Cuentos a Beatriz - Esther Cosani - E-Book

Cuentos a Beatriz E-Book

Esther Cosani

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Beschreibung

Estos cuentos están protagonizados por traviesos querubines, quienes enviados por San Pedro, deben encargarse de proteger a cada recién nacido en la Tierra. Cuentos: El Querubín distraído, Un Querubín miedoso, Un Querubín juguetón, Un Querubín aventurero, Un Querubín porfiado, Un Querubín curioso, Un Querubín cachurero, Un Querubín amistoso.

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Seitenzahl: 67

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Delfín de Color

I.S.B.N. edición impresa: 978-956-12-3389-8.

I.S.B.N. edición digital: 978-956-12-2346-2.

45ª edición: junio de 2019.

Editora General: Camila Domínguez Ureta.

Editora Asistente: Camila Bralic Muñoz.

Director de Arte: Juan Manuel Neira Lorca.

Diseñadora: Mirela Tomicic Petric.

©1982 por Rita Cosani Sologuren.

Inscripción Nº 55.592. Santiago de Chile.

Derechos exclusivos de edición reservados por

Empresa Editora Zig-Zag S.A.

Editado por Empresa Editora Zig–Zag, S.A.

Los Conquistadores 1700. Piso 10. Providencia.

Teléfono (56–2) 2810 7400.

E–mail: [email protected] / www.zigzag.cl

Santiago de Chile.

El presente libro no puede ser reproducido ni en todo ni en parte, ni archivado ni transmitido por ningún medio mecánico, ni electrónico, de grabación, CD-Rom, fotocopia, microfilmación u otra forma de reproducción, sin la autorización escrita de su editor.

Diagramación digital: ebooks Patagonia

www.ebookspatagonia.com

[email protected]

Índice

Prólogo

El Querubín distraído

Un Querubín miedoso

Un Querubín juguetón

Un Querubín aventurero

Un Querubín porfiado

Un Querubín curioso

Un Querubín cachurero

Un Querubín amistoso

Prólogo

Queridos niños:

Antes de empezar a narraros estas historietas, quiero explicaros algunas cosas a fin de que no haya error posible.

Los Ángeles Guardianes son vuestros inseparables compañeros; siempre están listos para libraros de cualquier peligro y ayudaros a ser buenos.

Podéis verlos y oírlos mientras sois pequeños, muy pequeños. Después, ya no. ¿Por qué? Porque ya entonces sabéis lo que es bueno y lo que es malo y ellos os dejan elegir; claro es que, callados e invisibles, tratan siempre de que hagáis lo bueno y os apartéis de lo malo. Puede ser también porque, ya creciditos, no os parecéis tanto a ellos. Puede ser, ¿verdad?

Afirman los Santos Padres que los Ángeles Guardianes son espíritus celestes. Pero cierta vez le oí contar a una vieja nana que esos Ángeles eran los Santos Inocentes, a quienes Dios convirtió en querubines para velar por sus hermanitos de la Tierra.

Tanto me gustó esa leyenda, que en ella me baso para narraros estos cuentos.

No los toméis a pie juntillas, porque los Santos Padres saben mucho más que la nana aquella que me contó esta historia.

Escuchad:

Vosotros sabéis que cuando nació Jesús, el Rey Herodes, temeroso de que el pequeñín le arrebatara su trono, quiso hacerle morir.

Como no sabía cuál de todos los niños de Belén era Jesús, decidió salir del paso de una manera muy cruel: ordenó a sus soldados que degollaran a todos los niños menores de dos años que hubiera en Belén o sus cercanías. Y aquel día murieron asesinados millares de inocentes, a pesar de que sus padres los defendieron y trataban en vano de salvarlos.

Aquella noche, los pastores de Galilea vieron millares de copos de nieve que, en lugar de caer a la tierra, se elevaban de ella. Eran las almitas que subían al Cielo ya en grupos, ya en parejas, ya solitas, a medida que las espadas de los soldados iban consumando su martirio.

El Cielo irradiaba de luz. Dios en persona los aguardaba a la entrada, rodeado de sus Ángeles y, a medida que iban llegando, los abrazaba amorosamente. Se agruparon en un rincón temerosos y tristes.

Con los ojitos muy abiertos miraban las brillantes legiones de Ángeles y Serafines que les sonreían con admiración y cariño. Pero los niños aún no se sentían muy seguros. ¿No irían estos personajes a lanzarse contra ellos?

¿No irían a cogerlos de un bracito o de una piernecilla y cortarles de un tajo la cabeza o partirlos en dos, como un instante atrás lo habían hecho aquellos fieros soldados del Rey Herodes?

Dios leyó el miedo en sus corazones y sintió una inmensa pena por los pobrecitos que habían muerto para salvar la vida de su Hijo Divino. Entonces decidió hacerlos tan felices como lo eran sus Ángeles. Tendió sobre ellos sus manos de luz y, al punto, los pequeñuelos olvidaron su martirio y su miedo y una gran alegría inundó sus corazones.

Comenzaron a saltar, a reír, a cantar, cogidos de las manos.

Los hermosos Ángeles los llevaron a conocer las bellezas del Paraíso y, subidos en las estrellas más altas, les enseñaron a volar.

Como eran purísimos y se habían embellecido aún más por el Martirio, Dios los convirtió en querubines y les confió la misión de cuidar a los hombres, llamándolos Ángeles Guardianes.

Desde entonces, todo niño que muere inocente, se convierte en Ángel Guardián.

Esta es la historia, y creo muy justo que la conozcáis también vosotros. Cierto es que no deja de ser una fantasía, pero es tan bonita, que estoy segura os gustará tanto como me gustó a mí. Eso ya me lo diréis después.

Esther Cosani

El Querubín distraído

En un rincón del Paraíso se halla la oficina de San Roque, patrón de los caminantes. Dicha oficina es la que se encarga de enviar a la Tierra, junto a cada niño que nace, un Angelito Guardián. Este Santo, que es muy alegre y campechano, gusta de que en su oficina todo marche en perfecto orden. Tiene un gran sentido de la organización.

Pero como, según los filósofos, “de todo hay en la viña del Señor”, hubo una temporada en que al bueno de San Roque le salieron canas verdes a causa de ciertos querubines que le dieron mucho que hacer. Y le dieron que hacer porque aún conservaban sus cualidades de niños. Si no queréis creerlo, aquí van estas historias, que os probarán que lo que digo es muy cierto y, como dice una canción, “tanto como sacarse un ojo es quedarse tuerto”.

Junto a la oficina de San Roque, y separado por una verja de oro, se extiende un parque maravilloso donde viven los niños que van a nacer.

A menudo conversan con los querubines a través de la verja y se escuchan diálogos como este:

–Ya me han notificado que en cinco meses más bajaré a la Tierra.

–Pídele a San Roque que yo sea tu Ángel Guardián.

–Caramba, Querubín. Fíjate que ya se lo prometí al que me trajo unos rayitos de luna en días pasados. Porque yo voy a ser pintor.

–Es una lástima... con lo que me hubiera gustado acompañarte.

–Yo también lo siento. Si me lo hubieras dicho antes...

Y los querubines viven pegados a la verja de oro, a ver si algún niño los propone a San Roque como su Ángel Guardián.

Y esto tiene su explicación: cuando un Ángel ha sido Guardián de un niño, el Señor le entrega otra aureola además de la que ya tiene, y algunos son tan solicitados, que bajan tres y cuatro veces a la Tierra y lucen una verdadera torrecilla en la cabeza.

El caso es que entre los millones de querubines que moran en el Cielo había uno, gordote y mofletudo, bonísimo, como que era un Ángel pero... ¡más distraído!...

Se moría por ser el Ángel Guardián de algún pequeñín, y cuando no estaba en la Luna, pasaba pegado a la verja de oro. Siempre llevaba algún regalo para los niños, a ver si de esta suerte alguno se interesaba por él. Se instalaba allí desde temprano y haciéndose el desentendido, comenzaba a jugar con el regalo. Hasta que acudía algún curioso.

–¿Qué tienes ahí, Querubín?

–¿Quién, yo?... Una tontería.

–¡Déjame verla!... ¡Qué linda!... ¿Me la regalas?

–Bueno, pero si le pides a San Roque que yo sea tu Ángel de la Guarda.

Y, tras decir esto, se quedaba mirando con ojitos tan suplicantes y expresión tan ansiosa, que todos se largaban a reír. Y nacían niños y más niños y algunos compañeros lucían hasta diez aureolitas, sin que el pobre Querubín distraído pudiera conseguir nada.

Y era tal su deseo, que en los coros angélicos se quedaba con la boquita abierta en la mitad del canto, de pronto volvía a la realidad y comenzaba a entonar el Gloria cuando ya todos los otros decían “Amén”. Santa Cecilia, que es la directora de esos coros, perdía a veces la paciencia.

Un día vio paseando por el parque a un niñito con grandes gafas y un enorme libro bajo el brazo. Como de costumbre, lo llamó con un chiflido.

–Pshtt... Oye...