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El movimiento desde un punto geográ fico hacia otro conlleva serias transformaciones en la vida de quienes lo experimentan. Cuatro historias de jóvenes en busca de su identidad y lugar en el mundo.
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Seitenzahl: 97
Veröffentlichungsjahr: 2020
SERGIO GÓMEZ
Miss Aurora fue la primera que se enteró de lo de Chumpi. Bueno, lo sabía de antes o lo presentía. Con Cristóbal no pasaba nada de nada desde hacía tiempo, aunque él insistía en llamarme por teléfono, enviarme chocolates Varsovienne que se los comía Miriam, mi nana, agregaba unas tarjetas con frases en inglés y unos peluches horribles que me producían alergia. Peor, llegaba a la casa a ayudarle a mi papá con el auto, lo acompañaba a la feria o a cortar el pasto, cosas con las que creía que ganaba bonos conmigo. Mi mamá, en cambio, nunca se hizo problemas con los pololos que le llevé a la casa, le gustaban todos. Decir que llevaba novios suena como si hubieran sido miles. No más de tres de segundo a cuarto medio. En orden de aparición: Leandro, Adán y Cristóbal. Leandro, el primero, se fue a estudiar ingeniería comercial a Valdivia. Adán no le importó mucho, después pololeó con Dany, mi mejor amiga, aunque duraron poco, casi nada. A mí tampoco me importó, es decir, no lo consideré una traición de parte de ella; amigas son amigas.
Entonces llegó Cristóbal. Una vez me dijo que quería casarse lo antes posible, tener hijos, al menos tres y uno debería llevar su nombre. Estudiaba derecho en una universidad privada. Su papá era amigo del mío, íntimos, fueron juntos al colegio y se trataban con extraños apodos que daba un poco de vergüenza escucharlos. Éramos una pareja de película. Al principio, claro, me gustaba. Era alto, estupendo, jugaba rugby en el Stade Français. Recién salido de media, el papá le compró un auto, usado, pero solo para él, un Suzuki Nomade de color blanco. No es que me interesara por eso, no. Fue perfecto una semana, dos, tres, pero luego comprendí que me aburría un poco y luego que me aburría completamente. No tengo idea de automóviles, menos de rugby o de esos negocios, que él llevaba vendiendo miel, aceites de exportación y vinos. Todo el tiempo lo escuchaba hablar de lo mismo, sin parar. De esa forma comencé a cansarme, también a echar de menos a Dany, porque, se sabe, los pololeos distancian a las amigas.
Lo que me encantaba de Cristóbal, en todo caso, era que le gustaba ir a un café cerca de la plaza Ñuñoa. Tomábamos cortado, lo que me hacía sentir grande, mayor de edad. En el asiento del Nomade dejaba un abrigo de hilo para ponerme encima y así no me vieran el uniforme del colegio. El café no estaba lejos de la casa, allí pasábamos las tardes cuando no teníamos nada que hacer o yo, al menos, no tenía que estudiar. Lo reconozco: me gustaba que me vieran con él. En ese mismo lugar, tomando un helado de chocolate con castañas, fue que le dije: Tengo algo que decirte más o menos serio. Se quitó y volvió a poner sus lentes de sol Silhouette que le quedaban increíbles. Lo tomó súper bien, bueno, al principio, sereno y comprensivo. Movía la cabeza y luego afirmaba, como si yo tuviera toda la razón: debía tomarme mi tiempo, lo comprendía, dijo. Me fue a dejar. Se despidió con un beso en la mejilla y una pregunta: ¿Qué va a decir tu papá de esto?
A mi papá le pareció tremendo. Mi mamá habló del destino. Miriam movió la cabeza, dijo que a mi edad ella andaba trabajando en el campo sin pensar en novios.
De esa forma volvió una cierta tranquilidad a mi vida. Digo “cierta”, porque desde ese mismo día a Cristóbal se le borró su comprensión y serenidad. Enviaba correos y whatsapps a cada rato. Sus mensajes a veces eran incomprensibles. Copiaba y pegaba citas de Neruda, de Tagore y de Hermann Hesse, incluso se le olvidaba poner de dónde sacaba esas frases como para que creyera que él las había inventado. En otros correos rogaba que volviéramos. Sus mensajes terminaban en la esquina de la pantalla de mi computador, es decir, en el tiesto del basurero, el que sonaba bonito cuando se vaciaba.
El año en el colegio siguió normal. Sin pololo no tenía mucho que hacer los fines de semana. El único panorama era hablar dos horas por celular con Dany o ver con ella maratones de películas en las que actuaba James Franco. A Dany le gustaba ese actor, a mí no.
En clase de Lenguaje nos obligaban a leer libros, yo lo hacía sin problemas. Otros protestaban histéricos porque tenían muchas páginas y otros porque los aburrían. Miss Aurora escribió en el pizarrón el nombre del próximo autor que leeríamos, en realidad era autora: Jane Austen. Nadie, me incluyo, la había escuchado nombrar. Nos enteramos enseguida de que Jane llevaba varios años o siglos muerta. Sus libros trataban de épocas pérdidas, de damas y señores más o menos serios que nunca demostraban emociones y que andaban a caballo, o de mujeres con vestidos apretados amarrados con lacitos. Todo ocurría, por lo general, en una abadía o en una casa de piedra más chica que un castillo, pero elegante y refinada, con muchas habitaciones, casi como un hotel. Todo el mundo parecía feliz o solo desdichado porque no encontraba con quien casarse, viviendo sin electricidad, solo con velas y acostándose a las 8:30 de la noche. Creí que esa lectura sería aburrida, pero la novela me atrapó enseguida. En dos noches, en que llovió sin parar, la leí entera. Al final me emocionó: la escritora, un poco mayor que yo, imaginó todo aquello, escribiendo con una enorme pluma de ganso y un tintero, bajo una vela, en una noche de hace más de cien años, para que yo lo leyera otra noche, bajo la lámpara eléctrica con forma de Betty Boop del velador al lado de mi cama. Cuando llegué a contárselo a Dany, dijo que ahora solo tenía que repetirle la historia, así no perdería el tiempo leyendo el libro, el que, de todas maneras, tampoco pensaba leer porque descubrió que existía una película reciente basada en esa novela, con una actriz que le gustaba porque había sido polola de James Franco, aunque ahora no estaban juntos.
*
Al inicio del segundo semestre, a mitad de año, cuando leía a Jane Austen, fue que llegó Chumpi al colegio. Venía de una escuela clausurada, es decir, una escuela que no siguió por problemas económicos y porque en el invierno se llovió entera. A pesar de tratarse de una escuela pública, a sus alumnos los distribuyeron entre distintos colegios particulares de la comuna. No existía otra opción, de otra forma perderían el año escolar. El director nos advirtió que los nuevos venían de una escuela diferente a la nuestra. Trató de decirlo delicadamente para que no lo malinterpretaran, aunque entendimos perfectamente a lo que se refería. Nuestro colegio haría un esfuerzo y los aceptaría, dijo. A mi curso finalmente solo llegaron dos alumnos nuevos. Uno era Chumpi. El inspector le pidió que se presentara adelante del curso. No tuvo ningún problema, se levantó de su puesto, dijo que su nombre era Héctor Chávez Quispe, pero toda su vida, en su casa, sus amigos y parientes lo llamaban Chumpi, y esperaba que no fuera de otro modo aquí. Nadie entendió si era una broma porque el sobrenombre o apodo no parecía decir mucho y sonaba raro. Acababa de llegar hace dos años a Chile, venía de Perú, junto con sus padres de esa nacionalidad. Agregó, sin que nadie le preguntara, que le gustaba Chile, no mucho Santiago, pero sí el sur, donde había estado acampando en el verano, al pie de un volcán y un lago. Esa fue su presentación completa. Quedamos atónitos. Dany, en el recreo, dio su opinión o repitió lo que pensaban algunos, no la mayoría, no creo, pero un número importante: tenía que ser peruano. Nada más. No sé si los demás la entendimos o la apoyamos, pero no protestamos o no dijimos nada, simplemente cerramos la boca. Me incluyo. No dije nada, a pesar de que la frase rasguñaba. Volví a casa y la seguí dando vuelta en mi cabeza. Después se me olvidó porque llegó la hora de la telenovela de las 8, la que nunca nos perdíamos con Miriam, quien siempre estaba en desacuerdo con los personajes, sobre todo con la protagonista, porque hacía justo lo que ella le decía que no hiciera.
Las primeras semanas para Chumpi fueron difíciles. Nadie hablaba con él. Daba vueltas por el patio, desorientado, sin atreverse. Trataba de unirse a algún grupo, pero rápidamente lo dejaban hablando solo. En todo caso pareció no importarle, seguía insistiendo, tratando de contar algún chiste o haciéndose desesperadamente el simpático.
Pero en los días siguientes, las ideas que teníamos sobre Chumpi cambiaron. Él mismo se fue ambientando y nosotros a él. Lo mismo ocurrió con el otro alumno nuevo que llegó. Siempre ocurría de esa forma. Dejó de estar solo en los recreos, conversaba y jugaba. Como sabía de fútbol logró amistades con los que se interesaban en ese tema. Con las mujeres era amable, atento. Me enteré de que le gustaba a Sofía, pero a Sofía le gustaban más o menos todos los del curso, incluido el profesor de Educación Física. Las cosas cambiaron definitivamente cuando miss Aurora interrogó a Chumpi sobre algunas palabras que usaban en Perú, distintas a las que usábamos nosotros. Fue divertido escucharlas.
Más tarde, en el patio, lo rodeamos y volvimos a preguntarle, anotando y riéndonos de expresiones, que, pensándolo bien, resultaban igual de risibles que las nuestras. Así, rápidamente, aprendimos a hablar en peruano. Por ejemplo, supimos que “malograr” es echar a perder. “Chibolo” es niño. “Lechero” es tener suerte. “Carro” es auto. “Chamba” es trabajo. “Pata” es amigo. “Buenazo” es bueno. “Al toque” es altiro. “Chancar” es machacar. “Sayonara” es chala. “Parque” es plaza. “Lisura” es grosería. Y, por supuesto, una expresión de asombro que Chumpi ocupaba cuando algo, justamente, lo sorprendía demasiado: “Asu madre”, la que, en todo caso, sonaba levemente peligrosa, aunque no sé exactamente por qué.
*
El segundo momento tenso con respecto al nuevo alumno llegó con el profesor de Historia. No era el profesor más querido de la media, en realidad, era el más odiado. Aunque, tal vez, el único problema era su mal humor. El señor Kraps parecía estar siempre enojado con quien se le cruzara por delante, incluidos, por supuesto, sus alumnos. Decía, en medio de su bronca con el mundo, que nadie respetaba a los profesores y que su sueldo era una miseria. A veces llegaba a clases sin ganas de trabajar, entonces solo leía el diario mientras nos dejaba conversar o jugar al bachillerato.
Miss Aurora era distinta. Se reía como si tuviera un chino en la cara, con los ojos cerrados; además era joven, al punto de que parecía alumna y no profesora. Me prestó otras novelas de Jane Austen para que las leyera, no por obligación o por tener que dar una prueba. Al segundo o al tercero de esos libros me di cuenta de que en la primera página aparecía siempre escrito un nombre: Juan Carlos. Cuando se lo pregunté se puso colorada, luego se rió bajito, después, un poco más seria, confesó que era su novio, con el que se casaría a fin de año. Fue ella, miss Aurora, quien, un día en que estábamos solas en la sala de profesores, quiso explicarme algo, pero solo para que comprendiera lo que ocurría. El señor Kraps pasaba por un mal momento, hacía dos años su mujer lo abandonó llevándose a sus tres hijos a vivir a Chillán. Desde ese día estaba insoportable, un poco más de lo que era antes en todo caso. Ese era el motivo, repitió miss Aurora, no quería justificarlo, pero al menos debíamos tenerlo presente.
