Demonios a mediodía - Adrián Abramo Penilla - E-Book

Demonios a mediodía E-Book

Adrián Abramo Penilla

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Beschreibung

Lía Rhasil tiene como misión infiltrarse en una subasta ilegal y hacerse con el brazalete de Ofiuco, un artefacto mágico muy peligroso. Faustus, por su parte, lo necesita para resucitar a su novio. Cuando ambos se encuentran, todo sale mal. Con una maldición mortal dentro de ella, Lía deberá recurrir a Mementos, la organización sobrenatural para la que trabaja. Unidos por un pacto de sangre, tanto ella como Faustus tendrán que descubrir quién creó la maldición, cómo deshacerla y cuál es el precio a pagar. Sin embargo, el pasado es una pesada carga. Lía se enfrentará a los demonios de su niñez mientras Faustus ve cómo las posibilidades de resucitar a su novio se vuelven cada vez más escasas.

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Seitenzahl: 295

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Demonios a mediodía

LOS ARCHIVOS DE MEMENTOS

Adrián Abramo Penilla

Primera edición en esta colección: septiembre de 2022

© Adrián Abramo Penilla, 2022

© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2022

Plataforma Editorial

c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona

Tel.: (+34) 93 494 79 99

www.plataformaeditorial.com

[email protected]

ISBN: 978-84-19271-23-5

Diseño de cubierta e ilustraciones de cubierta e interior: Marina Abad Bartolomé

Fotocomposición: Grafime

Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).

Índice

Entrevista con el hematíeLa descendencia real de DráculaSerpientes y fantasmasResurrección plena y otros hechizos útilesHogar, dulce hogarBueno, bonito y malditoSolo un mordisquitoAbrazos peligrososInvitados indeseadosUnidos por el cúterCómo sobrevivir a la ira de tu jefaInvestigaciones y confesionesUn adivino multiusosSellos mágicos con fecha de caducidadHuellas del pasadoLos envíos al más allá se pagan con sangreSola ante el peligroDescenso al infiernoPesadillas vivientesRecuerdos perdidos en el olvidoCallejón sin salidaLos primeros pasos de algo nuevoRituales demoníacos para amas de casaEl secreto del ángel caídoLas pesadillas vuelven con ganas de másCuando la fortuna no llama a tu puertaUna luz al final de la ranaDe hadas y nigromantesUn reencuentro dolorosoLa bestia interior abre los ojosLa cuenta atrás terminaSolo los dioses juegan con la vida y la muerteVuelta a la normalidadUn nuevo comienzoEpílogoExpedientesAgradecimientos

A Marta, Simón y Vero, por confiar en esta nueva aventura.

1. LÍAEntrevista con el hematíe

El brillo de la luna se reflejaba en la plateada hoja de su cuchilla curva. Lía contemplaba la enorme mansión de piedra en la que se encontraba su objetivo. No se veía luz en ninguna ventana, pero la joven sabía que él estaba dentro. Todas las matanzas habían tenido lugar allí, según le habían dicho.

El diminuto dispositivo que portaba en el oído derecho vibró, lo que le indicó la entrada de una llamada. Lía posó un dedo en la superficie del auricular y suspiró. Una risa resonó en el aparato como respuesta a su reacción.

—¿Qué quieres, Chrys? —murmuró. Aunque no había nadie cerca de su posición, prefería no arriesgarse.

—Encima que me preocupo por ti —respondió el aludido—. Ya he desconectado las cámaras de vigilancia que hay en la finca. Tienes vía libre.

—Gracias. Te llamaré en cuanto termine con él. —Y colgó antes de darle tiempo a su compañero para responder.

Salió de su escondite y se subió la cremallera de la chaqueta. Iba vestida completamente de negro, con unos pantalones elásticos que le permitían moverse sin dificultad. Debajo de la chaqueta llevaba una camiseta básica. El único toque de color era su melena rubia, que llevaba recogida en una coleta.

Los botines apenas hacían ruido al pisar la gravilla mientras se acercaba a la entrada de la mansión. Se trataba de un edificio rodeado por una elevada valla de metal, cuyos extremos superiores podrían atravesar a cualquiera que intentara cruzarla. Menos a ella.

Lía cogió impulso con las piernas y saltó. Sus talones rozaron una de las cuchillas que adornaban la protección, pero cruzó los tres metros de vallado sin problema. En cuanto sus pies tocaron el suelo, se ocultó detrás de un árbol.

Frente a la entrada de la mansión había un jardín bien cuidado, lleno de flores exóticas y varios árboles frutales. Lía se movió entre ellos cubierta por un manto de sombras. Sabía que, aunque las cámaras estaban desactivadas, había guardias de seguridad dentro de la vivienda que podrían verla si realizaba un ataque frontal.

La joven chasqueó la lengua al pensar en el objetivo. Aunque no era su primer hematíe, una especie de demonio cuyas víctimas sentían un hambre voraz por la sangre, no le hacía gracia matar a un ente tan… familiar. Este en particular había escogido como anfitrión a Vladimir Mirkoff, un actor en ciernes cuya fama había aumentado al hacerse públicas sus «fiestas» sangrientas en la mansión que acababa de adquirir. Aunque la prensa afirmaba que todos los invitados regresaban sanos y salvos, Mementos había registrado varias desapariciones desde el comienzo de esas bacanales.

Sin embargo, lo que más le había molestado a la chica había sido la última declaración del hombre, que afirmaba ser descendiente directo del famoso Drácula.

Lía estaba a punto de salir de su escondite cuando el comunicador vibró de nuevo.

—¿Qué quieres ahora? —bufó.

—He conseguido hackear una de las cámaras del interior —contestó Chrys. El tono con el que lo dijo no auguraba nada bueno—. Lía, tenemos problemas.

—No voy a dar media vuelta. Dime qué has descubierto y cuelga —lo apremió ella en voz baja.

—Uno de los guardias está acompañado de un irae.

Lía tragó saliva. Aún tenía pesadillas con esos demonios. Gracias a uno de ellos, su padre mató a su madre y casi acabó con ella. De no ser por la sangre que corría por sus venas, la joven habría muerto esa noche.

Los iraes eran criaturas que se metían en la mente de las personas y las usaban como instrumentos. Eran demonios de la ira, seres que disfrutaban despedazando, desmembrando, destripando…

Sus crímenes se reconocían fácilmente. Cuando una persona asesinaba a su pareja o a un familiar y los conocidos afirmaban que era alguien que no mataría ni a una mosca, muchas veces era por culpa de un irae. Aprovechaban cualquier fisura para colarse en la mente de la persona: alcohol, una discusión, ansiedad, problemas en el trabajo…

Lía cogió aire y lo soltó lentamente. No quería rememorar esa noche. Si no hubiera sido por un agente de Mementos que estaba rastreando al demonio, la criatura habría acabado por completo con ella.

—Estaré bien, Chrys. Soy la mejor, y lo sabes. —La carcajada de su compañero consiguió calmarla.

—Solo digo que tengas cuidado. Trataré de seguirte el rastro con las cámaras interiores —finalizó el chico antes de colgar.

Lía posó la mirada en la fachada del edificio. Una de las ventanas de la segunda planta estaba entreabierta. Ya tenía vía de entrada.

Aún oculta entre las sombras, la joven corrió hacia el lateral de la mansión y se pegó a la pared, atenta a cualquier indicio de que hubiese sido descubierta. Era posible que entre los guardias hubiera algún nox. Esas criaturas eran capaces de dotar a su anfitrión de visión nocturna, aunque terminaban volviendo locas a sus víctimas y las llevaban al suicidio.

Esperó un minuto más antes de entrar en acción. Golpeó sus talones contra el suelo para sacar unas afiladas hojas de las punteras y comenzó a escalar. Cada vez que clavaba el filo en la pared, se detenía a escuchar, pero todo seguía en orden cuando llegó al amplio tejado de la mansión. La ventana estaba en la fachada frontal y solo tenía que dejarse caer una planta.

Se agarró al borde del tejado y comenzó el descenso. Un mal presentimiento hizo que quisiera subir de nuevo, pero la pared justo enfrente de ella estalló y sintió un fuerte tirón en la pierna que la arrastró hacia el interior de la vivienda.

Lía se incorporó entre toses mientras la nube de polvo se dispersaba, pero no tuvo tiempo de esquivar el primer puñetazo. Su cuerpo salió despedido varios metros, aunque consiguió caer de pie.

—Una rata se ha colado en la mansión. —La sombra de su atacante se distinguía entre el polvo aún en suspensión. La carcajada cruel e inhumana era inconfundible: la persona que se encontraba ante ella estaba controlada por un irae.

—Tu jefe se va a enfadar cuando sepa que le has roto la pared —respondió Lía. Se pasó una mano por el labio y se limpió el pequeño reguero de sangre.

—Mi trabajo es protegerlo, no cuidar de su casa.

Cuando se encontraba a pocos pasos, la chica pudo distinguirlo mejor. A simple vista, era un humano normal: cuerpo musculoso, seguramente de gimnasio, y rostro común. Bien afeitado, con el cabello rapado al cero, y esmoquin negro, propio de un guardaespaldas.

Pero sus ojos eran completamente negros, con puntitos rojos incandescentes. Lía nunca olvidaría esa mirada.

Con una sonrisa sádica, el hombre se lanzó al ataque y trató de embestir a la chica. Lía lo esquivó, saltó hacia la pared de la izquierda y se impulsó contra él. Sujetándose a su espalda con las piernas, pasó un brazo por debajo del cuello del demonio, colocó el otro detrás y apretó.

Sin embargo, una de las manos del hombre la agarró por el hombro y tiró. Tenía mucha más fuerza que ella. La espalda de Lía impactó contra el suelo y se quedó un segundo sin respiración. Consiguió rodar hacia un lado antes de que el pie del enemigo se clavara en su estómago.

Retrocedió unos pasos y sacó su cuchilla curva. Los humanos poseídos por iraes eran mucho más fuertes, pero atacaban sin pensar. En cuanto el hombre embistió de nuevo, Lía hizo una finta para esquivarlo y, con un amplio movimiento de brazo, le cortó los dos tendones de Aquiles.

La sangre brotó de los tobillos del poseído cuando este trató de atacar de nuevo. Aun así, no se detuvo. Lía sabía que dentro de ese monstruo había un hombre gritando de dolor.

«Malditos demonios. Les da igual el dolor mientras puedan acabar con su presa», pensó malhumorada.

Agarró con fuerza el mango de su cuchilla. Sabía que ese hombre ya no tenía salvación. Debía acabar lo antes posible con su sufrimiento.

—Maldita humana —gruñó el irae mientras avanzaba en su dirección—. Voy a romperte las piernas para que no puedas escapar. Y después me comeré tus brazos, trocito a trocito, mientras suplicas que te mate.

—No sé si lo sabes, pero es imposible devorar a alguien si no tienes cabeza.

El poseído tardó demasiado tiempo en comprender lo que decía. Lía soltó todo el aire que había contenido, echó una pierna hacia atrás para tomar impulso y atacó. La cuchilla atravesó la piel como si fuera mantequilla y cortó sin problemas las vértebras cervicales.

La cabeza del hombre golpeó el suelo enmoquetado del pasillo. El cuerpo cayó cuan largo era y Lía se acercó despacio. Su corazón latió acelerado al percibir el olor metálico de la sangre. La luz de la luna entraba por el agujero de la pared y hacía brillar el líquido que impregnaba su arma. Ese rojo intenso la llamaba, pedía a gritos que bebiera de él…

La vibración del comunicador hizo que recuperara la cordura. Se alejó del cuerpo y pulsó el aparato.

—Dime —susurró mientras se ocultaba en una esquina para revisar el siguiente pasillo.

—Eso ha sido alucinante. Eres terrorífica. —La voz de Chrys denotaba devoción.

—Y por eso no debes enfadarme nunca —inquirió ella con una leve sonrisa.

—No hay más guardias en esa planta. Solo estaba el irae. —Lía escuchó el sonido de las teclas al ser presionadas—. En la siguiente hay dos humanos, podrás evitarlos fácilmente.

—¿Dónde está el sótano?

—Sigue por el pasillo de la derecha, baja las escaleras y ve todo recto más o menos cinco metros. Vuelve a torcer a la derecha, avanza unos diez metros y entra en la segunda puerta. Después… —empezó su compañero.

—Quédate conmigo. No puedo perder el tiempo en memorizarlo todo —lo cortó ella.

2. LÍALa descendencia real de Drácula

La mansión era un verdadero laberinto, pero Lía confiaba en Chrys. En cuanto llegó a la siguiente planta, se fundió con las sombras para esquivar a los dos guardias, esta vez humanos. Le sorprendía que Vladimir hubiera conseguido contratar a un demonio, sobre todo a un irae. El hematíe que lo controlaba debía de tener muchos contactos.

El interior de la mansión estaba decorado con un estilo bastante moderno. Todos los muebles eran de color negro y blanco con estampados de cuadros o lisos. El suelo estaba cubierto en su totalidad por una moqueta gris perla que amortiguaba tanto las pisadas de Lía como las de los guardias. Pero ella contaba con las indicaciones de Chrys, que se desplazaba por las cámaras y buscaba el camino más seguro.

La chica no estaba acostumbrada a realizar misiones que exigieran tanto sigilo, pero lo estaba disfrutando. Se sentía como una espía de élite en la guarida secreta del villano, aunque estaba segura de que su objetivo no la esperaría en un sillón giratorio y con un gato entre los brazos. Más bien, se imaginaba una cripta llena de cuerpos desnudos y cubiertos de sangre con el poseído en medio de la terrorífica escena.

—¡Viene un guardia! Entra en la siguiente puerta a la derecha.

Lía obedeció y entró en la habitación. Cerró la puerta con cuidado, se apoyó en ella y escuchó los pasos amortiguados del guardia al pasar por delante. En cuanto dejó de escucharlos, se enderezó y posó la mano en el picaporte, pero una respiración la alertó.

—¿Chrys? —susurró.

—¿Qué pasa? No hay ninguna cámara en la habitación. ¿Estás bien? ¿Lía? ¡Contesta, por favor!

La preocupación del chico era palpable. Lía se giró con cuidado. A pesar de la penumbra que reinaba en la habitación, logró ver que estaba en un dormitorio.

La respiración procedía de la enorme cama con dosel que se hallaba en el centro de la estancia. Lía sacó su móvil y activó la cámara. Por el estridente resonar de las teclas, supo que su amigo ya estaba accediendo al aparato.

La joven se acercó despacio a la cama. Sabía que, si se trataba de una trampa, sus sentidos ya la habrían avisado. Descorrió el dosel con cuidado y miró el bulto que había sobre el colchón. Por la larga cabellera, dedujo que era una mujer.

Sin embargo, era incapaz de identificar su edad. Tenía la piel totalmente arrugada y pegada a los huesos. Largas venas negras recorrían el rostro de la mujer, cuyos ojos entrecerrados se movieron al percibir movimientos cerca. Los párpados se abrieron de golpe al ver a Lía, que mantuvo su posición junto a la cama.

—A… yuda… —gorgojeó la mujer.

—¿Quién…? —Lía se calló al reconocerla. Se trataba de Irina Lynch, la esposa de Vladimir.

—No… puedo… más… —La voz de Irina sonaba débil.

Lía se agachó junto al colchón y ayudó a la mujer a incorporarse con cuidado. En cuanto la sábana que la cubría se deslizó, la joven vio una enorme herida en el antebrazo de Irina. La piel estaba cubierta de restos de sangre coagulada y pus. Las marcas que tenía eran de mordiscos, como si una bestia salvaje hubiera desgarrado la carne con rabia.

—Se está alimentando de ti. —El pensar en la pobre Irina sufriendo esa tortura le revolvía las tripas—. Dijo que estabas enferma, que por eso apenas salías de casa.

La mujer solo pudo sollozar. Sus ojos, cuya esclerótica se había tornado amarillenta y llena de pequeñas venas, le suplicaban con la mirada.

Lía miró de nuevo la herida. Los síntomas de la gangrena eran inconfundibles. Aunque Irina sobreviviera, perdería el brazo. La chica carraspeó para llamar la atención de Chrys, que había estado en silencio.

—No podemos enviar una ambulancia. Todos sabrían que estás ahí —decretó Chrys.

—¡Se está alimentando de ella! Hay pruebas suficientes para que lo arresten.

—Ese no es nuestro trabajo…

—¡Ya lo sé! —gruñó Lía—. Solo quiero que estéis preparados. La sacaré de aquí en cuanto acabe con él y necesitará asistencia médica urgente.

—Recibido.

La chica sabía que su compañero haría todo lo que estuviera en su mano para ayudar. El trabajo de los agentes de Mementos era tan solo vigilar a los entes sobrenaturales, incluso darles caza si era necesario, pero no existía ninguna ley que los obligara a salvar a los humanos afectados. Aun así, Lía no iba a ignorar el estado de esa pobre mujer, igual que tampoco la abandonaron a ella cuando era pequeña.

—Irina, escúchame —habló con voz dulce—. Ya estás a salvo. Voy a acabar con ese desalmado y volveré a por ti. Te lo prometo.

La mujer solo pudo asentir y ver cómo la cazadora salía de la habitación para retomar su misión.

Lía esperaba encontrar un portón de metal lleno de dibujos de demonios o cubierto de restos de sangre seca. Pero la entrada al sótano solo era una puerta de madera sencilla y pintada de blanco, a juego con el resto de la casa. Se encontraba bajo la escalera principal y podía haber sido el cuarto de las escobas.

Pero Chrys la había guiado hasta allí y sabía que su compañero nunca se equivocaba. Posó la mano en el pomo y lo giró poco a poco, tratando de hacer el menor ruido posible. La bisagra apenas chirrió cuando la joven abrió por fin la puerta y la cerró a sus espaldas.

Ante ella había una escalera de peldaños de madera que crujieron levemente bajo su peso. Escuchaba gemidos y susurros al fondo de los escalones. Lía tragó saliva. Los hematíes no eran famosos por ser peligrosos. La verdadera amenaza eran las personas a las que hipnotizaban y que estaban dispuestas a sacrificarse por su amo.

El olor metálico de la sangre iba en aumento con cada escalón que bajaba, así como el fuerte aroma del sudor y las feromonas. Lía se cubrió la nariz con una mano mientras sujetaba una de sus dagas con la otra. Debía concentrarse en su labor.

La visión del sótano se asemejaba bastante a lo que se había imaginado. Los muebles habían sido apartados contra la pared y el suelo estaba cubierto de colchones ocupados por varias personas desnudas. La mayoría eran jóvenes, víctimas del mundo de la gran pantalla y hambrientas de fama.

Todos los cuerpos presentaban heridas, desde pequeños mordiscos sangrantes hasta trozos de carne medio arrancados. Pero no había dolor en las facciones de los allí presentes. Cada uno de ellos miraba embelesado a Vladimir, el único cuya piel estaba impoluta. Se encontraba tumbado en un sofá y tenía la boca apretada contra el cuello de un chico. Los gemidos del joven se mezclaban con el sonido de succión.

Lía sabía lo que pasaría si la detectaban demasiado pronto. Todos los hipnotizados la atacarían, ella se defendería y acabaría con vidas inocentes. Debía encargarse rápido del poseído.

Terminó de bajar los escalones y se agazapó tras un armario. Las víctimas solo tenían ojos para Vladimir, pero Lía actuó con cautela. Si conseguía deshacerse del chico que estaba en el sofá, podría acabar rápidamente con el objetivo. Después tendría que correr con todas sus fuerzas. El efecto de la hipnosis desaparecería con el tiempo, pero no antes de que ella fuera descuartizada por una masa de gente enloquecida tras perder a su amo.

La puerta del sótano se abrió de un golpetazo y Lía se encogió en su escondite, rezando para no ser descubierta. Uno de los guardias bajó corriendo los escalones y miró a su jefe, que se había incorporado en el sofá.

—Señor, tenemos problemas —balbuceó el guardia—. Hemos encontrado un cuerpo decapitado en la segunda planta. Estamos reforzando la seguridad, pero debe ponerse a salvo.

—Malditos ineptos —gruñó Vladimir—. Dame un momento, ahora subo —añadió, y despachó al hombre con un gesto de la mano.

Lía apretó el mango de la daga, preparada. En cuanto el guardia cerró la puerta y Vladimir se levantó, salió de su escondite y lo soprendió al agarrarlo por la espalda. El hombre hizo el amago de gritar, pero ella posó la hoja plateada en su cuello.

—Ni se te ocurra gritar —le ordenó.

—¿Con quién crees que estás hablando?

La voz de Vladimir estaba cargada de persuasión demoníaca. Lía clavó un poco más su arma y el hombre enmudeció. Todos los hipnotizados siseaban y observaban a Lía, que comenzó a retroceder en dirección a la escalera mientras tiraba del hombre.

—Hematíe Vladimir Mirkoff. En nombre de Mementos —la garganta de Lía ardía por el olor de la sangre mientras recitaba el lema de la organización, pero logró mantener el control—, regresa al infierno.

—Soy un vampiro. ¡Un ser de la noche! Una chica no puede matarme. —Vladimir trató de hipnotizarla de nuevo, pero la joven se recompuso.

—No solo soy una chica. Soy Draculia Rhasil. La descendiente real de Vlad Draculea Tepes, también conocido como Drácula —contestó antes de decapitar al poseído.

Dio una patada al cuerpo y lo lanzó contra los hipnotizados, que se debatían entre abrazar a su amo sin cabeza o ir a por la culpable. Lía no se lo pensó dos veces; subió corriendo las escaleras y cerró la puerta una vez arriba.

Escuchó golpes y gruñidos al otro lado, pero nadie giró el pomo. Seguramente estaban demasiado débiles por la pérdida de sangre.

Ya solo le quedaba una cosa por hacer si quería terminar su misión con éxito.

La ambulancia ya estaba esperando cuando Lía salió de la mansión con Irina Lynch en brazos. Tras enviar un aviso sobre el abatimiento del objetivo, varios agentes habían entrado en la vivienda y detenido a los guardias. Cuando la joven había vuelto a por la mujer de Vladimir, varios compañeros ya estaban abriendo la puerta del sótano para asistir a las víctimas.

Lía observó agotada cómo la ambulancia se alejaba de camino al hospital. Irina había estado consciente lo suficiente para darle las gracias antes de que las puertas traseras del vehículo se cerraran.

—Soy Draculia Rhasil, descendiente de Drácula —se burló una voz a sus espaldas.

—Ya me gustaría haberte visto ahí dentro. Te habrías meado encima —respondió Lía mientras se giraba con una sonrisa.

Chrys le dio un vaso humeante. En cuanto se lo acercó a la boca, el aroma del chocolate inundó sus fosas nasales. Sopló un poco antes de dar el primer sorbo. El sabor dulce del cacao se mezclaba con un leve toque a metálico. Su amigo era experto en preparar batidos de chocolate y sangre.

—Eres la mejor, Lía —dijo Chrys mientras alzaba una mano. Ella respondió al gesto con un resoplido entre agradecido y agotado.

—No quería compartir la herencia con otro primo falso —se mofó—. De verdad, no sé cómo ese loco de Vlad fue capaz de inventarse una historia tan épica.

—Igual también quería hacerse famoso —respondió Chrys, que se encogió de hombros—. En esa época, cualquier ser sobrenatural podía crear su propia leyenda.

—Mi padre siempre decía que Vlad era el equivalente al típico tío lejano, el rarito y excéntrico que da vergüenza invitar a las reuniones familiares. —Lía dio otro trago de su batido y suspiró. Aún le dolía recordar a sus padres.

—Al menos tu madre no monta a caballo con su cabeza bajo el brazo y una sonrisa de psicópata. —Chrys se estiró y soltó un largo bostezo—. Será mejor que vayamos a casa. Estoy agotado.

—Seguro que apretar teclas cansa mucho —se mofó Lía.

Miró una última vez la mansión y siguió a su compañero. Misión completada.

3. FAUSTUSSerpientes y fantasmas

Una nube de polvo se alzó cuando Faustus dejó la caja en el suelo del salón. Se estiró mientras soltaba un gemido lastimero y sintió cómo sus vertebras crujían. Una risa divertida hizo que se girara y sus labios aletearon al ver a Yussu en la entrada con otra caja similar.

—¿El señor ya está viejo para cargar con peso? —bromeó su novio antes de depositar el paquete en el suelo. Cuando se enderezó con un quejido, Faustus no pudo reprimir una carcajada. Yussu hizo un mohín—. Cállate.

—No he dicho nada. —Con la sonrisa aún en los labios, Faustus sujetó a Yussu por la cadera y lo acercó a él. Rozó su nariz con la del otro y le dio un beso rápido—. Hacía mucho que no vivíamos en España.

—Madrid no es mi destino ideal, pero bueno. —Yussu miró nervioso hacia la ventana, que dejaba entrar el sol matinal—. Me va a costar un poco.

—Estaremos bien, te lo prometo —susurró Faustus, aún con las manos en la cadera de su novio. Coló los pulgares por debajo de la camiseta y acarició las escamas que decoraban el abdomen de Yussu que se estremeció cuando el roce le hizo cosquillas—. Todo va a salir bien.

—Un nuevo hogar, un nuevo comienzo —respondió el joven con una sonrisa—. Y siempre podemos ampliar tu hueste.

—Apenas tengo espacio en la piel para nuevos sicarios. —Faustus soltó una carcajada y finalmente se separó de su novio—. Aún tenemos que subir diez cajas más. Vamos, culebrilla.

Tardó unos segundos en moverse. Los ojos rasgados y dorados de Yussu tenían algo que lo hipnotizaba, incluso después de tantos años juntos. Acarició su cabello castaño y corto mientras contemplaba su rostro. La piel del naga estaba cubierta de miles de escamas de una tonalidad similar a la de sus ojos y centelleaban al moverse. Deseó que ese momento durara para siempre, pero tenían una mudanza que terminar.

Tardaron cerca de dos horas en vaciar todo el camión de mudanzas que habían alquilado. En cuanto la última caja tocó el suelo del salón, Faustus se acercó a Yussu con los ojos brillantes y le quitó la camiseta llena de polvo y sudor. El naga soltó una risa alegre debido a las cosquillas que le hacían los dedos de su novio en el abdomen, pero se dejó manosear.

—Eso no vale. Tú también estás sucio —murmuró cuando los labios de Faustus buscaron los suyos con un ansia voraz.

—¿Acaso te he impedido quitarme la ropa? —sugirió el nigromante con una sonrisa pícara.

Los besos y las caricias los acompañaron mientras se dirigían a la ducha y dejaban que el agua caliente recorriera sus cuerpos. Yussu se desprendió del glamour que ocultaba su aspecto naga y Faustus rozó con los dedos las escamas que cubrían el cuello del joven y le arrancó un suspiro placentero.

Los ojos rasgados de Yussu se clavaron en él mientras le retiraba un mechón blanco y húmedo del rostro. El amor con el que lo miraba seguía sorprendiéndole, aun tras cincuenta años juntos. Acostumbrado a la soledad, Faustus había encontrado en el naga a la única persona que lo aceptaba tal como era.

Cuando el agua comenzó a salir fría, Yussu hizo reaparecer sus piernas humanas y, tras cogerlo de la mano, arrastró a Faustus hasta la habitación, donde se dejaron caer sobre el colchón, desprovisto de mantas. A ambos chicos les dio igual, centrados únicamente en el cuerpo del otro.

Faustus aceptó la pasión desmedida de Yussu, pero no se dejó engañar. Sabía lo que se ocultaba detrás de la emoción de su novio. Cada nueva mudanza venía acompañada del miedo a que su padre los encontrase y enviara a nuevos asesinos tras ellos. Nunca llegaban a estar más de un año en el mismo sitio y la tensión constante estaba haciendo estragos en la estabilidad mental de Yussu.

La noche llegó con ambos jóvenes aún en la cama, con las piernas y los brazos enredados en un abrazo desesperado. Yussu, con la cabeza apoyada en el pecho de Faustus, suspiró y alzó la mirada para mirar al nigromante.

—¿Podemos cenar hoy en casa? No quiero salir a la calle —pidió en voz baja.

—Claro que sí. —Faustus acarició la mejilla del naga y sonrió para intentar ocultar su propio nerviosismo—. Como si quieres estar en la cama durante un mes. Me quedaré contigo siempre.

—En ese caso, será mejor que cojamos mantas. Te recuerdo que soy de sangre fría —bromeó mientras le sacaba la lengua bífida con un gesto infantil.

—¿No te sirvo yo? —Faustus los hizo girar sobre el colchón y se quedó encima de Yussu, rozando sus caderas con movimientos lentos. Al notar la reacción del naga, sonrió con malicia—. ¿Ves? También puedo darte calor.

Yussu sonrió y negó con la cabeza antes de apartarlo. Deshizo el glamour que convertía su cola de serpiente en piernas humanas y empujó a Faustus fuera de la cama con ella. El nigromante terminó cayéndose por el borde mientras trataba de recuperarse del ataque de risa.

—Venga. Prepara algo de cenar. Yo te espero aquí, debajo de una manta de verdad —dijo Yussu a la vez que se estiraba para recoger una del suelo. Sus ojos rasgados devoraron a Faustus mientras este se ponía la ropa interior. Cuando el nigromante alzó una ceja con soberbia, el naga puso los ojos en blanco—. Eres un engreído.

—Y tú el que ha hecho desaparecer sus piernas y compañía para no demostrar lo cachondo que está —replicó Faustus antes de agacharse para darle un beso rápido y salir de la habitación.

Rebuscó en la caja con la etiqueta «cocina» para sacar un par de platos y abrió la nevera. Solo tenían varias pizzas congeladas, yogures y una caja de cervezas. Frunció el ceño y suspiró. No había muchas opciones.

En cuanto sonó el pitido del microondas, Faustus cortó la pizza en dos y colocó ambas partes en los platos. Siseó al sujetar dos latas de cerveza contra su abdomen desnudo y cogió la cena con ambas manos. Silbando, recorrió el pasillo que llevaba a su habitación y empujó la puerta con un pie.

La escena idílica que había abandonado minutos atrás desapareció. El sonido de los platos al romperse contra el suelo le llegó amortiguado mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Ya no se encontraba en su piso, sino en la cafetería donde su novio había empezado a trabajar.

Yussu, tirado en el suelo detrás de la barra, lo contemplaba desde sus ojos desprovistos de vida. La sangre verde oscuro seguía manando del profundo corte que le abría la garganta. El suelo bajo sus pies desapareció y Faustus extendió las manos para intentar rozar las de Yussu. La oscuridad se lo tragó mientras sentía cómo su pecho se desgarraba desde dentro.

El grito de Faustus se le atascó en la garganta mientras le subía una arcada desde el estómago. Abrió los ojos de golpe y se incorporó en el sofá, pero todo empezó a dar vueltas a su alrededor y tuvo que tumbarse de nuevo.

El apartamento estaba completamente a oscuras. El atardecer apenas iluminaba el salón por el que cientos de sombras deambulaban alrededor de su dueño. Faustus encontró una botella de vodka en el suelo y la cogió con un gruñido. La inclinó sobre sus labios y esperó a que las últimas gotas resbalaran entre sus labios.

Arrugó la nariz al notar el líquido descender por su garganta y tiró el recipiente vacío al suelo, donde rodó por la alfombra hasta detenerse contra la pared.

—Novato, tráeme otra botella —siseó, y arrastró las palabras debido a la embriaguez.

—Aquí tiene, maestro.

Una sombra pequeña se había detenido ante el sofá. Entre los pliegues de oscuridad que se retorcían y ondulaban se podía distinguir la figura de un niño con el rostro inexpresivo. Con sus nebulosas manos, tendió otra botella a su amo y se retiró en silencio.

Faustus desenroscó el tapón con un gesto brusco para romper el precinto, pero no se llevó la botella a la boca. Giró el rostro y miró la foto que había dejado en la mesa, al lado del sofá. Detrás del cristal, dos chicos de piel bronceada sonreían a la cámara. Uno de ellos llevaba el pelo castaño corto. El otro lucía una media melena blanca y ondulada que ocultaba su ojo derecho.

Parpadeó con lágrimas en los ojos. El alcohol le impedía ver la verdadera imagen a través del glamour. Con cierto esfuerzo, volvió a centrarse en la fotografía. La piel del chico de pelo castaño se veía ahora escamosa, de preciosos tonos dorados. Sus pupilas, del mismo color, estaban rasgadas en vertical. Su acompañante solo había cambiado en un aspecto: las pupilas, en vez de negras, eran blancas como la nieve.

Se habían tomado esa foto casi tres meses atrás, una semana antes de que se torciera todo. Yussu acababa de cobrar y había decidido invitarlo a cenar. Aunque no andaban bien de dinero, Faustus no había querido arruinar el buen humor de su novio y había aceptado.

Ninguno sabía lo que iba a pasar unas horas después.

Habían ido a un restaurante japonés que quedaba cerca de su apartamento. Yussu tenía turno de mañana en la cafetería, así que tampoco podían volver muy tarde. Con el estómago lleno y el calor que siempre acompañaba a una cena regada con un buen vino, habían disfrutado el uno del otro durante horas, ocultos bajo las mantas y con sus cuerpos rozándose constantemente.

Al día siguiente, Yussu se levantó pronto para ir a trabajar y Faustus disfrutó de la cama para él solo. Horas más tarde, decidió darse una ducha y caminar hasta la cafetería, que estaba a diez minutos de su casa.

Cuando encontró la puerta del local destrozada, algo dentro de él le gritó que huyera. Que, si entraba y veía lo que tanto temía, no habría vuelta atrás.

El chico avanzó con paso tambaleante mientras llamaba a su novio. Las mesas estaban volcadas y el suelo estaba lleno de platos rotos y de sangre. Aún le generaba ansiedad recordar cómo había caminado entre toda esa destrucción, con el corazón en un puño. La entrada a la barra estaba al fondo del local.

Ni siquiera gritó cuando lo vio.

Los ojos sin vida de Yussu lo contemplaban, totalmente nublados. El hechizo que había convertido su cola de serpiente en piernas había desaparecido. Un charco de sangre verdosa procedente de su garganta abierta se extendía bajo su cuerpo. Su piel ya había empezado a pulverizarse. Una hora más tarde, no habría rastro del cadáver.

Faustus se llevó una mano al colgante que descansaba sobre su pecho y lo alzó. El pequeño vial parecía negro por la falta de luz, pero sabía a ciencia cierta lo que contenía. Apenas había tenido tiempo de recoger un poco de la sangre de Yussu cuando dos policías aparecieron por la puerta. No le resultó difícil evitarlos y regresar al apartamento. No había salido desde entonces.

—Maldito Yussu —gruñó entre sollozos.

Llevaban saliendo casi cincuenta años y siempre habían dado esquinazo a los sicarios que enviaba el padre del naga. El chico había huido de Delhi cuando su progenitor le prohibió salir con chicos. Al ver que su hijo no obedecía, había enviado a decenas de asesinos para que acabaran con Yussu. Tenía quince vástagos; uno muerto no le supondría un disgusto.

Volvió a mirar el colgante. Sabía lo que diría su novio sobre sus intenciones, por eso llevaba casi tres meses sin decidirse a actuar. Yussu se lo había dejado claro. Si le pasaba algo, no quería que lo reviviera. Quería que pasara página, que buscase la felicidad en lugar de la venganza.

—Es muy fácil decirlo cuando no eres tú quien se queda atrás, solo y con el corazón roto —musitó, perdido en sus pensamientos.

Faustus sabía de la existencia del ritual. Era un hechizo mayor que requería un gran pago para poder realizarlo. Si todo salía bien, Yussu regresaría como un ser vivo, no como un zombi obediente. Sin embargo, el nigromante no contaba con el grimorio que narraba cómo realizar el ritual.

Si quería hacerlo, lo primero sería conseguir el libro. Y tenía una idea sobre dónde comenzar a buscarlo.