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¡Una obra inédita de Cora Coralina! Seis historias – Las capas del diablo, Capitán Mayor, Miedo, El cuerpo del delito, Candoca y Procesión de las almas – en que la autora narra con precisión hechos extraños, casos asustadores, almas en pena, crimen hediondo y muerte sin explicación, y elige como escenario las ciudades de la provincia de Goiás. Historias de personas que ella conoció, historias contadas por sus familiares u oídas de los vecinos del local. ¿Verdad o fruto de la imaginación popular? "El capitán mayor, maestre de campo, había desaparecido misteriosamente de la ciudad. Nadie sabia de él, ni para donde había ido, era la murmuración que se oía por las calles. Fue visto por última vez atravesando el puente del Carmen… Había desaparecido inesperadamente, vistiendo su uniforme. ¿Un crime?… ¿Una venganza?… ¿Una emboscada?" ¡Historias seductoras! ¡Historias espeluznantes!
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Seitenzahl: 36
Veröffentlichungsjahr: 2015
DE MIEDOS Y APARICIONES
Cora Coralina
Traducción
Alberto Jiménez Rioja
Ilustraciones
Soud
***
1a edición digital
São Paulo
2022
Las capas del diablo
El capitán mayor
Miedo
El cuerpo del delito
Candoca
La procesión de las ánimas
Sobre la autora
Sobre el ilustrador
La señora doña Manuela María de Magalhães y Távora de Taborda, hacendada principal, vivía en sus fincas rústicas, entre Capelinha y Nazaré, en las cercanías de Anicuns, allá por 1865.
Tenía esta señora tierras y cabezas de ganado, pastos y campos de caña de azúcar. Esclavos y braceros trabajaban sus tierras, movían sus ingenios, marcaban sus vaquillas y laboraban sus campos. Comían de sus guisos y vivían de su harina. Recibían todas sus soldadas, puntualmente y según lo que les correspondiera; así los braceros y los trabajadores de paso. A los esclavos se les daban dos veces por año dos mudas de camisas de paño bermejo y un par de calzas recias.
Por obra y gracia de la noble dama se les apartaban a todos terrenos donde plantaban sus mandiocas y sus batatas. Se respetaban los domingos y las fiestas de guardar. Después de oír misa en la capilla, eran libres para recorrer la selva, poner sus trampas para cazar y pescar en arroyos y charcas; de noche se les permitía encender hogueras y, al son de maracas y tambores, danzar jequedés o batucadas.
Doña Manuela era puntual, metódica, cuidadosa y buena. Respetaba los mandamientos y era caritativa.
Un esclavo de confianza, de nombre Fidencio, hacía las veces de capataz de la hacienda y una esclava de nombre Rosa, mujer del anterior, se encargaba del gobierno de la casa y de organizar y vigilar el servicio doméstico de las esclavas, que bregaban con todo desde el ganado a la preparación de la cuajada, de la harina de mandioca a diversos almidones, de las ollas de refinar a los pesados morteros donde muelen tres, alternándose rítmicamente. En la enorme cocina no faltaba el fuego en el horno ni cazuela en la que se cocinara.
El horno estaba siempre bien provisto de leña para asados y postres, roscas y galletas; no faltaban las mujeres para hacer todo eso.
De puertas para adentro estaban las criadas nuevas y novatas en los estrados de costura y en las esteras para aprender el servicio impecable, compenetradas y atentas, de aguja y dedal, levantándose cada hora para lavarse las manos a fin de no ensuciar las labores. Hacían bordados y bodoques de lino a capricho, con esmero, perfectos. De la corte llegaban piezas de encajes y puntillas dentro de grandes cajas acristaladas. Enormes bobinas de hilo sedoso, blanco y de colores delicados, eran añadidos obligados. Linos diversos, telas finísimas u otras de anchos inéditos destinadas a sábanas, mantelerías y almohadas. Toda la ropa blanca de la casa, vasta y aparatosa, era trabajada a la perfección: toallas y manteles tenían aleluyas bordadas con temas amistosos, versificados, alusivos a los señores canónigos que oficiaban la misa cada mes, a los parientes de alta estima, a los compadres y la parentela de buena prosapia y alto linaje que iban allí a homenajear, a solicitar favores, a tomar los aires, a convalecer, y que se convertían en honrosos huéspedes que se sentaban en la cabecera de la colmada mesa señorial y comían y bebían en servicios de plata.
Doña Manuela había ordenado pedir a su correspondiente de la Corte que le mandase una pieza de la holanda más fina que pudiese encontrar.
Meses después llegó el pedido: algo digno de ver. Doña Manuela mandó cortar de aquella pieza una gran camisa de chimango y dos sayas bajeras blancas. Hizo que llevaran aquellos cortes al estrado de las costureras recomendando que los trataran con la mayor diligencia y perfección. Tiempo después se concluyó la labor con costuras, ojales y adornos perfectamente acabados; doña Manuela alabó aquel trabajo parcamente y ordenó a una esclava que lo guardara en un cajoncito disimulado del arca grande, en su alcoba. Aquellas piezas tenían que permanecer siempre a mano. Eran para vestir su cuerpo cuando muriera.
Formaban parte de su mortaja de damasco de seda roja que había mandado coser en tiempos y que estaba allí doblada, envuelta en una toalla de lino y protegida por bolas de alcanfor. Nadie debía tocar aquello hasta el día de su muerte; fueron sus palabras finales.
Era la fiesta del Divino Espíritu Santo o Pentecostés en Anicuns. Fiesta de pompa y de estrépito, de emperador, de capitán general, de poste de mayo y de abanderados, pródiga en honras y mercedes a las gentes adineradas del lugar. Fiesta de novenas, triduos y procesiones, de hogueras, faroles y luminarias, de levantamiento del poste, de folías, de congadas, de danzas de negros, de torneos de caballos y fuegos de artificio.
