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Kurt Vonnegut es nuestro Dios. Y esta es su mejor creación. «El intelectual más divertido.» Salman Rushdie «Un escritor único.» Doris Lessing Escuchad: Este es el gran libro donde zambullirse para entrar en el universo del escritor de culto más querido de todos los tiempos. Así es: Todas sus obsesiones, todos sus personajes, todos sus temas, todo su corazón están en esta novela arriesgada, divertidísima y total, que sirve, de paso, como guía para entender el siglo XX (y la historia del mundo). Porque... Con un mecanismo de cajas chinas, de personajes que hablan de personajes y de historias dentro de historias, Kurt Vonnegut, ya consagrado en 1973, tomó la decisión de escribir un libro total, disperso y brillante, que atrapara la totalidad de la experiencia. En definitiva: Esto es el planeta Tierra. Y esto es el ser humano, visto por el terrícola más sabio y divertido de todos los tiempos.
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Seitenzahl: 304
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Blackie era una perrita sin ninguna particularidad.
Bueno, sí, era alargada y fea.
Como la palabra «particularidad».
Índice
Portada
Desayuno de campeones
Créditos
Prólogo
1
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Epílogo
Título original: Breakfast of Champions
Diseño de colección y cubierta: Setanta
www.setanta.es
© de la ilustración de cubierta: María Medem
© del texto: Kurt Vonnegut, 1973. Derechos renovados por Kurt Vonnegut en 2002.
Todos los derechos están reservados.
© de la traducción: Miguel Temprano García, 2021
© de la edición: Blackie Books S.L.U.
Calle Església, 4-10
08024 Barcelona
www.blackiebooks.org
Maquetación: acatia
Primera edición digital: abril de 2022
ISBN: 978-84-19654-26-7
Todos los derechos están reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, la fotocopia o la grabación sin el permiso expreso de los titulares del copyright.
KURT VONNEGUT, JR. es hijo y nieto de arquitectos de Indianápolis. También eran pintores. Su único hermano vivo es un físico famoso que ha descubierto, entre otras cosas, ese yoduro de plata que a veces puede producir nieve o lluvia. Esta es la séptima novela del señor Vonnegut. La escribió sobre todo en Nueva York. Sus seis hijos ya son mayores.
En recuerdo de Phoebe Hurty,
que me consoló en Indianápolis,
durante la Gran Depresión.
Cuando me haya puesto a prueba, saldré como oro.
JOB
La expresión «Desayuno de los campeones» es una marca registrada por General Mills, Inc., para su uso en un producto de cereales de desayuno. El uso de esa misma expresión en el título de este libro no pretende indicar ninguna relación con, ni ningún patrocinio de, General Mills, así como tampoco pretende desacreditar sus excelentes productos.
* * *
La persona a la que está dedicado este libro, Phoebe Hurty, ya no está entre los vivos, como suele decirse. Era una viuda de Indianápolis cuando la conocí al final de la Gran Depresión. Yo tenía unos dieciséis años. Ella tendría unos cuarenta.
Era rica, pero había ido a trabajar todos los días laborables de su vida adulta, así que continuó haciendo lo mismo. Escribía una sensata y divertida columna con consejos para quienes sufrían de mal de amores en el Times de Indianápolis, un buen periódico hoy difunto.
Difunto.
Escribía anuncios para la Compañía William H. Block, unos grandes almacenes todavía florecientes hoy en un edificio diseñado por mi padre. Escribió este anuncio de sombreros de paja en unas rebajas de fin de temporada: «Con precios así, puede ponerle uno al caballo y meter dentro unas rosas».
* * *
Phoebe Hurty me contrató para escribir textos de anuncios de ropa de adolescentes. Yo tenía que llevar la ropa que alababa. Era parte del trabajo. Y me hice amigo de sus dos hijos, que tenían mi misma edad. Me pasaba en su casa todo el día.
Nos hablaba con indecencia a sus hijos y a mí, y también a nuestras novias. Era divertida. Era liberadora. Nos enseñó a ser maleducados en las conversaciones no solo sobre asuntos sexuales, sino sobre la historia de Estados Unidos y los héroes famosos, sobre la distribución de la riqueza, sobre la escuela, sobre cualquier cosa.
Ahora me gano la vida siendo maleducado. No se me da bien. Intento imitar la falta de educación tan elegante que tenía Phoebe Hurty. Ahora creo que ella lo tenía más fácil que yo debido al estado de ánimo de la Gran Depresión. Estaba convencida de lo mismo que tantos norteamericanos en la época: de que la nación sería feliz, justa y racional cuando llegase la prosperidad.
Nunca volví a oír esa palabra: Prosperidad. Era un sinónimo de Paraíso. Y Phoebe Hurty pudo creer que la falta de educación que recomendaba conformaría un paraíso norteamericano.
Ahora su falta de educación se ha puesto de moda. Pero ya nadie cree en un nuevo paraíso norteamericano. Cuánto echo de menos a Phoebe Hurty.
* * *
En cuanto a la sospecha que expreso en este libro de que los seres humanos son robots, de que son máquinas, debería comentar que las personas, hombres sobre todo, aquejados, en las últimas fases de la sífilis, de «ataxia locomotriz», eran un espectáculo habitual en los barrios bajos de Indianápolis y en los circos cuando yo era niño.
Esas personas estaban infestadas de pequeños sacacorchos carnívoros que solo podían verse al microscopio. Las vértebras de las víctimas se fundían unas con otras cuando los sacacorchos atravesaban la carne que había en medio. Los sifilíticos parecían muy dignos, erguidos, con la vista fija hacia delante.
Una vez vi a uno en un bordillo en la esquina de las calles Meridian y Washington, debajo de un reloj colgante que había diseñado mi padre. La intersección se conocía en el barrio como «La encrucijada de Norteamérica».
Aquel sifilítico estaba pensando muy concentrado, en la encrucijada de Norteamérica, en cómo hacer que su piernas bajaran del bordillo y lo llevasen al otro lado de Washington Street. Temblaba un poco, como si tuviese un motorcito al ralentí en su interior. He aquí su problema: su cerebro, donde se originaban las instrucciones que debían recibir sus piernas, estaba siendo devorado en vida por los sacacorchos. Los cables que tenían que transmitir las instrucciones ya no estaban aislados, o habían sido devorados sin más. Los interruptores por el camino estaban fundidos o apagados.
Aquel hombre parecía un hombre muy muy viejo, aunque debía de tener solo treinta años. Pensaba y pensaba. Y luego pateó dos veces como una corista.
Desde luego me pareció una máquina cuando yo era niño.
* * *
También tiendo a pensar en los seres humanos como gigantescos y gomosos tubos de ensayo en cuyo interior se producen reacciones químicas. De niño vi a mucha gente con bocio. Lo mismo que Dwayne Hoover, el vendedor de Pontiac que protagoniza este libro. Esos desdichados terrícolas tenían las glándulas tiroideas tan hinchadas que parecía que les estuviese creciendo un calabacín en la garganta.
Resultó que lo único que tenían que hacer para llevar una vida normal era consumir menos de una millonésima parte de una onza de yodo al día.
Mi propia madre se destrozaba el cerebro con productos químicos que se suponía que la ayudaban a dormir.
Cuando me deprimo, me tomo una pastillita y vuelvo a animarme.
Y otras cosas por el estilo.
Por eso es una gran tentación, cuando creo un personaje para una novela, decir que es como es por culpa de un cableado defectuoso, o por las cantidades microscópicas de un producto químico que ha ingerido o no ese día determinado.
* * *
¿Que qué pienso de este libro concreto? Me parece malísimo, pero mis libros siempre me parecen malísimos. Mi amigo Knox Burger dijo una vez de una novela muy voluminosa que «se lee como si la hubiese escrito Philboyd Studge». Ese es quien creo ser cuando escribo lo que por lo visto estoy programado para escribir.
* * *
Este libro es el regalo que me hago a mí mismo por mi cincuenta cumpleaños. Me siento como si estuviese cruzando la cumbrera de un tejado después de ascender por uno de sus lados.
A los cincuenta años estoy programado para actuar de manera infantil, para insultar a «la bandera de las barras y estrellas», para garabatear dibujos de una bandera nazi y un agujero del culo y muchas otras cosas con un rotulador de punta de fieltro. Para que se hagan una idea de la madurez de las ilustraciones que he hecho para este libro, he aquí mi dibujo de un agujero del culo:
* * *
Creo que estoy intentando vaciar mi cabeza de toda la porquería que hay en ella —los agujeros del culo, las banderas, las bragas—. Sí, en este libro hay un dibujo de unas bragas. También me estoy deshaciendo de personajes de mis otros libros. Ya no voy a dar más espectáculos de marionetas.
Creo que estoy intentando dejar mi cabeza tan vacía como estaba cuando nací hace cincuenta años en este planeta herido.
Sospecho que es algo que la mayoría de los norteamericanos blancos y de los norteamericanos no blancos que imitan a los norteamericanos blancos debería hacer. En cualquier caso, las cosas que otras personas han metido en mi cabeza no encajan bien en ella, a menudo son feas e inútiles, no guardan proporción unas con otras y no guardan proporción con la vida como es en realidad fuera de mi cabeza.
No tengo cultura, ni armonía humana en mi cerebro. Ya no puedo vivir sin cultura.
* * *
Así que este libro es una acera cubierta de porquería, basura que voy arrojando por encima del hombro mientras viajo en el tiempo hasta el 11 de noviembre de 1922.
Llegaré a un momento en mi viaje atrás en el tiempo en el que el 11 de noviembre, que casualmente es mi cumpleaños, era un día sagrado llamado el Día del Armisticio. Cuando yo era niño, y cuando Dwayne Hoover era un niño, todo el mundo en todas las naciones que habían combatido en la Primera Guerra Mundial guardaba un minuto de silencio el undécimo minuto de la undécima hora del Día del Armisticio, que era el undécimo día del undécimo mes.
En ese minuto de 1918, millones y millones de seres humanos dejaron de matarse unos a otros. He hablado con ancianos que estuvieron en los campos de batalla en ese minuto. Me han contado de un modo u otro que el silencio repentino fue la Voz de Dios. Conque aún tenemos entre nosotros a algunos hombres que recuerdan cuando Dios habló claramente a la humanidad.
* * *
El Día del Armisticio se ha convertido en el Día del Veterano. El Día del Armisticio era sagrado. El Día del Veterano, no.
Así que tiraré el Día del Veterano por encima del hombro. Me quedaré con el Día del Armisticio. No quiero tirar nada sagrado.
¿Qué más cosas son sagradas? ¡Oh! Romeo y Julieta, por ejemplo.
Y toda la música lo es.
PHILBOYD STUDGE
Éste es un cuento de un encuentro entre dos hombres blancos, solitarios, delgados y bastante viejos en un planeta que agonizaba deprisa.
Uno de ellos era un escritor de ciencia ficción llamado Kilgore Trout. En la época era un don nadie y estaba convencido de que su vida se había acabado. Se equivocaba. A consecuencia del encuentro se convirtió en uno de los seres humanos mas queridos y respetados de la historia.
El hombre a quien conoció era un vendedor de coches, un vendedor de Pontiac llamado Dwayne Hoover. Dwayne Hoover estaba a punto de volverse loco.
* * *
Escuchad:
Trout y Hoover eran ciudadanos de los Estados Unidos de Norteamérica, un país conocido como Norteamérica para abreviar. Este era su himno nacional, que era un puro disparate, como tantas otras cosas que se suponía que debían tomarse en serio:
¡Dime!, ¿ves a la luz de la aurora
lo que saludamos tan orgullosos con el último resplandor del crepúsculo
y cuyas anchas barras y brillantes estrellas, en la peligrosa lucha
veíamos ondear con valentía sobre las murallas?
Mientras el rojo fulgor de los cohetes, las bombas que estallaban en el aire,
daban fe por la noche de que nuestra bandera aún seguía allí.
¡Dime!, ¿ondea aún la bandera de las barras y estrellas
en el país de los hombres libres y el hogar de los valientes?
Había un cuatrillón de naciones en el universo, pero la nación a la que pertenecían Dwayne Hoover y Kilgore Trout era la única con un himno nacional que era un galimatías salpicado de signos de interrogación.
He aquí el aspecto que tenía su bandera:
La ley de su nación, una ley que no tenía ninguna otra nación del planeta a propósito de su bandera, decía lo siguiente: «La bandera no se debe inclinar ante ninguna persona ni objeto».
Inclinar la bandera era una forma de saludo amistoso y respetuoso, que consistía en acercarla en su asta al suelo y luego volver a levantarla.
* * *
El lema de la nación de Dwayne Hoover y Kilgore Trout era éste, que significaba, en una lengua que ya no hablaba nadie, ‘De muchos, uno’: E pluribus unum.
La bandera ininclinable era muy bonita y el himno y el lema sin sentido no habrían tenido mayor importancia de no ser por esto: a muchos ciudadanos se les ignoraba y estafaba e insultaba tanto que pensaban que se habían equivocado de país, o incluso de planeta, que se había producido un espantoso error. Podría haberles consolado un poco si su himno y su lema hubiese aludido a la justicia o a la hermandad o a la esperanza o a la felicidad, o les hubiese dado la bienvenida de algún modo a la sociedad y a sus bienes raíces.
Si estudiaban sus billetes en busca de pistas para saber en qué consistía su país, encontraban, entre muchas tonterías barrocas, una imagen de una pirámide truncada con un ojo radiante en lo alto, como esta:
Ni siquiera el presidente de Estados Unidos sabía qué significaba. Era como si el país le dijese a sus ciudadanos: «En el absurdo está la fuerza».
* * *
Gran parte de ese absurdo era el resultado inocente de la guasa de los padres fundadores de la nación de Dwayne Hoover y Kilgore Trout. Los fundadores eran aristócratas y querían alardear de su inútil educación, que consistía en el estudio de la jerigonza de otras épocas. También eran poetas muy malos.
Pero parte de esa guasa era malintencionada porque ocultaba crímenes muy graves. Por ejemplo, los maestros de los niños en Estados Unidos escribían esta fecha en la pizarra una y otra vez, y pedían a los niños que la memorizaran con orgullo y alegría:
Los maestros contaban a los niños que fue entonces cuando unos seres humanos descubrieron su continente. En realidad, millones de seres humanos vivían vidas plenas e imaginativas en el continente en 1492. Ese fue solo el año en el que los piratas marinos empezaron a estafarlos y a robarles y a matarlos.
He aquí otro ejemplo de absurdo malvado que enseñaban a los niños: que los piratas marinos acabaron creando un gobierno que se convirtió en un faro de libertad para los seres humanos de cualquier otro sitio. Había cuadros y estatuas de este supuesto faro imaginario para que los vieran los niños. Era una especie de cono de helado en llamas. Tenía este aspecto:
En realidad los piratas marinos que más tuvieron que ver con la creación del nuevo gobierno tenían esclavos humanos. Utilizaban seres humanos como maquinaria, e incluso después de abolir la esclavitud, porque resultaba muy embarazosa, ellos y sus descendientes siguieron considerando que los seres humanos normales eran máquinas.
* * *
Los piratas marinos eran blancos. Las personas que vivían ya en el continente cuando llegaron los piratas tenían la piel cobriza. Cuando se introdujo la esclavitud en el continente, los esclavos fueron negros.
El color era clave.
* * *
He aquí cómo los piratas pudieron quitarle lo que quisieron a todos: tenían los mejores barcos del mundo, y eran más malvados, y tenían pólvora, que era una mezcla de nitrato potásico, carbón y azufre. Aplicaban fuego a este polvillo aparentemente inerte y se convertía con violencia en gas. Este gas impulsaba proyectiles por unos tubos de metal a velocidades terribles. Los proyectiles atravesaban la carne y el hueso con mucha facilidad; así que los piratas podían destrozar los cables, los fuelles o las cañerías de un ser humano tozudo incluso si estaba muy muy lejos.
No obstante, el arma principal de los piratas marinos era su capacidad de sorprender. Nadie podía creer, hasta que era demasiado tarde, lo crueles y codiciosos que eran.
* * *
Cuando Dwayne Hoover y Kilgore Trout se conocieron, su país era con mucho el más rico y poderoso del planeta. Poseía casi toda la comida, los minerales y la maquinaria, y dominaba a los demás países amenazándoles con lanzarles grandes cohetes o con soltarles cosas encima desde aviones.
La mayoría de los demás países no tenían nada de nada. Muchos ni siquiera eran ya habitables. Tenían demasiada gente y poco sitio. Habían vendido todo lo que tenía algún valor, no había nada de comer, y aún así la gente seguía follando todo el tiempo.
Follando es como se hacían los bebés.
* * *
Mucha gente del planeta destrozado era comunista. Tenía la teoría de que lo que quedaba del planeta debía repartirse de forma más o menos equitativa entre todo el mundo, que para empezar no habían pedido que los trajesen a un planeta destrozado. Entretanto, no paraban de llegar bebés: dando patadas, llorando y pidiendo leche a gritos.
En algunos sitios la gente intentaba comer barro o chupar piedras mientras los bebés nacían a pocos metros.
Y otras cosas por el estilo.
* * *
El país de Dwayne Hoover y Kilgore Trout, donde todavía quedaba de todo, se oponía al comunismo. No creía que los terrícolas que tenían mucho debieran compartirlo con otros a no ser que de verdad quisieran, y la mayoría no quería.
Así que no tenían por qué.
* * *
En Norteamérica se suponía que todo el mundo debía coger cuanto pudiera y quedarse con ello. A algunos norteamericanos se les daba muy bien lo de coger cosas y quedarse con ellas y eran prodigiosamente ricos. Otros no podían echar mano a nada de nada.
Dwayne Hoover era un hombre prodigiosamente rico cuando conoció a Kilgore Trout. Un hombre susurró esas palabras exactas a otro a un amigo una mañana al ver pasar a Dwayne: «Prodigiosamente rico».
Y he aquí la parte del planeta que tenía en aquellos tiempos Kilgore Trout: nada de nada.
Y Kilgore Trout y Dwayne Hoover se conocieron en Midland City, que era la ciudad natal de Dwayne, en un festival artístico que se celebró allí en otoño de 1972.
Como se ha dicho ya: Dwayne era un vendedor de Pontiac que se estaba volviendo loco.
La incipiente locura de Dwayne era sobre todo cuestión de químicos, claro. El cuerpo de Dwayne Hoover estaba fabricando ciertos productos químicos que desequilibraban su mente. Pero Dwayne, como todos los chiflados novatos, también necesitaba algunas ideas nocivas para que su locura pudiera tener forma y dirección.
Los productos químicos nocivos y las ideas nocivas eran el Yin y el Yang de la locura. El Yin y el Yang eran los símbolos chinos de la armonía. Tenían este aspecto:
A Dwayne las ideas nocivas se las proporcionó Kilgore Trout. Trout se consideraba a sí mismo no solo inofensivo sino invisible. El mundo le había prestado tan poca atención que creía estar muerto.
Esperaba estar muerto.
Pero gracias a su encuentro con Dwayne supo que estaba lo bastante vivo para proporcionarle a uno de sus congéneres unas ideas que lo convertirían en un monstruo.
He aquí el núcleo de las ideas nocivas que Trout le proporcionó a Dwayne: todo el mundo en la Tierra era un robot, con una excepción: Dwayne Hoover.
De todas las criaturas del universo, solo Dwayne pensaba y sentía y se preocupaba y hacía planes y otras cosas por el estilo. Nadie más sabía qué era el dolor. Nadie más tenía que tomar decisiones. Todos los demás eran máquinas totalmente automáticas, cuyo propósito era estimular a Dwayne. Dwayne era un nuevo tipo de criatura que el Creador del Universo estaba poniendo a prueba.
Solo Dwayne Hoover tenía libre albedrío.
* * *
Trout no esperaba que le creyesen. Puso las ideas nocivas en una novela de ciencia ficción, y ahí fue donde las encontró Dwayne. El libro no estaba dirigido solo a Dwayne. Trout nunca había oído hablar de Dwayne cuando lo escribió. Estaba dirigido a cualquiera que lo abriese. De hecho, decía sin más a cualquiera: «¡Eh! Adivina: eres la única criatura con libre albedrío. ¿Cómo te sientes al saberlo?». Y otras cosas por el estilo.
Era un tour de force. Era un jeu d’esprit.
Pero fue un veneno para la mente de Dwayne.
* * *
A Trout le estremeció comprobar que incluso él podía traer mal al mundo mediante ideas nocivas. Y, cuando se llevaron a Dwayne a un manicomio con una camisa de fuerza, Trout se convirtió en un fanático de la importancia de las ideas como causa y cura de las enfermedades.
Pero nadie le hacía caso. Era un viejo verde en mitad del bosque, gritando entre los árboles y la maleza: «¡Las ideas o la falta de ideas pueden causar enfermedades!».
* * *
Kilgore Trout se convirtió en un pionero en el campo de la salud mental. Expuso sus teorías disfrazadas de ciencia ficción. Murió en 1981, casi veinte años después de haber hecho enloquecer así a Dwayne Hoover.
Entonces se le reconoció como un gran artista y científico.
La Academia Norteamericana de las Artes y las Ciencias mandó erigir un monumento sobre sus cenizas. Tallada en él había una cita de su última novela, su ducentésima novena novela, que estaba inacabada cuando murió. El monumento tenía este aspecto:
Dwayne era viudo. De noche vivía solo en una casa de ensueño en Fairchild Heights, que era la zona residencial más deseada de la ciudad. Construir una casa allí costaba al menos cien mil dólares. Todas las casas tenían al menos una hectárea y media de terreno.
El único compañero que tenía Dwayne de noche era un perro labrador llamado Sparky. Sparky no podía mover la cola, debido a un accidente de tráfico sufrido hacía muchos años, así que no tenía forma de decirles a los demás perros lo amistoso que era. Tenía que pelear todo el tiempo. Sus orejas estaban hechas jirones. Tenía bultos por todas partes por culpa de las cicatrices.
* * *
Dwayne tenía una criada negra llamada Lottie Davis. Le limpiaba la casa cada día. Luego le hacía la cena y se la servía. Después se iba a casa. Era descendiente de esclavos.
Lottie Davis y Dwayne no hablaban mucho, y eso que se caían muy bien. Dwayne reservaba casi toda su conversación para el perro. Se tiraba al suelo y rodaba con Sparky, y le decía cosas como: «Tú y yo, Spark» y «¿cómo está mi viejo amigo?», y otras cosas por el estilo.
Y esa rutina continuó sin modificaciones de ningún tipo, incluso después de que Dwayne empezara a perder la cabeza, así que Lottie no pudo notar nada.
* * *
Kilgore Trout tenía un periquito llamado Bill. Igual que Dwayne Hoover, Trout pasaba las noches solo, excepto por su mascota. Trout también hablaba con su mascota.
Pero mientras Dwayne le balbuceaba cosas cariñosas a su labrador, Trout le hablaba con desprecio en voz baja a su periquito sobre el fin del mundo.
—Llegará en cualquier momento —decía—. Y ya iba siendo hora.
La teoría de Trout era que la atmósfera no tardaría en volverse irrespirable.
Trout suponía que cuando la atmósfera se volviese venenosa, Bill estiraría la pata unos minutos antes que él. Le hacía bromas a Bill sobre eso. «¿Qué tal esa respiración, Bill?», decía, o «parece que tienes un poco de enfisema, ¿no, Bill?», «nunca me has dicho qué tipo de funeral quieres, Bill. Ni siquiera me has dicho cuál es tu religión». Y otras cosas por el estilo.
Le decía a Bill que la humanidad merecía morir de una manera espantosa por haberse comportado con tanta crueldad y despilfarro con un planeta tan agradable. «Todos somos Heliogábalos, Bill», decía. Ése era el nombre de un emperador romano que mandó que un escultor le fabricara un toro hueco de hierro de tamaño real con una puerta. La puerta se cerraba desde fuera. La boca del toro estaba abierta. Esa era la única abertura al exterior.
Heliogábalo mandaba meter a un ser humano en el toro por la puerta y cerraba la puerta. Todos los ruidos que hacía el ser humano salían por la boca del toro. Heliogábalo invitaba a gente a una fiesta, con comida y vino de sobra y mujeres hermosas y chicos guapos y ordenaba a un criado que encendiera unas ramitas. Las ramitas estaban debajo de un montón de leña seca, que estaba debajo del toro.
* * *
Trout hacía otra cosa que algunas personas habrían considerado una excentricidad: llamaba desagües a los espejos. Le divertía fingir que eran agujeros entre dos universos.
Si veía a un niño cerca de un espejo, a lo mejor le reconvenía con el dedo y le decía muy serio: «No te acerques mucho a ese desagüe. No querrás que te absorba al otro universo, ¿no?».
A veces alguien decía en su presencia: «Perdón, tengo que ir a desaguar». Lo cual era una manera de decir que el que hablaba quería vaciar residuos líquidos de su cuerpo por una válvula de la parte inferior de su abdomen.
Y Trout respondía moviendo el dedo: «De donde yo vengo eso quiere decir que vas a por un espejo».
Y otras cosas por el estilo.
Cuando murió Trout, claro, todo el mundo llamaba desagües a los espejos. Así de respetables se habían vuelto incluso sus chistes.
* * *
En 1972, Trout vivía en un piso en un sótano en Cohoes, en el estado de Nueva York. Se ganaba la vida como instalador de contraventanas y persianas de aluminio. No se dedicaba a las ventas, porque no tenía encanto. El encanto era un truco para hacer que la gente simpatizara y confiara en el acto en un desconocido, aun sin saber las intenciones del encantador.
* * *
Dwayne Hoover tenía encanto por arrobas.
* * *
Yo puedo tener encanto por arrobas cuando quiero.
* * *
Mucha gente puede tener encanto por arrobas.
* * *
El jefe y los compañeros de trabajo de Trout no tenían ni idea de que fuese escritor. Aunque tampoco ningún editor respetable había oído hablar de él, y eso que había escrito ciento diecisiete novelas y dos mil cuentos cuando conoció a Dwayne.
No hacía copias con papel de calco de nada de lo que escribía. Enviaba los manuscritos sin incluir sobres franqueados con sus señas para que se los devolvieran. A veces ni siquiera incluía unas señas. Sacaba los nombres y la dirección de los editores de revistas dedicadas al mundo editorial, que leía con avidez en la sala de lectura de periódicos de las bibliotecas públicas. Así fue como entró en contacto con una empresa llamada Biblioteca de Clásicos Universales, que publicaba pornografía en Los Ángeles, California. Utilizaban sus cuentos, en los que a menudo ni siquiera salían mujeres para que los libros y revistas de fotos pornográficas parecieran más gruesos.
Nunca le dijeron dónde o cuándo podía ver sus obras publicadas. He aquí lo que le pagaban: nada de nada.
* * *
Ni siquiera le enviaban ejemplares de los libros y revistas en los que aparecía, así que tenía que buscarlos en las tiendas de pornografía. Y a menudo cambiaban los títulos de sus relatos. El líder de paja pangaláctico, por ejemplo, se convirtió en Locura oral.
Lo más desconcertante para Trout, no obstante, eran las ilustraciones que escogían su editores, que no tenían nada que ver con sus cuentos. Escribió, por ejemplo, una novela sobre un terrícola llamado Delmore Skag, un soltero en un vecindario donde todo el mundo tenía familias enormes. Y Skag era científico y descubría cómo reproducirse en la sopa de pollo. Raspaba unas células vivas de la palma de su mano derecha, las mezclaba con la sopa y exponía la sopa a unos rayos cósmicos. Las células se convertían en bebés que eran exactamente iguales que Delmore Skag.
Muy pronto, Delmore llegaba a tener varios bebés al día e invitaba a sus vecinos a participar de su orgullo y felicidad. Celebraba bautismos en masa de cientos de bebés al mismo tiempo.
Se convirtió en un padre de familia famoso.
Y otras cosas por el estilo.
* * *
Skag tenía la esperanza de obligar a su país a promulgar leyes contra las familias demasiado numerosas, pero los órganos legislativos y los tribunales declinaban abordar directamente el problema. En vez de eso aprobaban leyes muy severas contra la posesión de sopa de pollo por las personas solteras.
Y otras cosas por el estilo.
Las ilustraciones de este libro eran fotografías borrosas de varias mujeres blancas chupándosela a un mismo hombre de raza negra, que, por alguna razón, llevaba un sombrero mexicano.
Cuando conoció a Dwayne Hoover, el libro más distribuido de Trout era Plaga sobre ruedas. El editor no cambió el título, pero tapó la mayor parte de él y casi todo el nombre de Trout con una faja muy llamativa que hacía esta promesa:
Un castor bien abierto era una fotografía de una mujer sin bragas y con las piernas abiertas, de modo que se le pudiera ver la abertura de la vagina. La expresión se la inventaron los fotógrafos de sucesos, que a veces veían a mujeres con la falda levantada en accidentes o eventos deportivos y desde debajo de las escaleras de incendios y demás. Necesitaban una palabra en código que gritarle a otros periodistas y a policías y bomberos amigos y demás, para que supieran lo que podían ver, si querían. La palabra fue ésta: «¡Castor!».
En realidad, un castor era un roedor muy grande. Le encantaba el agua y construía presas. Tenía este aspecto:
Los castores que tanto emocionaban a los fotógrafos de sucesos tenían este aspecto:
De aquí era de donde venían los bebés.
* * *
Cuando Dwayne era niño, cuando Kilgore Trout era niño, cuando yo era niño, e incluso cuando nos convertimos en hombres de mediana edad y más, el deber de la policía y de los tribunales era impedir que las representaciones de esas aberturas ordinarias fuesen examinadas y comentadas por personas que no se dedicasen a la práctica de la medicina. Por alguna razón se decidió que los castores bien abiertos, que eran diez mil veces más comunes que los castores reales, debían mantenerse masivamente en secreto por ley.
Así que se produjo una obsesión por los castores bien abiertos. Se produjo también una obsesión por un metal blando y débil, un elemento, que por alguna razón se había declarado el más deseable de todos los elementos y que era el oro.
* * *
Y la locura por los castores bien abiertos se había extendido a las bragas cuando Dwayne y Trout y yo éramos niños. Las niñas ocultaban sus bragas a toda costa, y los niños intentaban verles las bragas a toda costa.
Las bragas femeninas tenían este aspecto:
De hecho, una de las primeras cosas que aprendió Dwayne en el colegio cuando era niño fue un poema que se suponía que tenía que gritar si veía por accidente las bragas de una niña en el patio. Otros alumnos se lo enseñaron. Decía así:
Veo Inglaterra,
veo Francia;
¡veo las bragas
de una niña!
Cuando Kilgore Trout aceptó el premio Nobel de Medicina en 1979, declaró:
—Hay quien dice que no existe el progreso. El hecho de que los seres humanos sean ahora los únicos animales que quedan en la Tierra, lo confieso, parece una victoria un tanto difícil de entender. Quienes estén familiarizados con la naturaleza de mis primeras obras publicadas entenderán por qué lamenté especialmente la muerte del último castor.
»No obstante, cuando yo era niño, compartían este planeta con nosotros dos monstruos cuya extinción celebro hoy. Estaban decididos a matarnos, o al menos a privar de sentido nuestras vidas. Casi lo consiguieron. Eran adversarios crueles, al contrario que mis pequeños amigos los castores. ¿Leones? No. ¿Tigres? No. Los leones y los tigres se pasaban casi todo el tiempo durmiendo. Los monstruos que ahora nombraré no dormían nunca. Vivían en nuestra cabeza. Eran el ansia arbitraria por el oro y, que Dios nos ayude, por echarle un vistazo a las bragas de una niña pequeña.
»Doy gracias a esas ansias por ser tan ridículas, pues nos enseñan que era posible que un ser humano creyese en cualquier cosa y actuara con apasionamiento y en concordancia con esa creencia..., con cualquier creencia.
»Gracias a eso ahora podemos construir una sociedad altruista consagrando al altruismo la locura que antes consagramos al oro y a las bragas.
Hizo una pausa y luego recitó pesaroso y sardónico el comienzo de un poema que había aprendido a berrear en las Bermudas cuando era un crío. El poema era tanto más conmovedor en cuanto que aludía a dos naciones que ya no existían como tales. «Veo Inglaterra —dijo—, veo Francia...»
* * *
En realidad, las bragas de las mujeres se habían devaluado drásticamente cuando se produjo el histórico encuentro entre Dwayne Hoover y Trout. El precio del oro seguía al alza.
Las fotografías de las bragas de las mujeres no valían el papel en que se imprimían, e incluso las películas de alta calidad en color de castores bien abiertos estaban de capa caída en el mercado.
En otro tiempo un ejemplar del libro más popular de Trout hasta la fecha, Plaga sobre ruedas, se había vendido hasta por doce dólares, debido a las ilustraciones. Ahora costaba un dólar y quienes lo compraban no lo hacían por las fotos sino por el texto.
* * *
El texto del libro, dicho sea de paso, trataba sobre la vida en un planeta agonizante llamado Lingo-Tres, cuyos habitantes parecían automóviles norteamericanos. Tenían ruedas. Se impulsaban por motores de combustión interna. Comían combustibles fósiles. Pero no se fabricaban. Se reproducían. Ponían huevos que contenían crías de automóvil, que maduraban en charcos de aceite de cárteres adultos.
Unos viajeros espaciales visitaban Lingo-Tres y descubrían que las criaturas se estaban extinguiendo por esta razón: habían destruido los recursos de su planeta, entre ellos su atmósfera.
Los viajeros espaciales no podían ofrecer mucha ayuda material. Las criaturas automovilísticas querían que les prestaran un poco de oxígeno y que los visitantes se llevasen al menos uno de sus huevos a otro planeta, donde pudiera eclosionar y donde pudiera empezar de nuevo una civilización de automóviles. Pero el huevo más pequeño que tenían pesaba veinte kilos y los viajeros espaciales medían solo tres centímetros y su nave espacial ni siquiera tenía el tamaño de una caja de zapatos terrícola. Eran de Zeltodimar.
El portavoz de los zeltodimarianos era Kago. Kago dijo que lo único que podía hacer era contar a todo el mundo en el universo lo maravillosas que habían sido las criaturas automovilísticas. He aquí lo que dijo a esas chatarras oxidadas que se estaban quedando sin gasolina:
—Estaréis muertos, pero no olvidados.
La ilustración en ese punto mostraba a dos chicas chinas, en apariencia gemelas idénticas, sentadas en un sofá con las piernas bien abiertas.
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Conque Kago y su valiente tripulación zeltodimariana, que eran todos homosexuales, recorrieron el universo y mantuvieron vivo el recuerdo de las criaturas automovilísticas. Llegaron por fin al planeta Tierra. Con total inocencia Kago les habló a los terrícolas de los automóviles. Kago ignoraba que los seres humanos podían ser destruidos por una idea con la misma facilidad que por el cólera o la peste bubónica. En la Tierra no había inmunidad ante las ideas chifladas.
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Y ésta, según Trout, era la razón por la que los seres humanos eran incapaces de rechazar una idea porque fuese mala:
—Las ideas en la Tierra eran distintivos de amistad o enemistad. Su contenido era indiferente. Los amigos coincidían con los amigos para expresar amistad. Los enemigos estaban en desacuerdo con los enemigos para expresar enemistad.
»Las ideas que defendían los terrícolas carecieron de importancia durante cientos de miles de años, pues no podían hacer nada con ellas. Las ideas pueden ser tanto distintivos como no ser nada.
»Incluso tenían un dicho sobre la futilidad de las ideas: “Si los deseos fuesen caballos, los mendigos cabalgarían”.
»Y entonces los terrícolas descubrieron las herramientas. De pronto estar de acuerdo con los amigos podía ser una forma de suicidio o algo peor. Pero continuaron los acuerdos, no por sentido común, ni por decencia ni por salvarse a sí mismos, sino por amistad.
»Los terrícolas siguieron siendo amistosos, cuando deberían haberse parado a pensar. E incluso cuando construyeron ordenadores para que pensaran en parte por ellos, los diseñaron no tanto para adquirir sabiduría como para la amistad. Y así se condenaron. Los mendigos homicidas pudieron cabalgar.
