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Ocultarlo no era por cobardía, sino por instinto de supervivencia. A veces el armario era el único lugar seguro. Manu Caviedes es el capitán de los Ojáncanos, un club de fútbol cántabro que sueña con ascender de categoría. Con una madre que apenas está en casa y un padre al que ve tres veces al año, Manu se encarga de cuidar de sus hermanos pequeños, Carla y Mario, y de entrenar en el club de su vida. Óliver Cueto ha dejado atrás su ciudad, su universidad y su equipo. Cuando se une a los Ojáncanos, su intención es pasar desapercibido, evitar (más) problemas y centrarse en el fútbol. Pero Óliver es imbécil, si le preguntas a Manu, y Manu es gilipollas, si le preguntas a Óliver, y… acaban pegándose. Lo que ninguno de los dos sabe es que el castigo que les impone su entrenador los unirá. Y ya no habrá vuelta atrás. Si quieren estar juntos y seguir en el equipo, tendrán que esconder su relación. En el fútbol, salirse de la norma no es una opción.
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Seitenzahl: 602
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Cuando me miras así, n.º 32 - diciembre 2025
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I.S.B.N.: 9791370170387
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Índice
Portadilla
Créditos
Dedicatoria
Cita
Primera parte
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Descanso
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Segunda parte
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Tiempo extra
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Capítulo 53
Capítulo 54
Capítulo 55
Capítulo 56
Capítulo 57
Capítulo 58
Final del partido
Carla
Mario
Agradecimientos
Sobre la autora
Si te ha gustado este libro…
Para papá y mamá, siempre.
Mi corazón late como una bandada de golondrinas.
Yotsuya Ryû
They all say that it gets better
It gets better the more you grow
Yeah, they all say that it gets better
It gets better, but what if I don’t?
teenage dream, Olivia Rodrigo
La tarde en la que todo empezó a cambiar era demasiado calurosa para finales de agosto en el norte, tenía la piel pegajosa por la humedad y los mosquitos me achicharraban con sus picaduras. Faltaban poco más de tres semanas para volver a clase y mis hermanos estaban inquietos, quizá porque cualquier cambio los alteraba y echaban de menos la rutina que les daba el colegio.
Eso o que les apetecía tocarme los huevos.
—¿Qué estáis haciendo? ¡Que voy a llegar tarde el primer día! —grité desde la puerta del piso, con la perra saltando a mi alrededor, impaciente por salir.
Siempre igual, corriendo a todas partes.
—No encontraba los rotuladores de punta fina —me explicó mi hermana Carla al salir de su habitación, colgándose la mochila que llevaba a reventar. Yo no entendía qué necesidad había de cargar con todas sus cosas de acá para allá, pero, si le preguntaba, me soltaría un discurso que nos retrasaría más—. Y Mario está cagando.
—¿Justo ahora que nos tenemos que ir? —Me froté la cabeza con una mano, el pelo corto, casi rapado, que necesitaba un repaso, y me apoyé contra la pared: teníamos para rato.
—La llamada de la naturaleza es caprichosa, Manu. —Carla se encogió de hombros, se apretó la coleta, de un color tan negro como el mío, y se agachó para jugar en el suelo con Elena. La perra, una podenca canela, compartía nombre con mi madre gracias a mis hermanos, que se empeñaron en llamarla así. Al menos la Elena que olía culos por la calle era más responsable que la otra.
Mario, mi hermano pequeño, salió tranquilamente del baño con el pantalón desabrochado, sin camiseta, y la melena suelta y despeinada, un Tarzán en su estado más primitivo. La prisa solo la tenía yo.
—¿Te has lavado las manos? —le pregunté. Asintió con la cabeza y se metió en la habitación, para terminar de vestirse y recoger el bolso con forma de unicornio que, como Carla, cargaba a todas partes—. ¿Has tirado de la cisterna?
Mario corrió disparado pasillo arriba. Segundos después, oímos el agua del váter.
El camino en bicicleta, que de ir solo sería de diez minutos, con mis hermanos y la perra duraba el doble. Se apañaban bien con las bicis y Elena trotaba a mi lado, pero con un crío de seis años y una de siete tampoco se podía ir muy rápido. Me adaptaba a su velocidad y cerraba la marcha para vigilarlos desde atrás.
Llevaba haciendo este camino casi toda mi vida, me lo sabía de memoria. Hasta podría hacerlo con los ojos cerrados: salgo del portal, giro a la izquierda, paso por delante de la casa del Migueluco y del Tonio (el olor de sus animales es una buena guía), sigo por la acera junto a la carretera principal hasta el siguiente cruce, vuelvo a girar a la izquierda, bajo la cuesta… Y así hasta llegar al campo de fútbol, a las afueras de Brena, nuestro pueblo, entre prados con vacas y el mar, a unos veinte kilómetros de la capital. No era un mal sitio para entrenar.
En el aparcamiento, asfaltado hacía menos de un mes aprovechando las vacaciones de verano, había una docena de coches, varias motos y un par de patinetes eléctricos de mis compañeros de equipo. Amarramos las bicis a un banco que había cerca de la puerta y entramos al campo.
Las instalaciones del Club Deportivo Ojáncanos estaban recién renovadas y se notaba que el Ayuntamiento se había dejado sus buenos billetes en él. El nuevo alcalde, tan conservador que daba asco, quería ganarse no solo a los viejos del pueblo, que lo habían coronado unos meses atrás, sino a los pibes que jugábamos al fútbol con edad para votar. Iba listo el pollo ese si creía que me iba a dejar comprar.
—No os mováis de las gradas —les advertí, perra incluida, los tres mirándome como cachorritos con esos ojos iguales a los míos, que Carla insistía en llamar «color avellana» y que no eran más que marrones. La mirada inocente, que podría colar con otras personas, siempre con nuestra madre, yo no me la tragaba: por lo general eran buenos críos, pero eran eso, críos, y a veces la liaban. Sobre todo si estaban aburridos—. Os ponéis a pintar o a cantar o lo que sea, sin bajar de las gradas, ¿vale?
Mario miró a Carla, y cuando ella aceptó con una sonrisa y un movimiento de cabeza, él la imitó.
—¿Nos dejas tu móvil? —me preguntó ella, los ojos otra vez como los del gato de Shrek. Yo no iba a utilizarlo durante la reunión con el míster, y era una buena distracción. Así que me saqué el móvil del bolsillo del chándal y se lo tendí; al ir a cogerlo Carla, lo retiré hacia atrás.
—Nada de buscar movidas raras. Ni de cotillear entre mis cosas.
—Que nooo, Manucín. Te lo prometo —respondió mi hermana con cierta resignación. A su lado, Mario parecía decir lo mismo con la mirada. Y, al final, se lo di.
—Tardaré una hora como mucho —les recordé. Después, empezaron a subir entre las gradas vacías y esperé plantado a la orilla del campo hasta que encontraron hacia la mitad un sitio que les gustaba.
—¡Caviedes! —gritó Nano en cuanto puse un pie dentro del vestuario. Lo siguiente que noté fueron sus brazos apretándome fuerte, como si fuese un oso o quisiese estrujarme hasta sacarme los sesos por las orejas. Hacía solo unos días que habíamos quedado, pero por su recibimiento yo era aquel griego que se tiró diez años viajando por el Mediterráneo para volver a casa. Ya me gustaría.
—Quita, anda —me quejé aguantándome una sonrisa—, que me has visto antes de ayer.
En el equipo era Caviedes, y no Manu, y pronto otros compañeros, esos a los que no veía desde que acabó la temporada, también se acercaron llamándome igual. Si le hubiese contado a mi padre que llevaba nuestro apellido, su apellido, impreso en la camiseta de los Ojáncanos, se habría inflado como un palomo. En el fondo, me gustaba que me conociesen así. Manus hay muchos; Caviedes, no tantos.
Entre palmadas en la espalda, choques de manos y gritos, nos fuimos poniendo al día sobre el verano de cada uno. Nano (defensa) se lo había pasado en la playa, sin dar un palo al agua; Hugo (otro defensa), en Mallorca y Lanzarote, el suertudo; el Toloqui (mediocentro), currando en el bar de su tío; Iván (extremo derecho), cortando y reconciliándose con la novia; y Cobo (portero), de fiesta de pueblo en fiesta de pueblo. La mayoría de mis compañeros o habían estado de viaje o se habían liado con un montón de pibas (si no estaban siendo unos fantasmas, que era muy posible); yo (extremo izquierdo), ni lo uno ni lo otro.
—Por las mañanas entrenaba a los críos del campus, y por las tardes me quedaba con mis hermanos —les conté. Podría haberlo adornado, porque no había estado tan mal como sonaba, pero de eso me di cuenta cuando ya había cerrado la boca.
—¿Y por las noches? —Hugo me dio un codazo y todos nos reímos. «Por las noches dormía», me daban ganas de contestar, aunque sabía que esa no era la respuesta que querían. Tenía fama de ligón porque alguna vez me habían visto enrollarme con alguna pava y, en realidad, solía ser discreto y pocas veces abría el pico para hablar de con quién me liaba. Aun así, mis compañeros habían interpretado esa reserva como humildad y creían que triunfaba mogollón. Para Hugo, el Toloqui y los demás, mis ocho semanas de verano habían sido un no parar de follar. Y además con pavas.
Tampoco se lo iba a aclarar.
—Un señor no habla de lo que hace en la intimidad —bromeé, y me rieron la gracia antes de volver a insistir. La aparición de Alfonso, nuestro entrenador, me salvó de tener que inflar mi número de ligues veraniegos para salir del paso.
El tipo, de unos cincuenta años y una barriga que se alejaba mucho de los sermones que nos metía sobre cuidar nuestros cuerpos, entró al vestuario sobándose la calva y ajustándose después la gorra verde. Yo estaba tan concentrado en sus movimientos bruscos y torpes que de primeras no me di cuenta del pibe que lo seguía.
Un pibe que ya conocía.
Empezaron a sudarme las manos, un hormigueo me recorrió la columna vertebral y me entró un puteo tremendo.
¿Qué hacía él en mis vestuarios?
El flequillo cobre, que llevaba abierto hacia los lados, le caía por los ojos claros y, según avanzaba hacia nosotros, la luz que entraba por los ventanucos lo hacía parecer pelirrojo. Llevaba una camiseta de un verde parecido al de la equipación que no le sentaba del todo mal, ya me jodía, y se ajustaba a sus brazos bien formados. No era un cachas de gimnasio hinchado como un globo, sino fibroso. De espalda ancha y cintura estrecha, cuerpo más de nadador que de futbolista, podría partir nueces con aquellas escápulas. Y después hacerme una llave y ahogarme con los muslos.
Yo era más alto que él, me mantenía en forma, y me sentí pequeño.
Cuando nuestras miradas se encontraron, él se apartó el pelo hacia atrás con una mano, y yo desvié la vista a Alfonso.
—Señoritas —nos llamó el entrenador, algunos se rieron, y dio varias palmadas para captar la atención de los despistados que seguían hablando a voces. En vez de pibes de veinte años, parecíamos niños en un cumpleaños hasta arribísima de azúcar—. ¡Señoritas! —repitió más alto, perdida la paciencia, y al fin el vestuario quedó en silencio.
Un par de pasos por detrás, el pavo nos escrutaba a todos, tratando de adivinar de qué palo íbamos, si seríamos amigos o enemigos. Porque su presencia allí estaba clara: se unía al equipo.
Iba a ser un Ojáncano más.
Me crucé de brazos, las manos bajo los sobacos, y me cagué en mi puta calavera.
—No me voy a entretener mucho con el discurso de bienvenida —continuó Alfonso—. Habéis tenido dos meses para desconectar y descansar, ahora toca tomarse las cosas en serio. La temporada pasada nos quedamos a las puertas del ascenso y, aunque no pudo ser, nos tiene que servir de acicate para lograrlo esta.
Alguno, creo que Cobo, soltó un aullido que imitaron varios más, y enseguida volvió el barullo a los vestuarios. Yo aplaudí varias veces por inercia, más pendiente del nuevo que otra cosa, hasta que el míster nos volvió a mandar callar.
—Entrenaremos lunes, miércoles y viernes de siete a nueve, y salvo que se muera vuestra madre, os quiero aquí a todos, todos los días; no hay excusas.
El entrenador miró al equipo al completo, uno a uno, amenazante, y cuando se dio por satisfecho se giró hacia el pibe, que había permanecido a su lado tieso como un espantapájaros. Con un brazo por encima de sus hombros, lo hizo colocarse a la par.
—Este es Óliver Cueto, creo que ya lo conocéis, ha jugado toda su vida en el Nansa, y va a ser nuestro nuevo delantero.
Al instante volvieron los gritos y los aplausos, lo de montar jaleo gustaba mucho, y Óliver levantó la mano para saludarnos a todos, pero no me miró. Cuando Alfonso consiguió hacerse oír, siguió hablando un rato más de las expectativas para la nueva temporada y algún que otro cambio que quería introducir, nos pidió que pasásemos por el despacho de Juanín para entregarnos las equipaciones y nos recordó que el primer entrenamiento oficial sería el miércoles, en dos días.
Terminada la reunión, algunos de mis compañeros se abalanzaron sobre Óliver para darle la bienvenida, otros se fueron a por la equipación, y yo me quedé apartado esperando a que los vestuarios se despejasen. Solo cuando quedábamos un puñado de jugadores, Nano entre ellos, que me esperaba para salir, me decidí a acercarme a Óliver, con el brazo estirado hacia él.
—Soy Manu, el capitán —me presenté de manera oficial—. Aquí todos me llaman Caviedes.
El pavo se quedó trabado. «Ya sé cómo te llaman, imbécil», me decía su mirada. Nos conocíamos desde hacía años, coincidíamos en los partidos, aunque nunca habíamos hablado. Y era verlo y hervirme la sangre. Al reaccionar, un brillo de cachondeo le cubrió los ojos.
—Encantado, Manu Caviedes. Capitán. —Su voz era clara y potente, con aquel tono cantarín que nos salía a los de Cantabria, y las vocales muy cerradas, del interior de la provincia. Entonces me cogió la mano y me la estrechó. La suya estaba fría, tenía los dedos largos y las uñas cuidadas. También era suave.
Me la pelaba.
—Con el Caviedes está bien —casi le advertí, sin soltarlo todavía. Tenía pinta de ser uno de esos pollos que van de graciosos para ganarse a todo dios… a costa de reírse de otros. En el equipo ya teníamos a varios así y no necesitábamos más.
Asintió con la cabeza, varios mechones le cayeron sobre los ojos y se los apartó con otro movimiento.
—Óliver. —Y volvió a apretarme la mano.
—Bienvenido al equipo.
Luego lo solté, porque empezaba a ser raro e incómodo, los que quedaban en el vestuario se acercaron para saludarlo, y aproveché para largarme de allí en busca de mis hermanos.
Los días de entrenamiento, como llegábamos tarde a casa, tocaban cenas rápidas: una tortilla francesa, un sándwich, algo fácil de preparar, y los viernes, siempre pizza. Esa noche, empanadillas que sobraron del mediodía y que frías estaban mejor que recién hechas. Cinco minutos después de entrar, Carla, Mario y yo estábamos sentados a la mesa de nuestra pequeña cocina.
Todavía hacía algo de calor y teníamos las ventanas abiertas, por donde se colaba la luz anaranjada del atardecer. También la voz de Elvira, la vecina de arriba; la tele del Migueluco y del Tonio, que ponían el volumen para todo el barrio; y el cricrí de los grillos.
—Mario, que no —le dije cuando le dio por tercera vez un trozo de empanadilla a la perra.
—¡No está haciendo nada! —lo defendió rápido Carla, sentada sobre su propio pie, junto a él.
—Pero si lo estoy viendo, troleros…
Mario negó con la cabeza, con todo su morro, aunque yo llevase un rato sentado frente a él viéndolo bajar el brazo de manera disimulada y a Elena sin moverse de su lado. Intenté que no se me notase, pero me hacía gracia que los dos insistiesen con la mentira cuando estaba claro que lo había pillado.
—Para empezar —continué—, se puede poner mala de la tripa. Y, además, ¿no ves que te vas a quedar sin nada y ella ya ha cenado?
Mi hermano se encogió de hombros, poco convencido por mi razonamiento. Yo sabía que las empanadillas no le gustaban demasiado y que consideraba una injusticia que Elena no comiese lo mismo que nosotros. Un día quiso solidarizarse con ella y trató de merendar su pienso: fue metérselo en la boca y escupirlo al momento; desde entonces, le daba toda la comida que lograba escabullir.
—¿A qué hora viene hoy mami? —preguntó Carla, que masticaba la cena con ganas y ponía ese morrito tan gracioso que solo le salía al comer cosas que le gustaban mucho.
—No hablef con la foca llena, anda —le dije, lo que los hizo reír a los dos, y le tiré a Carla una bola de miga de pan que le dio de lleno en la frente—. Tenía guardia hasta las diez y luego no sé si habrá quedado con Tomás. Pero en cuanto llegue, va a daros un beso.
Carla asintió con la cabeza, satisfecha; Mario movía la empanadilla por el plato como si fuese un coche de carreras. Me conocía el truco: mareaba la comida que no le gustaba hasta que no había quien la tragase o se hacía tarde y yo me daba por vencido. Estaba a punto de advertirle que esta vez no me la iba a colar cuando me sonó el móvil.
—Es papá. —Y descolgué—. Hola.
—Figura, contigo quería yo hablar —me saludó. Su voz sonaba lejana y algo entrecortada; siempre usaba el manos libres.
—¿Qué pasa? —Me removí en la silla y empecé a amasar entre los dedos un nuevo trozo de miga. Mis hermanos me miraban, atentos a la conversación.
Hablábamos con papá de vez en cuando y nos prometía venir a vernos «pronto»; casi nunca lo cumplía. Aparecía cada cuatro o cinco meses cargado de regalos y buenas intenciones, sobre todo cuando le salía algún bolo cerca y la vergüenza lo obligaba a pasarse por aquí, y volvía a desaparecer. Mis padres se habían separado al poco de nacer Mario, yo tenía trece años, y él se mudó a Madrid. Solía retrasarse en el pago de la pensión alimenticia y, aunque mi madre amenazaba con denunciarlo, nunca lo cumplía y yo no creía que lo hiciera jamás.
—He conocido a la mujer de mi vida, Manu.
Pensaba que eso de «el amor de mi vida» solo se decía en las pelis, y ahora iba mi padre y me lo soltaba sin anestesia. Aplasté una de las bolitas de pan con el índice y seguí con la siguiente.
—¿Otra? A ver si repartes.
Su risa me llegó amortiguada. Yo ni siquiera sonreí.
—Se llama Sonia y también es música, ¡toca el clarinete! —empezó a contarme, se le notaba el entusiasmo en la voz—. Coincidimos el mes pasado en un bolo y nos hemos estado viendo desde entonces.
Me cambié el móvil de oreja y escuché en silencio mientras Carla recogía su plato, vacío, y el de Mario, con la empanadilla que no quería, y los llevaba al fregadero. Me levanté yo también para sacar de la nevera dos yogures, que ellos cogieron de la que se iban un rato al sofá antes de tener que acostarse. La conversación con papá ya no les interesaba. Y a mí… pues tampoco. Seguía contándome cosas sobre la pava esa como si fuese la futura madre de sus hijos: me hablaba del destino y de nuevas oportunidades, y de que, por fin, las cosas le estuviesen saliendo bien. No dije nada.
Nos despedimos y les tocó el turno a mis hermanos: la conversación con Mario duró unos segundos, a mi hermano no le apetecía hablar; en cambio, Carla se tiró un buen rato explicándole punto por punto lo que había hecho los días anteriores. Cuando colgó, yo ya había terminado de recoger la mesa, ellos se habían comido el yogur, y empezó el drama de todas las noches: intentar rascar más tiempo para no ir a dormir. Durante las vacaciones y los findes, me hacía el despistado y les dejaba acostarse más tarde; los días de cole trataba de que se fuesen a la cama pronto y a la misma hora, también las veces en las que quería quedarme solo, como esa noche. Mis hermanos estaban bastante bien, pero eran agotadores.
No siempre habíamos sido solo ellos, mi madre y yo. También estuvo güelita, la madre de papá, hasta que él se marchó y empezamos a verla menos y poco después murió. De güelito no me acordaba, yo tenía cuatro años cuando cascó; a los padres de mamá no los había conocido, y no tenían hermanos. Éramos una familia de cuatro. Cinco, perdón, con la perra. Seis, si me sentía generoso y contaba a mi padre.
Conseguí que Mario y Carla se lavasen los dientes, se pusiesen el pijama y se metieran en la cama, tras varios discursos de Carla sobre los derechos de los niños a ver dibujos cuando les diese la gana y ser felices siempre. Sus argumentos todavía eran flojos, qué le íbamos a pedir a una cría de siete años, pero se le daba bien engatusar; con tiempo y práctica, sería la hostia.
—Ahora a dormir, ¿vale?
—Es que me duele la barriga —mintió. Se lo notaba de lejos: abría más los ojos, hablaba más deprisa y la voz le salía más aguda.
—Duérmete, que se te pasa.
Contra aquella verdad universal, mi hermana no tenía nada con lo que contratacar; soltó un «bueno» a regañadientes y la tapé con la colcha.
—No cierres la puerta. ¡Ni apagues la luz del pasillo!
Todas las noches me pedía lo mismo: puerta abierta, luz encendida; todas. Formaba parte de la rutina nocturna, junto al repaso a los planes para el día siguiente y el beso de buenas noches.
Luego le llegó el turno a Mario.
A diferencia de Carla, que tenía una habitación para ella sola, Mario y yo compartíamos un cuarto con dos camas de noventa, un armario y una cómoda. En el cabecero y la pared junto a su cama, mi hermano había pegado dibujos, cromos de Pokémon y fotos de Elena; en la mía, yo tenía pósteres viejos de jugadores de fútbol que me daba pereza quitar. Unos Antoine Griezmann, Kun Agüero y Lucas Hernández más jóvenes y descoloridos nos observaban desde las alturas.
—Que duermas bien, Pikachu —le deseé, antes de hacerle una pedorreta contra la cara y darle un beso en el mismo sitio. La risa de Mario era sincera y cantarina, incluso algo escandalosa, y contrastaba con su voz dulce, tranquila y baja.
—Que duermas bien, Pikachu —me imitó y se rio de nuevo. Luego me rodeó el cuello con los brazos y me devolvió la pedorreta. Al tratar de incorporarme, no me soltó, y de haber terminado de ponerme en pie, se habría quedado colgado de mí como un perezoso. En cuanto hice el amago de hacerle cosquillas, se desenganchó entre más risas y se colocó para dormir. No solía tardar mucho, en cuanto acomodaba la cabeza sobre la almohada, se quedaba sopa. Yo solía dar muchas vueltas, a veces tardaba horas.
Cuando volví de cepillarme los dientes, Mario ya estaba roque. Apagué la luz de su mesilla, enchufé el aparato antimosquitos y abrí la ventana que teníamos entre las dos camas. Salí con la agilidad que me daban los años de experiencia y apoyé los pies con cuidado sobre la superficie de uralita. La tejavana del Migueluco y el Tonio, donde guardaban la comida de los animales, quedaba justo debajo y su techo se convertía en un lugar muy guapo para estar solo. Mi madre se lo tenía prohibido a mis hermanos, así que era todo mío. Dos metros cuadrados de uralita y hierbajos con vistas a la costa. No estaba mal.
Me saqué del bolsillo del chándal una pelota amarilla mordisqueada por Elena y empecé a lanzarla hacia arriba y cogerla con una mano. Con el sol ya escondido hacía rato, la temperatura había descendido unos grados, pero no los suficientes como para hacer frío; en manga corta se estaba bien, apenas soplaba aire y, poco a poco, los sonidos a mi alrededor fueron apagándose: las voces de los vecinos, la tele del Tonio y del Migueluco, los coches. El silencio me rodeaba.
Saqué el móvil, cansado de la pelota. Una foto de Carla, Mario y Elena me saludó al desbloquear la pantalla, ignoré varias notificaciones de WhatsApp e Instagram y aproveché para abrir Grindr.
Entraba casi todas las noches, solo para mirar. Me gustaba saber que tenía esa posibilidad, aunque de momento no fuese a quedar con ninguno de aquellos pibes; todavía me duraba el susto de la última vez: en un bareto cutre en el que quedé con Kikillo23 también estaba un jugador del Peña Cabarga al que conocía de vista, y pasaba de que le fuese con la historia a nadie. Habría llegado antes la noticia a los Ojáncanos que yo a casa. Tenía configurada la aplicación para que me mostrase a los pavos ubicados a más de veinticinco kilómetros, los de Santander, y había subido una foto en la que nadie me pudiese reconocer. Durante un rato, vi decenas de perfiles de pavos de mi edad que no tenían miedo a dar la cara.
No quería que el equipo se enterase ni tener que salir del armario. ¿Quién me había metido en él? No sabía cuándo había dejado de ser Manu y me había convertido en el Manu maricón que necesitaba esconder una parte tocha de él para camuflarse con el entorno de mierda.
Varias de las caras me sonaban de otras veces, uno con el que me había liado seguía ahí, buscando, como yo. Quizá quería algo serio, un cuento de hadas, alguien que supiera todos sus marrones y no les tuviera miedo, que lo quisiesen no a pesar de ellos, sino también por ellos. Con el tiempo había aprendido que, si ese alguien era un pibe, era incompatible con el fútbol. Todo lo que se saliese de la norma era incompatible con el fútbol.
Oí un ruido a mi espalda, cerré rápido la aplicación y me guardé el móvil.
Un segundo después, mi madre apareció en el vano de la ventana. Siempre sabía dónde encontrarme. Varios mechones castaños se le escapaban de la coleta y todavía llevaba el uniforme del trabajo. Me eché a un lado y se sentó a mi derecha.
—¿Hace mucho que se han dormido? —me preguntó pasándome un brazo por los hombros, luego me dio un beso en la cara. Volví a sacar la pelota y la moví entre los dedos, clavando la uña del pulgar en su superficie blanda y estropeada.
—Media hora, más o menos. ¿No te quedas donde Tomás?
—Le he dicho que mejor mañana, el turno de hoy ha sido una locura. Solo quiero ver la tele y dormir un día entero.
Mi madre trabajaba de auxiliar de enfermería en las Urgencias de Valdecilla, el hospital principal de Cantabria. Solía pedirse los turnos más largos, a veces de noche o en fines de semana, porque eran los mejor pagados. Eso suponía pasar muchas horas fuera de casa, otras tantas durmiendo. Su tiempo libre lo dividía entre descansar, Tomás (su novio) y nosotros. Por ese orden.
Recogí las rodillas y apoyé los antebrazos sobre ellas. A pesar de la oscuridad, podía intuir los prados que llegaban hasta la costa y el mar. Saber que el agua siempre estaba ahí, a menos de dos kilómetros, me relajaba.
—¿Cuándo vuelves a entrar?
—¿Hoy es… —mi madre se tomó un instante para pensar— lunes, verdad? —Asentí con un murmullo y continuó—: El jueves. Hago jueves, viernes y sábado de tarde.
—Finde de rave en el hospital —bromeé y volví a dar vueltas a la pelota. Al desviar la vista hacia mi madre, me la encontré mirándome; a pesar del pelo sucio y la cara cansada, era guapa, de ojos claros y rasgos angulosos. Me tuvo con un par de años más que yo ahora, así que muchas veces la gente creía que éramos hermanos, y no madre e hijo. A veces, también lo pensaba yo.
—Te lo compenso el próximo, chiqui. Me encargaré de tus hermanos los tres días. —Estiró el brazo y buscó mi mano para estrechármela y sellar ese trato del que solo parecía convencida ella. Con el tiempo yo había aprendido a no hacer planes, amoldarme a los cambios y rutinas de mi madre y, sobre todo, creerme la mitad de lo que me prometía.
El Migueluco y el Tonio vivían al lado de nuestro edificio, eran primos, tenían más años que un bosque y se mantenían mejor que yo. Al morir los padres del Migueluco, el Tonio vino a echarle una mano con los animales, y al final se quedó. Compartían una casa viejísima, con una finca en la que cuidaban de dos caballos, el Marqués y el Calisto; una burra, Lupita; un mastín, Atila; varias gallinas y ovejas (a las que no habían puesto nombre) y un huerto capaz de alimentar a una familia de diez.
A falta de abuelos, los teníamos a ellos.
Cuando se le cayó el primer diente a Mario, se las ingeniaron para, en un ladrillo salido de su tejavana, hacerle una minicasa al ratoncito Pérez: había una cama, una mesa y una silla minúsculas, incluso una alfombra y un cuadro. Cuando él y Carla lo vieron, casi se caen de culo. Se pasaron una semana vigilando el escondrijo, pero el Tonio los convenció de que, al ser un ratón mágico, sabía que lo estaban observando y no iba a aparecer. Con el tiempo, el Migueluco y el Tonio desmontaron el chiringuito y les dijeron que el animal se había mudado. Si no, mis hermanos seguirían allí plantados.
—¡Niñuco! ¿Por fin te han llamado para hacer la mili? —me preguntó el Tonio mientras yo cerraba la portilla de su finca y Mario, Carla y Elena echaban a correr hacia ellos. Todos los meses igual: cada vez que me arreglaba el pelo, que consistía en pasarme la maquinilla hasta dejármelo casi rapado, o el Tonio o el Migueluco me soltaban la misma broma. Cada vez—. Mira que, si sigue subiendo la derecha, no me extrañaría que volviesen a ponerla…
—¡Ni lo mientes! ¡Ni lo mientes! Serás pájaro de mal agüero… —se quejó el Migueluco, que cambiaba el agua al zorzal que habían rescatado unos días antes. Me acerqué hasta la jaula y con un solo vistazo comprobé que tenía mucho mejor aspecto: lucía más lustroso y ya no atontado como cuando lo encontraron—. Igual pa mañana por la tarde o pasao ya podemos soltarlo. Depende del tiempo que haga.
—Esperaos al jueves, que mañana entreno y no estaremos. —A mis hermanos y a mí nos gustaba verlo: Mario y Carla se turnaban para abrir la jaula, a veces me dejaban a mí. Los cinco bajábamos a la costa con los perros y soltábamos al pájaro en un prado del Migueluco y el Tonio donde solían pastar los caballos y la burra.
—Pa mañana dan sol y ya pa’l jueves creo que se tuerce la cosa.
—Déjanos a tus hermanos y que se vengan con nosotros —propuso el Tonio, sentado en el banco de madera que había en el porche de la casa.
—Es igual, si eso ya soltamos al próximo que rescatéis —respondí, y no insistieron. Durante la temporada de fútbol, al menos una vez por semana se ofrecían para quedarse con Carla y Mario, y siempre les respondía lo mismo: «Gracias, pero eso es cosa mía». O de mi madre, lo que me llevaba a lo mismo. Había aprendido hacía tiempo que la gente, cuando menos te lo esperabas, se piraba y te dejaba con el culo al aire. Que cuanta menos gente tuvieses cerca, menos te podían defraudar. Dejar que el Tonio y el Migueluco cuidasen de mis hermanos sería meterlos de cabeza en un círculo que no quería ampliar.
—Empezaste ayer, ¿no? —preguntó el Tonio.
—Sí, bueno, era solo la primera reunión. Empezar empezar, mañana.
—¿Y?
—Dio tiempo a poco, pero no pinta mal —respondí sin entrar en detalles. La temporada pasada nos había ido muy bien y el equipo era prácticamente el mismo, este nos podría ir incluso mejor. Tenía bastante fe en mis compañeros y en mí mismo.
—¿Os han cambiado de entrenador? —El Tonio sonó esperanzado, no era demasiado fan de Alfonso ni de su familia, conocida en el pueblo por querer mangonearlo todo y vivir cuatro décadas atrás. A veces yo trataba de defender al míster, como si fuese mi deber de capitán, pero estaba de acuerdo con él: era un imbécil. El Tonio y el Migueluco habían ido a todos los partidos que habíamos jugado en casa desde que, con seis años, mi padre me apuntó a los Ojáncanos. Habían conocido a cada uno de mis entrenadores y compañeros y sabían todo lo que se cocía en los vestuarios.
—Es amigo del presi, no vas a echarle, Tonio, vete asumiéndolo.
Resopló ante mis palabras y me senté a su lado en el banco.
—¿Y Cobo? ¿Se fue? —De pie frente a la jaula, de brazos cruzados, el Migueluco nos observaba.
—Qué va, se ha ido San Emeterio. Ayer ya estaba su sustituto —les conté como si nada, echándome hacia delante en el asiento hasta apoyar los brazos sobre los muslos.
—¿Y es del pueblo?
—No, es un payaso que jugaba en el Nansa, así que será de esa zona.
—Te ha causado buena impresión, ¿eh?
El Tonio intercambió una mirada con el Migueluco y sonrió. Volví a revolverme, me puse de pie para colocarme los pantalones cortos y regresé a mi sitio.
—Lo conozco hace una pila de años y es un niñato que se cree mejor que los demás. —Era pensar en Óliver o hablar de él y me volvía a hormiguear el cuerpo—. Y van y lo fichan.
—Igual es buen delantero —dijo el Tonio, y lo fulminé con la vista. ¿De parte de quién estaba? Él volvió a sonreír y levantó las manos, las piernas larguiruchas cruzadas una por encima de la otra y la espalda contra la fachada de la casa.
—Yo voy a pasar de él a lo grande —afirmé rotundo, dispuesto a aparentar que la presencia de Óliver en el equipo me la pelaba hasta que me la pelase de verdad.
—San Emeterio dejó el listón alto, a ver qué tal lo hace —apuntó el Migueluco, y le dimos la razón. Una cosa era jugar toda la vida en el mismo equipo, donde conoces el campo y a tus compañeros como la palma de tu mano, donde te sientes cómodo y confiado, y otra aterrizar en un sitio distinto. Igual se le bajaban rápido los humos.
Habría que ver cómo se desenvolvía el gran Óliver Cueto lejos de casa.
Con el paso de los años, los entrenamientos se habían convertido en mis momentos favoritos de la semana. Incluso con mis hermanos en las gradas, conseguía distraerme un rato. Lo único importante era hacer caso a las instrucciones de Alfonso, estar atento a mis compañeros, recibir el balón, esquivarlos y correr.
Entrenar era mi vía de escape hasta que llegó Óliver.
No es como si en los dos días que habían pasado se me hubiese olvidado su incorporación al equipo, pero mantenía la esperanza de que Alfonso nos anunciase que Óliver había decidido no seguir con nosotros (oh, qué pena). Me agarré a esa posibilidad durante los quince minutos en bici, de casa al campo, mientras Elena trotaba cerca, Carla no dejaba de parlotear sobre lo que haría si fuese un perro y Mario se detenía cada dos por tres para coger flores del borde del camino; formaba un ramo que llevaba apretado y algo aplastado con la mano izquierda sobre el manillar de la bicicleta. Cada vez que se detenía (margaritas, tréboles rojos, churracamas, zanahorias silvestres y, al aproximarnos al campo, clavelinas de mar), yo también lo hacía y, de rebote, Carla, que me miraba algo enfadada porque no la estaba escuchando en condiciones, y volvía a contarme toda la película desde el principio.
Al llegar y dejar a mis hermanos sentados en las gradas, la realidad me recordó lo evidente: Óliver seguía en el equipo. Es más, ya vestía la equipación y charlaba con Nano, que terminaba de cambiarse de ropa. Mi mejor amigo soltó una carcajada, cabeza hacia atrás, ojos cerrados, y me arrepentí de no haber llegado antes para adivinar qué era aquello tan gracioso que, al parecer, había dicho Óliver. Dudaba de que el pibe pudiese ser divertido, así que más bien sería esa manía de Nano de ser amistoso con todo cristo, sobre todo cuando eras nuevo y no conocías a nadie.
—¡Hablando del rey de Roma! —me saludó Nano, e intercambió una sonrisa con Óliver que no me gustó nada. Me fastidiaba que compartiesen algo de lo que yo no formaba parte.
—Capitán —me saludó el otro con un hombro contra la pared. No sabía si lo hacía adrede, pero estaba apoyado en mi sitio. Ignoré su estúpida sonrisa amable y tiré la mochila sobre el banco de madera. Alcé las cejas hacia Nano.
—¿Qué decíais de mí?
—Le estaba contando lo del sábado con las tías esas del bar.
Flaman.
Dos pibas nos habían entrado a saco cuando yo ya llevaba encima varias copas y muy pocas ganas de fingir que me gustaban. Podría haberlo dicho: «Eh, yo paso de esto», y buscar a otra pava que me llamase más, pero andaba tan paranoico que no me permitía rechazar a ninguna. Aguanté los morreos unos minutos, mientras, a tres metros, Nano hacía lo mismo con la otra. A él le apetecía mucho más que a mí; yo enseguida me agobié: el picor en la piel empezó a convertirse en unas ganas locas de arrancármela como si fuese una camiseta pegada por el sudor.
Quizá no debería haber apartado a la rubia de aquellas maneras, limpiándome la boca con el brazo y ninguna mentira elaborada para defenderme. No fue mi mejor momento. La pava se mosqueó, interrumpió a su amiga y a Nano, y, según mi mejor amigo, nos jodí la noche a todos.
Aunque, por cómo se reía al recordarlo, no fue para tanto.
—¿Y qué le puede importar a este?
—Me llamo Óliver.
—Ya sé cómo te llamas —respondí, girándome hacia él como un resorte. Nano se rio otra vez y me pasó un brazo por encima de los hombros, colgándose de mí.
—Caviedes, hijo, a veces eres un borde…
—¿Solo a veces? —dijo Óliver comenzando a caminar, todavía mirándome; luego se dio la vuelta. Me quedé unos segundos con la vista clavada en su espalda, y me volví hacia mi mochila para terminar de cambiarme a toda prisa. Nano volvió a reírse («Eres más seco que un bocadillo de polvorones»), me agarró la cabeza con las dos manos, me dio un beso en la coronilla y salió corriendo detrás de Óliver hacia el césped.
Alfonso hizo sonar el silbato y, desde la línea de meta, todos echamos a correr hacia el otro extremo del campo. La temperatura era agradable; la humedad, pegajosa, y el aire que se había levantado en la última media hora arrastraba hasta nosotros el olor a salitre.
Me lo tomé con tranquilidad. Avanzaba junto a los demás, e incluso me reí con Nano, que empezó a fingir galopar en un caballo y el entrenador le pegó un grito para que se dejase de tonterías. Llegué al otro lado junto a mis compañeros, ninguno con demasiadas ganas de empezar el entrenamiento corriendo de portería a portería sin una pelota a la que chutar. Pero cuando me giré para volver, mi mirada se encontró con la de Óliver, a unos seis o siete compañeros de distancia, y salió corriendo todo lo que daba de sí. Reaccioné rápido y lo seguí, acelerando al máximo para alcanzarlo. Me llevaba varios metros de ventaja, así que llegó antes hasta donde nos esperaba Alfonso y este lo felicitó con una palmada en la espalda.
No era una competición, me daban ganas de recordarle. Entonces el míster nos indicó que nos volviésemos a preparar para salir, y yo también me lo tomé en serio. Aunque no miré a Óliver, estaba casi seguro de que estaba pendiente de mí tanto como yo lo estaba de él.
El silbato sonó y eché a correr. A varios metros de distancia, Óliver corría en paralelo a mí. «¡El que quede el último, gay!», gritó Hugo. ¿Cuántos años tenían? «¡Vamos, maricas!», añadió, y todos aceleraron el paso. Pisé la línea el primero y di media vuelta sin importarme dónde estaban los demás, por el rabillo del ojo solo vigilaba los pasos de Óliver, a quien tan solo sacaba unos pocos centímetros de ventaja.
Lo gané, la segunda carrera fue para mí. Con las manos en la cintura, recuperando la respiración, esperé orgulloso a que llegara el resto. Óliver se apartó el pelo hacia atrás, la vista clavada en mí, y saboreé el triunfo de la carrera como si acabase de levantar la Copa del Mundial.
Para cuando Alfonso nos hizo formar dos equipos, Óliver me había ganado la tercera, la cuarta y la quinta carrera. Evitaba mirarlo. Con más de una docena de pibes a mi alrededor y un entrenador al que le gustaba hacer sonar el silbato a la menor oportunidad, era fácil ignorarlo; solo tenía que concentrarme en las instrucciones del míster, en las paridas que soltaban Nano, Hugo y el Toloqui o en los ejercicios que, según avanzaba la tarde, se iban complicando.
Terminar la sesión con un partidillo era mi parte preferida del entrenamiento. Dependiendo del buen humor de Alfonso, a veces el partido me recordaba a las tardes que pasaba de crío en la pista junto al colegio, donde nos reuníamos todos los del barrio y volvíamos a casa ya para cenar, hambrientos y sudados. Otras, si Alfonso tenía ganas de putearnos, la lluvia golpeaba con fuerza y los tacos de las botas se clavaban en el terreno embarrado, podía convertirse en el peor rato de la semana.
—Cobo, Pérez, Hugo, David Lastra, Luisfer, Cagigas, Marco, Juanlu, Charly, con Caviedes. Óliver, tú también —gritó el entrenador a la vez que señalaba uno por uno a los compañeros que había asignado a mi equipo.
No mostré lo que me parecía que al nuevo lo hubiese puesto en mi grupo y pegué una carrera para encontrarme con ellos. Cargaba con los chalecos azules que nos habían tocado para diferenciarnos del resto y fui lanzándoselos a los demás, que cogieron sin problemas. El de Óliver cayó al suelo medio metro por delante de él. Pillé su sonrisa al agacharse a recogerlo. ¿Tenía que sonreír por todo o qué? ¿Nada lo molestaba? ¿Nada?
Durante los primeros minutos, en los que todos corríamos intentando situarnos después de un verano sin jugar juntos, me olvidé de Óliver, aunque, por cercanía, fuese con quien más tuviese que interactuar. Les pasaba la pelota a mis otros compañeros, lo que suponía escuchar los gritos de Alfonso preguntándome qué coño estaba haciendo, y entonces yo lo miraba y me encogía de hombros y trataba de tirar a portería a pesar de que no fuese mi cometido porque para eso estaban Óliver y Laro.
Cuando llevábamos una media hora de partido e íbamos empate a tres, vi que la sonrisa eterna y tonta de Óliver desaparecía y se convertía en una mirada afilada y una tensión que antes no estaba. Desde una posición perfecta, donde tendría el gol casi asegurado, Óliver me pidió el balón que yo tenía que pasarle; en vez de eso, intenté dársela a Hugo en una jugada imposible y, por supuesto, la pelota se perdió entre los demás y nos la robaron.
—¿Pero qué haces? —me soltó Óliver, que venía hacia mí de mala hostia—. ¿No has visto que estaba justo delante de la portería?
—No me vengas a llorar, ya la meterás en otro momento. —Me encogí de hombros, con las manos en la cintura, y desvié la vista al resto de mis compañeros: el partido continuaba aunque nosotros estuviésemos apartados en el extremo izquierdo, mi posición.
—Somos del mismo equipo, ¿eh? No sé si te has dado cuenta.
—¡Que no me llores!
Óliver se apartó el pelo hacia atrás, destellos cobrizos humedecidos por el sudor, y se giró murmurando un «gilipollas» que solo oí yo. Ya se había asegurado él de eso.
—¿Qué me has llamado?
—Déjame en paz, anda.
—No, vienes y me lo dices a la cara.
Parado ya en su posición, a varios metros de mí, pude comprobar por primera vez en los ojos de Óliver que no era el pavo complaciente, todo sonrisas, que trataba de vender a los demás. Aquella mirada era el relámpago que iniciaba la tormenta, el primer pinchazo en la sien de un dolor de cabeza, el chasquido del petardo antes de explotar. Más que achantarme, su gesto me gustó: confirmaba que tenía sangre en las venas y no era una marioneta de cartón.
—Que eres un gilipollas —disparó el insulto por segunda vez y se giró, casi de espaldas a mí. No le di tiempo a más: en varias zancadas me acerqué y lo empujé con las dos manos gracias al impulso de mi desplazamiento. Si lo pillé desprevenido, apenas lo demostró; trastabilló, enseguida se recompuso y vino hacia mí. Me devolvió el empujón con una fuerza que no me esperaba y que me enrabietó aún más. No me tiró al suelo de chiripa. Volví a por él, Óliver ya me esperaba con los brazos extendidos para forcejear.
Me gustaba creer que era un pibe hecho en la calle, de esos que intimidan con su presencia, pero nunca me había peleado con nadie, más allá de empujones y alguna patada con jugadores de otros equipos en partidos que se habían desmadrado, y de dar puñetazos solo sabía lo que había visto en las pelis.
Tampoco nos dio tiempo a mucho más. Oí el silbato de Alfonso sonar descontrolado y volví allí, con las voces de mis compañeros; los ladridos de Elena desde las gradas, nerviosa por el follón; mis hermanos, allá arriba, observándome; y Nano estirando un brazo hacia cada uno para mantenernos alejados. Óliver no parecía tener intención de atacarme; yo, en cambio, podría saltar al menor soplido solo por quitarme de encima la sensación que me cosquilleaba en la nuca.
—¿Estáis tontos?
Aparté de un manotazo la mano de Nano sobre mi torso, todavía con la vista clavada en Óliver. Quería dejarle claro que no era de los que se acobardaban con dos empujones y un insulto, y que, si ahora no estábamos rodando por el suelo en un lío de brazos y piernas, era porque Nano y los demás se habían metido por medio. Óliver se mostraba sobre todo sorprendido, no creo que contase con tener una trifulca en su primer entrenamiento.
El resto de mis compañeros nos rodearon, hablando a la vez, queriendo saber qué había pasado, y Alfonso llegó poco después, resoplando tras la carrera y el silbato golpeando contra su pecho.
—¡Vosotros dos, conmigo! ¡A mi despacho! ¡¡Moved el culo ya!!
Primero Óliver, luego yo, lo seguimos como dos corderitos.
—¿Me queréis explicar qué cojones ha sido eso?
La luz amarilla de la bombilla daba directamente en la cabeza calva y redonda de Alfonso. Parecía abrillantada con el líquido que usaba el Migueluco para encerar su chatarra de Berlingo gris. Lo que el entrenador consideraba su despacho era una habitación enana a la que apenas entraba claridad por el ventanuco y que obligaba a tener la luz siempre encendida; con una mesa de madera oscura, un ordenador del siglo pasado y una estantería a su espalda llena de archivadores y algún trofeo de cuando el club ganaba cosas. Poco más.
Con el dedo índice, hice chocar la bola de metal del péndulo que Alfonso tenía sobre el escritorio, y la del otro extremo se movió una milésima después, provocando un sonido muy satisfactorio. Clonc. Al removerse Óliver en la silla de al lado, levanté la vista hacia el míster, que me miraba con fijeza. Estiré la espalda.
—Caviedes, ¿qué ha pasado?
—Nada —respondí. No me apetecía contarle a Alfonso que su nuevo fichaje era un niñato al que siempre le habían servido las cosas en bandeja de plata; alguien que se creía con el derecho de tener cualquier cosa a su alcance, aunque no se lo mereciera; un perro que, con el tiempo, nos mordería a todos. Ya lo descubriría y podría soltarle un: «Te lo dije». O, al menos, pensarlo.
Alfonso resopló, su papada tembló, y apoyó los dedos entrelazados sobre la tripa.
—A mí no me ha parecido «nada», pero sé que no me lo vais a contar. Y ni siquiera me importa demasiado el motivo —reconoció, mirándome primero a mí, después a Óliver—. Solo quiero que no haya follones en mi entrenamiento, ¿me oís? Quiero que esto parezca un puñetero retiro espiritual, y me la refanfinfla si fuera del campo sois amiguitos o no; dentro, os lleváis bien, porque somos un equipo y tenéis que trabajar sincronizados, ¿entendido? —Ambos asentimos con la cabeza—. Lo que no puede ser es que el capitán, que tiene que dar ejemplo, se pelee con el novato. O con nadie.
No sabía si tenía que decir algo o Alfonso iba a continuar con su monólogo; permanecí sentado con la espalda bien estirada y los hombros cuadrados. Óliver tampoco comentó nada, su rodilla subía y bajaba a un ritmo frenético, y estuve tentado de posar la mano sobre ella para detener el meneo. Me crucé de brazos.
—¿Y tú? —El entrenador señaló a Óliver con la barbilla y temí que su rodilla perdiese del todo el control. En cambio, cuando la atención de Alfonso se centró en él, se quedó quieto; notaba la tensión en sus gemelos, como si estuviese haciendo fuerza para no mover las piernas—. Acabas de llegar y ya estás metiéndote en berenjenales. ¿Sales mal de un equipo y empiezas en el nuevo con una pelea? ¿Así van a ser las cosas contigo?
Contuve una sonrisa.
—No, señor. Ha sido un malentendido —se excusó Óliver casi al mismo tiempo que la rodilla volvía a cobrar vida. El movimiento era igual de rítmico que el péndulo, y, en el caso de Óliver, su talón golpeaba suave sobre el suelo de baldosas. Ta, ta, ta, ta.
—La cosa es que, si actuáis como niños, os voy a tratar como niños. ¿Y qué se hace cuando se portan mal y queremos que aprendan la lección? Castigarlos. —Alfonso nos señaló con un dedo—. Así que, para que arregléis las cosas y encontréis la compenetración que necesitáis en el campo, durante el próximo mes vais a quedaros una hora más entrenando.
—¿Qué? —Me incliné hacia delante, Óliver se revolvió, y quise darle un empujón para tirarlo de la silla, por imbécil.
—Lo que oyes, Caviedes. Compórtate como el capitán que eres, madura y aparta esa basura de rivalidad que parecéis tener. Nos irá mejor a todos.
—Alfonso, no me jodas, que tengo a mis hermanos…
—Búscate la vida —sentenció, y tuve que contenerme para no cagarme en sus muertos—. Hago la vista gorda con ellos y nunca te digo nada… Habértelo pensado antes de sacar tu vena macarra.
—¡Pero no puedo tenerlos aquí esperándome tanto tiempo! —me quejé, sentado al borde de la silla.
—¡Y ha empezado él! —me interrumpió Óliver.
Me eché hacia atrás con un resoplido, la mano picándome por las ganas de darle un collejón, y dejé de mirar a Alfonso para mirarlo solo a él:
—¿Tú eres corto o qué te pasa?
El míster dio una fuerte palmada sobre la mesa que nos hizo pegar un brinco.
—¡A tomar por culo! ¡Tenéis castigo hasta Navidad! ¡Y como no os calléis ya, os dejo en el puto banquillo toda la temporada!
Volví a cruzarme de brazos, apreté los puños y me obligué a no mirar a Óliver, ni siquiera de reojo. No quería empeorar las cosas, porque el castigo no solo recaía en él y en mí, sino que también influía en mis hermanos. Bastante malo era que muchas tardes tuviesen que esperarme durante las dos horas de entrenamiento, como para sumarle otra más.
Sabía que podría negarme. Podríamos negarnos. Por mucho que Alfonso lo repitiera, ni Óliver ni yo éramos unos críos, y aquello no era un campamento de verano al que nuestros padres nos habían llevado obligados. Pero… no me convenía estar a malas con él. Me gustaba mi puesto de capitán, me gustaba mucho; lo había conseguido por mí mismo y significaba tener algo solo para mí. Y, sobre todo, como muy amablemente me había recordado, el míster llevaba tiempo permitiendo que mis hermanos estuviesen en los entrenamientos, que me esperasen en el despacho los días que llovía o hacía frío, que correteasen por las instalaciones con la perra. Así que, si tenía que aguantar varios meses de entrenamiento extra con Oliver a cambio de que siguiese mirando hacia otro lado con Carla y Mario, lo haría sin rechistar. Más o menos.
No me quedaba otra.
El sermón de Alfonso acabó poco después, tiempo en el que Óliver y yo guardamos silencio para no cagarla más. Luego prometimos portarnos bien, ser civilizados y buenos compañeros, y empezar el entrenamiento extra el próximo día, viernes. El plan ideal para acabar la semana.
Cuando nos dejó marchar, salí delante de Óliver y ni siquiera lo miré; lo oía caminar detrás de mí. Ambos nos dirigíamos hacia los vestuarios, ya vacíos después de que nuestros compañeros se hubiesen duchado y largado.
—Oye, Manu…
—Caviedes.
Bufó, quizá aguantándose las ganas de arrearme un guantazo, y tardó un par de segundos más en retomar la conversación que él mismo había iniciado.
—Caviedes, con eso del castigo vamos a tener que pasar tiempo juntos, y yo no quiero más líos con el entrenador. Igual es más fácil si cada uno va a lo suyo y no nos hablamos, ¿no?
Esa había sido la idea desde que me enteré de que Óliver estaba en el equipo, y me había salido regular, pero si él también se lo proponía, sería más sencillo.
—Por mí bien.
Óliver asintió con la cabeza.
—Mira, yo no he venido aquí buscando problemas, así que trata de no meterme en ninguno más —añadió, y, con todos sus huevazos, sacó la toalla de la mochila y se piró a las duchas. Podría haberle respondido o, mejor, volver a empujarlo por la espalda y rematar lo que se quedó a medias en el campo; me aguanté las ganas. Cogí la bolsa verde y negra del club y salí de los vestuarios. Ya me ducharía en casa, no me apetecía pasar más tiempo allí.
Mis hermanos habían bajado hasta el césped y corrían junto a la perra, que ladraba feliz, un borrón que iba de acá para allá bajo los potentes focos del campo. El cielo estaba encapotado, unas nubes oscuras amenazaban con calarnos de camino a casa, y corría una brisa que arrastraba el olor de los prados que nos rodeaban, masas negras ahora que empezaba a anochecer.
Carla fue la primera en llegar hasta mí.
—Pegarse está fatal. Se lo voy a decir a mami.
Traté de disimular la sonrisa.
—Y chivarse es bastante feo, Carla —le dije, mientras Elena ya celebraba mi llegada dando saltos alrededor y Mario se quedaba parado delante de mí, con los brazos estirados.
—¿Me llevas en brazos? —me pidió él, interrumpiendo el indignado discurso de mi hermana sobre por qué pegar estaba mal, que la violencia no era la respuesta a los marrones, más bien una salida que utilizábamos para soltar nuestra frustración, y todas esas ideas que yo mismo le había enseñado, casi palabra por palabra. Visto en perspectiva, no dejaba de tener su gracia.
—Pero si ya eres mayor… —respondí a Mario.
—¿Me llevas?
Unos minutos después, salíamos de las instalaciones: yo, cargando con Mario, que me rodeaba la cintura con las piernas y el cuello con los brazos; y Carla, con la correa de la perra bien sujeta en la mano. Junto a las bicicletas, que habíamos amarrado a una barandilla cercana, nos esperaba Nano subido en su moto. Conducía una Kawasaki de motocross verde fluorescente y blanca guapísima, regalo de sus padres por aprobar los exámenes para entrar a la uni hacía un par de años, que quería más que a nadie. Con el casco puesto, uno muy hortera que parecía sacado de los Transformers, sacudió la cabeza hacia mí en cuanto nos acercamos.
—¿Mucha bronca o qué? He estado a punto de entrar a rescatarte.
Solté aire en una sonrisa y di un pequeño salto sobre el sitio para cargar mejor con Mario, que se me escurría porque ya empezaba a pesar lo suyo. Se volvió a recolocar, apoyando la cabeza sobre mi hombro, y a punto estuve de volver a espabilarlo: teníamos que regresar a casa cada uno en su bici.
—Nos ha caído entrenamiento extra hasta Navidad. Casi nada —ironicé.
—Te lo has buscado, hermano. ¿Qué te pasa a ti con Óliver? No le das tregua.
Varios metros más allá, Carla permanecía atenta a la conversación mientras dejaba que Elena olisqueara el suelo. Cambié el peso de pierna y volví a centrar la atención en mi amigo.
—¿Qué le pasa a él conmigo? —contrataqué. Ante mi tono, Nano levantó las manos y Carla arrugó el morro. Debía de estar haciendo una lista mental de las cosas de las que se chivaría más tarde a nuestra madre.
—Relájate un poco, anda.
No me dio tiempo a responderle: Nano se removió en el asiento de la moto y saludó con la cabeza a alguien que llegaba por mi derecha. Óliver. Llevaba el pelo mojado, una camiseta del mismo azul que sus ojos y la bolsa con la equipación colgada del hombro. Parecía salido de Oxford o Cambridge, o una universidad del estilo. Devolvió el saludo con la mano y Nano no hizo el intento de hablar con él, así que sentí un orgullo absurdo; al menos, mi mejor amigo no me traicionaba poniéndose del lado del nuevo. Carla, indecisa por si tenía que ser educada o guardarme fidelidad por la sangre que nos unía, musitó un «adiós» para el cuello de su camiseta que Óliver correspondió con una sonrisa cuando pasó junto a ella.
Continuó caminando hacia el pueblo y lo perdimos de vista.
