Cuentos imprescindibles - Edgar Allan Poe - E-Book

Cuentos imprescindibles E-Book

Edgar Allan Poe

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Los cuentos de Edgar Allan Poe fueron desde su publicación un hito y un referente inexcusables en la literatura fantástica, de misterio y de terror. Este volumen reúne sus Cuentos imprescindibles, todos aquellos de los que se ha oído o se puede oír hablar alguna vez y que han ejercido unánime fascinación sobre generaciones de lectores. Desde «El pozo y el péndulo» a «El corazón delator», desde «La caída de la casa Usher» a «Berenice», se concentra en estas páginas, como en un hipnótico frasco robado del laboratorio de un viejo alquimista, la quintaesencia de su genio. Edgar Allan Poe (1809-1849) es una de las figuras clave de la literatura moderna. El influjo de su obra se puede rastrear en la raíz de muchos de los géneros actuales más populares, así como en numerosísimos autores posteriores, desde Charles Baudelaire a Julio Cortázar. Otros libros de Poe en Alianza Editorial: Narración de Arthur Gordon Pym, El cuervo y otros poemas y Cuentos (en dos volúmenes). Traducción de José Luis López Muñoz

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Seitenzahl: 506

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Edgar Allan Poe

Cuentos imprescindibles

Traducción de José Luis López Muñoz

Índice

El pozo y el péndulo

William Wilson

El escarabajo de oro

El manuscrito encontrado en una botella

La verdad sobre el caso del señor Valdemar

Los crímenes de la rue Morgue

Ligeia

El gato negro

La caída de la Casa Usher

La barrica de amontillado

El corazón delator

La máscara de la Muerte Roja

Un descenso por el Maelström

El retrato oval

Berenice

La caja rectangular

El entierro prematuro

Créditos

El pozo y el péndulo

Impia tortorum longos hic turba furores

Sanguinis innocui, non satiata, aluit.

Sospite nunc patria, fracto nunc funeris antro,

Mors ubi dira fuit vita salusque patent1.

Me sentía mareado, terriblemente mareado después de aquel largo sufrimiento, y, cuando por fin me desataron y se me permitió sentarme, comprendí que estaba a punto de perder el conocimiento. La sentencia –la temida sentencia de muerte– fue lo último que llegó con claridad hasta mis oídos. Después, el sonido de las voces inquisitoriales pareció confundirse hasta formar un vago susurro impreciso que llevaba a mi mente la idea de revolución, quizá por su asociación caprichosa con el rumor de una rueda de molino. Pero sólo durante un período muy breve, porque muy pronto no oí ya nada más. Durante algún tiempo, sin embargo, no dejé de ver lo que estaba sucediendo; aunque, ¡con qué terrible deformación! Veía los labios de los jueces de negros ropajes. Me parecieron blancos –más blancos que el papel en el que escribo estas palabras– y tan finos que resultaban incluso grotescos; finos por la intensidad de su expresión de firmeza –de inquebrantable determinación–, de inflexible indiferencia ante la tortura. Vi que todavía brotaban de aquellos labios los decretos con los que se decidía lo que me reservaba el destino. Los vi vibrar pronunciando frases de muerte. Los vi formar las sílabas de mi nombre; y me estremecí porque a continuación no me llegó ningún sonido más. Vi también, durante unos pocos momentos de horror delirante, la suave y casi imperceptible ondulación de los negros cortinajes que cubrían las paredes de la sala donde me juzgaban. Y después mi mirada se fijó en los siete cirios colocados sobre la mesa. Al principio me mostraban el rostro de la caridad, y parecían esbeltos ángeles blancos capaces de salvarme; pero a continuación una extraordinaria repugnancia se apoderó de mi espíritu, y sentí estremecerse todas las fibras de mi ser como si hubiera tocado el cable de una pila galvánica, al tiempo que las formas angélicas se transformaban en absurdos espectros de cabezas ardientes, y comprendí que no recibiría de ellos ayuda alguna. Luego me vino a la cabeza, como una espléndida nota musical, la idea de lo dulce que debía de ser el descanso en la tumba. Aquel pensamiento se me presentó con suavidad y como a hurtadillas, y pareció transcurrir mucho tiempo antes de que lo valorase como se merecía, pero, precisamente cuando mi espíritu llegaba por fin a sentirlo y a acariciarlo, las figuras de los jueces se desvanecieron como por arte de magia delante de mí; los cirios se hundieron en la nada; sus llamas se extinguieron por completo; sobrevino el vacío de la oscuridad; todas las sensaciones parecieron sumergirse en un frenético descenso, como el del alma a los infiernos. El silencio, la quietud y la noche eran el universo.

Me había desmayado, pero no diría, sin embargo, que estuviera del todo inconsciente. No me atreveré a definir, ni a describir siquiera, qué parte de mí siguió despierta; pero lo cierto es que no todo estaba perdido. ¿Lo está en el sueño más profundo?, ¡no! ¿En el delirio?, ¡no! ¿En un desmayo?, ¡no! ¿En la muerte?, ¡tampoco! Ni siquiera en la tumba está todo perdido. De lo contrario se le niega al hombre la inmortalidad. Al despertar del más profundo sopor rompemos la delicada telaraña de algún sueño. Pero un segundo después (tan frágil debe de haber sido esa telaraña) no recordamos ya lo que hemos soñado. Al volver a la vida después del desmayo hay dos etapas: primero, la sensación de lo mental o espiritual; en segundo lugar, la de la existencia corporal. Parece probable que si, al alcanzar el segundo estadio, pudiéramos hacer volver las impresiones del primero, las descubriríamos llenas de elocuentes recuerdos del abismo del más allá. Y ese abismo... ¿qué es? ¿Cómo, al menos, distinguiremos sus sombras de las de la tumba? Pero si bien las impresiones de lo que he denominado el primer estadio no vuelven cuando lo deseamos, ¿no es cierto que, después de una larga pausa, regresan de forma espontánea, mientras nosotros nos preguntamos, maravillados, de dónde habrán salido? Quien nunca se haya desmayado no encontrará extraños palacios ni rostros desatinadamente familiares en carbones al rojo vivo; no descubrirá flotando en el aire las tristes visiones que quizás vea la mayoría; no reflexionará sobre el perfume de alguna flor singular, y no se quedará perplejo ante el significado de alguna cadencia musical que nunca había atraído antes su atención.

Entre frecuentes y cuidadosos esfuerzos por recordar, entre afanosos forcejeos por recuperar alguna prueba del estado de aparente aniquilación en que había caído mi alma, ha habido momentos en los que he soñado con el éxito; ha habido períodos breves, muy breves, en los que he evocado recuerdos que la lucidez de una época posterior me asegura que sólo pueden haber tenido relación con ese estado de aparente inconsciencia. Esas sombras de la memoria hablan, confusamente, de altas figuras que, después de levantarme, descendieron, llevándome en silencio cada vez más abajo, siempre más abajo, hasta que se apoderó de mí un vértigo espantoso ante la simple idea de lo interminable de aquel descenso. También me hablan de un impreciso horror en mi corazón debido a su anormal quietud. Aparece enseguida una sensación de repentina inmovilidad en todas las cosas; como si los que me transportaban (¡horrible comitiva!) hubieran superado, en su descenso, los límites de lo ilimitado e hicieran una pausa debido al tedio de su tarea. Después evoco una superficie llana y húmeda, y a continuación todo es locura: la locura de una memoria que se afana entre cosas prohibidas.

De manera muy repentina volvieron a mi alma movimientos y ruidos: el tumultuoso agitarse del corazón y el sonido en mis oídos de sus pulsaciones. Luego una pausa en la que todo desapareció. Después, una vez más, el sonido, el movimiento y el tacto: una sensación de hormigueo por todo el cuerpo. Siguió la simple conciencia de existir, sin pensamiento; una situación que se prolongó durante mucho tiempo. A continuación, con brusquedad, pensamiento, un terror lleno de temblores y un intenso esfuerzo para comprender mi verdadera situación. Luego un intenso deseo de caer otra vez en la insensibilidad, seguido de un rápido restablecimiento mental y de esfuerzos para moverme coronados por el éxito. Y pronto el recuerdo completo del proceso, de los jueces, de los negros cortinajes, de la sentencia, del mareo, del desmayo, así como del olvido completo de lo que vino después; de todo lo que el paso del tiempo y la perseverancia en el empeño me han permitido recordar vagamente.

Hasta entonces no había abierto los ojos. Me daba cuenta de que estaba boca arriba, sin ligaduras. Extendí una mano, y cayó pesadamente sobre algo húmedo y duro. Allí la dejé durante muchos minutos, mientras hacía esfuerzos por imaginarme dónde me encontraba y en qué condiciones. Anhelaba utilizar la vista, pero no me atrevía. Me aterraba la primera mirada a los objetos de mi entorno. No es que temiera ver cosas horribles: temía la angustia que se apoderaría de mí si no hubiese nada que ver. Por fin, cuando estaba a punto de dominarme la desesperación, los abrí muy deprisa. Y entonces mis peores temores quedaron confirmados. La oscuridad de la noche eterna me envolvía por todas partes. Tuve que esforzarme para respirar. Lo intenso de aquella negrura parecía oprimirme y asfixiarme. La atmósfera era intolerablemente sofocante. Seguí tumbado sin perder la calma, y me esforcé por usar la razón. Repasé mentalmente el proceso inquisitorial, y traté de deducir mi situación real a partir de aquellos datos. Se había dictado sentencia, y me parecía que había transcurrido mucho tiempo desde entonces. Ni por un momento, sin embargo, me imaginé muerto de verdad. Semejante suposición, a pesar de lo que leamos en las obras de ficción, es totalmente incompatible con la existencia real; pero, ¿dónde y en qué estado me encontraba? Sabía que, al condenado a muerte, se le ejecuta de ordinario en un auto de fe, y uno de aquellos macabros espectáculos había tenido lugar precisamente la noche misma del día en que se celebró mi juicio. ¿Me habían devuelto a la mazmorra para esperar el próximo auto de fe, que tardaría muchos meses en producirse? Me di cuenta enseguida de que no podía ser ése el caso. La demanda de víctimas era constante. Y además la mazmorra que ocupaba antes del juicio, como los calabozos de todos los condenados de Toledo, tenía suelo de piedra, y la luz no quedaba excluida por completo.

Una horrible idea hizo que, de repente, el corazón se me desbocara dentro del pecho, y una vez más perdí el sentido, aunque no durante mucho tiempo. Al volver en mí, me puse de inmediato en pie, dominado, de pies a cabeza, por un temblor incontenible. Primero alcé los brazos y luego los extendí con fuerza en todas las direcciones. No toqué nada; temía, sin embargo, dar un paso, no fuese a tropezarme con las paredes de una tumba. Empecé a sudar por todos los poros del cuerpo, y en la frente se me formaron gruesas gotas frías. La angustia de la incertidumbre se hizo al fin intolerable, y avancé con mucha precaución –los brazos extendidos y los ojos casi saliéndoseme de las órbitas– con la esperanza de captar algún tenue rayo de luz. Di muchos pasos hacia adelante, pero todo siguió siendo oscuridad y vacío. Respiré con más sosiego. Parecía evidente, por lo menos, que mi destino no iba a ser el más horrendo de todos.

Pero muy pronto, mientras seguía avanzando con cautela, acudieron en tromba a mi memoria un millar de vagos rumores sobre los horrores de Toledo. De los calabozos se habían contado cosas extrañas: las tuve siempre por fábulas, pero eran extrañas de todos modos, y demasiado atroces para repetirlas, excepto en voz muy baja. ¿Se me iba a dejar morir de hambre en aquel oscuro mundo subterráneo, o quizá me esperaba algo todavía más terrible? Conocía demasiado bien la personalidad de mis jueces para dudar de que el resultado habría de ser la muerte, y una muerte más amarga de lo ordinario. La forma y el momento eran lo único que me ocupaba o me obsesionaba.

Mis manos extendidas encontraron por fin un obstáculo sólido. Se trataba, al parecer, de un muro de mampostería, liso, viscoso y frío. Fui siguiéndolo, y avancé paso a paso con toda la cautelosa desconfianza que ciertas narraciones antiguas habían logrado inspirarme. Aquel procedimiento, sin embargo, no me proporcionó los medios para determinar las dimensiones del calabozo, ya que podía haber completado el recorrido y vuelto al punto de partida sin tener conciencia de haberlo hecho: tan absolutamente uniforme parecía el muro. Busqué, por tanto, el cuchillo que aún estaba en mi bolsillo cuando me condujeron a la sala inquisitorial, pero había desaparecido; me habían despojado de la ropa que llevaba entonces y vestía una túnica de basta estameña. Mi intención había sido introducir la hoja en alguna pequeña grieta de la pared para reconocer así el punto de partida. El problema, sin embargo, era de fácil solución, aunque, por el trastorno de mis facultades, me pareciera insuperable en un primer momento. Rasgué parte del dobladillo de la túnica y coloqué la tira extendiéndola lo más que pude y en ángulo recto con la pared. Al recorrer a tientas la prisión no podría por menos de encontrar el jirón cuando completara su perímetro. Al menos eso fue lo que pensé, pero no había contado con las dimensiones del calabozo ni con mi propia debilidad. El suelo estaba húmedo y resbaladizo. Avancé tambaleándome durante algún tiempo hasta que tropecé y caí. Era tan grande mi cansancio que opté por seguir tumbado y, en aquella posición, muy pronto me sorprendió el sueño.

Al despertarme y extender un brazo encontré a mi lado una hogaza de pan y una jarra con agua. Estaba demasiado exhausto para reflexionar sobre aquella novedad, y me limité a comer y a beber con avidez. Poco después reanudé mi recorrido por el perímetro del calabozo, y con mucho trabajo llegué, por fin, a la tira de estameña. Hasta el momento de mi caída había contado cincuenta y dos pasos, y después de reanudar la marcha, cuarenta y ocho más, lo que hacía un total de cien; y, calculando la distancia de un metro por cada dos pasos, llegué a la conclusión de que el calabozo tenía cincuenta metros de perímetro. Había encontrado, sin embargo, muchos entrantes y salientes en las paredes, y eso hacía imposible adivinar la forma de la cripta; porque me resultaba imposible suponer que no se tratase de una cripta. Era bien escasa la utilidad de aquellas exploraciones –y nulas mis esperanzas–, pero una vaga curiosidad me impulsó a proseguirlas. Abandonando la pared, me decidí a cruzar el recinto. Al principio avancé con extraordinaria cautela porque el suelo, aunque de materiales sólidos en apariencia, resultaba muy traicionero a causa del légamo. A la larga, sin embargo, hice de tripas corazón y pisé con fuerza, proponiéndome cruzar en la línea más recta que me fuese posible. Había avanzado así diez o doce pasos cuando el rasgado dobladillo de la túnica se me enredó entre las piernas. Lo pisé y caí de bruces.

Debido a la confusión que me produjo la caída no advertí de inmediato un detalle bastante alarmante, pero que, algunos instantes después, y mientras aún seguía postrado, atrajo mi atención. Sucedía que mi barbilla descansaba sobre el suelo de la prisión, pero los labios y la parte superior de la cabeza, aunque en apariencia situados a un nivel más bajo que el de la barbilla, no tocaban nada. Por otra parte, me parecía tener la frente bañada en un vapor pegajoso, al mismo tiempo que me llegaba un peculiar olor a hongos en putrefacción. Extendí el brazo, y me estremecí al comprobar que había caído al borde mismo de un pozo circular, cuyo diámetro, por supuesto, no tenía, por el momento, medio de averiguar. Tanteando por debajo del borde logré desprender un pequeño fragmento de la pared del pozo, y lo dejé caer al abismo. Durante muchos segundos escuché sus ecos al golpearse contra los lados de la sima en su descenso; finalmente se produjo un tétrico choque contra el agua, al que siguió un fuerte eco muchas veces repetido. Simultáneamente me llegó un ruido semejante al rápido abrir y cerrar de una puerta por encima de mi cabeza, al tiempo que un débil rayo de luz, desaparecido al instante, iluminaba de repente las tinieblas.

Comprendí con toda claridad la clase de muerte que se me había preparado, y me felicité por tan oportuno accidente. Un paso más antes de la caída, y el mundo se hubiera visto privado para siempre de mi presencia. La muerte que acababa de evitar era precisamente uno de los ejemplos que había considerado legendarios y frívolos en los relatos sobre la Inquisición. Para las víctimas de su tiránico poder se contemplaba a veces la posibilidad de una muerte acompañada de los más terribles sufrimientos físicos o de los más espantosos horrores mentales. A mí me había sido reservado este último método. Debido a mis largos sufrimientos tenía los nervios desquiciados, de manera que bastaba el sonido de mi propia voz para echarme a temblar, por lo que me había convertido ya, desde todos los puntos de vista, en el sujeto adecuado para el tipo de tortura que me aguardaba.

Temblando de pies a cabeza, regresé a tientas junto a la pared, decidido a perecer allí antes que exponerme a los terrores de unos pozos que mi imaginación suponía ya numerosos y colocados de distintas maneras por todo el calabozo. Si mi estado mental hubiera sido otro, tal vez habría tenido valor para terminar de una vez con mis sufrimientos lanzándome a uno de aquellos abismos; pero en aquel momento era yo la encarnación de la cobardía. Y tampoco podía olvidar lo que había leído acerca de los pozos: que la extinción inmediata de la vida no formaba parte del más siniestro de sus planes.

La zozobra me mantuvo en vela durante muchas y muy largas horas; pero al final me dormí de nuevo. Al despertarme, encontré a mi lado, como anteriormente, una hogaza y una jarra con agua. Me consumía una sed ardiente, y vacié el recipiente de una sola vez. Contenía, sin duda, alguna droga, porque nada más beber me invadió una irresistible somnolencia. Me quedé profundamente dormido, con un sueño semejante al de la muerte. Ignoro, como es lógico, el tiempo que duró; pero cuando, una vez más, abrí los ojos, eran visibles los objetos que tenía alrededor. Gracias a una extraña luminosidad amarillenta, cuyo origen no pude determinar en un primer momento, me era posible ver la extensión y el aspecto del calabozo.

Me había equivocado por completo sobre su tamaño. El perímetro de sus muros no excedía los veinticinco metros. Durante algunos minutos este hecho me sumió en un mar de vanas preocupaciones perfectamente ridículas, porque ¿cuál podía ser la importancia de las dimensiones de mi mazmorra dada la terrible situación en que me hallaba? Pero mi cerebro se interesaba de la manera más estrafalaria por semejantes menudencias, y me dediqué con ahínco a descubrir la causa del error que había cometido al realizar mi medición. Al final caí en la cuenta. En mi primera tentativa de exploración había contado cincuenta y dos pasos hasta el momento de la caída; debía encontrarme para entonces a un paso o dos del fragmento de estameña; en realidad casi había terminado ya de dar la vuelta al calabozo. Luego me dormí, y al despertarme debí de volver sobre mis pasos, con lo que concluí que la distancia era dos veces mayor. La confusión de mi mente me impidió advertir que había empezado a dar la vuelta con el muro a la izquierda y que había terminado teniéndolo a la derecha.

También me había equivocado en cuanto a la forma del recinto. Al seguir a tientas mi camino había encontrado muchos entrantes y salientes, sacando de ello la idea de una gran irregularidad; ¡tan grande es el efecto de las tinieblas sobre alguien que despierta de un letargo o del sueño! Los entrantes y salientes correspondían simplemente a unas cuantas depresiones o nichos, de poca importancia, colocados a intervalos desiguales. El calabozo era cuadrado, en líneas generales. Lo que yo había confundido con mampostería daba ahora la impresión de ser hierro, o algún otro metal, en grandes planchas, y las suturas o uniones eran las que causaban irregularidades. Toda la superficie de aquel recinto metálico estaba toscamente pintarrajeada con las horribles y repulsivas figuras creadas por la superstición de los frailes. Siluetas de espíritus malignos en actitud amenazadora, con formas de esqueletos, y otras imágenes aún más espantosas, cubrían y desfiguraban las paredes. Noté que los contornos de aquellas monstruosidades eran suficientemente claros, pero que los colores parecían apagados y borrosos como por efecto de un ambiente muy húmedo. Y también me fijé en el suelo, que era de piedra. En el centro bostezaba el pozo circular de cuyas fauces había escapado, y que era el único del calabozo. Todo esto lo vi de manera confusa y esforzándome mucho porque mi situación había cambiado en gran manera durante el sueño. Ahora estaba tumbado de espaldas, con todo el cuerpo extendido sobre una especie de angarillas de poca altura, a las que me hallaba firmemente atado con una larga tira de tela que recordaba a un cíngulo y que daba muchas vueltas en torno a mi cuerpo y extremidades, dejando libre sólo la cabeza y lo justo del brazo izquierdo para que pudiera, esforzándome mucho, alcanzar la comida colocada en el suelo, a mi lado, en un plato de loza. Vi con horror que habían retirado la jarra con agua. Digo que lo vi con horror porque me consumía una sed intolerable, sed que, al parecer, deseaban estimular mis atormentadores, dado que mi único alimento era carne condimentada con muchas especias.

Al alzar los ojos pude examinar el techo de mi mazmorra. Se hallaba a una altura de unos diez o doce metros, y estaba construido de la misma manera que las paredes laterales. En una de las planchas una figura muy peculiar atrajo mi atención. Se trataba de una representación del tiempo, tal como se le muestra de ordinario, con la excepción de que, en lugar de una guadaña, sostenía lo que, a primera vista, me pareció la imagen de uno de esos enormes péndulos de los relojes antiguos. Había, sin embargo, algo en el aspecto de aquel artefacto que me hizo contemplarlo con más atención. Mientras miraba directamente hacia arriba (porque el péndulo estaba situado exactamente encima de mí) me pareció advertir que se movía. Y un momento después vi confirmada mi suposición. El arco que describía era breve y, desde luego, lento. Lo contemplé algunos minutos, en parte asustado, pero, sobre todo, con asombro. Acabé, sin embargo, por cansarme de seguir un movimiento tan monótono, y volví la vista hacia los otros objetos del calabozo.

Un ruido muy ligero atrajo mi atención, y al mirar al suelo vi varias ratas enormes que lo atravesaban. Habían salido del pozo, que se encontraba en la parte derecha de mi campo de visión. Incluso mientras las miraba siguieron saliendo en grupos, deprisa, con aspecto famélico, atraídas por el olor de la carne. Y tuve que estar muy atento y hacer grandes esfuerzos para espantarlas y evitar que se la comieran.

Quizá transcurriese media hora, tal vez incluso una hora (porque sólo podía hacerme una idea aproximada del paso del tiempo), antes de que volviera a levantar los ojos. Lo que vi me desconcertó y me asombró. El arco del péndulo se había ampliado casi un metro más. Como lógica consecuencia, su velocidad era ya mucho mayor. Pero lo que, sobre todo, me preocupó fue la idea de que había descendido de manera perceptible. Observé además –no hace falta que diga con cuánto horror– que su extremo inferior estaba formado por una media luna de acero resplandeciente de unos treinta centímetros de longitud de un lado a otro; y tanto los extremos como el borde inferior eran tan afilados como si se tratara de una navaja de afeitar. También, al igual que una navaja, parecía sólido y pesado, transformándose, a partir del borde, en una recia y ancha estructura. El péndulo colgaba de una pesada barra de bronce, y todo ello silbaba al balancearse en el aire.

No me cabía ya duda de cuál era la muerte que me había preparado la cruel inventiva de los frailes. Los servidores de la Inquisición sabían que la existencia del pozo ya no era para mí un secreto: el pozo cuyos horrores eran el castigo adecuado para un oponente tan empecinado como yo; el pozo, perfecta imagen del infierno, y considerado, según rumores, como el más refinado de todos los castigos de la Institución. Había evitado caer dentro gracias al más inesperado de los accidentes, y sabía que la sorpresa, o el caer en una trampa, formaba parte destacada del carácter extravagante de las muertes en los calabozos. Dado que había conseguido evitar el pozo, no entraba en sus planes demoníacos arrojarme al abismo; y (al no existir alternativa) me esperaba, en consecuencia, otra manera distinta y más benévola de poner fin a mi existencia. ¡Más dulce! Casi sonreí a pesar de mi angustia al pensar en que se dotara de semejante significado a aquel adjetivo.

¡De qué sirve hablar de las largas, de las larguísimas horas de indescriptible horror, en las que conté las rápidas oscilaciones del acero! ¡Centímetro a centímetro, en su incansable ir y venir –con una velocidad tan sólo apreciable a intervalos que parecían siglos–, proseguía su descenso ininterrumpido! Pasaron días –incluso es posible que fueran muchos– antes de que se balanceara tan cerca de mí como para abanicarme con su corrosivo aliento. El olor del afilado acero acabó penetrándome en el cerebro. Recé; cansé al cielo con mis ruegos para que acelerase la marcha del péndulo. Llegué a un frenesí de locura, y forcejeé para levantarme y salir al paso de la espantosa cimitarra. Y luego me calmé de repente, y estuve sonriendo a la muerte centelleante, como un niño ante un juguete maravilloso.

Sufrí otro período de total insensibilidad; fue breve porque al despertar el péndulo seguía prácticamente a la misma altura. Pero también es posible que hubiera transcurrido más tiempo, porque sabía de la existencia de demonios que, al percatarse de mi desmayo, habían podido, sin duda, detener a voluntad las oscilaciones. Al volver en mí, además, me sentí indeciblemente mareado y débil como si llevara mucho tiempo sin comer. Incluso en medio de la angustia de aquel período, la naturaleza humana reclamaba con vehemencia algún alimento. Haciendo un penoso esfuerzo extendí el brazo izquierdo todo lo que las ligaduras me permitían, y me apoderé del pequeño resto de carne que las ratas habían dejado. Al llevarme un trozo a los labios me asaltó una idea optimista, de esperanza, a medio formar. Y, sin embargo, ¿qué sentido tenía para mí la esperanza? Era, como digo, una idea a medio formar: al ser humano se le ocurren muchas ideas parecidas que nunca llegan a concretarse. Sentí que era optimista, esperanzada; pero también que había muerto mientras se formaba. Luché en vano por concretarla, por recuperarla. Los largos sufrimientos casi habían aniquilado todas mis posibilidades de raciocinio. Me habían convertido en un tarado, en un idiota.

Las oscilaciones del péndulo eran perpendiculares a mi cuerpo. Vi que la media luna estaba orientada de manera que cruzase la zona del corazón. Deshilacharía la estameña de la túnica, y luego volvería para repetir la misma operación una y otra vez. A pesar de la terrorífica amplitud de su oscilación (unos diez metros o más) y de la silbante rapidez de su descenso, capaz de cortar aquellos mismos muros de hierro, su único efecto durante varios minutos sería deshilachar la túnica que me cubría. Y ante aquel pensamiento hice una pausa. No me atrevía a ir más allá. Me detuve tercamente, como si pudiera detener allí el descenso del acero. Me obligué a reflexionar sobre el ruido que haría la media luna al rasgar la estameña; sobre el peculiar estremecimiento que me produciría el roce del acero. Reflexioné sobre aquellas cosas tan poco importantes hasta sentir dentera.

El péndulo continuaba descendiendo muy despacio, pero sin interrupciones. Me dediqué con rabioso deleite a comparar la velocidad de descenso con la velocidad lateral. Hacia la derecha, hacia la izquierda, muy alto y muy lejos, movimientos acompañados por un alarido como de alma condenada; ¡y también hacia mi corazón con el paso cauteloso de un tigre! Yo reía y aullaba por turno según cuál de las dos ideas prevalecía sobre la otra.

¡Hacia abajo, sin duda, inexorablemente hacia abajo! ¡Vibraba ya a menos de diez centímetros de mi pecho! Forcejeé violenta, furiosamente, para liberar el brazo izquierdo, que sólo podía mover hasta el codo. Con gran esfuerzo alcanzaba a llevarme la mano desde el plato hasta la boca, pero nada más. Si me hubiera sido posible romper las ligaduras por encima del codo habría intentado detener el péndulo. ¡Algo tan inútil como tratar de detener una avalancha!

¡Hacia abajo, sin detenerse, inevitablemente hacia abajo! Yo jadeaba y forcejeaba a cada oscilación. Y me encogía, convulso, cada vez que pasaba sobre mí. Mis ojos seguían su marcha hacia un lado y hacia arriba con la vehemencia de la más absurda desesperación; luego los párpados se cerraban entre espasmos al iniciarse el descenso, ¡aunque la muerte hubiera sido un alivio, un alivio indecible! Y, sin embargo, todos mis nervios se estremecían ante la idea de que el más leve descenso de la maquinaria precipitara la reluciente y afilada guadaña sobre mi pecho. Era la esperanza lo que hacía que me estremeciese y que todo mi cuerpo se encogiera. Era la esperanza, la esperanza que triunfa en el potro del tormento, que susurra al oído del condenado a muerte incluso en las mazmorras de la Inquisición.

Comprendí que diez o doce oscilaciones más pondrían al acero en contacto con mi túnica, y junto con aquel convencimiento se adueñó de repente de mi espíritu toda la intensa y serena calma de la desesperación. Por primera vez después de muchas horas –o quizá días– pensé. Se me ocurrió en aquel momento que el vendaje, o cíngulo, que me sujetaba estaba hecho de una sola pieza. No me habían atado con varios cabos de cuerda. El primer golpe de la afilada media luna que fuese perpendicular a la cinta la aflojaría hasta el punto de que me sería posible librarme de ella con la mano izquierda. Pero, ¡qué terrible sería en ese caso la proximidad del acero! ¡Qué mortíferos podían ser los resultados del más mínimo forcejeo! ¿Cabía pensar, por otra parte, que los esbirros encargados de torturarme no hubieran previsto y tomado sus precauciones para eliminar tal posibilidad? ¿Acaso era probable que el vendaje se cruzara con la trayectoria del péndulo? Temiendo tener que renunciar también a aquella débil y, al parecer, última esperanza, alcé la cabeza lo bastante como para verme el pecho con claridad. El cíngulo me ceñía el cuerpo y las extremidades en todas direcciones... excepto en el camino de la media luna destructora.

No había hecho más que colocar la cabeza en su anterior posición cuando cruzó por mi mente lo que sólo puedo describir como la mitad aún sin formar de la idea salvadora a la que ya he aludido antes, y de la que únicamente una parte me había cruzado apenas el cerebro al llevarme la comida a los labios. Pero ahora tenía ante mí la idea en su totalidad: débil, muy poco sensata, apenas definida, pero completa en cualquier caso. Me dispuse de inmediato, con la energía nerviosa de la desesperación, a tratar de ejecutarla.

Hacía ya muchas horas que por los alrededores de las angarillas donde estaba tumbado pululaban literalmente las ratas. Ratas frenéticas, temerarias, famélicas, que me lanzaban miradas feroces como si sólo esperasen a que yo me inmovilizara para convertirme en su presa. «¿A qué alimentos», pensé, «las habrán acostumbrado en ese pozo?»

A pesar de mis esfuerzos por impedirlo, habían devorado ya casi todo el contenido del plato. Yo repetía un movimiento de vaivén, una oscilación de la mano por encima de la comida; y, a la larga, la inconsciente uniformidad del gesto hizo que perdiera todo su efecto. Llevadas por su voracidad, aquellas criaturas me hundían con frecuencia en los dedos sus afilados dientes. Con los trocitos de carne grasienta y muy sabrosa que aún quedaban en el plato froté a conciencia el vendaje dondequiera que estaba a mi alcance; luego, alzando la mano del suelo, me inmovilicé, conteniendo incluso la respiración.

Al principio a las famélicas ratas les sorprendió y asustó el cambio, la cesación del movimiento. Se retiraron llenas de alarma; muchas buscaron la protección del pozo. Pero su temor duró sólo un momento. No en vano había contado yo con su voracidad. Al advertir que seguía sin moverme, una o dos de las más audaces saltaron sobre las angarillas y olieron el cíngulo. Aquello pareció la señal para una avalancha generalizada. Salieron velozmente del pozo en renovados batallones. Treparon por las angarillas y saltaron, innumerables, sobre mí. El medido movimiento del péndulo no las molestaba en absoluto. Evitando sus golpes se concentraron en el vendaje. Se empujaban unas a otras y hormigueaban sobre mí, llegando a formar verdaderos amasijos. Se retorcían sobre mi garganta; sus fríos hocicos buscaban mis labios; su peso acumulado llegó casi a asfixiarme; una repugnancia que las palabras no pueden reflejar me llenaba el pecho y me helaba el corazón con su espesa viscosidad. Pero al cabo de un minuto sentí ya que la lucha terminaría enseguida. Advertía con claridad que se aflojaban mis ataduras. Me daba cuenta de que en más de un sitio las ratas ya habían cortado el cíngulo. Con un tesón que tenía algo de sobrehumano seguí inmóvil.

No había errado en mis cálculos ni había sido vana mi paciencia. Sentí, por fin, que estaba libre. El cíngulo se había desprendido, a trozos, de mi cuerpo. Pero el péndulo, en su oscilación, ya me rozaba el pecho. Después de cortar la estameña de la túnica, había atravesado incluso la camisa que estaba debajo. Aún repitió dos veces más su balanceo, y una aguda sensación de dolor me recorrió de la cabeza a los pies. Pero llegaba ya el momento de escapar. Al mover una mano, mis salvadoras se retiraron precipitadamente con gran alboroto. Gracias a un movimiento uniforme –cauteloso, lateral, encogido y lento– escapé al abrazo del vendaje y me situé fuera del alcance de la cimitarra. De momento, al menos, estaba libre.

¡Libre! ¡Pero en las manos de la Inquisición! Apenas había cambiado los horrores del lecho de madera por el suelo de piedra del calabozo cuando cesó el movimiento de la máquina infernal y vi cómo el péndulo se alzaba y desaparecía a través del techo, movido por alguna fuerza invisible. La desesperación me dominó por completo. Alguien vigilaba todos mis movimientos. ¡Libre! Escapar a una muerte angustiosa sólo había servido para tener que soportar un nuevo período de zozobra peor aún que la muerte. Abrumado por aquella idea recorrí nerviosamente con la vista las barreras de hierro que me tenían atrapado. Era evidente que se había producido algo anormal, algún cambio en el calabozo que, al principio, no supe reconocer con claridad. Durante muchos minutos de vago y tembloroso ensimismamiento me dediqué a inútiles e inconexas conjeturas. Por primera vez advertí entonces el origen de la luz amarillenta que iluminaba la celda. Procedía de una grieta, como de un centímetro de ancho, que se extendía por toda la base de los muros, muros que estaban, en realidad, completamente separados del suelo. Me esforcé por mirar a través de la ranura, aunque, por supuesto, mis esfuerzos resultaron vanos.

Al levantarme después de aquel intento, comprendí de repente el misterio del cambio que había sufrido el calabozo. Había observado anteriormente que, si bien las siluetas de las figuras que llenaban las paredes eran bastante precisas, los colores, en cambio, parecían borrosos. Pero ahora esos colores habían adquirido y seguían adquiriendo un sorprendente brillo cada vez más intenso que daba a los espectrales y diabólicos retratos una apariencia capaz de horrorizar incluso a personas de nervios más templados que los míos. Ojos demoníacos, frenética y horriblemente vivos, me lanzaban, desde mil puntos donde antes ninguno era visible, miradas coléricas mientras brillaban con el lívido fulgor de un fuego que mi cerebro se negaba a considerar imaginario.

¡Imaginario! ¡Al respirar me llegaba hasta las ventanas de la nariz el soplo ardiente del hierro calentado! ¡Un olor sofocante llenaba la prisión! ¡Los ojos que contemplaban mis sufrimientos brillaban a cada momento con un fulgor más intenso! Un tono carmesí cada vez más fuerte se extendía por los sangrientos horrores representados en las paredes. Empecé a jadear porque mi respiración se hacía dificultosa. No cabía duda sobre el propósito de mis verdugos, ¡los más implacables y diabólicos de todos los hombres! Me aparté del metal al rojo hasta llegar al centro de la celda. Al pensar en la ardiente destrucción que me aguardaba, la idea de la frescura del pozo se apoderó de mi alma como un bálsamo. Me precipité hacia su mortal abertura. Escudriñé el abismo con ojos fatigados. El resplandor del techo encendido iluminaba sus más recónditos recovecos. Sin embargo, durante un momento de frenesí mi espíritu se negó a entender el significado de lo que veía. Finalmente la realidad hizo fuerza, se abrió camino con violencia hasta mi alma y quemó con su fuego mi razón estremecida. ¿Dónde está la voz que pudiera contarlo? ¡Horror sin nombre! ¡Cualquier cosa mejor que aquello! Con un alarido me aparté del pozo y escondí el rostro entre las manos, llorando amargamente.

El calor aumentaba muy deprisa, y una vez más alcé la vista, temblando como atacado de paludismo. Se había producido un segundo cambio en el calabozo; y este segundo cambio afectaba, era evidente, a su forma. Como en anteriores ocasiones, en un primer momento traté sin éxito de descubrir o de entender lo que sucedía. Pero no tardé mucho en salir de dudas. La venganza inquisitorial se precipitaba a causa de mi doble escape, y no habría ya más escarceos con el rey de los terrores. Mi mazmorra era antes cuadrada. Ahora comprobé que dos de sus ángulos habían pasado a ser agudos, y los otros dos, por consiguiente, obtusos. La terrible diferencia aumentaba con rapidez, acompañada de un sordo retumbar o de una especie de quejido. En un instante la celda había cambiado de forma hasta transformarse en un rombo. Pero la alteración no se detuvo ahí; ni tampoco yo esperaba o deseaba que se detuviera. Podía haber estrechado contra mi pecho las paredes incandescentes como una vestidura de paz eterna. «La muerte», dije, «¡cualquier muerte antes que la del pozo!» ¡Estúpido!, ¿acaso no sabías que la finalidad del hierro incandescente era empujarte al interior del pozo? ¿Resistiría acaso su calor? O si eso fuera posible, ¿soportaría su empuje? Porque el rombo se hacía cada vez más estrecho, con una rapidez que no daba tiempo a la contemplación. Su centro y, por supuesto, su anchura máxima coincidían con el bostezo del abismo. Retrocedí, pero los muros que se cerraban me empujaban hacia adelante sin posible resistencia. Llegó un momento en el que no quedaba ya para mi cuerpo retorcido y quemado ni un centímetro de suelo firme donde colocar los pies. Dejé de luchar, pero la angustia de mi alma halló expresión en un último alarido –muy prolongado y muy fuerte– de desesperación. Sentí que estaba a punto de caer al abismo..., aparté los ojos...

¡Se oyó un discordante rumor de voces! ¡Muchas trompetas que resonaban con fuerza! ¡Un áspero chirrido como de mil truenos! ¡Las paredes al rojo retrocedieron! Un brazo extendido sujetó el mío cuando, desvanecido, me precipitaba ya en el abismo. Era el brazo del general Lasalle. El ejército francés había tomado Toledo. La Inquisición estaba en manos de sus enemigos.

1. Cuarteta para las puertas de un mercado que iba a construirse en el emplazamiento del antiguo club jacobino de París: «Aquí sus prolongados furores alimentó, sin saciarse, la impía turba de los torturadores. Liberada ya la patria, roto el fúnebre antro, donde terrible reinó la muerte, brillan ahora vida y salud». (N. del T.)

William Wilson

¿Qué se puede decir? ¿Qué decir de una conciencia desalentada, de ese espectro en mi camino?

Chamberlayne, Pharronida

Permítaseme que me presente, de momento, como William Wilson. No es necesario manchar la página en blanco que tengo delante con mi nombre verdadero, ya que ha sido desmedido objeto del desprecio, del horror y del aborrecimiento de mi raza. ¿Acaso los vientos indignados no han pregonado hasta las regiones más apartadas del globo terráqueo su infamia sin igual? ¡Ah, el paria más abandonado de todos los parias! ¿No estás por siempre muerto para la tierra? ¿Para sus distinciones, sus elogios, sus dorados anhelos? ¿Y no se interpone eternamente entre tus esperanzas y el cielo una nube densa, deprimente y sin límites?

Hoy y aquí, aunque pudiera, no daría forma a un relato de mis últimos años de atroz sufrimiento y delincuencia imperdonable. En esta época –en estos últimos años– he acumulado un repentino aumento en infamia, y descubrir su origen es en la actualidad mi única meta. De ordinario los hombres se envilecen paso a paso. En cuanto a mí, perdí toda la virtud como quien se desprende de una túnica. De una maldad comparativamente trivial pasé, con zancadas de gigante, a algo que iba más allá de las enormidades de un Heliogábalo. Qué casualidad, qué suceso singular hizo que se produjera algo tan perverso, tenga el lector la paciencia de escucharme mientras lo relato. La muerte se acerca; y la sombra que la precede ha tenido una influencia pacificadora sobre mi espíritu. Mientras atravieso el valle en penumbra, anhelo la solidaridad –he estado a punto de decir la compasión– de mis hermanos, los hombres. Me agradaría que creyeran que he sido, en cierta medida, esclavo de circunstancias más allá del control humano. Me gustaría que buscasen para mí, en los detalles que me dispongo a dar, algún pequeño oasis de fatalidad en un desierto de errores. Querría que reconocieran –algo que no pueden dejar de reconocer– que, si bien la tentación ha podido ser alguna vez tan grande, ningún hombre, al menos, fue así tentado antes y, con toda seguridad, nunca cayó así. ¿Cabe afirmar que nadie ha sufrido nunca tanto? ¿No es cierto que he estado viviendo en un sueño? ¿Acaso no muero víctima del horror y del misterio de la más descabellada de todas las visiones terrestres?

Pertenezco a una estirpe cuyo temperamento imaginativo y fácilmente excitable ha hecho desde siempre extraordinarios a sus miembros; ya en mi primera infancia di pruebas de haber heredado los rasgos de carácter de mi familia. Con el paso de los años se fueron desarrollando con más fuerza, convirtiéndose, por muchas razones, en causa de graves inquietudes para los míos, y de evidente perjuicio para mí mismo. Crecí terco, apegado a los caprichos más extravagantes y presa de las pasiones más ingobernables. Inseguros y perseguidos por enfermedades hereditarias semejantes a las que me aquejaban, mis padres pudieron hacer muy poco para controlar mis malas inclinaciones. Algunos esfuerzos débiles y mal orientados dieron por resultado su total fracaso y, por supuesto, el triunfo total de mis impulsos. A partir de entonces mi voz era la ley en nuestro hogar; y en una edad en la que pocos niños han abandonado ya sus andadores, se me dejó entregado como único guía a mi propia voluntad y me convertí, aunque no se le diera ese nombre, en señor de mis actos.

Mis primeros recuerdos de una vida escolar están relacionados con una laberíntica casa isabelina de grandes dimensiones, en un pueblo de Inglaterra de ambiente neblinoso, donde había un gran número de nudosos árboles de gran tamaño y donde todas las casas eran excesivamente antiguas. A decir verdad, aquella venerable y antigua población era un lugar de ensueño donde el alma se tranquilizaba. En este momento, con la imaginación, siento la refrescante frialdad de sus avenidas tan en sombra, respiro la fragancia de sus mil jardines y me estremezco de nuevo con indefinible placer ante los tañidos resonantes de la campana de la iglesia, que quebraban, hora tras hora, con un clamor repentino y taciturno, la quietud de la atmósfera brumosa en la que el ornamentado campanario gótico descansaba incrustado y dormido.

Detenerme en insignificantes recuerdos de la academia y de sus preocupaciones quizás me proporciona ahora el máximo placer que soy capaz de experimentar por cualquier otro motivo. Hundido como me hallo en la tristeza –una tristeza, por desgracia, sólo demasiado real–, se me perdonará que busque alivio, por escaso y momentáneo que sea, en la insignificancia de unos cuantos detalles inconexos, detalles que, a mayor abundancia, por completo triviales, e incluso ridículos en sí mismos, asumen, para mi fantasía, inesperada importancia, por conectarse con un período y un escenario en donde reconozco las ambiguas primeras advertencias acerca del destino que después ensombreció mi vida tan por completo. Permítaseme por tanto que recuerde.

La casa, como ya he dicho, era antigua e irregular. La propiedad, extensa, contaba con una tapia de ladrillo, alta y sólida, rematada con una capa de argamasa y vidrios rotos, que lo circundaba todo. Aquella muralla, como de cárcel, marcaba los límites de nuestro reino; lo que quedaba más allá sólo lo veíamos tres veces por semana: una, los sábados por la tarde, cuando, vigilados por dos acompañantes, se nos permitía, en grupo, dar breves paseos por algunos campos vecinos, y dos más los domingos, cuando desfilábamos de la misma manera ceremoniosa por la mañana y por la tarde para asistir a los servicios religiosos en la iglesia del pueblo. El director de nuestra academia era el pastor de aquella iglesia. Con qué profundo espíritu de asombro y perplejidad estaba yo acostumbrado a mirarlo desde nuestro remoto banco en el coro, cuando, con paso solemne y lento, ascendía hasta el púlpito. Aquel hombre tan respetado, con expresión tan discretamente benigna, de vestiduras impolutas y clericalmente amplias, de peluca tan meticulosamente empolvada, tan rígido y tan imponente, ¿podía ser la misma persona que, en los últimos tiempos, con rostro avinagrado y ropa en la que abundaban los lamparones, aplicaba, palmeta en mano, las leyes draconianas de nuestro centro docente? ¡Ah, paradoja gigantesca, demasiado monstruosa para encontrarle solución!

En un ángulo del formidable muro aparecía, ceñuda, una puerta todavía más formidable, adornada de tachones, protegida con pesados cerrojos y coronada por dentadas púas de hierro. ¡Qué sensaciones inspiraba de profundo temor! Sólo se abría para las tres salidas semanales y los correspondientes regresos que ya he mencionado; luego, en cada chirrido de sus potentes goznes encontrábamos abundancia de misterio, un mundo de posibilidades para solemnes observaciones o para meditaciones todavía más solemnes.

El amplio recinto tenía una forma irregular, con muchos espacios amplios. De estos últimos, tres o cuatro de los más grandes constituían el patio donde se jugaba, que era llano y estaba recubierto de gravilla. Recuerdo muy bien que no tenía árboles, ni bancos, ni nada parecido. Estaba, por supuesto, detrás de la casa. Delante había un pequeño parterre, plantado con espino albar y otros arbustos; pero por aquel espacio sagrado pasábamos, a decir verdad, sólo en muy raras ocasiones, como al llegar por vez primera a la academia, o al marcharnos para siempre; o, quizás, cuando, al aparecer un pariente o amigo que venía a recogernos, alegremente emprendíamos el regreso a casa para las vacaciones de Navidad o de verano.

¡Qué decir de la casa! ¡Qué singular era aquel viejo edificio! ¡Para mí un verdadero palacio encantado! Sus sinuosidades y sus incomprensibles subdivisiones no tenían fin. Era difícil, en cualquier momento determinado, saber con certeza en cuál de los dos pisos nos encontrábamos. Entre cada habitación y la siguiente se tenía la seguridad de encontrar tres o cuatro escalones que subían o que bajaban. Por otra parte, las bifurcaciones laterales eran innumerables –inconcebibles– y tan inclinadas a volver sobre sí mismas que nuestras ideas más exactas sobre la totalidad del edificio no eran muy diferentes de las que nos ocupaban cuando reflexionábamos sobre el infinito. Durante los cinco años que residí allí nunca fui capaz de establecer con precisión en qué remoto emplazamiento se encontraba el pequeño dormitorio al que estábamos asignados unos dieciocho o veinte alumnos.

El aula donde se nos daba clase era la más grande de la casa y –no podía evitar pensarlo– del mundo. Muy larga, estrecha y terriblemente baja, con puntiagudas ventanas góticas y artesonado de roble. En un ángulo remoto, que a todos nos inspiraba terror, había un recinto cuadrado de unos tres o cuatro metros, en el que se hallaba, «durante las horas lectivas», el sanctum de nuestro director, el reverendo doctor Bransby. Era una estructura sólida, con una puerta maciza, puerta que, en ausencia del dómine, todos habríamos preferido sufrir una peine forte et dure antes que abrirla. En otras esquinas había otros dos recintos similares, que, sin ser objeto de tanta reverencia, no dejaban de provocar una gran dosis de fascinación. Uno era la cátedra del tutor «clásico» y el otro la del de «inglés y matemáticas». Repartidos por la sala, cruzando y recruzando su interminable irregularidad, se hallaban innumerables bancos y pupitres con muchos años, negros y gastados por el paso del tiempo, sobre los que se apilaban desesperadamente libros que habían pasado por muchas manos, y tan recubiertos de iniciales, nombres completos, figuras grotescas y otras múltiples intervenciones de sucesivas generaciones de navajas, como para haber perdido por completo la escasa forma original que pudiera haberles correspondido en días largamente desaparecidos. Un enorme cubo de agua ocupaba un extremo de la sala y el otro lo presidía un reloj de formidables dimensiones.

Aunque encerrado entre los compactos muros de aquella venerable academia, reconozco que los años del tercer lustro de mi vida no transcurrieron entre el tedio ni la repugnancia. El poblado cerebro de la infancia no requiere de las incidencias del mundo exterior para estar ocupado ni para divertirse; y la monotonía, en apariencia deprimente, de un centro de enseñanza contenía emociones más intensas de las que mi juventud, más madura, ha obtenido del lujo, o mi plena madurez de la delincuencia. Debo creer sin embargo que mi primer desarrollo mental tuvo mucho de excepcional, incluso de extravagante. Para la humanidad en general, los acontecimientos de los primeros años de la existencia raras veces dejan una impresión muy definida en la edad madura. Todo son sombras grises: un recuerdo débil e irregular, una indistinta recolección de placeres insignificantes y sufrimientos fantasmagóricos. No fue ése mi caso. Durante mi infancia debo de haber sentido con la energía de un hombre lo que ahora encuentro grabado en mi memoria con líneas tan vívidas, tan profundas y tan duraderas como las inscripciones grabadas en las medallas cartaginesas.

En realidad, sin embargo –en la realidad del punto de vista del mundo–, ¡qué poco era lo que había allí para recordar! El despertar por la mañana, el aviso por la noche para irse a la cama; las horas de estudio, los exámenes; las medias fiestas y los paseos; el patio de recreo, con sus disputas, sus pasatiempos, sus intrigas; con todas aquellas cosas, mediante una brujería mental, olvidada hace ya largo tiempo, se conseguía crear una selva de sensaciones, un mundo de fértiles incidentes, un universo de cambiantes emociones, de entusiasmos en extremo apasionados y espiritualmente estimulantes. «Oh, le bon temps, que ce siècle de fer!»

A decir verdad, mi apasionamiento, mi entusiasmo y la arrogancia de mi temperamento me señalaron pronto como personaje singular entre mis condiscípulos, lo que por etapas lentas, pero lógicas, me hizo alcanzar considerable ascendiente sobre los que no eran mucho mayores que yo, con una sola excepción, en la persona de un estudiante, que, sin ser pariente mío, llevaba mis mismos nombre y apellido; circunstancia, en realidad, nada excepcional; porque, pese a ser la mía una genealogía aristocrática, mi nombre completo era uno de esos que parecen, por derecho preceptivo, haber sido, desde tiempos inmemoriales, propiedad común de la plebe. Por lo tanto, me he dado, en esta narración, el nombre de William Wilson, apelativo ficticio, pero no muy distinto de la realidad. Sólo mi tocayo, de todos los que, según la fraseología escolar, formaban parte de «nuestra camarilla», presumía de competir conmigo en las tareas académicas, en los deportes y en los conflictos del patio de recreo, de rechazar la aceptación implícita de mis afirmaciones y el sometimiento a mi voluntad; dispuesto, en efecto, a poner coto a mi arbitraria dictadura en todas sus posibles manifestaciones. Si existe sobre la faz de la tierra un despotismo supremo y sin cortapisas es el de un adolescente autoritario sobre el espíritu menos enérgico de sus compañeros.

La rebelión de Wilson era para mí fuente de la mayor incomodidad; en especial por cuanto, pese a las fanfarronadas con las que en público tenía yo a gala tratarlo a él y a sus pretensiones, en secreto me daba cuenta de que lo temía, y no podía dejar de pensar que el hecho de que se mantuviera a mi altura con tanta facilidad, probaba su superioridad real, puesto que yo, para no dejarme vencer, precisaba de ingentes esfuerzos. Sin embargo nadie reconocía aquella superioridad –ni siquiera la simple igualdad– con mi sola excepción; nuestros compañeros, por alguna ceguera inexplicable, ni siquiera parecían sospecharla. De hecho la competitividad, la resistencia y en especial la interferencia impertinente y obstinada para desbaratar mis designios tenían tan sólo una dimensión privada. Mi tocayo parecía carecer tanto del empuje de la ambición como de la apasionada energía espiritual que a mí me permitía destacar. En su rivalidad se podía suponer que actuaba movido tan solo por el caprichoso deseo de frustrarme, de asombrarme y de mortificarme; si bien había ocasiones en las que yo no podía dejar de observar, con un sentimiento en el que se combinaban asombro, humillación y resentimiento, que mezclaba con sus injurias, sus insultos o sus desacuerdos cierta afabilidad en las maneras de lo más inapropiada y desde luego nada bien recibida. Yo sólo podía concebir tan singular comportamiento como procedente de una consumada arrogancia que adoptaba los aires vulgares del paternalismo y de la protección.

Quizás fue este último aspecto de la conducta de Wilson, unido a que llevásemos el mismo nombre, y el simple accidente de habernos incorporado a la academia el mismo día, lo que dio carta de naturaleza, entre los cursos más avanzados, a la idea de que éramos hermanos. Los alumnos de más edad de ordinario no se interesan demasiado por los asuntos de los más jóvenes. Creo que ya he dicho antes, o debería haberlo dicho, que Wilson no estaba en absoluto emparentado conmigo. Pero, sin duda, en el caso de ser hermanos, tendríamos que haber sido gemelos; porque, después de dejar el despacho del doctor Bransby, me enteré por casualidad de que mi tocayo había nacido el 19 de enero de 1813, lo que supone, hasta cierto punto, una notable coincidencia, dado que también ese día nací yo.

Puede parecer extraño que, pese a la continua ansiedad que me ocasionaba la rivalidad con Wilson y su intolerable espíritu de contradicción, no conseguía detestarlo por completo. Por supuesto casi todos los días se presentaba algún motivo para nuevas peleas, en las cuales, cediéndome a la vista de todos la palma de la victoria, se las apañaba, de alguna manera, para hacerme sentir que en realidad era él quien la había merecido; sin embargo, un sentimiento de orgullo por mi parte y una auténtica dignidad por la suya hacían que nunca dejáramos de dirigirnos la palabra, al tiempo que había muchos puntos en nuestra manera de ser que nos permitían congeniar, lo que servía para despertar en mí un sentimiento que sólo nuestra situación, quizás, impedía que madurase hasta convertirse en amistad. Es difícil, desde luego, definir, o incluso describir, mis verdaderos sentimientos hacia él, dado que formaban una mezcla heterogénea y variada; cierta irritable animosidad que no era todavía odio, algo de aprecio, respeto en mayor medida, mucho miedo y todo un mundo de incómoda curiosidad. Al moralista será innecesario decirle, por añadidura, que Wilson y yo éramos los compañeros más inseparables que imaginarse pueda.

Sin duda el anómalo estado de cosas existente entre nosotros provocaba que todos mis ataques contra él (y eran muchos, tanto los flagrantes como los disimulados) se encauzaran por el conducto del humor y de las bromas pesadas (que provocaban sufrimientos aunque adoptaran el aspecto de la pura diversión) y no hacia una hostilidad más seria y decidida. Pero mis esfuerzos en ese capítulo no eran en absoluto uniformemente afortunados, incluso cuando mis planes habían sido elaborados de la manera más ingeniosa; porque mi tocayo poseía en abundancia, por su manera de ser, esa austeridad modesta y tranquila que, al tiempo que disfruta con la agudeza de sus propios chistes, carece de talón de Aquiles y se niega de manera absoluta a que se rían de él. Sólo logré encontrarle, de hecho, un punto vulnerable, punto que –por estar ligado a una peculiaridad personal, proveniente, quizás, de una enfermedad constitucional– no se hubiera atrevido a utilizar ningún antagonista que no estuviese tan contra las cuerdas como yo; mi rival tenía una debilidad en los órganos bucales o guturales que le impedía alzar la voz por encima de un susurro apenas audible. De aquel defecto, siempre que estaba en mi mano, nunca dejaba escapar la ocasión de sacar una triste ventaja.

Las represalias de Wilson en aquel terreno eran muchas; y había una forma de su ingenio práctico que me perturbaba más allá de toda ponderación. Cómo fue que su sagacidad le permitió descubrir que una cosa tan insignificante me irritaría es una cuestión que nunca he podido resolver; pero, una vez descubierta, la utilizaba contra mí de manera habitual. Yo siempre había sentido aversión hacia mi apellido, tan poco aristocrático, y hacia mi nombre de pila, tan común, por no decir plebeyo. Las dos palabras eran veneno en mis oídos; y cuando, al mismo día de mi llegada, se presentó también en la academia un segundo William Wilson, me indigné con él por llevar mi nombre, y doblemente molesto porque quien lo llevaba fuese un desconocido, lo que sería la causa de que se repitiera, de que estuviese constantemente en mi presencia, con lo que sus preocupaciones, en la rutina ordinaria de la vida escolar, y debido a tan detestable coincidencia, inevitablemente habrían de confundirse a menudo con las mías.

La irritación así producida se intensificaba con cada circunstancia que tendía a mostrar una semejanza, moral o física, entre mi rival y yo. Por entonces no había descubierto aún la notable coincidencia de que teníamos los dos la misma edad; pero vi enseguida que nuestra estatura era la misma, y advertí que éramos incluso singularmente parecidos en la figura y en los rasgos de nuestras respectivas fisonomías. También me irritaba un rumor sobre nuestro parentesco, algo que estaba ya muy difundido entre los cursos superiores. En pocas palabras, nada podía perturbarme más seriamente (aunque yo, escrupulosamente, ocultara tal perturbación) que cualquier alusión a una similitud entre los dos, ya fuera intelectual, de persona o de rasgos caracterológicos. Pero, a decir verdad, carecía de razones para creer que (si se exceptúa el asunto del parentesco, y el comportamiento del mismo Wilson) esta similitud hubiera sido tema de comentarios o incluso que nuestros condiscípulos hubieran reparado en ella. Que él la observaba en todas sus manifestaciones, y con un interés tan extremo como el mío, era evidente; pero que pudiera descubrir en tales circunstancias un campo tan fructífero para incomodarme sólo se puede atribuir, como he dicho antes, a su penetración, del todo extraordinaria.

Su meta, que era perfeccionar al máximo la imitación que de mí hacía, se apoyaba tanto en palabras como en hechos; y representaba su papel de la manera más admirable. Mi forma de vestir no era difícil de copiar; mi forma de andar y, en general, mis modales era posible apropiárselos sin dificultad; y pese a su defecto constitutivo, ni siquiera mi voz se le escapaba. No trataba de imitar, como es lógico, mis entonaciones más potentes, pero luego, en el modo de hablar, nuestras voces eran idénticas; y su singular susurro llegó a convertirse en el eco mismo del mío.

Hasta qué punto aquel retrato exquisitamente fiel me desequilibraba (porque no se podía calificar en justicia de caricatura) es algo que no me aventuraré a describir. Como único consuelo me quedaba el hecho de que la imitación, al parecer, era únicamente yo quien la advertía, y que sólo yo tenía que soportar las sonrisas cómplices y extrañamente sarcásticas de mi tocayo. Satisfecho por haber producido en mi pecho el efecto buscado, parecía reír entre dientes en secreto por el aguijonazo que me había infligido y no mostraba (algo muy suyo) el menor interés por el aplauso público que el éxito de sus ingeniosos esfuerzos podría haber provocado sin dificultad. Que nuestros condiscípulos, en efecto, no advirtieran su plan, comprobaran su éxito y participaran en sus burlas fue, durante muchos meses de ansiedad, un misterio que nunca logré desentrañar. Quizás lo gradual de su imitación no la hacía fácilmente perceptible; o, lo que era más probable, yo debía mi seguridad al aire magisterial del imitador, que, desdeñando la letra (que en un cuadro es todo lo que el obtuso llega a ver), me ofrecía sólo a mí el pleno espíritu del original que copiaba para mi personal contemplación y desasosiego.