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Cuentos y leyendas que nos llevan de la mano por los caminos de la imaginación ancestral de los latinoamericanos. Algunos relatos darán miedo, otros harán reír y otros sorprenderán a todo el que los lea. Se sabrá por qué llora la Llorona, por qué algunos seres tienen los pies al revés, por qué el murciélago es tan feo y muchas curiosidades más. Y así, uno podrá entender por qué desde la noche de los tiempos los seres humanos se han valido de la imaginación para explicar lo inexplicable. Una recopilación que recupera la memoria colectiva de América Latina para ahondar en sus secretos y conocer sus arquetipos.
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Seitenzahl: 50
Veröffentlichungsjahr: 2018
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Prólogo
ARGENTINA
El Pombero
Kanshout y el otoño
La flor de Lirolay
BOLIVIA
Inkawakana
Cuando el tigre y el ratón intercambiaron sus voces
BRASIL
El Curupira
Saci-Pererê
Las cataratas de Iguazú
CHILE
El alicanto
La Pincoya
Tren Tren y Kai Kai
COLOMBIA
La Madremonte
El Sombrerón
La mentira más grande
La creación
COSTA RICA
La Tule Vieja
CUBA
La Madre de Agua
El Güije
ECUADOR
Las brujas de Ibarra
Etsa y el demonio Iwia
EL SALVADOR
El amate
La carreta bruja
GUATEMALA
Che Uinic
Los chom
HONDURAS
Los mineros de Santa Lucía
MÉXICO
La leyenda del murciélago
Quetzalcóatl y el maíz
El tío Abel
NICARAGUA
La Llorona
PANAMÁ
El Chivato
El padre sin cabeza
PARAGUAY
Leyenda de la yerba mate
Tau y Kerana
PERÚ
El Ekeko
La Yacumana
Manco Cápac y Mama Ocllo
PUERTO RICO
La garita del diablo
REPÚBLICA DOMINICANA
La Ciguapa
Los biembienes
URUGUAY
La gruta del palacio
VENEZUELA
La Sayona
Amalivaca y la creación del mundo
La resurrección de un perro
BIBLIOGRAFÍA
Créditos
¿CÓMO NACIERON LOS relatos? ¿Cuándo empezaron los hombres a contar historias? Ocurrió hace miles y miles de años, cuando reunidos alrededor del fuego que los calentaba y los protegía de las fieras, comenzaron a relatar sus proezas en la caza y en la pesca y a describir lo que les asustaba dando vida a seres que no eran otra cosa que personificaciones de los fenómenos naturales.
Esa humanidad naciente debía de sentirse verdaderamente desprotegida, y contar era una forma de explicar el mundo, una manera de comprender esa naturaleza que, si bien podía ser nutricia, era también hostil y peligrosa.
En todas esas historias hay vencedores y vencidos; hay dioses benévolos y protectores; pero también crueles y despiadados; existen criaturas poderosas que defienden bosques, selvas, montañas, ríos, lagos y mares; encontramos reyes generosos y nos tropezamos con pícaros y bribones. Todos con las cualidades y los defectos que habitaban y habitan en los hombres.
En América Latina el contar surgió al igual que en todos los pueblos del mundo y se fue enriqueciendo con tantas generaciones singulares que poblaron el continente. Es bien sabido que los primeros habitantes llegaron de Asia a través del estrecho de Bering, por el que podían pasar cuando se congelaba. No hay más que observar el enorme parecido entre los indios y los asiáticos. Luego llegaron los blancos y más tarde los negros. Todos estos pueblos tan diferentes aportaron sus creencias, sus conocimientos, sus miedos a la tradición y, de esta forma, en América Latina se reflejan todos los rincones de la tierra.
AH, ¡EL POMBERO! suena a título de canción, pero no, este es el guardián de los montes y de los animales. Los que lo han visto no se ponen de acuerdo en cuanto a su apariencia. Unos dicen que es alto, flaco y peludo, otros que es bajito y gordo. Pero en los dos casos tiene los pies al revés, es decir, los dedos hacia atrás y los talones adelante. ¡Genial para engañar a quienes lo persiguen! Siempre lleva un enorme sombrero de paja. Y eso sí, todos coinciden en que es feísimo.
Tiene dos debilidades: el tabaco y la miel. Y un gran defecto además de su fealdad: le encanta asustar a los niños que no se echan la siesta, y a veces hasta ¡los roba! Es por eso que a las madres no les gusta que sus hijos se alejen de casa a esa hora.
De todas maneras, hay una forma de alejar al Pombero de los hogares, y es poniendo ajo en las esquinas. Parece que es muy eficaz.
KANSHOUT ERA UN chico de la tribu Selk’nam que vivía en un lugar lejano que tenía un lindo nombre, Tierra del Fuego. Este sitio es la puntita allá abajo en América del Sur.
En la época de Kanshout los árboles no perdían nunca sus hojas, siempre, siempre eran verdes.
Un día Kanshout tuvo que partir a un largo viaje como era costumbre en su tribu. Todos los chicos varones debían hacerlo.
Kanshout tardó tanto en volver que los suyos creyeron que había muerto. Pero un día, ¡oh, sorpresa!, el chico apareció. Contó a su tribu que había conocido un país increíble, lleno de bosques como vastos tapetes que alfombraban las tierras. Allí los árboles perdían las hojas y se quedaban desnudos como esqueletos, pero según él, tres meses después, las hojas volvían a salir poco a poco. Él las había visto crecer día a día, hasta llegar a una magnífica explosión de verdes. Esos verdes, recién nacidos, eran lo más bello que él había visto jamás.
Los de su tribu no lo creyeron y, no solo eso, se burlaron de él. Kanshout no lo soportó y furioso dio la espalda a su gente y se volvió a ir. Pero esta vez su ausencia no fue muy larga. Regresó convertido en un gran loro, haciendo alarde del plumaje verde de su cuerpo y del rojo encendido de su pecho. Kanshout sobrevoló los bosques y con las plumas de su pecho tiñó de rojo las hojas. Poco después, se fueron cayendo las hojas, una a una, y los árboles quedaron pelados como esqueletos. Su tribu, muy asustada, creyó que los árboles iban a morir.
Esta vez fue Kanshout quien se burló de los suyos y seguramente los dejó sufriendo durante tres meses. Transcurridos los tres meses, la tribu Selk’nam descubrió el renacer de las hojas y, tal como lo había hecho Kanshout, las escudriñaron día a día hasta ser testigos de la soberbia explosión de verdes de la que les había hablado el chico.
El otoño y la primavera habían nacido.
Dicen que desde entonces, los loros se reúnen en los árboles para burlarse de los hombres porque no creyeron a su ancestro Kanshout.
