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Cuando un cuentista escribe con lápiz le pueden pasar cosas muy extrañas. Que la goma, por ejemplo, le juegue una mala pasada y empiece a borrar lo que no debe; o que el propio lápiz se ponga a pelear con la goma. Y si en el conflicto ambos peleadores se mezlan con los otros objetos que hay sobre el escritorio, las cosas se complican aún más. Finalmente, todo lo que el escritor tiene en su lugar de trabajo adquirirá vida y terminará irrumpiendo en su día a día. Cuentos llenos de imaginación y sorpresa.
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Seitenzahl: 57
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Delfín de Color
I.S.B.N.: 978-956-12-3273-0
I.S.B.N. digital: 978-956-12-3521-2
36ª edición: agosto de 2022.
©1992 por Sucesión de Juan Tejeda Oliva.
Inscripción Nº 82.414. Santiago de Chile.
Derechos exclusivos de edición reservados por
Empresa Editora Zig-Zag, S.A.
Editado por Empresa Editora Zig–Zag, S.A.
Los Conquistadores 1700. Piso 10. Providencia.
Teléfono (56-2) 2810 7400.
E-mail: [email protected] / www.zigzag.cl
Santiago de Chile.
El presente libro no puede ser reproducido ni en todo ni en parte, ni archivado ni transmitido por ningún medio mecánico, ni electrónico, de grabación, CD-Rom, fotocopia, microfilmación u otra forma de reproducción, sin la autorización escrita de su editor.
Diagramación digital: ebooks Patagonia
www.ebookspatagonia.com
ÍNDICE
Los monederos falsos
El huevo vanidoso
El sacrificio de la vela
La gloria de la vela
La hojita viajera
La maldad de la goma
Las aventuras del lápiz
Morajelas
Los monederos falsos
No sé si mis pequeños lectores creerán lo que voy a contarles, pero la verdad es que en mi escritorio ocurren hechos muy curiosos.
Ahí están siempre mis amigos: el lápiz, el lapicero, la goma y los papeles. Además hay una tijera, un cortaplumas y muchos otros objetos que me ayudan a ganarme la vida. Gracias a ellos puedo hacer dibujos que llevo a los diarios, donde me pagan algunos pesos. Y también escribo cuentos que las revistas suelen comprarme.
Pues bien: el otro día me estaba muriendo de hambre porque no se me ocurría ningún cuento nuevo que llevar, ni ningún dibujo que hacer, y me quedé dormido de fatiga después de tratar inútilmente de inventar algo. Me dormí sobre un sillón, ¡y cuál no sería mi sorpresa cuando, al despertar horas después, lleno de angustia porque no tendría dinero para el pan, abrí los ojos y contemplé una escena emocionante!
No. No estaba soñando. Mis ojos no me engañaban, mis oídos escuchaban perfectamente.
¿Qué sucedía? El lápiz estaba hablando. Y hablaba de mí. El lápiz hablaba así a sus compañeros, mientras yo me fingía dormido para no interrumpirlo:
–¿Se han fijado en lo que le pasa a nuestro amo? Desde hace días parece estar muy preocupado y muy triste...
–¿Es cierto –contestó la goma–. Y sobre todo, se nota muy nervioso. Tanto es así, que ayer me apretujó todo el día entre sus dedos y no me dio ni siquiera una línea o una letra que borrar.
–También he observado lo mismo –dijo mi anteojo–. Hace varias semanas que no me monta sobre su nariz y no me da nada que leer.
–Yo creo que está enfermo –opinó la tijera–.De otra manera ya me habría utilizado para recortar sus dibujos.
–¡Si no ha dibujado nada! –exclamó el lápiz–. Días atrás me tomó en su mano, hizo unas cuantas líneas y luego, arrugando el papel, lo lanzó furioso al canasto.
–Creo saber lo que ocurre –explicó el anteojo, y todos se dispusieron a oírlo. El anteojo tenía fama de ser el más sabio de todos los amigos de mi escritorio, y por eso lo escuchaban con respeto.Comprendían que el anteojo era el que más sabía, pues era el que leía más. Con frecuencia mi nariz lo llevaba al diccionario, donde aprendía muchas cosas interesantes sobre la vida y sobre los hombres–. Lo que le pasa –continuó el anteojo– es que está cansado. Le ha ocurrido algo que, según el diccionario francés se llama surmenage, y que en nuestro idioma significa “cansancio mental por exceso de trabajo”. Eso es lo que le sucede. Quiere escribir, pero no se le viene ninguna idea a la cabeza. Quiere dibujar ¡y no le sale ni una línea! Y lo más triste es que el pobre vive de estos trabajos. Si no se le ocurre algo en las pocas horas que van quedando de la noche, no podrá llevar nada a la imprenta, no le pagarán, y se morirá de hambre con su señora esposa y sus diecisiete hijos.
–¡Tenemos que ayudarlo! –dijo la tijera, que era muy bondadosa.
–¡Lo ayudaremos! –contestaron los demás, pero a nadie se le ocurría qué hacer.
Entonces el lápiz tuvo una gran idea, y habló así:
–¿Se acuerdan de ese día en que nuestro amo tenía que dibujar un billete de diez mil pesos para ilustrar un cuento?
–¡Sí, claro que nos acordamos! –respondieron todos.
–¡Cómo no vamos a recordarlo, si nos costó tanto hacerlo!
–Pues bien –dijo el lápiz–: lo que yo les propongo es que hagamos un nuevo billete de ésos y se lo dejemos aquí encima...
–No estaría mal –dijo mi billetera, que descansaba también sobre el escritorio–. Hace varios días que nuestro patrón no me da de comer ni un mísero billetito de cinco pesos. Y tengo hambre.
–Bueno, pues, manos a la obra –dijo el lápiz–. En primer lugar, tenemos que buscar el libro en que salía dibujado el billete de diez mil pesos. ¡De otra manera, no sé cómo podríamos hacerlo!
–Hagámoslo de memoria –dijo la goma.
–¡Jamás! ¡Si lo hiciéramos de memoria, el billete saldría malo! Y nuestro amo, impulsado por el hambre, se vería obligado a cambiarlo, y luego lo descubrirían y se lo llevarían preso. ¡Lo que pasa es que tú, goma, eres mala! No te contentas con comerte las líneas que yo hago, sino que además quieres que lleven preso al patrón.
–¡Y tú no haces más que molestarme! La tijera habló entonces:
–¡Haya paz! ¡Si no dejan de discutir, juro que les daré un buen pinchazo a cada cual! Lo que tenemos que hacer es empezar ahora mismo el trabajo. ¡A ver! ¿Dónde está ese libro?
–Aquí estoy –dijo el libro de grabados–. Pero me han colocado demasiado arriba en el estante. De manera que, por favor, retírense, para dejarme caer.
Todos mis amigos del escritorio se hicieron a un lado y el grueso volumen se lanzó de alto abajo.
–¿Qué página? –preguntó uno de mis guantes.
–Mil doscientos uno –respondió el anteojo con su gruesa voz. Y el guante, con toda elegancia, se abrió paso entre los demás objetos, abrió el libro y buscó la página con sus finísimos dedos.
–Ahora necesitaremos papel –dijo el lápiz.
–Aquí estoy –contestó una hoja, dirigiéndose al centro de la mesa. Y el lápiz empezó a copiar minuciosamente el billete. De vez en cuando se detenía, y todos los demás se acercaban a hacer la crítica del dibujo. Cuando era necesario, la goma borraba. La goma tenía bastante hambre de líneas, de modo que tendía a borrar más de lo necesario, pero la tijera la vigilaba constantemente, ayudada por el cortaplumas.
Cuando terminaron el billete por un lado, tuvieron que seguir por el otro. ¡Y en seguida hubo que esperar a que el portaplumas, con la ayuda de diversos frascos de tintas de colores, concluyera el dibujo en limpio!
–Ahora falta que el anteojo y la lupa revisen bien el dibujo para proceder a cortarlo –dijo la tijera.
–Con el mayor gusto–respondió la lupa–. Pero la verdad es que estoy un tanto mal de la vista, de manera que necesito un poco de luz. ¿De dónde la sacamos? La lámpara de velador está muy lejana. Y además, si encendiéramos una ampolleta, nuestro amo podría despertar y la obra quedaría inconclusa.
