Departamento de asuntos mágicos - Daniel Hernández Chambers - E-Book

Departamento de asuntos mágicos E-Book

Daniel Hernández Chambers

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Beschreibung

Intriga, magia, amistad, amor y desamor, lealtad, traición, responsabilidad, lucha por la paz, junto a una ambientación excelente. Personajes complejos, humanos, cercanos, con una mirada próxima al lector. El agente Cusak del departamento de Asuntos Mágicos y el inspector Lindbergh investigan los asesinatos de tres adolescentes a los que se les ha arrancado el corazón. El agente Cusak sospecha que el asesino es un mago. Las víctimas eran huérfanos de la guerra del este de Europa, nacidos en Ucrania, Rumanía y Moldavia, y habían sido adoptadas por familias inglesas. Siguiendo las pistas, llegan a Radu y Tatiana, dos jóvenes por cuya sangre corre mucha magia, que les será fundamental para llegar a desvelar la verdad.

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Seitenzahl: 322

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Índice

PRIMERA PARTEUn rastro de sangre que conduce al castillo

Capítulo UNO: El chico sin corazón

Capítulo DOS: Radu, el solitario

Capítulo TRES: Interrogantes

Capítulo CUATRO: La luna miente

Capítulo CINCO: Saint Christopher

Capítulo SEIS: Traficantes de almas

Capítulo SIETE: Un mal presentimiento

Capítulo OCHO: En la frontera

Capítulo NUEVE: El cadáver de Robin Hood

SEGUNDA PARTEUn castillo que no conduce a ninguna parte

Capítulo DIEZ: Un palacio sobre el mar

Capítulo ONCE: Fuego

Capítulo DOCE: Jaadoogar Alagan

Capítulo TRECE: Pruebas de amor y de sangre

Capítulo CATORCE: Despedidas

TERCERA PARTEComienza a cerrarse el círculo

Capítulo QUINCE: Una teoría y una revelación

Capítulo DIECISÉIS: Planes para un futuro incierto

Capítulo DIECISIETE: Porcentajes

Capítulo DIECIOCHO: Ferdinand

Capítulo DIECINUEVE: Un nuevo mundo

CUARTA PARTESombras

Capítulo VEINTE: Revelación

Capítulo VEINTIUNO: Dudas

Capítulo VEINTIDÓS: Cuenta atrás

Capítulo VEINTITRÉS: Abismos

Capítulo VEINTICUATRO: Ciudad de estatuas

Capítulo VEINTICINCO: Unión o muerte

EPÍLOGO 1

EPÍLOGO 2

EPÍLOGO 3

CRÉDITOS

A ti, si crees en la magia.

PRIMERA PARTE

UN RASTRO DE SANGRE QUE CONDUCE AL CASTILLO

Capítulo UNO

El chico sin corazón

1

—¿Quién es la mujer que está ahí fuera? —preguntó Wilbur Cusak, desde el umbral del apartamento.

—La madre.

Cusak se giró hacia el agente que le había respondido.

—¿La madre?

—Adoptiva —especificó el otro.

Cusak anotó aquel dato mentalmente. Era lo que esperaba, sin duda. No era la primera vez que alguien adoptaba a un niño huérfano sin saber que la magia corría por sus venas. Más tarde, cuando se hacía evidente, muchos padres experimentaban un rechazo hacia esos niños. Se habían llegado a dar casos de parejas que devolvían al niño adoptado al orfanato, cuando eso era posible. La magia continuaba produciendo sensaciones encontradas en la sociedad. Y esa situación no iba a cambiar.

—¿Y usted? —dijo el oficial al mando, con cierta brusquedad. Era un hombre corpulento, recién rebasada la treintena, con el pelo rubio muy corto.

El recién llegado mostró su identificación.

—Agente Cusak. Departamento de Asuntos Mágicos. Supongo que usted es el inspector Lindbergh.

—¿Por qué le interesa este crimen? —quiso saber Calum Lindbergh—. Es un asesinato. Una carnicería. No hay nada de magia aquí.

Cusak miró al tipo y trató de evaluarlo. Su incomodidad por la intromisión del Departamento de Asuntos Mágicos era comprensible; a nadie le gustaba que llegasen otros a meter las narices en lo que consideraban un caso suyo. Y el Departamento de Asuntos Mágicos tenía peor fama que el de Asuntos Internos.

—No pretendo menoscabar su autoridad, inspector. Pero doy por hecho que está usted al corriente de la prioridad que el Gobierno ha garantizado a mi departamento en cualquier infracción de las leyes si se sospecha que ha intervenido un mago.

—Aquí no hay nada de magia —insistió el inspector.

—Sí la hay. Si no le importa ordenar a sus hombres que abandonen un momento la estancia, se lo mostraré.

Lindbergh le clavó la mirada con evidente desdén, pero unos segundos después dirigió un gesto a los demás agentes para que salieran al rellano.

Cusak se hizo a un lado para dejarlos pasar y cerró la puerta tras el último de ellos.

—¿El cuerpo está en el dormitorio?

El inspector asintió y ambos avanzaron por el pasillo hasta el cuarto en cuestión. El apartamento consistía en cuatro piezas: salón, cocina y dos dormitorios, además del cuarto de aseo. La habitación de la víctima se hallaba al fondo de un pasillo iluminado por una lámpara de plafón. El cadáver yacía boca arriba sobre la cama, con un boquete en el pecho y una enorme cantidad de sangre por todas partes. La ventana estaba abierta y la lluvia de noviembre se colaba y empapaba el suelo. Tal vez el asesino hubiera huido por allí, o quizá había sido la víctima la que había intentado escapar. Cusak examinó el rostro imberbe del chico muerto; sus párpados no se habían cerrado del todo y los labios estaban contraídos en una mueca de pánico. No más de quince años.

—No toque nada —advirtió Lindbergh—. La Científica todavía no ha hecho su trabajo.

—No encontrarán nada.

—Apuesto a que sí. El asesino no tuvo tiempo de limpiar, así que aparecerán huellas. Tal vez algo mejor que eso.

Cusak negó con la cabeza en un gesto que al otro se le antojó cargado de prepotencia.

—Escuche, inspector Lindbergh: no quiero apartarle del caso. De hecho, doy por sentado que necesitaré su colaboración. Pero a partir de este momento soy yo quien está al mando. Me temo que este asesinato ha sido cometido por un mago y, si es así, mi departamento tiene que intervenir y dirigir la investigación. Así lo dicta la normativa y usted lo sabe.

Lindbergh apretó los labios y al poco escupió:

—¿Qué le ha hecho venir aquí? ¿Cómo se ha presentado tan rápido?

—Las circunstancias del crimen, inspector. Este no es el primer caso. Se han producido otros.

—¿Otros? ¿Iguales que este?

—Muy parecidos.

—¿Cuántos?

—Este es el tercero, que sepamos. Tres muchachos de edad similar a los que se les ha arrancado el corazón.

—Un asesino en serie obsesionado con adolescentes.

—No. Un mago que está buscando algo.

—Todavía no me ha demostrado que esto sea un asunto de su departamento.

Wilbur Cusak se llevó la mano a un bolsillo de su abrigo y sacó unos guantes de látex que se colocó con parsimonia. A continuación, extrajo un pequeño frasco de cristal con un líquido azulado en su interior. Rodeó la cama para colocarse cerca de la cabeza de la víctima, se inclinó sobre el cadáver procurando no tocar la colcha y las sábanas y, con sus dedos pulgar e índice, separó los párpados del ojo izquierdo del muchacho.

—¡Le he dicho que no…!

Pero Cusak ya lo había hecho y ahora vertía con cuidado unas gotas del líquido azul en el interior del ojo.

Calum Lindbergh dio un paso atrás, sobrecogido, al ver lo que sucedía a continuación.

2

Todo comenzó con un gran éxodo.

Primero, las inundaciones en la región del golfo de Bengala, una zona donde la costa es particularmente llana, provocaron el desplazamiento de millones de personas en la India y en Bangladesh. No todas fueron en la misma dirección, muchas se dirigieron hacia zonas más elevadas dentro de sus propios países, pero otras cruzaron fronteras con países vecinos, lo que no tardó en causar reacciones de rechazo. China cerró sus fronteras, y miles de refugiados pusieron entonces rumbo a Occidente.

Para entonces, en Europa se vivía una situación similar, en este caso como motivo de una guerra en el Este del continente, iniciada años atrás en Ucrania entre las autoridades locales y grupos separatistas prorrusos, pero que a comienzos de la década de 2020 había rebasado fronteras y afectaba a otras antiguas repúblicas soviéticas y ahora también a buena parte de Centroeuropa, con lo que oleadas de refugiados como nunca antes se habían visto se desplazaban hacia el oeste sin un destino concreto. Ni siquiera se podían comparar con las de los refugiados sirios que llegaron al continente en 2015. Llegaban, con lo puesto, ancianos, hombres, mujeres y niños, muchísimos de ellos huérfanos. En sus rostros se apreciaba el horror, el pánico, la incomprensión y una esperanza cada vez más frágil.

La Comunidad Europea se vio obligada a reaccionar, aunque, como casi siempre, lo hizo tarde y con extrema lentitud, pese a que esta vez no se trataba de inmigrantes subsaharianos o árabes, sino en buena parte grupos de ciudadanos de la propia comunidad. Las palabras vacías dieron por fin paso a la creación de toda una red de nuevos orfanatos para dar cabida a los cientos de miles de niños sin padres que deambulaban sin rumbo por Europa. La mayoría de ellos fueron llevados a Escandinavia, Francia, Italia, España y Reino Unido. A otros se los trasladó a Estados Unidos y Canadá.

Se intentó que en cada orfanato los niños estuvieran unidos por la nacionalidad y unas edades similares, pero esto no siempre fue posible y no siempre las autoridades pusieron un mínimo de interés en aliviar el sufrimiento de los huérfanos. Algunos de esos orfanatos se transformaron en agujeros negros. Varias organizaciones no gubernamentales denunciaron abusos, malos tratos, condiciones infrahumanas y un elevado número de inexplicadas desapariciones de niños.

Durante mucho tiempo, el caos fue absoluto, pues el flujo de refugiados no cesaba y varios de los gobiernos europeos imitaron a China y suspendieron los acuerdos internacionales. Surgieron voces advirtiendo de que entre los refugiados había terroristas y magos; grupos paramilitares de ultraderecha protagonizaron ataques indiscriminados contra las columnas de personas que llegaban con lo puesto después de haber recorrido miles de kilómetros desde Oriente. Una temblorosa Comunidad Europea buscó acuerdos con estados fronterizos, como se había hecho anteriormente con Turquía, para que dichos estados acogieran al grueso de refugiados a cambio de ayudas económicas y oscuras promesas que se mantuvieron en el máximo secreto.

Los campos de acogida ocupaban miles y miles de hectáreas de terreno y en no pocos casos recordaban más a campos de concentración y a prisiones a cielo raso. Los internos se agolpaban contra las alambradas y lanzaban miradas de súplica a los soldados y a los reporteros que los observaban desde el otro lado.

Antes, mucho antes, a mediados de la década de 1960, se hizo público lo que para algunos había sido desde siempre un secreto a voces y para muchos otros un temor atávico: un cierto porcentaje de la especie humana, muy reducido, poseía magia corriendo por sus venas.

La Organización de las Naciones Unidas confirmó que la cantidad y la intensidad de esa magia era muy variable de un individuo a otro, pero esto no tranquilizó al resto de la población mundial, que comenzó a temer el poder desconocido de esa nueva raza denominada «magos».

Desde el mismo momento en que se hizo oficial su existencia, se realizaron todo tipo de estudios sobre la magia, desde puntos de vista muy diversos, históricos, antropológicos, médicos, etcétera. Sobre muchos de esos estudios se había tejido una extraña red de oscurantismo. Lo cual, obviamente, había dado lugar a un elevado número de teorías, en especial entre los no-magos. Algunas eran descabelladas, como la que sugería que la magia era en realidad un virus extraterrestre. Sin embargo, lo cierto es que era más bien poco lo que se sabía acerca de su origen o su naturaleza.

Así las cosas, cada vez más países legislaron sobre el uso de la magia, lo que por lo general significaba restringirlo al máximo. Otros directamente lo prohibieron. En esos lugares, la magia se convirtió en sinónimo de delito; utilizarla conllevaba graves multas o incluso penas de prisión. En países en los que las libertades escaseaban, los magos fueron obligados a lucir en sus ropas una marca para ser fácilmente identificados.

3

Del ojo izquierdo del chico muerto brotó una sombra grisácea que se elevó en el aire y aumentó de tamaño, se dividió en dos, y ambas adquirieron forma humana para iniciar una suerte de danza, la persecución y lucha que había tenido lugar entre víctima y verdugo, hasta que una, más alta y gruesa, arrojó a la otra sobre la cama y se inclinó encima. Entonces, las dos a la vez se disolvieron sin dejar el menor rastro de su presencia.

—¡Qué demon…! —exclamó Lindbergh, que ante la aparición de la primera sombra había sentido que se le erizaba la piel.

—¿Nunca lo había visto, inspector?

—No. Procuro mantenerme alejado de su departamento y de sus… rarezas.

Cusak se encogió de hombros. Conocía de sobra el desprecio que despertaba en muchos todo lo relacionado con la magia, un desprecio que sabía que era producto de la ignorancia y del miedo. Miedo hacia lo diferente y desconocido. Guardó el frasco y sacó ahora otro de similar tamaño pero forma diferente y vacío; rompió el precinto de plástico y, con ayuda de una cánula y sin llegar a tocar el cadáver, recogió una pequeña cantidad de la sangre que había brotado de la gran herida del pecho.

—¡Eh! Ya le he dicho que no puede tocarlo.

El otro se irguió. Era igual de alto que Lindbergh y, aunque este le superaba en corpulencia, había algo en Cusak que le confería una notable autoridad.

—Y yo le he dicho que tomo el mando de esta investigación.

—Yo soy inspector, usted es un simple agente.

—¿Por qué no llama a sus superiores y les pide que le recuerden la normativa? Un simple agente del Departamento de Asuntos Mágicos estará a cargo de cualquier investigación en la que la víctima o el criminal sea un mago. Acabo de demostrarle que en este asesinato ha participado un mago, de modo que deje ya de interrumpirme. —Volvió a cerrar el frasco y se lo guardó en el mismo bolsillo del que lo había extraído.

Calum Lindbergh se mordió la cara interior del moflete y resopló entre dientes.

—Está bien —dijo al fin—. ¿Para qué quiere la sangre?

—En ocasiones, si la magia es muy intensa, puede detectarse su presencia en la sangre, aun cuando el sujeto ya ha fallecido.

—Entonces, ¿la víctima es… era un mago?

—Sin duda la víctima poseía magia. Pero es posible que el asesino también.

—Antes ha mencionado otros dos casos…

—Que hasta ahora sepamos.

—Sí, bien. En esos dos casos, ¿la víctima era un mago?

—En ambas víctimas se detectaron trazas de magia, en una más evidentes que en la otra.

—¿Un mago que asesina a otros magos? Nunca había escuchado algo semejante.

—En mi departamento no suelen producirse filtraciones a la prensa. Cualquier nimiedad relacionada con la magia provoca crispación en la sociedad, así que nos esforzamos en que los casos en los que nos involucramos no lleguen a la prensa. De todas maneras, considerar «magos» a muchachos tan jóvenes es exagerado.

—¿No se les llama así a todos ellos?

—Tener magia en las venas no significa que se sea capaz de dominarla. En el departamento denominamos «magos» a aquellos capaces de dominarla y de hacer uso de ella. Los demás solo son «portadores».

—¿Portadores? ¿Como si se tratara de un virus?

Alguien llamó a la puerta del apartamento.

—Parece que los de la Científica han llegado.

—Imagino que sí. —Calum Lindbergh fue a abrir y Wilbur Cusak aprovechó para echar un vistazo más al dormitorio.

Salió en cuanto los agentes de la Policía Científica empezaron a trabajar.

Si alguien repudiaba a los de Asuntos Mágicos eran los de la Científica, y Cusak prefería evitar más tiranteces de las necesarias.

Al poco de haberse ido, Calum Lindbergh recibió una llamada de su superior inmediato, instándole a comunicar a Cusak todos los datos de la investigación.

—¿Voy a tener que trabajar para él? —inquirió el inspector.

—Por el momento, me temo que sí.

—Pero…

—Para. Te hace la misma gracia que a mí, así que no quiero oír tus quejas. El agente Wilbur Cusak está al mando, así son las cosas. La situación no es agradable, pero es la que es.

La madre de la víctima era una mujer oronda, de unos cincuenta años, con el pelo teñido color caoba y los ojos arrasados por las lágrimas y el espanto. Había un agente junto a ella que se hizo a un lado al ver llegar a Cusak. Este extendió la mano hacia él para solicitarle la libreta digital donde había estado tomando notas. Leyó con rapidez y se la devolvió.

—Señora Mullins, lamento enormemente lo sucedido. —La mujer ni siquiera respondió mediante un gesto. Estaba inmóvil, petrificada. Lo único que se movía en ella eran las lágrimas, que dibujaban surcos por sus mejillas, y el pecho, que se hinchaba y deshinchaba al ritmo alterado de su respiración—. Necesito hacerle unas pocas preguntas y enseguida la dejaré de nuevo con el agente…

—Cohen —apuntó el aludido.

—Con el agente Cohen. Dígame, señora Mullins, ¿de qué nacionalidad era su hijo?

—Británica.

—Antes de que usted lo adoptase, me refiero.

La mujer se sorbió la nariz.

—Nació en Moldavia.

—¿Cuánto tiempo llevaba viviendo con usted?

—Tres años.

—Dos años y once meses —corrigió el agente Cohen, tras revisar sus notas.

—¿Cuándo supo usted que el chico poseía talentos mágicos?

—Al año de adoptarlo, más o menos. Mi marido quiso devolverlo, pero yo me opuse y… Bueno, desde entonces mi marido y yo no dejamos de discutir.

—¿Dónde está él ahora? Su marido.

—En Madeira.

—¿Qué hace allí?

—Solo sé que está allí. Eso fue lo último que supe de él. Lo que haga o deje de hacer no me interesa. Nos separamos. Él se negó a seguir viviendo bajo el mismo techo que un mago.

—Dígale luego su nombre y su dirección actual, si la tiene, al agente Cohen. Cuando llegó usted a casa, ¿notó algo extraño o vio a alguien que no fuera vecino?

—No. O sea, sí, claro, enseguida supe que había ocurrido algo. Víctor me había dicho que no iba a salir y no me respondió cuando lo llamé, pero las luces del salón estaban encendidas, por eso fui a su cuarto.

—¿Dónde estaba usted?

—En casa de mi hermana. El martes tuvo un pequeño accidente y le viene bien un poco de ayuda en casa mientras se recupera. Le dije a Víctor que vendría para preparar la cena y él me contestó que no iba a salir.

—¿No se ha fijado en estos últimos días en nadie que no le sonara del vecindario?

—Yo voy a lo mío, señor. En este barrio hay mucha gente joven y no tan joven que va y viene. No es un buen barrio, ¿sabe? No me fijo en las caras, no me gustan los problemas.

—De acuerdo, señora Mullins. El agente Cohen continuará con usted. Yo volveré a verla más adelante. —Se volvió hacia el agente—. Apúntelo todo, páseselo a Lindbergh y que él me lo pase a mí.

—Muy bien.

Desde que su existencia se hizo pública, los llamados «magos» se habían convertido en proscritos. Dado que la inmensa mayoría de ellos no poseían un gran poder que les sirviera para defenderse, habían sufrido toda clase de abusos, malos tratos y vejaciones, igual que a lo largo de la historia los habían sufrido otros también considerados «diferentes» por su religión, su raza, su color o su orientación sexual. Así las cosas, muchos magos habían optado por esconder su condición, pues no había nada en su físico que los delatara, pero otros muchos eran descubiertos a una edad muy temprana, cuando ni ellos mismos sabían lo que eran. Solo se sabían distintos. Algunos padres exigían que a sus hijos se les realizasen análisis nada más nacer, ya que, por lo que se sabía, la magia no pasaba necesariamente de padres a hijos, sino que podía surgir de forma espontánea, aunque los estudios indicaban que sí parecía haber un componente hereditario que, sin embargo, no era determinante. Se conocían casos de la presencia de más de un mago en una misma familia, pero podían estar separados por varias generaciones. Con la crisis de refugiados y el grandísimo número de huérfanos, el miedo a la magia llegó a niveles inimaginables. En muchos orfanatos y centros de detención de inmigrantes se sometió a los internos a análisis sin su consentimiento, con la excusa por parte de las autoridades gubernamentales de que era aconsejable mantener un control de los individuos llegados a cada país. Al mismo tiempo que aparecían organizaciones y grupos criminales que repudiaban a los magos y pretendían aislarlos y expulsarlos de sus fronteras, también surgían otras organizaciones que hacían lo posible por proteger a los huérfanos que poseían magia en su interior, llegando hasta el punto de falsear sus análisis y de disponer una red de alojamientos «seguros» para ellos, al estilo del Ferrocarril Subterráneo, mediante el que se ayudaba a los esclavos negros en el siglo XIX en Norteamérica.

En determinados países de África se asesinaba impunemente a los magos, como se hacía también con los albinos, para utilizar sus órganos o sus huesos en conjuros o como amuletos. En ciertas regiones de Asia surgieron redes pedófilas donde se ofrecía a la clientela niños magos. Corrían rumores de que algunas islas de Micronesia habían sido acondicionadas como prisiones exclusivas para magos. En diversas zonas de Sudamérica existían comandos paramilitares dedicados al exterminio de cualquier sospechoso de ser mago. En Europa y Norteamérica se había mirado demasiado tiempo a otro lado, hasta que ya no fue posible hacerlo.

No se sabía cuántos magos había, ni por qué unos bebés nacían con magia en sus venas y otros no, se ignoraba por qué en algunos individuos se desarrollaba y en otros permanecía estancada, como enquistada. Nadie conocía su procedencia. Se sabía tan solo que existía y que, en algunos casos, en algunas personas, podía llegar a ser muy poderosa. Un arma temible, decían muchos.

Estados Unidos fue el primer país en crear un departamento específico de la policía para tratar con Asuntos Mágicos, y varios otros países del llamado mundo occidental imitaron la iniciativa.

Visto desde fuera, en el departamento solo parecía haber agentes y directores, pero los que estaban dentro conocían perfectamente su posición en el esquema jerárquico. Había agentes de grado uno, grado dos y grado tres.

Wilbur Cusak era un agente de grado tres del Departamento de Asuntos Mágicos del Reino Unido y, si no había sido ascendido a director, era porque todavía se sentía a gusto a pie de calle.

Capítulo DOS

Radu, el solitario

1

Antes, mucho antes de que el agente Cusak y el inspector Lindbergh se conocieran en el apartamento de un chico muerto, Lera descubrió a Radu.

Estaba allí, en un extremo del descampado, solo, con las manos en los bolsillos y la cremallera de la chaqueta cerrada hasta el cuello. Los observaba, a ella y al resto del grupo. Le dio con el codo a su amiga Irina y le hizo un gesto disimulado hacia el chico. Irina se encogió de hombros y dijo:

—Ya lo he visto otras veces, siempre apartado y silencioso. Es un raro, un solitario.

Lera ignoró el comentario y echó a andar hacia el chico desconocido. Este la vio acercarse en línea recta, pero no reaccionó.

—Eh, vamos a jugar al escondite, ¿vienes? —En realidad, no le dio oportunidad de negarse: le cogió del brazo y tiró de él—. Venga, se la liga Vadim. ¿Cómo te llamas?

—Radu.

—Yo soy Lera.

Eso Radu ya lo sabía, pero no lo reconoció.

También conocía de vista a Vadim. Era un muchacho alto para su edad, con el pelo corto y negro como el tizón, que le confería a su piel pálida una especie de brillo por el contraste. Vadim era el líder de aquel pequeño grupo que jugaba en el descampado y también del otro, más numeroso, que se formaba en el colegio y, a veces, aprovechaba ese papel para sacar a relucir su lado cruel e hiriente, haciendo burla de otros chicos. Cuando vio llegar a Radu junto a Lera, le dirigió al nuevo una mirada desagradable y torció el gesto de forma visible para los demás, pero no dijo nada, no lanzó ninguno de sus habituales comentarios sarcásticos. Quizá porque Radu le sostuvo la mirada, algo que no era frecuente.

—Radu también juega —anunció Lera.

—El nuevo se la debería ligar —sugirió alguien.

—Para una vez que te toca ligártela a ti, Vadim, no te escaquees —dijo Irina.

—Yo nunca me escaqueo —replicó Vadim—. El raro se sabe las reglas, ¿no?

Radu no contestó.

—Se llama Radu —dijo Lera, y luego procedió a explicar las únicas dos normas del juego—: El primero que sea encontrado es el que se la liga la siguiente partida, pero tiene que encontrarnos a todos, porque, si uno llega hasta aquí sin que Vadim lo vea y toca esa piedra de ahí, puede salvar a los demás.

—Venga, escondeos, que empiezo a contar.

Vadim cerró los ojos e inició la cuenta en voz alta: cien, noventa y nueve, noventa y ocho…

Como en una estampida, todos salieron disparados a la carrera. Varios cambiaron de dirección a los pocos pasos. Eran siete, ahora ocho, con Radu.

En cuanto Vadim cerró los ojos y pronunció el número cien, Lera cogió a Radu del brazo, como antes, y tiró de él. En sus labios, el chico pudo leer «ven».

Se dejó llevar.

Por un lado, el descampado terminaba en un terraplén al pie del cual había un camino de tierra, un coche abandonado completamente destartalado y varios montículos grandes hechos de escombros y basura; de uno de esos montículos sobresalía un segmento de tubería de cemento de unos cinco metros de longitud y algo más de medio metro de diámetro. La mayor parte del grupo había corrido a esconderse en el extremo opuesto, en la arboleda que delimitaba el descampado y en los socavones del lado oeste, que eran lo bastante profundos para que uno pudiera meterse dentro por completo; solo Lera, Radu y un chico gordito llamado Ion se habían dirigido al terraplén. Ion se escondió detrás del coche, y Lera guió a Radu hasta la tubería, que parecía el cañón de un tanque gigantesco.

Al llegar, miró al chico y le preguntó:

—¿Te atreves?

La boca redonda de la tubería permitía ver un interior lleno de tierra, pequeñas piedras y fragmentos de cemento. Había varios metros de espacio libre antes de que los escombros bloqueasen el otro extremo de la tubería.

Radu asintió y entró primero. Se arrastró hacia el fondo para hacerle sitio a ella, que entró enseguida. Recorrieron unos dos metros dentro del conducto y se giraron con dificultad en el reducido espacio, agazapados y cubiertos por una oscuridad que se antojaba irreal frente a la claridad del sol del invierno que iluminaba la ciudad de Chisináu.

Mientras Lera prestaba atención a cualquier sonido exterior, Radu contempló el perfil en penumbra de la chica. Al poco, ella giró el cuello y lo miró:

—¿Qué? —lo susurró como un desafío, haciendo notar que sabía que la había estado mirando.

—Nada.

—¿Por qué no te has acercado antes? Cuando nos mirabas. No tenías más que acercarte y ya está.

Radu no respondió y, pasados unos segundos, Lera añadió:

—A partir de ahora, te acercas sin más y juegas con nosotros.

El otro asintió, pero para sus adentros pensó que la próxima vez solo se acercaría si ella estaba con el grupo. Sin ella, continuaría manteniéndose aparte.

Pese al intenso olor a tierra húmeda y a algo indescifrable, Radu también percibía un perfume suave que manaba de Lera y que el chico no olvidaría jamás. Años más tarde, incluso, lo detectaría en el aire aunque ella estuviera muy lejos.

Por fin, un buen rato después, los dos oyeron la voz de Vadim:

—¡Ion, gordinflón, pillado!

Y, tras unos minutos de espera, el ruido de pisadas sobre los cascotes que formaban el montículo en el que estaban. Lera trató de encogerse todavía más y se apretujó contra Radu, que retrocedió hacia el fondo hasta que ya no pudo hacerlo más.

—¡Está ahí, está ahí! —susurró Lera—. Nos va a pillar.

De reojo vio que Radu hacía algo con la mano izquierda, un gesto rápido que ella solo vio a medias, al tiempo que le siseaba para que guardase silencio. Y justo un segundo después vieron la cabeza de Vadim asomándose por la boca de la tubería y escudriñando el interior.

—Eh, gordo, ¿no habías dicho que se habían metido aquí? —gruñó Vadim mientras se retiraba.

—Pues habrán salido sin que me diera cuenta —les llegó la voz de Ion.

Lera miró a Radu, sorprendida, y este arqueó las cejas.

—¿Cómo puede ser que no nos haya visto?

—Está muy oscuro aquí.

—Tampoco tanto. Ese idiota tiene que estar quedándose ciego y, además, es un tramposo. No vale que nadie le diga dónde se han escondido los otros.

Cuando salieron del escondite y se reunieron con el resto del grupo, se produjo una discusión. Vadim los acusó de haber rebasado los límites del terreno de juego

—Yo también podría largarme a mi casa y nunca me encontraríais —les espetó.

Pero Lera le plantó cara:

—No es culpa mía que estés ciego. Y lo que no vale es hacer trampas: hemos oído cómo Ion te decía dónde estábamos.

—Que el gordinflón sea un chivato no es culpa mía —se defendió Vadim—. Os la ligáis alguno de vosotros dos. Que lo haga tu amigo el raro.

—No, yo no juego con tramposos —repuso Lera. Giró sobre sus talones y se alejó con paso decidido.

Radu miró un instante al grupo, deteniendo su mirada sobre Ion, que tenía los ojos clavados en el suelo, avergonzado, y luego siguió a Lera.

Lera frenó un poco el ritmo de sus piernas para que el chico la alcanzase y se colocase a su lado:

—No hace falta que vengas conmigo.

—Quiero ir contigo.

Ella sonrió, pero giró la cabeza hacia el otro lado para que él no se diera cuenta.

Salieron del descampado y avanzaron por calles flanqueadas por edificios de poca altura. Soplaba un aire frío que se notaba más allí que en el descampado, como si los edificios hicieran en cierto modo un efecto de embudo.

Lera vivía bastante cerca, pero dobló en una esquina para desviarse y paso a paso fueron alejándose. Caminaron sin una dirección concreta, movidos tan solo por el acuerdo tácito de no regresar todavía a sus respectivas casas. Al principio, predominaron los silencios, pero la constancia de Lera acabó logrando que las frases de Radu fueran cada vez más largas.

—Vadim no es siempre tan idiota, ¿sabes? —dijo Lera.

—Nunca he hablado con él.

—Bueno, tú no le hagas caso si alguna vez la toma contigo. No sé…, es su forma de ser. A veces le coge manía a alguien y no lo deja en paz, pero creo que es que no se le ocurre otra forma de hacerse notar, y eso es lo que le gusta, hacerse notar, que todo el mundo sepa que está presente. Pero hay días que parece uno más, completamente normal. Si la toma contigo, no hagas como Ion, no bajes la mirada.

—No…, yo… nunca bajo la mirada.

Lera se rio.

—Ya, a ti te gusta mirar.

—Sí. A veces.

—Es verdad que eres un poco raro —se volvió a reír Lera.

Y Radu asintió, porque él mismo se sentía un chico raro. Se sabía raro.

—Mi padre y yo vivimos ahí —dijo un rato después, y señaló un bloque de cuatro plantas en la acera opuesta.

—¿Tu padre y tú? ¿Y tu madre?

—Murió hace años. De cáncer.

—Lo siento —murmuró Lera, incómoda y arrepentida por haber preguntado.

Radu encogió los hombros. Aunque pudiera parecer extraño, casi nunca pensaba en su madre; tenía once años y llevaba siete sin ella, se había acostumbrado a estar solo con su padre. Los recuerdos que tenía de su madre eran más inventados que reales.

—¿Te subes ya? —le dijo Lera.

—No. ¿Tú?

—Yo vivo por allí. —Lera hizo un gesto vago en la dirección de la que venían.

—Te acompaño, venga.

—Sigo preguntándome cómo es posible que no nos haya visto —dijo Lera unas calles más allá—. Vadim, me refiero. Cuando yo me asomé, se veía hasta el fondo.

Entonces, Radu confesó:

—Se lo impedí yo.

—¿Qué? ¿Tú? —Lo miró confusa; no sabía si hablaba en broma o en serio, porque, al contrario que ella, Radu no solía sonreír. Recordó el gesto que él había hecho con su mano izquierda—. ¿Impediste que nos descubriera?

—Se puede hacer. Es como quitar la luz o como aumentar el tono de las sombras. No podría haberlo hecho en el descampado, a plena luz del día, pero dentro de la tubería había ya bastante oscuridad, solo había que intensificarla un poco.

—Eh, ¿lo dices de verdad? —Radu asintió—. ¿Eres un mago? ¡Sí, eres un mago!

Ahora Radu no volvió a asentir. Dudaba si hubiera sido preferible no decirlo. Su padre siempre le advertía de que debía mantenerlo en secreto, pero no había sabido resistir la tentación de contárselo a aquella chica.

—Mejor si no se lo dices a nadie.

—¿No quieres que lo sepan? Por mí vale. Me gustaría decírselo a Irina, porque somos muy amigas, pero, si tú no quieres, no lo haré.

—Guárdame el secreto, por favor.

Lera fingió meditarlo, basculando la cabeza a uno y otro lado.

—Claro que te lo guardaré, pero si un día estamos jugando al escondite y me la ligo yo, no vale que hagas eso para que no te encuentre.

—Trato hecho.

La chica le ofreció la mano como si en vez de tener once años fueran dos adultos sellando un acuerdo de negocios.

2

La guerra llegó a Moldavia el mismo día que Lera besó por primera vez a Radu. Porque fue Lera la que se decidió a que aquel beso se produjera por fin, después de pasarse varios días esperando a que fuera él quien diera el paso.

La guerra había comenzado antes, meses atrás, pero en un principio parecía ser algo que solo afectaba al país vecino, Ucrania, y que, pese al interés y la preocupación que mostraban los adultos y los medios informativos, no acababa de alterar los juegos de la pandilla en el descampado y las calles adyacentes.

Para entonces ya había pasado un año desde que Radu y Lera se conocieran, y Radu había sentido los dardos ponzoñosos de Vadim dirigidos hacia él y se había visto obligado a usar los puños y la magia para defenderse.

Había ocurrido un día en el que los dos se encontraron a solas, se cruzaron por la calle y Radu se fijó en que en los ojos de Vadim se percibía el rastro del llanto. No quiso decirle nada, consideró que no era un buen momento para hacerlo y, de todos modos, los dos seguían sin llevarse bien, pero fue Vadim el que se abalanzó sobre él y, sin mediar palabra, le dio primero un empujón y a continuación un derechazo que Radu no pudo esquivar. Tras ese, lanzó otro y otro, y otro más. La única forma que Radu encontró de protegerse fue agarrarse a Vadim en una suerte de abrazo; los dos cayeron al suelo, tirando el uno del otro y golpeando cuando tenían oportunidad.

Vadim era más grande y fuerte, y no tardó en colocarse a horcajadas sobre Radu. Descargó entonces dos puñetazos más y se dispuso a lanzar un tercero, pero de repente su puño tropezó con algo que lo detuvo en seco, algo invisible, como si el aire se hubiera solidificado para formar una barrera que protegía el rostro de Radu. El impacto contra ese muro invisible disparó una llamarada de dolor por el brazo de Vadim, desde los nudillos hasta el codo. Gritó y se echó hacia atrás, liberando a su presa.

Radu se incorporó y se llevó una mano a la nariz, de la que manaban sendos hilos de sangre. Ahora era él el que disponía de la ventaja de la altura sobre Vadim, pues este se retorcía en el suelo, sujetándose la mano derecha con la izquierda, pero Radu no aprovechó esa ventaja para devolver los golpes que había recibido. Miró a su alrededor, preocupado, y decidió marcharse.

—¿Qué me has hecho? —le preguntó Vadim, con la voz tan quebrada como los huesos de su mano.

Días más tarde volvieron a encontrarse. Vadim lucía una escayola y dos de sus dedos inmovilizados. Radu entraba en el descampado cuando el otro le salió al paso.

—Eres un maldito mago, ¿es eso? ¿Lo eres? Hiciste magia para romperme la mano.

—Te la rompiste tú mismo.

—Porque hiciste esa magia de mierda, no me digas que no. Ahora sé por qué siempre me has parecido un raro. Eres uno de esos asquerosos magos.

—¿Y qué si lo soy?

El otro dudó solo un instante.

—Mi padre dice que no tardarán en cambiar las leyes que os protegen y que os encerrarán a todos. Que sois peligrosos.

El padre de Radu decía lo mismo, que había mucha gente que quería cambiar las leyes y no deseaba que hubiera magos cerca, por eso día tras día le recordaba que no debía hacer uso de la magia.

Intentó continuar para llegar hasta donde se reunía el grupo y ver si Lera estaba allí, pero Vadim le puso la mano sana en el pecho.

—Enséñame. Enséñame cómo hacerlo o se lo contaré a los demás.

—No es algo que pueda enseñarse. Si no tienes magia dentro de ti, no hay nada que puedas aprender de mí.

—¡Se lo diré a todos! Que eres un jodido mago, y tendrás que irte, porque nadie te querrá aquí.

Radu lo miró. En sus ojos tremendamente azules, Vadim creyó distinguir algo, una amenaza, y se estremeció al sentir un escalofrío en la espina dorsal.

—No lo hagas —se limitó a decir Radu.

Ambos se mantuvieron la mirada unos segundos, hasta que Vadim se dio la vuelta y se alejó. Radu llegó al centro del descampado y descubrió que Lera sí estaba, con su amiga Irina. Se sentó cerca de ella y poco después se ofreció a ligársela al escondite.

Los otros se escondieron como de costumbre y, cuando Radu terminó de contar hacia atrás desde cien a cero y abrió los ojos, se encontró a Lera ante él, con una sonrisa nerviosa colgando de los labios, y fue entonces cuando ella lo besó, sin previo aviso.

Por la noche se supo que el conflicto armado había cruzado las fronteras de Ucrania, al oeste hacia Hungría y Eslovaquia y al sur hacia Moldavia. Las fuerzas prorrusas se mostraban decididas a recuperar lo que décadas atrás había estado bajo su mando.

3

En cuestión de días todo cambió. El asfalto y los edificios de Chisináu quedaron marcados con las heridas de la guerra. La gente no esperó a que el Gobierno ordenase la evacuación, se pusieron en camino en cuanto se produjeron los primeros bombardeos y se hizo público que las tropas prorrusas habían superado el río Dniéster y avanzaban hacia la capital. Columnas de vehículos cargados con todo lo imaginable llenaron las carreteras en dirección oeste.

Hubo también, por supuesto, quienes se obstinaron en quedarse en sus hogares, convencidos algunos de que el conflicto no iba con ellos y otros manifiestamente a favor de algunas de las causas que lo habían provocado y deseosos de coger las armas. Entre los que decidieron quedarse se encontraban los padres de Lera, mientras que el padre de Radu enseguida se puso a recoger unas cuantas mudas de ropa y comida y bebida para el viaje.

—Nos vamos —anunció a su hijo.

—¿A dónde?