Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Ben Coffin tiene apenas doce años y nunca fue bueno para hacerse amigos. Acostumbrado a las casas de crianza hasta que es adoptado, sabe que la gente puede desaparecer de su vida en cualquier momento. Tratando de superar los problemas de bullying en la escuela, prefiere usar su tiempo libre en leer libros de sci-fi, que consigue en la bioblioteca de Coney Island, donde encuentra un perrito abandonado. O, mejor dicho, es encontrado por el adorable Flip. Gracias a él, Ben conoce a Halley (la Chica Arcoíris, como decide llamarla), alguien muy diferente a las chicas que está acostumbrado a tratar y que tiene una difícil enfermedad. Juntos inician una amistad muy especial, en la cual viven una serie de aventuras, que van desde entrenar a Flip para convertirlo en un perro terapéutico del programa Léele a Rufus, hasta escribir juntos una novela en la que entrelazarán magia, sci-fi y las historias reales de todos los personajes que conocen, en especial las de ellos mismos. Parado en el cruce entre la felicidad y las pérdidas, Ben debe descubrir por él mismo la verdad sobre la amistad, el significado de la familia y la magia de la vida. "Lleno de ritmo y risa, moretones y sentimientos. Paul Griffin es el tipo de escritor que te pone en la encrucijada de contarle al mundo entero sobre él o atesorarlo solo para uno mismo" (Markus Zusak, autor de La ladrona de libros, novela ganadora del Printz Honor). "Un libro absolutamente hermoso que te expande el corazón. Lloré, pero más que eso, sentí este gigante globo de amor para todos. Esta historia me convenció sobre todo de que el amor y la imaginación son la magia más grande de la vida. Te hará querer agarrar a todos lo que son importantes para ti y lamerles la nariz" (Rebecca Stead, autora de Cuando me alcances). "Algunos libros cambian la forma en que ves el mundo. Algunos cambian la forma en que respiras. Este libro te saca el aire. Es el mejor libro de Paul Griffin, y eso es decir mucho" (Patricia McCormick, autora de Vendida y Malala). "Cuando la amistad me acompañó a casa es un libro hermoso y honesto; es, de hecho, hermoso porque es honesto. Vimos la pena de la pérdida y la gloria de la comunidad. Vimos el amor en sus muchas formas, y fuimos testigos de verdad de que el amor vence a pesar de las barreras. Hurra por Ben y Halley: niños como ellos son nuestra esperanza" (Gary D. Schmidt, autor de Okay for Now).
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 246
Veröffentlichungsjahr: 2022
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Cuando la amistad me acompañó a casa
Cuando la amistad me acompañó a casa
Paul Griffin
Griffin, Paul
Cuando la amistad me acompañó a casa / Paul Griffin. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Del Nuevo Extremo, 2016.
Libro digital, Amazon Kindle
Archivo Digital: descargaTraducción de: Martín Felipe Castagnet.ISBN 978-987-609-666-9
1. Narrativa Infantil y Juvenil Estadounidense. I. Castagnet, Martín Felipe, trad. II. Título.
CDD 813
© 2016, Paul Griffin
Título en inglés: When friendship followed me home
© de esta edición, 2016, Editorial Del Nuevo Extremo S.A.
A. J. Carranza 1852 (C1414 COV) Buenos Aires Argentina
Tel / Fax (54 11) 4773-3228
e-mail: [email protected]
www.delnuevoextremo.com
Imagen editorial: Marta Cánovas
Traducción: Martín Felipe Castagnet
Correcciones: Mónica Piacentini
Diseño de tapa: Danielle Calotta
Diseño de letras de cubierta e ilustración: Mary Kate McDevitt
Diseño interior: ER
Primera edición en formato digital: julio de 2016
Digitalización: Proyecto451
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático.
Inscripción ley 11.723 en trámite
ISBN edición digital (ePub): 978-987-609-666-9
Para Risa, con todo mi amor, gracias por dejarme viajar en el tiempo contigo.
Para mi hermanito John, superhéroe.
Luke Skywalker: ¿Qué hay allí?
Yoda: Solo lo que lleves contigo.
La guerra de las galaxias
Episodio V: El imperio contraataca
1
CHUNKY MOLD
Tienes que estar loco para creerle a un mago. Aprendí esa lección de la manera difícil. Después, si pueden creerlo, me convertí en el asistente de un mago. Eso fue culpa de la Chica Arcoíris, pero el resto es culpa de un perrito llamado Flip.
Los problemas empezaron el segundo viernes de séptimo grado. Damon Rayburn me sacó de un empujón de la cola del almuerzo.
—Gracias, Coffin —me dijo.
—¿Por qué?
—Por ofrecerte a comprarme una porción de pizza.
Si creen que una pequeña amenaza como esa alcanzaría para cederle mi almuerzo a un idiota como Damon Rayburn me conocen bien. Me dio una palmada en la nuca y se puso en el primer lugar de la cola.
—Eres quince centímetros más alto que él, Coffin —me dijo un chico quince centímetros más bajo que Rayburn. Se llamaba Chucky Mull, pero todo el mundo lo llamaba Rechoncho Moho (1)—. Deberías haberlo golpeado. Ahora sabe que puede presionarte cada vez que quiera.
—Permíteme citar a Yoda en El imperio contraataca —dije—. Un Jedi usa la Fuerza para conocimiento y defensa, jamás para atacar.
—Estabas llamado a defender tu inalienable derecho a comer una pizza de albóndigas. Yoda también dice que no seas un debilucho.
—Yoda nunca usa la palabra debilucho.
—Dice: “El miedo es el camino al lado oscuro”. Hola, ¿La amenaza fantasma, te suena?
No había forma de ganarle a Moho en estos temas. Tenía las camisetas de las películas, ¡hasta las sábanas! Lo apuré hacia nuestro sitio habitual, allá lejos en la esquina oscura junto al contenedor de basura en el que nadie tiraba basura. La mamá de Moho había pegado una nota en el papel film que apenas lograba cubrir el sándwich de treinta centímetros de largo. Decía “TE QUIERO ”. Chucky arrugó la nota y se metió un pedazo de sándwich en la boca.
—¿Alguna posibilidad de que consideres compartirlo conmigo?— pregunté—. Vamos, Moho, nunca serás capaz de comerte todo eso.
—Obsérvame y aprende. Uf, ahí viene.
La directora Pinto se acercaba a nosotros. Era realmente bonita para una directora, incluso para un ser humano normal.
—Hola chicos —nos dijo.
—Bien, ¿cómo está usted? —respondió Moho.
—Si alguna vez necesitan algo, pasen por mi oficina, ¿okey?
—Usted también —dijo Chucky.
La directora Pinto me palmeó el hombro mientras se alejaba.
—Te recontra tocó—dijo Chucky—. Tú, un perdedor, acariciado en el hombro por la directora P. Le mandé un guiño hace casi cuatro horas. Ninguna respuesta. ¿Por qué me miras así? ¿Es que no conoces el emoticón?
—Sé lo que es un guiño. Lo que no puedo creer es que le hayas enviado uno.
—¿Por?
—Es mayor que nosotros. Moho, tiene como treinta.
—No es lo que piensas. En Facebook el guiño es un símbolo de respeto supremo. Como cuando alguien te inspira, le mandas un guiño. Es verdad, eh. Es una antigua costumbre que se remonta a la época clásica, griegos y rumanos. Es como si le hicieras una reverencia para reconocer su genialidad.
—¿Entonces por qué no enviarle una reverencia?
—Porque no hay emoticón de eso, idiota. Solo porque tenga un trasero recontra asombroso no significa que no pueda ser mi heroína también, por su, ya sabes, increíble sabiduría y todo eso.
—Claro, porque a eso le guiñaste el ojo: a su sabiduría.
—¿Qué sabes tú después de todo? Ni siquiera estás en Facebook. Juro que es cierto. En muchas culturas es considerado grosero no enviar el guiño.
Chucky alejó de un manotazo la mosca atraída por la mantequilla de maní que le había quedado en la boca, como si fuera un moco.
Tuve que creerle, primero porque si bien es posible distinguir cuando alguien miente, él realmente creía que estaba diciendo la verdad, y sobre todo porque tenía razón en que no tenía Facebook. Todo el tema amigos realmente no existía. Incluso Moho era más un fastidio que un aliado. Me había mudado al barrio hacía menos de dos años. En un año mamá y yo seguiríamos viaje hacia Florida, justo después de que se jubilara. “Podemos vivir mucho mejor allí porque es más barato”, decía. ¿Para qué molestarme en hacer amigos si me iba a ir tan pronto?
—¿Ni siquiera un mordisco, Chucky? ¿De verdad?
—Sigue soñando —dijo, o algo parecido. No estaba seguro con tanto sándwich atascado en su ortodoncia.
1- Chunky Mold.
2
HEREDERO DEL IMPERIO
Mi estómago gruñía cuando la última campana nos liberó para todo el fin de semana. Caminé por la costanera en dirección a la biblioteca. La señora Lorentz siempre tenía un plato de galletas con chocolate en el mostrador de entrada.
Me sentía bastante animado, considerando que había sido despojado de mi dinero para el almuerzo. No puedes estar triste en Coney Island un despejado día de septiembre. El océano resplandecía. El aire olía dulce y salado. El audiolibro que escuchaba estaba acercándose al clímax. No podía ser sorprendido caminando por ahí con un libro libro, por supuesto. Sería como rogar por un calzoncillo chino. Subí el volumen de los auriculares para escuchar Heredero del imperio, de Timothy Zahn. Las cosas se veían realmente mal para Han Solo. Los cazas de Thrawn rodeaban al Halcón Milenario. El sonido terminó de golpe cuando alguien a mis espaldas me quitó los auriculares de la cabeza.
—¿A quién se le ocurre comprar auriculares amarillos? —dijo Angelina Caramello. Era realmente bonita, aunque fuera amiga de Damon Rayburn—. Parecen limones brotando de tus orejas.
—Además te salteaste un agujero del cinturón —dijo la mejor amiga de Angelina, Ronda Glomski, dando un tirón en donde había quedado suelto—. Realmente no puedo entender cómo has hecho para saltearte un año. ¿Cómo puedes ser tan patético y a la vez tan adorable?
—Iuú—dijo Angelina, y me arrojó los auriculares. Luego Ronda me dio un empujón tan fuerte que se me escapó el chicle de la boca.
Tenía que prestar atención a eso. Ronda Glomski, la onceava chica más hermosa del grado, había dicho que yo, Ben Coffin, no era del todo desagradable. Incluso cuando prácticamente me había tirado justo después de decirlo y a pesar de que su nombre sonaba bastante asqueroso. Ya sé, como si yo tuviera derecho a opinar siendo que mi apellido significa ataúd y recuerda el lugar de donde se escapa un zombi. Seríamos perfectos el uno para el otro, si dejáramos de lado que Ronda se comportaba tan cruelmente.
De reojo vi cómo se acercaba Rayburn, y eso significaba que debía irme, y rápido.
Estaba un poco ahogado cuando llegué a la biblioteca. No quedaba demasiado lejos, pero el asma me golpeaba el pecho y había olvidado el inhalador. Afortunadamente lo tenía la señora Lorentz.
—Te lo dejaste de nuevo en el alféizar de la ventana —dijo mientras me acercaba un libro—. Necesito que leas esto. Mi hija no deja de hablar de ello. Querría una segunda opinión antes de ponerlo al tope de mis próximas lecturas.
Era Plumas de Jacqueline Woodson.
—No parece muy sci-fi —dije.
—No vas a explotar si lo lees —contestó la señora Lorentz—. Te va a encantar, Ben, créeme.
—¿Después de decirme que no lo leyó?
—¿Por qué sigues hablando conmigo cuando deberías estar leyéndolo?
—Lo escribió una chica —dije.
—¿Y?
—Quiero decir, soy un chico.
—Llévate algunas galletas, chico. Y sí, puedes dejar la salida de emergencia entreabierta.
Me permitía hacer eso en mis días de asma. La brisa se sentía bien. No lo sabía entonces, pero el haber sido demorado por Angelina y Ronda, lo que me llevó a ser perseguido por Rayburn, que me activó el asma e hizo que pudiera dejar entreabierta la puerta trasera, estaba a punto de hacer que mi vida cambiara por completo.
Sostuve la puerta con uno de los mugrientos tomos de la enciclopedia que la señora Lorentz siempre intentaba encajarnos (volumen 10, de Gargantuélico a Halitosis) y me senté en mi mesa escondida del fondo. Allí las paredes estaban serigrafiadas con imágenes gigantes, fotografías de los viejos días en los que Coney Island era la playa más famosa de Norteamérica. Mi favorita se llamaba De noche en el país de los sueños. Mostraba cómo se veía en 1905 el Luna Park, el parque de diversiones justo frente al océano. La torre brillaba como un sol suave. Piensen en miel iluminada con la clase de electricidad que habría en la mente de un ángel cuando está deseando que te ocurran las cosas más bellas posibles.
Respiré a través del inhalador y ojeé Plumas. La portada estaba ilustrada con –sorpresa– una pluma. Nada de naves espaciales, ni la Estrella de la Muerte explotando, ni siquiera una maldita espada láser. La historia era algo así: entra un nuevo chico a la escuela. Algunos lo llaman el Chico Jesús, otros piensan que es un raro y lo molestan mal todo el tiempo. Me sentí identificado. No estoy hablando del bullying pero sí de sentirse un extraño, a veces incluso para mí mismo. No sabía cómo encajar, ni qué ser o hacer de mi vida; me sentía un error.
Al poco tiempo estaba en la última página. Era el tipo de historia que termina demasiado rápido y te deja preocupado por los personajes y qué va a pasar con ellos, casi como si fueran tus amigos pero sin la parte molesta. Frannie, la narradora, quiere ser escritora. Su profesora le cuenta que cada día viene con sus momentos especiales y que ella tiene que estar alerta y anotar esos momentos para después. Estuve de acuerdo con eso. Estoy seguro de que Timothy Zahn hizo algo así cuando escribió Heredero del imperio. Pero tuve que parar cuando leí la siguiente cosa que la profesora de Frannie dijo sobre los llamados momentos especiales: “Algunos de ellos serán perfectos, llenos de risa y esperanza y luz. Momentos que permanecerán con nosotros por siempre jamás”.
Eso era mentira. Nada dura para siempre. Es un hecho científico. Las cosas ocurren y terminan y no las puedes traer de regreso.
Einstein dijo que podemos viajar al futuro, y los astronautas lo demostraron. Sincronizaron veinte relojes y llevaron otros veinte al espacio. Pasaron seis meses viajando a 27 mil kilómetros por hora, casi 8 kilómetros porsegundo. Cuando aterrizaron, todos los relojes del Centro de Control estaban .007 segundos adelantados con respecto a todos los que habían viajado al espacio. Búsquenlo si no me creen. Esto significa que si viajas realmente rápido, como a la velocidad de la luz, cuando vuelvas a la Tierra los relojes estarán años y años adelantados, y te habrás escapado hacia el futuro. El problema: Einstein usó los mismos cálculos para demostrar que nunca podemos volver al pasado.
Me quedé mirando la imagen del Luna Park en 1905. Nunca podría estar allí. Nunca podría sentirme a salvo, con esa luz dorada y plateada sobre mi rostro. Nunca podría ver el mundo desde la cima de la torre. Nunca podría creer que la magia era real.
Un gato siseó del otro lado de la salida de emergencia y se echó a correr por el callejón. Luego escuché ese sonido macabro que hace un gato cuando enloquece, como si lo poseyera un demonio.
3
EL DEMONIO, EL PERRO Y LA DIVA
Salí al callejón. El gato estaba dándole una verdadera paliza a un animal mucho más pequeño, lo raro era que ese otro animal era un perro.
Ahuyenté al gato. El perro estaba hecho una piltrafa temblorosa. El pelaje estaba lleno de alquitrán; la lengua le colgaba a un costado de la boca; los ojos rígidos apuntaban hacia los costados; tenía el rabo recortado y torcido, por lo que alcanzaba a divisar, ya que lo escondía entre las patas. Estaba muy escuálido: como mucho debía pesar un poco más de tres kilos. Tampoco era demasiado joven, ya tenía el hocico canoso. Me acerqué a acariciarlo. Me esquivó y se escapó por el callejón. Intenté encontrarlo, pero ya se había ido.
Le devolví Plumas a la señora Lorentz.
—¿Y? —preguntó.
—Me hizo sentir molesto.
—Eso es genial —dijo.
—¿Genial?
—¿Por qué te puso molesto, Ben?
—No estoy seguro. ¿Podría guardarlo por mí?
—¿No prefieres llevarlo a tu casa?
—Me olvidé la mochila.
—Pesa 127 gramos, sin mencionar que se titula Plumas. ¿De verdad no puedes cargarlo?
Miré a través de la ventana. Un grupo de chicos pasaba el rato frente al buzón de periódicos gratuitos que todo el mundo usa para tirar basura. Me quitarían Plumas y lo destrozarían, y entonces Frannie y el Chico Jesús quedarían hechos pedazos, a merced del viento.
—¿Cómo sabe que pesa 127 gramos?
—Es una estimación.
Apoyó el libro sobre una balanza de envíos: 127 gramos exactos.
—Usted no es humana —dije.
La señora Lorentz asintió y se inclinó para susurrarme:
—Soy una bibliotecaria.
Escribió algo en un papel adhesivo y lo pegó al libro. Luego ocurrió la cosa más extraña. Sus labios temblaron y parecía a punto de llorar.
—No te olvides el inhalador —dijo, mientras apartaba el libro para ayudar a otro chico a registrar el préstamo de una pila de videojuegos. Me incliné sobre el mostrador para ver qué era lo que había escrito. La nota decía: GUARDAR PARA MI BEN.
La iba a extrañar el próximo año, cuando mamá y yo nos mudáramos a Miami. Casi que me dio ganas de unirme a Facebook, pensando que si no lo hacía no la volvería a ver jamás. Le enviaría a la señora Lorentz el guiño más grande, para reconocerle todas las amabilidades que había tenido conmigo los últimos dos años, sin mencionar su sabiduría recontra increíble. Le enviaría un guiño cada maldito día.
Estaba a punto de salir cuando entró una chica. Le sostuve la puerta. Llevaba una boina verde limón, enormes lentes de sol, una bufanda con brillitos y una chaqueta roja con botones dorados cerrada hasta el cuello, a pesar de que afuera hacía veinticinco grados. Usaba guantes púrpuras con los dedos recortados. Sus zapatillas de caña alta eran rosa brillante. Prácticamente cubría cada color del arcoíris. Su mochila estaba hecha de malla transparente, como para que pudiera mostrar todos los libros que cargaba y lo brillante que era.
Los chicos malos de la cuadra no la molestaron, no señor. Era la clase de chica que, si le llegabas a hacer algún comentario estúpido sobre sus libros o sus guantes o lo que fuera, te respondería con algo que te haría sentir incluso más estúpido de lo que eras, y encima frente a todos tus amigos. Hasta los más idiotas saben que no hay que molestar a una diva.
Y vaya si era una. Se detuvo a leer un mensaje de texto. Acá estoy yo, sosteniéndole la maldita puerta, y durante todo el rato ella mensajeando. Después pasó delante de mí, sin siquiera mirarme ni decirme gracias.
—De nada —le dije. No, no lo dije. Simplemente me fui.
Eran las cinco y media. Mamá quería que estuviera de regreso en casa a las seis para ayudarla con la cena. La marea estaba subiendo. El aroma a sal era tan potente como para hacerte toser. Los papeles daban vueltas en el aire. Tuve la sensación de que me estaban siguiendo.
Me di vuelta. La avenida Mermaid estaba repleta de gente volviendo del trabajo, pero ninguno parecía interesado en mí. Me dirigí hacia la Neptune, que estaba un poco más vacía, y entonces estuve seguro de que alguien me acechaba. Giré sobre mis talones, y allí estaba.
4
EL ACECHADOR
El perrito del callejón se detuvo a cinco metros de distancia, se sentó y se me quedó mirando.
—Ven aquí —dije, pero no lo hizo. Me acerqué y echó a correr. Me encogí de hombros y retomé mi camino. Miré hacia atrás y una vez más me estaba siguiendo.
Entré al supermercado donde una señora con una red en el cabello siempre trataba de encajarte una muestra gratis de queso.
—¿Puedo tomar algunas? —pregunté.
—¿Para qué estoy si no? —me respondió.
Me metí cuatro muestras en el bolsillo.
—Al menos dile a tu madre que el queso estuvo bueno —dijo la mujer—. Ya sabes, así compra alguno la próxima vez.
—Se lo diré.
—Sí, claro —dijo. Me sentí mal por ella. Es un trabajo duro vender quesos caros en un supermercado barato.
Cuando salí el perro me estaba esperando. Estaba más cerca esta vez, y temblaba. Puse un pedazo de queso en la vereda y retrocedí cuatro metros. Se aproximó muy lentamente, y luego se lo tragó de un bocado. Puse otro queso y retrocedí dos metros, y pasó lo mismo. Luego un metro, y al final terminó comiendo de mi mano. Juro que se tragó como cien gramos de cheddar. Dejó escapar un eructo más fuerte que cualquiera que yo haya hecho. Su aliento no era particularmente fantástico. Luego se apoyó contra mi pierna y tembló tanto que yo también temblé.
Lo recogí entre mis brazos y tomé una calle tranquila en dirección a casa. No había chance de que me agarraran cargando un perrito para nenas como ese. Hubiera sido peor que ser visto con un libro.
5
MAMÁ
—La respuesta es sí —dijo mi madre. Ni siquiera llegué a preguntarle. Apenas vio la pequeña sabandija entre mis brazos ya estaba de acuerdo—. Ahora metamos a este perro en la bañera.
—Gracias, mamá.
Quería un perro desde que tenía memoria, pero íbamos a esperar a mudarnos a Florida. Por suerte, a mamá le gustaba dejarse llevar por las circunstancias.
—Te eligió por alguna razón —dijo.
—Sí, soy el primer idiota que lo alimentó.
Mamá me revolvió el pelo.
—La vida es una aventura, viajero —dijo.
—Y todos tenemos reservado un tremendo paseo.
—Caminar cuesta arriba es la mejor parte del viaje, nunca te olvides.
—¿Cómo podría si me lo recuerdas dos veces por día?
Mamá tenía sesenta y siete años. No se teñía el cabello; lo mantenía corto, sin alboroto ni lío. Deben estar haciendo cálculos: su edad menos la mía, que voy a séptimo grado. ¿Debería haberme tenido a los cincuenta y tantos, verdad? Excepto que no lo hizo. Yo tenía diez años cuando me adoptó.
—Tráeme la toalla —pidió.
Quién hubiera dicho antes de secarlo que el perrito era bastante bonito. Sin mugre sus ojos eran de un marrón dorado. Le acomodé la lengua en la boca, pero volvió a caer de costado.
—Ahora engordémoslo —dijo mamá.
Su rápida aceptación del perro me había dejado pensando.
—Mamá, todos esos chicos en el hogar juvenil. Podrías haber adoptado a cualquiera de ellos. Siempre tuve miedo de preguntarte, ¿por qué a mí?
—¿Qué era lo que te daba miedo de preguntar? —dijo mientras freía unas hamburguesas.
—A veces pienso que si hablo de ello, va a desaparecer. Vivir aquí, en este apartamento. Mi propio cuarto. Cenar mientras miramos la tele. Tú y yo.
—Viajero, tú y yo nunca desapareceremos —dijo—. Somos para siempre. Sabes eso, ¿verdad?
—Por supuesto.
—Eres un pésimo mentiroso, hijo.
—¿Cómo sabes que estoy mintiendo?
—Porque haces esta cosa adorable con los ojos. Se abren un poco más de lo normal, y miras hacia la derecha. Ben, es así: cuando Laura se murió tan de repente quedé ante una encrucijada. Siempre habíamos hablado de ser padres sustitutos, así que pensé, bueno, si encuentro al chico indicado, el que realmente me necesite, voy a hacerlo.
Dejó de cocinar y me miró a los ojos:
—Supe que tenías que ser mi hijo.
—Pero ¿cómo lo supiste?
—Magia.
Ya no estaba hablándome a mí. Miraba por encima de mi hombro, a la fotografía sobre la mesa de la cocina. Laura, la compañera de mamá, nos observaba cada noche mientras cenábamos. Su sonrisa era auténtica, no la estaba forzando para la foto. Murió de un tipo de cáncer que corrompe la sangre.
—Te hubiera amado —dijo mamá. Luego reaccionó y volvió a cocinar—. No hay mucho qué comer. Debes estar hambriento. Mejor si vas a comprar algo de comida china.
Ahora era ella la que mentía. Había suficientes hamburguesas, incluso para el perro, pero me daba cuenta de que quería estar sola un rato. No le gustaba estar triste delante de mí.
—¿Mamá? En el supermercado tienen un nuevo queso cheddar que es realmente increíble.
—Es bueno saberlo. Ey, ¿cómo piensas llamar a nuestro nuevo amigo?
—No estoy seguro todavía.
—Lo sabrás cuando lo escuches.
Armé una correa casera con el cinturón de mi bata, pero al final no la necesité. El perrito trotó a mi lado todo el camino hasta el Palacio del Encantamiento y de regreso, y en ningún momento me sacó los ojos de encima. Incluso mientras comía no dejó de observarme. Después de la cena, mientras mirábamos Viaje a las estrellas II: La ira de Khan, siguió igual, todo el tiempo con los ojos sobre mí. Había algo en él que era difícil de describir. Como su perfecta quietud. Su nombre tenía que reflejar eso.
—¿Por qué sonríes? —preguntó mamá.
—No sé —dije, pero sabía. Era todo tan perfecto, simplemente pasando el rato, mamá, el perro y yo. Me sentía tan a salvo.
—Quizás podrías llamarlo Woody.
—¿Woody Coffin, o sea “ataúd de madera”?
—Tienes razón, mejor tachemos ese.
—Coffin es un apellido espinoso.
—Es fantástico. ¿Recuerdas cuando me dijiste que podía seguir siendo un Smith si pensaba que Coffin era demasiado tenebroso?
Había montones de Smith en los hogares juveniles, como muchos Jones y otros tantos Washington.
—Eso fue lo mejor de todo —continué—, el día que compartiste tu apellido conmigo.
—Ese fue un día hermoso. Sí que lo fue.
—Me sentí diferente, como si finalmente estuviera cerca de transformarme en la persona que debía ser, incluso si no supiera exactamente qué persona era esa.
—Me gusta que me cuentes estas cosas. Ah, no sientas vergüenza ahora. Ben, tu amiguito quiere que le prestes atención.
El pequeñín se había deslizado de mi falda hasta la puerta. Apoyó una de sus patas y ladró una sola vez. Lo saqué afuera y orinó contra el cordón. A la hora de dormir se metió dentro de mi pijama, hasta llegar a mi axila. Me desperté para chequear que todo estuviera bien, y su cabeza estaba recostada contra mi pecho. Me estaba observando con esos ojos marrón dorado. Se me ocurrió que no había utilizado el inhalador desde que llegué corriendo a la biblioteca, y sin embargo estaba respirando de lo más bien. Le acaricié el pelaje, una y otra vez, y no quedó nada de pelo entre mis dedos. Mis pulmones no tenían problema con los perros que no pierden mucho pelo.
—Eres maravilloso —le dije. Se arrojó a mi boca y me lamió los labios—. Excepto por el aliento. Guau.
Cuando me desperté la mañana siguiente lo encontré observando el poster de Chewbacca que había clavado contra mi biblioteca. Era tamaño natural: un Wookie de dos metros y trece centímetros mirándote desde arriba. El perrito ladeó la cabeza, como diciéndole: amigo, eres el perro más raro que haya visto en mi vida.
6
EL MICROCHIP
—Sus dientes están en buen estado, lo que significa que fue bien cuidado —dijo el veterinario.
—¿Entonces cómo fue que terminó en la calle? —pregunté.
El veterinario se encogió de hombros.
—Quizás fuera el animal de compañía de alguna persona anciana, que falleció y la familia abandonó al perro en un refugio animal. De ahí en adelante, digamos que es adoptado por alguna familia con buenas intenciones pero sin tiempo para cuidarlo. El perro es abandonando una vez más. O…
—¿O…?
—O quizás solo está perdido. Tiene un microchip incrustado en la piel. Miren.
El doctor pasó un scanner sobre el hombro del perro y un número de teléfono apareció en la pantalla del iPad.
—Esa debe ser la dueña. También hay una dirección de correo electrónico.
—Quizás se escapó, quizás ella lo trataba mal —dije.
—Viajero —dijo mamá—, piensa cómo te sentirías si perdieras a tu perro. Piensa sobre todo en el perro. Está en tu poder reunirlo con la persona que lo cuidó durante todos estos años.
¿Mi poder, eh? No me sentía especialmente poderoso. Tenía ganas de vomitar en toda la veterinaria.
Nos sentamos en el banco justo enfrente del negocio y esperamos a Jeanie, la hermana de mamá. Nos iba a alcanzar hasta el centro comercial de Bay Ridge. En la página web decía que podías llevar a tu perro al interior de la tienda de mascotas, excepto que ya no era realmente mi perro. Saqué mi teléfono, marqué los números y puse el altavoz.
Mamá pasó su brazo por encima de mi hombro.
—Estoy orgullosa de ti —me dijo.
El perro dormía sobre mi regazo. Entonces se escuchó la voz. El número al que usted llama se encuentra fuera de servicio.
Mamá me dio un golpecito con el codo.
—Estamos a mitad de camino. Todavía nos queda el correo electrónico, viajero.
—Mamá…
—Envíalo, y tendremos la conciencia tranquila de que hicimos todo lo que pudimos.
Tipié un mensaje en el que incluí nuestro teléfono de línea. Me obligué a cliquear Enviar cuando llegó la tía Jeanie. Su novio Leo se asomó por la ventanilla.
—¿Primero un chico y ahora un perro, eh Tess? Mejor que lo hagas tú y no yo.
Se rio como si fuera la broma más divertida del mundo. Él y la tía Jeanie se levantaron de sus asientos para ayudar a mamá a sentarse en el coche, porque tenía un poco de artritis.
—Estoy bien —dijo—. Eres un caballero, Leo, pero no soy una inválida… aún.
—Nos vas a sobrevivir a todos, querida —respondió Leo.
—Definitivamente espero que no. Ben, dale un abrazo a tu tía.
Jeanie era amable y todo, pero cuando te abrazaba te mantenía un poquito alejado, como si no quisiera que le arruinaras el maquillaje. Trabajaba como gerente en Macy’s y recibía un importante descuento en el departamento de cosmética. Era más joven que mamá pero se veía más vieja. La piel alrededor de sus ojos estaba arrugada como la tela de una araña, probablemente porque estaba todo el día entrecerrando los ojos y frunciendo el ceño como cuando uno está preocupado. De vez en cuando nos visitaba en el apartamento.
—Cuéntame del colegio, ¿estás haciendo algún deporte? ¿De verdad todos los chicos llevan el pelo tan largo estos días?
