Cuentos de la Malá Strana - Jan Neruda - E-Book

Cuentos de la Malá Strana E-Book

Jan Neruda

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Beschreibung

Entre el gran público español, el apellido Neruda está asociado al poeta chileno autor del "Canto general". El antropónimo Neruda, cien por cien checo, lo tomó el poeta chileno del escritor decimonónico Jan Neruda, poeta lírico, periodista, crítico, prosista, articulista, dramaturgo. Jan Neruda, escritor doblemente bohemio (por nacimiento y por estilo de vida), en sus relatos de la "Pequeña Parte" ("Malá Strana"), el barrio praguense al pie de su imponente "castillo" medieval, renacentista y barroco, supo dar expresión al modo de ser urbano y social y a la tipología de una de las culturas más caracterizadas y densas, por mestiza y plural, de la vieja Europa.

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Veröffentlichungsjahr: 2017

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Ähnliche


JAN NERUDA

Cuentosde la Malá Strana

Introducción de Antonio Rivas González, OSA y Miguel Ángel Vega Cernuda

Traducción de Antonio Rivas González, OSA

Índice

INTRODUCCIÓN

Jan Neruda, epónimo de una época y un espacio

Otro Neruda, que no Pablo: un contraste o la historia de una usurpación antroponómica

Jan Neruda, epónimo de la Praga decimonónica

El espacio y el tiempo de Neruda: Bohemia en el siglo XIX o la conquista de una identidad nacional y la independencia política a través de la cultura

Antecedentes remotos de un enfrentamiento entre culturas

El arte y la cultura, piedras angulares de la identidad nacional

Praga, síntesis de Bohemia; Malá Strana, síntesis de Praga

Jan Neruda en su contexto histórico-literario

Semblanza biográfica

Los Cuentos de la Malá Strana en el contexto de la obra en prosa de Neruda

El proceso redaccional de los Cuentos de la Malá Strana

Presentación de los cuentos

Colección de personajes extraordinarios

Cuentos de adultos con niños

Recepción

ESTA EDICIÓN

CRONOLOGÍA

BIBLIOGRAFÍA

CUENTOS DE LA MALÁ STRANA

Una semana en una casa silenciosa

Capítulo I. En camisón

Capítulo II. La mayoría de la casa se despertó

Capítulo III. En la familia del señor casero

Capítulo IV. Monólogo lírico

Capítulo V. Solterón, ¡de dichas ladrón! Aforismo

Capítulo VI. Manuscrito y nubarrones

Capítulo VII. Fragmentos de los apuntes de un auxiliar de oficina en prácticas

Capítulo VIII. Durante el entierro

Capítulo IX. Otra prueba de la verdad del aforismo

Capítulo X. En tiempos de emociones

Capítulo XI. Primicia novelística que solicita amable benevolencia

Sobre algunos animales domésticos

Capítulo XII. Cinco minutos después del concierto

Capítulo XIII. Tras el sorteo

Capítulo XIV. De un dulce hogar

Capítulo XV. El final de ese día

El señor Ryšánek y el señor Schlegl

Llevó a un mendigo a la ruina

El buen corazón de la señora Ruska

Charlas nocturnas

El doctor aguafiestas

Hastrman

De cómo el señor Vorel dio el tono tostado a su pipa

En Los Tres Lirios

La misa de San Wenceslao

Cómo fue que el día 20 de agosto del año 1849, a las doce y media del mediodía, Austria no fue destruida

Escrito el día de Todos los Santos de este año

Figuritas

CRÉDITOS

INTRODUCCIÓN

 

Jan Neruda.

 

NINGÚN escritor, por muy adicto a la torre de marfil que sea, vive suspendido en la abstracción de la creación poética, ni está colocado bajo la cúpula de una aséptica campana de vacío que le pueda extraer la realidad social de su entorno. Al contrario, más que cualquiera de los restantes seres humanos, el escritor se ve afectado, interna y externamente, por los factores que configuran su entorno y que actúan de condicionantes de su «vida literaria». Esta hace de filtro de la realidad que así, a través de su elaboración y tratamiento literarios, se documenta, se decanta, se limpia... y en ocasiones se transfigura. Especial cumplimiento tiene este statement esbozado cuando el escritor se somete a los imperativos de la reproducción mimética de lo real a través de la literatura, es decir, en el caso del autor de cuño y estilo realistas. Tal es el de Jan Nepomuk Neruda, cuya interpretación exige la inmersión de sus textos en el líquido decantador del análisis contextual y pretextual. Por ello, en esta edición se nos impone un estudio de todo aquello que en su obra tiene un significado no recuperable exclusivamente a través de la mera lectura textual no reflexiva. Incluso para sus connacionales checos, su obra necesita hoy en día un análisis y una exégesis de sus contextos que salven el décalage existente entre los ambientes, instituciones y desarrollos sociales de antaño y los de hogaño. Dividido en dos partes, realizamos como preludio a la obra un estudio pretextual de los contextos de la misma para la mejor comprensión textual, una exégesis que se completa con el pertinente paratexto bibliográfico.

JAN NERUDA, EPÓNIMO DE UNA ÉPOCA Y UN ESPACIO
Otro Neruda, que no Pablo: un contraste o la historia de una usurpación antroponómica

Entre el gran público español, el apellido Neruda goza de un grande y, mayormente, ignorante predicamento, derivado del aura humana, poética y social que a través de sus obras ha conseguido el autor del Canto general, el chileno Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto. Categoría de leyenda urbana adquiere la especie, de curso legal, de que el poeta chileno habría sido un admirador de la obra de otro Neruda, Jan Nepomuk, poeta y novelista de nacionalidad, cultura y expresión checas, en su variante praguense —en la que lo bicultural checo-alemán desempeñaba un importante papel—, nacido en 1834, es decir, cuatro generaciones antes que el chileno, en la Dům U Dvou Slunců (= casa de los dos soles)1 en la calle Ostruhová ulice o Spornergasse2 (= calle de los Espuelados) —al pie del Hradčany o castillo praguense. Una supuesta (poco probable) y rendida admiración por la calidad de la obra poética del escritor checo habría inducido al autor chileno a adoptar su apellido y renunciar al propio, con lo que habría emulado al romántico alemán Ernst Theodor Hoffmann, autor de las célebres Piezas fantásticas a la manera de Callot y, como es bien sabido, compositor también de piezas musicales no despreciables, quien añadió a su nombre el segundo que llevaba Mozart, Amadeus, como indicativo de la veneración que profesaba al genio de Salzburgo.

El asunto es de difícil casamiento con la realidad, ma se non è vero, è bene trovato3. En efecto, el antropónimo Neruda, cien por cien checo4, que el chileno populariza, acoge bajo su paraguas dos personalidades que, a pesar de ciertas coincidencias (la común denuncia, a través de la literatura, de las miserias humanas, entre ellas, las sociales), son diametralmente opuestas. A pesar de esa comunidad antroponímica y de un parecido modesto origen familiar, amén de la dedicación a la creación literaria, las trayectorias vitales de ambos tienen más divergencias que coincidencias. Frente al pronunciado activismo político del chileno choca la discreción de la que al respecto hizo gala Jan Neruda, quien, sin renunciar al compromiso político, lo mantuvo en una tónica de moderación, en ocasiones de desengaño, distante de la agresividad y siempre cargado de ironía, no de ira. No en vano se le ha hecho subsidiario del maestro de la ironía europea, Heinrich Heine. El compromiso con la situación patria fue continuo, aunque mayormente en tono, si no menor, sí sigiloso, tal y como fue el de muchos de sus coetáneos connacionales, léanse, por ejemplo, los compositores Václav Jan Tomašek, Bendřich Smetana o Antonin Dvořák; los pintores Antonin Manes, Mikolaš Aleš o Jakub Schikaneder; el escultor František Bilek o, el más conocido, el diseñador, ilustrador y pintor Alfons Mucha5, quienes en sus compromisos políticos distaron mucho de las estridentes y virulentas manifestaciones de un Maxim Gorki en Rusia o un Bertolt Brecht en Alemania, por ejemplo. Valga un botón de muestra de lo que decimos: la evocación del 1 de mayo de 1890 —primera manifestación obrera que se celebraba en la capital checa— que Neruda escribe para su periódico está lejana de las soflamas entusiastas —y en muchos casos incitadoras a la violencia— de otros escritores comprometidos y, por supuesto, de las de Pablo Neruda. Publicada en la revista Národní listy, tenía un tono de moderación al tiempo que de compromiso con el nacionalismo y la reivindicación proletaria. El autor emparentaba el color rojo de las corbatas y las banderas de los manifestantes obreros con el de las antiguas banderas husitas: «[...] las mismas banderas ondean hoy sobre las cabezas a favor de la total igualdad civil», escribía6. Ese tono menor, reflexivo de la denuncia y de la crítica jannerudianas queda de manifiesto si se compara, por ejemplo, la virulenta causticidad social que destila la escena de la taberna de La madre, de Gorki, con la crítica, en «modo dórico» podíamos decir, del ambiente bajo o medio-burgués que se genera en una taberna situada en la esquina que forma la confluencia de las calles Mostecká y Lázeňská y donde, en el relato de Neruda, los señores Ryšánek y Schlegl dirimen sus enconos más que sentimentales7. A pesar de ese tono menor, la crítica nerudiana no pierde un ápice de su fuerza. La universal proyección mediática y social, así como el reconocimiento institucional que el chileno obtuvo —no en último lugar, el reconocimiento por parte de la Academia Sueca, la cual, continuando su brillante historial de aciertos de juicio crítico, le concedió el Premio Nobel de Literatura (1971): «por una poesía que con la acción de una fuerza elemental da vida al destino y los sueños de un continente» decía la fundamentación del galardón8 (¿Qué genios redactarán las actas del premio?, cabría preguntarse)—, permitieron al chileno derivar a una altisonancia y brillantez pública que contrastan con la relativa vida retirada, con el pequeño mundo burgués del checo, quien, en relación a sus méritos, en vida nunca, y post mortem escasamente ha trascendido los límites nacionales. Todavía hoy el autor checo, casi homo unius libri en la recepción y crítica internacionales, sigue siendo acreedor de una mayor divulgación a través de la crítica y de la traducción de una obra plural que traspasa con creces los límites del librum unicum por el que es conocido y honrado internacionalmente: Povídky malostranské (Cuentos de la Pequeña Parte). Mientras, del chileno se sigue recibiendo con interés, incluso con regocijo en una comunidad de hablantes multimillonaria, a saber, la hispanófona, cualquier manuscrito perdido entre los papeles de su legado. El usurpador es un gran poeta lírico de dimensión universal (algún crítico, quizás un tanto exageradamente, le ha concedido, como si no hubieran existido un Rilke o un Valéry, el máximo rango en la poesía universal del siglo XX) y político emblemático de una izquierda de salón que tira a lo divino y a lo caviar; el usurpado y auténtico, Jan Neruda, fue un honrado trabajador de la pluma (más de dos mil feuilletons habría publicado a lo largo de toda su vida, mayormente en el Národní listy) y brillantísimo narrador de la vida popular de la «pequeña parte» praguense. El primero, que fue segundo, sería un olímpico de la lírica que no se negó a lo experimental; el segundo, que fue primero, un irónico, a veces benevolente, a veces despiadado observador y relator del pequeño mundo de una ciudad de provincia —tal era Praga en su época—, que en sus poemas, más se orientaba a una lírica de cuño romántico que al realismo que le correspondía por edad. A pesar de sus Písně kosmické (Cantos cósmicos). Por lo demás, mientras el chileno tocó básicamente un solo palo poético (la lírica), el bohemio se presenta... o, mejor, al bohemio se le presenta en los manuales literarios como basnik, novinar, kritik, prozaik, fejetonista, dramatik, es decir, poeta lírico, periodista, crítico, prosista, articulista, dramaturgo. Evidentemente, el sociopsicograma de ambos Nerudas es de lo más divergente y de común mayormente solo tienen el nombre literario, que en uno fue mero pseudónimo y en el otro auténtico patronímico.

En todo caso, un observador sin prevenciones tiene la sensación de que, abstrayendo de la personalidad del chileno sus múltiples connotaciones sociales y de representación oficial, tales como su actividad diplomática al servicio del Estado chileno9, sus intervenciones políticas o su candidatura en las presidenciales chilenas, que le dieron una proyección mundial, el checo, desprovisto de toda esa martingala social no literaria, le aventaja, gracias a su alejamiento del poder, en grandeza moral, virtud de la que, a pesar de lo que afirma la hagiografía pablonerudiana de curso legal, el chileno no anduvo muy sobrado10.

Jan Neruda, epónimo de la Praga decimonónica

Con frecuencia, a lo largo de la historia de la cultura ha habido pequeños grandes hombres que han marcado, por haberlos expresado o por haber sido testigo de ellos de manera paradigmática, una época o un espacio a los que por ello pueden servir de epónimo. Como en la Grecia clásica el arconte o en la Roma republicana el cónsul, que daban nombre al año en que fungían como tales (eso era el epónimo), hay personalidades, de la cultura más que de la política, que concentran en sí de tal manera el espíritu tanto de la forma de la época como del espacio en los que viven que pueden representarlo con carácter sintético. Tiene sentido hablar del «siglo de Pericles», de la Viena de Johann Strauss o de Gustav Mahler o del París de Honoré de Balzac. Tiene sentido dedicar esos espacios al alcalde de Viena Karl Lueger o al descafeinado monarca Luis Felipe, respectivamente. Porque tanto Strauss como Balzac sintetizaron o supieron expresar de manera ejemplar, condensándolo, el espíritu de las sociedades en las que respectivamente les tocó vivir. Y Lueger y Luis Felipe orientaron el rumbo de las sociedades en las que vivieron.

Con referencia al siglo XIX praguense, esto es precisamente lo que sucede con Neruda, escritor doblemente bohemio (por nacimiento y por estilo de vida)11, quien, en sus relatos de la «Pequeña Parte», el barrio praguense al pie de su imponente «castillo» medieval, renacentista y barroco, supo dar expresión, recogiendo todas las fuerzas e impulsos que en el momento12 convergían en la cuádruple ciudad a orilla del Moldava13, al modo de ser urbano y social y a la tipología de una de las culturas más caracterizadas y densas, por mestiza y plural, de la vieja Europa. En sus poemas y relatos se percibe y se rescata la pátina que sobre la ciudad, su paisaje y paisanaje habían depositado los siglos y las naciones: la mítica magia de la Praga misteriosa (tal y como se aboceta en «La misa de san Wenceslao» —Svatováclavská mše—); la rebeldía de un pueblo de grandes hechuras que vio mermada su expresión por mor de ambiciones y enemistades nacionales (tal y como se pone en solfa en «Cómo fue que el día 20 de agosto del año 1849, a las doce y media del mediodía, Austria no fue destruida»

—Jak to přišlo, že dne 20. srpna 1849, o půl jedné s poledne, Rakousko nebylo rozbořeno—); las miserias físicas y morales de un popolo minuto que vegetaba, eso sí, en un escenario sacado o, más bien, ingresado en la historia del arte (tal y como se describen en toda su crueldad en «Llevó a un mendigo a la ruina» —Privedla žebráka na mizinu—); el paisanaje medio burgués de una discreta «corrala» praguense (tal y como se pinta en las escenas de la vida de vecindad de «La casa silenciosa» —Týden v tichém domě—) o, finalmente, la erótica decimonónica de las clases modestas praguenses (tal y como de manera psicoanalítica avant la letre se disecciona en «En los tres lirios» —U Tří lilií—), todo ello está presente, aureolado de suave ironía, en sus evocadores relatos.

El espacio y el tiempo de Neruda: Bohemia en el siglo XIX o la conquista de una identidad nacional y la independencia política a través de la cultura

Si tuviéramos que caracterizar sintéticamente el poliédrico cuadro de época en el que vive Jan Nepomuk Neruda, podríamos resumirlo en un enunciado: la suya es la época de la superación (en el sentido hegeliano de Aufhebung) de una secular dialéctica social de enfrentamiento y división dentro del marco político del Imperio Austriaco entre la minoría checa y las restantes que componían lo que, todavía solo hace un siglo, el concierto desconcertado de los pueblos, reunido en Versalles o representado en la Sociedad de Naciones, reconoció como los límites nacionales de la República Checa. No en vano, con referencia a la época que va de finales del siglo XVIII a 1918, se ha hablado en la historiografía, tanto nacional como foránea, de un «renacimiento» o «resurgimiento nacional» (národní obrození). Joachim Bahlcke, eslavista de la Universidad de Stuttgart, en su sintética pero bien documentada historia de Bohemia, redactada en alemán, es decir, para alemanes, utiliza este término junto con el de «movilización social» (Gesellschaftliche Mobilisierung) para caracterizar el proceso cultural que experimenta la sociedad checa durante el siglo XIX. Bahlcke deja constancia del hecho fundamental en ese proceso: ese «renacimiento» se basaría, en su segunda fase, en la definición de la nación checa sobre la lengua14. Y sobre este punto abundaremos en las páginas que siguen.

Cuando nace Jan Neruda (1834), el reino de Bohemia forma parte de lo que entonces se denominaba el Imperio Austriaco, cuyo interior lo integraban una parte importante de los que, desde hacía siglos (desde 1526 exactamente), constituían los «territorios hereditarios» (Erbländer) de la Casa de Austria. La situación que en este cuadro político sufrió a partir de entonces el reino de Bohemia con referencia a sus derechos civiles fue de manifiesta preterición, no solo y por supuesto frente a los territorios alemanes (archiducado de Austria, condado del Tirol, ducado de Carintia, etc.), sino también frente a los pertenecientes a la Corona de san Esteban, que los Habsburgo detentaban desde la muerte de Matías Corvino. Desde su incorporación a la soberanía austríaca, los húngaros habían exhibido siempre una actitud de manifiesta reivindicación de sus derechos identitarios y de igualdad frente a los austro-alemanes. Esta actitud, cuando finalmente se vio recompensada políticamente, sirvió de modelo a los países checos en la lucha por los derechos nacionales y la conquista de una convivencia igualitaria.

Así pues, la de Jan Neruda es la época en la que la triple oposición de nacionalidades bohemia/alemana/judía, que se da con carácter general en el espacio bohemio y de manera paradigmática en su capital Praga, llega, primero, a su agudización y, finalmente, a un solución, no integradora por cierto, sino, más bien, excluyente y que produciría un irredentismo alemán de nefastas consecuencias15. Con razón, una historia clásica de los países bohemios, la de Manfred Alexander, Kleine Geschichte der böhmischen Länder16, se refiere a esta época bajo los epígrafes die gespaltete Gesellschaft (= la sociedad dividida) y Nationalitätenkampf (= lucha de nacionalidades).

Así pues, de 1840 a 1900, es decir, desde la segunda revolución francesa, la Gloriosa, a las disposiciones lingüísticas de Badeni17, lapso que coincide con la biografía de Jan Neruda, asistimos a un proceso de paulatina y costosa Gleichberechtigung (equiparación) de todas las nacionalidades de la monarquía de los Habsburgo.

Antecedentes remotos de un enfrentamiento entre culturas

Los antecedentes del enfrentamiento, fraguado durante largos siglos de trato político, son lo que ha llevado a Hans Magenschab, un recuperador de la común historia austro-bohemia —común historia que duró más de cuatro siglos— a proponer de manera paradigmática, y asistido de gran parte de razón, que toda exégesis de la imagen sociocultural de Bohemia depende de la comprensión de su pasado: «Sich mit Boehmen auseinanderzusetzen, heisst, seine Geschichte zu begreifen. Mehr als beim jedem anderen Volk in Europa ist nationale Rückschau —bis heute— Gegenwart»18.

Bien es verdad que ese Rückschau, es decir, esa retrovisión a la historia, al pasado en sus documentos o, mejor dicho, documentaciones, dependerá de la parte de la que estas provengan. La perspectiva de un historiador alemán del proceso de independencia checo difícilmente coincidirá con la de la historiografía oficial checa.

En efecto, la imagen de la Bohemia nerudiana difícilmente se comprenderá si no se tienen en cuenta lejanos antecedentes que se remontan, como la oposición entre bohemios y alemanes, siglos atrás, cuando, tras la incursión de los magiares en Centroeuropa, se desvanecen el principado de la Gran Moravia19 y la correspondiente conexión de este territorio con el Imperio Romano de Oriente, con Bizancio, metrópolis que, a través de los evangelizadores tesalonicenses Cirilo y Metodio20, había orientado aquel pujante cuadro político proto-eslavo hacia su esfera de influencia. Estos evangelizadores griegos recuperaron para el cristianismo a los pueblos eslavos que, por una especie de succión de vacío, habían ocupado Centroeuropa tras la invasión o emigración de los pueblos germánicos. La unificación política, potenciada por la religiosa, lingüística y jurídica que inducen Cirilo y Metodio21, produjo una organización política autóctona, la Gran Moravia, que se mantuvo durante un siglo y que comprendía un extenso territorio que iba desde el Elba hasta los Cárpatos. A partir de la irrupción de los húngaros, y a través de la dependencia que la «misión eslava» vuelve a tener de la Iglesia alemana (dependencia de las sedes episcopales de Maguncia y de Magdeburgo sobre todo)22, el duque de Bohemia se verá implicado e integrado en la política del Sacro Imperio Romano Germánico, orbitando velis nolis en torno a esa constelación cesaropapista. De ese imperio, el duque de Bohemia será uno de sus electores... y uno de sus elegibles. Cuando alguno de los duques de Bohemia —tal era el título que le correspondía al jefe de la casa de los Přemyslovci o premíslidas23— pretendía el título de rey del país que gobernaba, este título debía ser confirmado por el rey de romanos y emperador alemán, que, por cierto, no siempre fue alemán24. Cuando, tras el ocaso de la dinastía de los Staufer en su enfrentamiento con el Papado, el rey Ottokar II de Bohemia, de la dinastía premíslida, pretenda la corona del Sacro Imperio, no logrará hacer valer por las armas esta su pretensión y será desposeído de parte de sus territorios (del ducado de Austria, heredado de los Babenberger25, y de Moravia) que se anexa, por el momento, el triunfador de la contienda, Rodolfo de Habsburgo, hasta entonces un insignificante señor territorial de la zona meridional del Imperio y desde entonces emperador germánico. En origen un conde de Habsburgo, en la Argovia de Suiza, sin mayor perfil en el conjunto de potencias feudales alemanas, Rodolfo conseguiría el trono imperial y fundaría la grandeza de la dinastía familiar y las intenciones anexionistas de la misma en Centroeuropa, bien que no tanto por la fuerza de las armas, sino gracias a la política matrimonial, tal y como rezaba el supuesto lema de la dinastía: bella gerant alteri, tu, felix Austria nube (= que otros hagan guerras, tú, Austria feliz, cásate). Ya en la baja Edad Media se habían dado tanto una presencia intermitente de la familia Habsburgo en Bohemia26 como un efecto llamada al, siempre ávido, comercio alemán hacia un territorio que, entre otras cosas, explotaba ricas minas de plata: las de Joachimsthal y las de Kuttenberg o Kutna Hora27. El hecho de que Praga fuera residencia del emperador alemán bajo la dinastía de los Luxemburgo (familia de raíces germánicas, a pesar de la bohemización28 de sus miembros, tal y como demuestra la antroponimia familiar, en la que abundan los antropónimos eslavos: Boleslao, Ladislao o Venceslao) hizo que la influencia alemana fuera muy intensa en el corazón de Europa y que, a la inversa, la Corona checa se implicara cada vez más en los asuntos alemanes, hasta el extremo de que un rey de Bohemia llegaría a ser, tras el ocaso de los Staufer, Waiblinger o gibelinos, señor de la marca de Brandeburgo. Por su parte, los Zuwanderer, es decir, los alemanes que se establecían en los territorios checos, acudieron en masa, en el marco de esta implicación, los cuales, dada su mejor posición social (por su proximidad al poder al que servían), pronto se hicieron, si no odiosos, sí molestos para la población autóctona y baja. El historiador Golo Mann, hijo del gran novelista, en su ensayo sobre Wallenstein, se refiere así al ambiente de convivencia interétnica en Praga en la época del condottiere bohemio:

Es gab viele Deutschen in Böhmen. Sie waren fleissig, die besten Handwerker, Bergmänner, und Kaufleute, aber nicht immer beliebt [...] und wenn immer im Gedränge der Gassen ein willkommener Anlass zu Gewaltsamkeiten zündete, so erklang der Schrei, man sollte die deutschen Hunde totschlagen. Ein Schrei des Pöbels, nicht der Herren, welche die deutsche Zivilisation achteten und von ihr nicht unberührt geblieben waren29 .

Al comienzo de la Edad Moderna, el rey de los húngaros Matías Corvino se apoderaría de Moravia, dejando al morir sus posesiones al archiduque de Austria —y emperador del Sacro Imperio— Federico III, quien a su vez las pasaría en herencia a su hijo y sucesor, el gran Maximiliano, el llamado «último de los caballeros». Finalmente, la elección como rey de Bohemia del nieto de este, Fernando I, hijo de Juana la Loca y hermano de Carlos V30, alcalaíno —de nacimiento—, salmanticense —de formación—, «rey de romanos» —por elección— y casado —por conveniencia— con Ana de Bohemia, supuso la anexión definitiva de la Corona checa a la Casa y causa de los Habsburgo. Bohemia se hacía con ello uno de los territorios más caracterizados, apreciados, productivos y problemáticos de los llamados «países de la corona» (Kronländer), también denominados «países hereditarios» (Erbländer).

La capitalidad del Imperio, que ocasionalmente había ostentando Praga (bajo los Luxemburgo, a partir de 1340 durante treinta años, y bajo los miembros de la familia Habsburgo durante la denominada «disputa fraterna»)31, produciría una germanización de su nobleza o, a la inversa, una bohemización de la alemana que se veía obligada a residir en la corte y, en todo caso, capital del reino. Los Schwarzenberg, Lichtenstein, Waldstejn, Palffy, Kolowrat, Sternberg, Martinitz, Kinsky, Harrach, Chottek, Eggenberg, Rosenberg y muchas otras familias nobiliarias son ejemplo de esta ambivalencia de una aristocracia que, más allá del origen, bohemio o alemán32, adoptaba el color del palo que coyunturalmente más pintaba en la situación política y que, más allá de las implicaciones nacionales, pretendía proyectarse en la política del Imperio. Muchos de sus miembros tenían una doble ascendencia y una doble ortografía y ortofonía, la alemana y la checa, al igual que una doble o cuádruple residencia, en Praga y en Viena33. Galardones o enseñas como el Toisón de Oro o la Cruz de la Orden de Santiago, que confería el emperador o, en su caso, el rey de España en su calidad de jefes de ambas órdenes, eran galardones honoríficos que más de un noble checo o checo-alemán solicitó y consiguió como símbolo de la supranacionalidad34 de la familia. En todo caso, la aristocracia checa no lograría que el pueblo se identificara con ella. Frente a esta nobleza extranjera, más o menos, nacionalizada (los Liechtenstein, por ejemplo) o nacional extranjerizada (los Kinsky) que introducía gustos y comportamientos internacionales en la convivencia, se oponían y proponían como modelos, en un contexto de supremacía social germánica, los héroes nacionales, de antaño (los caudillos de la rebelión husita Jan Žižka o Jan Hus) o del momento (Amos Komensky, alias Comenius), que habían defendido o defendían los valores nacionales eslavos. En definitiva, desde la más temprana Edad Moderna se dio un enfrentamiento doble de carácter nacionalista: entre la nobleza y la burguesía y, en cada uno de estos estamentos, entre los más contemporizadores con el poder imperial y los afirmadores de la identidad nacional.

En este contexto de tensión dialéctica entre lo popular y nacional y lo aristocrático e internacional cabe interpretar el hecho de que, con frecuencia, la nobleza checa echara mano de artistas extranjeros, sobre todo de origen italiano y alemán (Alliprandi, Lurago, Santini, della Stella, los Dietzenhofer, Maulbertsch, Von Erlach, etc.), desdeñando los servicios de los grandes artistas bohemios como Karel Škréta o Jan Brokoff. Así, por ejemplo, el duque de Friedland, Valdštejn/Wallenstein, echaría mano de pintores italianos para decorar la «sala terrena» de su palacio en Malá Strana (hoy en día sede del Senado de la República) y del escultor holandés Adriaan de Vries a la hora de poblar de esculturas el jardín de ese palacio. Por su parte, el palacio barroco de Troja, en las afueras de Praga, mandado construir por Václav Vojtěch ze Šternberka, es decir, de una familia radicada en lo más profundo de la bohemidad, sería diseñado por el borgoñón J. B. Mathey y vería adornada su fachada por una escalera monumental externa, única en su especie, debida al escultor radicado en Dresden P. Herrmann. En su interior, la decoración de una de sus salas, la Kaisersaal, dedicada a la «Apoteosis de los Habsburgo», cuyos soberanos habían elevado a la familia a la dignidad de condes del Imperio (Reichsgraf), se debería al pincel de los hermanos flamencos Godijn. El palacio Clam-Gallas (Clam-Gallasovský palác), de suntuosa portada flanqueada por balconadas sostenidas por los más barrocos y colosales atlantes de piedra de la ciudad, diseñado por el austriaco Fischer von Erlach y realizado por el italiano Carnevale, sería otro de los numerosísimos ejemplos que se podrían aducir a la hora de documentar la internacionalización estética de la nobleza checa. Solo a partir de mediados del siglo XIX, asentada ya la tendencia nacionalista en la sociedad, se dio el sentido contrario de esta tendencia: nobles checos, como los Harrach35, o instituciones municipales o regionales fomentaron las creaciones de artistas bohemios, que, dependiendo todavía de las academias alemanas de Múnich, Viena o Düsseldorf, se vieron proyectados a la opinión pública checa por los encargos de decoración y embellecimiento de las obras públicas «nacionales». El Teatro Nacional (cuya construcción dio lugar a una generación de artistas, la «generación del Teatro Nacional»), el Hanavský Pavilon o Pabellón de Hanau (debido a las manos de Otto Hieser y František Červenka) y, más tarde, el Obecní dům o Casa del Municipio(en la que trabajaron, entre otros,Osvald Polívka, Alfons Mucha, Ladislav Šaloun o Max Švabinský), uno de los edificios más visitados por la masa turística hoy en día, son buen ejemplo del fomento de los artistas oriundos por parte de los regidores praguenses.

El problema confesional, presente desde la Baja Edad Media en Centroeuropa, fue otro factor de enfrentamiento entre las culturas. Es un dato de la historiografía nacional el hecho de que el reformismo religioso prendió ya muy pronto en Bohemia, en todo caso mucho antes que en Alemania. Como en esta, también en Bohemia imbricó desde el primer momento en sus propuestas religiosas connotaciones nacionales, populares o, incluso, populistas. La predicación por parte de Jan Hus36 de un cristianismo reformado (en el que la sencillez de las formas de vida y la comunión bajo las dos especies eran dos de sus más característicos postulados) en la capilla de Belén (Betlémská Kaple), a pocos pasos del ayuntamiento de la Ciudad Vieja, conectaban perfectamente con las clases populares, que sentían como un elemento extraño la cultura del cristianismo oficial, de cuño alemán, el que, por ejemplo, se albergaba en la próxima iglesia de San Gil, regentada por los Domini canes, los dominicos. Más tarde, lo que podíamos llamar el hernutismo37 de Comenio iría en la misma dirección. Todo ello contribuyó a que el problema confesional se entrelazara con el problema de las nacionalidades presentes en el reino. El hecho de que la etnia alemana del reino se identificara, sobre todo tras la guerra de los Treinta Años, con el partido católico, solo parcialmente ganador, hizo que el hiato entre los miembros de las clases populares y sus magnates fuera aún mayor.

Finalmente, la presión de los asentamientos seculares de colonias alemanas en la serie de cadenas montañosas que rodean la República Checa (los Montes Metálicos, el Bosque de Bohemia y los Montes Gigantes)38 contribuyeron a que el territorio mantuviera esa múltiple tensión exacerbada de enfrentamiento entre bohemios y alemanes39, entre católicos y reformados. La situación de estos asentamientos alemanes que rodeaban por tres puntos cardinales los territorios de zonas labrantías checas debían ejercer un efecto tenaza sobre la Bohemia central, que se interpretaba —¿y quién no lo habría interpretado tratándose de Alemania?— como una amenaza a causa de un implícito Drang nach Osten, ya por esas fechas tradicional, que guiaba la política del Imperio, el cual, en su expansión había ocupado la zona periférica de Bohemia, rica en reservas de minerales (plata, cristal o hierro). Además, este ámbito territorial de mayoría germánica incluía los balnearios (ya entonces un factor importante de dinamización económica) más importantes de la región, tales como Karlsbad/Karlovy Vary, Franzensbad/Františkovy Lázně, Marienbad/Mariánské Lázně o Teplitz/Teplice, en los que los curistas eran mayormente aristócratas y burgueses alemanes, austriacos y, más adelante, rusos, mientras que los sirvientes y criados eran mayormente checos40.

El resultado de la suma de todos estos factores fue una historia de tensiones sociales más o menos continuas, en la que el problema más acuciante o agudizado fue el de la convivencia lingüística. Ya en el siglo XV en el studium generale de Praga se habían dado disensiones lingüísticas y se pretendía expulsar a los profesores alemanes en un momento en el que todavía se enseñaba en latín y, consiguientemente, ese tipo de tensiones lingüísticas no se había agudizado. La guerra de y contra los husitas haría intervenir a las siempre, desde el punto de vista de las nacionalidades, heterogéneas tropas imperiales. Ya al poco tiempo de haber sido elegido rey por los nobles checos, el emperador Fernando I, el hermano de Carlos V, tuvo que enfrentar una sublevación nacionalista. La guerra de los Treinta Años, en sus tres primeras fases (la palatina, la danesa y la sueca), sería también, aparte de la proyección europea que le dio la intervención bajo cuerda de Francia, un enfrentamiento nacional interno por la supremacía de las respectivas culturas. La ocasión, que no el motivo, inicial de la misma, a saber, la más célebre de las defenestraciones praguenses41, no fue más que la manifestación del descontento de los estamentos bohemios ante las disposiciones del emperador relativas a la llamada «carta de Majestad» que regulaba, insatisfactoriamente, la convivencia interconfesional.

Los estamentos checos (České stavy), desde las guerras de religión y, sobre todo, desde la Česká Confederace de 1619, adictos mayormente al husismo y a la «hermandad morava», se habían enfrentado numerosas veces con el emperador, si bien la batalla de Bilá hora (La Montaña Blanca, 1620) había decidido definitivamente en su contra. El resquemor dejado por este episodio nuclear en la historia checa, que dio lugar a la recatolización emprendida por Fernando II, llevaría a Comenio a escribir, quizás marcada por el resentimiento, una historia de la persecución que sufrió esta confesión nacional42. En efecto, a partir de 1624 —en ese año, una patente real declaraba como única confesión oficial la religión católica— tuvieron que salir del reino más de 150.000 «hermanos de la comunidad». Por aducir un número con fuerza comparativa: la mitad de moriscos que tuvieron que abandonar España en la expulsión realizada por el virrey Ribera. A pesar de que la mayoría no volviera a los territorios checos43, cabe suponer que ha podido quedar en el país un sustrato de ideología husito-luterana que mantuvieron aquellos que, renunciando, obligados, a su confesión, entraron como «marranos» conversos a profesar la religión católica44. Por una nueva Landesordnung de 1627, a los estamentos se los desposeía de la capacidad legislativa, que se encomendaba únicamente a la persona del rey y se reconocía la igualdad de la lengua alemana y la checa, lo que, como afirma Manfred Alexander, favoreció a la primera, dado su prestigio. «Die formale Gleichberechtigung der deutschen mit der tchechischen Sprache begünstigte de facto die deutsche als Sprache des Hofes und immer mehr auch der Landesverwaltung. Selbt im Landtag»45.

Los estamentos fueron reestructurados, de tal manera que como primer estamento fungía la jerarquía católica; le seguían los nobles pertenecientes a la nobleza titular, germanizada, y finalmente se situaban los estamentos checos. A pesar de que la situación de estos últimos, en una dialéctica de presión social sobre la monarquía, se vio considerablemente mejorada con el tiempo, las reformas, en sentido centralista, de María Teresa y de su hijo José II volvieron, en lo administrativo, a situaciones anteriores. Incluso desde el punto de vista social, la disposición de José II, quien mediante una patente real eliminaba la servidumbre (1781), pondría la base para dividir el «frente nacional» en dos «clases», desde el momento en que con ello se le daba al pueblo la expectativa de ir figurando en un futuro como actor político más allá de los estamentos. Ese desapego de la alta nobleza de la causa popular así como el papel que a partir de esta disposición desempeñaría la sociedad rural es lo que ha llevado a afirmar a Alexander46 que el estrato portador de la nueva conciencia social provendría de la aldea: «Anders als in Polen spielte der Adel in diesem Prozess kaum eine Rolle; das Grossburgertum sprach Deutsch und war in Prag zur Hälfte jüdischer Herkunft. Die neue tschechische Intelligenz kam aus dem Dorf»47.

En términos semejantes se expresa el historiador Bahlcke cuando propone la impronta que en la vida social bohemia tenía la vida campestre: «Das Leben der meisten Menschen wurde bis Mitte der 19. Jahrhunderts jedoch nicht von den Städten und der Industrie, sondern weiterhin vom Land bestimmt»48.

Y para darle razón al aserto solo habría que considerar que los dos máximos líderes del nuevo Estado independiente, Masaryk y Beneš, provendrían de dos pueblecitos sin importancia de las campiñas morava y bohemia, respectivamente.

En todo caso, durante el siglo XVIII, las reformas de los Habsburgo parecieron calmar un poco las aguas del descontento, aunque posibilitaron, sobre el fomento del interés por lo nacional —como veremos, el erudito J. Dobrovsky desempeñaría un papel importantísimo gracias a sus estudios de lingüística checa—, el despertar de la conciencia nacional que más tarde tomó nuevo auge, cuando a impulsos del espíritu romántico, se valorase lo popular en todos los ámbitos de la cultura. La reacción que supuso el Congreso de Viena intentó poner sordina, pero no acalló un ambiente de reivindicación que se convertía en clamor, y que provocó el que la solución del problema de interculturalidad se fuera decantando paulatinamente a favor de la minoría aborigen, la checa, que durante siglos había sufrido el yugo de las circunstancias, no necesariamente adversas, pero sí indeseadas: las derivadas de la pertenencia a un cuadro político cuyos soberanos y gobernantes manifestaban un marcado extrañamiento con los usos, ritos y confesiones de los que podríamos llamar los países de la Corona de san Wenceslao49. Todavía en el texto que, en ausencia de una constitución, «otorgada» por supuesto, podía hacer las veces de la misma en el marco de un ordenamiento político de cuño absolutista, a saber, el Código Civil, vigente en la parte «austriaca» de los llamados Kronländer de los Habsburgo desde 1812, a bohemios, moravos y silesianos les correspondía la nacionalidad austriaca.

1848 sería un año decisivo en la escalada de enfrentamiento social y racial. El historiador Bahlcke lo ha formulado certeramente: «Im ganz Ostmitteleuropa eröffneten die Revolutionen der Jahre 1848/49 [...] schlagartig die Perspektive einer politischen Neuordnung»50.

Los barricadistas que invadieron las calles de las capitales del Imperio, surgieron también y primeramente en Praga, donde se hicieron fuertes en el puente de Carlos. Si bien no tuvieron el éxito deseado en sus reivindicaciones, abrieron la espita a una nueva conciencia política. Sin embargo, a pesar de esta tensión continuada durante siglos entre lo alemán y lo eslavo, František Palacký, politólogo checo, fundador del austro-eslavismo y autor de dos obras fundamentales del pensamiento nacional checo (Geschichte von Boehmen [Historia de Bohemia], Praga, 183651, y Die österreichische Staatsidee [La idea del estado austriaco, Praga], 1866) llegaría a formular una lapidaria confesión de realismo político: de no haber existido la monarquía habsbúrguica, se habría tenido que inventar... si no se quería caer en el mar alemán que rodeaba a los países eslavos del norte.

A partir del llamado Ausgleich (= equiparación), acuerdo que equiparaba en derechos y autonomía las dos partes, la austriaca y la húngara, y que convirtió el marco soberano de Austria en Imperio Austrohúngaro o Monarquía Dual, los eslavos del nuevo Imperio, sobre todos los súbditos de los países de la «Corona de san Wenceslao» sintieron un evidente agravio comparativo por parte del gobierno central al no ver reconocidas, en gran medida debido a la oposición decidida de la parte húngara, su peculiaridad étnica y su identidad cultural, identidad que, por cierto, les siguió siendo negada, salvo exiguas concesiones, hasta principios del siglo XX, lo que provocó el desgaje de Bohemia de la monarquía habsbúrguica.

Son numerosos los episodios y datos históricos de fuerte carga simbólica y sentimental con los que se podría construir un florilegio de agravios hacia los checos por parte de los austro-alemanes o, mejor, de su gobierno. Así, por ejemplo, el que en 1622 se hubiera traslado de Praga a Viena, más exactamente a la judería de la ciudad vieja la Cancillería del reino de Bohemia (Boehmische Hofkanzlei o Česká dvorská kancelář), domiciliada, naturalmente, en el Hradčany de Praga desde su creación bajo Fernando I, significaba que se les arrebataba a los estamentos checos la capacidad de administración de sus propios asuntos, que se ponían en manos de los funcionarios imperiales residentes en Viena. La supresión de esta institución en 1749 y su posterior integración en una cancillería común para Bohemia y la Alta Austria tuvieron que levantar ampollas en la sensibilidad nacional checa. No menos sangrante tuvo que resultar para los ciudadanos checos políticamente concienciados la resistencia del emperador Francisco José a coronarse rey de Bohemia52, título que por herencia le correspondía, mientras sí lo haría, y pronto, como rey de Hungría. En sus sesenta y ocho largos años de reinado nunca «vio» la ocasión de ir a ceñirse en Praga la corona de Wenceslao, aunque, a decir verdad, no fueron infrecuentes las visitas del emperador a Praga, en vulgar praguense Procházka (= paseo), en alusión a los que se daba en sus visitas, mayormente de inauguración, a la capital checa.

A pesar de que, a partir de los años sesenta, como consecuencia de la debilidad tanto internacional como interior del Imperio a causa de las secuelas de la revolución del 48, en primer lugar, y, en segundo, por los enfrentamientos con el Imperio francés y el emergente reino de Italia en el marco de la política europea, se irían haciendo concesiones referidas sobre todo a la participación de las nacionalidades en la política común. En efecto, en esos años se concede representación en la Dieta Imperial, el Reichstag vienés, a los diversos grupos nacionales, que participarían en la legislación no tanto en calidad de partidos políticos, sino más bien en calidad de asociaciones políticas. Es así como surge en el ámbito general del Imperio un grupo de ideología nacionalista alemana que, con el tiempo y bajo la dirección de Schoenerer, acabaría constituyendo el partido político de los gran-alemanes (Grossdeutsche Partei), en cuyo interior surgirían las primeras manifestaciones de ideología nazi. Por su parte, entre la población eslava de Bohemia surgiría un grupo orientado a conseguir el reconocimiento de derechos políticos, que pronto se dividiría en dos frentes, el segundo más radical que el primero: los staročeši (Alttschechen) y los mladočeši (Jungtschechen). Estos últimos con un tinte hasta cierto punto marcado por una exaltación racista, se harían célebres por las reyertas que armaban en el Parlamento vienés cuando los resultados no eran los deseados por ellos.

En medio de estos dos grupos étnicos, que, sin embargo compartían cultura, en gran parte, mestiza, a saber, la checo-alemana, quedaban los semitas (con una fuerte presencia en los territorios checos), quienes, derivando de los esfuerzos por su integración emprendida por José II, gozaban de una atenuación de la penosa situación general que los judíos sufrían en el resto del Imperio y que venía de lejos53. José II había constituido una ciudad dentro de la Ciudad Vieja (Josefov o Josefstadt) en la que, incluido el antiguo gueto, «prosperaba» la comunidad judía rodeada de la antipatía de tirios y troyanos. Las sinagogas eran numerosas —hasta cuatro había a menos de quinientos metros de la plaza de la Ciudad Vieja: Pinkas, Klausov, Maisel y la Nueva Sinagoga Vieja— y los esfuerzos de integración cuajaban sobre todo a través del bautismo de conveniencia. No obstante, la inquina antisemita, marginalmente presente en los relatos de Neruda en la figura del prestamista o usurero, era evidente entre la población54. Antaño, los pogromos no habían sido desconocidos en la ciudad. El de 1389, por ejemplo, había pasado a la historia de la comunidad judía. En este contexto quizás sea oportuno mencionar que ya en el siglo XIII se le obligaba al semita de la ciudad a llevar el distintivo amarillo y que ya el rey de Bohemia y emperador alemán, el bien afamado Carlos IV, había hecho ejecutar a más de quinientos judíos, no en Praga, sino en Núremberg, para apropiarse de la sinagoga y barrio adyacente en la Reichsstadt (= ciudad libre) francona. Y cierto es en todo caso que, a finales del siglo XIX, ninguno de los grupos raciales predominantes, checos y alemanes, se inclinaba a aceptar a los semitas y, aunque los checos intentaran ganárselos en cierto momento para su causa nacional, los judíos integrados se orientaban más bien hacia la expresión social y cultural de la minoría alemana a través de la educación o incluso a la integración a través del bautismo, luterano en la mayoría de los casos. La antroponimia de los judíos bohemios puede dar una pista indicativa de las inclinaciones filoalemanas de la mayor parte de la comunidad semita de Bohemia: judíos checo-alemanes fueron Sigmund Freud (nacido en Pribor), Gustav Mahler (nacido en Jihlava), Karl Kraus (nacido en Jičín), Max Brod (nacido en Praga). Eran patronímicos que no solo radicaban en Praga, sino que estaban presentes en las tres provincias del reino. Los semitas de provincia y de las zonas campesinas, si no podían hacer otra cosa, se refugiaban, como lo hacían en la Galizia o la Rutenia, en el integrismo. Angelo Ripellino, profesor y traductor italiano y gran conocedor de la historia checa, recoge, en una caótica y sugerente evocación de la «Praga mágica» de 1900 —especie de guía espiritual o, al menos, literaria, que pretende no serlo y que titula precisamente como se ha mencionado55— ha expuesto esta situación del judaísmo del reino de Bohemia y, más en concreto, de su capital:

Pero en este poco firme muestrario de estirpes, aún más aislada resultó la situación del grupo hebreo. En el siglo pasado mientras el pueblo checo vivía su resurgimiento y Praga «se reeslavizaba» con la afluencia de las gentes del campo, los israelitas bohemios y moravos, al salir del gueto, optaban en gran parte por la lengua y cultura alemanas. El judío germanizado de la ciudad del Moldava vivía como en el vacío. Tan ajeno a los alemanes como a los checos, los cuales, en su irrumpiente nacionalismo, no hacían gran diferencia entre él y el alemán. Se añadía además que el judío solía ser fiel a la casa imperial. Por esta razón, a los checos les parecía un heraldo de la monarquía a la que combatían. No solo el rico industrial, sino cualquier empleado de banca, cualquier viajante, cualquier Samsa, cualquier tendero o mercader de raza israelí acababa por aparecer como un pán, un señor, un molesto intruso56.

La tirantez entre los grupos étnicos —que a su vez lo eran también en el aspecto cultural del país— fue acentuándose a medida que la industrialización se iba implantando en los territorios bohemios en parte a impulsos de una aristocracia que actuaba con sentido empresarial. Según M. Alexander57, «los índices de crecimiento anuales en los países checos entre 1867 y 1914 estaban por término medio un 3,5 por 100 más alto que en el resto de los países europeos». Moravia y sobre todo su capital Brno eran las zonas más industrializadas de todo el Imperio y en la parte contraria del país, Plzeň, en la Bohemia occidental, además de la industria cervecera más célebre del mundo, la que producía la Pilsner Urquell, desarrollaba la industria del acero y de las armas que en esa ciudad instalaba el ingeniero Emil Skoda. El 50 por 100 de la masa trabajadora del Imperio se concentraba en la parte checa y en algunos productos de extracción minera (plata, wolframio, uranio), la República Checa proporcionaba a la industria de la Monarquía el 100 por 100 de la producción.

Todo ello sucedía dentro de una situación demográfica no muy favorable a los alemanes en el conjunto de los países del Estado habsbúrguico: al final de los años de la Monarquía Dual, en 1910, los alemanes constituían únicamente el 24,2 por 100 de la población total, mientras los bohemios constituían el 13 por 100. La situación resultante era, pues, harto paradójica: por un lado la parte que más aportaba al sostenimiento del conjunto estatal tenía disminuido el reconocimiento de sus derechos políticos y culturales. Por otro, la proporción de utilización de las lenguas vehiculares de comunicación no hacía justicia a la composición étnica: en Bohemia y Moravia, solo el 36 por 100 de la población utilizaba el checo frente al 63 por 100 que utilizaba el alemán. Pensemos, por ejemplo, que el expediente académico de Jan Neruda en la Universidad Carolina está redactado en alemán y que sus estudios en parte se desarrollaron en esta lengua, lo mismo que sus primeros pasos profesionales, que los dio en periódicos de expresión alemana. Por eso, la reacción nacionalista vendría de la parte cultural, más incluso que de la política. Y cierto es que el ambiente de enfrentamiento múltiple que produciría una época especialmente agitada, aunque dentro de un orden, el establecido, fue ganando espacio en la opinión pública y en los medios. Aunque justo es decir que este flujo de mutuas antipatías discurría más poderosamente en sentido Bohemia-Austria que viceversa, dato obvio por lo demás, ya que eran los checos los que se consideraban víctimas de una opresión. T. G. Masaryk tenía voz en la prensa vienesa (en la revista Die Zeit, por ejemplo) y eran numerosísimos los checos que se asentaban en Viena, donde eran no solo bien recibidos, sino que también disponían de escuelas y locales de diversión propios (el popular Boehmischer Prater es un ejemplo de ello)58. Lástima que en el desarrollo de ese enfrentamiento no hubieran prevalecido las tesis moderadas del padre de la nación checa, František Palacký.

El resultado de este ambiente social de enfrentamiento en la Bohemia decimonónica lo ha resumido Manfred Alexander de manera ejemplar:

Die Streitigkeiten, Konflikte und nationalen Kämpfe der drei Jahrzehnte vor den ersten Weltkrieg haben das Geschichtsbewusstschein und Lebensgefühl der tschechischen Eliten in Prag, und darüber hinaus im ganzen Land, geprägt. Obwohl die Tschechen an der staatlichen Macht nur geringfüging beteiligt waren, konnten sie in dieser Zeit beachtliche Erfolge in der Ausgestaltung der tschechischen Teilgesellschaft aufweisen, ja diese mit allen Attribute einer moderner Gesellschaft versehen59.

Pues bien, esa nueva concepción de la propia historia que produjeron los conflictos se basó principalmente en la conciencia del valor cultural de la propia Weltanschauung, de la propia configuración del mundo. Si es cierta la relación que Marx propuso entre infra y supraestructura, habrá que afirmar que en esta conexión causal entre el comer y la moral (erst kommt das Fressen, afirmaría Brecht de manera un tanto brutal), esta puede modificar de manera definitiva las condiciones de producción y, lo que es más importante, de vida, pues no solo de pan vive el hombre, aunque también.

Justo es reconocer que estas tensiones políticas y esta dialéctica social actuaban de fermento cultural y resulta imposible negar que al respecto están justificados los términos de «simbiosis» o de «comunidad de conflictos», términos que en todo caso aluden, al menos, a una coexistencia de intereses que obligaba a estas dos (o tres) sociedades a cierto entendimiento60, a cierta coexistencia aunque no fuera pacífica.

El fomento de una conciencia de identidad nacional, cada vez más acentuada y que exigía sus derechos, sobre todo lingüísticos, y el respeto a sus usos y costumbres específicos, había tenido sus modelos en los numerosos procesos de independencia que, desde mediados del XVIII, habían tenido lugar en el conjunto mundial (Estados Unidos, la América española, Grecia, Italia, etc.). Todo ello decantó la, hasta entonces, aceptable convivencia, o, quizás, más bien solo coexistencia de las polaridades grupales en la Corona de san Wenceslao (Bohemia, Moravia y la Silesia checa) a favor de los checos. La Bohemia hasta entonces bilingüe, multirracial y, social y culturalmente, mestiza, aunque bajo el predominio de una normativa social alemana61, fue generando una dinámica de rechazo de lo alemán y de afirmación de los propio. En esa dinámica de identificación se inscribe, por ejemplo, el hecho de que Jan Neruda, quien empezó escribiendo sus primeros artículos en alemán para periódicos de expresión alemana en Praga, acabara siendo uno de los escritores que dio expresión, sotto voce, a esa inicial identidad nacional, no en último lugar a través de la utilización de la lengua nacional. Y como expresión simbólica de ese rechazo puede considerarse el hecho de que la municipalidad praguense erradicara, años más tarde (en 1915), por católico-barroca y germánica, la columna dedicada a la Virgen María que campeaba, como en muchas de las plazas centrales de las ciudades del Imperio austriaco, en la Staroměstské Náměstí, la plaza del mercado de la Ciudad Vieja. Fue sustituida por un altisonante grupo escultórico dedicado al héroe del resistente reformismo checo Jan Hus, que, sentimientos nacionales aparte, desde entonces desquicia la estética de la amplia plaza de marchamo gótico (el Staroměstská radnice o ayuntamiento de la ciudad vieja, la, iglesia Matky Bozi Pred Tynem, Nuestra Señora de Tyn o de la Cerca, etc.) y barroco (palacio Kinsky, iglesia de San Nicolás, etc.).

A pesar de esta hostilidad que hacía batirse en retirada a la cultura alemana, la de Neruda era una Bohemia en la que también nacían, se formaban, ejercían o convivían personalidades de la cultura de expresión alemana como un Mahler (que pasó por los teatros de Olomouc y Praga antes de llegar a la Gewandhaus de Leipzig o la Hofoper de Viena), un Freud, un Karl Kraus, un Egon Erwin Kisch, un Franz Werfel, un Max Brod, un Felix Weltsch o un Franz Kafka. Incluso un berlinés como Einstein ejercería la docencia en la Universidad Carolina. Muchos de ellos integraban en su expresión los dos idiomas (Kisch, por ejemplo) y Max Brod se batiría en favor de la internacionalización de la música checa mediante la traducción al alemán de los libretos de las óperas nacionales (las de Smetana o Janáček) para que así pudieran aparecer sobre las tablas internacionales. La cultura oficial checa debería reivindicar como propios y en alemán a estos escritores de expresión alemana: a todos ellos (y no solo a Kafka).

En este contexto de lucha por la identidad amenazada se inscribe la biografía y la obra de Neruda. De 1850 a 1900 o, mejor, 1914, gracias a la convergencia de todos los factores y energías que inciden en la configuración del cuadro cultural de una sociedad (músicos, artistas plásticos, diseñadores, arquitectos, pensadores y sobre todo, escritores) se dará forma a una identidad cultural que, en el seno de la macrocultura europea, tendría perfiles propios y muy caracterizados. Smetana y Dvořák, los promotores del Česká obec sokolská, Miroslav Tiersch y Jindřich Fügner, los pensadores Bolzano o Palacký, los escritores, entre otros, los del grupo Majovci; Božena Němcová62 o Karel Havlíček Borovsky y, por supuesto y sobre todo todo, Jan Neruda fueron, si no los fundadores, sí los concienciadores destacados de la nueva Bohemia que, más allá de la dependencia de los parámetros culturales alemanes, deseaba una expresión propia y que irrumpiría con fuerza tras la caída, en 1918, del marco político en el que durante siglos Bohemia había coexistido en el interior del marco europeo. De todos ellos derivarán los protagonistas de la potente cultura checa independiente del siglo XX en el marco político binacional de Checoslovaquia: desde Karel Čapek y Jaroslav Hašek hasta Leoš Janáček o, incluso, Kafka.

El arte y la cultura, piedras angulares de la identidad nacional

La primera piedra en el edificio de la identidad nacional fue la reivindicación del espacio donde se dan citas los factores de identidad de una nación: la capital. Si para la minoría alemana de Bohemia, los denominados Deutschböhmen, Viena era el punto de referencia moral e intelectual, para los checos se pretendió que lo fuera Praga. En efecto, a lo largo de este proceso de enfrentamiento de culturas, que arranca de manera decisiva en 1848, los checos del Imperio activaron el valor simbólico de esa institución tan decisiva en la sociedad burguesa que es la «capitalidad», ese núcleo urbano que encarna, como punto de referencia social y cultural, las esencias de un país. A lo largo de medio siglo, aunque siguiendo pautas ya trazadas en la Ilustración se trató de hacer de Praga una metrópoli cultural competitiva, dejando el carácter de capital industrial del país a la libre competencia de los múltiples centros fabriles que existían en el país, Brno, Ostrava o Pilzň. Por eso, 1848, año revolucionario que inicia la sociedad liberal burguesa, constituyó una fecha definitiva para la conciencia (pan)eslavista y, en concreto, para el resurgimiento de la identidad nacional checa: El Congreso Eslavo que ese mismo año se reuniría en Praga fue el aldabonazo a una sociedad, la checa, que hasta cierto punto y por el momento había contemporizado con el statu quo. A partir de ahí se puso en circulación como lema del nacionalismo eslavo en el Imperio la «peregrinación a Moscú», es decir, la orientación a la potencia eslava que en ese momento aglutinaba las ansias irredentas de los eslavos en la medida en que esta representaba, frente al tradicional Drang nach Osten alemán, el muro de contención que podría salvar de un ámbito geopolítico en plena expansión.

El Romanticismo herderiano, de cuño filológico y trasladado a Bohemia gracias a la labor de dos personalidades señeras del eslavismo como Joseph Dobrovský o Joseph Jungmann63, tendría su eclosión a partir de este congreso con las contribuciones a los estudios de eslavística realizadas por Pavel Josef Šafařík, autor de una gramática de antiguo checo y de una historia de la lengua eslava (en alemán: Geschichte der slawischen Sprache), o Franz Miklosch. La evolución de estos estudios fomentó el cultivo de la poesía y la literatura dramática en lengua checa. Josef Šafařík proponía incluso el uso de una lengua estándar común entre checos y eslovacos. El dramaturgo y empresario Josef Kajetan Tyl, autor del himno nacionalista Kde domov muj(Dónde está mi patria)64, y Karel Macha con su poema Màj, dieron modelos de escritura que serían seguidos años más tarde cuando se fundara una revista con el nombre del poema de Macha y se creara una escuela en la que se profesaba el nacionalismo literario. Paralelamente a esta expresión «beletrística» del sentimiento nacional, se dio un impulso definitivo al periodismo en la lengua de la mayoría: cabeceras como Hlas národa (La voz del pueblo) o Národní politika(La política nacional), Národní listy (Páginas nacionales) o Čas (Tiempo)surgieron frente al predominio de una prensa de expresión alemana (Die deutsche Volkszeitung, Prager Tagblatt). Cerro testigo de esa antigua presencia de la prensa alemana es la cabecera actual Prager Zeitung, que incluso fue apoyada, bajo supuestos ideológicos concretos, bajo el régimen comunista de ayer.

Siendo el checo uno de los pueblos más sensibles a la expresión musical y de los más dotados para el arte de Euterpe, la música tuvo una especial importancia en el desarrollo del sentimiento nacional checo. Por otra parte, la efectividad que esta disciplina de la diversión y expresión colectivas estaba teniendo en la constitución de la nación italiana65, especialmente la ópera verdiana, ha debido de tener un poder de emulación66. La labor del compositor Bedřich Smetana (1824-1884) sería fundamental en el surgimiento de la conciencia nacional. El dualismo que había sancionado el Ausgleich de 1866 dejó insatisfecho al importante, desde el punto de vista cuantitativo, componente eslavo de la monarquía austriaca. Es una fecha y un episodio que modifican radicalmente la convivencia de los numerosos pueblos en el interior del Imperio Austriaco que desde entonces pasó a llamarse Imperio Austrohúngaro. Los eslavos del Imperio salieron de manera más que evidente heridos en sus pretensiones de autogobierno y de reconocimiento de identidad nacional. No es de extrañar que en este contexto surgiera el deseo de acotar un espacio simbólico, un templo dedicado a los espíritus nacionales. No lejos de la frontera cultural checa, Luis I hacía años había levantado su Walhalla, diseñado por Leo von Klenze, como panteón nacional de los alemanes. Y desde hacía más de un siglo se erguía, próximo al Campo de Marte parisino, el Panteón de los franceses. Precisamente a imagen y semejanza de estos espacios nacionales surgió, con cierto retraso y en un contexto epocal en el que la vida teatral era síntoma y seña de la vida social, la creación del Teatro Nacional, que se construye junto al río Moldava y cuya piedra fundacional se pone, en 1862, en presencia del compositor Smetana —una de cuyas obras se ejecutaría con esta ocasión— y del mencionado František Palacký, teórico del nacionalismo moderado. A pesar del fracaso inicial que supuso el hecho de que el teatro fuera destruido por un incendio al poco tiempo de inaugurarse, veinte años después, la más cuidadosa reconstrucción y puesta en funcionamiento del mismo consagraron de manera plástica la idea nacional que así se hizo presente en la opinión pública de la ciudad y del reino. A partir de ese momento, el llamado austro-eslavismo, es decir, la afirmación de lo eslavo en el contexto austriaco fue una tendencia que en sinergia con el llamado paneslavismo logró imponer una cultura propia y hundir el cuadro político de la llamada Monarquía Dual67.

Que la construcción y puesta en funcionamiento del Národní divadlo o Teatro Nacional, inaugurado definitivamente en 1888 con la ópera Libuše de Smetana, tenía un carácter de reivindicación nacional lo demuestra el hecho de que, acto seguido, la parte germánica de la ciudad pusiera manos a la obra en la construcción de un teatro propio, dado que el preexistente Teatro Nostitz había pasado a los estamentos checos: El Teatro Alemán (Neues Deutsches Theater, 1888, inaugurado obviamente como una afirmación de la germanidad: los Meistersinger von Nürnberg [Maestros cantores de Núremberg]) que, construido en las laderas de la Vinohrad, dio cobijo al repertorio internacional y nacional alemán, mientras en el Národní divadlo, junto al Moldava, se refugiaba la producción autóctona. A partir de entonces la vida teatral de Praga tuvo dos vertientes nacionales que coexistieron, si no violentamente, sí en tónica de suspicacia mutua. La Casa de la Ópera construida en la proximidad de la estación del ferrocarril, sería seña de la ópera internacional, italiana o alemana, por la que pasarían, en el transcurso del tiempo, directores de la talla de Mahler o Richard Strauss. Mientras en el Teatro Nacional se representaba Dve˘ vdovy (Las dos viudas) de Smetana, en el Teatro Alemán se representaba La traviata.

En seguimiento de esa senda nacional, Smetana estrenará en 1874 Má vlast (Mi patria), una apelación musical a la conciencia nacional a través de la música, en concreto, un poema sinfónico que tematizaba en el pentagrama, es decir, en el lenguaje abstracto de la música, motivos del paisaje bohemio68