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Cuatro historias de amigos detectives; Juan es estudiante de Letras y Natalio, de Criminología, juntos forman un dúo increíble para descubrir dos casos que los desvelan. Wanda y Sabrina son amigas inseparables y las une la fascinación por los enigmas.
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Seitenzahl: 96
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Cuentos de detectives
para amigos inseparables
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Adriana Ballesteros
Ilustraciones - Aleta Vidal
COLECCIÓN La Puerta Secreta REALIZACIÓN: Letra Impresa AUTORA: Adriana Ballesteros EDICIÓN: Julieta Mariatti CORRECCIÓN: Ileana Elizabeth Acquaviva DISEÑO: Gaby Falgione COMUNICACIÓN VISUAL ILUSTRACIONES: Aleta VIdal
Ballesteros, Adriana
Cuentos de detectives para amigos inseparables / Adriana Ballesteros ; ilustrado por Aleta Vidal. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Letra Impresa Grupo Editor, 2021.
Libro digital, EPUB - (La puerta secreta ; 39) Archivo Digital: online ISBN 978-987-4419-58-3 1. Cuentos de Detectives. I. Vidal, Aleta, ilus. II. Título. CDD A863.9283
© Letra Impresa Grupo Editor, 2022 Guaminí 5007, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. Teléfono: +54-11-7501-1267 Whatsapp +54-911-3056-9533contacto@letraimpresa.com.arwww.letraimpresa.com.ar Hecho el depósito que marca la Ley 11.723 Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción parcial o total, el registro o la transmisión por un sistema de recuperación de información en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin la autorización previa y escrita de la editorial.
Esta colección se llama La Puerta Secreta y queremos invitarlos a abrirla.
Una puerta entreabierta siempre despierta curiosidad. Y más aun si se trata de una puerta secreta: el misterio hará que la curiosidad se multiplique.
Ustedes saben lo necesario para encontrar la puerta y para usar la llave que la abre. Con ella podrán conocer muchas historias, algunas divertidas, otras inquietantes, largas y cortas, antiguas o muy recientes. Cada una encierra un mundo desconocido dispuesto a mostrarse a los ojos inquietos.
Con espíritu aventurero, van a recorrer cada página como si fuera un camino, un reino, u órbitas estelares. Encontrarán, a primera vista, lo que se dice en ellas. Más adelante, descubrirán lo que no es tan evidente, aquellos “secretos” que, si son develados, vuelven más interesantes las historias.
Y por último, hallarán la puerta que le abre paso a la imaginación. Dejarla volar, luego atraparla, crear nuevas historias, representar escenas, y mucho, mucho más es el desafío que les proponemos.
Entonces, a leer se ha dicho, con mente abierta, y siempre dispuestos a jugar el juego.
Adriana Ballesteros ha sabido amalgamar dos grandes pasiones: su labor como escritora y las oportunidades que se le han presentado de colaborar como periodista en diferentes medios. Fue allí, quizás, donde ha crecido en ella su curiosidad por los casos policiales y los misterios.
Plantear un caso que al principio resultará indescifrable y complejo, elaborar personajes que respondan a las características de los detectives (observadores, inteligentes, y, a la vez, que causen empatía con los lectores) no siempre es una tarea sencilla.
En estos cuentos conoceremos a dos pares de amigos con pasiones parecidas a las de la autora y características propias, pero, a la vez, similares, que no dejan duda de que la identidad de género nada tiene que ver con la inteligencia y la habilidad cuando se trata de resolver casos de investigación.
Dos de los cuentos nos presentan a Juan, estudiante de Letras, y a Natalio, de Criminología; juntos forman un dúo increíble para resolver dos casos que los desvelan: uno involucra, quizás injustamente, a un maestro de escuela, un pueblo, muchos secretos ocultos, varios cómplices, un ambiente enrarecido en el cual la presencia de ellos dos inquieta a todos. En el otro caso, la misteriosa desaparición de un intendente, un grupo de excompañeros, un singular dedo meñique e intereses sin revelar.
En los otros dos relatos conoceremos a Wanda y Sabrina, dos amigas inseparables a las que las une la fascinación por los enigmas: por un lado, un joven preocupado por las amenazas a su tío, pistas ocultas en jugadas de ajedrez, un misterioso ataque… Y, por el otro, una oferta de trabajo imposible de rechazar, una famosa actriz y sus pequeños hijos son la excusa perfecta para tramar un macabro plan donde una trenza robada será la protagonista.
Sin embargo, a pesar de lo complicado e indescifrable de cada uno de los casos, utilizando la lógica y el intelecto podrán desentrañarse.
En toda investigación se sigue el método deductivo: observación, análisis, deducción, buscando llegar a un resultado doble: a) quién es el culpable del crimen, y b) cómo lo hizo, siendo esto lo que verdaderamente da sentido a la trama.
El detective siempre será el encargado de dar la solución en las últimas páginas del relato.
Si de detectives se trata, no podemos dejar de mencionar a algunos de los detectives más famosos de la literatura:
- Creado por Sir Arthur Conan Doyle, el detective Sherlock Holmes es el más famoso de todos. Como “detective asesor” de Scotland Yard, Sherlock es famoso por utilizar métodos científicos, de observación y deducción.
- Hércules Poirot fue creado por Agatha Christie, la gran dama de la novela policíaca. Resuelve asesinatos utilizando la psicología y estudiando la naturaleza humana para sacar conclusiones. Su caso más famoso es el de Asesinato en el Orient Express.
- C. Auguste Dupin, de Edgar Allan Poe, resuelve los “Crímenes de la calle Morgue”, lo que le da un salto a la fama y lo pone casi a la altura de sus colegas literarios. Este personaje sentó las bases para la creación de nuevos detectives ficticios. Su método se basa en intentar meterse en la mente del asesino y tratar de pensar como él.
Por último, no podemos dejar de mencionar a Miss Marple, Pepe Carvalho y al Padre J. Brown.
Ahora sí, estamos listos para disfrutar de estos cuentos, abrir los ojos y los oídos, y poner nuestra entera atención para ayudar a develar estos cuatro misterios y poder abrir esta nueva puerta secreta.
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· 1 ·
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Runchales
Guillermo (o Willy, como le llamaban sus amigos) respiró profundo, levantó la vista, y contempló la montaña, que pronto dejaría de estar allí. Observó el estero, los pastos duros y el verde seco. La nada. Miró su reloj. La una de la tarde. Hasta las cuatro o cinco no volvería a aparecer nadie. Nadie en este pueblo de nadies. La máquina, en el taller —con infinita suerte—, estaría arreglada para la tarde. Acomodó los explosivos bajo el alero y los tapó con un nailon por si ocurría el milagro de llover. Se subió a su auto, y se marchó.
***
A las cinco y media volvió a la mina y caminó hasta el galpón. No vio la dinamita donde la había dejado. Fue hacia la parte de atrás del depósito de seguridad, buscó en un costado, luego en el otro. Volvió a revisar, frenético. Lo hizo nuevamente. A la tercera vez, se rindió ante la evidencia. Encendió un cigarrillo y esperó a que llegaran los peones para preguntarles y luego, la policía.
¡Seis kilos de dinamita robada!
Poper, el comisario, volvió a leer la denuncia realizada por el gerente de obra, el ingeniero Guillermo Ferrari. Hacía más de diez años que no pasaba nada en el pueblo. Y cuando menos lo esperaban, ¡estalla la dinamita!
***
Esa mañana recibí un mensaje en mi celular. Era de Natalio:
“¿Cómo te ves yendo a Runchales?”
¿Runchales? ¿Dónde queda? Me sonaba vagamente; algo había oído en la tele sobre el lugar, pero no había prestado atención.
Con Nat somos amigos desde la escuela y si bien cursamos distintas carreras (yo elegí Letras y él, Criminología), la amistad sobrevivió. Nat recién está en primer año de la carrera, pero les aseguro que es el mejor detective del mundo.
“¿A qué iríamos? ¿Y cuándo?”, contesté.
Al instante recibí un enlace. Lo abrí, y leí:
Portal de noticias de Runchales
PURA DINAMITA
“La dinamita dispuesta para la mina de la empresa Silver en nuestra pequeña localidad ha desparecido. Fuentes indican que habría sido sustraída en el horario cercano al mediodía”.
La noticia seguía con diferentes conjeturas que iban desde venganzas personales hasta posibles conexiones con el crimen organizado o con el terrorismo internacional. Por el hecho estaba detenido Roberto Robera, maestro de la escuela.
Entendí el interés de mi amigo en el caso. En cuanto a mí, hacía poco había rendido los últimos exámenes y contaba con tiempo libre.
“¿Cuándo iríamos?”, le escribí ansioso.
“Mañana a las 8 sale el tren”, respondió.
***
—¡Qué suerte que pudiste venir! —dijo mi amigo Natalio cuando me vio llegar con el bolso.
Apenas nos acomodamos en el tren, comencé con las preguntas:
—¿Fue un robo? El link habla de contactos con una banda internacional, ¿puede ser?
Mi amigo sonrió.
—Vamos a un pueblo chico. Lo más probable es que de un grano de arroz hayan hecho una paella, pero hasta que no lleguemos no podemos probar ni descartar nada.
Eran casi las cuatro de la tarde cuando llegamos a Runchales.
Nos esperaba en el andén un hombre fornido que se presentó como el comisario Poper. Nos llevó en su auto hasta el hotelito en el que habíamos reservado una habitación.
—Los dejo descansar y paso por ustedes a eso de las seis.
A las seis y cuarto, estábamos en el lobby (una salita con algunas mesas) cuando el comisario se presentó.
—¿Estudiando el caso? —Poper se acomodó en nuestra mesa y pidió un café—. ¿Les molesta que fume? —Y antes de que pudiésemos responder encendió su cigarro—. Muchachos, para mí el caso no tiene muchas vueltas. —Las volutas de humo tapaban el cartel que indicaba “no fumar”—. Pero, claro, entiendo a la familia del maestro. Seguramente el abogado les habló de usted, Natalio, y quieren su opinión. Ya les expliqué que no hay nada que puedan hacer que no haya hecho yo antes. Los contactaron a través de una red social, ¿no?
¿Qué sabemos de Roberto Robera?
—Un día como hoy, pero en 1452, nacía Leonardo Da Vinci —explicó el maestro ese viernes a los chicos de la escuela—. Era artista, y además inventó todo esto.
Les alcanzó un libro con láminas para que las hicieran circular por el aula.
Los chicos miraban los inventos.
—¿Con esto volaba? —preguntó Juani.
—No, pero porque nunca pudo terminar de hacerla.
—¿Y por qué no la terminó?
—No tenía las herramientas que necesitaba, tampoco el tiempo ni el dinero para fabricarlas porque Da Vinci no era rico; trabajaba para un conde que le pedía que le hiciera máquinas de guerra, ¿ven? El maestro les mostró las imágenes de las máquinas.
—¿Y por qué no lo llamamos al conde y le pedimos que le deje hacer la máquina de volar? —preguntó Daniela.
—Ojalá pudiéramos —respondió el maestro.
Apenas concluyó la clase, el maestro Roberto Robera se subió en su camioneta y tomó el camino que conducía a las afueras del poblado.
Natalio asintió, sin aclarar nada más. Me había comentado que además de la familia un grupo de vecinos (mamás y papás de los chicos de la escuela) le habían escrito a su página pidiendo su ayuda.
—Acá habla de una banda internacional —dije, mostrando las noticias que estábamos revisando.
El comisario sonrió.
—El periodismo siempre exagera. Pero los medios tienen razón en algo: fue el profesor.
—¿Por qué está tan seguro? —inquirí.
—No solo lo vieron partir en dirección a la mina en el horario exacto de la desaparición, sino que es el único que tenía motivos para hacer semejante cosa. ¿Me permite?
Tomó la tablet de Natalio, buscó, y nos mostró unas cuantas fotos. El maestro aparecía en todas las protestas contra la Silver Company y su firma rubricaba cada uno de los petitorios.
—Sí, ya las vi —dijo Natalio— y también leí las declaraciones en las que asegura no haber ido a la mina, sino a la laguna.
—Sí…, las declaraciones —asintió Poper—. En fin.
—Todavía es de día —dijo Nat—, ¿podríamos hacer una primera visita a la zona?
El comisario negó con la cabeza.
—El camino está cortado por las lluvias, pero mañana los llevo sin falta.
Tras decir esto, se incorporó y se marchó.
—Bueno —comencé a decir—, podremos recorrer el pueblo, hacer averiguaciones entre los vecinos y…
Natalio se puso de pie…
—Preguntá y anotá todo lo que puedas; nos vemos acá antes de la cena —tenía en los ojos ese brillo extraño que le conozco tan bien.
—Natalio, ¿qué vas a hacer?
—Voy a ver —me anunció.
—No te metas en líos —le pedí inútilmente.
