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Libro experimental escrito a tres manos y conformado por tres partes con distintos registros literarios. El libro explora la presencia de los escritores peruanos José María Arguedas y Julio Ramón Ribeyro en el pueblo de Obrajillo, al sur de Lima, y lo que ello influyó en parte de su obra literaria. En la primera parte explora, haciendo uso del diario lo que acaso Arguedas pudo escribir o reflexionar cuando estuvo en Obrajillo. En la segunda parte, a modo de relato, se cuenta el paseo y las aventuras que Ribeyro hiciera junto con otros amigos a este lugar con el propósito de conseguir días de escritura. La tercera parte, en un formato más cerca de la crónica periodística, ahonda en las bondades y características de este pueblo singular hoy olvidado, pero con un gran influjo.
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Seitenzahl: 118
Veröffentlichungsjahr: 2019
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PAUL BAUDRY
(St. Germain-en-Laye, 1986). Reside en París donde ejerce la docencia como profesor de Literatura Hispánica. Es doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad de La Sorbona con una tesis sobre Julio Ramón Ribeyro, la cual ganó el Premio Piedallu Philoche en 2016. Ha publicado los libros de cuentos: Distraiciones (2005) y El arte antiguo de la cetrería (2017). Este último fue seleccionado entre los prefinalistas del Premio de Cuento Gabriel García Márquez en 2018.
LUIS HERNÁN CASTAÑEDA
(Lima, 1982). Reside en Vermont, Estados Unidos. Ha publicado los libros de ficción Casa de Islandia (2004), Hotel Europa (2005), Fotografías de sala (2007), El futuro de mi cuerpo (2010), La noche americana (2011), La fiesta del humo (2016) y Mi madre soñaba en francés (2018). También es autor de dos novelas cortas juveniles: El chamán y la sacerdotisa (2007) y Viaje al norte del verano (2012). Es profesor asociado en Middlebury College.
FÉLIX TORRES
(Lima, 1980). Es autor del libro de novelas cortas A media luz (2003), el libro de microrrelatos El viento en tu cara (2015), y las novelas El silencio de la memoria (2008) y Ríos de ceniza (2015). También ha publicado el ensayo Un sueño hecho ficción: los prostíbulos en la novela latinoamericana (2019)
© Paul Baudry, Luis Hernán Castañeda y Félix Terrones, 2019
© Grupo Editorial Peisa s.a.c., 2019
Jr. Emilio Althaus 460, of. 202, Lince
Lima 27, Perú
Diseño de carátula: Renzo Rabanal / PEisa
Fotos de interiores: Archivo de los autores
Diseño y diagramación: Peisa
Primera edición, julio de 2019
Serie del Río Hablador
ISBN edición impresa: 978-612-305-149-5
ISBN edición digital: 978-612-305-153-2
Registro de Proyecto Editorial N.o 31501311900688
Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú N.o2019-08897 a 18
Diagramación digital: ebooks [email protected]
Prohibida la reproducción parcial o total del texto y las características gráficas de este libro.
Cualquier acto ilícito cometido contra los derechos de propiedad intelectual que corresponden a esta publicación será denunciado de acuerdo con el D. L. 822 (Ley sobre el Derecho de Autor) y las leyes internacionales que protegen la propiedad intelectual.
A la memoria de José María Arguedas y Julio Ramón Ribeyro
1
6 de agosto de 1968
Otra vez, solo en Obrajillo.
Me trajo mi mujer. Nuestra carcochita hizo un noble esfuerzo para trepar la cuesta que separa la tristeza de Lima de estas alturas soleadas y propicias, pueblos íntimos de la sierra a los que siempre debo regresar, aunque solo sea en sueños.
Aquí estoy, pero no por mucho tiempo. Apenas el suficiente para ir arreglando mis asuntos. Para empezar, hay que escribir poco. Soltar rápido estas prositas para así callarme de una vez por todas. No son demasiados, espero, los interesados en leerme. Algunos jóvenes, ojalá, dispersos en las universidades. Por esa razón me hice traer a Obrajillo, quería acercarme a un silencio absoluto, quizá doloroso para los que me quieren, pero también apropiado y seguro que inevitable. Un silencio sin exquisiteces.
Con ese fin me ha depositado en este pozo mi mujer, tras cinco horas de manejo en que comimos mandarinas sin hablar. Tampoco dijimos gran cosa mientras almorzábamos en una fondita próxima al río. Los demás comensales medían sus palabras, aquello parecía un velorio. Ella no sabe lo que pienso hacer o solamente lo intuye. Sé que no ha leído –creo que no– mis últimas anotaciones. Me dijo adiós con el temblor y la gravedad de quien dice algo por última vez, sabiéndolo e ignorándolo al mismo tiempo.
Después del almuerzo, una trucha que parecía un esqueleto y un refresco en el tambo de una esquina, hemos caminado alrededor de la plaza de Armas con la vista puesta en los cerros. Obrajillo es una celda y cada barrote mide mil metros de altura (sabrán perdonar, padres pétreos, la oscuridad). De uno de ellos, el peñasco más alto y señorial del valle, salta una cascada que parece inmóvil, un hálito de la montaña cuya música es blanca: un lamento invernal que solo yo oigo. Mi mujer, presa en sus pensamientos, se ha limitado a deslizar que no quiere volver por mí ni se interesa por mi regreso, del que desconfía. Eso he entendido. No puedo culparla de nada. Fui yo quien debió insinuar, mintiendo por piedad, que la llamaría pronto para que viniera a buscarme. Añadí que no podría pasar demasiados días sin ella. Tampoco sin el anillo cálido que forman en torno a mí los cariños de Carolina y Sebastián, y los de nuestros amigos.
Estoy acá para escribir. Eso es lo que ellos creen. La novela chimbotana no avanza ni lo hará, un veneno paraliza sus piernas, fuerzas y anhelos, esa materia negra que se mezcla con mi sangre y de la que ella, la pobre de mi mujer, ya está cansada de oír. Voy a mejorar, Sybi: ya verás. Ahora sí dejaré atrás mi bloqueo o moriré en el intento, lo que suceda primero. Antes de que mi mujer pueda manejar desde Lima para recogerme, o para recoger mis restos, el acto habrá sido consumado. Así ella, que estará demasiado lejos, será arropada por el fragor de la ciudad, tan remoto y próximo a nuestro refugio californiano: allá donde la costa pierde su nombre. Para algo tendrá que servir ese arenal sin alma, plagado de muros, villanos y egoísmo.
No quiero que sea ella la que venga por mí, esté vivo, muerto o como me encuentro ahora; no, tampoco hará falta. Algo le he insinuado otra vez a Arístides, quien es más recio de lo que muchos creen. Él se enterará antes y mandará por su hermano, así ha de ser si todo sale como espero. También hará los trámites, los mínimos y con la mayor discreción, como le he rogado. De cualquier modo, nada atenuará la fealdad de las circunstancias. Ni siquiera el funeral más bello del mundo. Las campanas y las flores, los danzaqs y los charangos, no son para mí. Tampoco los llantos ni las multitudes, nada de eso merezco. Los estoy abandonando cuando más frágiles andan y su desprecio será justo, como he reconocido de mi puño y letra. La carta acunada sobre el escritorio de Arístides, que le he suplicado no abrir hasta que me haya marchado, es la que debe ser leída en aquellas exequias: odiosas y necesarias por los que aún me escuchan.
¿Me escuchan todavía?
Mientras tanto estaré aquí, refugiado en la segunda planta de esta casona de la calle Comercio, enfrente de la plaza de Armas, que me ha acogido como a su hijo. Ya me alojé antes en este solar, el más prominente del pueblo, hace menos de cuatro meses, cuando me prometí volver para jugar con los perros. Pero ellos no saben que cumplí mi promesa.
Aquí estamos otra vez, en Obrajillo.
7 de agosto de 1968 (mañana)
He pasado una noche de perros. No es solo una expresión. Todos los perros de Obrajillo, esos perritos serranos que tanta falta me hacen en la ciudad, parecieran haberse puesto de acuerdo para no dejarme dormir. Tampoco es que necesite excusas.
Los perros. De día se les ve tirados en las veredas, frente a las casas, en cualquier parche de hierba que puedan encontrar, como si fueran animales disecados que no revivirán con mis caricias. No obstante, basta que anochezca y entonces ocurre la metamorfosis. Cuando nadie los mira, ladridos distantes, insistentes, perforan el aire del valle, van tejiendo una red que nos envuelve a todos, pero debe incordiar más a los forasteros. Obrajillo crece de noche, se hace inmenso y hasta insondable, a juzgar por las grandes distancias que la francachela canina –¿cuántos habrá, cien, mil?– debe recorrer para despertarnos.
Las estrellas congeladas en lo alto parecen las almas de los perros de otros tiempos.
Al rato uno se acostumbra, gracias al cielo, y hasta agradece su compañía en estas soledades sin mayor presencia humana. El cuarto que me han alquilado es frío, ventoso, austero; en suma, ideal para un sacerdote. La lámpara de kerosene hace las veces de candelabro. Extraño mi casita de Los Ángeles, mi chimenea, mi tocadiscos y esa música que mi mujer pone para animar las tardes. Acá apenas cabe un camastro cuyas frazadas no abrigan, sean dos o sean diez, y también hay una mesa chica. Esa mesa me la he colocado en el balcón, una reliquia colonial, para escribir estos diarios secretos mientras disfruto del sol. Es lo que venía a buscar, la luz amarilla de Obrajillo; pueblo donde nada triste podría ocurrir, no bajo este cielo. De noche el cielo no está, es un vacío de tinta al que asciende la voz de los animales y, sobre todo, el canto angustiante del río Chillón –nombre justo–, ese sucederse de aguas presurosas que me corta el aliento. Será por eso que no dormí bien, por el ánimo embravecido de este río compañero que, a determinadas horas, se vuelve enemigo. También mientras redacto estas líneas.
Poco a poco, la luz se insinúa. Los gallos cantan, hay una campana; el río se tranquiliza, los perros se recogen. Entonces debo enfrentarme al gran peso malo que me ha traído a este albergue. ¿Por qué he venido? La respuesta es fácil, he llegado a este hermoso escondrijo porque aquí, hace unos meses, resolví ahorcarme, dada la dificultad de conseguir un arma –el método más humano– y el absoluto pánico que le he agarrado al seconal. Morir así es indigno, lo he experimentado en carne propia. Colgarse de una viga también lo es, pero la belleza del escenario podría ayudar a compensar el acto. ¡O a envilecerlo aún más, quién sabe!
A quién quiero engañar. Esta es una explicación sencilla, sí, pero hay otras cien preguntas que nacen de ella, formando una cadena como las ondas del río Chillón. Que tampoco es un río, sino un riachuelo, tamaño desmentido por su vozarrón desesperado, su oleada de gritos. Quiero matarme, bien, y ¿qué? ¿Eso a quién le debería importar? Está la dolencia, está el venenito, está la infancia, de los que ya escribí; está el moscardón que, como yo, hunde su vibrante cabeza en la entraña amarilla de la flor ayaq sapatillan, la terrible ‘zapatilla de muerto’. Está todo eso, de acuerdo, pero ¿es suficiente? ¿Por qué estoy en Obrajillo?
A las seis de la mañana escucho los trajines de doña Blanca en el piso de abajo. La anciana, hija de mistis, es la última habitante de la casona, la que más ha aguantado. Nos conocimos en mi visita anterior, pero ella no me recuerda. Si supiera a quién recibe en su hogar, lo que pienso hacer aquí, me despreciaría. Igualito que tú, Cortázar, lo haces desde allá: desde el firmamento de tu oficio. Tú me has calado bien y tienes razón, como yo también. Ella, la anciana que me da posada, no sospecha mis trastornos. Por eso, quiero imaginar, me ha cogido algún cariño y me trata como al hijo que nunca tuvo. Su cholito invisible. ¿Cómo saber que no tiene hijos? No serían tan crueles de dejarla en este abandono al que llaman pueblo.
Doña Blanca arrastra sus chanclas y se dirige a la cocina para hacer el café. No hay otros viajeros, los cuartos están vacíos. Desayunamos, café aguado y pan crujiente, y hablamos de los arrieros que solían bajar de las pampas de Junín. Ya no vienen más, asegura con pena, ahora son ustedes los que llegan del otro lado: de la capital, del desierto. Noto reproche en su voz, una acusación que me hiere. Yo soy indio hasta el tuétano, quisiera gritarle, lo que sería en vano. Así que le agradezco, destrozado por dentro, y salgo de la casa. Aún es temprano, siete de la mañana, y me espera el día más largo del año.
7 de agosto de 1968 (noche)
El día me ha deparado algunas sorpresas, todas pequeñas y por eso más agradables.
Las calles de Obrajillo estaban desiertas. Ni siquiera el gran nionena de la otra vez, ese cerdo majestuoso que me acompañó antes, se dignó recibirme. Los perros apenas si me olfatearon. Tampoco las personas vinieron a saludar, suficiente les fue espiarme y dejarme pasar como si fuera un fantasma. ¿O los fantasmas eran ellos? Sí, respondió una madreselva, esa planta misteriosa que me sigue desde Huanipaca.
Los cuatro jirones alrededor de la plaza de Armas, una placita fresca y sobria, son lo único que está asfaltado. El resto es pura tierra seca, remolinos de tierra golpeando la cara de quien se atreva a avivarla, a sacarla del pesado sueño en el que vive sumida. Los que se aventuran a manejar por estos parajes deben cuidarse de los cascajos, cuchillos sembrados en el polvo capaces de destrozar cualquier llanta. Pienso en eso, en mi mujer conduciendo sola el Volkswagen verde, y prefiero no pensar. En torno a la placita hay casas viejas, antiguas viviendas de notables hoy exiliados, y una iglesia cuyo portón, infranqueable, exhibe la imagen de Dios: un Dios destructor, me pareció a mí, que conjura a todos los vientos para que derriben la insensatez humana. Su faz da la impresión de una divinidad despavorida.
Las bancas de fierro, sombreadas por añejos sauces, son el sitio perfecto para ponerse a leer, si es que uno es capaz de tal cosa. Yo aprendí hace varios años que debo intentarlo poco, medir mis fuerzas a riesgo de deprimirme más, así que no cargo libros. A mi viajecito definitivo he traído nada más que los cuentos de Juan, tan apropiados para ser leídos en la sierra. Esa vida mineral que atenaza a Comala me embarga también a mí entre estas rocas. Esta mañana me he sentado solo, sin libros ni personas, a vibrar con la fiesta que la luz monta por todas partes, en lo verde y lo azul, sin discriminar ni una sola partícula de oxígeno. En la esquina había un comercio abierto, el único del centro, donde un par de borrachitos con vasos en la mano se gastaban sus ahorros para aligerarse el tiempo. No tengo nada contra eso, solo que en mí no funciona. Al escuchar como ecos sus voces achispadas, fui siendo arrullado por la paz lúgubre del ambiente; cuando abrí los ojos, el caballito sucio estaba allí, a unos metros. Era retaco y peludo, con motas grises. El arquetipo inmortal de los caballos de la serranía.
–Tayta, ¿a dónde quiere ir? –preguntó el jinete, en quien no me había fijado bien: un mozo de poncho limpio, esplendoroso, que dominaba al animal con un poder amable.
