Crononautas - Leonardo Villaroel - E-Book

Crononautas E-Book

Leonardo Villaroel

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Beschreibung

Una historia de viajes en el tiempo con misterios, suspenso y humor. Entre saltos temporales por diversas eras, los protagonistas vivirán una gran aventura que completará las piezas restantes de una historia fragmentada y desafiará las leyes de la física.

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Seitenzahl: 145

Veröffentlichungsjahr: 2020

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—Me carga viajar en el tiempo.

—Pero hijo…

—Es que mamá nunca viene con nosotros…

Aaron Modric levantó la vista. Desde los juegos de agua de la plaza, el pequeño Mondrian lo miraba con cara de querer estar en cualquier otra parte. Pensó en dejar de lado la presentación que estaba revisando en su dispositivo portátil, pero también pensó que este sería un buen momento para probarla con una audiencia impaciente y gruñona.

—Ven un segundo, hijo. Ven, siéntate aquí.

Mondrian corrió feliz a sentarse en las piernas de su padre, que al presionar el marco de sus anteojos comenzaron a proyectar el holograma de lo que a todas luces era un powerpoint del futuro. En el aire rotaba la proyección de ecuaciones e índices de probabilidad genética, en coloridos gráficos que el niño perseguía a zarpazos por el aire.

—Mira, este es el código del ADN de una persona. Es la combinación de información genética que hace que las personas seamos personas y tengamos dos piernas, dos brazos, un corazón, un cuello pequeño; y nos diferenciemos de, por ejemplo, las jirafas, que tienen manchitas, cuello largo y comen hojas. En este nivel todas las personas del mundo somos iguales. Todos tenemos algo en común, y por eso es importante preocuparnos por los demás, ¿no es verdad?

Mondrian iba a decir “pero, pero”, sin embargo su padre prosiguió a la velocidad justa para que no fuera necesario interrumpirlo.

—Aunque también todos somos distintos. Todos tenemos cosas que nos diferencian. Algunos somos más altos, otros más bajos. Algunos tenemos el pelo rojo, otros lo tienen oscuro o rubio. Y las narices… ¡Qué distintas son las narices! ¿No te parece? Cuesta mucho encontrar dos iguales. Como las personas mismas, las hay parecidas a veces, ¿pero iguales?

La imagen proyectada se empezó a enfocar en una sección especial de la doble hélice del ADN. A un costado salían más números y porcentajes.

—Esta sección es la que nos importa, Mond. Mira. En esta área hay algo que hace que alguna gente como tú o como yo tengan el pelo de este color. Y hay algo en esta misma sección que hace que podamos soportar los efectos físicos al viajar en el tiempo. Y no sé qué es, pero lo estoy buscando. Por eso viajo tanto y trato de llevarte conmigo, porque estás creciendo tan rápido cuando yo estoy de viaje. Por eso, además, mamá no puede acompañarnos. Algo hay en el ADN que impide que las personas que no tienen este componente viajen en el tiempo; esta marquita minúscula en sus fibras más pequeñas, que además les da este color de pelo.

—¿Y si te pasa algo cuando estás lejos?

Mondrian ya estaba entrando en la edad en que quería compartir con el mundo las aventuras y descubrimientos de su padre, sintiéndose orgulloso de ser el hijo de una persona tan importante. Pero no podía contarles la verdad a sus compañeros, ni aun a su madre, sin que lo dejaran en ridículo y se burlaran de él. Una vez trató de contarle a su mejor amigo que su padre tenía la capacidad de poder viajar en el tiempo, que venía del futuro, y pasaba largas semanas ausente en viajes de los que no podía decir nada. Al día siguiente su amigo le dijo que sus papás le prohibieron volver a jugar con él.

—No me va a pasar nada. Tienes que estar tranquilo, hijo. Recuerda eso siempre. Si alguna vez me pasa algo vas a ser el primero en saber. Mientras tanto, no te preocupes.

—Pero y si un día…

—Si un día, ¿qué?

—Y si un día haces algo que no sea de esta época… Algo que sea peligroso…

Con sus bucles anaranjados tapándole los tímidos ojos, Mondrian no pudo percibir el brillo orgulloso en la mirada de su padre. Aaron respiró profundo: en unas horas más estaría muchos siglos en el futuro, frente a una audiencia de reclutas y científicos ávidos de escuchar su historia, llenos de dudas técnicas y ecuaciones con múltiples incógnitas por despejar. Y ahí estaba su hijo, con las preguntas más importantes, esperando la respuesta más simple posible.

—Cuando uno hace algo que cambia el pasado y puede con ello alterar el futuro, el universo se porta de lo más amable, hijo. Como cuando conocí a tu mamá, o cuando naciste tú, más de mil años antes que yo, imagínate. El universo se preocupa de nosotros y no nos deja solos. Es un lugar inmenso, y cuando cambiamos el pasado de esta forma, lo que hace el universo es abrir un espacio nuevo, acomodar los que estaban por venir y tomar una nueva forma. No es que uno pueda terminar con el universo o quedarse atrapado por siempre viviendo los mismos días. Con cada cosa que hacemos en un día común y corriente estamos cambiando la forma del lugar donde vivimos, Mond. Y por eso es importante.

Aaron le hizo un cariño a su hijo, desenredando suavemente uno de esos mechones rojizos, como queriendo destacar el color de pelo de los viajeros en el tiempo, y también para mirarlo a los ojos cuando le dijera lo siguiente, que era una de las lecciones de vida más significativas que había aprendido en sus cronoviajes. Ahí se percató de que los ojos que buscaba estaban cerrados, y que su hijo respiraba por la boca, profundamente perdido en un sueño plácido.

—¿Cómo les voy a poder explicar la ciencia del viaje en el tiempo a los crononautas del mañana?

 

Capítulo I

En el que un chancho es rescatado y conocemos a nuestros héroes, los que reciben un extraño llamado del destino. O de su jefe, que viene a ser la misma cosa, francamente.

AÑO 2181, SIGLO XXII

En otro lugar del tiempo, durante una noche oscura, de una oscuridad apenas más pálida por la luna media. En medio del silencio del bosque se filtraba sutilmente el imperceptible crepitar de la hojarasca. Un hombre y una mujer, enfundados en trajes que parecían estar hechos de la misma oscuridad, se deslizaban sigilosos, procurando pasar lo más desapercibido posible. Habían conseguido eludir la seguridad robotizada de la planta de producción, pero siempre era probable que hubiera patrullas humanas recorriendo los alrededores. La mujer se movía con una mezcla de cautela y gracia que daba gusto observar. Se desplazaba entre árbol y árbol con la naturalidad de una bailarina que ha entrenado muchos años para este momento. Por su parte, el hombre avanzaba como uno de esos malabaristas de circo que siempre están a punto de botar el cuarto plato que lanzan al aire, pero finalmente nunca botan nada. No llevaba platos; en cambio llevaba un chancho.

—¡Brooohiiink!

—Shhh. Tápalo. Tápale la boca.

—¿Ah?

—Así —la mujer tomó la mano de su compañero y la puso a la fuerza contra el hocico del porcino, quien rápidamente intentó hacer merienda del guante del muchacho.

—¡Auch! Me mordió.

—Merecido te lo tienes. Trátalo con más cuidado.

—Pero si es un chanch…

—Es un animal. ¡Y un animal especial, además!

—Yo todavía no veo qué tiene de especial este chancho… En mi época la carne de cerdo era de lo más común.

Lidia hizo una pausa para mirar a su compañero. Ninguno de los dos cumplía aún los veinte años. Ahí terminaban sus similitudes. Si bien ambos eran pelirrojos, lo eran de maneras distintas. Aún bajo la escasa luz que proveía la luna, Lidia podría llegar a pasar por una rubia cobriza. Mondrian, en cambio, no podría pasar por nada menos que una zanahoria atómica. En el rostro de Lidia, tanto como en sus movimientos pulidos y elegantes, había reflejada una alegría profunda e intensa, como si su cuerpo apenas pudiera contener el gusto por lo que estaba haciendo. Mondrian parecía más indiferente a todo.

—¿Qué pasa?

—Nada, vamos. Y trátalo con más cuidado ¿sí? Tiene sentimientos y le duele si le haces daño.

A Lidia a veces se le olvidaba que, a pesar de tener casi la misma edad, Mondrian había nacido unos dos mil quinientos años antes que ella. No lo conocía tanto, pero todos los crononautas conocían la historia de Mondrian Modric, el niño del pasado que había quedado abandonado en el futuro.

—Comienza el conteo. Enciende los motores de extracción. Aquí vamos —dijo Lidia a la computadora de la nave.

Ajustaron los controles de gravedad de sus trajes, de lo contrario el desplazamiento de la nave por el flujo temporal los pondría a rebotar contra las paredes hasta hacerlos papilla en un santiamén. Podían sentir como, a medida que los motores de extracción temporal empezaban a acumular la energía necesaria para dejar al siglo XXII y dar el salto de vuelta al siglo XXXVI, la crononave entera vibraba, envolviéndolos lentamente en un arrullo que a Lidia le parecía fantástico. Le habían contado que cuando era niña no podía dormirse si no era en los brazos de su padre, mientras este corría por la casa con ella al hombro; y que cuando él no estaba, su madre la sentaba en el asiento del copiloto de su transportador y el vaivén del motor al partir tenía el mismo efecto. Quizás por eso era que se sentía tan a gusto dentro de una crononave. Cada viaje, cada salto en el tiempo la llevaba de vuelta a esa sensación de hogar y protección. Y además, podía conocer otras eras, ver paisajes y personas de las que solo había leído. Le encantaba su trabajo.

—Me carga viajar en el tiempo —reclamó Mondrian.

—¿Y eso por qué? —Lidia quiso profundizar.

—Eh…

Mondrian no dijo palabra. Se dio cuenta de que, una vez más, había pensado en voz alta. No tenía muchos argumentos, pero era cierto: no le gustaba viajar en el tiempo. Tras la desaparición de su padre, hacía casi diez años ya, se había quedado solo en el mundo, en un mundo donde no conocía a nadie, y donde su disposición genética lo volvía una persona excepcional: era casi el único de los crononautas que no sufría efectos secundarios tras el salto temporal. Todos o, bueno, casi todos sus compañeros se pasaban las primeras veinticuatro horas desde el arribo a una nueva época bajo cuidados intensivos, deshidratados y desorientados a más no poder. Era por eso que las crononaves venían equipadas con cámaras de descompresión y sistemas de asistencia vital, sistemas que Mondrian apenas había visto, y que no podría dibujar o describir muy bien si alguien se lo pidiera. Pero claro, Mondrian Modric contaba con la ventaja de ser el hijo del célebre Aaron Modric, inventor del proceso de viaje en el tiempo.

Pensó en su madre, en los recuerdos que le quedaban de ella. No podía viajar en el tiempo y por eso Mondrian recordaba mejor que nada sus abrazos, como tenazas de una tibieza perfecta de la que uno no quiere salir jamás. Abrazos que se deshacían con la suavidad con la que se desmigaja el pan más exquisito recién salido de un horno. Ella lo miraba después desde la ventana, cuando él ya iba camino a uno de los viajes con su padre, en caminatas que siempre le resultaban frías, sin importar la época del año. Y cuando ya no la veía empezaban los temblores y vibraciones, y en unos minutos se encontraba viajando en el tiempo.

—No sé… —dijo Mondrian retomando la idea—. ¿Los mareos? La sensación de que estás a punto de vomitar pero no pasa nada. Y después la vuelta, apenas al minuto después de haber salido.

Lidia lo miró ocultando su impaciencia ante la mentira evidente de su compañero. Todos sabían que a Modric no le pasaban esas cosas. Así como todos sabían que, del resto de los reclutas, ella era la única que tampoco sufría con los saltos, pero que en su caso esto era una cuestión de esfuerzo. Ni bien sus genes habían dado positivo para el viaje en el tiempo, Lidia se había inscrito en la academia para ser una de los crononautas. Tras pasar la mayor parte de su infancia entrando y saliendo de pabellones operatorios y salas de hospital, todo lo que quería era ver el mundo, en todas sus épocas, por todos sus rincones, en todas sus intensidades. Tenía una extraña enfermedad autoinmune, para la que la ciencia del siglo XXXVI apenas había conseguido elaborar la promesa de una remisión, como si su cuerpo no pudiera contener tanto ímpetu de vivir. Tanto así que se había tomado las operaciones y exámenes como una forma de entrenamiento, para así alcanzar tal control sobre su sistema nervioso que un simple salto en el tiempo no la afectara mayormente. Como todos, sí, ni bien aterrizaba en una nueva época sentía el impulso de dejarse caer y desmayarse por un día entero; pero se había prometido no pasar nunca más una noche en una cama de hospital, aunque fuera en la camilla de una nave. En cada misión procuraba atender y asegurarse de que sus compañeros estuvieran bien, que quedaran cómodos y que no les faltara nada durante el proceso de recuperación. Le gustaba hacer eso, prevenir el dolor de los demás, o al menos hacer que este fuera un proceso más amable.

Mondrian y Lidia formaban una pareja atípica. Era extraño que los hubieran designado como compañeros, pues el sentido común dictaba que ellos, los agentes con la mejor resistencia a los efectos secundarios del viaje, tenían que viajar acompañando a los más inexpertos y vulnerables, para así proveerles asistencia y protección. Las misiones simples o de extracción más urgente las solía realizar Mondrian solo. No era muy bueno para cuidar de los demás, por una mezcla de torpeza y poca práctica, que lo hacía ocupar un lugar indefinido dentro de los viajeros del tiempo.

Los crononautas, auténticos antropólogos de lo imposible, formaban parte de una organización dedicada a la Navegación Astro Ultra y Trans Astral, más conocida como NAUTA. Esta organización había sido fundada el año 3014 por Max Arcadio, filántropo humanista cuyo principal interés era rescatar lo mejor de la humanidad con miras a acelerar los avances que esta pudiera dar a futuro. Dentro de esta organización, los crononautas eran los encargados de recorrer el pasado en busca de elementos claves o significativos para la evolución de la especie humana. Como el chancho que ahora compartía la crononave con Lidia y Mondrian, por ejemplo.

Apenas la nave comenzó a estremecerse con los temblores propios del despegue y el pliegue espacio temporal, Lidia le inyectó un calmante al animal, que cayó rendido con la sonrisa propia de un chancho feliz.

—Míralo, qué ternura —dijo Lidia, quien prefirió obviar el último comentario de su compañero. No tenía caso ponerse a pelear o sacarle en cara nada, sobre todo cuando la misión estaba por terminar. Acomodó al animal en un corral especialmente dispuesto para garantizar que el cerdito tuviera los más dulces sueños.

—Hmmm —respondió Mondrian.

—¿Qué? Pensé que te gustaban los chanchos.

—Me gustaba comerlos, que es bien distinto.

—No puedo creer que alguna vez el ser humano creyó tenía que alimentarse de otros seres vivos.

—Y no solo alimentarnos: nos vestíamos, lavábamos el pelo, los usábamos para hacer almohadas… como con los sintéticos ahora. Había plantas productoras con millones de chanchos como este.

—Bueno, este es el último —dijo Lidia enfática.

—¿Ah?

—Eso es lo que tiene de importante y especial, Modric. Ese chancho, que está durmiendo allá atrás, es el último animal de la humanidad criado para consumo en masa.

Mondrian miró al porcino con un nuevo respeto. Saberlo así, tan solo en el mundo y en el tiempo, le confería una cierta majestuosidad. Este no era cualquier chancho sino un verdadero sobreviviente.

De pronto, el chancho dejó escapar un gas. De inmediato se activaron los agentes descontaminantes y en un instante Lidia estaba apagando y reconfigurándolos.

—Pero, Lidia, ¡el olor es insoportable!

—No podemos arriesgarnos a hacerle daño. Sus parásitos y nuestros parásitos pueden ser completamente incompatibles y por querer desinfectarlo podríamos incluso llegar a matarlo. Tenemos que preservarlo de la mejor manera posible para su estudio. Además, tenemos que devolverlo después.

Parte de la declaración de principios de los NAUTA incluía alterar lo menos posible el ambiente que visitaran. Se decía que la idea original de Max Arcadio era recuperar los artefactos más preciados de la humanidad, para así construir una especie de arca que recopilara lo mejor de nuestra civilización. Aunque había otras voces que decían que el aspecto del salto evolutivo era lo más importante de la visión de Arcadio. Aun siete siglos después de su muerte, las palabras del fundador eran discutidas como si fueran escrituras sagradas.

Y había opiniones de todos los tipos.

Pero si no en sus dichos, al menos la historia había sido bien clara en cuanto al fruto de sus acciones: hoy por hoy los NAUTA eran una organización bien estructurada, con distintas ramas dedicadas específicamente a documentar una dimensión de la experiencia vital. Estaban los psiconautas, encargados de explorar los confines más remotos de la mente humana, acostumbrados a coquetear con la locura, enamorarla y dejarla esperando en el altar. Los ficcionautas exploraban todos los mundos posibles creados por el ser humano, algunos de los cuales a su vez contenían infinitos mundos dentro de sí; utilizaban motores tecnodiegéticos para entrar en los grandes clásicos de la literatura o en la perversa lógica de las películas de bajo presupuesto y habitar sus mundos en búsqueda de los mejores exponentes de la imaginación humana, viviendo aventuras solitarias y a la vez extremadamente intensas. En contraste, los tecnonautas se encerraban por horas en sus laboratorios, deconstruyendo los grandes logros tecnológicos del pasado para poder crear las teorías del futuro; sus viajes solían llevarlos a territorios