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Prepárate para entrar en las sombras de lo desconocido, donde el odio se manifiesta como una fuerza sobrenatural y la venganza desencadena horrores inimaginables. Desde oscuros pactos con demonios hasta asesinatos que liberan fuerzas más allá de la comprensión, estos 22 relatos de TerrorRan te sumergirán en una inquietante travesía hacia el espanto. ¿Te atreves a enfrentar tus miedos más profundos?
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Seitenzahl: 129
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Por fin conocía el secreto que tantos años me había quitado el sueño.
Y ahora ustedes también.
Para mi viejo, Juan Carlos (1959-2022).
Años de amor han sido olvidados en el odio de un minuto.
Edgar Allan Poe, “A la señorita***”
Zack y Emily eran dos hermanos muy unidos. Tanto es así que lograron que sus padres los llevaran al parque de diversiones que durante meses ansiaron visitar. No había sido una tarea fácil, papá trabajaba en el ejército y su agenda era limitada incluso para sus hijos. Pero luego de días en donde se turnaron para convencer al ocupado adulto, llegó el que estaban esperando. Los niños aprovecharon cada segundo: se subieron a todos los juegos que pudieron, comieron toda clase de dulces y no se fueron del lugar hasta entrada la noche. Muy a su pesar, debían regresar a casa. Era domingo y una larga semana los esperaba. Sobre todo a su padre, a quien apenas veían hasta el viernes. Por lo tanto, quedaban a cargo de mamá.
Muchas veces, y en lo que podía, Zack se ponía al hombro su rol de hermano mayor y le daba una mano para cuidar a Emily. Como ese lunes siguiente al parque de diversiones. Estaban bajando a desayunar mientras competían por ver quién llegaba primero a darle los buenos días a su madre, pero al entrar en la cocina se dieron cuenta de que estaban solos. Era extraño para ellos, siempre los esperaba con la comida lista antes de ir al colegio. Zack no le dio más vueltas al asunto y preparó las tostadas y el jugo él mismo. “Tal vez está cansada de ayer”, pensó y luego del desayuno partió junto con Emily a la escuela.
Al mediodía volvieron a casa hambrientos, ansiosos por devorar el almuerzo. Era día de pasta con salsa roja. Sin embargo, no sintieron el aroma típico de la salsa de mamá. Zack empezó a preocuparse. Algo no andaba bien, pero, como no quería alarmar a su hermanita, y porque el estómago le rugía, decidió concentrarse en lo que podía solucionar y preparó unos sándwiches con lo que tenía a mano. Después de comer, Emily se echó una siesta, momento que Zack utilizó para dirigirse al cuarto de su madre y ver si todo estaba en orden. Notó la puerta entreabierta, así que decidió golpear primero.
Silencio.
Se sujetó de la perilla y con pasos lentos fue abriéndose camino. Quizás estaba dormida, no quería despertarla. La oscuridad era tan abrumadora que no lo dejaba ver con claridad lo que tenía enfrente y temía tropezar. Cuando por fin llegó a la cama sano y salvo, y sin alterar a su madre, confirmó su teoría: estaba descansando plácidamente. Así de despacito como había entrado se retiró y bajó a la sala principal a jugar con la computadora. Un rato de ocio y luego se pondría a hacer los deberes. Aunque, de hecho, pasaron horas. Muchas. Y todavía ni su madre ni Emily habían aparecido. “¿Cómo es que pueden dormir tanto?”, se preguntó y decidió ir a buscarlas.
Primero pasó por el cuarto de su madre. Esta vez no tocó, entró directamente, y lo que olió lo desestabilizó por completo. Era un tufo hediondo, putrefacto, que encendió todas sus alertas. Con cuidado se acercó hasta su mamá y le acarició el pelo. De inmediato, se quedó con un mechón de su cabello. Zack empezó a temblar. Trató de despertarla, la zamarreó, la llamó a los gritos, pero sus manos comenzaron a hundirse en una masa pestilente, babosa y repugnante… Aquello ya no era su madre.
Despavorido, salió corriendo de la habitación y fue en busca de su hermana. Abrió la puerta de su cuarto, pero el mismo olor inaguantable se presentó nuevamente. Emily estaba en el mismo estado que su madre. Zack entró en pánico, su cuerpo no paraba de estremecerse y, al mismo tiempo, se dio cuenta de que estaba solo. Necesitaba huir, debía comunicarse con su padre. El teléfono estaba abajo. Comenzó a cruzar las escaleras, pero de nada sirvió: sus piernas empezaron de derretirse gradualmente, primero los pies, luego sus gemelos y muslos. Ahora él mismo olía a podrido. Mientras pisaba cada escalón iba perdiendo el control de su cuerpo hasta que cayó de golpe al piso, con su cabeza de lado.
De repente, como si de una obra de teatro se tratase, vio a su padre mirando la televisión. En ella, un reportero hablaba sobre un caso espeluznante: un padre de familia había matado a su esposa y sus dos hijos. Luego los cortó en trozos que vertió en recipientes gigantes repletos de ácido, para disolver toda la cantidad de carne posible. De repente, el interior de su casa se esfumó y comenzó a observar a su padre en una habitación de hotel de mala muerte, ebrio hasta los huesos, sentado en un sofá deshilachado, escuchando las terribles noticias mientras se reía con cinismo, disfrutando de todo el show.
Poco a poco, Zack fue desvaneciéndose hasta desaparecer. Mientras tanto, su padre sigue suelto, sediento de más sangre.
A un pueblito a kilómetros de la capital, rodeado de grandes árboles y un raudo río, llegaron un hombre y un perro, su fiel amigo. No era la primera vez que se aventuraban a lo desconocido. Hacía ya varios años que deambulaban a la par, librados a la suerte del destino en búsqueda de limosna, comida y un techo para pasar la noche.
El nuevo destino los recibió con el peculiar frío de aquel invierno, que, acompañado por una fina llovizna helada, penetraba como alfileres los harapos del hombre y el pelaje del animal. Necesitaban, urgente, refugiarse.
Puerta a puerta fueron recorriendo las casas, pidiendo cualquier ayuda para combatir las bajas temperaturas. Los habitantes eran considerados y les ofrecían alimentos, bebidas calientes y alguna que otra ropa o frazada. Sin embargo, a pesar de la cortesía, el hombre pudo notar un trato distante hacia ellos y también un tanto… apresurado, como si se los quisieran sacar de encima. No le dio mucha importancia, estaba acostumbrado a que lo trataran con desconfianza.
Luego de una caminata que pareció eterna debajo de la llovizna que continuaba cayendo, el hombre divisó a lo lejos una casa de dos pisos, muy bonita y, por lo que pudo llegar a distinguir, abandonada. Algunas ventanas estaban tapiadas, a otras se les notaban las cortinas desgastadas y el césped crecía libre por el jardín. Sin saber lo que había sucedido en esa casa, ni mucho menos los rumores que circulaban en el pueblo sobre ella, el perro y el vagabundo entraron.
A pesar de la oscuridad y el deterioro, el hombre se sintió satisfecho, pero su compañero estaba nervioso. Incluso había atravesado la puerta ladrando impaciente, señal que el humano decidió ignorar y, en cambio, subió al piso de arriba, donde se encontró con una amplia sala de estar y un bellísimo hogar a leña. Mientras el animal olfateaba cada recoveco con la cola y las orejas erguidas, su dueño logró encender un fuego con restos de muebles que encontró. De su viejo y gastado bolso sacó un poco de la comida que les habían dado.
El tiempo pasó. La noche se había despejado y la luna iluminaba desde lo alto del cielo. El hombre sacó otra ración de comida y le ofreció al perro, pero notó que no estaba. Cuarto por cuarto, decidió buscarlo hasta que lo encontró en el último. Estaba parado sobre una cama, con las cuatro patas hundidas en el colchón y de nuevo ladrando, pero esta vez desaforado. Otra señal que decidió ignorar.
Parado cerca del umbral de la puerta, observó la habitación desde afuera. Todo estaba en perfecto orden y limpio, a diferencia del resto de la casa. A un costado de la cama había una enorme hilera de osos de peluche dispuestos a la perfección uno al lado del otro. Los ladridos del perro seguían retumbando contra las paredes, provocando un eco molesto e inquietante. Iban dirigidos hacia los peluches. El hombre le pidió que se calmara y amagó entrar al cuarto, pero en cuanto puso un pie delante del otro, la puerta se cerró en su propia cara con un envión violento, dejándolo afuera. El estruendo del portazo fue de tal magnitud que aplacó los ladridos.
Segundos después, cuando el hombre por fin pudo reaccionar, la puerta volvió a abrirse y su mundo se derrumbó al instante. Su fiel amigo yacía esparcido en pedazos: el estómago abierto, las vísceras sobre el suelo, la sangre fresca tiñendo las sábanas blancas. De forma casi incrédula, sin pensar en las consecuencias, entró para ver más de cerca aquella terrible escena, quería asegurarse de que era verdad lo que sus ojos presenciaban.
Pero ese fue su gran y último error.
Mientras caminaba, algo salió de abajo de la cama, una sombra con forma humana, enorme y amenazante, que rápidamente lo tomó del cuello, lo levantó hasta casi tocar el techo y con la otra mano lo decapitó de un rasguño.
Lo que el vagabundo no sabía y la gente de ese pequeño pueblo sí, era que en esa casa, hace muchos años, un padre de familia se volvió loco por completo por culpa de un negocio que salió mal y lo dejó en bancarrota. Siempre había sido un hombre de la alta sociedad y no quería que sus hijos y esposa cayeran en la desgracia, en la pobreza, por eso había tomado la decisión de matarlos, cortándolos en trozos e introduciéndolos en esos osos de peluche para ocultarlos.
Años más tarde encontraron el cuerpo de ese padre de familia con un disparo en su cabeza. Se había quitado la vida, pero los pueblerinos decían que aún podían verlo por las noches vagando.
Así que ya saben, si tienen mascotas, préstenles mucha atención, porque quizá les esté advirtiendo por una última vez.
Hacía más de treinta años que no volvía a mi hermoso pueblo natal. Las últimas décadas estuve en un lugar bastante caótico. Durante mucho tiempo anhelé la calma y el silencio... Incluso soñaba cada noche con regresar y retomar mi antigua vida, hasta que por fin sucedió.
Ahora que me dirijo de vuelta a casa, estoy muy feliz, a pesar de saber que mis padres y hermanos ya no se encuentran allí. Comienzo mi viaje al mediodía. Me esperan unas doce horas arriba del autobús, así que cuando llego al pueblo ya es de noche; pero no me importa, al contrario, puedo caminar tranquilo hacia mi hogar, con la luna de testigo.
Como es costumbre, las llaves están debajo de una pequeña maceta al lado de la puerta. Cuando la abro, me sorprende cómo el tiempo parece haberse detenido en mi propia casa. Lo único diferente es el esperado olor a humedad, debido a los años de encierro, claro. Sin embargo, el resto continúa igual al día que me fui. La nostalgia me invade durante el recorrido por todas las habitaciones y se incrementa aún más al entrar a la que solía ser mía. Más allá del polvo que prevalece, me acuesto en la cama y de inmediato me duermo.
A la mañana siguiente me doy una ducha y luego voy a hacer las compras para la semana. Mis antiguos vecinos me observan de manera extraña. Tal vez no me reconocen, pasaron más de tres décadas desde la última vez que los vi. El dueño del mercado del barrio también me mira, y me da la sensación de que sus ojos transmiten algo feo, como rechazo. ¿Pensará que soy un oportunista que decidió invadir la casa? Si así es, obviamente está equivocado.
Los días siguientes, cada vez que salgo de casa, la gente a mi alrededor ya no me observa, sino que me escudriña. Más de una vez me atraviesa la necesidad de decirles quién soy, pero prefiero ocupar mi tiempo en cosas más importantes, como la limpieza. Ya no soporto la suciedad acumulada durante años. Sobre todo las cintas amarillas y ese desorden que quedó de un tiempo atrás. A medida que acomodo las cosas, miro las fotos de mis padres y hermanos. Qué hermosos recuerdos.
La casa queda impecable. Ahora sí puedo disfrutarla al máximo. Nada opacará la felicidad que siento de estar rodeado del silencio y la tranquilidad que siempre quise. Nada. Ni siquiera mis vecinos, que cada vez tienen un comportamiento más extraño. Ya me tienen hartos, algunos hasta me persiguen. ¿Acaso recuerdan ese día?
Yo me lo acuerdo muy bien. Nunca podré olvidarlo. Era una mañana bellísima, el sol resplandecía y el resto de mi familia dormía. Excepto papá, que estaba en el trabajo. Había una calma que me llenaba de bienestar. Entonces fue cuando decidí que quería esa tranquilidad para siempre. Ya era tiempo de estar solo y disfrutar del silencio. Primero maté a mi madre. Le corté el cuello con un cuchillo afilado que encontré en la cocina. Luego llegó el turno de mis hermanos. Siempre fueron los que más caos causaban en casa, así que tomé el bate de béisbol de uno de ellos y les aplasté la cabeza. Papá fue el último, lo sorprendí con su pistola cuando volvió de la oficina. Una bala en el cráneo y listo. A los cuatro los enterré en el jardín trasero. Yo era muy inocente, creía que nadie se daría cuenta, pero al día siguiente mi casa se llenó de policías. Vallaron el perímetro con cintas amarrillas y me llevaron a un manicomio por más de treinta años. Yo solo quería silencio y tranquilidad en mi hogar, ¿será por eso por lo que mis vecinos me miran raro?
Últimamente están muy ruidosos…
Recuerdo que durante mi infancia podíamos salir a jugar en cualquier horario y no había problema ni peligro alguno. Hoy en día, eso es muy diferente.
Mi grupo de amigos era variado, unos eran del colegio y otros, del barrio. Aunque me divertía con ellos, me gustaba estar solo en casa. En el patio organizaba batallas infinitas con pequeños soldaditos de plástico, entre el barro y demás. La pasaba genial con mi imaginación y mis juguetes.
Mi infancia tuvo lindos momentos, pero también hubo algo que no quisiera recordar.
Tenía una mascota, un perro de la calle que había encontrado mi padre o mi madre, no recuerdo bien. Se llamaba Tochers y también jugaba conmigo en el patio, pero una tarde se abrió la puerta principal de casa y él salió a las corridas. Nunca más volvió. Bueno, en realidad sí, pero no con vida. Uno de mis vecinos no simpatizaba con los animales, ni perros ni gatos, y se dedicaba a envenenarlos. Cuando me enteré del final que tuvo Tochers, mi fiel amigo, me puse muy triste. Tenía muchos sentimientos encontrados: negación, rabia, dolor, ¿por qué mi vecino era tan cruel? A pesar de la ira que me invadió, seguía siendo un niño, y lo único que pude hacer fue llorar. Supe que muchas otras mascotas del barrio habían terminado de esa manera.
