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Alberto padece agorafobia y poco apetito sexual. Al igual que en una de sus películas favoritas, ha descubierto el placer de mirar a través de su ventana. Ante sus prismáticos, un vecindario peculiar: Furries enloquecidos, matrimonios aparentemente aburridos, un escritor erótico, vecinos dando rienda suelta a sus filias... y un misterio que, junto a su novia Natalia y a Fina, amiga y asistenta en la urbanización donde reina y desinfecta, intentará resolver. Sin embargo, en su afán por descubrir la verdad, nuestros tres protagonistas pondrán al descubierto secretos inconfesables y puede que hasta un posible crimen.
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Veröffentlichungsjahr: 2022
DESDE LA VENTANA
UNA HISTORIA DE INTRIGA LIGERA
Joana Chilet y Marina Lomar
DESDE LA VENTANA
© Joana Chilet Martínez y Marina López Martínez
© Ilustración de portada: Toni Guerola Pavía
© de esta edición: Olé Libros, 2022
ISBN: 978-84-18759-81-9
Producción del ePub: booqlab
No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Arts. 270 y siguientes del Código Penal). Las solicitudes para la obtención de dicha autorización total o parcial deben dirigirse a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos).
KALOSINI, S. L.
Grupo editorial
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A ti que nos vas a leer,eres nuestro mirón favorito.
«Nos hemos convertido en una raza de mirones.Lo que deberían hacer es salir de sus casasy mirarse hacia dentro para variar».
LA VENTANA INDISCRETA (1954).
Alberto ajustó los prismáticos y enfocó a la mujer situada en el adosado de enfrente, que, de espaldas, deshacía a gran velocidad el envoltorio de un paquete, rompía el papel y lo tiraba al suelo, entusiasmada. Frunció el ceño al advertir los saltitos de alegría y el abrazo que la mujer le propinaba al hombre estirado e impecablemente vestido que se sentaba en la mesa de la cocina frente a una taza humeante y un periódico. El hombre arregló su corbata de lunares y le palmeó el trasero de forma «condescendiente» —primer término que se le ocurrió para describir el gesto entre indolente y prepotente—, antes de hundir la nariz en las noticias y de sorber despacio el desayuno. La mujer ignoró la caricia, demasiado ocupada en descifrar las instrucciones de su regalo.
Alberto bostezó, se pasó la mano por su cabello alborotado y observó el lento despertar de la urbanización en este caluroso día de junio. Las luces se encendían en los adosados situados delante de él y de sus prismáticos de última generación, comprados online en una tarde de desesperado aburrimiento.
—Apresúrate, señor ejecutivo. Se te echa el tiempo encima —le ordenó en voz alta al vecino.
Como si el aire hubiera transportado sus palabras, el hombre de la corbata extravagante se incorporó de un salto y abandonó la estancia después de plegar el periódico, dejar la taza en la pila y rozar la espalda de su esposa, que levantó una mano distraída en señal de despedida, totalmente entregada a averiguar el funcionamiento de la máquina.
Alberto prosiguió el reconocimiento matinal, atraído por la vivienda a oscuras de la estudiante. Como la joven no se había levantado, se adentró en la de la pareja de señores mayores. También desayunaban. La mujer, de generosas proporciones, untaba tostadas y se las entregaba a su marido, un señor calvo, pequeño, pero de complexión fuerte, que las engullía de forma mecánica.
Le caían bien. Intuía una convivencia poco apasionante, rutinaria y sin sobresaltos, aunque, por otra parte, reían a menudo. En ese preciso instante, el hombre mayor echó su cabeza desprotegida hacia atrás y, la vista al techo, abrió la boca de forma exagerada: cantaba. La mujer soltó una carcajada, le introdujo en la abertura un pequeño trozo de fruta y lo abrazó. Alberto continuó con su recorrido ocular; no le interesaba la felicidad ajena.
Giró a la derecha, hacia el bungaló del escritor. Allí, una mujer carnosa y bien proporcionada, de unos cincuenta años, delantal florido y gorro extravagante que recubría un cabello enhebrado de gris, fregaba los muebles con energía, a punto de decaparlos: Fina.
Estiró el cuerpo delgado y fibroso, complacido al recordar que en breve la mujer acudiría a limpiar su casa y lo distraería además con los últimos cotilleos del pueblo. Trabajadora y divertida, Fina lo había «adoptado» desde la primera vez que él requirió sus servicios, cinco años antes, y entre ambos se había establecido una relación amistosa. Además, desde el accidente, la deslenguada mujer asumía como responsabilidad suya el mantenerlo informado, a su modo un tanto peculiar, de cuanto sucedía a su alrededor. Bien era verdad que, de un tiempo a esta parte, él mismo se abastecía de cotilleos y detalles de las vidas de sus vecinos desde la ventana.
—Unos minutos más de inspección y me voy a la cocina a desayunar algo.
Apartó un rizo oscuro que le cubría el ojo y se detuvo, de nuevo, en la mujer del camisón, que sostenía el recipiente a dos manos y observaba el aparato en acción. Su cuerpo unido a la máquina vibraba al compás de las sacudidas, y el rítmico bamboleo de las nalgas debajo de la tela liviana y transparente lo embelesó. La vecina resultaba tan aburrida y previsible como su marido, si bien lucía una figura magnífica, desbordante en sus curvas, aunque de aspecto firme.
El teléfono sonó.
Abandonó su herramienta espía en la repisa, lugar habitual desde hacía un mes, se rascó el pecho cubierto por una vieja camiseta demasiado holgada y deshilachada, y, desganado, se dirigió al aparato. A tan temprana hora, se trataba sin lugar a dudas de Natalia, su novia.
—Con la excusa de mi salud, quieres sonsacarme el estado del puto informe, ¿eh? ¿Pretendes engañarme? —le gruñó al aparato antes de descolgar.
La culpa era suya, claro. ¿Por qué prometerle el maldito informe para el día siguiente si no lograba cumplir plazos? Encima, el papeleo no le importaba, ni tampoco los plazos. Peor todavía.
Tras un breve intercambio —por su parte un tanto frío, había de admitirlo—, colgó. Natalia se acercaría en unas horas, comerían y pasarían juntos la tarde. No se hacía ilusiones. Ella le reclamaría el dichoso informe al que no le había dedicado ni un pensamiento y la situación empeoraría entre ellos.
«¿Cuánto tiempo aguanta una persona sin enfadarse cuando le están tocando las narices?». Interesante pregunta.
Alberto preparó la cafetera y las tostadas e intentó hallar el origen de su descontento. En el fondo, la paciencia de Natalia lo sacaba de quicio, aunque, al mismo tiempo, temía tanto como deseaba que ella estallara.
«Un demonio, eso es lo que eres. No, más malo que un demonio. La chiquilla es un encanto», le recriminaba Fina. Pero él encogía los hombros y simulaba indiferencia para evitar que se alargaran los sermones, durante los cuales la mujer perdía, a sus ojos, toda gracia.
El aroma del café se intensificó y Alberto se arrastró hacia el desayuno como si fuera un hombre mayor, a pesar de sus treinta y seis años. En ese momento recordó a la estudiante y su ritual al despertarse.
—Mierda. Si no me doy prisa, me lo pierdo.
Con la taza caliente en la mano, recuperó su verdadera edad y, olvidadas las preocupaciones, se apresuró hacia la repisa. Incluso las esplendidas nalgas de la señora aburrida habían sido eclipsadas por la más joven de sus vecinas.
Como cada mañana, la muchacha, una morena de medidas perfectas y piel lechosa, emergió envuelta en una toalla beis de la que se desprendió mediante un gracioso movimiento de hombros. Despacio, ordenó botes de cremas de varios tamaños encima de una mesita frente al sofá donde se acomodó. De perfil, destapó uno, lo olió y se embadurnó la pierna izquierda, de abajo arriba, con repetidos movimientos lentos, suaves, circulares. Descruzó las piernas para dedicarse a la otra y él entrevió su depilado pubis. Un brazo. Otro. Las manos descendieron hacia deliciosas zonas íntimas y se detuvieron en pliegues desafiantes, promesas de noches intensas.
El ritual terminó y, como siempre, la estudiante se incorporó, guardó los frascos, se cubrió con ropa holgada, hurgó en la nevera y se dirigió a su estudio.
—Me encantaría empezar así el día, con sensaciones tan agradables —murmuró Alberto, la voz soñadora.
Hoy, además, le resultaba más excitante porque, al inclinarse, la joven le había regalado una magnífica visión de sus pechos y, de paso, una erección. Sin despegarse de los prismáticos, había liberado una mano impresionada y explorado un sexo que, desde hacía demasiado tiempo, no presentaba ese tamaño. Desde la catástrofe, cuarenta y dos días atrás, que había congelado su vida y lo mantenía clavado entre cuatro paredes, sin ninguna posibilidad de abandonarlas.
Las desgracias ocurren, sobre todo en las obras. Nadie se lo había reprochado. Sin embargo, una losa pesada se había alojado en el pecho y le dificultaba la respiración. ¿Cómo definirla o qué nombre darle? La psicóloga, en la primera sesión, había pronunciado la fatídica palabra «culpa» y él la había reconocido en el acto. Incluso comprendía que no solo le había permitido acomodarse y devorarlo, sino que él mismo la había alentado. En su mente atormentada se la merecía: él había dictaminado dónde emplazar los malditos andamios de aquella obra.
El accidente se produjo en un octavo piso, cuando la estructura se hallaba sin los tabiques. Había subido a comprobar los avances y lo presenció todo. El tropiezo de un obrero, desprovisto del arnés reglamentario según el perito del seguro, la mirada sobrecogida que le clavó cuando notó cómo su cuerpo se vencía hacia atrás. El otro compañero paralizado. El terror en los ojos. Los brazos descontrolados al precipitarse al vacío. Su incredulidad ante la escena, los gritos que retumbaban en los oídos, las reacciones tardías. Los eternos segundos de la caída.
Al principio, lo asaltaron interminables pesadillas, pero no lo desanimaron y trepó a lo más alto del siguiente edificio en construcción. Un ataque de pánico fulminante lo atravesó e inmovilizó. Un dolor agudo le desgarró el pecho. Entre varias personas lo ayudaron a regresar a la seguridad de la planta baja, donde se repuso lentamente.
«Un ataque cardíaco —decretó, la mano en el corazón—. Si subo, me muero —concluyó—. No volveré a hacerlo».
Renunció a las alturas. Poco después, le volvió a suceder de forma inesperada a ras del suelo. Aterrorizado, entró y se escondió en una tienda de comestibles. Solo salió cuando Natalia fue a por él. Los episodios se repitieron con mayor frecuencia y la angustia insoportable que lo atenazaba creció hasta obligarlo a desistir de viajar en un autobús, pasear, comprar o asistir a las actividades culturales tan presentes en la agenda de su novia. Se recluyó por completo. Diagnóstico clínico: agorafobia postraumática.
De esta forma, él, un profesional de éxito, inteligente y sensato, sucumbía a un pánico irracional que lo incapacitaba para traspasar el umbral de su hogar, único lugar donde se consideraba a salvo. Entonces, ¿qué clase de vida lo aguardaba? De momento, había encontrado un paliativo. Una afición adictiva que lo pegaba al cristal de la ventana y lo introducía en la vida de los vecinos, otorgándole la posibilidad de incluirlo como miembro de la inmensa colmena humana. Sin embargo, ¿cuánto tiempo aguantaría entreteniéndose gracias a un pasatiempo, cuanto menos, descalificado? «Los mirones tienen mala prensa —insistía una voz interior—, y no te dedicarás el resto de tus días a espiar a tus aburridos congéneres». Relegó de un manotazo esas reflexiones lúgubres y escudriñó por la ventana, en busca de la joven estudiante. Ni rastro de ella. Ni tampoco de su erección.
Con ademán sombrío, se rascó la mejilla, comprobó que debía afeitarse, aunque últimamente le producía demasiada pereza, y recordó a Fina. ¿Le habría traído espuma? Seguro, nunca le faltaba nada bajo sus atentos cuidados, la mujer estaba en todo. La buscó, de nuevo, con los prismáticos. ¿Qué hacía gesticulando, de rodillas en el suelo, frente al escritor? Por fin sonrió; no tardaría en averiguarlo. Ella se moriría por contárselo.
***
Tu recuerdo se enrosca en mi memoria como un alga a la deriva que acaricia el suntuoso navío de Neptuno. Solo nombrarte, dulce amor...
—Madre mía, qué cursi es el pobre hombre. Cuando pienso que con esto paga sus impuestos... —resopló Fina tras leer el papel que había rescatado de la papelera—. De vuelta a tu sitio —le ordenó, arrugándolo y lanzándolo al pequeño cubo repleto de hojas. Otros papeles y sus interminables filas de hormigas negras apretadas se amontaban en el suelo y en las estanterías, hecho nada habitual en el autor, que mantenía impoluto su lugar de trabajo y siempre guardaba a buen recaudo sus textos, encerrados bajo llave en los cajones de la inmensa mesa que utilizaba para escribir. En esta ocasión, llevado de un ímpetu productivo, se había descuidado. La asistenta agitó el plumero de colores antes de la inminente llegada del escritor, acompañado de su eterno café.
Se encajó el gorro repelepolvo, como lo llamaba con sorna Alberto, y se dobló para recoger los folios impresos esparcidos a sus pies. Al agarrarlos resolvió la duda de si teñirse o no en la peluquería y, aliviada por haberse quitado el peso de encima de tomar tan dura decisión, se enderezó deprisa. Demasiado rápido. Un pinchazo le atravesó la espalda, le dobló las rodillas y la mantuvo en el suelo. No se atrevía ni a respirar, maldiciendo el dolor y los escritos todavía en su mano. Una frase atrajo su atención y olvidó el latigazo de la lumbalgia:
Las 10h10. Fina se ha ido.
Nadie con una pizca de sana curiosidad en el cuerpo resistiría la tentación de leer un escrito donde apareciese su nombre, por mucho que le doliera la espalda. Fina valoraba sobremanera su propia curiosidad. Claro que, antes, inspeccionó el inmenso ventanal del adosado de enfrente cuyo estor estaba levantado para facilitar la entrada a la luz natural. ¿Estaría Alberto al acecho? Seguro. Comprobó la hora del llamativo reloj de pared que colgaba detrás del escritorio. Las nueve. Se tranquilizó. Alberto no se fijaría en ella. A esas horas, la vecina despertaba y él nunca se perdía su ritual matutino. Aliviada, ordenó un mechón canoso en el gorro, las regordetas manos masajearon las lumbares y se centró en el folio, olvidándose del pobre arquitecto que se inventaba dolencias extrañas para fisgonear a las vecinas.
Las 10h10. Fina se ha ido.
Esta mañana no escribiré. Iré al pueblo. Hoy es su día de mercado. La veré. Me haré el encontradizo. ¿Y si tropiezo adrede delante de ella? Nada de hacer el ridículo, luego pasa factura. Iniciaré la conversación. Inventaré un rumor extraño acerca de la urbanización. No. Mejor no nombrar la urbanización. Fuera Aguas Verdes, no mencionar que vivo aquí. El Gobierno y sus atroces e injustos recortes. Peligroso. No hablar de política. Qué calor... hasta mis pobres flores sudan. Aburrido. No hablar del tiempo...
—Pobrecito —bufó la mujer—. ¿No se creerá capaz de embobar a una mujer en su sano juicio con estos temas? Mejor no hables de nada, hijo, que calladito estás más guapo.
Cierto que el pelo ralo de tristes brotes siempre grasientos, la anodina silueta y los rasgos apagados del autor vaticinaban dificultades a la hora de impresionar a su amada, fuera quien fuera. Pero vaya, ¿quién lo iba a decir? A Fina le aguardaba una sorpresa cuando leyó en el último folio:
«Por ti me separaré. Abandonaré a mi marido». Eso me has asegurado y llevo tres días repitiéndome incansablemente la frase. Éxtasis. Tu risa. Tus besos. Por ti moriría, mataría si es preciso. Mataría, aunque no fuera preciso. Una y otra vez, locura mía.
Fina se quedó clavada en el suelo. ¿Una mujer se separaba por el escritor y sus pelos? ¿A qué loco se le pasaba por la cabeza asesinar por amor? A su Rodolfo jamás se le habría ocurrido, ni siquiera cuando suspiraba por sus huesos en el pueblo. Desde luego, a ella no se le habría ocurrido semejante tontería cuando era jovencita, ni tampoco ahora pensaba en matar cuando recordaba al pastelero que tanto le gustaba.
Influida por la revelación del amor del novelista y de su intensidad, imaginó semejantes declaraciones en boca del pastelero. Cerró los párpados, absorta, y creyó aspirar el olor del pan recién horneado, notar el tacto de las manos harinosas, con mantequilla y... ¿no añadiría también un toque de canela?
—¿Qué inconcebible acto perpetra usted leyendo mis papeles? —El grito la sobresaltó y despertó de golpe—. No se habrá atrevido a leerlos, espero. Le indiqué cuando la contraté qué fronteras no traspasar si no deseaba el despido y, aunque me dolería prescindir de sus servicios, la echaré de aquí si ha hurgado en mis documentos. Sí, ¡lo haré!
El autor, en actitud amenazante, sujetaba el pomo de la puerta del despacho. La asistenta no lo había visto nunca tan enfadado.
—Por Dios y todos los santos de la creación, señor. ¿Cómo se atreve a acusarme? —Hizo ademán de elevar los rollizos brazos, pero, después de una mueca de dolor, abandonó y estos cayeron inertes a los lados—. Estoy en el suelo, incapaz de moverme, rota por culpa de las jodidas lumbares, disculpe la expresión, y usted me viene con sus absurdas acusaciones. —Agachó la cabeza, en actitud compungida—. ¿No lo ve? Me ha dado un tirón. Por culpa de sus folios. —Levantó la cara y le clavó su mirada más digna, ensayada en el espejo y representada centenares de veces. Le salía bien, de Óscar afirmaría si no fuera tan modesta—. ¿Cotillear sus textos? ¿Yo? ¡Qué tontería! ¿Acaso me sobra el tiempo? Desde las siete en pie, sin un maldito café, y ahora, esto... Pobre de mí. Es tan injusto... —soltó sin respirar.
—Bien, bien, discúlpeme, me he puesto nervioso. No se hable más, olvidemos el tema. —El hombre se acercó y le tendió la mano para ayudarla a levantarse, solícito y avergonzado.
—Gracias, señor. Mis huesos están un poco jodidos, disculpe de nuevo la expresión. Mi hermana la Tere me riñe. No me cuido, dice, y de vez en cuando me recomienda darme de baja. O renunciar a algunas casas —insistió, el afán vengativo. Sonrió complacida al observar el incremento carmesí en las mejillas del novelista y remató recurriendo a un tono más lastimero todavía—. ¿Qué dice usted?
Arrepentido, el escritor la ayudó a levantarse abrumándola con sus disculpas, la despidió y le pagó las horas completas. Ella, la mano en las lumbares y exagerando las quejas, reunió sus pertenencias, satisfecha e incluso complacida, dada la habitual falta de generosidad de su empleador.
—Madre mía. —Olvidó frotarse la espalda al recordar, justo cuando salía, al arquitecto espía—. Si me ha visto, habrá reído un rato a mi costa. Pero no, señor, no le contaré nada, no le daré el gusto de burlarse de mí. Yo también tengo secreto profesional, ¡faltaría más!
***
