que prolongar hasta casi el otoño13. El 24 de noviembre ya tiene en sus manos los primeros ejemplares, que le gustan mucho, y de inmediato elabora una lista para que la editorial los distribuya, comenzando por enviarle él mismo uno a su venerado colega, el historiador Jakob Burckhardt. Imagina que pronto podrá haber incluso una traducción sueca del libro, del que está satisfecho, como le escribe a Köselitz un día después: «Confieso que el Cre- púsculo de los ídolos me parece perfecto; no es posible decir cosas más decisivas con mayor claridad y delicadeza… uno no puede aprovechar diez días de manera más útil, ya que el libro no me ha costado más tiempo», añade esta vez, contento por lo que ha sido capaz de lograr en un verano que se le antojaba perdido y desaprovechado14.
Una carta de 9 de diciembre documenta sus deseos de conseguir la colaboración de personas competentes para una traducción francesa y una traducción inglesa de la obra, así como las gestiones que comienza a hacer para que tales traducciones se inicien cuanto antes. A sugerencia de H. Taine, Nietzsche esboza el 17 de diciembre un borrador para que Jean Bourdeau, redactor en un par de buenas revistas francesas, asuma la escritura de esa ansiada traducción, en el que le dice: «Pondere, estimado señor, si el Crepúsculo de los ídolos, un libro muy radical en el pensamiento y atrevido en la forma, no se debería traducir. Confieso sentir un pla- cer de primer orden viéndome a mí mismo como un volumen de Paul Bourget (– que es un espíritu profundo y, a pesar de ello, no es pesimista —) / — el libro introduciría en mis ideas de la manera más rápida y fundamental; apenas puedo creer que sea posible dar más substancia en menos espacio. […] Temo que no haya en absoluto libros más decisivos, más profundos y, si se tienen oídos, más estimulantes que el Marteau des Idoles: En él encuentra expresión una genuina crisis, pero ningún alemán tiene la menor idea al respecto — yo incluso soy lo contrario de un fanático y de un apóstol y no soporto ninguna sabiduría excepto si está condimentada con muchísima malicia y muchísimo buen humor. Mis libros no son aburridos ni siquiera en una sola ocasión — y a pesar de ello no hay ningún alemán que tenga la menor idea al respecto… Mi preocupación se debe a que en el instante en que uno se sitúa de manera moral ante uno de mis escritos, en ese mismo instante lo corrompe: por ello ha llegado ya la hora en que yo vuelva una vez más al mundo como francés —»15. Unas líneas después, el borrador de la carta que se nos ha conservado repite la propuesta de simplificación del título del libro: podría traducirse al francés sencillamente como Marteau des Idoles [esto es, según una nota del propio Nietzsche en otra misiva, como Martillo de ídolos], propuesta que con buen criterio no se asumió.
Ese mismo día le escribe a Helen Zimmer, quien había presentado la obra de Schopenhauer a los ingleses, para que traduzca el libro a su lengua: «Ahora acaba de aparecer una cosa mía extremadamente radical, Crepúsculo de los ídolos. O: cómo se filosofa con el martillo. Se la envío — tal vez usted podría introducir esta obra en Inglaterra. Es antialemana y anticristiana par excellence — ¿no debería por ello causar un fuerte efecto sobre los ingleses? Mis argumentos son de una especie totalmente diferente de los que se han usado hasta ahora, — yo no soy en absoluto un ser humano, soy dinamita»16. La creciente y enfermiza euforia de los últimos días de lucidez del pensador comenzaba de este modo a manifestarse.
A Nietzsche le había alegrado mucho que H. Taine le hubiera escrito reconociéndole «toutes mes audaces et finesses [todas mis audacias y sutilezas]», como de inmediato añade y luego repite en misivas a otros amigos, orgulloso por tal comentario sobre su nuevo escrito17. Para darse a conocer en Francia, como le dice a August Strindberg el 18 de diciembre y le concreta a su editor C. G. Naumann dos días después, «quiero concertar primero una traducción de Crepúsculo de los ídolos: es un libro breve y propedéutico en sumo grado»18. Y el día 29 da a conocer que el antes citado redactor francés, J. Bourdeau, ha tomado en consideración su Crépuscule des idoles y que él mismo no cesa de hacer gestiones para que se lleven a cabo una traducción inglesa y otra italiana del libro19. En efecto, para esta última a Ruggero Bonghi le escribe tres borradores a finales de diciembre, son unos textos marcados ya con la hipérbole de las misivas que anuncian la inminente locura, en los que dice que le envía el libro y le transmite el deseo de que pudiera leerse en italiano, así él se podría presentar ante esa nación inteligente. Sus obras, que aparecerán sucesivamente y que están ya perfectamente preparadas, «no son ya libros, sino destinos»20. Como si con tales palabras hubiera formulado una profecía, tres días después se cumplía definitivamente el trágico destino de la mente del filósofo. Ese libro fue el último que pudo ver editado, y fue también el primero que le ganó su creciente y bien merecido reconocimiento póstumo.
En Ecce homo Nietzsche desarrolló sus ideas sobre Crepúsculo de los ídolos en un breve comentario de tres aforismos, que confirman y complementan lo que hemos visto en el epistolario, pues todos esos textos surgieron por las mismas fechas. A ellos nos remitimos para completar la visión que el autor tenía de su propio escrito21. Su lectura destaca la importancia concedida a la verdad en esta obra, tanto la vieja verdad que ahora ha sido puesta cabeza abajo de manera alegre y demoledora, como la nueva que se anuncia con decisión y alegría. En este sentido, resulta interesante constatar que, si bien por su proceso de gestación y por las características tipográficas de su edición este libro aparecía anteriormente como un hermano gemelo de El caso Wagner, sus casi simultáneas concepción y redacción, que prácticamente vienen a coincidir con las de El Anticristo, lo presentan ahora como formando un dúo con este, hermanados ambos en su labor de compendiar un extraordinario camino de pensamiento y en la tarea de derribar ídolos, «verdades» caducas, frutos maduros que iban cayendo de los árboles durante ese último y fecundo otoño en Turín.
* * *
Las notas que hemos confeccionado permiten demostrar que este escrito sintetiza muy bien las heterodoxias principales del filosofar nietzscheano, sus rotundos interrogantes a dos mil años de filosofía occidental, sus radicales cuestionamientos de Sócrates y Platón, de Spinoza y Kant, de Comte y Spencer. Las agudas sentencias que este libro contiene no son ocurrencias más o menos provocadoras, rabiosas o cínicas, aunque estén expresadas en poderosas fórmulas a veces desconcertantes, más bien condensan con hiriente precisión las consecuencias largamente meditadas de un pensamiento que reivindica el cuerpo y los sentidos, y que por eso mismo asesta golpes de martillo a los ídolos, a los falsos dioses a los que tantos sacrificios se les han ofrecido a lo largo de la historia y todavía se les siguen ofreciendo en el presente. Importa mucho, así pues, que todo lector se vaya introduciendo con valentía en esas sendas peligrosas que no reclaman acólitos de amén, sino autonomía individual, aprendizaje sostenido para saber ver y observar, para conseguir pensar, hablar y escribir con corrección y exactitud, y para poder hacerlo además con disciplina, mediante imprescindibles ejercicios que ha de dominar todo buen bailarín de pies ligeros.
La palabra aforismo viene del griego αφοριζειν, que significa definir. El aforismo es difícil de entender en una primera lectura, pero el releer es un buen mecanismo de interpretación. Ser escueto es su fuerte y Nietzsche personificó la voluntad de escritura cortante e incisiva. La escritura nietzscheana semeja pequeñas cápsulas energéticas, y tal vez con ello quisiera dejar algún tipo de ejercicio mental al lector. Así, utilizando una expresión del mismo Nietzsche, «Lo que necesita ser demostrado para ser creído no vale la pena». © Drawing Hands, M.C. Escher.
Traducir este pequeño libro requeriría un trabajo en colaboración de varios escritores excelentes, familiarizados ca- da uno de ellos en diversos géneros de expresión, un buen poeta, un ensayista curtido, un crítico literario de fino gusto personal, un memorialista y autobiógrafo de vida interesante, un amante de los aforismos, ducho en acuñar sentencias breves e inolvidables, y un filósofo, experto en razonar con precisión a partir de una mirada de ojo de águila que abarque la historia entera de la filosofía. Ciertamente, la arquitectura que lo sostiene es prodigiosa, unitaria y muy diversa, contrastada y complementaria a la vez, aunque apenas se perciba en una primera lectura, y, por desgracia, en perfectible versión debida a la prosa de un solo traductor: comienza con un prólogo que está relacionado sobre todo con una especie de corto epílogo que cita un fragmento del Zaratustra, dedicados ambos a explicitar y practicar el tema del subtítulo, «cómo se filosofa con el martillo». Entre ellos se engarzan diez secciones diferentes, cada una con un estilo propio y una problemática específica, que requieren fina atención al texto, a la densa textura o trama que las componen. Aquí y allá resuenan temas que remiten a la obra entera del pensador, como indican las notas, así como a los resultados de sus amplias lecturas, literarias y científicas, artísticas y morales, históricas y filosóficas, antiguas y modernas, pues la tempestividad de las consideraciones de este autor sumamente intempestivo es muy superior a lo que a veces pretende aparentar. En efecto, a pesar de los continuos cambios de residencia y de los graves problemas oculares que le dificultaban la lectura, su biblioteca es bastante extensa, y no se limita, en modo alguno, a los clásicos greco-latinos de sus estudios universitarios, también se nutre de contemporáneos y coetáneos significativos, muchos de los cuales nos siguen interpelando. La genealogía, la psicología, la sintomatología y la semiótica son los principales métodos de este médico de la cultura que, cuando llega el crepúsculo y el sol se pone en el ocaso y comienza entonces la nocturna oscuridad, ha de confiar en su primoroso olfato y en su fino oído al auscultar con su martillo muchos cuerpos enfermos. Ahora bien, gracias a esas disciplinas auxiliares de su fisiología poco a poco consigue identificar los rasgos nihilistas de tanta tesis religiosa y moral que hemos encumbrado y reverenciado, perdiendo de ese modo nuestras mejores fuerzas y energías. El camino hacia la liberación y la libertad hay que recorrerlo asumiendo los riesgos que conlleva. He aquí, así pues, la entrada óptima al laberinto. Para orientarse en tan exigente lectura, nada mejor que el lento y fino paladar del buen filólogo, indiferente a las prisas. Que sepamos saborear, pues, estos manjares selectos y que nos aprovechen sus vitaminas.
JOAN B. LLINARES
1 Las obras de Nietzsche se citan por la edición de Diego Sánchez Meca en cuatro volúmenes, F. Nietzsche, Obras completas, Tecnos, Madrid, 2011-2016 (en adelante, OC). Aquí, OC IV, 558.
2 La correspondencia de Nietzsche se cita según la edición de Luis de Santigo Guervós en seis volúmenes, F. Nietzsche, Correspondencia, Madrid, Trotta, 2005-2012 (en adelante, CO). Aquí CO VI, 260.
3 CO VI, 303.
4 CO VI, 242.
5 CO VI, 244.
6 CO VI, 246.
7 CO VI, 252.
8 CO VI, 259.
9 CO VI, 265.
10 CO VI, 266.
11 CO VI, 274-275.
12 CO VI, 277.
13 CO VI, 288-289.
14 CO VI, 303.
15 CO VI, 339-340.
16 CO VI, 341-342.
17 Cf. CO VI, 349.
18 CO VI, 345.
19 Cf. CO VI, 359.
20 CO VI, 368-369.
21 F. Nietzsche, Ecce homo, ed. de Manuel Barrios, Tecnos, Madrid, 2017, 137-139.
